Mi equipo de futbol

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Me acosté con mi equipo de fútbol favorito, incluidos suplentes, masajista y utilero. No revelaré el nombre del equipo. Detesto los problemas. Solo diré que era un equipo de la capital. Callaré si de la capital del Estado o de la Comunidad. Misterio. Soy una tumba. No diré una palabra más.

Me presento. Me llamo Paloma. Soy madrileña. Físico normal. Suelo pasar desapercibida como una percha en el guardarropa pero, si me lo propongo, triunfo cantidad. Me convierto entonces en rico panal de miel en una convención de osos pardos. Una sabe sacarse partido. Morena. Uno setenta. Cincuenta y ocho kilos. Manos pequeñas y pechos grandes. Ojos verdes y culo redondito. No me he operado de nada. Siempre estoy caliente. Haga lo que haga estoy caliente. Nací así.

Se me metió en la cabeza acostarme con un futbolista. Ni entiendo el fútbol ni me gusta. Los futbolistas sí. Luego pensé: ¿Y por qué no cepillarme a todo el equipo? Los futbolistas suelen ir de marcha. Tienen tiempo y dinero. Es cuestión de estar al tanto. Si una tiene oídos atentos y buenos contactos, se entera de cuándo y dónde van a organizar la fiesta. Acude y sanseacabó. Así de fácil.

Me vestí de puta cara para la ocasión. Íbamos todas por un estilo. Las dieciséis chicas lucíamos uniforme de puta cara. Bisutería con clase. Escotes imposibles. Muslos largos y faldas cortas, pero en fino. Nada de mercadillo. De boutique elegante. Todas de peluquería y con las piernas hechas.

La fiesta fue en un chalet espléndido de las afueras. Ellos también espléndidos. Los futbolistas son una delicia vestidos de normal. Parecen críos. Eso sí, nunca sabes en qué idioma te hablarán. Tanto da, pero saben divertirse. Buena música. Bebidas de marca. Jamón pata negra. Caviar iraní. Lo mejor de lo mejor.

Yo iba embalada. Dispuesta a todo. Me conozco. Os confesaré, usando el argot del fútbol, que si me ofrecen una copa no tengo defensa. Me soban la delantera y suspiro. Se me deslizan por la media y suspiro más. Me quitan las ligas y jadeo a tope. Me atacan por el centro y suelto ayes como casas. Si aciertan a metérmela dentro, para qué os voy a contar.

Nada más llegar, algunas chicas nos pusimos a bailar. No todas. Ellos nos miraban. No todos. Había un grupo en la piscina. Otro en la planta de arriba. Nosotros estábamos en el salón comedor. Me encanta bailar. Llevo la música en la sangre. Sobre todo la latina. Sabrosona. Caliente. El sol del trópico hecho canción. Me recorre el cuerpo a oleadas. Como en la antesala del orgasmo. Cuando bailo, el ritmo se acomoda a mis latidos, o tal vez sea al contrario. La música me hormiguea en el pulso. Me humedece mirada y vientre. Bailo, me muevo, y, aunque seamos muchas, me sé el centro. Me siento Eva mostrando entre los pechos la manzana. Salomé exigiendo la cabeza del Bautista. Helena en las murallas de Troya. Marilyn contoneándose en el Niágara. Sharon Stone cruzando los muslos mientras prende un cigarrillo. Bailo y gozo el placer primario de saberme viva. La respiración anhelante. La piel perlada de sudor. Los pechos alborotados. Palpitante el vientre. Bailo para que los hombres me deseen. Lo hacen. Vaya si lo hacen.

Valia y Esther eran dos de las chicas. Casi no hablamos, pero conectamos bailando. Como si nos conociéramos de toda la vida. Paró la música. Los chicos nos pidieron que nos pusiéramos camisetas del equipo sin nada debajo. Nos las enfundamos. Me tocó una con el número 10 y un apellido extranjero conocidísimo. Teníamos que gritar ¡gol! por turnos y quitarnos la camiseta. Fui la primera. Me puse en medio de la habitación, chillé ¡gol! con todas mis fuerzas y me saqué la camiseta por la cabeza, al aire mis dos cántaros de pezones oscuros. Los chicarrones se me abalanzaron y caímos hechos un lío, venga el beso, el abrazo, los pellizcos en los pechos y las palmadas en el culo. Un torbellino de manos. Un repaso guapo de veras. Como si me pillara el tren. De poco me matan pero, por mí, que me mataran así muchas veces.

No volví a ponerme la camiseta. Una ha de lucir lo mejor que tiene. Un chico dentón, que hablaba raro y dulce, me chupó un pezón. Me puse a mil. Quise halagar su ego y empecé a gemir. Cualquier mujer resulta irresistible si sabe gemir. Yo me entreno. ¿Los gemidos más sensuales? Los de las tenistas profesionales. Mi preferida es Venus Williams. La Davenport tampoco gime mal. Dan a entender que lo están pasando en grande con el Séptimo de Caballería al completo, caballos y guías indios incluidos.

Alguien me quitó el tanga. Ya tardaban. El de los dientes seguía con el pezón. Un tiazo rubio me pegó un buen morreo. Le tanteé un muslo. Piedra pura y dura. Le busqué la entrepierna. Piedra más dura aún. Me lo acomodé. El dentón se fue a buscar otros pezones por ahí. El rubio me metió su pedazo de cosa hasta el fondo y ¡hala! a darle al metisaca.

Pasó mi nueva amiga Vania y me puso un cigarrillo encendido en la boca. Se acercó un mocetón moreno, me quitó el cigarrillo de los labios y lo reemplazó con su particular puro habano. El rubio siguió dale que te pego hasta que el moreno le dio en el hombro. Entonces se levantó y se fue. El moreno cambió su carnoso puro habano de agujero. Esto deben ser las famosas rotaciones de que habla la prensa.

El moreno era un experto. Se gastaba una herramienta sabia, de esas que conocen todos los trucos y se te refriegan por dentro hasta hacerte comprender que la vida es definitivamente hermosa. Me atizó una últimas sacudidas de terremoto grado 9 en la escala de no sé quién. Sonrió. Me besó en la mejilla. Se largó antes de que pudiera aplaudirle la jugada.

Me puse una copa. Salí al jardín saltando parejas tumbadas. Tríos. Celebraciones de gol. Me estiraron del brazo. Me detuve en seco. Hay que aprovechar las ocasiones. Era un buen mozo con un aire un puntito canalla. Como a mí me gustan. Me senté a su lado en el césped. No dijo palabra. Me tumbó. Me separó los muslos. Colocó su cabeza a la altura de mi vientre, sacó la lengua y comenzó a lamerme el sexo.

Adoro que me coman la almeja. Me corre electricidad por el cuerpo. O no. No es electricidad. Me convierto en mar. Me llegan olas grandísimas desde lo más hondo. Me ahogo en gusto. Se me dispara el mecanismo de los jugos. Un novio antiguo me llamaba “naranjita” por lo ricos y sabrosos que son mis jugos. Soy una chica jugosa de veras. Palabra.

También se acercó el utilero del equipo. No era joven ni guapo, pero me dio morbo. Le sonreí y me sobó los pechos. El moreno dentón estaba al lado, metiendo su salchicha en el trasero de una nena. Unos colegas les hicieron coro, muertos de risa. Comentaron a gritos que el chaval se merecía tarjeta roja, porque un futbolista no debe nunca entrar por detrás. No acabé de entenderlo. El fútbol tiene reglas rarísimas.

Llevaba dos, tres, cuatro orgasmos. Un receso. Necesitaba descansar. Una es viciosa, pero dentro de unos límites. Me apetecía comer algo. No me dejaron. Se me volvió a acercar el rubito divino que hablaba en inglés y llevaba locas a todas. Estaba graciosísimo, tan blanco y tan desnudo, con calcomanías por todo el cuerpo que llevaba para cumplir los compromisos comerciales con sus sponsors. Le aticé un beso en los morros y Esther, a quien creía amiga, me llamó puta. De poco la armo. La salvó la campana. Sonó un teléfono móvil-¿quién lo llevaría yendo todo el mundo en pelota?- y saltaron los timbres de alarma.

-Ha habido un chivatazo. El Presi y el míster vienen hacia acá.

Unas simples palabras para un hombre. Un brutal terremoto para un equipo.

Me sorprendió el ajetreo. Luego entendí. El Presi es el Presidente y el míster el entrenador en el extraño argot del fútbol. Ambos son unos estrechos. No les viene bien que sus chicos se diviertan. Se molestan. Se mosquean cantidad. Como las monjas de mi colegio pero a lo bruto. Venían a comprobar lo golfos que eran sus muchachos. Teníamos que borrar las huellas de la fiesta. Echar los condones usados a la basura. Recoger los tangas desperdigados por el césped del jardín y las alfombras de la casa. Ocultar las botellas de güisqui y los canapés de caviar debajo del sofá. Recuperar los sujetadores que colgaban de las lámparas. Esconder a las chicas, o sea, a nosotras. Esconder también a la mitad del equipo, que a ver quien se traga que se habían reunido a discutir sobre los problemas de la vida.

Cada quien buscó su propio acomodo. Me decidí por el armario del dormitorio pequeño. Resultaba fácil escaquearse entre tanta percha y tanto traje. Apenas llevaba escondida un minuto cuando entró alguien más en el armario. Permanecimos unos instantes a oscuras y en silencio, conscientes de nuestra mutua presencia. No aguanté más. Alargué la mano y toqué un estómago de piedra. Tenía suerte. Era uno de los chicos. Le busqué la entrepierna. No estaba excitado. Tenía dormida su cosita. Me enternecen las cositas dormidas. Sé despertarlas y me encanta hacerlo. A ellas les pone que las despierte. Ventaja para todos.

Me arrodillé y alcancé la cosa con los labios. Vaya ricura. Estoy harta de los preservativos. Esta iba a pelo. Comerse una verga con preservativo es como zamparse un plátano sin quitarle la piel. Te falta el subidón que te da la carne desnuda y calentita. No hay nada como lo natural. Me puse a la faena. Las vergas son como los toros. Cada una tiene su lidia. Hay vergas impacientes que se apresuran a soltar el semen como si fuera moneda falsa.

Hay que ir con tiento con ellas, lamerlas con un cuidado exquisito, bajar el ritmo de vez en vez. Otras no sueltan la leche ni a tiros. Esas requieren un tratamiento enérgico, lengüetazo va, lengüetazo viene. Una ha de tragarse la verga hasta que le dé golpes en el fondo de la garganta y, en el momento exacto, debe buscar con el dedo el agujerillo del trasero del tío. No falla. Canela fina. La mayoría no son ni tanto ni tan calvo. Esta era del término medio. Lo noté enseguida.

Estaba de rodillas y a oscuras, dentro del armario, comiéndome una verga no sabía de quien. Me resbalaban los jugos por la parte interior de los muslos. Cumplía un viejo sueño. La mayoría de las niñas fantasean con ser princesas adoradas por apuestos príncipes. No es mi caso. Siempre soñé con ser esclava de usar y tirar. Ahora lo era. Ni tenía derecho a ver la cara de mi dueño actual. Estaba arrodillada ante él. Le demostraba respeto y pleitesía. Le servía. Le hacía disfrutar.

Deseaba que los relojes se pararan. Me sentía feliz con el chupete en la boca. Comencé a masturbarme. ¡Seré golfa! Me masturbaba y seguía dándole a la lengua. Estaba escoriada -tanta marcha deja su huella- pero no me sentía en fuera de juego. Ni mucho menos.

X me engarfió los hombros con ambas manos y me clavó las uñas en la espalda. Estaba a punto. Yo también. Seguí masajeándome el clítoris. Con la otra mano le acaricié el glúteo. Aceleré el ritmo de los lengüetazos mientras buscaba su entrada trasera. La encontré. Gol. Gol .Gol. Goooooool.

Me puse en pie. Me limpié la boca con la manga de una chaqueta colgada en el armario. Mi chico me abrazó muy fuerte. Sentirse abrazada después del orgasmo es lo mejor que le puede ocurrir a una mujer. No suele ocurrir. Lo normal es que el hombre se despreocupe de ella y se dedique a otros asuntos. Permanecimos con los cuerpos pegados hasta que oímos movimiento fuera. El Presi y el míster se habían largado sin enterarse de la película. Había vuelto la normalidad.

Abrimos la puerta. Salimos. Alcé la vista y miré a mi colega de orgasmo. Me quedé de piedra. Me dio un vuelco el corazón. Era guapo, con belleza casi femenina, y llevaba mechas. Mechas. ¿Las llevaría antes de entrar en el closed o le habían surgido al salir del armario? Le miré a los ojos. Me besó. Un beso de lo más hetero. Menos mal. Se puede salir del armario sin que le cambien a uno los gustos. A las pruebas me remito.

Me apetecía beber algo. Tenía la boca seca. Justo entonces, alguien dijo:

– De aquí una hora hay entrenamiento.

Y se acabó la fiesta.

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Escrito por Marqueze

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