MÁS COMPAÑÍA.

erotismo feria

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Tal y como me había prometido, Jon mantuvo el contacto. Cuando le pedí permiso para publicar nuestra historia me dijo que le daba mucho morbo y que lo hiciera, pero a cambio me puso una condición: volver a quedar con él, pero que hasta entonces me mantuviera casta. Yo encantada con la idea, pero había un problema, y era que él ya no estaba en la ciudad y que no iba a volver en largo. Así que yo ideé otro plan.

Busqué en el calendario una fiesta y me encontré el primero de noviembre, que además caía en viernes. Tenía una largo fin de semana para hacer lo que yo quisiera, aunque oficialmente lo iba a dedicar por entero a hacer un par de trabajos para clase: leer un libro y escribir más y más páginas sobre dos autores.

Según me había explicado, él iba a estar en un pueblo a más de 100 Km. de Donosita reincorporándose a su trabajo después de un par de semanas libres. Así que el mejor punto para quedar me pareció Bilbo. Él no iba a tener mucho tiempo, y ninguno nos podíamos permitir viajar demasiado. Además el coche que utilizo no es mío. Así que me centré en convencerle para quedar.

Cuando se lo comenté, me dijo que era bastante difícil, pero que podía intentar cambiarle el turno a un compañero. De todas formas no me daba muchas esperanzas. Yo me puse a la acción. Aquel día era lunes, y estaba bastante soleado. Así que cogí un cuaderno y me fui a la playa. Me senté en la arena con una cerveza fría a un lado y patatas fritas al otro. En el momento en que me eché un trago empecé a escribir. Claro está que escribí bastante más de lo que pongo aquí, pero este es el mejor trozo:

“Ausente Jon: No creo que la espera a disfrutar de nuestros cuerpos merezca la pena de una casta temporada. Tu imagen no deja de venir a mi mente y mi imaginación no obedece a la orden de parar. Recuerdo la sensación de tus manos en mi cuerpo, y tu olor se me mete hasta dentro y no se va. Echo de menos tus besos y el contacto de tu piel contra la mía … no dejo de pensar que la arena de la playa sería el lugar perfecto para nosotros, ahora mismo estoy sentada en ella … y ya estoy mojándome de nuevo. Se me han puesto los pezones duros, y espero que la gente que está por aquí cerca no se dé cuenta de lo agitada que tengo la respiración. Cuánto me gustaría follar contigo aquí y ahora, sin que todas estas personas nos importasen lo más mínimo …

Impacientemente, Uretan.”

Se lo mandé esa misma noche, y a la mañana siguiente ya tenía respuesta:

“Deseada Uretan: Eso es trampa, no puedes hacerme esto. Yo también quiero follar contigo, compartir contigo todas las caricias y besarte como nunca he besado a nadie. Quiero quitarte la ropa poco a poco, ir desnudando tu cuerpo y recorrerlo con la boca. Quiero hacerte el amor interminablemente y ver cómo te corres por el placer, notar tu calor, penetrarte, tener tus piernas alrededor de mi cuerpo y a ti pidiéndome más.

Quedamos el sábado a las 10 de la noche en Bilbo. Entra por la Avenida y aparca en la Feria de Muestras. Yo estaré allí esperándote con un beso en los labios.

Muy impacientemente, Jon.”

La semana se me hizo interminable. Los días parecían no pasar y por las noches me masturbaba pensando en lo que me había escrito. No falté a mi promesa de abstenerme, ya que era él el que lo había conseguido, era por él por quién lo hacía.

Llegó el sábado por la tarde y me esmeré en prepararme especialmente, pero que fuese algo cómodo para el viaje. Al final volví a optar por pantalones vaqueros, pero me puse una camiseta bastante ajustada y con escote generoso. El pelo me lo dejé suelto, cosa que no suelo hacer, pero que me hace bastante bien a la cara. Encima la chaqueta verde de siempre y un pañuelo al cuello por si hacía frío.

Conduje durante bastante tiempo, escuchando música en la radio y disfrutando de lo que me esperaba. Estaba nerviosa, pero esta vez no tenía miedo. Cuando pasé el túnel, supe que estaba llegando, y entré por el acceso que me dijo. Cumplí sus indicaciones y llegué sin ningún problema, pero más ner

viosa que si fuese a presentarme al examen más importante de mi vida. Cuando me bajé del coche le vi que se acercaba a lo lejos dando un paseo. Le hice señas y me vio. Se acercó rápidamente y yo a él. Cuando nos hubimos acercado, nos paramos y nos dijimos un hola bastante soso. Pero mis ojos se había posado en sus labios y por dentro me moría de ganas de que me besara. Me agarró por la cintura y me plantó tal beso que me estremecí de placer. Me enseñó buena parte de la ciudad, pero casi no recuerdo nada. Según me explicó cruzamos gran parte a pie hasta llegar donde había conseguido un piso en lo viejo. El piso era de una amiga que no le importaba dejárselo. Me llevó a cenar a un bar y estuvimos de potes gran parte de la noche. No teníamos prisa, el domingo estaba todavía por llegar.

Cada dos por tres nos dábamos un beso o le robábamos una caricia al otro, pero luego volvíamos a nuestra cerveza. Me llevó por todos los bares habidos y por haber, hasta que terminamos en el ambiente. No me pareció muy buena idea teniendo en cuenta que éramos una pareja heterosexual con ganas de juerga, pero me dijo que no había problema. Además la música era buena.

La música a tope y las luces hizo que el alcohol subiera un poco más, y el baile nos calentó hasta el punto de que nos fusionamos en un beso en medio de toda aquella gente que estaba bailando. Enseguida sus manos se colaron por debajo de mi camiseta y me acariciaban hambrientas. Yo intentaba atraerle lo más posible a mí para sentir su cuerpo contra el mío … hasta que nos dimos cuenta de que estábamos casi montando un numerito, y nos fuimos de allí.

El camino al piso era bastante corto, pero entre beso y beso se hizo bastante largo. Me llevaba agarrada por la cintura, cosa que me proporcionaba el contacto contra su cuerpo. No apartaba la vista de mi escote. Sacó las llaves y entramos en el piso. Estaba frío y oscuro, no había nadie. Encendió un interruptor y una lamparita iluminó lo que era un recibidor bastante reducido.

En cuanto hubo cerrado la puerta detrás nuestro, me bajó la chaqueta hasta los codos y llevó las dos manos a mis tetas. Tenía los pezones duros desde hacía bastante, y aquello le volvía loco. Nuestras lenguas volvieron a juntarse, y mientras dejé caer la chaqueta al suelo me había levantado la camiseta y descolocado el sujetador. Parecía un animal en celo, igual que yo.

Mientras me chupaba yo terminé de desnudarme de cintura hacia arriba y separaba las piernas instintivamente por el calor que sentía entre ellas. Le aparté de mí y empecé a quitarle la ropa a él. En dos segundos estaba desnudo delante de mí con una erección que me encantó. Pero decidió que quería llevar la iniciativa, y empezó a desabrocharme los pantalones. Me los fue bajando poco a poco deleitándose con mis piernas, disfrutando de cada centímetro de piel que iba descubriendo, hasta que me los quitó del todo y los dejamos en el suelo junto a la demás ropa. Luego metió la mano por mis bragas sin quitármelas todavía, y llevó sus dedos a mi coño, que lo tenía completamente mojado. Empezó por explorarme por completo, y luego se detuvo en el clítoris, masajeándolo y proporcionando tal placer que me besó para hacerme callar. Con una mano me sujetaba y me acariciaba la cabeza, y con los dedos de la otra me estaba llevando al paraíso. Estuvo masturbándome y observando mi excitación hasta que me corrí en su mano.

Pero aquello sólo fue el comienzo. Justo me dio tiempo para coger aire, y me llevó a través de un pasillo bastante ancho hasta un dormitorio. Encendió la lámpara central como habíamos hecho en mi piso unas semanas antes. Íbamos descalzos, pero la tarima del suelo no estaba lo suficientemente fría para nosotros. Era una habitación bastante pequeña, con una cama arrimada a la pared y un escritorio con una silla. Había también unas baldas y un armario al pie de la cama, que parecía empotrada entre su cabecera de forja y la tabla del mueble.

Él estaba detrás de mí y empezó a empujarme suavemente hacia la cama. No quise acordarme de la persona habitual que la utilizaba. Me tumbó encima de la manta y me bajó las bragas de repente. Su brusquedad me pilló de sorpresa. Luego se sentó encima de mis piernas para tumbarse completamente encima mío.

– D

éjame hacer – me pidió. Le notaba completamente empalmado y su respiración agitada le descubría. Con sus pies separó los míos y se colocó entre ellos. Utilizó las manos para abrirse camino hasta mi coño y cuando noté su polla en mis labios volvió a tumbarse encima de mí inmovilizándome. Yo esperaba a que me follara como había estado esperando desde el lunes. Y lo hizo. Vaya que sí lo hizo. La suavidad y el tacto del principio se convirtió en la urgencia de un macho en celo, y me estuvo penetrando hasta que se corrió e hizo que yo también me corriera.

Se quedó por un momento en la misma postura, besándome en el cuello, y me preguntó que tal estaba. Me hizo gracia, porque yo no podía estar mejor.

Se quitó de encima, y decidí que era momento para recoger nuestra ropa del suelo. Así que me encaminé, y cuando volví con ella, le encontré desnudo apoyado en la puerta espiándome. Estábamos desnudos todavía. Cuando crucé la puerta nos rozamos, y siguiéndome me agarró por las caderas y volvió a besarme. Me di la vuelta y le metí la lengua en la boca. Él, por su parte, llevó las dos manos a mi culo. Me gusta cómo besa, y quizá ésta podía ser mi última ocasión. Allí estuvimos besándonos sin importarnos el tiempo ni dónde estábamos, ni si podían pillarnos.

Me estaba excitando tanto con sus manoseos que se lo hice saber. Le hice sentarse en el suelo y me senté encima. Cuando notó mis jugos y mi coño ardiendo, fue empalmándose más y más mientras jugábamos con nuestras lenguas. Notaba su polla cada vez más dura. Entonces me decidí que ya no aguantaba más y empecé a meterme aquello despacito, para poder deleitarme con su expresión. Por cada trozo de él que se metía en mí iba excitándome más y más sin creerme que era posible calentarme hasta tal punto. Mientras tanto él seguía tocándome el culo, y no sé por qué lo hizo, se le ocurrió meterme un dedo. Aquella sensación fue todo lo que necesitaba para correrme. Le llené de flujos y cuando se me fue tranquilizando me preguntó:

– Quieres probar algo nuevo? – él todavía no se había corrido, y entendí enseguida lo que me estaba proponiendo.

– No lo he hecho nunca – le contesté.

– Te atreves? Mi respuesta afirmativa fue levantar de encima de él y volver a besarle.

Me llevó hasta la mesa escritorio y me hizo apoyarme de espaldas a él. A medida que me inclinaba sobre la mesa, notaba que mi coño quedaba expuesto abierto a sus ojos y a sus deseos. Luego volvió a metérmela muy despacio en el coño mientras me metía un dedo por el culo y me decía que estuviera tranquila. Con lo excitada que estaba creo que no le costó mucho dilatármelo, porque enseguida me metió dos y luego no estoy segura porque volví a correrme. Las piernas me temblaron y tuvo que sujetarme para que aguantara.

– Bueno, ha llegado tu momento – me dijo. Me separó más las piernas y me abrió con las dos manos para tener más accesibilidad. Luego noté que ponía su polla en la entrada de mi culo y que empezaba a empujar. Se inclinó sobre mí y se dedicó a besarme en el cuello y masturbarme con la mano derecha. El dolor que sentí al principio fue desapareciendo cuando paró. Luego volvió a empujar hacia adentro, pero con sus manoseos y su lengua, ya no dolía tanto. Aquello me recordaba al día que perdí la virginidad. Iba notando cómo cada vez la tenía un poco más adentro. Notaba cada milímetro de terreno que abría en su camino. La sensación no me resultaba demasiado buena, pero estaba a punto de correrme de nuevo, y cuando el orgasmo llegó notar aquella polla dura sodomizándome me proporcionó un placer que no conocía hasta entonces. Fue cuando Jon empezó a follarme más deprisa, y le seguía en su ritmo. Me agarró con las dos manos por las caderas, y apretó más el ritmo, y en lo que me pareció demasiado pronto, noté que su cuerpo se ponía tenso y que se corría en mi interior.

Después de darnos un último beso nos echamos a dormir, más que nada porque el cuerpo no nos aguantaba ni medio asalto más. Dormí abrazada a él hasta que la luz de la mañana nos

despertó.

Me desperté primera. Así que decidí darme una buena ducha. En cada movimiento que hacía, notaba su olor impregnado en mi cuerpo. Después de secarme y vestirme con mi arrugada ropa, volví a la habitación y le observé mientras dormía. Me di cuenta que aquel tío que estaba en la cama era mi amante. No éramos novios, ni siquiera se podía decir que amigos, era la segunda vez que nos veíamos en toda la vida. Era mi amante, y me hizo gracia. En mi cara se dibujó una sonrisa.

Fue en ese momento que se abrió la puerta del piso, y me di tal sobresalto que creo que solté un grito. La persona que entraba era la dueña del piso. Se suponía que se lo había dejado a Jon solo para la noche, y que por la mañana ya no estaría. Eso es lo que me explicó cuando le dije que estaba con él. Luego me preguntó a ver si había desayunado. Me dijo que se llamaba Joane, y cuando me preguntó mi nombre le dije Maitane, como mi mejor amiga. Se rió, y me explicó que Jon no quiso decirle mi nombre cuando se lo preguntó. Aquello quería decir que sabía antes de verme que yo existía y para qué le había pedido el piso exactamente.

Preparó café para las dos, mientras yo intentaba esconder la cara. Me daba mucha vergüenza la posibilidad de que ella supiera quién era yo realmente, la chica que escribía relatos pornográficos en internet. Pero el tema no salió.

Mientras esperaba a que se enfriara un poco, me explicó que de adolescentes fueron novios, pero que la cosa no duró mucho y quedaron como amigos. Me contó de ella y yo le conté de mí. Era una chica muy guapa. Ni demasiado alta ni demasiado baja, más o menos de mi estatura. Pelo rizado y rojo, seguramente teñido. Tenía una cara redonda muy bonita y nada de maquillaje. Tenía tetas más bien pequeñas y toda ella era de complexión fuerte. Su sonrisa iluminaba la cocina. No entendía cómo Jon la había cambiado por alguien como yo. No tenía nada que envidiarme. De repente me dijo:

– Seguro que eres heterosexual? – me quedé bastante flipada, y ella se rió. La cocina volvió a iluminarse con aquella risa -. Eres muy guapa, seguro que no te faltan proposiciones. No entiendo cómo estás con un tío, y que ese tío sea Jon. Aquello era nuevo para mí, nunca me lo había cuestionado. Sí que era cierto que mis amigas lesbianas me decían que me bajara de los laureles, pero no estaba acostumbrada a que me lo dijera una desconocida. Me dijo, además, que cuando me cansara de Jon me pasara por el piso a verla.

– Jon y yo no tenemos ningún tipo de compromiso – le aclaré.

– Bueno, no creo que se cabreara mucho si le quitase una chica, él me la quitó a mí una vez -. Aquello me hizo gracia. Menuda pareja eran aquellos dos. Pero era bonito que siguieran llevándose bien.

A partir de aquí el relato cambia, porque Jon me ha pedido que lo cuente bajo su perspectiva. Por supuesto, para contaros esto también le consulté. Esta vez la condición fue que escribiese desde su persona.

Me desperté solo en la cama. Era de día y Uretan no estaba a mi lado. Me tranquilicé pensando que estaría duchándose, pero el silencio del váter y los ruidos que venían de la salita me mosquearon. Me levanté y, después de ponerme los pantalones, fui a ver qué había. El espectáculo no tenía nada que envidiar a una película pornográfica. Mi amiga Joane y Uretan estaban follando desnudas en el suelo, encima de la moqueta marrón de la salita. Joane estaba recostada en el suelo mientras Uretan le chupaba el coño, y estaba a punto de correrse. No hice ruido, pero J me vio y me dijo:

– Te unes? U levantó la cabeza y se quedó dudando un poco, no esperaba que yo pudiera pillarlas. Así que me acerqué y le di un beso en la boca, como a ella le gusta. Su lengua sabía a los jugos de J. Ellas dos volvieron a la postura que mantenían antes de que yo llegara, y me dediqué a besarle en el cuello y acariciarle las tetas. J empezó a correrse, pero U no paraba, así me atreví a masturbarle, pero no hacía falta, estaba tan mojada como si acabase de correrse. De repente levantó la cabeza y me dijo “fóllame”. No le hice esperar mucho más. Con la erección que tenía en ese momento no pude hacerme de rogar. Pero fueron ellas quienes me

quitaron la ropa Pero la sorpresa no acabó ahí. La sonrisa de J no me gustaba, es la misma que he visto otras veces, y me dijo que o era con sus reglas, o que no iba a poder tomar parte. Yo sabía qué reglas eran esas, y le dije que vale. U se reía. Ella ya sabía qué iba a pasar.

J se estiró en el suelo y sacó unas cuerdas de un cajón del armario, y luego me llevaron a través del pasillo que había recorrido yo hacía unos minutos. Me tumbaron en la cama entre risas y me ataron cada muñeca a la forja de la cabecera de la cama, y los tobillos a cada extremo de la piecera. Podía moverme un poco, pero ni pensar de incorporarme. Para entonces mi erección era más que considerable.

La que cogió la iniciativa primero fue U, que se subió encima mío. Notar sus piernas a cada lado de mi cuerpo y su coño tan cerca me ponía más y más, y estaba deseando que empezara a follarme. Pero antes de que eso pasara J también se subió a la cama, y me puso su coño a la altura de mi boca. No hizo falta que me dijera qué quería de mí. Cuando empecé a comerle aquel coño que tan familiar y tan bueno estaba, U empezó a empalarse en mí, a meterse mi polla lo más despacio que podía. Con lo que a ella le gusta ir al grano, sabía que lo estaba haciendo para alargar mi placer. A medida que me cabalgaba, su caliente coño y los jugos de J me hacían desear estar desatado para poder follar con las dos con mis normas, con mi ritmo. Mientras U se metía mi polla por el coño una y otra vez, y J se frotaba contra mi cara, mi excitación subía y subía, hasta que ya no pude aguantar más tanto placer, y noté cómo explotaba en un orgasmo brutal. Inundé el coño de U con mi corrida, pero ella no se paraba, en busca de su propio orgasmo, que no tardó en llegar, y noté cómo me mojaba con sus jugos, al igual que J, que viéndonos, se estaba corriendo en mi boca, y yo intentaba chupárselo todo mientras notaba que U se corría con mi polla.

Cuando me dejaron descansar un poco, y vi la sonrisa enorme de U, me di cuenta que acababa de realizar su relato, pero con las tornas cambiadas. Mi sonrisa fue premiada con un beso. Supongo que notó el sabor del coño de J en mi beso igual que yo lo noté en el suyo.

Uretan

Autor: Uretan

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Escrito por Marqueze

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