MI MAESTRA JARDINERA, PAOLA

Tengo 32 años y lo que voy a contarles pasó hace apenas dos años. Había sido profesor de matemática por muchos años en aquel colegio donde trabajaba, uno bastante grande que aún tiene todos los niveles de enseñanza, desde jardín de infantes hasta el último año de educación superior, que aquí en Argentina le llaman Polimodal, al menos en la provincia de Buenos Aires, donde rige ese sistema.

Siempre fui una persona bastante querida y conocida en aquella institución, tanto por los docentes como por los alumnos y los padres. Yo me sentía muy contento trabajando allí, hasta que sucedió esto. Fue una de las experiencias mas maravillosas de mi vida.

Era un día de verano y las clases estaban a punto de comenzar. Los profesores empezábamos a prepararnos para recibir a los chicos, y yo me encontraba preparando un informe en una de las computadoras del gabinete de informática. No recuerdo bien que era lo que estaba haciendo, pero si me acuerdo de una voz femenina, sensual, seductora a mis espaldas. Quizás hacía tiempo que estaba atrás mío, observándome, pero recién ahora me daba cuenta. Me di vuelta de inmediato, y allí estaba Paola.

Una de las maestras jardineras, de esas con las que siempre me cruzaba y saludaba amablemente… pero estaba distinta. Sin el uniforme a cuadritos que siempre llevan puesto a todos lados. Y pude contemplar su hermoso cuerpo.

No imaginé que tenía unas tetas tan grandes. Como yo estaba sentado en una silla, al darme vuelta, y encontrarme con ella pegada a mis espaldas, lo primero que vi fueron sus enormes pechos, por supuesto, debajo de un top ajustado y negro.

Parecía que se querían zafar de su lugar… redondas, perfectas, grandes como pomelos, más grandes que pomelos. ¡Miren a la mosquita muerta! Tan inocente que parecía con su guardapolvo a cuadritos… y la cintura al aire. Esa rica cintura, con ese ombliguito tan delicado. El resto de su vestimenta, era un pantalón amplio, de tela blanca, muy transparente. Demasiado transparente. Y eso lo noté cuando me preguntó si podía usar alguna de las máquinas de la sala para imprimir algo. Por supuesto… ¿como me iba a negar? Además, la chica tenía su pelo largo y negro suelto sobre su espalda, como a mi me gusta. Le llegaba hasta la mitad de la espalda, pero como siempre se lo había visto atado en un rodete… estaba muy sexy.

Me levanté y le acomodé una silla frente a una de las computadoras, la que tenía la impresora disponible. Ella me sonrió y agradeció, para sentarse a realizar su tarea. Pude entonces ver su fantástico trasero, apenas contenido por una tanguita negra, bien metida en el culo. El pantalón, si bien era amplio y transparente, se amoldó a las formas de su culo cuando se sentó… era exquisito mirarla y también imaginarme lo que podríamos hacer. Pero… ¿que hacer? Si solo intercambiamos alguna vez un saludo, nada más que eso… en fin, yo seguí con mis cosas, y en un momento salí del gabinete porque tenía que llevar esos informes que estaba preparando a otro lugar, así que los guardé en un disquete y me fuí. Cuando volví, Paola ya no estaba.

Nuevamente seguí con mis cosas, cuando siento una presencia nuevamente en el gabinete. ¡Allí estaba ella! Parecía un poco más nerviosa, miró al suelo, o mejor dicho, a sus pechos, y tironeó un poquito su top negro a la altura de su cintura, para abajo, logrando que sus tetas resalten mucho más. Tosió un poquito y me dijo:

-¿No viste un lápiz que traje? ¡Creo que lo dejé acá!

Miré hacia atrás, sobre la mesa donde estaba la computadora que ella estaba usando, y no vi nada. Paola ya se había agachado y metido abajo de la mesa, tratando de buscar el bendito lápiz. Yo hice lo mismo, así que estábamos los dos ahí abajo, agachados, buscando un lápiz que no aparecía.

-Te ves gracioso acá abajo. -me dijo Paola.

-Si… lástima el lápiz. -le contesté con una sonrisa.

Al intentar salir de abajo de la mesa, Paola se golpeó l

a cabeza con uno de los bordes, y se agarró la nuca, mientras se quejaba. Yo fui a auxiliarla y noté como una lagrimita se le escapaba por una mejilla. Sin dudas, el golpe tenía que haber sido bastante fuerte. Creo que como un gesto paternal (Paola no tenía más de 23 años) la abracé y ella depositó su cara en mi hombro, mientras, no sé porque, me abrazó también. Así quedamos un rato abrazados en el salón, yo acariciándole la cabeza y ella abrazándome a mi. Tenía un pequeño chichón, pero ella no se despegaba de mis brazos.

-Tenemos que ponerle hielo -le dije.

-Si, voy a buscar uno.

-No, quedate acá, voy yo.

En menos de un minuto, me fui hasta una salita de maestros donde había una heladera y volví con un pedacito de hielo envuelto en un repasador. Paola seguía allí, esta vez estaba sentada en una de las sillas, tomándose la cabeza con ambas manos. Yo me senté frente a ella en otra silla, aplicándole el hielo. Ella intentó tenerlo con una de sus manos, pero no logró despegar la mía, así que mi mano sostenía el hielo y ella sostenía mi mano. Su cabeza buscó refugio otra vez en mi hombro.

Empecé a hacerle mimos en mi otra mano en una de sus orejas, mientras le cantaba despacito "sana, sana, colita de rana… si no sana hoy, sanará mañana…" Paola retiró lentamente su cabeza y dejó su rostro a muy pocos centímetros del mío, y apenas susurró

-Gracias… sos muy dulce.

Su rostro comenzó a alejarse muy lentamente del mío. Vi sus labios carnosos, temblorosos… no pude resistirme… la traje hacia mí y le deposité un suave beso en esas carnes tan dulces… y ella respondió… y los besos empezaron a hacerse más prolongados, más profundos, nuestras lenguas ya estaban trenzadas como si fueran dos llamaradas voraces… quedamos parados en el medio del salón, mi cuerpo la abrazaba y sentía todas sus formas contra el mío, y Paola desesperada, besándome, como si fuera el último hombre en la tierra… mis manos resbalaron por su cintura tan delicada, y noté que ella se estremeció toda… me agaché un poco y metí mi lengua en su ombligo, ella rió por las cosquillas, pero también pegó su pubis contra mi cara.

El resto del cuerpo se había arqueado hacia atrás… y mis manos pasaron de su cintura a sus nalgas carnosas, grandotas, mientras con la boca le arrancaba el pequeño cordón blanco que anudaba inútilmente ese pantalón amplio y transparente a su cintura. El pantalón cayó y dejó al descubierto esas magníficas piernas, esa tanguita negra diminuta, ¡pensé que se iba a enojar!

Pero no, ella estaba tan caliente, tan desesperada que me empezó a desabrochar la camisa… mientras yo le besaba el cuello, le mordía los hombros, y ya con la camisa afuera, me empezó a masajear el paquete… ¡y que paquete! Mi pija estaba a punto de estallar, así que Paola se abalanzó sobre mi pantalón y empezó a desabrocharlo… mientras sus pies se deshacían de su calzado para que el pantalón pudiese zafar del todo hacia abajo.

Me dejó en bolas rápidamente, y con maestría inusual, su boca se apoderó de mi pene grandioso y tieso, bien moreno, largo y grueso… lleno de saliva, mojado, juguetón, se le resbalaba de sus labios maravillosos para todos lados. Le saqué el top y no puedo describirles el corpiñito negro que llevaba porque voló en un segundo… la paré, la puse en una mesa entre dos computadoras, y ella me rodeó la cintura con sus dos piernas, así pude contemplar sus tetas hermosas, enormes, que caían para ambos lados de tan grandes… tenía unos pezones grandísimos y oscuros, ¡a mi me encantan esas aureolas tan grandes!

Porque con mi lengua puedo provocar un placer inmensurable, y empecé a mamarle las tetazas, a mordisquearle los pezones, a amasarle esos prodigiosos pechos… y los gemidos de Paola se hacían fuertes, demasiado excitado estaba yo como para pensar en lo que pasaba, donde estaba…

Le corrí la tanguita con mis manos y se la clavé como pude, ¡entró fácil! y ella gritaba como una perra, y yo embistiéndola, con la tanguita que me molestaba un poco pero en la calentura ¿que importa? Paola guiaba mis movimientos, adentro, afuera, moviéndose como una lombriz, le gustaba coger, era una bestia cogiendo… y vino mi primer leche, que

le inundó la cuevita, pero ella seguía frenética, pidiéndome ¡más! ¡más! ¡MÁS! Y así seguí, tratando que no cayera el ritmo ni mi pene se arrugase en su deliciosa cueva, y así fue… ella tuvo un espasmo increíble, me abrazó y gritó como si la estuviesen desgarrando, estaba teniendo un orgasmo impresionante y yo estaba acabando por segunda vez dentro de ella… mientras sus uñas se clavaban en mi espalda y su cuerpo seguía estremecido, pero duro… como congelado

-¿Que pasa, amor? -le dije.

No hizo falta mucho para darme cuenta de lo que estaba pasando. Desde su posición, podía ver perfectamente la puerta de entrada al gabinete… y allí, un grupo de docentes nos estaban mirando. Cuando me di vuelta, se habían retirado de la entrada.

Yo estaba helado, mirando la puerta, con mi pene a medias erecto y lleno de mi leche y del flujo de Paola… ella estaba aún en bolas, con la piernas abierta, la tanga corrida hacia un costado y el orificio medio abierto, chorreando mi crema… con sus tetas llenas de mi saliva y su rostro como avergonzado, mirando el piso… como sin entender que pasaba. Y allí entró la directora del colegio… una vieja simpática… hasta ese momento.

Nos habían pescado in franganti, nos habían visto no menos de media docena de personas, algunas compañeras de Paola, la directora, algunas otras maestras… que habían sentido los gritos de placer de Paola, pero pensaban que otra cosa estaba pasando… y como la puerta estaba abierta, ¡pequeño detalle que el placer nos hizo olvidar! pudieron entrar y mirar…

Por supuesto, me hicieron un sumario y me echaron, al igual que a Paola. A ella no la vi nunca más, tampoco me acerqué al barrio, y aunque me quedé con las ganas, no sé donde vive. Quizás si alguien la conoce, me pueda dar una pista… es maestra jardinera y tiene unos pechos enormes. Pero es la persona más dulce sobre la tierra… se los aseguro.

Autor: Ano Batalla

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Escrito por Marqueze

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Un comentario

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  1. Impresionante..No te quedaste con las ganas, como quien suscribe, estuve a punto, con una hermosa seño de 35 separada, le pegué una tremenda apretada en su sala amarilla, ella bajó la cabeza y sabía lo que se le venía…

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