María

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Comencé a comerme ese coño como nunca antes ninguno se lo había comido. Estaba caliente y no paraba de segregar jugo, comenzó a esgrimir unos leves quejidos mientras me asentía con un leve si, donde prefería que le diera con mi lengua. Me dirigí con mi lengua hasta su culo y comencé a mojárselo, dejándolo suave y acercándole mi terrible y erecta polla para después de varios empujones intentar metérsela entera, mientras comenzaba a chillar de gusto.

Me gustaría que publicasen este relato. El mismo trata de una relación de un chico joven (yo), con una mujer de 50 años casada. Para empezar diré que tenía 29 años, vivo en España (Madrid), y según dicen las mujeres soy un hombre muy atractivo. Mi vida sexual la realizo con total normalidad hasta que un día me ocurrió lo que les voy a contar.

Todas las tardes, antes de ir al gimnasio, paso por un bar cercano a mi domicilio donde me suelo tomar un refresco. En el bar trabajan una mujer (la dueña), y su hijo, con los cuales me une una gran amistad, encontrándose también algunas veces, la cuñada de la dueña, de la cual solo conocía su nombre, María.

A diferencia de la dueña de este bar, una mujer que nunca me atrajo sexualmente, pero con la que no descarto ninguna aventura, dada mi condición de aventurero.

María, su cuñada, es una mujer de unos 50 años, teñida de rubia, bajita y algo entrada en carnes, con exuberantes pechos y siempre muy arreglada y pintada, la cual siempre está detrás de la barra y con la que nunca crucé un par de palabras, aunque si algunas miradas, recordando una ocasión en la que se dio perfecta cuenta de que le estaba mirando las piernas, esbozando ella una leve sonrisa, ocupándose hasta ese día siempre en decirme un saludo de despedida cuando marcho del local.

Un día llegué al bar a tomar mi refresco cuando la dueña del mismo me pidió que a la vuelta del gimnasio, me acercase por su bar, debido a que tenía que marchar antes por un problema, quedándose su cuñada, María, que llegaría más tarde, marchándome al gimnasio. A mi vuelta del gimnasio, me pasé por el bar encontrándome con María, la cual como era de suponer estaría sola.

A mi llegada, me dijo que debido al detalle de quedarme con ella, me invitaba a una copa, “rompiendo el hielo” de esta manera en el encuentro entre los dos, y pasando a una conversación de temas livianos que no recuerdo, fijándome cada vez más en ella y en su cuerpo, en sus pechos, en sus labios, en su falda, imaginándome situaciones que no hubiera dado por hechas nunca.

A la hora de cerrar el local, ella echó la persiana y sin decirme nada cerró la puerta, no preguntándome ni tan siquiera si me tenía que ir, dando por hecho que me quedaba debido a las risas y charlas que nos estábamos dando. De repente y tras tomarse una copa junto a mí y de contar el dinero de la caja, se metió dentro de la cocina, indicándome que según instrucciones de su cuñada, la dueña del bar, tenía que meter todo el dinero en una caja. Escuché como intentaba subir a una silla y me pidió que entrara en el interior de la cocina; lo hice y la vi arriba de la silla pidiéndome que la ayudara a bajar.

Al acercarme me cogió la mano y se la puso a la altura de sus piernas, mientras hacía lo mismo con la otra mano y se la ponía a la altura de su culo. De repente me puse nervioso, colorado, no me lo podía creer, se me estaba insinuando, pero aún así no me lo quería creer y lo más importante, no quería equivocarme. Pensé todo esto tan rápido como ella tardó en bajarse de la silla, preguntándome:

– ¿Vaya, me has tocado el culo sin tú quererlo?, esbozando continuamente: ¿Te ha gustado?

Sin dejarme responder a sus dos preguntas y a modo de broma me siguió preguntando:

– ¿O mejor… sí querías tocarme el culo? A lo cual yo respondí como confuso y siguiendo en el mismo tono: “Si claro, a quién no le gusta tocar un culo bonito”.

Ella me dijo que “muchas gracias” y que no la tenía que halagar tanto, que yo también era un chico muy guapo, pero que por supuesto yo tendría otras mujeres, no teniendo ella oportunidad de “pasar un rato agradable conmigo”.

En ese momento, yo le respondí que por supuesto ella podía pasar todos los ratos agradables que quisiera conmigo, comenzando los dos a reírnos, pero fue durante esas risas cuando ella, de repente me agarró la polla a través de los pantalones y me soltó un beso en los labios.

Comenzamos a besarnos lentamente, quitándome los botones del pantalón y sacando al exterior de los calzoncillos toda mi polla al aire. Me la masajeó un rato lentamente mientras nos besábamos para acercarse a la silla en un momento y sentarse en la misma, para de esta manera meterse todo mi tranco en la boca mientras yo desde arriba le tocaba sus tetas.

Al rato se levantó y me indicó que a ella le gustaba que le “comieran las tetas”, diciendo esto mientras se desabrochaba su camisa blanca. Se sacó sus enormes tetas y lo primero que observé fue sus pezones, grandes y duros, y comencé a comérselos, mirando de vez en cuando su cara y esbozando una leve sonrisa, al ver su cara de gusto mientras le bajaba la cremallera del pantalón.

Metí la mano y comprobé que estaba húmeda, teniendo un coño grande y peludo. Paré de comerle las tetas y le bajé los pantalones y las bragas, quitándole la camisa y quedándose con el sujetador subido y unos tacones que se puso tras apartar el pantalón, a lo que ella me hizo una indicación con la mano para parar a modo de que no fuera tan deprisa.

En ese momento me agachó por los hombros hasta el suelo, subiendo una pierna arriba de una mesa y con las manos se abrió su coño, acercándomelo a la cara y diciéndome:

– “Cómetelo”.

Comencé a comerme ese coño como nunca antes ninguno se lo había comido. Estaba caliente y no paraba de segregar jugo, comenzó a esgrimir unos leves quejidos mientras me asentía con un leve “si” donde prefería que le diera con mi lengua. Estuve un rato comiéndoselo hasta que me incorporé al tiempo que ella se agachaba y se ponía en el suelo a cuatro patas exclamándome:

– “¿La has metido alguna vez por el culo?”.

Ante tal insinuación me dirigí con mi lengua hasta su culo y comencé a mojárselo, dejándolo suave y acercándole mi terrible y erecta polla para después de varios empujones intentar metérsela entera en el culo mientras comenzaba a chillar de gusto, manifestándome en ese momento que: “En sus 50 años nadie le dio por culo con tanto gusto”.

Terminé corriéndome en su culo para sacarla rápidamente y limpiármela con una servilleta. Tras limpiármela lentamente, observé que ella seguía todavía a “cuatro patas” en el suelo, y al mirarme a la cara me dijo: “Métemela”, diciéndome esto mientras se tocaba su coño con los dedos. Aparte sus dedos y la follé por el coño todo lo mejor que pude, mientras observaba en el reflejo de la cámara frigorífica como votaban sus grandes tetas de los envites que le daba.

Le agarré sus tetas mientras se la metía de espaldas en su resbaladizo coño, comenzando a jadear y a increparme para que le diera más deprisa, pidiéndome que le pellizcara los pezones, los cuales los tenía durísimos.

Mientras estaba en esta postura y se la metía, le pregunté si ella se masturbaba, comentándome que al menos una vez a la semana se tiene que meter un pepino dentro de su coño mientras se lame y muerde los pezones, terminando finalmente por correrse, llegando a gotear hasta el suelo.

Acabamos los dos y decidimos tomarnos unas copas juntos. Me comentó que llevaba casada desde los 25 años, habiéndole sido infiel muchas veces a su marido, pero de una manera discreta, indicándole yo, que por mí, tendría total discreción absoluta, marchándome descansado.

Desde entonces solo busco sexo con mujeres que ronden los 50. El presente relato es el primero y único que escribo, y el motivo de escribir el mismo, es por su completa realidad. Me gustaría que alguna mujer me diera su opinión al mismo.

Autor: DanielSolo

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Escrito por Marqueze

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