Maravillosa persona

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Hetero, Primera Vez, Romántico. Estuvimos hablando un rato sin dejar de abrazarnos, hasta que se dio cuenta de que mi enorme pene no había dejado de estar tan duro como al principio. Me preguntó que cómo era eso posible, y yo avergonzado no supe qué decir, y comenzamos de nuevo la danza de la noche. Esta vez ella se puso arriba, buscó mi pene y le indicó el camino para introducirlo en su acogedora cueva.

Hola amigos. Espero que disfruten con el relato de mi primera vez. Os lo he querido enviar para dedicárselo a mi mejor amiga. Ella sabe quién es.

Parecía que no iba a llegar nunca. Eran las 8 y ella todavía no había llegado a la estación. Me llamó al móvil y me dijo que su autobús salió con una hora de retraso. Pensé que si había podido esperar tanto tiempo, podría esperar una hora más.

Al fin llegó. Estaba radiante. Bien era cierto que no era ninguna modelo, pero para mí era preciosa. La encontré más guapa que nunca. Ariadna tenía 21 años, morena con unos preciosos ojos marrones que te hechizaban si los mirabas fijamente. Venía a Valencia con la excusa de ver a una amiga suya que hacía tiempo que no veía. Pero antes de eso, pasaríamos una noche entera los dos solos.

Sería mi primera vez, y no existía en la tierra nadie mejor con la que iniciarme en este maravilloso mundo. Antes ni siquiera había besado a una chica. Era y es mi mejor amiga, y la quiero con locura.

Lo habíamos planeado de principio a fin. Cuando nos quedamos solos me acerqué a ella, le di un profundo abrazo y le dije las ganas que tenía de tenerla en mis brazos. Enseguida, nuestros labios se encontraron para mostrarme mi primer beso. Mi corazón se aceleró bruscamente y mi respiración se entrecortó mientras ella me besaba. Ella me tranquilizó con una voz muy tierna y cariñosa. Nos dirigimos a la ducha y allí continuamos besándonos y abrazándonos, al mismo tiempo que nos íbamos desnudando el uno al otro.

Cuando la tuve desnuda enfrente de mí, creía que estaba en un sueño. Sus pechos eran exquisitos. No eran muy grandes, pero no por ello dejaban de ser hermosos. Sentí la necesidad de abrazarla y de sentirlos presionando mi pecho. Ella quedó entregada en ese momento. Empecé a besarla por todo el cuerpo guiándome por mis instintos pero siempre con la intención de que ella disfrutara lo máximo posible. Ajusté el agua a una temperatura cálida y nos metimos en la ducha.

Nos enjabonamos el uno al otro, recorriendo todo su cuerpo, empezando por sus hombros y bajando lentamente por sus pechos y caderas hasta llegar a su ardiente sexo. Una corriente eléctrica recorrió mi cuerpo al mismo tiempo que ella suspiraba de placer. Me arrodillé para recorrer con mi lengua todas sus partes más secretas. Ella jadeaba sin parar. Pronto me invitó a que me incorporara para que ella empezara a recorrerme con sus carnosos labios y su exquisita lengua. Estaba en el cielo, y apenas habíamos empezado. Empezando por mis labios, bajó a mis pezones que estuvo saboreando para mi deleite. Mi pene estaba enorme. Jamás lo había sentido así. Continuó bajando hasta que se encontró con él. Lo recorrió de arriba abajo. Esa sensación eléctrica volvió a recorrerme por todo mi cuerpo, y aumentó cuando se introdujo esa gran masa de carne en su boca.

De pronto el agua empezó a salir fría, y tuvimos que salir del agua. Ella estaba tiritando. Yo no podía pasar frío. La arropé la besé y la abracé hasta que sus temblores cesaron y nos dirigimos al dormitorio. Allí la tumbé en la cama, y volví a recorrerla con mi lengua. Me entretuve en sus dulces pezones y ella agradecía cada movimiento que hacía con sus profundos jadeos. Ella me iba instruyendo, indicándome que la mordiera delicadamente en sus pezones, despacio, con ternura. Así lo hice, estaba disfrutando. Era lo que quería, pasé mi mano por su sexo y estaba muy húmedo y caliente. Su cuerpo se arqueó cuando la toqué. Decidí que ya era hora de volver a su preciada flor. Comencé a lamer, al mismo tiempo que mis dedos también la estimulaban, entraban y salían. Sus suspiros cada vez se aceleraban y sus jadeos tenían que ahogarse en la almohada para que los vecinos no se percataran de aquel hermoso espectáculo. Aquel espléndido espectáculo que cada vez me hacía estar más excitado. Estaba experimentando tantas sensaciones nuevas… Luego me confesó que nunca antes nadie le había hecho aquello que con tanto empeño trataba de hacer con mi lengua.

Una vez más, como en la ducha, me invitó a que me incorporara y entonces, los papeles se invirtieron. Ahora ella era la que recorría mi cuerpo con su lengua con un único objetivo, mi cada vez más duro pene. Suavemente, con delicadeza empezó a lamerlo para después engullirlo de una sola estacada. Estaba en el cielo. Y no quería ser el único. Me giré tomando por eje mi pene hasta ponerme debajo de su sexo y empecé a lamerlo con insistencia. Aquello parecía una deliciosa competición por ver quién proporcionaba más placer al otro. Pero no quería que la cosa acabara allí.

Volví a colocarme encima de ella y siguiendo sus indicaciones, despacito, con mucho cuidado, fui introduciendo mi palpitante pene. Su sexo estaba chorreando, y muy cálido. Poco a poco fui metiendo mi pene mientras que los dos gozábamos. Empecé a subir y a bajar y poco a poco iba subiendo el ritmo al tiempo que se incrementaban nuestros gemidos. Ella estaba como loca. Su cabeza no hacía más que girar de un lado a otro, buscando algo para taparse su dulce boca y que no se enterara todo el vecindario, encontrando sólo como respuesta a la almohada. Entraba y salía cada vez con más fuerza en su cálida cueva, una y otra vez más, hasta que un torrente de semen la inundó. Continué besándola y acariciándola hasta que recuperamos el aliento.

Estuvimos hablando un rato sin dejar de abrazarnos, hasta que se dio cuenta de que mi enorme pene no había dejado de estar tan duro como al principio. Me preguntó que cómo era eso posible, y yo avergonzado no supe qué decir, y comenzamos de nuevo la danza de la noche. Esta vez ella se puso arriba, buscó mi pene y le indicó el camino para introducirlo en su acogedora cueva.

Era preciosa, subía y bajaba mirándome a los ojos, sus senos se balanceaban al ritmo que ella imponía. Me levanté y la puse a de rodillas y volví a buscar su preciado tesoro por detrás, y empezamos otra vez. Era maravilloso. Era mucho mejor de lo que había podido imaginar, y eso era así porque era la persona adecuada. Volvió a tumbarse boca arriba y se la introduje de nuevo. El ritmo cada vez se hacía más rápido. No sabía qué hacer. Estaba borracha de placer. Me abrazó con sus uñas por la espalda. No me lo esperaba, pero me gustó a lo que respondí con una mayor embestida, lo que hizo que ella terminara con un gran orgasmo. Yo caí rendido, acariciándola y besando sus labios y sus pezones.

– ¡Madre mía cariño! ¡Vas a acabar conmigo…!- decía mientras poco a poco recuperaba el aliento.
– Gracias cielo, gracias por esta maravillosa noche. Gracias por esta primera vez- decía mientras jugaba con sus preciosos pezones. – Gracias a ti cariño, pero…- volvió a fijarse en mi pene. Esta vez no había conseguido terminar…

Me di cuenta y le dije que no había podido terminar.

– A ver qué hacemos con esto, porque así no se puede quedar… – Sin que le dijera nada más, volvió a bajar a mi mástil y empezó otra vez a lamerlo, a chuparlo, a tragárselo, una y otra vez. No sabía dónde meterme, estaba de nuevo tocando el cielo.

– ¡Sigue, cielo, sigue por favor! ¡Sigue, sigue…! – Una explosión de semen inundó su garganta. Lo tragó como si fuera un preciado elixir. No dejó ni una sola gota. Esta vez sí. Esta vez mi pene cayó rendido ante la mejor de todas las adversarias.

Entre abrazos, caricias y besos y dulces palabras se fue quedando dormida. Yo no pude dormir, me quedé observando aquella maravillosa persona, mientras que su precioso rostro dormía junto a mí.

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Escrito por Marqueze

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