Mi Caliente Cuñada

mi caliente

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Soy Adela. Estoy navegando, aunque yo prefiero decir buceando, por Internet, y me he decidido, al ver la cantidad de historias que enviáis, a escribir mi propia historia. Tengo 24 años y la historia que les voy a contar ocurrió no hace más de unos meses.

Tengo un hermano que tiene veintiocho años y es veterinario. Es mi único hermano, por lo que tengo una especial predilección hacia él. Nunca asumí realmente que se pusiera a salir con Sonia. Mi hermano se llama Ángel y tiene 29 años. Sonia tiene veintiséis.

Me sentó terriblemente el primer día que vi a Ángel y a Sonia agarraditos paseando por una calle cercana a nuestro domicilio, pero me tragué los celos porque no eran justos. A pesar de todo, siempre había sentido cierto rencor hacia aquella morena sensual que me robaba el amor de mi hermano. Aquella morena sensual era una estudiante de ingenieros técnicos agrónomos que mi hermano, recién licenciado tenía de alumna en un seminario, que mi hermano, un empollón de cuidado tenía en su departamento.

Sonia era de piel morena y pelo muy oscuro. Sus ojos eran marrones y algo achinados y era muy guapa. Tenía la cara redonda y los labios cortos y gorditos. Boquita de cereza, como yo digo. Su nariz era respingona Tenía un tipo sensacional, pues aunque no era tan alta como mi hermano, muy bien podía medir 1,70 m. Un pecho bien hecho y una cintura estrecha, a pesar de sus anchas caderas. Mi hermano al principio, tuvo muchos problemas porque no aceptaba que la miraran los hombres.

Sonia tenía un carácter simpático y cariñoso que para nada la hacía merecedora de mi rencor. Así que, poco a poco, mi rencor fue dando paso a un sentimiento inexplicable para mí, pues no sé, no lo siento con otras mujeres, ni con otros hombres. Deseaba poseerla, sin saber muy bien en qué consiste eso. El caso es que cuando yo hacía el amor con un chico, me gustaba tomar una posición pasiva, pero cuando veía a Sonia, empezaba a sentir mi excitación en el conejo, a sentir una fuerza en mi vientre y mi interior que sólo se me ocurría una forma de aplacarla, y era correr a masturbarme pensando en ella, en que recibía electrizada mis caricias y nos corríamos al unísono. Naturalmente, nunca le dije nada a nadie. Y esto sólo me ocurría con ella. No me ocurría con los chicos y menos aún con otras chicas.

Mi primer intento con Sonia fue el día de la despedida de solteras. Estaba realmente feliz, y al verla así, a mí se me pasaban cien mil cosas por la cabeza. Deseaba besarla por la fuerza. Siempre me contuve, pero ese día, Sonia estaba más bebida de la cuenta. Al acabar, me tocó a mí llevarla a casa. El caso es que había bebido tanto que se quedó dormida en el coche. Aproveché para tocar el interior de sus muslos que asomaban suaves por el vestido. Conducía, la miraba y la tocaba. Nos paramos en un semáforo y aproveché para concentrarme un poco más en mi tímida exploración. Mi mano se deslizaba hacia el interior de su falda, sintiendo cómo me aproximaba a una zona más caliente. Me sentí el corazón palpitando, cuando de repente, el coche de atrás me pitó. Miré y el semáforo se había puesto en verde.

De repente hizo ademán de despertarse. Me asusté y quité la mano. Mi corazón no me cabía en el pecho. Sonia dijo, sin mirarme “¿Qué haces?”. Se dio la vuelta y siguió durmiendo. No me atreví a continuar, aunque luego me arrepentí, pues pensaba que si lo hubiera intentado, se habría callado , pues no se habría atrevido a armar una bronca familiar antes de casarnos. Bueno, los pacientes y perseverantes siempre tienen su recompensa, como ya veréis.

De todas formas, estoy segura que a la mañana siguiente no se acordaba de nada pues me abrazó de una manera increíble cuando salió de la iglesia, restregándose contra mí. Cosa natural, si no fuera por las especiales causas de mi susceptibilidad. Luego, al despedirse, me tiró el ramo de flores, ya sabéis, deseando que yo fuera la próxima en casarme.

Mi hermano se fue a trabajar de veterinario municipal a una población de la sierra. Una de estas poblaciones que son importantes, no por su población en sí, sino por ser la capital de una amplia comarca. Un día me sorprendió con una invitación. Me invitaba a pasar una semana en su casa. El motivo era que desde que había encontrado este trabajo, casi no nos veíamos, y también, que tenía que ir unos días a un congreso y debía de dejar sola a Sonia. Sus padres estaban de viaje y ella prefería quedarse en casa.¿Por qué me tenía que mover yo en lugar de ellas? Cosas de roles familiares.

Era realmente precioso este pueblo, pero un poco carente de ambiente, parecía. Llegué en un autobús destartalado que hace dos servicios al día, que había tomado después de hacer un trasbordo de un autobús que unía una capital de provincia con otra.

Había salido de mi casa a las doce de la mañana y eran casi las seis. Había malcomido, orinado en un sucio servicio de un bar, sudado… Mi hermano y Sonia me recibieron muy amablemente. Ambos estaban un poco más gorditos, pero mientras a mi hermano le había dado un aspecto de bonachón, a Sonia le habían hecho ganar en sensualidad. Me duché, comí y me quedé como nueva. Luego mi cuñada me llevó hasta mi habitación, en aquella casa vieja de campo pero con un encanto rural indescriptible.

Era una casa apartada de dos plantas, de gran tranquilidad. Los muebles eran muy rústicos, incluidos mi cama de barrotes en el cabecero, en el que podía verse un gordo colchón de lana. Se disculparon por el colchón. Habían pedido uno nuevo pero no había llegado aún. Me esperaban unos días de mal dormir. En cambio, la cama de la dulce pareja había conservado el cabecero de hierro forjado, pero se veía un colchón nuevo y duro.

Salimos a dar un vuelta, pero como era lunes, no había nadie en la calle del pueblo, y en los bares donde ponían sabrosas tapas y mejor vino, no había más que los incondicionales de siempre. Pronto fui a probar mi blanda cama y por el agotamiento quedé dormida. Pero muy tempranamente desperté a media noche y comencé a oír las risas de mi cuñada en la habitación de al lado y a mi hermano decirle cosas terribles que en cambio no parecían enojarla a ella.

-¡Ven acá!… Putita calentona…Yo te voy a enseñar a reírte del toro semental… – Y Sonia se reía. Luego comenzó un silencio y empecé a escuchar las crujidos de la cama vieja de la pareja, crujidos rítmicos que delataban la actividad sexual que se desarrollaba en la habitación de al lado. Me imaginé los dos cuerpos solazados y se me quedaron en la mente el culo redondo de mi hermano, entre las piernas largas y bien hechas de mi cuñada y la expresión de placer de Sonia, en una imagen que se prolongaba hasta sus senos desnudos que se movían rítmicamente al son de los crujidos de la cama.

Me excitaba imaginármelo, pero no quise masturbarme. Estaba demasiado cansada como para satisfacerme, pero me costó reconciliar el sueño, después de escuchar los jadeos de Sonia y luego sus gemidos de placer, que hacían volar mi imaginación. Recordé la gran oportunidad perdida la noche de la despedida de soltera y comencé a acariciar al idea de formar un trío con la pareja, pero deseché la idea con algo de repugnancia.

A la mañana siguiente, lo primero que hice fue ducharme. En casa no solemos cerrar el baño cuando nos duchamos, pero nadie entre en él. Sonia, en cambio entró sin decirme nada. Son costumbres. Me dio un pequeño susto y por un momento me avergoncé. Siempre he estado un poco acomplejada con mi físico, y especialmente, ante Sonia.

Yo soy una rubia de pelo corto. Soy bajita, pues mido 1,57. Sonia casi me saca la cabeza. Además estoy delgada y paliducha. Mis pechos son pequeños, como la de una adolescente y tengo las piernas largas y delgadas. No tengo una gran figura y ésta me hace tener un aspecto casi juvenil. Tengo pecas en la cara y los brazos y una nariz recta y larga. Los ojos son marrones claros y almendrados y mi boca de labios largo y delgados.

Para colmo, me gusta vestir casi asexualmente, con vaqueros y camisas que saco por fuera y disimulan mi cuerpo, que por otro lado, está bien cuidado, pues hago deporte para mantenerme. Pero en esta ocasión ni me había depilado las piernas, ni cuidado la entrepierna ni afeitado el sobaco, pues estaba en una fase que yo mismo había denominado “siempre natural”. No podía permitir que ella me viera así. ¿O sí?.

Empecé a sentir un extraño orgullo por mi figura de amazona, que como la diosa Diana era capaz de cazar cualquiera de las fierecillas que anduvieran por aquella sierra, incluso aquella cuya cara asomaba sonriente por un lado de la cortina de baño preguntándome si el agua estaba a una temperatura de mi agrado. Sonia recorrió mi cuerpo involuntariamente con su mirada y yo no hice nada para ocultar mis vergüenzas, sin darle mayor importancia.

Mi hermano había salido a trabajar. Las dos fuimos a comprar. No podía apartar la mirada de la figura de excepcional belleza a la que dejaba pasar de vez en cuando para empaparme de su forma, sus ademanes. Por lo demás, la mañana de aquel martes trascurrió tranquila, como la vida en aquel pueblo. Sonia estaba muy integrada, lo que no me extrañaba en absoluto, ya que es muy simpática.

Comimos con mi hermano, que llegaba después de las tres y venía acompañado de un gran manojo de zanahorias que le había regalado un campesino agradecido por atender a su yegua de un parto. ¿El potrillo? Bien gracias. Eran unas zanahorias de todo tipo, pero llamaban la atención por su color naranja fuerte. En especial había algunas que medían como un palmo largo y algo más de dos dedos de gordas. Mi hermano se fue a dormir la siesta y Sonia y yo decidimos dar un paseo por el campo.

Paseábamos por una vereda de tierra a cuyos lados crecían verdes arbustos y Sonia sacó la conversación de los novios. – No sé. Creo que aún no ha llegado mi momento.- le dije.- Sinceramente, no me veo comprometida con nadie, quiero conocer cosas, chicos. Experiencias…-

Sonia me contestó:- Vaya, no sabías que tenías una filosofía tan vitalista… no lo diría de ti.- Yo le repliqué.- No es que sea una vitalista, es que sinceramente, creo que aún no quiero comprometerme, tal vez sea que no ha llegado la persona.- Me esforzaba en hacerme comprender por ella. Quería ganarme su aprecio.

– Tal vez sea eso, que no ha llegado tu hora.- Dijo queriéndome dar la razón. No sé por qué la gente se empeña en que sigamos los mismos caminos que ellos han seguido. Yo no podía comprometerme sencillamente porque no me lo pasaba en la cama con los hombres tan bien como me lo pasaba sola. Pero eso no podía decírselo a Sonia.

Sonia me condujo por una vereda que ahora se adentraba en el bosque. Por un momento pensé que tal vez buscaba intimidad para seducirme. Falsas esperanzas. Sólo me condujo a un lugar oculto donde había descubierto la madriguera de un animal silvestre. Volvimos al camino principal y la seguía. El sol conseguía traspasar tenuemente las copas de los árboles y el aire era verde. Mi pecho se henchía al ver su trasero menearse entre la maleza. Fingí tropezarme para agarrarla disimuladamente. La cogí de las caderas y coloqué mi cara sobre su espalda, aunque sólo fuera un ratito.

No se cómo pudieron cambiar las tornas de aquella forma. Ahora, cuando la pareja mostraban su cariño, ya no sentía celos de Sonia, sino de mi hermano. Mi hermano debió de interpretar algún mal gesto como una especie de rencor por no prestarme atención y me invitó a visitar una granja que pensaba visitar al día siguiente. Me acosté más tarde aquel día y esperé expectante, por si la amante pareja mantenían relaciones aquella noche, pero me aburrí y me quedé dormida. El campo sienta muy bien Dormí de un tirón

Me levanté y me dirigí al baño. Me encontré dentro a Sonia, que se estaba duchando. La saludé y al preguntar por mí -¿Adela?- ¡Sí!.- Me asomé dentro de la ducha. Detrás de la cortina asomaba un cuerpo lleno de gracia. Dos pechos generosos en medio de los cuales había unos pezones oscuros y grandes, arrugados por el agua, con una punta desafiante y endurecida. Su monte de Venus estaba arreglado, no depilada, pero sí tenía afeitados los extremos y tenía sus pelos recortados. Podía adivinar una los pliegues de su sexo. Su vientre aparecía terso entre sus amplias caderas que se estrechaban hasta llegar a su cintura. Sus muslos eran anchos al principio y se iban estrechando al llegar a las rodillas, para volverse a ensanchar graciosamente en las pantorrillas y estrecharse de nuevo en los tobillos y dejar paso a un pié corto pero sensual. Ni un pelo en las piernas.

Hice un intento por aparentar más sensualidad de lo que mi cuerpo tenía. Moví mi tronco para que viera mis tetitas moverse dentro de mi camiseta de tirantes que usaba como pijama y me di la vuelta para que me viera por detrás, mi culito contenido en unas bragas en forma de bikini.

La esperé frente al lavabo. Me pidió que le acercara la toalla. Se la extendí de nuevo para ver su cuerpo de nuevo. Me lo agradeció sonriéndome. Estaba mirándome la cara en el espejo empañado en el que había hecho un hueco donde mirarme cuando sentí que se colocaba detrás mía e intentaba agarrar algo que estaba en la estantería del mueble de baño. Sentí clavar , bajo el áspero, y suave a la vez, tacto de la toalla su entrepierna en mi trasero aunque sólo fuera unos momentos, así como sus tiernos pechos sobre mis hombros. Me sentí ruborizar por momentos. Menos mal que como estaba el espejo empañado no pudo verme mi cara colorada.

Entré a la ducha y comencé a enjabonarme. Me frotaba buscando que la suavidad de la manopla me estimulara un poco. De pronto sentí la puerta. Escuché subirse la taza del inodoro y oí caer un chorrito que sólo podía proceder del coñito de mi cuñada. Me asomé y la vi desparramada sobre la taza del inodoro. Me miró y se excusó. Se había puesto ya las bragas, que ahora tenía a la altura de los tobillos. Tenía unos muslos realmente exquisitos. Acabé de ducharme con la imagen en la retina de aquella entrepierna abierta sobre el retrete.

Desayuné y mi hermano me llamó para venir a recogerme. La granja era una mediana explotación en la que un cateto le explicaba a mi hermano que necesitaba no sé qué medicamento para poner a las vacas receptivas ante el toro. Mi hermano le prometió que le suministraría a las vacas las “pastillas”. Le aseguró que el lunes, cuando volviera del congreso se pasaría a arreglar el asunto de las vacas. Y le extendió una receta con el nombre de un medicamento impronunciable.

Mi hermano luego me explicó.- ¡Qué jodido el cateto!¡Me mete prisa para que le de las pastillas que tengo de muestra, en lugar de comprarlas en la farmacia, para ahorrarse los cuatro duros!.- Mi hermano tenía aquellas pastillas en casa, seguramente en un lugar seguro. Intenté recordar cómo se llamaba el medicamento, por curiosidad y me acordé de las primeras sílabas.

Volvimos a la casa donde mi cuñada había preparado la comida. Lo primero que me vino a la cabeza al verla eran sus preciosos muslos y su entrepierna, cuando orinaba mientras yo me duchaba. Pasamos la tarde los tres juntos y pronto llegó la hora de dormir. Mi hermano me dio sus llaves de la casa para que me moviera con más libertad, bromeando sobre la posibilidad de encontrar mi media naranja entre los chicos del pueblo.

Me acosté y esta vez sí escuché de nuevo a la pareja follando, intentándose resarcirse por anticipado de la ausencia de mi hermano. Se meneaban sin disimulo sobre la estructura de la vieja cama que rechinaba. Luego Sonia armó un gran escándalo cuando le llegó el orgasmo, chillando con gemidos cortos, guturales y profundos.- ¡Ooh Ooh Ooh Ooooh!.- Debió de correrse, porque al rato empecé a oír sus susurros que intentaba descifrar.

Estaba excitada. Mis pezones rozaban contra la camiseta y mi conejo se rebelaba contra mis bragas. Aquella excitación reprimida me ponía de muy mala leche. Comencé a introducir mi mano dentro de mis bragas, buscando mi clítoris que sostuve entre mis dedos mientras iba más allá, introduciendo el dedo corazón dentro de mi rajita mojada. Metí mi otra mano por debajo de mi camiseta acariciándome el pezón. Mi camiseta se me iba subiendo y pronto sentí la textura de la sábana rozar mis excitados pezones, mientras mis dedos recorrían mi raja, intentándome proporcionarme el clímax. Me imaginaba cómo se sentiría la propia Sonia bajo mis caricias. Me imaginaba cómo me gustaría que se sintiera.

Abrí mis piernas y meneé mi cintura de adelante a atrás, restregando mi conejo contra mi propia mano mientras me pellizcaba los pezones, con la presión justa para hacerme gozar lo máximo. Mis dedos se introducían holgadamente en mi raja y mi clítoris estaba a punto de estallar, cuando lo sentía apretado entre la base de dedos y la palma de mi mano.

Reprimí mis suspiros y procuré disimular mi respiración mientras me retorcía en aquel blando colchón en el que me hundía. Tenía miedo a que también crujiera la estructura de mi cama, así que comencé a menear lentamente mis caderas, desahogándome poco a poco, comenzando a sudar de golpe, empapándome entera de sudor y llenando mis dedos de mis flujos. Aquella paja sirvió para apagarme un poco pero no sirvió para contentarme, sino que al revés, despertó aún más mi líbido y mis deseos por mi cuñada.

Bueno, era jueves y Sonia y Yo estábamos solas aquella nueva mañana. Me di cuenta de que estaba sola en el cuarto de baño. Sentía el agua de la ducha. No lo pensé dos veces, porque estaba muy caliente. Entré vestida con mi ropa interior, saludando a Sonia. Me quité la camiseta y miré entre orgullosa y frustrada mis tetitas, rematadas por un pequeño pezón que apenas se distinguía del resto de mi cuerpo por el color, aunque cuando estaba excitada se ponían rectos y desafiantes.

Me asomé.- ¿Puedo hacerte compañía?- Creo que Sonia no me entendió mi proposición de meterme con ella en la ducha. -¡Oh, sí! ¡Ahora mismo acabo!.- No sabía qué hacer, pero tenía que echarle valor a la cosa y me introduje en la ducha., así, sólo con las bragas.- ¿Te enjabono la espalda?.- Sonia dudó de mis intenciones, pero ya os digo que es simpática y generosa.- ¡Bueno!.- Comencé a acariciar su espalda con mi mano enjabonada. Mis bragas comenzaron a mojarse y a pegarse a mi piel. Sonia consentía con paciencia mis suaves caricias. A mí se me antojaba que se sometía a mis deseos y el calor del agua hacía que mis pezones se dispararan y sobresalieran considerablemente de mi pecho.

Mi mano quiso deslizarse por debajo de la cintura, pero entonces Sonia intervino con una naturalidad que me hacía pensar que no se había dado cuenta de nada.- ¡Déjalo! Ahí llego yo ya.- Y sin más historias salió del baño, casi rozándose conmigo, de manera que pude percibir el olor de su cuerpo fresco recién lavado. Comencé a enjabonarme ruborizada, pero me tranquilicé al ver que no salía del baño y se secaba el pelo, canturruteando mientras estaba enrollada en con una toalla. Parecía que Sonia era una criatura realmente inocente.

Saqué la suficiente sangre fría como para actuar como si nada hubiera pasado, y después del desayuno, en la que mantuvimos una conversación trivial, fui a dar un paseo. Mientras paseaba caí en la cuenta de que mi hermano me había dejado las llaves. Era un manojo de llaves en las que se podían distinguir varios letreros, en una de ellas decía: “Vitrina medicamentos”. De pronto pensé que en aquella vitrina mi hermano guardaba aquellas pastillas que ponían a las vacas cachondas. Si mi cuñada las probaba, y se ponía cachonda, como no tenía a su lado a su macho, tal vez quisiera follar conmigo.

Volví a casa y al rato mi cuñada me propuso salir a comprar. Puse cara de cansada y Sonia decidió dejarme descansar. Al oír la puerta, me dirigí al despacho de mi hermano y descubrí, después de algún tiempo la cajita cuyas iniciales correspondían con las que recordaba de la receta del granjero. Leí el prospecto y efectivamente, esas eran.

El paquete estaba empezado, casi por la mitad. Mi hermano había hecho unas muescas en el envase que coincidía con las que faltaban. Cogí tres e hice tres muescas más, y dejé el resto en su sitio y lo cerré todo muy bien. Estaba tan nerviosa mientras hacía esto que me entraban ganas de hacer pipí.

La siguiente cuestión era pensar un plan para que Sonia ingiriera las pastillas, pero ¿cuántas?. Una era demasiado. Hice un cálculo de peso y con la décima parte me parecía suficiente, además, así no lo notaría tanto si se la daba en una bebida. Pensé en aquel refresco que consumía a todas horas, era un zumo de naranja que tenía la ventaja de que, como no tenía gas, podría agitar para hacer disolver la media pastilla que puse en el brick recién abierto.

Mi cuñada vino cargadita de al compra. Me disculpé por no haberla acompañado. Comimos y mientras comíamos iba ingiriendo el zumo de naranja. La observaba detenidamente esperando alguna reacción, pero tras esperar un primer momento a que se tomara el primer zumo de naranja, no ocurría nada. Luego esperé un rato después de comer. Nada preparamos café. Me acerqué a ella por detrás mientras ella vertía el café sobre las tazas. Sus piernas asomaban firmes por debajo de la falda y podía adivinar sus nalgas firmes y hermosas. Le di un azotito en el culo , como solía hacer mi hermano. Ella me miró con cara de agradecimiento, aunque un poco sorprendida. Luego la cogí de la cintura suavemente. Pensé que eso sería suficiente, pero ni se inmutó.

A mitad de la tarde empecé a ver que Sonia comenzaba a estar un poco nerviosa, moviendo sus piernas de un lado a otra mientras se sentaba en el sillón. Luego se levantaba y bajaba y alzaba el cuello, mientras se recogía el pelo y me mostraba su cuello fino y sensual.

Fue a la nevera y se sirvió un segundo vaso de zumo. Estaba perdida. Me confesó que algo raro le ocurría. Comenzó a sobarse disimuladamente los pechos y los muslos. De repente vi que una de sus manos se dirigía suavemente a su entrepierna. Sonia se mordía los labios reprimiéndose.

-¡Esta noche salimos!.- Me dijo.-¡Tengo una gana de marcha!.¡¿Esta noche?!.¡Ahora mismo!. Mi cuñada fue al baño y se empezó a emperifollar con rapidez. Yo apenas si podía seguirla. Se dirigió a la calle y se puso a andar por las calles medio desiertas. Yo la seguía a distancia. Miraba a la gente como buscando a alguien que pudiera satisfacerla, con cara de leona en celo. Me di cuenta de lo peligroso de la situación.

-¡Sonia!¡Sonia! ¿Qué te pasa?.- Cómo si yo no lo supiera.-No sé…es mejor que me lleves a casa, estoy a punto de hacer una tontería.-Dijo al fin en un alarde de cordura. La agarré de la mano. Se dejaba llevar como una niña. Ella, morena, de cabellera larga, vaporosa y ondulada y cuerpo sensual, se dejaba guiar por una rubia delgada, casi sin pecho ni cintura, de pelo corto e hincado a la que casi sacaba la cabeza. -Vamos, es mejor que volvamos a casa.-

Estaba bastante arrepentida de lo que había hecho. Le pedí las llaves para impedir que saliera y cerré todas las ventanas. Me sentía como una aprendiza de bruja incapaz de controlar la magia que había desatado. Sonia me confesó que estaba más tranquila, pero yo no me fiaba. Se dirigió a la cocina, la seguí pensando que iba a beber otro baso de zumo da naranja, pero me equivoqué. Sólo llevaba una zanahoria en la mano. Era una zanahoria grande, que conservaba las hojas en su extremo, por que así, me había dicho, se conservaba mejor.

Me llevé de pronto una sorpresa, pues mientras la espiaba desde el pasillo, observé que se levantaba la falda, y cogiendo la zanahoria por el lado de las hojas, la rozaba a su conejo, y se la metía suavemente entre las piernas, pero decididamente. Su cuerpo estaba ligeramente arqueado. Hacía movimientos circundantes con la zanahoria , intentándosela introducir dentro de sus bragas. Era mi momento.

-¡Pero! ¿Qué haces?.- ¡Oh!.- Sonia se mostró muy sorprendida y avergonzada. -¿Qué te pasa? ¡Voy a tener que encerrarte en una habitación!…¡Ven!.- La agarré de la muñeca y ella sumisamente me seguía hasta que la llevé a su habitación. Como la cara era vieja, la puerta tenía un gran ojo de cerradura y una llave de las antiguas. La dejé cerrada y me llevé la llave, pero me percaté que desde el ojo de la cerradura podía espiarla.

No hacía nada por el momento, sentada sobre la cama y tumbada al mismo tiempo, pero de repente se dirigió a su mesilla y la vi coger una vela. La untó con un líquido que guardaba en un tubo y, quitándose las bragas de un tirón, se abrió de piernas y empezó a jugar con la vela entre las piernas como lo había hecho antes con la zanahoria que ahora yo sostenía en mi mano. Abrí la puerta.

-¡Pero bueno! ¿Qué estás haciendo?¿Te voy a tener que atar?.- ¡No sé qué me pasa, Adela!¡No lo sé!.- Le di una torta que hicieron que los pelos morenos le cruzaran la cara, escondiendo una mirada de gata caliente, y le quité la vela.

Busqué en los cajones del salón y encontré una suave cinta que pensé que no tenía utilidad y la partí en dos con unas tijeras. Me dirigí de nuevo al dormitorio, donde me encontré a mi cuñada frotándose la almeja. -¡Trae! Le agarré una mano y tiré de ella hacia atrás hasta extenderla y ponerla próxima a aquel cabecero de barrotes de hierro. Até su mano con una de las cintas a un barrote, y luego repetí lo mismo con la otra.

Estaba debajo de mí, mirándome sin poder disimular su ardor. Estaba realmente bella. Me entraron ganas de besarla, pero en aquel momento no quería, arrepentida, aprovecharme de la situación. Al tirar de sus brazos hacia atrás, sólo había quedado fuera del colchón de las rodillas hacia abajo. El traje se le había subido hasta más arriba de la mitad de los muslos y al pasar por delante de sus piernas pude ver su conejo de pelo negro aunque recortado, en medio de los cuales podía ver su rajita. -¡Qué coño más bonito tienes!.- Se me escapó.

Ella estaba tan caliente que parecía no haberme oído. Estaba preocupada. Fui al salón a leer el prospecto de nuevo. No se me ocurría como calmar la calentura de Sonia. De repente la oí llamarme casi llorando.- ¡Adela! ¡Adela! Por favor, déjame que me masturbe…lo necesito.- Llevaba aún aquella zanahoria en la mano.- ¡Métemela!.- Me decía mirándola.-Fóllame con ella.- Me lo pensaba pero no me atrevía…

¿A qué esperas?¿Eres gilipollas? ¡Fóllame de una vez con la zanahoria!.- Está bien. Tú lo has querido.- Le dije al fin, dirigiéndome a su entrepierna, pero de pronto, decidí hacer el asunto de una manera más rocambolesca. La zanahoria, al fin y al cabo, había estado en la tierra, así que fui a mi bolso y cogí un preservativo de una caja que siempre llevo encima. Estaban caducados, me fijé, pero para esta historia daba igual. Lo puse delante de ella, y luego, me fijé que el bote con el que antes había untado la vela era de vaselina. Unté la zanahoria cubierta con el condón. Sonia me miraba expectante y deseosa de sentir el improvisado falo en su interior.

-¡Venga! ¿A qué estás esperando? ¡Fóllame!.- Aquellas palabras me decidieron a colocarme de rodillas entre sus piernas. A pesar de que lo sucedido se debía a mi culpa, quería hacerle un servicio aséptico. Pero era demasiado. Su coño se me ofrecía deseoso de que lo tratara con la máxima atención.

Cogí los labios de su conejito y los separé tirando de ellos hacia fuera con los dedos de una mano mientras con la otra mano asía la zanahoria por las hojas. Toqué su clítoris que aparecía excitado entre los pelos de su conejito y comencé a untarlo con la propia vaselina de la zanahoria. Sonia estaba callada. Alcé la cabeza y vi que miraba a la zanahoria esperando que la penetrara.

Metí la zanahoria ligeramente en su raja (un dedo más o menos) y empecé a menearla desde su clítoris hasta casi su ano, y pude ver como su sexo se humedecía por momento. Sonia dobló las rodillas poniendo sus pies sobre la mano, y abriendo su chochito entre sus piernas en forma de uve. Introduje un par de dedos más la zanahoria, arrancándole un suave gemido de placer.

Esperé unos segundo, intentando controlarme yo misma mi respiración, pues sentía una excitación extraña, por un lado, sexual, por otro, el sentir que estaba haciendo algo que deseaba pero que no debía y por otro, el estar haciendo algo que deseaba desde hacía tiempo. Introduje lenta pero inexorablemente el resto de la zanahoria, hasta que sólo quedaba fuera la parte necesaria como para cogerla y sacarla, cosa que hice sin problema por el condón y la vaselina. Sonia la tenía insertada y estaba muy graciosa, pues al apartar mis manos, quedaba en su conejo sólo una cabeza naranja y las hojas verdes que asomaban.

De repente, se me cruzaron los cables y empujé la zanahoria hasta dentro. “Bugs Buny, El conejo de la suerte” pensé.- ¡OOOhhh! ¡¿Qué me has hecho?! .-Nada.- Tiré de las hojas y del borde del preservativo y la zanahoria volvió a salir. – Sólo darte un “puntazo”.-

Así la zanahoria y comencé a moverla en el interior de Sonia, de dentro a fuera, lentamente, espiando sus reacciones. Su chochito era un manantial de flujos que se abría y cerraba cada vez que la zanahoria realizaba el camino hacia su interior y retrocedía.

Sonia empezó a jadear mientras yo, consciente ya de la excitación que mi penetración le ocasionaba, comencé a agitar la zanahoria en movimientos mucho más amplios. Observé que movía sus caderas realizando un movimiento contrario al que yo efectuaba con mi falo vegetal, y así, la zanahoria estaba a punto de salirse cuando al cabo del rato estaba casi dentro de ella otra vez. Coloqué mi pulgar extendido, de manera que cuando la zanahoria estuviera dentro de ella, este dedo le rozara el clítoris.

Sonia empezó a levantar el culo, y con el todo su vientre y su conejo. Su respiración se trasformaban ya en jadeos y sus jadeos en gemidos mientras yo agitaba más rápido el falo en su interior. Sus gemidos se transformaron en gritos de gata en celo cuando al ver la proximidad de su orgasmo, meneaba la zanahoria, más como si fuera una zambomba que otra cosa. – ¡Ooohh!¡Oooohh!¡OOOooohhh!. Sonia empezó a moverse ya más despacio, intentando que el contacto con la zanahoria que la follaba fuera lo mayor posible. Adivinando sus deseos, comencé yo también a moverla más lentamente.

Saqué el trasto del coño de mi cuñada y no pude evitar darle un beso en las ingles. Qué suavidad la de aquel muslo que me acariciaba la oreja. Sonia comenzó a recuperar el ritmo normal de su respiración. No sabía si soltarla, y como no me lo pidió, no lo hice. Las dos estábamos calladas como dándonos cuenta de lo que acabábamos de hacer. Debo de confesar de que tenía ciertos remordimientos, pero por otro lado, daría dinero por volverlo a hacer.

Era de noche. No me fiaba de que Sonia tuviera otro ataque de calentura, así que la solté del cabecero de la cama, dejé que se lavara su precioso coñito y se pusiera unas bragas limpias, y que se pusiera el camisón. Un camisón que apenas le cubría cinco dedos de la pierna y que por su trasparencia dejaba ver sus oscuros y grandes pezones en su pecho generoso. “Me la tengo que comer otra vez” Me dije. “Pero esta vez de verdad, como una mujer se folla a otra mujer”. Puse una de las cintas como un collar, alrededor de su cuello y le até las manos a este collar con la otra cinta. Sonia parecía confiar en que hacía lo mejor para ella.

Con la excusa de cuidarla, aquella noche me libre del blando y caluroso colchón de lana y dormí a su lado. Me había puesto cachondísima y deseaba tener un orgasmo, pero me aguanté por que ya estaba pensando cómo me las maravillaría para follarme a Sonia de nuevo. Quería calentar un poco a mi cuñada, así que dormí sin la camiseta, sólo en bragas, y no dudaba en restregar mis pechitos por su espalda ni en clavar mi sexo contra mi trasero. Sonia dormía, aunque muy nerviosa, se movía a un lado y otro. No puedo deciros qué soñaba, pero apuesto a que se corrió unas cuantas veces entre sueños aquella noche.

Era viernes. Me levanté antes que ella y le preparé un desayuno. El desayuno llevaba incorporado un vaso de zumo, aunque lo mezclé con uno recién abierto. Saludé a Sonia que se despertó y al verse atada me hizo un gesto para que la desatara que yo atendí. No se atrevía a mirarme. Yo la trataba y hablaba muy cariñosamente y sin hablar del tema, con el pecho al aire y sólo con las bragas puestas

Sonia siguió en la cama, como si estuviera enferma. De repente se levantó de la cama para hacer pipí. Ya os he dicho que no cerraba la puerta. Entré y me la encontré como unos días antes, desparramada en la taza del water. No lo pensé dos veces y me quité las bragas. Sonia se asombró. Me senté sobre ella .- ¿Qué haces?.- ¡Calla!.- Mi chorrito de pis comenzó a salir y a caer entre mis muslos y los suyos. Su cabeza estaba a la altura de mi pecho, pero se negaba a reconocerme ningún placer.-¿Qué haces? – Me dijo de nuevo.

Mi pis se mezclaba con el suyo en el fondo del water. Sentía sus muslos calientes bajo los míos. Al final mi chorro acabó antes que el suyo.-¡Me has mojado!.- Me dijo, no sabría decir si recriminándomelo o haciéndome ver que me lo permitía y perdonaba por ser yo quien era.

Aposté fuerte y le dije, susurrándole.- ¿Qué te ocurre? ¿Sigues teniendo esa estúpida calentura

?… Ven; te voy a dar una ducha templada a ver si se te quita.- La despojé allí misma, sentadas en el inodoro la una sobre la otra del camisón. Sonia fue a coger un papel para secarse, pero yo se lo quité de las manos y metí mi mano entre sus piernas y las mías y le rocé suavemente con el papel.

Luego nos levantamos y le quité las bragas que tenía a la altura de los tobillos y nos introducimos las dos en la ducha y preparé un agua que no estaba ni fría ni caliente. Comenzó a lavarse la cabeza ante mi mirada. Me quité las bragas. De pronto no sentía vergüenza de que viera mi sexo tupido de pelos rubios ni de mi sobaco sin afeitar. Mis pezones comenzaron a delatar mi excitación. Empecé a enjabonarme el pelo y luego el cuerpo. Entonces, cuando acabé, comencé a acariciar con mi mano la espalda de Sonia, y luego los cachetes, y luego entre las nalgas, sin atreverme a meter descaradamente los dedos junto a su ano. Sonia me miró entre agradecida y asustada. Deslicé mi mano por detrás hasta tocarle el coño, mientras con la otra mano estiraba de su cabellera. Sonia suspiró, arqueando la espalda. Restregaba mi mano contra su coñito, mientras ellas alcanzaba mi mano por delante de su coño y se sujetaba a la pared con la otra mano. Sonia se dio la vuelta e hizo algo que nunca hubiera esperado.

Efectivamente, se dirigió a mis pezones duros pero desafiantes con su boca mientras me agarraba las tetitas con sus manos y comenzó a lamerlos circundándolos con la lengua. Cerraba los ojos, como no queriendo ver lo que hacía. Luego los movimientos circulares se convirtieron en lametones de arriba abajo. Mi coño reaccionaba a la par que mis pezones, que me quemaban, así que puse un brazo sobre su hombro y la obligué a ponerse de rodillas, mientras ponía mi pié sobre el extremo de la bañera, ofreciéndole mi coño.

No lo rechazó, Sonia lo lamía cerrando los ojos, y buscando mi clítoris, que encontraba entre la maraña de pelos mojados por el agua y mis flujos. Lamía mi sexo como un perrito, con lametones cortos y extendiendo su lengua sobre mí. Me estimulaba el clítoris inocentemente con la nariz, que se me clavaba tiernamente.

Miré hacia abajo y vi su hermosa faz pagada a mi torso y mi excitación fue doble. La agarré de su negra cabellera y la apreté contra mí mientras me sacudía contra ella, sintiendo su barbilla hincarse en mi sexo. Comencé a correrme, mientras mi pierna abandonaba su posición sobre el filo de la bañera para colocarse sobre su hombro, y sentir en mi muslo la suavidad de su cara. Mis gemidos placenteros se ahogaban en el murmullo del agua de la ducha que caía sobre nuestros cuerpos.

-Ahora te toca a ti.- Le dije después de permanecer un tiempo abrazadas. La saqué de la ducha y la llevé al dormitorio de matrimonio. Las dos desnudas atravesamos lentamente el pasillo hasta entrar en el cuarto, La puse frente a mí y tras darle un abrazo y un fuerte beso en la boca, la empujé para que cayera sobre la cama. Sonia me miró expectante y se reclinó hasta llegar a la almohada y depositar su cabeza sobre ella. Me tumbé a su lado, ligeramente sobre ella y comencé a besarla mientras deslizaba mi mano por sus senos y su cintura hasta coger su mano y llevarla al cabecero de la mano, insinuándole así que se agarrara a donde yo la había atado el día anterior. Después hice lo mismo con la otra mano.

Su cuerpo yacía tenso sobre el colchón a mi disposición. Mi mano se deslizó directa e impaciente hasta su conejo, provocando que sus piernas se abrieran para recibir mis caricias. Abandoné su boca con la intención de lamer cada trocito de su cuerpo. Primero su cuello, luego me dediqué a besar su sobaco afeitado, para deslizar mi lengua lentamente y rodeando por los contornos de su seno, hasta el pezón endurecido.

Mientras, mi mano se entretenía en lubricar su conejito sin prisa. Metiendo levemente el dedo en su interior, mientras friccionaba su clítoris con la palma de mi mano. Sonia movía la cabeza lentamente, y con la mirada perdida, de un lado a otro de la habitación. Tiré de la almohada hasta colocarla a la altura de su cintura.

Lamía su pezón que sobresalía entre los dedos de mi mano, que agarraba su pecho, y lo rozaba. Lo cogía con mis labios y tiraba de él levemente, para soltarlo y volverlo a lamer. Luego, me entretenía en lamer la punta de los pezones, intent

ando arrancarla imaginariamente, con mi lengua. Sonia suspiraba y me pedía que me la comiera. -¡Cómeme! ¡Cómeme toda!.-

Bajé mi lengua por su vientre, sin separar la mano de su pecho, cogiendo la punta de su pezón entre mis dedos y moviéndolo levemente de un lado a otro. Mi lengua pasó por su ombligo y por su vientre hasta ir presintiendo la proximidad de su clítoris que asomaba entre sus vellos recortados buscando el calor de mi otra mano, que se entretenía en introducir sus dedos en su coñito tierno.

Jugué con su clítoris como había jugado con sus pezones y pronto mi mano sintió una humedad que desbordaba su sexo. Introduje un par de dedos bastante profundamente y Sonia empezó un suave balanceo de cintura. Me coloqué entre sus piernas, poniendo las rodillas sobre el suelo. Sonia cerró sus muslos y sentí todo su calor sobre mi cara. Empecé a mover mis dedos hacia dentro y hacia fuera. De repente vi la zanahoria entre las sábanas aún con el preservativo puesto. Se lo quité y le arranqué las hojas.

Cogí la zanahoria y se la puse a Sonia entre los senos que estaban aplanados por la postura que tenía. -¿Qué vas a hacer con eso, Adela?.- Ya lo verás.-

Coloqué la zanahoria sobre su vientre, rozando su clítoris y su coño. De pronto utilicé los dedos que tenía dentro para separar los labios de su sexo, y metí la zanahoria lenta pero inexorablemente, sustituyéndolos. Sonia gimió de placer, con un susurro ronco y profundo. Separó una de sus manos de la cabecera, para separarse los labios ella misma y después, comenzó a tocarse el pecho.

Le di un manotazo y puso la mano de nuevo en el cabecero, entonces agarré el extremo de la zanahoria no introducido, con la boca y comencé a presionar para introducirlo en su sexo. Mis manos se extendieron hasta agarrar sus senos y pellizcar sus pezones con mis dedos.

Sonia estaba a punto de reventar. Comencé a mover la zanahoria dentro de mi cuñada, de dentro a fuera y viceversa, pero poniendo más rapidez en la penetración y más lentitud en la salida. Sonia me acompañaba. Separaba sus piernas y movía sus cintura al mismo ritmo pero distinto sentido. No tardó en retorcerse de placer y en lanzar unos chillidos ahogados de placer,-¡ Aaaahhhh Aaaahhhh AAAAhhhhh!.- Me acosté junto a mi cuñada, agarrándole sus manos con las mías, y obligándole a conservar la zanahoria en su interior un rato, aunque terminó por escurrirse de su interior, y estuvimos besándonos, con el contacto total de nuestro cuerpo, uno sobre el otro.

Sonia estaba avergonzada, al igual que yo, aunque un poco menos que la noche anterior. No sabíamos como hablarnos la una a la otra. No nos atrevíamos a mirarnos a la cara, aunque estaba segura de que habíamos disfrutado tanto una como otra. Sentía un sentimiento confuso pues aunque reconocía que no estaba nada bien lo que hacía, sentía con fuerza la necesidad de repetirlo, aunque reconocía que ya me podía dar por satisfecha.

Sonia empezaba a estar tranquila. Comimos y vimos la televisión. Dormí la siesta en el sofá espiando a mi cuñada, esperando deseando que la calentura le hubiera pasado completamente. Me desperté y la vi a ella también durmiendo. Los dos estábamos en bata. Yo llevaba una de baño y ella, una de estar por casa. Yo estaba desnuda. A Sonia la había visto ponerse unas bragas. La raja de la falda entreabierta permitía ver su coñito maltratado, tapado por su ropa interior. La bata, por su parte superior permitía ver la canal de su pecho, larga, infinita y profunda. Yo me di cuenta que enseñaba, impúdica, un pecho entero, que tapé rápidamente y volví a reconciliarme con el sueño.

Me desperté bien avanzada la tarde y sentí que Sonia estaba en la cocina. Me dirigí hacia allí, con el tiempo necesario para ver cómo se consumaba el comienzo de una nueva situación embarazosa. Sonia bebía del zumo que desataba las pasiones. No sabía cómo reaccionar y tonta de mí, no se me ocurrió otra cosa que terminar de beberme el zumo que quedaba en el vaso. El brick estaba ya vacío. Sonia al menos habría bebido vaso y medio, y yo, medio vaso.

Nos fuimos a ver la tele, y a la vez que veía a Sonia ponerse nerviosa por momentos, yo mismo sentía una extraña sensación . Era ya de noche e invit&eac

ute; a Sonia a ir a la cama a dormir, he de confesar que sin ninguna intención. Sonia asintió y se agarró de mi cintura, poniendo la cabeza sobre mi hombro. Evidentemente quería marcha y yo no estaba en circunstancias de negarme. Necesitábamos ambas copular.

La besé en la cara y luego, tras mirarnos las dos, nos besamos en la boca, primero unos instantes, y luego durante un largo momento. Sonia me llevó hasta su dormitorio. Me arrastraba hasta él, deseosa de proseguir con la actividad iniciada un día antes. Llegamos al dormitorio y Sonia se deshizo de su bata igual que yo de la mía y comenzamos a acariciar nuestros cuerpos, concentrándonos en nuestros pechos, de muy desiguales medidas, mientras proseguíamos besándonos.

Sonia tomó la iniciativa y se tumbó sobre la cama, quitándose las bragas y tirándolas elegantemente a un lado de la cama. Yo no podía rechazar el pastelito y además, era presa de mi propia trampa, pues deseaba follar por todos los medios. Comencé a besar cada centímetro de su cuerpo, acomodándome poco a poco a la cama y su cuerpo.

Me entretuve en sus zonas más exquisitamente tiernas y sensuales, y poco a poco me iba tumbando en la cama en sentido contrario y posición adversa, hasta que mi cara quedó justo a la altura de su conejo. Deseaba sentirla entre mis piernas, así que crucé una de mis piernas y la coloqué al otro lado de su cuerpo. No sabía si Sonia sería capaz de nuevo, y sin que la empujaran de proporcionarme el placer deseado.

Por mi parte, comencé a lamer su almejita, primero el clítoris. Empecé a sentir su lengua, lamiendo mi coño, sentía su aspereza. Me animé a clavar toda mi cara en su sexo y a empaparme de su humedad, poniendo mi lengua como un falo que le recorría la almeja de un lado a otro de la raja. Mi barbilla sentía sus vellos y su cresta caliente.

Estuvimos así y presentía la inminente llegada de mi clímax, cuando rodeé uno de sus muslos con mi brazo y extendí mi mano para seguir estimulando los olvidados pezones. Sonia me agarró uno de mis pies y se llevó cada uno de sus dedos a su boca, lo que me excitó bastante, y más aún cuando volvió a lamerme el coño. Ella también extendió su mano para manosearme los pechos. Entonces comencé a estirar despacio y suavemente de sus pezones. Su reacción fue tan inminente como la mía, cuando sentí que me agarraba una de mis nalgas con su mano, acercando uno de sus dedos a mi ano.

Comenzó a moverse debajo de mí, y eso era lo único que me faltaba para que yo misma iniciara mi propio baile. Las dos nos convulsionamos la una contra la otra, intentando prolongar nuestro propio orgasmo y el de nuestra respectiva amante.

Me incorporé sudando y me di la vuelta para abrazarme a ella y así, alternando besos con frases cariñosas que me hubieran avergonzado dedicarle a mi cuñada unos días antes. Nos quedamos satisfechas en un primer momento, pero pronto ambas nos dimos cuenta que a base de lametones no íbamos a calmar nuestro ardor. No quería que Sonia hiciera ninguna tontería mientras intentaba buscar una solución para ambas, así que le até las manos de nuevo al cabecero de la cama, como la tarde anterior.

Bajé a la cocina, a buscar una zanahoria para las dos. De repente me acordé de una tierna y flexible longaniza de color crema pálido que había en el frigorífico. Era una longaniza de unos treinta centímetros de longitud y tres centímetros de diámetro. Le corté el rabo de los extremos y me dirigí hacia el dormitorio. Sonia se asustó al verme aparecer con ella.

-¡¿Todo eso me vas a meter?!.- No le contesté, esperando que la incertidumbre la pusiera más cachonda. Puse un preservativo en un extremo y otro preservativo en el otro, montando el extremo de uno sobre el otro. Comencé a lubricarlo con la vaselina del día anterior y para extenderla, lo coloqué en la canal de su pecho, moviéndolo alternativamente hacia la boca y el ombligo. Pronto el doble falo quedó lubricado.

Me coloqué entre sus piernas, enredando nuestras piernas, de forma que nuestros coños estaban en contacto uno con otro y ambas comenzamos a frotarnos la una contra la otra, hasta que me sentí excitada y sentí la humedad caliente de su almeja empaparme a mí también. Entonces agarré la longaniza e introduje ligeramente uno de sus extre

mos en mi raja, y luego, el otro extremo en la suya. Sonia estaba atada, así que hizo lo único que podía hacer, y fue estar quieta y aguantarse mientras la forzaba a engullir la mitad del embutido. Luego, yo misma me esforcé en introducirme la otra mitad.

Las dos estábamos ensartadas una en otra y entonces, comenzamos a movernos acompasadamente, la una contra la otra. Yo sostenía la longaniza y mi dedo marcaba la frontera de lo que debía meterse una y otra y sentía a la vez, rozarme con mi propio sexo y el de mi cuñada. Puse de nuevo un pié sobre su boca para que Sonia, dulcemente lo lamiera, y luego, me dediqué a intentar pellizcar sus pezones con mis pedidos. Pronto la sensación de aquel gran cipote dentro de ambas empezó a hacerse sentir y comenzamos a movernos y gemir, animadas la una por la otra como dos locas. Primero le vino a ella el orgasmo, pero antes de que ella hubiera acabado, ya estaba yo corriéndome desbocadamente.

Quedamos las dos tendidas, con el trasto medio metido y medio sacado, jadeando y completamente saciadas por el momento.

Desaté a Sonia y dormimos desnuda la una junto a la otra, acurrucada. Pero mi pesadilla no había acabado. Sonia, aún dormida, estaba nerviosa y me di cuenta que aún no le había pasado el efecto, por la dosis acumulada y haber probado mayor dosis que yo.

Me desperté. En mi cara se reflejaban unas ojeras parecidas a las de Sonia. La marcha de estos días estaba dejando cierta huella. No sabía qué hacer… Me dirigí al botiquín de mi hermano buscando un antídoto. Nada me servía. Pero de repente, me fijé en un puñado de jeringuillas desechables, sin aguja, que mi hermano tenía guardadas. Tendría como una veintena. Eran unas jeringas que medían como dos centímetros y medio de diámetro. Si la llenaba de líquido y lo descargaba dentro de Sonia, sería como una gran follada. Pero ¿Qué líquido?

No se me ocurrió cada mejor que el aceite de oliva. Fui a la cocina con la jeringa y coloqué en la punta de la jeringa un trozo de zanahoria con un agujerito para que se colara el rabito de la jeringa. Luego, para que no se separara este glande anaranjado, metí todo en un preservativo al que le corté la punta para que pudiera salir el aceite viscoso por su extremo. “El cuarto preservativo en dos días. Me voy a arruinar”. Pensé.

Llené el cuerpo de la jeringa de aceite e hice la prueba, presionando ligeramente. Salió por el otro extremo un chorrito espeso. Con el invento me dirigí al cuarto donde Sonia dormía.

Sonia se había despertado y estaba comenzando a masturbarse, introduciéndose ya la cabeza de la longaniza. Estaba despatarrada con las piernas abiertas. Le aparté la mano cariñosamente y luego le arranqué la longaniza, contestándome ella con una mirada y un gesto de desesperación. De repente, puse la jeringa entre sus piernas y comencé a presionar.

La jeringa se introdujo lentamente pero sin remisión. Medía unos trece centímetros que yo introduje hasta sostenerla sólo por la parte de atrás. Comencé a agitar la jeringa dentro de Sonia, una y otra vez hasta que los dedos de mi mano se estrellaban contra el sexo de mi cuñada. Lo movía según pedí que se lo pedía el cuerpo a Sonia.-Dime cuando estés a punto de correrte.- No me respondió, concentrada en las sensaciones que el coito con el improvisado falo le proporcionaba.

Su respiración se entrecortaba y comenzó a gemir, golpeando un par de veces la mano contra el colchón. Luego me dijo casi imperceptiblemente. -¡Me viene!…¡Me viene!.- Aproveché para mover un poco más lentamente la jeringa mientras presionaba la jeringa. Me imaginaba unos chorritos viscosos saliendo de la otra punta para mojarle las paredes de su vagina. Sonia gimió con un profundo ronquido de placer. Seguí empujando a trompicones del otro lado de la jeringa provocando un efecto similar a una prolongada eyaculación. El aceite rebosaba ya por los extremos de su coñito, dándole un aspecto jugoso. Sonia se tocaba las tetas mientras mi jeringa seguía eyaculando.

Su cuerpo dejó de agitarse y entonces dejé de inyectarle el aceite y retiré la jeringa. Había tenido, sin duda un gran orgasmo. Sonia estaba agotada. Se puso de medio lado, recogiendo una pierna y pude ver su coño, del que salía una gran cantidad del vegetal semen para deslizarse por el muslo. La jeringa en cambi

o. no se había acabado aún. Así que me di cuenta de lo indefenso que estaba el agujero de su ano. De por sí, Sonia había disfrutado, sin duda, del polvo de su vida, pero si le inyectaba lo que me quedaba por detrás… Sonia, para mayor provocación se dio la vuelta. Se tendió ofreciéndome su hermoso trasero, como colofón de una bella espalda que empezaba por una larga caballera morena. El aceite se derramaba sobre la sábana. Me subí de rodillas a la cama y me acerqué a su trasero. Derramé un poquito del viscoso aceita sobre la raja de sus nalgas. Sonia no reaccionaba.

Comencé a untar el aceite entre sus nalgas, primero superficialmente, pero luego, me fui aproximando a su ano. Sonia quiso reaccionar, pero me puse de rodillas encima de sus piernas y de repente introduje sin querer el extremo de un dedo entre sus nalgas lubricadas. Sonia me pedía que la dejara, que no lo hiciera. Casi lloraba, no sabía si por miedo o por el hastío.

No le hice caso. Introduje la cabeza anaranjada del cipote entre sus nalgas y presioné a la jeringa para que entrara. Encontré una primera y única resistencia en la estrechez de su agujero, pero rápidamente, estaba introducida la mitad de la jeringa. Metí el resto despacio. Sonia arqueaba la cintura y se separaba las nalgas, obteniendo mi cipote una ayuda inesperada. Una vez dentro, comencé a presionar a la jeringa para que cumpliera su función eyaculadora, hasta vaciar todo el depósito dentro de ella

Sonia sudaba y yo me tendí sobre ella, para mezclar su sudor con el mío y empaparme de su olor a hembra excitada, y así dormimos toda la noche.

Nos levantamos tarde. Eran las doce. Mi hermano estaba a punto de llegar. Trabajamos contrareloj para poner la casa dentro de la normalidad. Al fin sentimos el auto traer al cornudo de mi hermano.

No sé cómo pudimos disimular el resto de los días que estuve allí. Sonia estaba por otra parte, al fin calmada, aunque aquella noche folló con mi hermano, como pude oír desde mi cuarto. Aquello no tenía nada que ver con la forma en que gemía y chillaba conmigo. Era un polvo de compromiso Al día siguiente, durante la comida, sentí su pié desnudo acariciarme la tibia de mi pierna por debajo de la mesa.

Antes de coger el bus que me llevaba de vuelta, fuimos los tres a dar un paseo. Sonia se adelantó conmigo. -No sé cómo te voy a agradecer que me cuidaras también durante estos días.- Me dijo. Estuve en silencio y al final le contesté, procurando aprovecharme de la situación. – Sí, pero el problema es que creo que me he enamorado de ti.- Ella se tomó el tiempo para responderme.- Bueno, creo que a partir de ahora podremos vernos más a menudo.-

Mi hermano me ha invitado a pasar todo el verano a su lado en el pueblo, animado por Sonia.

¡Valoralo! ¿Qué te ha parecido?

Escrito por Marqueze

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Un comentario

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  1. Me ha gustado mucho este relato y las os han salido beneficiadas de haber tenido los mayores orgasmos lesbicos de su vida

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