Marido de alquiler

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Vemos a un matrimonio en la cama. Tienen las luces de las lámparas de las mesitas de noche encendidas. Él es un hombre metido en los cincuenta, con leve sobrepeso y calvo. Ella es una muñeca irresistible, rubia, sexy, muy parecida a la actriz Jenna Jameson, aunque algo más delgada. El marido está leyendo y ella se muerde las uñas y mira hacia el techo.

-¿Cómo te ha ido hoy? -pregunta él, sin mirarla.

-Oh, muy bien.

-¿Y eso? ¿Qué has hecho?

-Solucioné un problema de humedad.

-¿De humedad? ¿Dónde? -pregunta él algo inquieto.

-No te preocupes, ya está arreglado. Ha venido un fontanero esta mañana y lo dejó todo muy bien.

-Pero, cuenta, ¿qué humedad?

-Pues verás, esta mañana me levanté, me duché, me depilé enterita y me hice de desayunar. Tú ya estabas en el trabajo. (Él asiente y deja el libro a un lado). Puse la tele y vi que estaban haciéndole una entrevista a Miguel Silvestre para promocionar su nueva serie. Ya sabes lo mucho que me gusta y me empecé a tocar.

-¿Te masturbaste viendo una entrevista?

-Oh cariño, tú ya no me haces últimamente mucho caso y yo soy joven. Es normal que me gusten los hombres atractivos. Pues eso, me senté en el sofá y empecé a darme suavecito en el clítoris mientras veía a aquel tío con barba incipiente, ese rostro tan bello, por Dios.  Me mojé irremediablemente. Pero no me mojé de una forma normal, no. El coñito se me empapó todo todito. Una barbaridad, vamos. (Él pone los ojos en blanco y comienza a sudar; ella se acerca más a él y le pone un dedo sobre los labios). ¿Y dime, cariño? Si tenía un problema tan, tan grave de humedad, ¿a quién iba a llamar?

-¿Al fontanero? -responde él, excitado.

-¡Exacto, mi amor! Pues estuve buscando por internet fontaneros especialistas en la tipología de humedades que me afectaban y encontré uno que me impactó. Tenía una página propia que se llamaba “Marido de alquiler”. Tenía fotos suyas, un muchacho cubano guapísimo, cuerpo de infarto, tatuado, ojos verdes, una pasada. Y tenía un lema que decía que  arreglaba todo aquello que mi marido no podría. Lo llamé de inmediato. Contestó con voz sensual. Le expliqué cuál era la situación y que era algo de vida o muerte. Me preguntó si tú estarías en casa y le dije que no. (Ella aparta las sábanas y comprueba que el marido tiene una erección bajo sus monótonos calzoncillos). Vaya, cariño. ¿Esto qué es? ¿Te gusta lo que estás oyendo?

-Sigue… ¿Qué pasó luego?

-Pues decidí vestirme para la ocasión. Me pusé el corset de encaje negro con lazitos rosa de raso, medias negras y taconazos. Prescindí de las braguitas. Pensé que la humedad debía estar a la vista, ¿no crees? (El marido asiente y se muerde el labio mientras ella le baja el pantalón y rodea su pene con la mano). Ohhh, mira lo tiesecita que  se te ha puesto, mi vida.

-Oh Dios mío, sigue.

-Está bien. Me maquillé, me pinté los ojos así con mucho rímel estilo gatita, y los labios muy fucsia, además me apliqué un brillo especial con efecto calor que compré por internet y que asegura que acentúa el placer para los hombres durante el sexo oral. Me eché perfume (del caro que me regalaste para Navidades) y de pronto… ¡Ding Dong! El timbre de la puerta. Fui con pasos rápidos apoyándome sobre las puntas de los tacones y abrí la puerta. Allí estaba ese hombre. ¡Estaba buenísimo! En persona era mucho más guapo que en las fotos. Vestía un peto de trabajo ajustado,  sin camiseta, con esos tirantes cruzando parte de sus poderosos pectorales. Sus hombros eran voluminosos y redondos, tenía tatuajes muy atractivos. Figuras japonesas con flores y cosas así, muy sexy. Y esa cara, mmmm. Con barba de dos días, ojos verdes, moreno, ohhh. Además esos brazos, con esos músculos, lleno de venas gordas, Diosss. Me apoyé contra la pared para no caerme de lo nerviosa que me estaba poniendo. Se presentó, me dijo que se llamaba Rubén (tenía una voz grave y dulce al mismo tiempo), yo le dije que me llamaba Laura.  Me pidió entrar y yo acepté claro. Llevaba una caja de herramientas en la mano.

“Dime, princesita, ¿dónde tienes el problema de humedad?”, me preguntó y yo suspiré. Le dije que pasara al dormitorio y me puse delante de nuestra cama. Él dejó su caja de herramientas en el suelo y se acercó a mi. “¿En qué puedo ayudarte, Laura?”, me preguntó con sus labios rozando los míos. Sentía una caricia de fuego sobre mis labios, el brillo estaba haciendo su efecto. Él olía a macho protector, una mezcla de madera y tabaco muy atrayente.  Destilaba testosterona, feromonas salvajes de lujuria que me incitaban a abrirme de piernas ante él y dejar que me usara a su antojo. Me estaba derritiendo. “La humedad la tengo en el coño…”, le susurré.  Él sonrió y me tocó suavemente con una de sus manos fuertes y viriles. Sentí su dedo separando con delicadeza mis labios vaginales y me estremecí. “Oh vaya, sí que estás húmeda. Muy húmeda”, confirmó él. Se llevó su dedo mojado a la boca y lo chupó. “Estoy caliente perdida, mi marido no me satisface y necesito que me follen bien, que me folle un hombre como tú, un macho poderoso, un semental rudo y musculoso…”, le dije en plan inocente, ya sabes ese tono que utilizo a veces.

(El marido cierra los ojos, el presemen resbala en forma de hilos por todo el glande mientras ella afloja el ritmo de la masturbación para no adelantar acontecimientos).

-Eres una puta…

-Oh cariño, ¿te estás enfadando conmigo? Si quieres no sigo contándote nada.

-No, no, está bien, lo siento, sigue…

-Vale. Bueno, ¿por dónde iba? A sí, Rubén se puso de pronto en plan machote dominador y me ordenó que me pusiera inmediatamente de rodillas. Yo le obedecí sumisa y me coloqué expectante frente a él. Se desabotonó los tirantes y dejó caer el peto hasta su cintura. Desde mi posición tenía una perspectiva excelente de su cuerpazo. Pude admirar sus abdominales duros como una piedra. Los empecé a acariciar, deslizando mis dedos sobre aquellos relieves tan eróticos. No todos los días tiene una la oportunidad de tocar un vientre así… Él se encendió muchísimo y me apretó las mejillas con una mano, deformándome la boca como la de un pecesito. Entonces me besó, me metió la lengua en la boca y me exploró con ella todos los recovecos. Besaba tan bien… Era increíble. Aquello prometía.
“Mmmm, te arden los labios”, dijo él al notar el efecto del brillo. “Te has puesto uno de esos bálsamos pensando en que me iba a gustar mientras me haces una mamada, ¿no?” Yo asentí. “¿Y quién te ha dicho a ti, que te voy a dejar chupármela? ¿Acaso has hecho méritos para merecerte que te meta mi polla en la boca?” Ufff, ese tono arrogante y humillante me ponía a cien. En ese momento se bajó el peto del todo. No llevaba calzoncillos y dejó a la vista ese… Santo Dios, ese pedazo de pollón al aire. Estaba totalmente depilado, ni rastro de vello, todo liso. Su polla era como un robusto pepino, gordo y grande. Imponente. Yo estaba desconcertada, solo veía venas y pliegues alrededor de ese momumento de carne morena, coronado por un hongo descomunal e inabarcable de un irresistible tono rosado. Al principio sentí algo de miedo al verla, luego me sentí deslumbrada ante un ejemplar de masculinidad de ese realce, al final estaba totalmente abrumada y embebida de una lascivia desquiciada.

-Mierda Laura, espera, espera…

(Ella se detiene y deja de masturbar a su marido. Su pene se tensa y se agita solito. Ha estado a punto de eyacular, pero se detiene. El marido está visiblemente excitado).

-Casi te corres, cielo. Pero si todavía no te he contado nada. Me dijo que debía comportarme como una gatita buena y cariñosa si deseaba mi premio. Y yo enseguida me senté sobre mis talones y comencé a relamerme las manos y a parpadear inocentemente. Su polla comenzó a endurecerse al verme en esa actitud. Yo maullaba y me refregaba por sus piernas musculosas, ronroneando, poniéndome en pompitas, mirándolo a los ojos, suplicante. Su polla estaba ya casi erecta, y vista desde el suelo me daba la impresión de ser un estandarte de hombría, fortaleza y potencia. Tan grande, tan gorda… Me tenía enamorada. Si me hubieras visto, allí, en celo, haciendo la tonta sólo para poder meterme aquel manubrio en la boca. Me da vergüenza decirlo, pero empecé a suplicarle, toda cachonda y mojada. Le pedía clemencia, necesitaba esa polla ¡ya! Ufff, creo que te hubieras ruborizado de la bajeza a la que llegó tu mujer.

(El marido vuelve a cerrar los ojos, su pene está a reventar. Ella deja de tocarlo y prosigue con la tortura).

-Eres la más puta que hay, una zorra imperdonable.

-Bueno, relájate, cielo. Sabía que te enfadarías conmigo… Snif, snif. Mejor lo dejamos, no quería contarte nada…

(El marido suspira. Tiene la cara roja)

-Está bien. Sigue que me vas a volver loco. ¿Se la chupaste al final?

(Ellar se ríe. Una risa encantadora, picarona, dañina).

-Sí, pero fue muy duro conmigo. Me hizo sufrir taaaaanto. Me tuve que arrastar mucho ante de él… Pero al final tuve mi recompensa. Mmmm, no sabía cómo lamerla, chuparla, besarla, para hacerla más mía. La recorría de arriba abajo, la succionaba, le comí los huevos bien comidos… Estaba como una dieciochoañera desesperada mamándosela a su ídolo, volcándome en cuerpo y alma para ofrecerle lo mejor de mi lengua y de mi boca. Cada vez que me la metía entre los labios, amorcito, sentía un placer inexplicable, era cómo estar subyugada ante la superioridad viril, algo que jamás había sentido con ningún tío. ¿Entiendes lo que te quiero decir?

-Oh sí, puta, sí.

(Ella vuelve a reír).

-Él parecía gozar también de lo lindo. Me decía que el calor que desprendían mis labios le excitaba muchísimo. Cuando se hartó de tanta mamada, me tiró sobre la cama y me devoró el coño mojado como un perro rabioso… Ohhhh, me corrí tantas veces… Esa lengua, esos labios acariciando mi clítoris, era tan experto, tan perverso. ¡Y tan guapo! Se dedicó a rebañármelo bien. Abría la boca así como una fiera y me engullía mi débil conejito indefenso. Luego, después de dejarme el coño bañado en saliva, se puso un condón con olor a chocolate y me la clavó hasta el fondo, sin miramientos.

(Ella se acerca al oído de su marido y le susurra:)

Oh, cielos, ese tío me la metió hasta los cojones. Y tenía tanto aguante. Pimpam, pimpam, pimpam. Y así, durante tanto tiempo, metiéndomela sin piedad, follándome como todo un hombre, en posturas que jamás pensé que existían. Una máquina, amor, una máquina. Llegó un momento, cielo, a la hora de follarme sin parar, mientras me partía como un toro bravo por la mitad, con hondas y pesadas penetraciones, que sentí una sensación de renuncia a todo y por todo. Me corrí tan salvajemente que en ese momento me daba igual todo lo demás, solo me importaba que ese pollón entrara más y más dentro de mí. Ya nada le hubiera detenido de seguir follándome, ni yo se lo hubiera impedido pasara lo que hubiera pasado.  Si nos hubieras sorprendido, por ejemplo, hubiéramos seguido follando como locos. Me hubiera dado igual verte entrar por la habitación, cariño, y te puedo asegurar que él me hubiera jodido con más ganas aún de ver tu cara de pasmado. De hecho, mientras me jodía bien me pedía que te llamara cornudo, que le dijera que tenía la polla más grande que tú, que nunca podrías follarme así cómo él. Le gustaba mucho oírlo, cielo, y la verdad es que a mí me ponía una barbaridad decirlo.  ¿Sabes?, cuando te abres de piernas para que te folle un macho así, te sienes como una zorrona deseada y es la más excitante sensación del mundo y lo demás se queda relegado al ridículo, tú incluido.

(El marido se retuerce y se tensa todo. Ella no para de menearle la polla.)

Después de joderme el coño lo que le vino en ganas, me puso a cuatro patas y me la metió por el culo. Ya sabes que nunca te he dejado que me penetraras analmente, y jamás pensaba que eso me pudiera gustar, pero…  mientras me la clavaba por el culito me decía tantas guarradas: que si era una puta, una guarra, que tenía el coño malfollado, que si mi culito estaba hambriento. Además, me vi aquí, en nuestra cama de matrimonio, con ese hombre detrás de mí, partiéndome el ano con ese pollón, apoderándose de lo que se supone que es tuyo, ganándote la batalla como hombre, como marido, como follador, como todo, sodomizando a tu esposa en tu propia casa, que empecé a gritar de placer, suplicándole que no se le ocurriera dejar de follarme nunca, que me arruinara el culo todo lo que quisiera. Ufff, me corrí de nuevo y esta vez como una perra… Me hice pis encima, qué vergüenza. El tío estaba ya a punto también, noté su polla hinchada palpitando dentro de mi esfínter. Le pedí que se corriera dentro de mi boca y así lo hizo. Me la sacó de golpe, dejando un gran vacío en mi interior y yo, como loca, me coloqué debajo de él con la boquita abierta, así, mira… ¿ves? aaaaaaahhhhh. Y él se la meneaba, todo ese embutido gordo de venas, mmmm… Y de pronto, ¡¡splaaash!!, una ráfaga de semen templado me llenó toda la carita, luego otro chorró más potente entró en mi boca, luego otra descarga menos ya más discreta terminó resbalando en mi barbilla. Me dejó toda hecha un desastre. Me tragué su semen y saborée su salada masculinidad hasta el deleite. Después seguí un buen rato chupándosela, hasta saciar mi apetito. Fue el mejor polvo de mi vida.

Y éste ha sido mi día de hoy. (Ella le da un beso cariñoso en la mejilla a su esposo). ¿Y a tí cómo te fue en el trabajo, amor?

(El marido grita y se corre. Un chiato largo y potente salta por lo aires y salpica su abdomen flácido. Ella sonrié y se aparta. Pone la mano tiesa como si le diera asco pringarse).

Por cierto, el tío me cobró 600 euros por el arreglo, gordito. Menos mal que te dejaste la cartera en casa. ¿No es tan caro, verdad?

¡Valoralo! ¿Qué te ha parecido?

Escrito por hosefetish

Relatos de temática cuckold con toques fetichistas sobre pantimedias, humillación y dominación (femenina/masculina).

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