MERCHE, LA AUXILIAR SANITARIA

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Supongo que hay numerosos momentos en la vida de un hombre en los que ideamos mil fantasías sexuales acerca de nuestras compañeras de trabajo; en mi caso ese deseo se convirtió en realidad.

Trabajo como enfermero en una residencia geriátrica y por encima de todas mis compañeras destaca Merche, una auxiliar sanitaria que me excita en cuanto la veo. Tiene 41 años, baja estatura, cintura estrecha, grandes pechos (quizás 95 o 100 de talla) y un culo impresionante. Pero para mi morbo, por encima de todo, está su mirada maliciosa y sugerente. Parece que disfruta sintiéndose admirada por cualquier hombre que se le cruce. Lo cierto es que mi debilidad por las mujeres maduras es tremenda.

Todo ocurrió hace unas semanas, durante el turno de tarde. Por las tardes el trabajo es mínimo y nuestras obligaciones nos permiten momentos de asueto, así que el personal presente en ese turno era el mínimo exigido. Ante la falta de trabajo, el aburrimiento era total, así que decidí bajar a la lavandería, que se encontraba en el sótano, con el fin de coger una bata limpia.

Comencé a bajar las escaleras cuando, a medio camino, oí unos extraños sonidos. No estando seguro de lo que eran, bajé hasta abajo y agucé el oído. El sonido era más perceptible, así que intenté resolver cuál era su procedencia. Por fin, tras escuchar atentamente, decidí que los sonidos provenían del vestuario femenino. Me acerqué a la puerta con cuidado y definitivamente determiné qué eran los ruidos: leves gemidos de placer.

Comencé a imaginar de quién y por qué y la imagen que se formó en mi mente me produjo un principio de erección. Tras escuchar durante un par de minutos llegué a la conclusión de que los gemidos eran de una sola persona, mujer por más señas. Dos cosas me palpitaban desbocadas: el corazón y la polla. La curiosidad y el morbo pudieron más que el recelo, así que me armé de valor y con mucho sigilo, entré en el vestuario. De nuevo me paré a escuchar y comprobé que el "ruido" provenía de uno de los retretes cuya puerta estaba cerrada.

Entré en el wc contiguo, me subí con cuidado al retrete y, sin hacer ruido, asomé la cabeza por el final de la pared hacia el retrete ocupado. Lo que pude ver me dejó boquiabierto. Allí estaba Merche, sentada en la taza del váter, con los pantalones del uniforme bajados y un minúsculo tanga a la altura de los tobillos, abierta de piernas, introduciéndose rítmicamente dos dedos en su vagina, mientras con la otra mano se masajeaba las tetas por debajo del uniforme. Gemía entrecortadamente con los ojos cerrados.

-Siiiiiií… siiiií… uuuuuhm.

Abrí la bragueta de mi pantalón y me saqué la polla, que para entonces había alcanzado un tamaño más que considerable. Simplemente me acaricié con suavidad, pero por pocos segundos, ya que comencé a masturbarme con fuerza cuando vi a Merche introducirse un tercer dedo. Se la veía fuera de sí; gemía sin parar, así que, sin miedo a que me oyera, yo también lancé suaves sonidos de placer. Me encontraba fuera de mí, pero no lo suficiente como para que no me importase ser descubierto. Merche aceleró todos sus movimientos y comenzó a realizar frenéticos golpes de pelvis, introduciéndose un cuarto dedo. La veía chorrear, lubricada totalmente, emitiendo su coño un chapoteo constante.

-¡Joder…, que gusto!- decía.

De repente, se puso más tensa y salida aún si cabe; estiró su cuello, levantó la cabeza y pude ver su rostro de placer, con los ojos cerrados y la boca muy abierta, gritando como una posesa.

-¡Que Gusssto… Aaaaah… Me Corrrrroooooo…!

Ella chillaba y yo ya jadeaba sin controlarme, a punto de correrme. En ese momento, ella tuvo un orgasmo y algo más que me sorprendió y aceleró mi eyaculación.

-¡¡¡Joderrr… jodeeer… aaah…!!! ¡¡¡ me meeeooo…!!! Y eso sucedió; a la

vez que se corría un chorro de orina salió de su vagina a una presión tremenda, yendo a parar a la puerta del retrete. Yo, ante esa visión, no pude más y, temblándome las piernas, me corrí como un poseso; puse perdido el alicatado de la pared mientras miraba mi pene sorprendido por la impresionante cantidad de leche que soltaba, chorro tras chorro.

En cuanto pude miré de nuevo a Merche que también se encontraba como yo, jadeando desfallecida. Allí estaba ella, completamente despatarrada, con la cabeza echada para atrás apoyada en la pared y una de sus manos aún descansando en sus pechos por debajo del pijama. Entonces ocurrió algo inesperado: abrió los ojos y los clavó directamente sobre los míos. Sonrió lascivamente.

-Ah, estás ahí. ¿Te ha gustado el espectáculo? Después de lo ocurrido ya todo me daba igual, así que no me ruboricé en absoluto.

-Sí, ha sido estupendo. Eres una buena guarra.

-Y tú un cabrón que seguro se ha corrido a base de bien.

-Pues sí.

-Es una pena no haberlo visto.

-Yo, en cambio, he tenido un buen espectáculo.

-Qué cabrón. Pues ahora te voy a dar un nuevo espectáculo… pero te cobraré entrada.

-¿Y cuál es el precio de la entrada? -Barato: que bajes aquí conmigo y vuelvas a hacer lo que estabas haciendo.

De nuevo sonrió maliciosamente y dirigió otra vez su mano hacia la vagina.

-¿Esto es lo que veías, no? Comenzó a masturbarse con suavidad, masajeándose el clítoris, sacando y metiendo sus dedos cada vez más profundamente.

-Ven aquí- me dijo.

Abrí la puerta. Aún tenía yo el pene fuera del pantalón. Cerré tras de mí y quedé en el wc frente a Merche.

-Tócate la polla y mastúrbate para mí… ¡Vamos, pajéate! Yo la tenía morcillona, pero al escuchar esas palabras de nuevo se me puso durísima. La obedecí y comencé a masturbarme.

-Hay que ser guarro para espiar a una compañera. Seguro que quieres algo más, ¿verdad? -Lo que me des.

-Vale, te daré un buen espectáculo, pero te prohíbo ponerme la mano encima. Si tan siquiera me rozas, se acabó el juego.

-De acuerdo- asentí.

Merche se inclinó a su derecha y agarró la escobilla del váter. Comenzó a chupar el mango con maneras de auténtica profesional. De hecho, yo diría que además de hacerlo para excitarme, lo estaba haciendo porque disfrutaba. El mango debía tener una longitud de aproximadamente dos palmos.

Ella lo engullía en sus dos terceras partes con gestos de auténtica lujuria; el sólo imaginar mi polla en el lugar que ocupaba la escobilla me volvía loco y tuve que reprimirme para no agarrarla por cabeza y meter mi aparato en su boca, ya que recordaba su amenaza de parar el juego si la tocaba. Agarraba el mango de la escobilla sólo con sus dedos índice y pulgar, mientras con la otra mano continuaba masajeando su entrepierna.

-Me pones muy cachondo- le dije -Eres una zorra.

-No, no lo soy- dijo sacándose el artilugio de la boca -Las putas cobran el servicio y yo únicamente lo hago por placer. Mira…

En un abrir y cerrar de ojos casi toda la escobilla desapareció en su coño, quedando sólo visible la parte de las púas. Imaginé el tamaño de su útero y pensé que mi polla tenía unas enormes ganas de estar dentro de él.

-¿Ves? Me cabe casi todo.

-Siií… lo veo.

Otra vez comenzó un fuerte ritmo de mete y saca. En cada embestida, el mango asomaba totalmente lubricado; relucía igual que mi pene. De nuevo, Merche cerró los ojos.

-¡Jodeeerrr… que gusssto…! -Eso es, date más fuerte.

Aceleró el movimiento.

-¡¡¡Siií… Aaaahhh… Siií… !!! Tú también mueve tu mano más rápido…

Así lo hice, tenía la polla totalmente hinchada, roja; parecía que me la estaba despellejando viva, con mucha fuerza. Merche se levantó y, sin dejar de masajearse, me dio la espalda, se agachó colocando su cabeza a la altura de la tapa del inodoro y levantó todo lo que pudo su culo, poniéndolo en pompa a un palmo de mi pene. La panorámica era impresionante. Sus enormes tetas rozaban con el inodoro y, mientras trabajaba su coño con una mano, con la otra apretaba sus pezones. Apretaba de tal manera sus pe

chos que parecía que los quería reventar.

-¡Mieeerda, que tetas tengo…! ¡¡¡Aaaaah!!!… ¡me encanta apretármelas! A esas alturas, me costaba enormemente controlarme. Verla a escasos centímetros, a cuatro patas, enseñándome su coño lleno y su esfínter contrayéndose y relajándose al ritmo del vaivén de la escobilla mientras se castigaba las tetas, me ponía en el disparadero.

-¡Sigue así, zorra!… ¡¡¡Uuufff… Madre Mía… !!! -¡Siií… te voy a dejar tocarme, pero sólo de la manera que yo te diga! Escuché expectante.

-¡Méteme un dedo en el culo, cerdo!- dijo.

Sin dudarlo pasé mi dedo corazón por mi pene, lubricándolo de líquido preseminal. De un golpe le introduje todo el dedo hasta el nudillo.

-¡¡¡Aaaaahhh…!!! -gritó satisfecha- ¡Muévelo, cerdo! Así lo hice. La capacidad de absorción que tenía su ano era increíble; parecía una bomba de vacío que quisiera succionar mi dedo hasta que le llegase al intestino.

-¡¡¡Maaaaaaaás!!! ¡¡¡dame maaásss!!! Metí otro dedo. A su esfínter no le costaba ningún esfuerzo dilatarse; se abría ante el más leve estímulo, pero en cuanto tenía introducido lo que fuese, se cerraba como un cepo. Casi literalmente tenía los dedos atrapados en su culo.

-¡Más rápido!- exigió.

Moví de tal manera mis dedos dentro de su culo que acompasé la velocidad con la de mi otra mano, la cual estaba despellejando frenéticamente mi polla.

-¡Ya no aguanto más… Vas a meter tu polla en mi culo! En un rápido movimiento se quitó la parte superior de su uniforme y el sujetador. Se agachó de nuevo.

-¡¡¡Te he dicho que me rompas el culo!!! ¡¡¡Hazlo ya!!! Fue una única embestida. Parecía que estaba metiendo la polla en un tarro de mantequilla. Era una delicia introducir mi pene en ese maravilloso culo.

Cuando introduje por entero mi polla, se creó ese vacío que había sentido anteriormente en mis dedos. Mi pene luchaba por hincharse aún más, pero era su ano quien dominaba la situación; aprisionaba mi miembro de tal manera que pensaba que si la sacaba de golpe haría "plop".

-¡Eso es, siií…! ¡¡¡Jódemeee!!! … ¡¡¡Aaaaah!!! Con esa sensación de vacío tan placentera y con mis huevos chocando contra su culo, comencé el movimiento de caderas más frenético que había realizado en la vida. Pero lo sorprendente es que mis movimientos no eran nada comparados con la rapidez con la que ella movía hacia atrás y adelante sus nalgas.

-¡¡¡Métemela Maaás!!! ¡¡¡la quiero toda…!!! El olor a sexo mojado era increíble. Y el chapoteo incesante. El mango en su vagina y mi polla en su culo hacían que escurriesen nuestros jugos por sus piernas. bombeé al máximo de mi capacidad.

-¡¡¡asiií, asiií!!!… ¡¡¡fuerte!!!… ¡¡¡dame fuerte, cabrón!!! -¡¡¡siií… tómala!!!… ¿te gusta? -¡¡¡Siiiií… Aaaaah…!!! ¡¡¡Me Voooy!!!

Inesperadamente, sacó la escobilla de su coño y lanzó un tremendo chorro de orina que, dada nuestra postura, parte me pasó entre las piernas y el resto nos resbaló hasta el suelo. Esto no sé cómo, me dio aún más potencia y comencé a bombear al límite. Merche continuó metiéndose el mango, pero dejó de magrear sus pechos.

-¡Tócame tú las tetas! ¡Aplástamelas!- ordenó.

Por un momento pensé que quería descansar esa mano, pero nada más lejos de la realidad: la reservaba para otros asuntos. Apreté todo lo que pude sus senos, pellizcando con violencia sus pezones.

-¡¡¡eso es, Siiiiiiiiiiii!!! ¡¡¡reviéntame el culo y las tetas!!! ¡¡¡hazlo!!! ¡¡¡siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii…!

Con su mano libre me estrujó la nalga izquierda, arañándola. Me hizo un daño placentero que aceleró el orgasmo que me iba a llegar de un momento a otro.

Ella continuaba con sus movimientos y con las convulsiones de su enésimo orgasmo. Hice un último esfuerzo por resistir unos minutos más, pero en ese momento descubrí por qué Merche quería tener una mano libre: en un rápido y certero movimiento me metió de golpe su dedo corazón en el culo. No pude más; eso fue la puntilla.

-¡¡¡me corrrrrooooo!!!- grité.

Sólo me dio tiempo a sacar r&

aacute;pidamente y con cierta dificultad mi polla de su culo y, sin necesidad de tocármela, me corrí como nunca en mi vida. El primer chorro voló algo más de un metro para estrellarse contra la pared; el segundo chorretón se desparramó sobre el cabello de Merche; el siguiente en su espalda desnuda y los siguientes no pude verlos porque cerré los ojos medio desfallecido… y mientras, su dedo en mi ano. La corrida fue tan bestial que sentí mis huevos completamente vacíos, además de una satisfacción física tan tremenda que en un relámpago pensé "ya me puedo morir tranquilo"

Permanecimos allí quietos durante unos segundos, luego Merche se dio la vuelta, limpió con su lengua mi polla y la introdujo en mi boca, besándonos con pasión.

En ese momento, por el rabillo del ojo, pude ver que el espejo reflejaba la imagen de un joven ordenanza de la residencia tras la puerta entreabierta del vestuario. Estaba subiéndose los pantalones del uniforme y su rostro estaba más que sofocado.

-¿Qué? ¿Has disfrutado?- me preguntó Merche.

-Sí- le contesté- parece que hemos disfrutado todos.

Autor: Jojome

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Escrito por Marqueze

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