Marta la vecina

¡Comparte!

Tomé con mis manos sus caderas, mi vista se nubló, mis movimientos, cargados de fuerza, comencé a mover con intensidad. Mi cadera golpeaba sus nalgas… Suave gritaba ella. Yo ya no oía nada. Cuando Marta vio que era imposible que el joven que la estaba penetrando le hiciera caso, trató de acomodarse para recibirme mejor y para que aquello fuera lo más placentero.

Mi gusto por la música era conocido entre los vecinos de mi edificio, aunque no siempre compartido. Por ello, algunas veces me invitaban a los cumpleaños o reuniones, donde yo me daba el gusto de ser disc-jockey. Fue así que Marta, la vecina cuyo apartamento estaba al fondo del pasillo, me pidió si no podía ir a pasar música en el cumpleaños de su pequeño hijo Juan, quien cumpliría ese fin de semana cuatro años.

Marta tenía fama en el barrio de ser muy puta, era delgada, no muy linda, con senos y cola, medianos, paraditos y turgentes ambos. Movido por su fama y cierto grado de confianza que ella me permitió, manteníamos un juego de manos. Nos pegábamos en la cola cada vez que nos cruzábamos en general en el pasillo del edificio. Fue ella la que comenzó este juego y ninguno de los dos lo hacíamos cuando alguien podría vernos. Era una especie de acuerdo tácito, que ambos respetábamos. Al principio eran golpecitos suaves, que como si fueran sorpresivos nos dábamos. Con el paso del tiempo se convirtieron en caricias, algo torpes, de mi parte, que ella recibía sin quejas. Mi mano cada vez buscaba más su entrepierna, más que golpearle en las nalgas.

Cuando llegó el día de la fiesta, llegué a la casa de Marta con mi equipo pequeño equipo de audio y algo de música que había seleccionado para la ocasión, a pedido de Marta. Ella y su hermana Mirta (físicamente muy parecidas) trabajaban para dejar pronto los últimos detalles, mientras el esposo de Marta se duchaba. El tema es que apronté mis cosas, comenzaron a llegar parientes y amigos y se hizo una reunión muy amena, para los adultos, porque los niños estaban poco menos que encerrados en un cuarto jugando, quizás también para ellos la fiesta estuvo divertida ya que los dejaron jugar libremente.

Más de una vez, Marta y Mirta, me sacaron a bailar y yo me sentía un poco tímido, pero ambas parecían deleitarse apretándome, rozando su cuerpo contra el mío, tocándome como al descuido y hablando con doble sentido cada vez que se me acercaban. Cuando por fin la reunión terminó, ya de madrugada, me puse a recoger mis cosas para llevarlas nuevamente a casa. Marta se me acercó y me dijo que dejara todo así, que fuera a descansar que al otro día ella me ayudaría a llevar todo, tras lo cual me agradeció la ayuda con un beso en la mejilla y una disimulada palmadita en la cola. Mirta, puso cara seria, se acercó a mí y me dijo que ella me agradecía la ayuda, los bailes y la música. Después de lo cual, sosteniendo mi cara con las manos, me plantó un suave beso en la boca, luego miró con cara de desafío a la hermana (eso me pareció). Vale aclarar que a esa altura, el esposo de Marta llevó a Mirta hasta su casa, vivía en las afueras y demoraría mucho en regresar. Marta me miró y con voz muy sensual me dijo: -Ahora estamos tranquilos.

Busqué uno de los temas que la noche anterior ambas hermanas habían insistido que pusiera. Música lenta, suave, ideal como para que dos cuerpos se encuentren y empezó el baile. Sentía su perfume, sus brazos me apretaban, sus manos acariciaban mi pelo y sus caderas y piernas me rozaban, generando la respuesta correspondiente de mi verga.

-Es lindo bailar así tranquilos, ¿no? dijo en mi oído. -Si me encanta, fue mi respuesta y tomando coraje la besé en el cuello. Ella respondió inclinando la cabeza para que pudiera besarla mejor, y con un suspiro me apretó contra sí.

Mi verga pugnaba por salir del jean, cuando una de sus manos franqueó la barrera de la remera y se posó en mi espalda. De allí en más las cosas fueron sucediendo de modo natural, sin palabras, ambos sabíamos que queríamos, ella lo tenía muy claro. Su lengua busco la mía e inundó mi boca. En forma experta sus movimientos me fueron guiando y pronto el beso fue más y más intenso. La dureza bajo mis pantalones ya casi me dolía. Su mano en mi espalda, rozaba con extrema suavidad mi piel y casi me hacía erizar. Los botones de su vestido, uno a uno, fueron siendo desprendidos hasta que éste quedó completamente abierto, no llevaba ropa interior, – te esperaba fueron sus palabras ante la pregunta de mis ojos. Me quitó la remera, sentí contra mi pecho sus duros senos, los pezones eran firmes diamantes rojo oscuro. Los sentía como dardos pinchando mi piel, mis manos buscaron sus nalgas, como tantas veces en nuestro jueguito, pero esta vez no las asieron con fuerza.

Mi pantalón cayó junto con el calzoncillo, rápidamente ella se agachó y me ayudó a deshacerme de las molestas prendas, al pasar junto a mi verga dura, que la llamaba a gritos, la rozó con la cara y los senos. Su vestido quedó definitivamente en el suelo. Ante mi se descubrió por primera vez totalmente desnudo, sus senos pedían ser besados, acariciados, pellizcados.

De la mano me llevó al dormitorio donde los besos se hicieron más intensos, profundos, íntimos. Yo tocaba y besaba con torpeza, y ella trataba de calmar mi urgencia, mis ansias, guiándome con sus indicaciones. Llevó a mi boca una de sus tetas y me indicó como besarla, chuparla… su reacción daba cuenta que yo era un buen alumno, muy aplicado y que rápidamente aprendía. Se subió sobre mi cuerpo, con una mano tomó la enhiesta verga y la llevó a su boca. Lentamente se acomodó y puso su vagina a la altura de mi boca.

Era la primera vez que delante de mis ojos, en vivo, se mostraba esa obra de la naturaleza. Ella llenó de saliva el pene, facilitando la caricia que su mano, su boca rodeó el rojo e hinchado glande. Su lengua lo tocó, primero en la ranura superior, luego en los costados. La caricia continuó ahora lentamente acariciando la vibrante verga. Su boca dio cabida al instrumento que su mano acariciaba insistentemente. La caricia se fue haciendo con poco a poco más intensa. Mi boca intentó devolver el inmenso placer que ella me daba. Mi torpeza, ansiedad y falta de experiencia era notoria.

Ella dejaba momentáneamente la succión para instruirme en cómo y en que debía hacer. A medida que los besos y las caricias se prolongaban en el tiempo, la experiencia me llevaba a devolver el placer que estaba recibiendo. Nos lamíamos con fruición, encontré su clítoris y el cuerpo de Marta comenzó a vibrar.

-Cógeme, ¡cógeme por favor!

Pidiéndome esto se puso boca arriba en la cama, separó sus piernas, con sus manos mostraba el lugar en el que me pedía yo estuviera. Me acomodé y, con facilidad, me hundí en su vulva jugosa y hambrienta eso Mirta me besó y la miro desafiante… La conversación pasó al sexo y le conté alguna de mis fantasías, que prometió ayudarme a cumplir si guardaba comportamiento ante la gente y no le comentaba a mis amigos.

A la conversación se unieron caricias que generaron la respuesta nuevamente de mi verga. Ella tomó del cajón de una mesita junto al sillón un tubo con pomada, y untó mi pija con suma prolijidad y repitió la maniobra en su culo (yo la ayudé con sumo placer). Se puso de rodillas en el sillón y apoyando sus manos en el respaldo me invitó a hundirme por atrás. No lo dudé ni un minuto.

Ella pidió que lo hiciera con suavidad, que me deseaba pero quería disfrutar la penetración y la dilatación de su culo. Así lo hice, o lo intenté, y fue una de las mejores culeadas de mi vida, también fue la primera. La sensación de forzar el esfínter, el roce a pesar de la pomada, el calor que abrazaba mi pene dentro de la cavidad, me hacían sentir cosas absolutamente nuevas, que ni imaginaba. Ella fue guiándome, indicando cuando tenía que presionar, cuando quedarme quieto, movía sus caderas en círculos buscando una mejor dilatación. Poco a poco, fuimos logrando que la penetración sea casi total.

– Ahora, ahora si… con suavidad, empieza a moverte…

No lo dudé, comencé a mover, como tantas veces lo había visto en películas porno. Pero el deseo, la inexperiencia me llevaron a intensificar el movimiento. Tomé con mis manos sus caderas, mi vista se nubló, mis movimientos, cargados de fuerza, comencé a mover con intensidad. Mi cadera golpeaba sus nalgas… Suave gritaba ella. Yo ya no oía nada. Cuando Marta vio que era imposible que el joven que la estaba penetrando le hiciera caso, trató de acomodarse para recibirme mejor y para que aquello fuera lo más placentero.

-Avísame… avísame cuando estés por acabar…

Yo sentía que un calambre comenzaba a subir por mis piernas, mis párpados se cerraban aunque yo quería mantener mis ojos abiertos y guardar todas esas imágenes vividas. Voy a acabar, voy a acabar, comencé a gritar… ella llevó su mano hacia la vagina, y empezó acariciar su clítoris. Me afirmé en las caderas y profundicé la penetración. La leche comenzó a llenar el interior de Marta… ella gritó primero por mi acción, que le dolió y luego porque comenzó a tener un intenso orgasmo.

– Me dejaste con el culo algo dolorido, así no se hace, debes ser más cuidadoso, si estás en el culo de una mujer es porque ella quiere… así que no te apures y hazla gozar… además tienes una linda verga y muy durita, me comentó en la ducha lo que inflamó mi orgullo machista.

Cuando quise intentar retomar las acciones su respuesta fue: -Por hoy creo que fue suficiente… y tuve que cargar con mi equipo y música para casa.

Autor: Losi

¡Valoralo! ¿Qué te ha parecido?

Escrito por Marqueze

¿Te gustan nuestros relatos? No olvides compartir y seguir disfrutando :P

Un comentario

Dejar un comentario
  1. que pendejo eres cuate por eso te bateo tu vecina no todas las mujeres te dan el inmenso placer de hacerlo por detras y tu echandolo a perder no eres mas pennnnn……….por que no eres mas grande. APRENDE LUCERRRRRRRR

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.