Me apasiona mi cuñada

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Ambos nos dejamos llevar por la situación, parecía que nadie tenía el control sobre su cuerpo como hasta ahora, ella paró bruscamente su movimiento, y sin esperar un instante bajó hacia mi cintura y se introdujo el pene completamente. Empezó a cabalgarlo rápidamente, ofreciéndome el espectáculo inigualable de ver su culo agitarse y de escuchar el choque de ambos cuerpos apasionados.

La historia que os voy a contar narra mi encuentro sexual con una de mis cuñadas. Todo empezó años atrás, cuando las conocí. Eran tres chicas muy atractivas por su carácter. Una de ellas es actualmente mi novia, de la cual estoy enamorado. Con las otras no tuve mucha relación, la típica surgida por el roce al ser hermanas.

Pasaron dos años y el carácter de una de ellas empezó a llamarme fuertemente la atención. Era alegre, dinámica, sabía escuchar a los demás, y tenía una expresividad fantástica que muchas veces canalizaba en su mirada, en esos ojos celestes casi transparentes que eran la luz de cualquier habitación. Su mirada tenía vida, y sabía cómo transmitirla.

Ella mide en torno a 1’65 cm. Tiene el pelo castaño, abundante y fácilmente maleable. Es delgada y eso hace que sus pechos de mediano tamaño resalten y guíen a la mirada hacia cotas más bajas, donde su vientre firme da paso a dos bonitas y pronunciadas caderas, que si bien no son grandes, dibujan perfectamente una silueta digna de admirar. Mi novia es un poco más alta que ella, de pelo negro y pecho más pequeño, pero de caderas y culo bien potentes que hacen que me enloquezca. También es un sol en cuanto a simpatía.

Como decía, esta chica se me metió por los ojos, y ciertamente anhelaba pasar el tiempo con ella. El problema era obvio, yo tengo novia y ella tiene novio, por cierto de estos tipos celosos que no la dejan ni a sol ni a sobra y que parecen castigar con la mirada asesina o con lo que salga, a todo osado que se acerque hasta para pedirle la hora. Por todo ello parecía fruta prohibida, así que me limitaba a disfrutar de los momentos en los que podía contemplarla.

Hará 4 ó 5 meses estuvimos las dos parejas con otros amigos comunes en un pueblo pasando un fin de semana, y el primer día de estancia vimos un cartel en el que se anunciaba fiesta en el pueblo de al lado por el día de su patrón. Como no teníamos nada previsto nos fuimos para allá en dos coches. Uno lo conducía yo y en él íbamos mi novia, mi cuñada y mi cuñado, y en el otro el resto de amigos (dos parejas y una amiga).

Aparcamos a las afueras del pueblo, pues había muchos coches y no quisimos entrar para no arriesgarnos a estar dando vueltas para aparcar. También nos habían dicho que las noches eran frescas, así que cogimos chalecos y alguna chaquetilla de tela vaquera. La noche transcurrió tal como se preveía, algunas copas, bailes y bromas. Y por supuesto la consabida vigilancia del novio hacia mi cuñada. Entre tanto baile y tanta gente empezó a hacer estragos el calor, así que propuse recoger todas las prendas de abrigo y llevarlas al coche para dejarlas en el maletero.

Cuando ya las tenía amontonadas, estaba claro que alguien me tenía que ayudar, y me topé con la suerte. Se ofreció mi cuñada, y pronto empezaron las excusas del novio: “que si nos íbamos a sentar ahora, que si íbamos a tomar algo”. Pero parecía que la fortuna estaba aliada conmigo, y fue mi novia, que estaba pasándoselo de miedo entre tanto baile y licor, la que se acercó y sacó de nuevo a la pista a la gente, incluido a mi cuñado, con el que se quedó bailando una canción famosa de esas del verano. Así que agarramos la ropa y nos fuimos mi cuñada y yo juntos para el coche. Ya era noche cerrada, y la verbena albergaba mayoritariamente a juventud. Mientras más nos alejábamos de la plaza del pueblo más solitarias se hacían las calles.

A medio camino del coche se nos cruzaron dos mujeres de unos 30 años que iban para la fiesta. Ambas iban con pantalones ceñidos, así que irremediablemente se me fue la mirada hacia ellas. ¡Es que casi no me puedo controlar cuando veo un buen culo!, me cuesta mucho trabajo hacerme el despistado, y aunque la mirada no fue muy descarada, fue lo suficiente para llamar la atención de mi cuñada.

– ¡Vaya, veo que te han gustado! Me dijo. Yo le contesté: – Lo siento, es que tengo verdadera pasión por los culetes, y ciertamente esos me han llamado mucho la atención. – ¡Ah sí?, no sabía yo que tú fueras tan…- ¿Tan qué?- Pues eso, tan atrevido. En persona pareces un tío muy poco dado a esas cosas.- ¿Y eso?. Me nerviosamente ante tal aseveración.- No sé, al menos eso parecías.

Ambos sonreímos y permanecimos callados unos instantes.

– ¿Estarás gozando entonces en la fiesta?, hay muchas chicas atractivas, y con buenos “culetes” que no paran de rozar al personal. – Me reí. – Sí, pero ninguna me roza a mí.- Tú ya tienes el de mi hermana. ¿No tienes suficiente aún?, (dijo con voz pausada).- No sé, no sé, le dije también con esa voz.

Al fondo ya se divisaban los coches. No había nadie por la zona, apenas se veían luces en las ventanas de las casas.

Cuando llegamos le pedí que me diera la ropa que llevaba y que abriera el maletero de mi coche. Ella me la dio y sonriendo fue dando la vuelta al coche meneando descaradamente las caderas para ver que cara ponía. Le dije que si seguía así no volvería a la fiesta, que preferiría ver ese espectáculo. Pero ella no pareció darle importancia e incluso le dio una vuelta de propina al coche, eso sí, con una sonrisa picarona en su boca, y unas carcajadas al final de su actuación.

Abrió el maletero y dijo: ¡servido está el caballero!. Fue entonces cuando empezó a quitarme los chalecos que llevaba amontonados en las manos para irlos depositando en el coche. Con los primeros no pareció advertir la situación, pero después se dio cuenta de la postura que ponía al introducir las prendas. ¡Se curvaba y dejaba el culo en una posición que todo buen “culómano” desea ver!

– ¡Pero qué malo eres! Me dijo. Y a partir de ahí prosiguió con la operación, pero haciendo más sugerentes sus movimientos y sacando el “culete” aún más. Esto me produjo una erección, cosa que ella no advirtió por la oscuridad de la noche y porque yo llevaba un pantalón negro algo amplio.

Cuando terminó me dijo: – ¿Volvemos? Le dije que no, que no me gustaba que los coches estuvieran tan solos y apartados del pueblo, así que procedería a moverlos ahora que había marchado gran parte del personal y no tendría problemas para aparcar en otro lugar. Cuando estábamos entrando al coche le dije irónicamente: – ¿Dónde te vas a sentar, atrás como antes o delante conmigo? Ella me miró, sonrió y pasó rauda a los asientos traseros. – ¡Eso por hablar!  Ahora arranca y mueve el coche.

– Vaya, dije, qué desilusión yo que esperaba tener ese culito cerca y ahora te pones atrás. Sin esperar un momento se giró, se puso a cuatro patas y me puso el culo a dos palmos de mi cuerpo. – ¡Olé! Dije, muy sugerente, pero no puedo ver nada. Tienes un pantalón oscuro y sólo consigo ver tu silueta. Tras sentarse y pensar un momento, se volvió a incorporar y me hizo la misma pose, eso sí, esta vez se quitó el botón y bajó la cremallera, para con un movimiento lento ir bajando su pantalón y empezarme a enseñar su culito enmarcado por unas bragas color crema, que hacían, esta vez sí, que su trasero pudiera verse con nitidez.

Sólo estuvo así unos segundos, pero fueron los suficientes para sacarme de quicio. Se volvió a vestir y a sentar, y yo le dije que me lo hiciera otra vez, que no había podido verlo bien. Soltó dos carcajadas irónicas y se cruzó de brazos. Yo insistí, y pareció que le convencía. Pero no fue así. Por ello me dispuse a arrancar el motor, cosa que tardé en hacer, ya que era un coche con bastantes años y tenía el motor frío. Cuando lo conseguí, ella me siseó, y al volverme pude verla de nuevo en esa postura, con su trasero en plenitud y con las bragas recogidas y metidas en gran parte entre sus nalgas.

– Ufff, madre mía. Menuda panorámica. ¿Creo que me he equivocado de novia! Le dije. – ¡Serás animal! Ella seguía en esa postura, así que le dije que iba para atrás para verla de cerca. En ese instante se volvió a sentar y a vestir, aunque yo proseguí con lo anunciado y me situé en el asiento trasero. Allí permanecí un rato, también cruzado de brazos, en una situación algo ridícula. Era como estar en la cola del cine esperando a que empezara la función. Cosa que no se presentaba segura. Pero era tal la pasión que tenía por aquella chica que hubiera estado esperando toda una vida si me hubieran asegurado un final feliz.

Tras unos segundos le dije que tenía un cuerpo estupendo, y que me había gustado muchísimo esa exhibición. Que tenía un trasero precioso, muy bien contorneado, que estaba deseando contemplarlo de nuevo, y si me lo permitía también deseaba palparlo. En ese instante me lancé un poco más. Quizá fue algo brusco, pero no me arrepentiría después de ello. Le dije: – ¿Por qué no te sientas encima de mí un momento? Ella me miró sorprendida y me dijo que ni lo soñara, aunque no lo comentó con gran decisión, así que insistí.

– Anda, por favor. Solo es un segundo, quisiera estar cerca de ti, siempre me has atraído. Siéndote sincero, me gustaría poder abrazarte y sentirte. Es un deseo que siempre he arrastrado y que nunca he podido comunicarte por temor a la reacción tuya y a la de los demás. Lo que pasa es que mi timidez me impide hacer muchas cosas. Esto ya es un esfuerzo para mí. Fíjate, estoy nervioso y me sudan hasta las manos.

– Ya te veo. Me sorprendes cada vez más. ¿Qué es realmente lo que quieres? – Pues, no sé cómo decirte. Me gustaría que te sentaras encima de mis piernas. Me refiero a que te sientes encima de mi pene y que lo introduzcas un poco, solo un poco, para poder notar tu calor y la suavidad de tu cuerpo.

Ella se quedó callada. Y ese silencio casi me mata del susto. Estaba muy inseguro, pero esta vez me pudo el deseo y comencé a bajarme los pantalones. Pronto percibió mi erección.

– ¿Qué haces? Espetó sin apartar la mirada de mi sexo. No respondí nada. Supongo que pondría cara de pena o algo por el estilo, ya que pronto me respondió: – Pero es que no sé, yo también lo deseo pero…, son tantas cosas… Ella pareció dar el paso y se acercó a mí. Metió sus piernas entre las mías y el pantalón que estaba bajado hasta el suelo. Se colocó dándome la espalda con su pantalón aún subido. De repente, con un solo movimiento se lo bajó junto con las bragas, justo el tramo para que pudiera salir su hermoso culo.

Se sentó en mis piernas en una primera vez, y en la segunda subió y buscó con una mano mi pene, el cual lubricó con algo de saliva y guió hasta su entrada. Bajó otro poco y se introdujo el glande. Allí se quedó quieta, como dudando un instante, pero poco a poco fue bajando hasta introducírsela entera, y allí permaneció sentada. No supe decir nada. Me limité a sentirla, a saborear el momento, a paladear la plenitud en la que estaba sumergido.

De repente cabalgó tres veces, bastante rápido, cosa que me sacó del trance, y se detuvo en la punta. Me dijo ¿Vale ya? Yo no dije nada, y ella volvió a sentarse introduciéndola toda de nuevo. Giró su cabeza y me dijo: – ¿Sabes que estoy tomando la píldora, cuñadito? Eso me puso a 100, y aún más cuando ella volvió a cabalgar unos momentos. – Ya estoy, voy a eyacular. Levántate por favor. No la liemos. Ella obedeció y se quitó de encima de mí. Inmediatamente empezamos a vestirnos, casi de forma compulsiva ya que habíamos perdido la noción del tiempo. Tras ello, arranqué el coche y lo cambié de sitio, después hice lo mismo con el otro.

Por el camino de vuelta, ya andando, empezamos a hablar y a comentar qué había pasado. Yo le confesé el deseo que siempre me había despertado, y que me había encantado la situación y el desenlace, pero que me había quedado a medias igual que ella, con el agravante de que casi eyaculo, así que se podía imaginar la calentura que llevaba. Ella me dijo que había sido una situación morbosa y que también había imaginado cosas conmigo, aunque no había llegado nunca a los niveles de platonismo donde me decía que estaba yo “subido”. Le dije que me gustaría hacerlo con ella, y ella me respondió que sería muy difícil, pero que habría que intentarlo. Esto me dejó lleno de felicidad y me relajó. Después de esta mutua confesión ideamos una “mentirijilla” para tapar ese retraso injustificado. No nos hizo ni falta ya que cuando llegamos permanecían bailando y riéndose y no se apercibieron de nada.

El resto de esa noche fue una historia escrita. Imagínense, sentados a una mesa, bebiendo, charlando, y el novio de mi cuñada no quitándole el ojo de encima y preguntándole qué es lo que habíamos hecho, ya que él sí que controló el tiempo y quería una explicación. Parece que le fue suficiente lo que le contó, al menos esa noche, ya que sorpresivamente dejó de hacerle el interrogatorio minutos después. El resto de la estancia en el pueblo discurrió en la más absoluta normalidad, salvo algunos guiños de ojos y una intención de quedar para la semana siguiente.

Los días fueron pasando muy lentamente para mí, ya pensaba que iba a ser imposible, ya que ambos estábamos trabajando y disponíamos de poco tiempo. La esperanza nacía en que ambos trabajos no tenían horarios fijos y eran muy flexibles, así que esperaba una respuesta en cualquier momento, pero la semana pasó y no pudimos hablarlo.

La siguiente semana osé llamarla al teléfono móvil. Estaba muy nervioso y le pregunté cómo se encontraba. Ella estaba a punto de entrar a una reunión, así que fingió que estaba hablando con alguno de sus clientes y dijo literalmente antes de colgarme: – Ahora estoy muy ocupada, pero el miércoles por la mañana tengo un hueco libre y podemos hablar de tu asunto. Nos vemos sobre las 9:30 de la mañana, ya te lo confirmaré. Ahí quedó todo, la conversación se terminó y mi corazón empezó a latir más rápido de lo normal. Casi no podía creerlo. Era lunes. ¿Quién dice que es el peor día de la semana?

El martes me ocupé de organizar todo para no tener que trabajar por la mañana, además se unía la circunstancia de que no hay nadie en mi casa por la mañana. Ambos aún vivíamos en casa de nuestros padres, y es que los salarios de hoy en día unidos a los precios de la vivienda, nos condenan a no independizarnos cuando quisiéramos.

Y llegó la llamada, fue en la tarde del martes, después de almorzar. Me dijo que si podíamos vernos y yo le contesté con el “sí” más rotundo que nunca he soltado, además agregué que mi casa estaba libre y que si quería venir. Me comunicó que no había ningún problema, así que la cita estaba formalizada.

Miércoles 9:30 (parecía una película). Puntual llamó al timbre. Al abrir me la encontré mirándome a los ojos y con una sonrisa que hubiera enmarcado y guardado para siempre. La invité a entrar y le dije que venía preciosa. Vestía pantalón verde oscuro, bastante ceñido, y una blusa blanca perfectamente complementada con unos pendientes y un collar a juego con el pantalón. Llevaba zapatos negros sin apenas tacón y un bolso pequeño del color de los zapatos. El pelo recién lavado, lo llevaba algo húmedo y sus ojos… para qué describirlos. No sé si es mi embobamiento, pero parecía tener iluminada la cara, era como una aparición. Le pregunté si había desayunado, y si quería algo, y ella me respondió que me quería a mí, que para eso había venido.

¡Ufffff, un poco más y me caigo de espaldas.

La acompañé hasta mi cuarto y allí se sentó en la cama, yo me quedé de pie, pero me acerqué. Ella se incorporó y empezamos a besarnos. Pronto busqué con mis manos cada curva de su cuerpo y con mis labios la tersura de su cuello, pero me era inevitable volver a su boca. Estaba preso, me tenía hechizado. Así que pronto la dejé hacer.

Tras un tiempo de caricias empezamos a desnudarnos mutuamente y a sentarnos de nuevo en la cama. Ella suavemente se colocó encima, parecía como si no me quisiera tocar. Sus manos que delataban nerviosismo por la situación, se esmeraban en recorrer centímetro a centímetro mi pecho, lo que provocaba un placer inmenso en mí. ¡Cuánto había deseado esa situación! Me acariciaba los brazos, el cuello, la cara, hasta que lentamente se recostó sobre mí para jugar con sus pechos en mi piel. Sentía su calor, le miraba a los ojos y a su boca entreabierta, y a su pelo que caía sobre mi cara. Me dejaba llevar por el placer e intentaba disfrutar al máximo aquellos excitantes momentos.

Ella acercó sus labios a mi cara, nuestras mejillas se tocaron y empezó a susurrarme en el oído y a besarme el cuello. Yo no podía aguantar más, y ella parecía haberse dado cuenta, así que lentamente fue levantándose y sentándose en mí. Yo sentía el calor y la humedad de su sexo en mi vientre y más aún cuando empezó a mover sus caderas en una especie de baile, y a deslizarse lentamente hacia mi pene.

Como un resorte apoyó sus pies en el colchón y levantó su sexo hasta dejarlo muy cerca de mi glande, así permaneció un instante, tiempo que me pareció eterno ya que clavó su mirada en la mía denotando control de la situación y el dominio que ejercía sobre mí. Absorto contemplé como poco a poco fue entornando los ojos, hasta que casi desapareció el celeste de su mirada, sonrió y empezó a bajar su cuerpo hasta que su vagina entró en contacto con mi pene. Solo lo introdujo un poco, lo suficiente para que ambos sintiéramos una unión deliciosa. Lo cabalgó de esta forma una, dos, tres veces, se paró casi con el glande fuera, lo volvió a hundir en sí y se levantó de golpe para volver a sentarse en mi vientre. Esta vez me dio la espalda y pude contemplar su hermoso culito, una de las pasiones de mi vida. Cada vez lo acercaba más a mi rostro, hasta que llegó un momento en que paró su incursión y lo puso de la forma más sugerente posible, ya que separó algo más las piernas y echó su espalda hacia delante para que yo pudiera disfrutar de la situación.

Yo estaba perdiendo mi entumecimiento debido a la gran excitación, así que cuando me disponía a palpar su hermoso culo que enmarcaba su sexo hambriento, sentí los cálidos labios de mi amante envolver mi pene. Me estremecí y quedé de nuevo paralizado. Notaba como me besaba y como su saliva lubricaba y daba paso a una felación profunda. Me movía lentamente de un lado a otro para conseguir más contacto si cabe, cuando sin darme cuenta ya tenía las manos aferradas a su culo, y estaba recorriendo todo lo que tenía mi alcance, dibujando sus caderas y acercándome peligrosamente a su sexo.

Ella empezó a notar que ya no era el sujeto pasivo de antes, su piel erizada lo decía y su respiración más agitada me indicaba que iba en el buen camino. Mojé mis dedos con mi lengua y empecé un dulce masajeo de los labios vaginales a un ritmo extremadamente lento, recreándome, disfrutando de aquella dulce fruta con la que me obsequiaba. Cuando ya estaba en el clítoris ella se arqueó, agarró el pene con una mano y acercó su sexo a mi cara. Al estar jugando con dos de mis dedos en la vagina, fácilmente se introdujeron. Lo hizo queriendo, a ambos nos excitó, y así empezó un suave movimiento de delante hacia atrás a dos palmos de mi cara.

Sus jadeos cada vez se hacían más palpables y a mí me pudo el instinto y sacando los dedos atraje su sexo a mi boca y comencé a lamer todo lo que tenía a mi alcance y ella a frotar su sexo con mi boca. Ahí se desató la lujuria, ambos nos dejamos llevar por la situación, parecía que nadie tenía el control sobre su cuerpo como hasta ahora, ella paró bruscamente su movimiento, y sin esperar un instante bajó hacia mi cintura y se introdujo el pene completamente. Empezó a cabalgarlo rápidamente, ofreciéndome el espectáculo inigualable de ver su culo agitarse y de escuchar el choque de ambos cuerpos apasionados. Casi eyaculé, pero es que ella se volvió a parar y a girar sobre sí para volver a estar cara a mí.

Permaneció sentada, mirándome, jadeando, pues el esfuerzo le pedía más oxígeno, con la cara enrojecida, la media sonrisa que me volvía loco. Me besó la boca y eso provocó que se encorvara y que su vagina abrazara y apretara aún más intensamente mi pene. Volvió a sentarse, dejando caer todo su peso sobre mi sexo. Yo no pude más y empecé a eyacular dentro de ella, acompasando con leves acometidas para incrementar aún más el inmenso placer. Ella era entonces la que parecía extasiada con el momento, y entornaba los ojos y recibía con placer mi semen, a la vez que me acariciaba las piernas. Ahora era yo el que jadeaba.

Ella no esperó a que me tranquilizara y aprovechó mi erección para seguir cabalgando lentamente viendo como se mezclaban nuestros fluidos y como salían mojándonos aún más si cabe. Aceleró su ritmo mientras yo acariciaba uno de sus senos. Tuvo un orgasmo mientras me besaba que la dejó apenas sin fuerzas. Yo entonces continué con la labor introduciendo el pene lentamente, deleitándome con sus caderas y culo. Mientras, nos besábamos fundidos en un abrazo. Le propuse ponernos de lado, ya que estaba deseando disfrutar aún más de su trasero y seguir besándola, y a la par sentir todo el calor que desprendía su cuerpo.

Las penetraciones fueron lentas y profundas y ambos conseguimos alcanzar el momento más sublime, hasta que nuestro sexos comenzaron de nuevo a exigir más emociones fuertes, así que me puse encima y comencé un movimiento más rápido Permanecimos así un buen rato, donde alternamos variantes en las que ella subía las piernas y apoyaba las rodillas en su pecho, o bien se ladeaba un poco para facilitar un contacto lateral y para que yo viera su culo (sabía que me volvía loco y me arengaba así).

Fueron instantes geniales, desaparecieron los nervios, ambos aprovechamos cada segundo, cada centímetro de piel, cada suspiro, cada mirada. Nuestros labios estaban llenos de contacto, satisfechos por haber recibido lo que tanto habían anhelado. Ella tuvo un nuevo orgasmo. Esta vez me sorprendió el grito contenido que soltó, y sentí como sus dedos se aferraron a mi trasero apretando aún más, obligándome a no seguir el movimiento, a no sacar el pene y a apretarlo aún más si podía. Cuando me soltó quise seguir pues estaba muy excitado, pero ella me pidió que saliese por lo que ambos quedamos acostados en la cama. Pensé que quería dejarlo y me limité a besarla y a acariciar su vientre.

Pero la cosa no quedó así, pues se levantó de nuevo y se puso de pie en el colchón, y comenzó a caminar con una pierna a cada lado mío. Cuando llegó a la altura de mi cabeza bajó moviendo sus caderas insinuantemente, hasta que puso las nalgas en mi cara. Las empezó a restregar y a elevar unos centímetros para de nuevo bajarlas. Así hasta que decidió bajarse de la cama y comenzó a bailar por toda la habitación meneando la cintura y caderas, acariciándose los senos, el culo y los labios.

Tras el recital, se puso las bragas con sosiego, siguiendo todos los trámites para ponerme a 200 por hora, se subió las tiras por las caderas y ajustó la prenda perfectamente a su culete. Después andando lentamente se fue de la habitación. No sé donde se dirigía, al estar sin calzado no escuchaba sus pisadas. Por lo que vi fue al salón, desde donde empezó a llamarme con voz melosa. Me levanté intrigado por saber lo que se traía entre manos y fui sigilosamente al salón intentando que ella no se diera cuenta de que llegaba. Asomé la cabeza por el marco de la puerta y vi una imagen que nunca se me olvidará.

El salón tiene terraza con una gran puerta de cristalería que separa ambos sitios. La puerta estaba abierta, las cortinas corridas, pero el viento que soplaba hacía que ambas se agitaran dejando la habitación al descubierto continuamente. En una de estas acometidas del viento pude ver en el balcón de enfrente a una vecina de unos 50 años tendiendo la colada en su terraza.

Mi amante había quitado dos grandes cojines del sillón y los había puesto en el suelo, justo en medio del salón. Ella estaba arrodillada apoyando las manos hacia delante y mostrando en toda su plenitud su trasero. Acompañaba la postura con un movimiento de cadera y con una mano recorriendo su sexo. Me dijo:

– ¿A qué esperas?, ¿no es lo que deseabas? Cógelo como más te guste. Te has llevado una vida reprimiendo tus deseos y ahora lo tienes ahí, todo para ti. Gózalo. Le dije que el balcón estaba abierto y que nos podían ver. – ¿Acaso te importa? Tú vas a elegir. Y elegí.

Bastó un leve arqueo de su cuerpo hacia delante para que yo me situara detrás y sin pensarlo la metiera de golpe y empezara a embestir con fuerza mientras ella se arqueaba aún más para ofrecérmelo en toda su plenitud. Ella jadeaba y me decía palabras para picarme aún más. Estaba actuando para mí, estaba jugando para ponerme aún más caliente y para comprobar la devoción que yo tenía por su culo. Pero no tardaron en volverse las tornas. Yo excitadísimo no hacía más que moverme y recorrer con sus manos toda su piel. Pero empecé a concentrarme en su culo, al que agarraba, apretaba, amasaba instintivamente, hasta que mis dedos fruto de la pasión empezaron a jugar con la entrada de su ano.

No sabía cómo iba a responder a eso, ya que nunca habíamos hablado de sexo en profundidad, así que en los primeros instantes fue una experiencia si cabe más morbosa. Decidí pasarle un par de dedos por su boca a ver que sucedía. Ella los envolvió con sus labios y los humedeció. Estaba muy cachonda, y yo casi a punto. Con esos dedos ya lubricados y aprovechando el sudor del nuestros cuerpos empecé a jugar de nuevo con su ano. Poco a poco veía como se iba dilatando y cómo ella parecía disfrutar. Así que me decidí e introduje un poco el dedo corazón. Ella se estremeció, pero no dijo nada. Note la presión en el dedo y lo moví lentamente hacia fuera para luego sacarlo y volver a meter la punta. Mientras tanto seguíamos haciendo el amor, eso sí, lentamente ya.

Cuando la dificultad se hizo menor introduje algo más el dedo, más o menos la mitad, y comencé a moverlo acompasadamente con el pene. A veces ambos entraban a la vez y a veces lo simultaneaba.

Se me ocurrió meterle dos dedos, así que me puse saliva en ambos y en la entrada al ano. Ella me miró, como transmitiéndome que tuviera cuidado. Así lo hice y pausadamente fui introduciéndolos hasta llegar a la mitad de su longitud. A partir de ahí comencé un movimiento de entrada y salida sólo en su trasero, pues estaba tan excitado que había parado de bombear por la vagina. Pronto tomó ella la iniciativa y fue la que mantuvo el movimiento, echando su culete hacia atrás y haciendo que los dedos entraran más y más. Entraron enteros y ella ya se movía agitadamente y como tal no sólo se metía los dedos, también de metía el pene.

Ya estaba yo a punto de eyacular y a ella también le llegaba, así que esperó hasta verme en el límite, y cuando lo estuve, pegó un tirón hacia delante, se sacó dedos y pene y me pidió entre jadeos que eyaculara dentro de su culo.

Yo estaba fuera de mí y le obedecí raudo. Enfilé el pene a su dilatado ano, y justo antes de introducirlo solté el primer chorro, el segundo fue dentro y el resto. Entre mi orgasmo y el movimiento de ambos entró el pene por completo, así que esta vez el grito contenido fue común. Un placer inmenso.

Así quedamos varios minutos, acoplados. Sintiendo el calor de nuestros cuerpos y recuperándonos de las emociones. Al rato decidimos ir a ducharnos juntos para limpiar todo resto que pudiera delatar el momento pasado. Poco más ocurrió. Algunas miradas, algunas palabras, muchos besos, y un “adiós” que sonó a despedida inevitable, pues la situación era bastante complicada y el riesgo que corríamos de ser cazados era muy grande.

Desde entonces sólo nos hemos visto un par de veces y por reuniones de familia. Creo que nadie sospecha nada, lo cual nos consuela. Pero mis ganas de tener otro encuentro van creciendo con el paso del tiempo. Hoy la he llamado inventando una excusa para que nadie sospechara, y ella me ha dicho que tiene un gran recuerdo, pero que es muy arriesgado seguir con esta situación.

Autor: Pervaglle

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Escrito por Marqueze

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