Mi amiga Sabrina

No me había puesto a recordar hasta ese momento lo hermosa que era…

En un profundo sueño sentía que algo taladraba mis oídos con una constancia cada vez mayor, cuyo origen intentaba vanamente encontrar. De repente, en mi semiinconsciencia, comencé a darme cuenta de que en realidad no me encontraba en una oscura ciudad recorriendo tenebrosas calles de puerta en puerta, sino que, por el contrario, todo brillaba intensamente, el sonido se asemejaba demasiado al de un portero eléctrico y sentía una extraña sensación de incomodidad. Fue entonces cuando tomé contacto con la realidad y en un insignificante instante recordé que el día anterior había estado cursando desde la mañana a la noche y cómo, sin siquiera tener fuerzas para cenar, había caído desplomado en mi cama. De un salto y comprendiendo la situación, corrí hacia el portero y atendí:

-¿Quién es?- Pregunté con voz soñolienta.

Una alegre voz se oyó por el auricular:

-¡Yo, Sabrina! Fue ahí cuando realmente desperté. Otro relámpago de recuerdos invadió mi mente: Había acordado con ella en juntarnos esa mañana en mi apartamento para estudiar una materia de la facultad. ¡Y yo me había quedado dormido! El problema, en realidad, era que yo odiaba mostrarme delante de cualquier mujer, y más de ella, despeinado, sin bañarme desde hacía un día y con la habitación desordenada. Casi a punto de decir un resignado “ya bajo”, pude maquinar una idea para salir airoso de la situación:

-¡Uy, Sabri! ¡Me cogiste justo bañándome! Espera unos minutos que me visto y bajo, ¿vale?

-¡Bueno, no hay prisa!- dijo con una voz animada.

Mientras entraba a la ducha como un rayo no pude evitar recordar esa voz siempre simpática, además de las increíbles energías que relucían en esa chica. Yo la había conocido en un trabajo de grupo que habíamos acordado hacer juntos luego de una breve charla casual en los pasillos de la facultad. Aquella decisión había sido mutua debido a que, en un instintivo pensamiento, ambos nos habíamos dado cuenta de que encajábamos bastante bien. En lo personal, ella era la persona ideal para los estudios: no tenía el inalcanzable ritmo de los mejores alumnos, pero tenía gran constancia y voluntad en el estudio y una enorme capacidad para hacer que esa tarea nunca se tornara plasta y aburrida. En los “intervalos” que hacíamos de esas largas horas, a veces excesivamente grandes, charlábamos de temas cada vez más personales. Pero a pesar de que la comodidad era de ambas partes, jamás nos habíamos reunido para otra cosa que no fuera estudiar o hacer un trabajo para cualquiera de las materias de la carrera. Quizás la culpa era mía, porque yo nunca la invité siquiera a hacerlo por miedo a ser rechazado y sabía que ella tampoco lo haría, ya que era alguien muy prudente. Y me maldije por eso.

Increíblemente había transformado, en un lapso apenas superior a lo que uno tarda en secarse y elegir y ponerse la ropa, en además bañarme, peinarme, lavarme los dientes y hacer la cama, para luego salir corriendo al ascensor que, como de costumbre, se hizo esperar para arribar. Al llegar a la planta baja agradecí que la única manera para abrir la puerta de entrada fuera con llaves. No pude evitar sonreír cuando la vi con alegría saludarme enérgicamente a través del cristal de la puerta.

-Perdona si es que llegué muy temprano- fue lo primero que dijo antes de darnos un beso en la mejilla.

Y ya que, a pesar de que yo había salido ileso de la situación, lo que había dicho no era cierto, hice de recaer sobre mí parte de la culpa que tenía:

-Perdóname tú, Sabri, creo que he entrado un poco tarde a bañarme. No te preocupes que has llegado bien- le dije mientras le enseñaba el reloj- ¡Entra! No habíamos alcanzado a subir al ascensor que ya empezamos a hablar de nuestras vidas por esos días. Ya en el apartamento, la invité a pasar a la habitación, donde siempre estudiábamos. Debido a mi cansancio, esta vez elegí sentarme en la cama, lo que rápidamente captó la atención de Sabrina:

-¿Te sientes bien?

-Estoy muy cansado: ayer estuve cursando todo el día.

-¡Ay, pobre! ¿Quieres que venga otro día?

-¿Pero qué dices?- Le grité con un tono de admiración.- Por favor, Sabri, ni siquiera quise insin

uar eso. Además si yo digo que vamos a hacer algo, lo cumplo.

Pero la culpa me había invadido, porque Sabrina, con tal de hacerme sentir bien, se sentía con la libertad de recaer el problema en ella.

-Muchas horas de clase… ¿Nada más que por eso?- Quiso saber ella.

-Sí, ¿pues? Entonces se acercó y se sentó a mi lado. No pude evitar mirarla admirado, a pesar de saber de que ella era muy comprensiva:

-Pues que me pareció que te pasaba algo…

-Bueno, no he cenado y tampoco he dormido mucho…

-Debes de estar destruido, ¿verdad? Otra vez comprensiva, pero eso me estaba poniendo otra vez en el papel de víctima:

-Puedo estudiar sin ningún problema- Concluí.

-Menos mal, porque yo casi estoy igual que tú- Admitió, bajando la cabeza y alzando sus ojos hacia mí.

-¿Qué?- Esa mujer era una caja de sorpresas.

-Lo disimulo bien, ¿verdad? Anoche he dormido muy mal.

Y me vi iluminado porque por fin me había llegado el turno de tener yo que ser el comprensivo:

-¿Quieres que nos reunamos otro día?- Bromeé.

Y se echó a reír:

-Creo que la cosa no se presta mucho para el estudio hoy, ¿no?- Me preguntó como conociendo mi respuesta.

-Y… me duele admitirlo, pero no.

-Bueno, ¡Hagamos otra cosa!- Propuso con su interminable buen humor.

Entonces llegó otro de “esos” instantes, cuando la miré de nuevo. Increíblemente, quizá por el cansancio, no me había puesto a recordar hasta ese momento lo hermosa que era, y menos en reparar en cómo iba vestida. Parecía como que ella no se daba cuenta de que, para cualquier hombre que no fuera su hermano, era inevitable mirarla con ese pequeño vestidito blanco de algodón sostenido por un par de tiras, que exhibía la mayor parte de sus piernas y se ajustaba a una envidiable figura, y mucho menos de que su largo pelo azabache con bucles acompañara tan armoniosamente a las delicadas facciones de su cara. De hecho, los instantes fueron dos. El segundo fue el de pensar que al fin iba a suceder lo de la tan ansiada “reunión informal” y de preguntarme qué sería lo que propondría.

-¿Como qué?- Indagué.

-Tú estás cansado del estudio, así que seguro que estás contracturado. ¿No quieres que te dé unos masajes?

-¡¿Qué?!- Contesté incrédulo, ante algo que se iba de mis esquemas.

-Discúlpame, soy una tonta. Muy salida, ¿no?- Se juzgó arrepentida.

-No, no, para nada. Es que me llamó la atención, nada más.

-Yo te lo decía porque pensé que a estas alturas consideré que ya éramos amigos…- Explicó con un tono triste, como suponiendo que yo no compartía esa idea.

-Yo ya te considero mi amiga, pero no creí que tú pensaras igual de mí.

-Mira- Comenzó a explicar con tono serio-: como amigo varón eres el único, ya que hasta ahora sólo a ti te tengo confianza.

Una sensación de orgullo y placer me recorrió por todo el cuerpo.

-¿En serio? ¡Gracias!.

-¿Puedo entonces?- Preguntó posando sus manos sobre mis hombros.

-Sí- Me apresuré a responder.

Era demasiado en muy poco tiempo, y eso me hizo subir el pulso a las nubes. En otro abrir y cerrar de ojos me di cuenta de que ella me gustaba. Pero pronto llegó el amargo sabor, al darme cuenta de la imposibilidad de ser correspondido por una chica tan hermosa como ella. A eso yo ya lo sabía de memoria: iba a pasar a ser el “gran amigo”, pero iba a ser eso y punto. Sin darme cuenta exterioricé la expresión de disgusto.

-¡Ups!, ¿Te he hecho daño? ¿Quieres que te haga más suave? Esa tía me estaba matando, a cada momento se ponía más dulce.

-No, está bien- Dije, mientras me di cuenta en lo errado que estuve en no mentirle, sabiendo la pregunta que se venía.

-¿Qué te sucede, entonces?

-Es que… estoy cansado…- Me justifiqué.

-Mentira… Anda, dime… ¿Qué te sucede?- Insistió.

Yo ya imaginaba cómo eso iba a terminar mal.

-No te preocupes, con esos masajes me estás sacando todas las tensiones…

Y se quedó callada, sin cesar de apretar suavemente sus manos contra mi espalda. Creí comprender ese silencio: se había dado cuenta de que, ante mi evasiva respuesta, yo no quería hablar del tema. Lo peor es que fui incapaz de reanudar la conversación, y que la magia estaba por llegar a su fin. Como si me hubiera le&ia

cute;do los pensamientos, ella cesó de hacerme masajes, lo que me paralizó. Pero lo curioso fue que lo hizo para rodearme con sus brazos por la cintura y darme un suave beso en la mejilla.

-Ya te pondrás mejor- Repuso.

Si hubiera sido cualquier otra chica le habría devuelto un intenso beso en la boca, pero era Sabrina, la chica simpática y hermosa que nunca se iba a fijar en mí. Ese beso significó tanto para mí, que me enmudeció nuevamente, ante lo que ella continuó diciendo:

-Bueno. Es tu turno- Dijo, mientras se acomodaba espaldas a mí y hacía a un lado su largo pelo, mostrándome así su delicado cuello.

Esto comenzaba a excitarme, pero más fuerte era el cabreo que me daba pensar que esto se trataba ya de provocación. Aún así, callado accedí, y tratando de esconder el temblar de mis manos, empecé a masajearle la espalda. La situación se tornó más intensa aún cuando dejó escapar unos gemidos de placer. Pero la provocación no parecía haber llegado a su fin.

-¿Sabes qué? Mejor me recuesto boca abajo y sigues así…- Me explicó, señalando que yo me sentara a su lado, al tiempo que se acostaba entera en la cama y cerraba sus ojos.

Decidí dejar de lado el cabreo y disfrutar de lo que estaba pasando. Sólo era cuestión de hacerlo hasta que ella decidiera que era suficiente. Era evidente que ella estaba controlando la situación, ya que por mi parte era todo callar y “acatar”.

-Así, así…- Sus gemidos se hicieron más intensos- No pares…

Y eso, mientras irresistiblemente miraba su cuerpo, me hizo pensar en otra cosa. Me preguntaba además si, así como lo había hecho en las otras situaciones, ella se habría dado cuenta de lo excitado que estaba. Yo suponía que no volvería a tener una oportunidad como ésa, así que creí que sería conveniente ver hasta dónde podía llegar. Sabía que si tornaba más agresivos mis masajes le iba a doler un poco, pero era el precio para tener más placer. Sólo era cuestión de averiguar si estaba dispuesta a pagarlo.

-Ahh, ¡Qué gozada!, ¡Continúa así!- Suspiró.

-¿Te gusta?- Indagué con un tono de obviedad.

-¡Me encanta!- Se había comenzado a mover al ritmo de los masajes.

No quería perderme un segundo de lo que estaba pasando.

-Un poco más a los costados- Me indicó.

Ella tendió sus brazos sobre la almohada y mis manos ahora estaban a los costados de la parte superior de su espalda, que por el vestido que llevaba estaba al descubierto, muy cerca de sus firmes senos, que presionaba sobre la cama.

-Más todavía- Susurró sonriente y sin abrir los ojos.

Sin pensarlo, allí estaba yo, acariciando por dentro del vestido el costado de sus pechos, mientras ella comenzaba a agitarse. Pero decidió ponerle fin al que resultó ser para mí un interminable minuto, corriéndome una de mis manos. “Ya has disfrutado bastante por hoy”, imaginé que estaría pensando ella. Pero, ante mi sorpresa, me preguntó, abriendo los ojos:

-¿Me darías masajes en las piernas también?

-Seguro- Afirmé, con un disimulado tono de seriedad.

Sus piernas eran esbeltas y firmes, y el vestido llegaba hasta apenas después de donde lo hacía su redondo culo, cuya pequeña braga hacía evidente su silueta. Traté inútilmente de tranquilizarme, mientras con cada mano acariciaba suavemente cada una de sus piernas.

-¿Sabes qué?. Me encanta eso- Declaró.

-A mí también me encanta hacértelo- Me enorgullecí de tener por fin el coraje de contestarle de la misma manera, sin intenciones de detenerme.-¿Quieres más arriba?

-¿A ver?- Me desafió a la vez que volvía a cerrar los ojos.

Era increíble lo espasmódicamente que se estaba moviendo ahora esa chica. Fue ahí que decidí atreverme a más aún, y me arrodillé sobre la cama a ambos lados de sus piernas, a la altura de sus pies, mientras mis manos subían cada vez más. No hubo gestos de rechazo.

Sin pensarlo, era ella la que “acataba” ahora, aunque no estaría dispuesta a quedarse atrás. Antes de repararlo, mis manos ya estaban entrando por debajo del vestido, y sus movimientos continuos lograron que terminaran posándose completamente sobre su culo.

-Dale- Dijo tan cortamente como llena de significado.

Y comencé a mover en

círculos mis manos levantando su vestido y dejando, como única prenda por debajo de su cintura, su pequeña braguita blanca. A partir de entonces ya era en vano hablar. Una mano mía volvió a bajar, pero esta vez por entre sus piernas. La parte de su braga que cubría ese lugar estaba empapada, lo que ayudó a acariciarla con más suavidad. Para ese instante las posiciones de nuestras piernas se habían invertido: yo continuaba arrodillado, pero con aquellas juntas y ella las había separado, aún acostada boca abajo, a ambos lados de mí. Levanté la mirada y observé cómo ella descubría sus pechos bajándose el vestido, quedando éste arrugado alrededor de su estrecha cintura. Y mi mano penetró el muro blanco de lycra para encontrar el origen de lo que lo humedecía. Sus gemidos pasaron a ser gritos de placer, mientras me tomaba la otra mano para conducirla a uno de sus senos y empezaba a incorporarse sólo sobre sus piernas.

-Quítamela- Me ordenó, tocándose la braguita.

Cuando terminé de hacerlo, se dio la vuelta hacia mí, se sacó el vestido por arriba y, arrodillada, me rodeó con sus brazos y me besó. Era inexplicable lo que pasaba por mi cabeza en ese momento, pero no estaba dispuesto a detenerme para hacerlo. Casi sin interrumpir el largo y apasionado beso, me quitó la camiseta y presionó sus firmes senos contra mi pecho.

-Te quiero- Declaró entre besos, con una infinita dulzura.

-Yo también, y mucho. Eres divina- No estaba dispuesto a dejar escapar ni uno de mis sentimientos.- ¿Sabés qué?

-¿Qué?

-Eres preciosa.

-Tú también.

Aunque no compartía su pensamiento, sabía que lo decía en serio:

-Gracias.

-Gracias a ti.

Y volvió acostarse, pero esta vez boca arriba y arrastrándome a mí encima. Luego de un largo y apasionado beso, abandoné su tierna boca para besar su cuello, mientras muy suavemente acariciaba sus pechos. Muy pronto mi boca se reunió con mis manos, a lo que ella me cogió la cabeza y la sepultó entre aquellos hermosas tetas. Ya era parte de ello, y hacía ya un tiempo que éramos los dos quienes estábamos cachondos. Fue increíble sentir cómo sus pezones se endurecían y se paraban firmemente. Otra vez me empujó la cabeza, pero esta vez hacia abajo, casi sin darme tiempo a besar su vientre… Mi boca se encontró entonces con un mundo distinto al que, presionándome con sus piernas, no parecía estar dispuesta a dejarme salir. Un mundo húmedo, suave, intenso que se contraía y dilataba con cada uno de mis besos. Después de unos minutos de gritos de placer cada vez más agitados me dijo, con voz entrecortada:

-Sigue… sí, sí… no pares. ¡Ahh! ¡Ahhhh!… ¡Por favor no pares!.

Y me mostró cómo en un dulce, largo y fuerte gemido, tuvo un orgasmo. Después de pedirme que me detuviera y descansar unos segundos, se incorporó y me dijo:

-No creas que me he olvidado de ti.

Me quitó el pantalón y el calzoncillo, comenzando a acariciar suavemente la rigidez que ellos ocultaban. Otra vez habíamos intercambiado de posiciones, siendo el que estaba recostado ahora yo. Ella se había arrodillado apuntando su precioso culito hacia mí y con su boca comenzó a realizar la tarea que hacía instantes hacía con su mano. Sin detenerse y con las piernas flexionadas y al ritmo de su incesante succión, acercó su vagina sobre mi boca y cesando por unos segundos dijo sonriendo:

-Es lo justo, ¿no? No pude evitar sonreír. Y volvieron sus espasmódicos movimientos. Aquella posición era aún mejor que la anterior, sin tener en cuenta lo increíblemente bien que me hacía sentir que me “absorbiera” de esa manera. Después de un largo rato de besarnos los genitales, vi que era hora de pedir algo más.

-Sabrina…

-Sí- Comprendió, y se dio la vuelta.

-Espera que me protejo.

-¿Me dejás a mí? Otra vez la miré con incredulidad, pero su dulce expresión me convenció. De la mesa de noche saqué el paquete y se lo entregué, para dejar que ella hiciera el resto. Luego se sentó sobre mí, dando lugar a una increíble penetración, cuyos movimientos pertenecían sólo a ella. Era increíble cómo bajaba y me besaba en la boca de a ratos y volvía a la posición vertical, al tiempo que yo acariciaba, ya no tan suavemente, sus firmes senos

. Pero pasado un rato, yo había llegado a un punto en que no pude evitar besar y abrazarla con fuerzas, haciendo del movimiento cada uno de los dos, uno solo. Ella intentaba separarme, sabiendo que le iba a costar lograrlo, hasta que lo consiguió, dejándome nuevamente acostado y con sus manos a ambos lados de mi vientre, haciéndome mirar cómo ella meneaba verticalmente su precioso cuerpo sobre el mío, con esa hermosísima cara cuya boca resoplaba constantes gemidos. Casi al instante los dos nos nombramos, haciéndonos saber, muy felices que el momento nos iba a llegar a la vez. Retornó su boca sobre la mía, como sabiendo cuál era la manera perfecta de hacerlo. Y después de muy agitados meneos y gemidos, se produjo la explosión. El movimiento cesó y se acostó a mi lado, rodeándome con un brazo. Luego de un tiempo, se acercó a mi oído y me susurró:

-¿Sabes qué?

-¿Mmmm?- Ya me estaba adormilando, con una inocultable sonrisa.

-No te quiero.

-¿Qué?- El corazón casi se me para- Pero…

-Te amo- Me interrumpió.

Autor: L2K

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Escrito por Marqueze

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