Mi esposa y el hombre alquilado

esposa negro

Tuve la fortuna de casarme con una mujer muy bella, por dentro y por fuera, pero resulté ser ese hombre que les gustaría ver a su esposa con otro, una mera fantasía que muchos tenemos, pero pocos nos atrevemos a confesar. Esto me ocurrió poco después de casarnos al notar como me la chuleaban y como se le quedaban viendo otros hombres. Tengo un buen amigo, Omar, quien, hasta la fecha y ya también casado y con familia, siempre tuvo una especial atracción por mi esposa. Al calor de las copas, me gusta platicarle nuestras intimidades. Él me cuenta también suyas, pero el foco de atención es casi siempre mi mujer. Sé que lo calienta y disfruto que así sea.

Esta historia es real. Me llamo Valentín y mi esposa Fernanda. Tenemos dos hijas, que en aquél entonces contaban con 20 y 18 años, ambas estudiaban fuera de Monterrey.

Siendo igual de bellas que su madre, Amanda, nuestra hija mayor, estaba muy de novia con Luis, quien terminó siendo su esposo. Ella comenzó la carrera de medicina en Guadalajara. Esther, de 18, había terminado la preparatoria y se encontraba estudiando inglés en los Estados Unidos.

Pasaron poco más de 20 años de feliz matrimonio cuando lo que les contaré sucedió. Era el año 2004. Fernanda contaba con 43 años y yo con 48. Es una historia verídica.

Con la llegada del Internet, como mucha gente lo hace desde luego sin aceptarlo, mi esposa y yo visitábamos muchos sitios pornográficos después de una ocasión en que me sorprendió haciéndolo solo. Muchas reclaman. Fernanda, por el contrario, sugirió que disfrutáramos juntos. Al principio sentí raro, pero de inmediato me encanté con su propuesta.

Durante las vacaciones de verano de ese año, mi esposa sorprendió a Amanda sentada sobre Luis, claramente cogiéndosela, observó discretamente pero nunca pensó en avergonzarlos.

Sabíamos que Esther hacía también lo suyo con sus novios, pero era algo que no podíamos remediar. Su sola manera de vestir era suficiente para darnos a entender que se trataba de una jovencita muy linda y agradable, pero caliente hasta las cachas. En ese aspecto, salieron iguales a su madre.

Fernanda y mis hijas platicaban mucho sobre sexo, en buen plan. Siendo dos muchachas muy hermosas, como su madre, tocaban frecuentemente el tema cuando estaba con una o con la otra. Yo simplemente optaba por desaparecer.

Me lo comentó y lejos de reprobarlo, recordamos como hacíamos lo mismo en casa de sus padres. Me confesó que se había tocado al verlos sin que se dieran cuenta. ¡La vida nos había pasado la factura!.

Amanda y Luis era evidente que tenían relaciones sexuales desde hacía tiempo, pero el muchacho era serio y confiable y sentíamos que tarde o temprano se casarían, cosa que sucedió tres años después. Amanda dejo su carrera trunca.

Me gustaba mucho ver la expresión de mi esposa al visitar sitios de hombres bien dotados, en especial negros. Ella insistía que se trataba de fotos arregladas porque no podía existir un pene de ese tamaño, pero el brillo en sus ojos la delataba: le encantaba ver vergas gigantes de todos colores y sabores: jóvenes, maduros y viejos.

Aún no le participaba yo mis deseos. Llevaba alrededor de 20 años guardándolos como una mera fantasía y me masturbaba frecuentemente pensando en ella con otro hombre, en especial con mi amigo Omar. Simplemente después de nuestras navegadas, teníamos una actividad sexual más intensa.

En una ocasión, llegué a casa después del trabajo y para mi sorpresa, Fernanda navegaba los sitios porno sin mí. Hasta ese momento, según yo, solo lo hacíamos juntos. Cuando me tiré en la cama junto a ella me llamó la atención que se encontraba en un sitio de hombres para mujeres. Estaba viendo un catálogo de vergas. No hizo absolutamente nada para quitar la página cuando llegué.

Después de saludarnos con el acostumbrado beso en la boca, le pregunté que a qué se debía su atrevimiento de ver esas fotos y videos sin mí.

“¡Oh pues!, ¡tengo mis derechos! ¿Qué no?”, fue su respuesta.

“¿Y te gusta lo que ves?”, le pregunté.

“Hay algunos, bueno, casi todos, que se ven ricos, ricos”, contestó.

Su respuesta me excitó. Ella insistía en que algunos no eran de verdad, pero cuando veíamos clips de películas, le quedaba muy poca duda. Nos encantaba ver, sobretodo, escenas interraciales. Siempre bromeábamos sobre los negros y sus legendarios tamaños.

Si bien es cierto que algunas fotos eran retocadas, o “photoshopeadas” como decimos ahora, se trataba de hombres muy bien dotados, superándome todos ampliamente en tamaño y grosor.

Y así seguimos por algún tiempo, disfrutando juntos y fantaseando.

Un día que llegué más temprano de lo normal, entré a la casa si hacer mucho ruido. Estaba el automóvil de Fernanda en su lugar. Subí a la recámara y la encontré desnuda, masturbándose con la laptop enseguida. Me miró, pero simplemente no pudo detenerse y me ignoró. Esta era la primera vez que la sorprendía masturbándose completamente a solas. Lo había hecho frente a mi accediendo a mis peticiones y claro, seguramente lo hacía en la regadera o en el baño, como cualquier mujer, pero no haberle importado que la sorprendiera fue sumamente excitante para mí: veía una película de una madurona con un joven negro.  Mi esposa tenía 43 años por esas fechas, o sea, toda una MILF que se ha conservado extraordinariamente bien y hasta la fecha, ya cincuentona, hace voltear a otros hombres.

Imagínenla: Fernanda cuida mucho su forma de vestir. No necesita ropa ajustada o provocativa, aunque a veces lo hace, para darse uno cuenta lo que trae dentro. Sus nalgas y sus tetas resaltan discretamente, sin exageración, aunque a veces sale con ropa deportiva acentuando más su figura. Cuida mucho su peso y lo único que hace es teñir su pelo periódicamente. Mantiene su conchita rasurada a mi gusto, con una pequeña porción de pelo púbico a los lados. Su ano se lo exijo suave y completamente rasurado, aunque el exceso de pelo nunca ha sido para ella un problema.

Mide 1.70, pesa 61 kilos. Su pelo es castaño muy claro de nacimiento, teñido con rayitos rubios haciéndose ver simplemente extraordinaria. Tiene muy poca celulitis y sus tetas son naturales, ligeramente caídas, originalmente 36C, pero nunca voluptuosa, de gusto fino y elegante.

Vivimos un noviazgo muy activo sexualmente. Fuimos sorprendidos en un par de ocasiones por extraños y nos gustó bastante. En lo personal, me encanta exhibirla.

Esa vez, recuerdo, hicimos el amor como pocas veces de intenso.

Ya pasado el trance, entablamos la plática. Me animé a hacer la pregunta.

“Te gustaría probar una de esas vergas, ¿verdad?”, le pregunté.

Ella se quedó un momento en silencio, y finalmente aceptó que sí le gustaría, pero que sería una locura.  Luego le pregunté sobre la edad y complexión del hombre de “su” fantasía. Fernanda me confesó que no le importaba mucho el físico, sino que estuviera bien dotado, como las fotos de Internet.

Aun a pesar de haber tenido sexo intenso minutos atrás, mi verga estaba parada al máximo con solo escuchar sus palabras. Fue cuando confesé por primera vez: “me encantaría verte en acción con otro hombre”.

Fernanda volteó sorprendida ante mis palabras. Comencé a acariciar sus labios vaginales para reafirmar mi deseo y no dejarla enfriarse.

Me besó con locura, como agradeciendo mi confesión.

Tomamos la computadora y comenzamos a buscar sitios de encuentros casuales. Aunque mi esposa estaba para que le pagaran por sexo, estábamos dispuestos a pagar por ver realizada “nuestra” fantasía; ya era oficialmente de los dos. Habíamos derribado una muralla más. Estábamos convencidos y muy excitados y esa sería nuestra siguiente tarea: crear un plan y ejecutarlo.

Localizamos algunos sitios y comenzamos a pedir informes bajo otros nombres y otras ciudades.

Pasaron días, semanas…

Nuestras relaciones sexuales se intensificaron con la nueva fantasía y nuestras confesiones desbordadas. Mientras más tiempo pasaba, más refinábamos nuestras intenciones, pero aún faltaban los detalles básicos: donde sería y con quien, que tan confiable, discreto y sano sería el prospecto. Nos aterrorizaba pensar en enfermedades más que en algún loco. Sabíamos que se trataba de gente desinhibida, completa y potencialmente peligrosa, pero el deseo y la fantasía superaban cualquier objeción. Las respuestas de los sitios no se hacían esperar. Eran decenas cada día.

Entre los planes estaba el clásico de ligar en un bar o en un lugar público, pero eso no nos garantizaba que se tratara de un buen tamaño y además, yo quería ver. Luego nos preocupó que fuera en nuestra misma ciudad por aquello de nuestra reputación y llegamos a otra determinación: sería fuera, lejos, donde el riesgo de que conocidos lo supieran o que nos rastrearan fuera inexistente y desde luego, que yo pudiera disfrutar el espectáculo.

Era obvio que Fernanda prefería a un hombre joven y fogoso, como cualquier cuarentona que le den a escoger. En lo personal, me encantaría que fuera un negro sin importar la edad, pero un buen negro era más difícil de encontrar en México, creía yo, aunque si los hay.

Cuando hacíamos el amor, me encantaba besar y lamer su culo, acariciar todo su contorno, pensando en que pronto, quizá, algún otro hombre disfrutaría esos mismos encantos. Le fascinaba que se lo dijera.

Una noche lo decidimos cuando nos contestó un buen prospecto en la Ciudad de México y lo contactamos. Decía cumplir todas las fantasías. En su descripción decía ser un joven cubano-jamaiquino, de 30 años que le encantaban las maduras y contar con una verga “bastante grande” y lo mejor: negro.

Fernanda se rió. “¡Guau! ¡Le llevo casi 14 años!”.

Le pedimos fotografías y nos las mandó por correo electrónico a una dirección que creamos para tal propósito. Si en efecto era el tal Fabián que decía ser, se veía bien, bastante bien: algo alto, atléticamente delgado, y.… negro de raza. A mi esposa le encantó su descripción de contar con un miembro “bastante grande”, fascinados los dos por tratarse de un encuentro interracial. En una de las fotos claramente se apreciaba que su verga le llegaba arriba de medio muslo, flácida. Le salía por el lado del calzoncillo blanco, sin mostrarla toda, posando provocativamente.

Le dimos bastante seguimiento durante días. Contestaba rápido y nos daba más detalles cada vez. Lo sentimos auténtico y nos decidimos por él. Recuerdo que en mi oficina con demasiada frecuencia revisaba sus correos.

Aprovechando la proximidad de nuestro aniversario de bodas, iríamos a pasar unos días en la bella Ciudad de México y llevar a cabo nuestra fantasía. Nuestras hijas volverían hasta las fiestas decembrinas.

Seguimos en contacto con Fabián y acordamos fecha de llegada y como encontrarnos, así como sus honorarios, sobre los cuales nunca llegamos a una cifra. Nos hacía entender que eso lo veríamos en su momento, y repetidamente garantizaba satisfacción absoluta, y desde luego:  tirarse a Fernanda mientras yo veía.

No teníamos la manera de verificar la autenticidad del personaje, vaya, ni siquiera que existiera, aun así, tomamos el vuelo en la fecha acordada. Una luna de miel nos vendría bien de todas formas.

Entre los múltiples detalles, le pedimos a Fabián que nos encontrara en el aeropuerto de la Ciudad de México, ofreciéndonos a cubrir sus gastos de traslado y desde luego, llevarlo de regreso. Él siempre nos aseguró que así sería. Le mandé fotografías de una pareja que supuestamente éramos nosotros, lo más parecidos. Por ningún motivo mandaríamos nuestras fotos reales. Tomamos un vuelo a Hermosillo (vivimos de Monterrey) y de ahí a la Ciudad de México, para hacerle creer que éramos originarios de la primera ciudad. Le pasamos todos los detalles del vuelo.

Cuando llegamos al aeropuerto, nos encontramos con el clásico tumulto. Nuestro vuelo iba atestado más la cantidad de gente esperando hacía de aquello un mundo de humanidad de todos colores. Al salir ya de recoger el equipaje, buscamos algún individuo parecido a Fabián si éxito alguno.

Fernanda se puso algo nerviosa en ese momento, quizá por miedo o por decepción. Yo simplemente pensé que había sucedido lo más probable que sucediera: Fabián era un fiasco.

Cuando caminábamos a rentar un automóvil, nos alcanzó: tenía que ser el, el mismo muchacho de las fotos.

Aunque no coincidíamos con las fotos que el seguramente traía consigo, era inconfundible: ojos claros, algo más alto que yo. Nos veía y veía un papel. No había ninguna otra pareja de mediana edad alrededor.

Se acercó a nosotros.

“Perdonen, ¿son ustedes Dalia y Roberto?”, dijo con el típico acento caribeño.

Fernanda y yo nos miramos, dando por concluida la primera etapa de la aventura. Dalia y Roberto eran nuestros nombres ficticios.

“¿Fabián?”, pregunté yo.

“Hola Roberto…hola Dalia”, dijo con cortés acento. Tomo la mano de mi esposa y la besó. “Encantado de conocerlos…, eres una mujer divina, soñada. Nunca pensé que fueras tan hermosa, aunque no te pareces mucho en la foto”, prosiguió.

Mi corazón empezó a latir más rápido de la emoción y comencé a sentir mi verga endurecer. Apreté la mano de Fernanda y comenzamos a caminar hacia los estanquillos de renta de autos, el a un lado y luego detrás, ciertamente observando las nalgas de mi esposa y saboreándola.

Fabián iba bien vestido. No se notaba que tuviera necesidad de dinero. Seguramente se trataba de un gigolo cuyo trabajo era complacer mujeres y nos cobraría una buena cantidad de dinero por sus servicios.

Mientras hacía yo los trámites, Fabián y “Dalia” se quedaron detrás. Yo volteaba de repente. Ella continuaba serena y sonriente, mientras el joven aguardaba, si propasarse, ni siquiera tomarle la mano o insinuar algo sobre lo que seguiría.

Fabián abrió cortésmente la portezuela del lado delantero para que Fernanda subiera, pidiéndome primero permiso para ello. Posteriormente, el subió en el asiento trasero y conduje hasta el hotel Hyatt. Nos registramos. Le pedí a Fabián que nos esperara en el bar y que pidiera lo que quisiera.

Fernanda sacó nuestra ropa y artículos de baño de los velices, colocando todo en su lugar.

Sin habérmelo comentado, compró dos negligés para la inolvidable noche, uno negro y el otro color azul cielo.  Los modeló frente a mí, y estuve a punto de cogérmela ahí mismo. Mi erección y excitación eran ya extremas, pero me apartó.

“Dijiste que quieres ver nomas”, me recordó, mientras completamente desnuda ponía todo de nuevo en su lugar.

Bajamos al bar unos minutos después. Mi erección no cedía. Fabián nos aguardaba tomando whisky en las rocas. Se puso de pié, jaló la silla de mi esposa y me hizo ademán de que tomara asiento.

Fernanda pidió vino y yo lo mismo que Fabián.

“Supongo que te dedicas a esto, Fabián”, comencé yo, “a complacer mujeres o parejas”.

Fabián sonrió.

“En mis ratos libres, claro. Me encantan las mujeres maduras y déjame te dijo Roberto, Dalia es de las más hermosas si es que no la más hermosa, a quien he tenido el placer de conocer y espero complacer al cien”, contestó. “Soy supervisor en una planta de Toluca. Casi termino mi carrera de ingeniero químico”, agregó.

“Dalia, hermosa, ¿te parezco atractivo?”, preguntó dirigiéndose a Fernanda, quien, desacostumbrada al nombre ficticio tardó unos segundos en contestar.

Mi esposa sonrió y me miró. “Eres muy guapo Fabián”, contestó finalmente. “Debes de complacer a muchas compañeras de trabajo y de tu carrera, ¿verdad?”.

Fabián sonrió. “La verdad, me encantan las mujeres maduras, con porte y clase como tú, preciosa. No eres cosa de cada día, te digo. Eres del tipo muy difícil de encontrar”.

“Pero siendo tan joven y guapo, sería un desperdicio, ¿no crees? Te ves más joven de 30. Se nota que te cuidas y haces mucho ejercicio”, continuó Fernanda.

“A los negros no se nos nota mucho la edad, bella señora. MI madre es de La Habana y mi padre de Montego. Él es más negro que una goma de camión, como la noche, y mi madre es algo morena”, dijo, al sacar una foto de la pareja, que aparentaban más edad que nosotros. “Vivo con ellos en Toluca”, agregó.

Sin faltarle al respeto, Fabián comenzó a adularla con elegante experiencia. Finalmente, tomó su mano, pero la quitó al acercarse la mesera.

Nunca habló en concreto de sus nalgas o sus senos, simplemente de sus bellas formas, cara y clase.

“¿Y ustedes? ¿Hacen esto a menudo?”, finalmente preguntó.

“No”, contestó Fernanda. “Es nuestra primera vez. Lo venimos platicando desde hace algunos meses y por fin nos animamos a llevarlo a cabo”.

“¿Que otro se folle a tu mujer mientras tú ves?”, me preguntó en tono bajo de voz.

“Habemos individuos a los que nos gusta”, le contesté. “Sobre todo cuando tienes a una mujer apetitosa como Fernanda”, proseguí.

“¿Fernanda? ¡Un momento!, ¿Qué no es Dalia?”, dijo desconcertado. Ya habríamos pasado cerca de la hora conversando cuando caí en el error.

Mi esposa me volteó a ver. “Así le digo. Su nombre completo es Dalia Fernanda”, dije, saliendo del aprieto.

“Es buen pasatiempo”, dijo Fabián. “Ni se imaginan la cantidad de parejas que comparten su gusto. Esta será la tercera vez que me alquilo a una pareja. La gran mayoría son casadas de aquí mismo o de Toluca. Aunque me alquilan solteras, como mi nueva especialidad las parejas”.

Claro era que Fabián estaba acostumbrado a trabajar con nombres ficticios.

“Debo suponer que tu nombre no es Fabián, pero no importa. Mañana supuestamente no nos volveremos a ver”, dije yo.

Fabián sacó su billetera y me mostró su credencial de elector. Su nombre era Fabián y había nacido en 1978. ¡Tenía apenas 26 años cumplidos o por cumplir!

“Pero dijiste que tenías 30 años”, hice la observación.

“No tengas cuidado amigo”, me dijo sonriendo.  “Muchas se asustan o me rechazan si saben que soy menor, pero le garantizo que no se arrepentirán”, aseguró. “Esa es mi única mentira. Además, si redondeamos mi edad, tengo 30”.

Fernanda y yo nos miramos. ¡Con solo 26 años la haría trizas!

“Yo tengo 48 y Fer tiene 43”, dije.

“Mujeres de tu edad, son insaciables, ¿verdad?”, dijo Fabián. “me han tocado algunas mayores que tú preciosa, de más de 60 incluso, que son unas fieras. Deben ser las hormonas”.

“¿Les parece si cenamos aquí en el hotel?”, propuse. “Encantado”, dijo Fabián. “Me muero de hambre”.

“¿Tu, mi amor?”, pregunté dirigiéndome a mi esposa. “¡Claro!”, contestó ella. “Vamos”.

Pasamos al elegante restaurante. Había poca gente. Nos sentaron en una mesa apartada.

Cenamos y platicamos largo y tendido sobre nuestras vidas. Él nos platicó de sus planes y aventuras. Según nos contó, solo había tenido relaciones similares en tres ocasiones con gente de Veracruz y Guadalajara, y unos gringos o canadienses que incluso le pagaron los gastos a Cancún. Nos juró que en ninguna de ellas le había tocado complacer a una mujer tan bella como mi esposa.

Dada su autenticidad y caballerosidad, le comenzamos a creer. Fernanda comenzó a sentir los efectos del vino. Cuando nadie nos veía, se dieron el primer beso en la boca. ¡Sentí mi verga reventar al verla besar en la boca a otro hombre!

Cuando terminamos de cenar, le dije a mi esposa que era mejor esperar a Fabián en la habitación. Le dimos el número. Pagué la cuenta y nos retiramos, mientras Fabián quedaba esperando en el restaurante.

Cuando llegamos a la habitación, Fernanda pasó al baño y salió completamente desnuda. Se puso el negligé negro y se recostó mientras esperábamos al amante rentado. Su vulva estaba encendida y chorreando. Se notaba  muy excitada.

No había nerviosismo alguno, solo un incontenible deseo. Estaba ansiosa por probar la experiencia de que otro hombre se la cogiera mientras yo veía. Yo ni se diga, quizá más deseoso que ella por verlos.

“Si quieres nos podemos echar para atrás”, le dije.

“¿Qué no era lo que queríamos mi amor?”, contestó ella. “Me muero porque me coja. Me encantó. Se ve lleno de energía. Quiero que me vuelva loca”, fue su respuesta.

“Te voy a filmar”, le dije. Ella solo sonrió, aprobando mi plan.

Pasaron exactamente 15 minutos cuando llegó Fabián. Tocó la puerta discretamente.

“¡Adelante!”, gritó Fernanda. Trató de abrir, pero no pudo. Yo corrí a hacerlo.

Fabián entró y yo tras él. Lo primero que vió fue a Fernanda en la cama, luciendo increíblemente bella y provocativa con su negligé negro. Se detuvo y yo pasé a su lado, quedándose observando a mi bella esposa. Me senté frente a ellos.

Fabián bajó la bragueta de se pantalón y sacó su enorme y negro pene, aún flácido, saludando a Fernanda con el en la mano, y luego se lo guardó.

“Bueno, si más preámbulo, haré lo mío”, dijo Fabián, al tiempo que comenzó a desvestirse, con notoria experiencia.

Quedó finalmente solo con un diminuto calzoncillo y mas parte de la mitad de su negro instrumento  saliéndole hacia arriba, debajo del elástico. Fernanda, fascinada, contemplaba su atlética desnudez y su enorme bulto. Sacó su verga entre el calzoncillo y el muslo y posó como en la foto, sentándose en el descansa brazos de uno de los sillones. “Miren, para que les conste que no era de mentiras”, dijo.

Fernanda y yo nos mirábamos extasiados. Fabián se recostó junto a ella y comenzó a besarla en la boca mientras lo abrazaba, revolcándose algunas veces.

Fabián deshizo los nudos del negligé, haciéndola exponerle sus hermosas tetas. Las besó con especial pasión. Luego se recostó en su espalda y Fernanda bajó su calzoncillo: un auténtico ejemplar de masculinidad, se irguió desafiante ante los ojos de mi hermosa Fernanda. Era negro profundo, con venas bien delineadas, fácilmente de unos 20 o 25 cm, más del doble del mío, de unos 4 cm. de ancho, erecto al máximo, sin importarle tener espectador.

Me la saqué y comencé a masturbarme lentamente en el sillón. Ver a mi esposa junto a una verga ajena y negra era una pasión indescriptible, única.

Se volvieron a abrazar y mientras giraban besándose y manoseándola, Fernanda quedó completamente desnuda. Se detuvieron. Fernanda quedó sobre Fabián mientras sus bocas se fundían en un ardiente beso.

Fabián tomó a Fernanda de las caderas y la puso a su lado, casi levantándola, haciendo gala de su fuerza y condición física.

“Si no te importa buen amigo”, me dijo, “me voy a tirar a tu mujer como nunca te la has tirado tú o algún otro novio que haya tenido. No creo que hayas sido el único que se ha follado a esta belleza”.

Me desnudé por completo, al tiempo que Fabián bajaba a hacerle el más intenso sexo oral que había sentido Fernanda, haciéndola estremecerse, presa de intenso placer.

“¡Que deliciosa concha tienes, mamacita! ¡Concha de casada! ¡La mejor!”, decía Fabián, en medio de los intensos gemidos de mi esposa. Escuchaba claramente su lengua juguetear con el clítoris de Fernanda, mientras ella se mordía los labios en total éxtasis.

“¡Déjame mamarte esa hermosa verga que traes colgando Fabián!”, gritó Fernanda.

En respuesta, Fabián llevó sus largos dedos a la boca de mi esposa y comenzó a lamerlos y mamarlos como si fuera su pene, mientras él seguía inmerso en su vagina, haciéndola gritar de placer.

Fabián se fue separando de la vulva de mi esposa, sin dejar de besársela, subiendo por su pubis y estómago, comiéndola a besos, haciendo escala en sus bellos senos y mordisqueando sus encendidos pezones. Culminaron con sus bocas unidas en caliente y húmedo beso. Fernanda besaba y lamía su moreno rostro y aruñaba su espalada.

Fabián continuaba haciendo su trabajo. La volvió a levantar, como yo no podría, y la sentó sobre su cadera. Su enorme verga quedó justo en medio de las nalgas de mi esposa, dándome una clara visión de lo que le esperaba. El contraste de los colores de sus pieles era divino, increíblemente erótico.

“¿Traes condones?”, pregunté a Fabián, pero no me contestó. Volvió a apartar a Fernanda y se sentó sobre las almohadas, recargándose en la cabecera de la cama.

“En su momento, mi buen amigo”, me contestó al fina, al tiempo que Fernanda comenzó a besar sus pies, lamiendo sus dedos, con sus bellas y abiertas nalgas hacia mí.

Continuó besando sus extremidades hasta llegar a la erecta verga de Fabián. Me miró, y sin quitarme la vista comenzó a devorarla con extrema lujuria, haciéndome eyacular en el acto.

Fabián también me observaba sonriendo, presumiéndome con su expresión como tenía a mi hermosa esposa.

“No cabe duda que tienes a esta hermosura insatisfecha, amigo”, me dijo sonriendo. “Me han mamado la polla miles de veces, pero esta mujer sí que sabe cómo hacerlo. Se distingue”.

Fernanda se reacomodó un poco, permitiéndole a Fabián acariciar sus suaves nalgas, corriendo sus dedos entre ellas, humedeciendo con su fluido vaginal su hermoso ano.

Tan impresionante como excitante era ver a mi bella esposa devorar hasta en tronco la  vergota. Su longitud y grosor abarcaban toda su boca. Fernanda mamaba y mamaba con el gusto de una buena recompensa recién recibida, tras una larguísima espera. Fabián abría con sus negras manos sus nalgas, para mostrarme sus hermosas y brillantes aberturas, estirándola de mas y haciendo que su ano se abriera, percibiendo su obscuro interior.

Mi reprimido deseo se cumplía: ver a mi esposa con una gigantesca verga ajena, negra, completamente enloquecida por ella. Poco o nada les importaba tenerme como espectador.

“¿Te gusta verme así, mi amor, te gusta?”, finalmente dijo Fernanda con suspirante voz. “Toma video, mi amor, para disfrutarlo en la casa los dos”, me sugirió. “¡Sabe riquísima mi amor!, ¡gracias por esto!”

Había olvidado por completo esa parte del plan: filmarla, si a Fabián no le importaba, desde luego.

Me puse de pie. Mi verga estaba tan erecta como si no me hubiese venido unos minutos antes. Mi calentura no disminuyó con la eyaculación como siempre me sucedía. Aquello era inaudito, fantástico, extremadamente caliente. Caminé hasta el closet mientras Fabián disfrutaba al máximo la mamada de mi esposa: tenía la boca abierta y los ojos casi en blanco, mientras ella se deleitaba, devorándola casi en su totalidad.

Saqué la cámara e hice los preparativos para comenzar a filmar. Me acerqué a la bella cara de Fernanda quien sacó la verga  de su boca para que la tomara junto a ella: filmé su lujuriosa mirada y sonrisa y luego el erecto bicholón de Fabián, brillante y con discretas burbujas su saliva. Hice un acercamiento a medida que ella lo comenzó a devorar, para ir alejando la escena, mostrando su hermoso y desnudo cuerpo. Fabián no tuvo ningún inconveniente.

Me acerque de nuevo a la pareja. Mi erecta verga quedó al alcance de la cara de Fernanda mientras filmaba, y tuvo el agradable gesto de soltar la de Fabián por un momento y mamar la mía, arrancándome gritos de placer.

Puse la cámara a un lado y ambas manos a los lados de su cabeza, atrapándola, pero a los segundos, ella las apartó. Se sacó mi verga y me miró.

“Estas mal si piensas retenerme con esto…pudiendo disfrutar esto”, dijo Fernanda al cambiar mi verga por la de Fabián, mamándola aún con mayor pasión.

“¡Perdóname amorcito!, pero ponte en mi lugar!”, volvió a decir. “¡No me explico cómo no lo hicimos antes!”.

Resultaba difícil saber quién estaba más excitado, si Fernanda o yo. Fabián simplemente hacía su trabajo, ella saboreaba su enorme chorizo, y yo me comenzaba a masturbar de nuevo.

Pasaron cerca de diez minutos. Fernanda no se saciaba de la vergota de Fabián. No fue sino hasta que él tomó la iniciativa de reacomodarla para proseguir con la función.

“Métesela por el culo Fabián. Le encanta”, hice la observación.

Fabián se puso de pié y pude apreciar su negra macana lista para continuar deleitando a Fernanda.

Fue a donde estaba su ropa y sacó un condón de la bolsa. Se lo dio a Fernanda para que ella misma se lo pusiera.

“Pónmelo con tu boquita, divina mujer”, le pidió. Yo tomé la cámara de nuevo y comencé a filmarlos.

Mi esposa sacó el condón del empaque y lo puso con glande, desenrollándolo con su boca. Fabián comenzó a penetrar lentamente en ella. Su grosor hacía un poco más complejo ponérselo, pero al fin lo logró. El muchacho sacó de la boca de Fernanda su verga casi forrada, pero sin poder cubrirla por completo, poco más de dos terceras partes.

Tomó a mi esposa, la levantó y la besó en la boca. De nuevo hizo gala de su fuerza al levantarla con facilidad y llevarla hacia mí, que observaba sentado masturbándome suavemente.

De una vuelta, puso su cara junto a mí y nos besamos de nuevo, sin que yo objetara que su boca venía directamente del negro pene alquilado.

Luego la llevó y la depositó cuidadosamente sobre la cama. Fernanda se arrodilló y Fabián comenzó a besar su trasero, lamiendo su culo y su clítoris.

Unos momentos después, Fabián se incorporó, tomando a mi esposa por sus caderas. A la expectativa, Fernanda aguardó la enorme verga, ansiosa. Fabián comenzó a frotar con ella sus labios vaginales para penetrarla lenta y suavemente, arrancándole a mi hermosa mujer sonoros gemidos a medida que avanzaba dentro de ella mientras yo filmaba la candente escena.

Fernanda paró un poco más sus nalgas, mientras Fabián lentamente comenzó a recostarse sobre ella, besando su nuca, penetrándola rítmicamente, haciéndola gemir mientras él alababa su belleza y la acariciaba, enloqueciéndola al máximo.

Yo no perdía detalle, tratando de tomar los mejores ángulos sin ser intruso. Me encantó ver la forma en que Fabián satisfacía a mi esposa, la destreza con que se la cogía a pesar de su juventud.

“¡Mi amor, amorcito!”, gemía Fernanda. Yo pensaba que se dirigía a Fabián, pero no: era a mí. “¡Nunca me lo hiciste así, ni en tus mejores momentos!”.

Las palabras de Fernanda eran como combustible para Fabián, que aceleraba su ritmo al escucharla, sin decir una sola palabra, haciendo discretos gemidos, determinado a exprimirla de placer. Era de llamar la atención el que Fabián no hiciera insinuación alguna de dominarla, a pesar de que a ella le gusta a veces ser dominada. En medio de escandalosos gemidos y jadeos, mi bella esposa experimentó un tremendo orgasmo, profundo, épico, más Fabián no alteró su ritmo, metiendo y sacando su verga en ella, a pesar de sus gritos.

Fabián se incorporó, pero Fernanda hizo lo propio, siguiéndolo con sus nalgas pegadas a él, tratando de evitar que se le saliera, pero Fabián se la sacó cuando finalizó su clímax, haciéndola quejarse melosamente. Estaban sudados. Fabián le dio un par de suaves nalgadas. Alcancé a ver pelos púbicos de Fabián pegados en la blancura de sus nalgas, percibiéndole también dos pequeños granos que la hacían verse aún más usada.

“Aguarda mi reina, aguarda”, dijo Fabián. Revisó el condón, se lo quitó y lo tiró a un lado de Fernanda, empapado con sus babas. Ella se puso de perrito, y Fabián comenzó a empujarle suavemente el culo con la rosada cabeza de su miembro. Me acerqué con la cámara.

“No me da desconfianza metértela a pelo, preciosa. Te ves sana además de hermosa”.

“Supe por ahí que te encantaría que te la metiera por el culo. Enfoca bien mi amigo, para que disfruten viendo como me follo a tu bella hembra”, dijo, dirigiéndose mí.

Comenzó a mover levemente su cadera mientras le dejaba ir a Fernanda su prieto chorizón, arrancándole discretos quejidos, deteniéndose para dejarla acostumbrarse, continuando y parando, hasta que solo sus negros testículos tocaron sus blancas nalgas. Permaneció sin moverse. Fernanda, completamente ensartada y abierta, solo jadeaba. Las grandes manos del muchacho casi cubrían sus nalgas mientras las cosquilleaba. Fabián comenzó a hacer movimientos circulares con su cadera haciendo que Fernanda sintiera una extraña, pero muy placentera sensación. Con sus brazos alrededor del estómago de mi esposa, movía su cuerpo como serpiente, pero impidiéndole a ella moverse. La tenía presa, paralizada, mientras su enorme reata revoloteaba en su intestino.

Yo, con la cámara, no perdía detalle alguno.

Fabián comenzó a sacar un poco su verga, arremetiéndola de inmediato, alargando sus ciclos, hasta sacarla casi por completo y penetrándola de nuevo en su totalidad, como un ritual perfectamente coordinado, durante algunos minutos.

Al final, Fabián le sacó su verga del ano y se sentó en la cama. Ya se notaba su necesidad de venirse, por su ritmo de respiración. Fernanda se sentó junto a él y se agachó, arropando con su boca el palpitante monstruo negro: era evidente que después de más de media hora de estársela tirando ya no podía más.

Fabián se hizo hacia atrás. Primero se apoyó en sus puños, pero no pudo contenerse ante la rica mamada de Fernanda.

Se desplomó sobre la cama. Su sudado cuerpo resaltaba más su musculatura. Fernanda trepó en la cama para mamársela mejor, devorándola por completo. Yo me acerqué del otro lado con la cámara, al tiempo que Fabián comenzó a gritar. Fernanda no se quitó, y recibió en su boca la abundante y caliente carga. Su semen comenzó a salirle por los lados de su boca mientras Fabián se arqueaba de placer al llenarla.

La palpitante eyaculación del joven duró mucho más que la mía, y de la cantidad de semen mejor ni les cuento.

No perdí detalle con la cámara, desde que la verga de Fabián desapareció en la boca de mi esposa hasta que poco a poco comenzó a sacársela. Su bella cara, adornada con el semen del muchacho la hacía verse más sensual, como soñé tantas veces haberla visto.

Pasó un buen rato disfrutando el semen de Fabián. Se inclinó sobre su estómago y lamió lo que escapó de su boca cuando él se vino. Luego se dirigió a sus testículos y los lamio en recompensa por la sabrosa carga que le dieron.

Después volvió a posar. Se puso de pié, sin perder la mirada en el lente de la cámara y poco a poco, se fue acercando a mí, mientras la respiración de Fabián bajaba casi a un ritmo normal. Un hilo de semen comenzó a salir por un lado de su boca, cayendo en sus tetas. Yo sabía lo que tenía en mente, y la verdad, me pareció excitante.

Acercó su cara y juntó su boca a la mía. La abrió para besarme, pasándome con su lengua una buena cantidad del semen  que había guardado para mí.

Fernanda comenzó a besarme como pocas veces. En segundos, el semen de Fabián estaba mi boca, mientras ella frotaba su cara en la mía, embarrándome lo más que podía. Era nuestra costumbre hacerlo siempre que me venía en su boca, pero con mi semen.

Cuando se separó, vi unas gotas en sus tetas y las lamí, pasándoselas luego a su boca, hasta que por fin tragó lo más que pudo. Cuando volteamos, Fabián nos miraba con atención, mientras yo me limpiaba sus mecos de la cara.

“¡Amigo!”, dijo sonriente, “¡tomaste de mi leche, pero era para la güerita!”.

Fernanda me miró y me besó. Bajó su cabeza a mi verga y comenzó a mamármela. En menos de un minuto me extrajo mi carga, abundante como si fuera la primera vez, y la tragó toda sin dificultad.

“Amorcito, parece un chuponcito tu verga”, me dijo. Se puso de pié, e intercambiamos también mi semen.

Ya satisfechos y exhaustos de tanta pasión, no estábamos seguros que seguría con Fabián. No habíamos hablado ni de tiempo ni de honorarios.

Nos sentamos a conversar con unas bebidas, desnudos los tres. Platicamos sobre nuestra familia, sobre nuestro noviazgo. Fabián se notaba genuinamente interesado, no solo por cumplir alguna cuota por escuchar. Nos esmeramos por ser auténticos sobre nuestras intimidades. Fernanda habló también sobre lo que hacía con sus ex-novios, detalles que yo solo sospechaba, hasta que llegamos al tema de sus honorarios.

Cuando vio las fotos de mis hijas comentó que estaban igual de apetitosas que la mamá y que le encantaría cogérselas también algún día, riéndonos todos de su atrevimiento.

“La verdad no sé si cobrarles. Normalmente cobro 2 o tres mil pesos por sesión con mujer y 4 con parejas. Mi tarifa varía si la dama no está de buen verse, casi nunca cobro más de 5, pero Dalia estuvo fenomenal y es despampanante. Me la pasé increíble. Jamás me la había pasado tan padre. Yo soy el que se supone que alquilan para placer, pero esta mujer está para pagarle”, confesó Fabián.

“Lo mismo pienso”, dije.

“Lo que sí fue inusual fue verlos saborear mi leche”, prosiguió. “Eso sí que fue caliente, nunca me había tocado”.

Quedamos un momento en silencio.

“Por módicos 5 mil, dejo que me la mames, amigo, y que tu esposa nos vea, ¿qué te parece?, Nada de follarte, solo con tu boca”. Noté que su verga estaba ganando rigidez después de hacer la oferta.

“Sé que quisieras amigo”, prosiguió. Tomó el pene en sus manos y comenzó a agitarlo para mí.

“¿Lo haces también con hombres?”, preguntó Fernanda.

“Cumplo fantasías y sueños”, simplemente contestó Fabián. “Me he follado a algunos hombres jóvenes, hijos, esposos, políticos… gente de mucha plata por lo general. Pagan muy bien, pero extremo precauciones. Hay mucho gay político”

Mi esposa y yo nos miramos.

“No soy de ese tipo, Fabián, pero gracias por el gesto”, le dije sonriendo.

“¿Y qué haremos con esto?”, insistió Fabián, tras una media hora de conversación, poniéndose de pie y agitando su ya intensa erección frente a nosotros.

“De eso yo me encargo”, dijo Fernanda en tono acomedido, tomando posición de rodillas frente a Fabián.

Tomé mi cámara. Fernanda volteó hacia ella, esperando que comenzara filmarla. Con su bella acostumbrada sonrisa y expresión de lujuria, tomo en su boca la verga de Fabián y comenzó a mamarla con su ya familiar pasión.

Arrodillada la tragaba mejor y se deleitaba dándome el espectáculo. Bien sabía que gozaríamos viendo el video ya en privado.

Fernanda se esmeraba y disfrutaba. Sabía que Fabián se retiraría en un rato más, por lo que puso su mejor empeño en darle la mamada de su vida. Después de todo, no sabíamos cuando se volviera a encontrar semejante trofeo. La filmé a la perfección, desde sus bellas nalgas en forma de corazón, hasta sus ardientes labios empapados con la baba seminal de Fabián.

Fabián comenzó a deslizarse hacia atrás, hasta encontrar apoyo en la mesa. Al recargarse, su verga apuntó hacia arriba, haciéndola verse más grande que nunca. Fernanda la siguió, caminando sobre sus rodillas, sin sacarla un solo segundo de su boca, tratando de retenerla con sus dientes, arrancando placenteros gemidos de Fabián. El muchacho se inclinó y tomó a mi esposa de los costados, la volteó con facilidad y la levantó, haciéndola quedar  montada en su reata. Le salía por enfrente. Fernanda comenzó a frotar el erecto pito del cubano con sus húmedos labios vaginales al tiempo que rodeaba de nuevo su estómago con ambos brazos, sujetándola con firmeza.

Durante unos segundos frotó su verga en el clítoris de mi esposa. Yo no perdía detalle.

De un rápido y certero movimiento, se la metió de nuevo en el culo, sorprendiéndola, arrancándole un leve gemido de sorpresa y dolor.

“¡Te tengo preciosa!”, le dijo, y sin soltarla, comenzó a serpentear de nuevo a medida la penetraba más y más. Los pies de mi bella esposa estaban casi en el aire y la levantaba con cada vigoroso embate, hasta quedarse prácticamente inmóvil con ella completamente empalada por su vergota, escuchándose solo los gemidos de ambos. El empujaba y la levantaba. Apenas tocaban sus pies de nuevo la alfombra, y la volvía a levantar.

Después de filmarlos, me senté de nuevo para masturbarme por enésima vez.

“¡Ven aquí amigo, deja la cámara!”, me dijo, al tiempo que la colocó sobre la cama, en sus rodillas.

“Acércate, disfruta a corta distancia como me cojo a tu esposa”, continuó.

Me senté también sobre la cama y puse mi mejilla sobre una de las nalgas de Fernanda viendo muy de cerca como la penetraba, disfrutando aquella mezcla de olores y ruidos, pudiendo gozarlo durante algunos minutos.

Fabián tenía la clara intención de vaciarse en el culo de mi esposa, lo cual me fascinó. La tomó y se quedó de pie.

Fabián comenzó a acelerar sus gemidos hasta que, en breves segundos, comenzó a eyacular dentro de Fernanda, llenándola con su caliente semen que ella gozaba al sentirlo, mientras me miraba, agitada, complacida, con ambos pies en los tobillos del muchacho.

Momentos después, Fernanda puso sus pies en la alfombra al tiempo que Fabián le sacaba del trasero su masiva y brillante macana.

Mi esposa se arrodilló de nuevo frente a él, haciendo que algo de su semen le saliera por el culo, cayendo sobre la alfombra a medida se le abrían las nalgas,  pero tratando de guardar algo dentro de ella.

Fernanda se puso a lamer y mamar la verga del cubano, mordiendo suavemente su tronco mientras la tenía completamente metido en su boca, haciéndolo brincar con cada mordisco.

“Nadie te la va a mamar como yo”, sentenció ella.

“No me cabe la menor duda”, dijo el joven con agitadas palabras.

Fernanda comenzó a frotar su glande en los pezones mientras besaba el pecho de Fabián, me pidió que me acercara. Me arrodillé junto a ella y me besó con el sabor de su culo y verga en su boca.

Nos entrelazamos en un ardiente beso, mientras Fabián nos miraba hacia abajo, seguramente extasiado de ver su obra. Fernanda comenzó a gatear hacia la cama. Se arrodilló en el borde dejando medio cuerpo abajo.

Me acerqué por detrás y comencé a besar y lamer sus nalgas, algo sudadas. Al abrirlas, se hacían hilos con el semen del cubano.

“Límpiame como me gusta”, pidió, como casi siempre le lamía el culo luego de venirme en él.

Metí mi dedo medio en su culo, con suma facilidad. Estaba vencido por Fabián y lleno de su semen. Comencé desde arriba de su partida, llevando mi lengua por el caliente y sudado canal, hasta llegar a su ano, lamiéndolo y metiéndole la lengua, tragando el semen de Fabián.

Seguramente, el muchacho no podía creer lo que estaba sucediendo. Ya me había visto probar su semen de la boca de mi esposa, pero limpiarle el culo y comerlo de ahí era otra cosa.

Finalmente nos pusimos de pié. Fernanda no dejaba de agradecerme por haberla convencido, y desde luego, al joven Fabián por haberla cogido como un verdadero profesional.

Al no hablar de honorarios, Fernanda tomó mi billetera y sacó cinco mil pesos sin pedirme permiso. Fabián los tomó gustoso y agradecido, a pesar de que, según él, no era su intención cobrar.

Me excitó ver a mi bella esposa pagar por qué se la cogieran y filmé el momento en que le pagaba aun desnuda y Fabián ya vestido. Se volvieron a besar y le dio un par de nalgadas de despedida.

Fabián se retiró. Fernanda lo besó un buen rato en la boca. Las obligadas intenciones de volvernos a ver no se hicieron esperar, aunque, hasta hoy, no han vuelto a darse. No le sugerimos quedarse. Queríamos estar solos y platicar largo y tendido de nuestra increíble aventura.

Nos quedamos un par de noches más en México. Nuestras relaciones fueron intensas . Vimos la filmación en la cámara una y otra vez.

La última noche fuimos al mismo bar del hotel.

“¿Te quisieras ligar algún chilango?”, le pregunté a mi esposa después de algunas copas.

Había un tipo algo mayor en la barra, cuya evidente intención era agarrar una dama. Lo miramos y nos reímos.

Se había cumplido nuestra fantasía al 100%. Ligar a un fulano en un bar era ya cosa de putas, acordamos.

Cuando Fernanda cumplió 52 años, hace dos, lo volvimos a hacer. En su momento les contaré.

¡Ah claro! La película aún la disfrutamos mucho y la guardamos en la caja fuerte.

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