MI CLIENTE ESTRELLA II

Un día cualquiera Eduardo me sugirió que le brindara un servicio especial, que estaba dispuesto a pagar lo que sea con tal de que lo complaciera en su idea. Antes de explicar lo que Eduardo quería como servicio especial, tengo que aclarar que este tipo de servicios son mucho más caros que las atenciones normales, debido a que un servicio que tome, aunque sea un día, involucra que los demás clientes se pierden de la atención de la puta que presta aquel servicio, por lo que la agencia potencialmente perdería dinero si estos servicios fuesen remunerados con tarifa normal.

Bueno, Eduardo me pidió que pasara dos semanas con él en un viaje de placer en Tahití. Ante los ojos de su familia, amigos y demás personas, este viaje sería de "negocios". Pero ambos sabíamos que yo sería la amante que le procuraría placer por dos semanas en aquellas paradisiacas islas perdidas en el pacífico. El lo tenía todo pensado, había hecho reservaciones en el mejor hotel, tenía su avión privado en condiciones óptimas para un viaje de aquella envergadura, además de otros detalles. Por supuesto le dije que si, ya que la cantidad de dinero que me embolsaría sería incalculable, por lo menos 500.000 dólares, si parece increíble, pero es cierto. El propósito de este viaje para Eduardo era el cumplir sus más anheladas fantasías, en aquellos parajes, conmigo, con su puta joven e insaciable.

Así pasó una semana y estaba todo listo y dispuesto para el gran viaje. En el avión privado de Eduardo sólo irían las personas indispensables, el piloto obviamente, una cocinera y otra mucama. El avión estaba dividido en tres sectores, la cabina del piloto, el lugar de la cocina, el baño y camas de las empleadas y el sector privado, en donde estábamos Eduardo y yo. Aquel sector en particular parecía de lujo, con bar, sala de estar, baño con jacuzzi y por supuesto la pieza, que contaba con una cama enorme, y la cual sería protagonista de nuestros encuentros fogosos, por las horas eternas que durara el viaje. El tiempo pasó literalmente volando y por fin llegamos a destino. Ahora procederé a relatarles las semanas de lujuria y calor que Eduardo y yo tuvimos.

Llegamos a las 9 de la noche, era verano, estaba caluroso y oscuro, realmente el cansancio nos había tomado por lo que fuimos a nuestra habitación y esa noche nos quedamos dormidos, desnudos por supuesto, abrazados el uno al otro.

A la mañana siguiente yo desperté primero y decidí darle los buenos días a Eduardo con una gran sorpresa, me metí bajo las sábanas, me agaché, hasta que mi boca se encontró con su polla, flácida, la cual procuré endurecer, me la metí como un caramelo a mi boca, la degusté con ganas, los huevos también me los comí, aquello no se comparaba ni con el mejor de los desayunos, empecé a salivar más, para hacer la tarea más rica, y los resultados no esperaron, el gran cuerpo de Eduardo comenzó a estremecerse, la polla se estaba poniendo dura, despertando ante mis caricias bucales, los gemidos de Eduardo llenaban la habitación, y llegó el momento en que su semen me mojó la cara y parte de las sábanas. Eduardo me pidió que subiera para felicitarme, me aproximó a su cuerpo, me tomó de la cintura, y me tendió boca arriba, y teniéndome así, me acarició con su boca y con sus manos desde la cara hasta los pies, pasando por mis globos, mi vientre, mi coño y mis piernas. Terminado, él volvió a tenderse boca arriba.

El día estaba precioso, y decidimos tomar desayuno en el restorán del hotel. Yo estaba embobada con el paisaje que mis ojos contemplaban. El hotel se ubicaba muy cerca de una gran y exclusiva playa, de aguas turquesa transparentes. A propósito de playas, Eduardo averiguó que no muy lejos de allí, se ubicaba una playa nudista, en la cual tú tienes la opción de sacarte o no la ropa, en su mente circulaba una fantasía

que no lo dejaba tranquilo y que con la única persona que podría concretarla era conmigo, Eduardo quería que hiciésemos el amor en la playa, a plena luz del día, delante del que pasara, él quería que la gente, y en especial los hombres sintieran envidia de cómo un tipo común y corriente como él podía poseer a una belleza caliente como yo, todos debían enterarse de que Eduardo el millonario era capaz de acostarse con una chica joven, de cuerpo perfecto, levanta pollas.

Fuimos a dar un paseo a la famosa playa, no lo haríamos de inmediato, sino que esperaríamos la hora de mayor concurrencia, antes del almuerzo, Eduardo quería exhibirse y exhibirme ante un gran público. Yo esa hermosa mañana llevaba puesta solo una tanga roja, mínima, creo que el ancho máximo del triángulo era sólo 5 cms., lo que cubría la parte esencial de mi sexo, y arriba, bueno, arriba mis tetas estaban al descubierto, las lucía orgullosa, ante la mirada caliente y complaciente de Eduardo, y de los demás hombres que me miraban al pasar. Eduardo, al estar conmigo perdía todas las inhibiciones, por lo que no le importó usar una tanga chiquita, que le cubría el pene y eso, la panza, la grasa al aire le daban lo mismo, yo era su amante y eso nada más contaba.

Íbamos tomados de la mano, al recorrer bastante playa, unos tipos jóvenes se quedaron mirándome y le dijeron a Eduardo lo siguiente en inglés: – Oye viejo, porque no nos prestas a tu hija para darnos un buen polvazo con ella y comernos esos ricos melones que tiene.

Eduardo enojado les responde, al mismo tiempo que me abraza: – Ella no es mi hija estúpidos, es mi mujer y me la como sólo yo, para lástima de ustedes.

Y después de eso Eduardo me plantó un gran beso, para dejarles en claro a aquellos tipos que yo era sólo de él.

Pasaron las horas y Eduardo ya pensaba que el momento del polvo playero había llegado. Para protegernos de la arena, Eduardo llevó una toalla súper gigante, como de dos metros de largo y bien ancha. Elegido el lugar en la arena, él la tendió con sumo cuidado, y luego él se tendió encima de ella, tomándome de la cintura para que yo me echara encima de él.

Nos comenzamos a besar, a manosear mutuamente, yo le acariciaba el paquete ansiosa, él me manoseaba las tetas y el coño, y sin perder más tiempo, me quitó la tanga, dejándome totalmente desnuda, y yo lo seguí de inmediato y le saqué el traje de baño. Eduardo me tomó de la cintura y elevó mi cuerpo hasta que mis globos quedaron a la altura de su boca, y me los empezó a comer como si fuese la primera vez que lo hacía, él nunca se cansaba de decirme y demostrarme lo loco que lo volvían mis tetas, perfectas, redondas y firmes y por lo cierto muy deliciosas. Terminada aquella faena, me elevó otro poco, y me pidió que me sentará en su cara, me quería chupar el coño, delante de todos, que importaba, él se sentía en la gloria, totalmente orgulloso de la hazaña que estaba llevando a cabo. Así pues, me senté es su cara y su lengua me empezó a recorrer los labios, el clítoris, haciendo que me mojara de inmediato, además de hincharme, hizo una pequeña pausa para pedirme que lo orinara. Sin aguantar más, tomé posición y bajé por el cuerpo de Eduardo, hasta llegar a su polla, la que me introduje con avidez en la boca, se la chupé como nunca, le acariciaba y mamaba los huevos. Con una de mis manos libre, le acariciaba el perineo, lleno de terminaciones nerviosas, que lo hacen una zona particularmente sensible a las caricias, en especial durante un estado de excitación, como la que Eduardo estaba experimentando.

Los gemidos no se hicieron esperar, Eduardo estaba sufriendo mis torturas genitales y yo se la iba chupando más y más. Los gemidos se confundían entre el chocar de las olas con la orilla y el suave silbido de la brisa, que también se unía a nuestra sesión y nos acariciaba el cuerpo. Dejándolo satisfecho, subí a encontrarme con él, para que me la metiera, quería que me follara, su polla estaba ahí, toda grande y dura para que mi cuerpo la disfrutara. Al sentirla una vez más dentro de mí, creí estar en el paraíso, en el paraíso del sexo y la lujuria. Yo me iba agitando para sentirla. Nos levantamos y estábamos pegajosos, por lo que fuimos a bañarnos a la playa. Ahí nos besamos, nos acariciamos y

nos excitamos una vez más, pero no lo hicimos, bueno yo se la chupé bajo el agua, aguantando la respiración, en realidad, una de mis actividades favoritas, si no la primera, es chupar pollas, me considero una gran y experta mamadora, todos los penes sean bienvenidos a mi boca, y a otras partes también…

Nos fuimos al hotel a almorzar y luego a descansar. La noche nos esperaba con los brazos abiertos.

Esa noche estaba particularmente calurosa, Eduardo y yo calientes, y decidimos hacerlo en cada rincón de la suite; en la cama, en la alfombra, en los sillones, en el jacuzzi, apoyados en los ventanales, en la terraza, bla, bla. Nos aprendimos de memoria cada rincón de nuestra habitación.

A la noche siguiente Eduardo me tenía una sorpresa: Iríamos a una disco, y no solamente a bailar, sino que además él quería que cumpliera otra de sus fantasías exhibicionistas, quería hacérmelo en algún rincón, delante de todos, total en ciertos lugares uno se puede permitir algunas libertades. Para la ocasión Eduardo me compró un provocativo y práctico conjunto: Una blusa sin mangas, color negro, con botones abrochados a presión, para así facilitar su abertura, una minifalda negra, de gasa, a la cadera y muy corta, obviamente para tener entrada a mi coño con facilidad. Con respecto a la ropa interior, esta sería mi propia piel, nada debajo, para que la embestida a mis partes fuese totalmente directa, bueno, y finalmente unas hermosas sandalias, taco alto, color negro, acordonadas a los tobillos, que completaban mi apariencia a la perfección. Eduardo también iba liviano de ropas, una camisa manga corta, a rayas azules y negras, un pantalón de tela azul oscuro, sin nada debajo y unas chalas. Al lugar que fuimos, era uno exclusivo, claro, Eduardo no se podía permitir llevarme a conocer Tahiti a lugares cualquieras, él es un millonario y debe comportarse como tal.

Bueno, entramos a la disco y estaba relativamente llena; fuimos a una mesa y ordenamos tragos típicos, preparados con frutas de la zona, aunque los tragos y el baile eran lo menos que importaba, Eduardo sólo tenía una idea en mente, follarme. Los tragos, la música, el calor del baile comenzaron a hacer su efecto en nosotros, en especial a Eduardo, el bichito de la calentura lo estaba picando con alevosía e insistencia; no aguantando más, se acercó y me dijo: – Lucianita preciosa, mira, ubiqué un lugar perfecto. ¿Ves ese rincón?, Vamos ahora.

Me tomó de la mano y fuimos al lugar que mencionó, un rincón al lado del bar, bastante discreto para nuestros propósitos, que contaba con unos asientos bajos pegados a la pared, totalmente útiles. Llegamos y tomé posesión de uno de los asientos, Eduardo se pegó a mi cuerpo, procurando que nuestros genitales quedaran en pleno contacto, mis piernas las abrí lo más que pude, y así Eduardo me empezó a acariciar el coño con una mano, y con la otra me iba desabrochando la blusa, para llegar a mis pechos y brindarles el cariño que necesitaban. La mano que estaba debajo iba y venía, me exploraba los labios, el clítoris, algunos dedos se aventuraban más profundos; llegó el minuto en que la mano de Eduardo quedó toda pegajosa por mis fluidos. La sacó de allí y mirándome directamente a los ojos, y con una cara de placer infinita, se la introdujo a la boca, chupando uno a uno sus dedos, como un niño que chupa un manjar delicioso. Me encantó que le gustara saborearme de ese modo.

Pude notar el bulto que se formaba bajo su pantalón, aquella polla estaba erecta y reclamaba libertad, por eso aproximé mis manos a su paquete y saqué aquella deliciosa polla de su prisión. Volví a la posición original y abrí mis piernas, Eduardo estaba listo para embestirme, me acercó a su cuerpo y su polla se introdujo con seguridad en mis adentros.

El se movía rápidamente de adelante hacia atrás, la polla me rozaba los labios y estos trataban de apretarla para que no saliera de mi vagina, la quería tener eternamente dentro de mí. Nuestros gritos se perdían debido a la música alta, al ruido de la gente, y nuestras figuras lucían deformes por la escasa luz reinante, eso sí, las personas que estaban cerca del bar podían presenciar el espectáculo a todo color. Pero que nos importaba, nosotros estábamos entregándonos a la danza calurosa del sexo, de la cual yo soy una ejecutante profesional. La noche y la fiesta llegaron a su fin, dando paso a las primeras lu

ces del amanecer. Eduardo y yo nos habíamos ido hace una hora antes de que terminara el disco. Fuimos directamente a nuestra pieza a dormir, a dormir de verdad.

Así los días pasaron entre lujuria y descanso, pero aún faltaba más, la imaginación de Eduardo era desbordante. Una tarde que estábamos en la cama de la suite, Eduardo y yo nos mandamos un polvazo de lujo, eso sí entre medio me sugirió que tenía una idea sádica. Me asusté, pensé que quería pegarme o algo por el estilo, pero me aclaró que el sadismo iría dirigido hacia su esposa, distante varios miles de kilómetros de donde estábamos.

Eduardo, sin dejar de penetrarme, me pidió silencio absoluto, tomó el teléfono y marcó el número de su casa, hasta que contestó su esposa, Eduardo inició la conversación: – Hola mi amor, como estás. No sabes cuanto te he extrañado. Aquí tan sólo, sin nadie a quien abrazar y besar; querida, en estas situaciones es cuando más se valora la falta de los seres que amamos.

El descarado al decir todas estas cosas no dejaba de moverse, quería enterrármela bien profundo, además que con la mano libre me iba acariciando todo el cuerpo, lentamente la cara, el cuello, las tetas, el vientre, las caderas, el coño, las piernas, etc.

Supongo que la cornuda le preguntó que cosas había hecho, porque Eduardo respondió lo siguiente: – Mi amor, me he sumergido en las profundidades del océano y he recorrido cuevas espectaculares, además de beber una leche exquisita acá en Tahití, que más te puedo decir, también me regalaron unos polvos, que supuestamente eran mágicos, la magia residía en que estos polvos tenías que usarlos todos los días todo el día, y así lo hice, y sabes, creo que de verdad son mágicos, me han hecho sentir de maravilla.

Cuando dijo eso, yo me tapé la boca para no reírme, porque los polvos a que él se refería ustedes ya saben cuales eran.

Pasaron como 5 minutos más y Eduardo finalizó su conversación con su "querida" esposa. Al terminar no paraba de reírse y me dijo: – Mi estúpida mujer pensando que la extraño, si supiera que durante nuestra conversación estaba pegándome una follada con una mujer infinitamente mejor que ella, se muere. Sabes Luciana mía, la sensación fue desquiciante, amo engañar a mi mujer, en especial si la amante eres tú.

Después de aquello Eduardo me puso en cuatro patas y me empezó a lamer el coño y el ojo del culo, para luego meterme su gorda polla en ambos orificios.

Autor: Barbalina

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Escrito por Marqueze

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