MI CLIENTE ESTRELLA I I I

Durante los paseos por la playa, las visitas a lugares exclusivos y el trato con huéspedes del hotel, pude percatarme de cómo los hombres me miraban con deseo y a Eduardo lo miraban con envidia e incluso enojo. Y, habiendo tanto hombre que me deseaba. ¿Ustedes creen que pasé las noches y los días sólo con Eduardo? Claro que no, durante la semana que me quedaba, aproveché de engañar a Eduardo con tipos que me pudiesen dar las cosas que él no podía, por mucho dinero que él tuviera, que eran juventud, esbeltez y beldad. Quisiera contarles la aventura que viví con uno de esos tantos hombres, ya que si las contara todas, tendría que dividir la historia en tomos…

En una ocasión me escapé a la playa usando un micro traje de baño, de gasa blanca, lo cual hacía traslucir las partes más deseadas de mi anatomía. Varios hombres se me acercaron y me decían cosas calientes, tantos fueron, que me pude dar el lujo de elegir con quien quería pegarme un polvo. Le eché el ojo a un hombre realmente apetitoso, su nombre era Patrick y era australiano, un tipo de surf y mucho aire libre, su cuerpo así lo denotaba. 1,80 de estatura, contextura mediana, cuerpo trabajado, piel tostada, hombros anchos; y su cara era realmente expresiva y sensual. Tenía el pelo enrulado, de color miel, con reflejos dorados, era como un ángel, los ojos eran enormes, de color celeste claro, ataviados de largas y espesas pestañas, su nariz era pequeña y de bonita forma, los labios, el superior delgado y el inferior ligeramente más grueso, rosaditos y húmedos, guau, aquel era un gran ejemplar de hombre, y tenía sólo 28 años. Hacerlo con él me devolvió la vitalidad.

Patrick se acercó y alabó mi belleza, había quedado impresionado por mi cuerpo, me dijo en inglés que yo encendía su deseo y que quería invitarme a pasar un buen rato, bueno, en otras palabras, quería que lo hiciéramos. Yo ni tonta ni perezosa le dije que sí, y él me llevó a su cabaña, no era un tipo de recursos millonarios, pero se sostenía, había arrendado una hermosa cabaña nativa.

Llegamos y no esperamos más. El traje de baño mío desapareció por arte de magia, y el de él lo bajé y lo tiré lejos, aproveché que me había agachado para chupársela. No pasaron ni cinco minutos y ya esta polla australiana estaba empalmada, el tamaño que alcanzó me dejó anonadada, a pesar de las tantas pollas que he comido en mi vida, unos 27 cms. y bastante gorda. Aquel polvo prometía. Se la chupé hasta que el semen bañó mi cara, no dejé que ninguna gota se escapara de mis labios. Luego nos fuimos a la cama y Patrick se tendió boca arriba. Ahí pude admirar el cuerpazo perfecto de este ejemplar. Ustedes comprenderán que el estar con el obeso de Eduardo me habían habituado a acariciar cuerpos deformes y viejos. Es por eso que Patrick trajo de nuevo a mí la vitalidad que irradia un cuerpo sano, hermoso y joven.

Así, todo para mí, me tendí sobre él no sin antes lamerlo desde la cabeza hasta los pies, mi lengua recorría cada rincón con gran entusiasmo, hacía bastante tiempo que mi lengua no se deslizaba por un cuerpo y piel tan firmes y suaves, en especial por un pecho lampiño, que se sentía tan aterciopelado. Patrick comenzó a estremecerse por los estímulos que le brindaba, y nuevamente su polla se paró, yo estaba húmeda hace bastante rato, por lo que decidí sentarme encima de esa serpiente humana, y disponerme a ser atravesada por aquella lanza de carne. Yo era la jineta que cabalgaba sobre la pelvis de Patrick, y mis labios recibían con júbilo los roces de esa enorme polla. Terminamos y Patrick me sacó de su cuerpo para echarme atrás y acomodar y acercar mi cuerpo a él, para que mi coño quedara justo al frente de su boca. Los lengüetazos fueron implacables y deliciosos, el tipo realmente sabía mamar coños, era un profesional, y en un instante tuve una gran eyaculación, bañé su cara con mis fluidos. Después de numerosos polvos, Patrick y yo de

scansamos abrazados y riéndonos de nuestra hazaña.

Al volver a la habitación con Eduardo, él me preguntó dónde había estado toda la tarde, y le mentí diciéndole que había estado recorriendo la playa y que había descansado también. Eduardo no dijo nada, aunque no me hubiese creído, él no sacaba nada con regañarme o algo por el estilo, total yo le estaba brindando un servicio, el cual debía pagarme la otra mitad de lo acordado al finalizar el viaje.

Solamente quedaban cuatro días antes de volver a nuestra vida habitual, así es que ese tiempo lo aprovechamos el máximo posible. Por lo bajo supimos que la noche antes de irnos, se daría una fiesta "pornográfica" en un lugar previamente determinado, y en el cual se podría ingresar pagando una gran suma de dinero. Los requisitos eran ir con un mínimo de ropa, cosa que sería bastante fácil de cumplir para los asistentes, en especial por nosotros. Yo ya tenía elegido el conjunto con el que iría: Un pañuelo que cumplía las funciones de top, de gasa negra y que dejaba mi espalda en total desnudez, bueno y aparte de traslucir mis enormes tetas; abajo me puse una especie de mini delantal, amarrado a las caderas, color blanco y que cubría mis partes delanteras, pero que dejaba mi trasero al descubierto, obviamente no estaba usando tanga. La idea era estar lista para cualquier polvo. Los zapatos eran en realidad botas aterciopeladas negras, hasta las rodillas y de un taco altísimo. Me veía totalmente.

Al finalizar, dije a Eduardo que iría al baño a limpiarme la humedad. El lugar era grande y estaba repleto, lo cual facilitó mi huida de Eduardo, efectivamente fui al baño, para desnudarme y quedar sólo con las botas puestas, el resto de las cosas las dejé en custodia, lista para la pelea salí y busqué. A pesar de haber tanta mujer guapa, yo no dejaba a nadie indiferente. Mis pechos grandes y bien formados, mi breve cintura, mis caderas curvas, mi trasero firme y erguido, mis piernas dibujadas a mano, mi cara sensual y atractiva, mi pelo rubio, liso y largo, y otros atributos más.

Al recorrer el lugar divisé a dos tipos, que parecían ser una pareja gay, pero después, al percatarse de que los miraba, ellos sonrieron, se hablaban en secreto y reían, hasta que me señalaron que me acercara a ellos. Su única vestimenta eran unos bototos militares, de media pierna. Uno era mulato, moreno intenso, Alexis, y el otro blanco como la nieve, Steven, aunque no dejaba de ser muy atractivo. Yo empecé a recorrer el lugar, era una mansión enorme, lujosa, provista de todas las comodidades que alguien quisiese ya para sí. El dueño de aquella casona, era un tipo lógicamente millonario, excéntrico, soltero, que vivía la vida parecida a Hugh Hefner, el rey de Playboy, sólo que a una escala local.

El tipo debía estar circulando por ahí, o a estas alturas, seguramente estaría retozando con sus numerosas amantes en las habitaciones interiores. Bueno yo ahí estaba recorriendo las dependencias, y a esa hora de la noche habían varias parejas o grupos haciendo de todo, al igual como lo hice yo hace unos minutos, otros dormían borrachos, otros comían, reían, etc. De repente noté un tipo que me miraba con insistencia, estaba desnudo y se veía algo mayor, pero no viejo, quizás tendría unos 40 y algo, era bastante atractivo. Su polla, a pesar de estar flácida, era bastante grande.

Se acercó y me dijo: Vi cuando estabas con dos tipos, con los cuales formaste un trío de lujo, yo estaba al frente.

– Estas son las cosas que me gustan de ser hombre, tener la posibilidad de poder comerme a mujeres tan maravillosas y calientes como tú, Luciana preciosa. Eres una amante incansable, con un cuerpo de lujo, me siento el ser más afortunado por poder tenerte entera. Estuvimos bastante rato en aquel polvo, y luego nos despedimos cortésmente. Yo estaba contentísima. Me había comido a tres maravillosos tipos en esa noche. Luego tuve que volver a la realidad y busqué a Eduardo, la fiesta terminaría pronto y nosotros debíamos irnos, porque en la tarde partiríamos de vuelta al país.

Cuando al fin lo encontré, Eduardo dormía como un lirón en un sillón, con una botella de champan en la mano, y a su lado había otros viejos, y algunas tipas echadas entre ellos. Lo desperté como pude, estaba borracho, fui a buscar la ropa en custodia y esperamos el desayuno que se daría

al final. La fiesta ya había concluido, Eduardo ya estaba recuperado, y pudimos volver al hotel en perfectas condiciones. Apenas llegamos a la suite, nos echamos en la cama a descansar, ya que en unas horas más partiríamos de vuelta a casa.

Llegó el momento, y ya estábamos arriba del avión, en nuestra habitación privada. Eduardo y yo comenzamos a revivir aquellas dos gloriosas semanas en Tahití, recordando todo lo mejor. Yo, por mi parte, recordaba para mí a los amantes que me hicieron vivir momentos absolutamente incomparables, que me liberaron, aunque fuese por un instante, de tener que acariciar y comerme un cuerpo viejo y obeso durante toda la estadía.

Eduardo y yo volvimos a nuestra rutina, él por supuesto que seguía visitándome y pagando por el placer que le daba. A propósito, la suma total que recibí por el servicio especial fue 2 millones de dólares, Eduardo me dijo que aquello no era nada, y que si hubiese podido, me habría dado toda su fortuna. Bueno, aparte del dinero, recibí costosas joyas y ropa finísima. Pero a fin de cuentas, Eduardo era el hombre más feliz del mundo, quien estaría agradecido de mí toda la eternidad.

Autor: Barbalina

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Escrito por Marqueze

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