Mi esposa y mi cuñada

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Carmen se sacó mi verga y se la metió por el culo. Mi mujer metió uno de sus dedos en el coñito que acababa de estar vacío. Me iba a correr. Había llegado al punto sin retorno y me vacié en el culo de mi cuñada, al notarlo la muy cabrona cogió la mano de mi mujer para que se esforzase más en su labor. Mi mujer ya la tenía tres dedos dentro y no paraba de chuparle las tetas.

La verdad que estas cosas suelen empezar poco a poco. Que si un día mi esposa dice que se va por trabajo fuera del país y empiezas a notar como su hermana te mira de forma diferente, que si habla más con ella, que si sale más con nosotros, que si nos vamos a Roma y dormimos los tres en la habitación. Esos detalles que no sabes bien si vas, vienes, o como siempre, nada de nada. Uno de esos días, en la piscina de casa estábamos hablando los tres, ellas sentadas y yo tumbado en las piernas de mi mujer, con las gafas de sol y dejando que el sol y el murmullo del agua acabaran con el estrés de la semana, además habíamos quedado con unos primos de mi mujer, muy buena gente, y quería estar despierto y disfrutar de la noche, me apetecía desconectar del mundo.

En uno de esos momentos abrí los ojos y enfrente de mí me encontré la braguita del bikini de mi cuñada y como de ella salía un buen matojo de pelos. Tuve un doble pensamiento, el primero que como llevaba varios años sin novio, la verdad que no me extrañaba que descuidase su aspecto íntimo y el segundo, ¿me dejaría arreglárselo?, ¿y a mi mujer?, ¿y a los dos juntos?  Mi cabeza empezó a volar y a imaginarse un afeitado de coño con su posterior limpieza,… pero cuando estaba metido en mis pensamientos algo me sobresaltó, era mi pene que se estaba hinchando y luchaba por salir del pantalón. Avergonzado, me tumbé de espaldas y me puse a leer una revista, pero sabía que ese vello estaba ahí al lado, acechando y no podía parar de mirar de reojo. Evidentemente mi pene, se convirtió en polla y no había ya forma de pararla, bueno realmente si había, pero digo allí en la piscina, o sea que me levante de un salto y me zambullí en el agua. La verdad que no sé si ellas se dieron cuenta.

Eran las siete de la tarde cuando nos subimos a arreglarnos para salir a cenar. Todos con nuestros bañadores mojados, el aire acondicionado hizo que los pezones de mi mujer y mi cuñada se alborotasen. No podía dejar de mirarlos. Y mi pene volvía a despertar. Mi mujer se dio cuenta y me dijo que sería conveniente que empezásemos a ducharnos. Eso era lo mejor una ducha fría, una buena paja, cenita, unas copas y dejar de fantasear. Yo me metí en mi ducha, mi mujer en la suya y mientras mi cuñada esperaba fuera hasta que una de ellas quedara vacía.

Yo acabé pronto. Estaba muy caliente y no tardé mucho en correrme. Un enjabonado rápido y ya estaba listo, sin embargo ya sabéis como son las mujeres, que si un pelito por aquí, que si el suavizante, la mascarilla del pelo, el secador,… Eternizante. Yo salí muy pronto, tan rápido que mi cuñada no se lo esperaba. Al entrar al salón me la encontré jugando con su almejita, tenía dos dedos dentro. No sabía que hacer, ¿era esta la oportunidad que siempre había deseado?, ¿qué opinaría mi mujer si nos pilla?, ¿querría mi cuñada? En mitad de estos pensamientos mi cuñada se percató de mi presencia.

– ¿Desde cuándo llevas ahí?, estaba mirando que debería cortarme esos pelos.

Me había pillado, no sabía cómo reaccionar.

– Deberías ducharte se hace tarde. La mía ha quedado libre. Entretente dentro lo que quieras, que nadie te va a molestar.- Está bien. Pero,…te ruego me comprendas, llevo tanto tiempo sin,… me entiendes. – Yo no llevo tanto y me acabo de hacer una paja en la ducha. La piscina me ha levantado los ánimos. – A mí también se me ha despertado algo.

En eso notamos que deja de sonar el secador.

– Vamos Carmen, que se te va a hacer tarde y no te va a dar tiempo a todo. Le dije con un poco de sorna.

Mi cuñada es cinco años mayor que nosotros y yo supongo que estaba curada un poco de espanto. Vi como se metía a ducharse en el baño de mi mujer. Mientras yo me puse a ver un partidito de fútbol en la tele mientras las mujeres acababan. Al poco tiempo me acerqué a la cocina a por una Coca-Cola y al pasar por la puerta del baño, pude escuchar a las dos partiéndose de risa. ¿Se lo estaría contando?, ¿de que estarían hablando?, ¿la habría cargado?,… Bueno, no era tiempo de preocuparse por el futuro cuando todavía no había llegado.

Acabaron de arreglarse, las dos impresionantes, y salimos a cenar. Llegaron sus primos, realmente era su primo y la novia de él. Cenamos muy a gusto y nos fuimos de copas. Mi cuñada no hacía más que beber, se acercaba a mi mujer, cuchicheaban, me miraban y se reían. De vez en cuando mi mujer me hacía señales como si me fuese a dar unos azotes. Yo sonreía, por no salir corriendo. La noche iba pasando hasta que su primo y la novia se retiraron a su casa y nos quedamos los tres. Estaba acojonado. Mi mujer, Bea, me miró y dijo:

– Creo que debemos irnos nosotros también. – Como tú quieras cariño.- Mi hermana está muy mal, hay que llevarla a su casa.- Pero si está a 35 kilómetros de la ciudad. Mira es mejor que duerma contigo en la cama y yo dormiré en el sofá. Nuestra casa tiene dos baños y dos habitaciones, pero en la otra habitación hicimos un despacho, o sea que no había más camas que la nuestra.- Me parece bien, dijo Bea. Lo dijo en un tonillo, que no supe descifrar en ese momento. La verdad es que estaba acojonado.

Llegamos a nuestra casa, Carmen iba un poco borracha y yo sabía que mi mujer la tendría que desnudar. Entré a mi habitación, cogí un pantalón corto del pijama, me cambié en el baño y me tumbé en el sofá para dormirme. Tumbado desde el sofá, te quedas enfrente de la puerta de la habitación principal, y fue allí y no en otro sitio donde mi mujer empezó a desnudar a su hermana. Carmen quedaba de espaldas a mí y yo veía la cara de mi mujer.

Primero la fue desabrochando los botones de la camisa, después el sujetador, quedando la espalda de Carmen desnuda ante mi, Mi corazón empezó a bombear sangre a un ritmo infernal y mi mente sólo podía pensar en las vistas que mi mujer tenía en ese momento. Se me empezó a poner tiesa. Después la desabrochó la falta, dejándola caer al suelo. Estaba flotando, por qué mi mujer me haría sufrir así. ¿Pensaba acaso que su hermana no era mujer ni yo un hombre? Otra vez su voz dispersó mis pensamientos.

– ¿Me vas a ayudar?, ¿o tengo que hacerlo yo sola? – Espera ya voy.

Todavía no sabía a que tenía que ayudarla, a vestirla, a acostarla. Pero me levanté, con la polla bien dura y me acerqué a la espalda de Carmen

– ¿A que te ayudo? – No te hagas el tonto, has dejado a mi hermana a medias esta tarde y ahora tenemos que ayudarla a acabar lo que empezó.- Eso, dijo Carmen, no podéis dejar que me acueste en estas condiciones. Y se echó a reír

No sabía dónde meterme, ¿me estaban vacilando? Mi mujer se acercó a mí y me empezó a dar un beso muy húmedo. Carmen estaba aprisionada por nosotros dos y Bea empezó a meter la mano entre las bragas de su hermana y el culo, rozándome mi polla. Yo cogí a mi mujer por el culo y empecé a bajarle su pantaloncito del pijama.

– Las braguitas de mi hermana son feas, hazla lo que haces con las mías.

Estaba claro lo que quería. Introduje mis manos entre las bragas y su coñito. Las tenía empapadas. Fue muy fácil romperlas por la costura y dejarla sólo los tres elásticos, uno en la cintura y los otros en cada uno de sus piernas. En ese momento empezó a respirar más intensamente. Estaba tan expuesta que no dudé en agacharme y empezar a mordisquearla el culo. Tenía las dos manos en sus caderas y empecé a notar que las estaba moviendo lentamente. Quería que me la follara. Pero después de tanto tiempo esperando algo así tenía que aprovecharlo lo máximo posible. ¿Hasta dónde estaban dispuestas a llegar? Esa era mi pregunta en ese momento y debían de responderle.

Desplacé mis manos hacia mi mujer y la quité las bragas, ella entendiendo mis actos se quitó la camisetita de tirantes del pijama. Sólo quedaba yo vestido con el pantalón corto y mis shorts. Introduje la mano derecha entre las piernas de Carmen y empecé a masajear los labios a mi mujer. Con el antebrazo notaba la humedad del coñito de mi cuñada. Era un roce premeditado pero que no quería que fuese directo. La otra mano agarraba fuertemente el culo de mi cuñada mientras la mordía. Poco a poco empecé a desplazar mis dedos hasta que uno de ellos se paró en la entrada de su ano. Carmen lo notó y dio un respingo.

– Mételo. No te pares ahí.

Me dijo mientras se frotaba contra mi antebrazo. Me chupé el dedo gordo y se lo metí en el culo.

– Tienes otro agujero. ¡Aprovéchalo! – Carmen ¿qué pasa? – Tu marido que es un cabrón y me está metiendo un dedo en el culo. No sabes cómo me gusta.- Pues a mí nunca me ha apetecido pero viendo tu cara lo voy a probar. Metémelo a mi también Carlos.

Iba a ser la primera vez para mi mujer, si quería volver a repetirlo no tenía que hacerle daño. Metí el dedo corazón en el coño de Carmen. Viéndose masturbada empezó a moverse de un lado para otro, yo seguía agachado a su espalda, oliendo sus fluidos y notando que se iba a correr. Empezó a correrse entre unos espasmos que la daban y pude ver cómo salía como una bocanada de jugos de su coño, manchando el suelo, dejándolo pringoso no dejada de jadear.

Saqué mis dedos, arrugados por la humedad, y le introduje uno a mi mujer en el ano. Carmen se apoyó en los hombros de mi mujer quedándose inclinada y ofreciéndome su chorreante coño. Empecé a chupárselo, mientras estrenaba el culo de mi mujer con uno de mis dedos humedecido por su hermana. Prefería no pensar en lo que estaba ocurriendo.

– Túmbate en la cama. Te vas a dislocar el cuello. Además quiero que me mordisquees el clítoris y así no llegas bien. Dijo Carmen

Me tumbé en la cama, comiéndole aquel manjar a mi cuñada que no paraba de humedecerse. Mi mujer se puso enfrente de ella y empezó a restregar sus pechos con los de Carmen. Y yo la introduje un dedo de cada mano en el culo, la notaba muy excitada, por lo que cambié de coño y le di a mi mujer un masaje con la lengua.

Se retorcía cada vez que le hacía círculos alrededor del clítoris. Carmen lo notaba y empezó a chuparle los pezones. Beatriz empezó a masturbar a Carmen por lo que me centré en el coño de mi mujer. Nunca lo había notado así. Iba a cumplir otro de mis deseos y mi mujer lo sabía.

– Cariño, prepárate que este va por ti.

Empezó a contraerse y expandirse sus paredes, saqué la lengua, abrí la boca y empecé a degustar los jugos de mi mujer. Eran impresionantes, saqué la lengua para chupar mi cara. Las dos se pusieron a mirar mi cara de placer.

– Ahora te vas a follar a mi hermana. Necesita una polla. Dijo Bea.

Me quitaron la ropa, me tumbaron boca arriba y Carmen se metió la polla entre suspiros. La muy cabrona seguía empapada. Mi mujer se sentó detrás de ella rozando su pubis contra el culo de su hermana. Si hubiese tenido polla se la hubiera metido, sólo había que verle la cara.

Bea cogió los pechos de su hermana desde abajo, como si los sujetase y empezó a rozar sus pezones con los dedos gordos. Estos estaban bien duros. Carmen para no caerse, se sujetaba en el culo de Beatriz. Mi mujer la dijo algo al oído que yo no pude escuchar. Carmen echó para más hacia atrás uno de sus brazos, al rato mi mujer dio un respingo. Creo que le estaba metiendo el dedo por el coño. El otro brazo lo levantó, agarró a mi mujer por el cuello y empezó a besarla. Sus lenguas se salían de la boca. Carmen empezó a acelerar más el ritmo, y mi mujer también.

Bea estaba estirando uno de los pezones de su hermana. Estaba seguro que se iban a correr cuando Carmen se sacó mi verga, totalmente lubrificada y se la metió por el culo. Mi mujer lo vio y metió uno de sus dedos en el coñito que acababa de estar vacío.

Me iba a correr. No podía aguantar más. Mi cuerpo se estaba tensando. Había llegado al punto sin retorno y me vacié en el culo de mi cuñada, al notarlo la muy cabrona cogió la mano de mi mujer para que se esforzase más en su labor. Mi mujer ya la tenía tres dedos dentro y no paraba de chuparle las tetas. Carmen se corrió otra vez. Mojándome mi ombligo, se saco la poya y empezó a chupármela. Mientras mi mujer empezó a comerse el semen que chorreaba del culo de Carmen.

Me quería morir, jamás en mi vida hubiera imaginado que mi mujer era así de guarra. Me encantaba esta faceta descubierta. Cuando acabó se sentó en la espalda de su hermana, que parecía que quería desgastarme la polla a lametazos.

– Carmen, creo que deberíamos dejarlo ya, echar un pis y dormirnos. – Como quieras.

Carmen dejó de chuparme la polla y se quedó fijamente mirándome a los ojos, con una sonrisilla malévola. De repente empecé a oír un sonido, un fuerte olor se apoderó de la habitación y algo caliente caía sobre mi pene y mis piernas. Miré la espalda de Carmen y estaba llena de orina cayendo por sus costados, resbalando por los pechos y saltando desde los pezones. Sin apartarme la mirada me dijo:

– ¿Y tú? ¿No tienes ganas?

Me cogió de la polla y apuntó a su estómago.

– Méame, humíllame y dejaré que me des por culo cuando quieras.

La verdad, es que no podía aguantarme, entre la bebida de la cena, las copas y el sexo tenía la vejiga a estallar. Vi como salía de mí y como Carmen la movía para que la regase. Mi mujer aplaudía y las sábanas se iban empapando. Yo notaba como caía mi orina sobre de mí tras rebotar en los pechos de Carmen.

– Eso es, sigue así, no dejes nada dentro. Y ahora me toca a mí. Túmbate hermanita que esto te lo dedico por dejarme a tu maridito. Empezó a mamarla mientras intentaba masturbarme de nuevo. Pero si os soy sincero ya era demasiado para mí. Recogimos las sábanas. Pusimos unas limpias en el suelo y nos quedamos dormidos.

Autor: Carlos

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Escrito por Marqueze

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