MI CLIENTE ESTRELLA I

La sensación de tener en mi poder una gran suma de dinero, supera en mí todo pudor o escrúpulo, es por eso que trabajo como una prostituta de lujo, atendiendo a una clientela exclusiva, por ejemplo, presidentes o dueños de grandes empresas, actores, cantantes famosos, magnates, millonarios de todo tipo, en resumen hombres acaudalados.

En un día puedo despachar a siete tipos como promedio, a veces más, otros menos, consiguiendo en dinero más o menos mil dólares, y teniendo en cuenta que trabajo de lunes a viernes, la suma que recibo al mes, es por decirlo menos… considerable. Bueno, aparte de trabajar de lunes a viernes también existe como opción el otorgar "servicios especiales" a los clientes, en realidad ellos lo proponen y una saca la cuenta del costo, dependiendo del tiempo que el servicio tome; es gracias a estos servicios que la cuenta corriente de una puta como yo puede elevarse hasta los cielos. Así me pasó con Eduardo, un cliente bastante fiel y lo más importante, bastante rico. (Me gustaría relatarles a ustedes las aventuras que viví con este millonario ávido de sexo).

En un día de trabajo cualquiera tocan a mi puerta, por supuesto que se trataba de un cliente y lo invito a pasar, se abre la puerta y ante mí aparece el viejo más repulsivo que mis ojos hayan visto en toda la vida. Era un tipo de cincuenta y algunos años, calvo, cabezón, con la cara anchísima, la nariz chata y ancha, los labios ni gruesos ni delgados, el superior estaba cubierto por un bigote tipo brocha y era gris con algunas canas, en el lugar donde debía localizarse el cuello había una gran papada con varios pliegues, el cuerpo asemejaba a un barril, y lo más notable era la panza, descomunal, que se proyectaba más a lo ancho que hacia fuera. Las piernas eran dos gruesas columnas de carne, que trataban de mantener en pie a esa mole de grasa. Calculando, yo creo que aquel hombre debía estar pesando por lo menos unos 135 kilos. Y ahí estaba Eduardo, esperando a que le brindara la atención que estaba esperando.

Lo saludé cortésmente y me acerqué, él me miraba con la típica cara de viejo verde y aprovechó de decirme lo siguiente: Al verte en el catálogo me parecías excitante, pero ahora en persona me pareces simplemente increíble. Quisiera darte en este mismo instante y que tú seas como una gata en celo conmigo. El tipo verdaderamente estaba caliente, y bueno, modestia aparte motivos sobraban. Mi cara y cuerpo provocan en los hombres reacciones explosivas en sus hormonas y en sus espíritus ansiosos de buen sexo. Yo soy rubia, de ojos color miel, labios rosados y carnosos, cuello de cisne, pechos voluminosos, redondos y elásticos como globos, 95 para ser más exacta, una cintura breve de 60 cms. y una cola pulida y parada de 93 cms., además de poseer una piel lisa, de bonito color mate.

Aquella tarde estaba ataviada con un conjunto realmente provocativo, que realzaba las características corporales antes mencionadas; una camiseta manga larga, tipo red, de color crema, que dejaba mis pechos en total insinuación tentadora, además de una tanga mínima, color blanca, mis nalgas se veían realzadas por ella, y finalmente unas sandalias taco alto, acordonadas a los tobillos, que proporcionaban a mis piernas y a mi porte el glamour y sex appeal necesarios para ir a la pelea.

Me acerqué a Eduardo y le dije que le garantizaba un momento de placer único, al mismo tiempo que le iba quitando la chaqueta y la corbata; al irle desabrochando la camisa, lo iba besando en el torso, bueno lo que se suponía era un torso, porque en vez de un pecho plano, en su lugar había dos "pechos", parecidos a los de una mujer vieja, claro debido a la gordura aquella zona se encontraba totalmente flácida, y por supuesto la panza sobresalía en medio de todo, pero igual le empecé a chupar los pezones, a acariciar la panza y mis manos también se dejaron caer más abajo, le comencé a restregar el bulto con todo incluido, la polla y los huevos por encima del pantalón, hasta que me suplicó que se los sacara. Me agaché y con rapidez le bajé los pantalones junto con los calzoncillos, y ahí estaba esa polla con ga

nas de ponerse dura, y por supuesto que mi trabajo era garantizar esa dureza, es por eso que aproximé mi boca a ella y se la empecé a chupar por la base, a la vez que lo iba masturbando. Estaba tendida de espaldas, Eduardo me pidió que apoyara mis pantorrillas en sus hombros, estando en esa pose se dedicó a quitar la tanga de mí, que a esas alturas ya estaba húmeda y pegajosa. Al sentir y ver mi coño tan rosado, hinchado y mojado, Eduardo se excitó aún más, me tomó las rodillas, separó mis piernas lo más que pudo y acercó su rostro a él, y me lo empezó a comer, a morder, a chupar y a lamer. Creo que estuvo como media hora haciéndome lo mismo, claro, con pequeñas pausas para que la sensibilidad no se perdiera. Pero lo mejor fue cuando utilizó su lengua como un pene, la plegó de tal manera que esta quedó bien durita, y así la metió en mi interior hasta hacerme sufrir de placer. Yo sentía que me estaba corriendo, y efectivamente así fue, desde lo más profundo de mi interior comenzó a fluir en cantidades industriales una sustancia lechosa y viscosa que iba humedeciendo la boca y cara de Eduardo, él me manifestaba que estaba feliz y quería más, y sin querer gotas de orina se escaparon.

Terminada aquella invasión, Eduardo buscó la forma de tenderse encima de mí sin aplastarme, bueno lo que realmente quería era que su polla quedara a la altura de mi boca, porque quería hacerme lo mismo que yo le hice: Orinarse en mi cara. Dicho y hecho, ahí yo estaba chupándosela de nuevo, jugando con sus huevos, esperé hasta que llegó el gran momento, su polla se empalmó a niveles increíbles y pude sentir como el semen caía en mi boca y parte de mi cara, lo sentí cálido, húmedo y pegajoso, aparte de ser muy abundante, cosa que realmente amaba. Es como ordeñar a una vaca y obtener bastante leche. Inmediatamente después de eso la orina comenzó a fluir en mi boca y rostro, Eduardo procuraba dejar su marca territorial en mí, y a mí me fascinaba, yo quería más, le iba lamiendo la cabeza, para estimular una reacción más explosiva. Terminamos agotados y descansamos algunos minutos para lo que vendría después.

Le pedí a Eduardo que se echara en la cama, lo hizo y lo empecé a masturbar, sin dejar de mirarlo le decía: Quiero que este dura y grande para que me la metas, quiero que me penetres, que mis labios puedan sentir el roce de tu gran polla; quiero que tu leche me bañe los interiores, sentir el fluir de esta. Sin mediar más, me monté como pude, gracias a Dios su panza no fue obstáculo para nada. Su polla se enterró en mi coño como una lanza caliente, yo iba dando saltos, como una amazona en su caballo desbocado, a su vez la panzota de Eduardo se agitaba como gelatina. Al fin, minutos después, el semen me chorreó por dentro, yo me corrí mil veces, y él ni hablar. Después de la embestida, yo me incorporé y me puse en cuatro patas, y le propuse a Eduardo que me la metiera por el culo. Al oír aquello Eduardo se puso contento, como un chiquillo, y tomó las riendas del asunto. Se posó detrás de mí, me tomó de las caderas y poco a poco trató de meter su polla en mi hoyo, yo le dije que no se preocupara de lastimarme, ya que tenía experiencia en esas lides, y así su polla se introdujo entera en mi culo, la iba sacando y metiendo, en un ritmo frenético y memorable, yo creí perder la razón.

Una mano la apoyó en mi espalda y la otra me iba masturbando los genitales húmedos e hinchados. Obviamente que al terminar el polvo él no se fue de inmediato, si no que se quedó un buen rato más, y ahí pude saber con más detalle cosas de la vida de este personaje, mi cliente estrella.

Eduardo contaba con 55 años de edad, estaba casado hace 35, es decir que se casó bastante joven. Con respecto al dinero Eduardo no es millonario, si no archimillonario, todo un magnate, dueño de una petrolera, de una cadena de supermercados, de un canal de radio y televisión, accionista mayorista en grandes compañías, etc., etc. Tenía una prole de ocho hijos, y los dos menores eran mujeres, teniendo la menor 22 años, y yo tengo 20 años, o sea, saquen sus conclusiones. También me enteré de cosas más escabrosas con respecto a su vida sexual. Eduardo me contaba que durante todos estos años, tanto con su esposa, como con las escasas amantes que h

a tenido, jamás había disfrutado de una sesión de sexo tan provechosa como la que yo le di, en especial con su esposa, mujer católica del Opus Dei, que se casó virgen con él y le dio ocho hijos, porque para ella el sexo es sinónimo de hijos.

A Adela, su mujer, jamás se le hubiese pasado por la mente incorporar prácticas como el sexo oral, anal u otras. Pasaron los meses y Eduardo se convirtió en un cliente totalmente fiel a mí, aunque también probó a otras chicas del catálogo, yo era su favorita, y me lo demostró con la devoción que me profesaba…

Autor: Barbalina

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Escrito por Marqueze

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