Mi putita particular

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Quería que se sintiera más follada que nunca antes. Me incorporé y la puse en cuatro patas sobre la cama. Mi polla estaba gigantesca. Ya de por sí mi instrumento es grande, pero confieso que hasta a mí me impresionó su tamaño. Me dolía por la tensión de la piel. La penetré de golpe y con furia. Ella lanzó un alarido de placer que me asustó un poco. Y con sólo ese acto tuvo un orgasmo.

En 1976 mi madre decidió que era un buen momento para retomar los estudios Universitarios que por su matrimonio había interrumpido. A mis 18 años la idea me causó total indiferencia. Mi vida no se modificaba en lo más mínimo. O al menos así lo creí en primera instancia. La primera consecuencia que me tocó de cerca fue que la casa comenzó a llenarse a toda hora con estudiantes que compartían la tremenda disciplina que mi madre siempre tuvo para estudiar. Al principio las caras variaban, pero de a poco se fue produciendo una selección en los compañeros de estudios hasta que solo quedaron un par de compañeras que evidentemente podían seguir el ritmo que mi madre imponía.

Una de ellas se llamaba Marta y con sus 27 años era mucho más joven que mamá. Marta tenía una particularidad que noté de entrada: estaba buenísima. Medía como 1,70 metros, tenía el pelo lacio y largo de color negro, peinado con una cola por detrás con flequillo a la altura de sus cejas. De esa forma quedaban al descubierto unos ojos negros muy redondos y grandes, siempre bien maquillados. Era esbelta, de largas piernas rematadas con el culo más redondo y duro que yo recuerde. Y sus senos se adivinaban redondos y firmes debajo de las ajustadas prendas que usaba. Bueno, en cuanto percibí a esa tremenda mujer mi vida empezó a ser un calvario.

El hecho de saberla inalcanzable me ponía muy mal. No pasaba día en que no la cruzara por los pasillos de la casa y en que no me hiciera las más descomunales pajas en su honor. Por mi parte, a esa altura, yo empezaba a insinuarme como un hombre con muchísimas posibilidades de aspirar a la mujer que quisiera. Medía 1,80 y mi cuerpo esbelto empezaba a tornearse con los duros entrenamientos que el equipo de rugby exigía. La verdad es que ya entonces no tenía problemas con las chicas de mi edad, pero eso no era consuelo: Marta prometía cosas que, sabía, ninguna de mis ocasionales conquistas de adolescente me podría dar.

Con el correr de los meses, empecé a tratar más a Marta. Muchas veces ella se quedaba en mi casa estudiando hasta altas horas de la noche y muchas de esas noches directamente dormía en el cuarto de huéspedes. Cuando eso sucedía me asaltaba la fantasía de penetrar en su cuarto y tomarla por la fuerza. Pero claro, jamás lo hice.

De a poco fui enterándome de cosas. Ella era separada. Había tenido un mal matrimonio con un tipo que resultó ser un hampón y que terminó sus días en prisión. Desde entonces vivía sola y no tenía novio aunque, sin dudas, no era nada parecido a una virgen. Aún así seguía siendo inalcanzable. Durante el verano, tenían la costumbre de estudiar en el parque, junto a la piscina. Eran para mí los peores momentos. A cada rato la cruzaba por la casa enfundada en una minúscula bikini y usando sandalias de altísimos tacos que resaltaban más sus torneadas piernas y realzaban la redondez de su culo. A esa altura ya teníamos mucha confianza. Solía decirme cosas como:

“Qué precioso que sos”, o “Cuántas chicas estarán muertas con vos”.

A mí me volvía loco. Créanme que era una verdadera tortura. Una vez mi madre la invitó a cenar con una pareja ocasional que oficiaba como su novio. Fue espantoso. Era un individuo semi calvo, mayor que ella, casi esquelético, con gafas y mal vestido. Creo que era filósofo o algo por el estilo. En fin, de cualquier forma me pareció un individuo patético que no cuajaba con la espectacular potra que era Marta. Ella debió darse cuenta en algún momento y lo mandó pronto a pasear. En otra ocasión me invitó a ir al cine. Yo no lo podía creer. Era una película prohibida, y yo era menor. Pero con mi altura y semejante hembrón del brazo nadie se atrevió a pedirme los documentos.

Pero yo la arruiné. Cuando terminó la película, la acompañé a su departamento y ella me invitó a subir. Dudo mucho que lo hiciera por sexo, pero al menos era una buena oportunidad para que yo lo intentara. De todas formas me dio tanto miedo que argumenté que era muy tarde y rechacé la oferta. La cosa siguió así. Ella me calentaba y yo me pajeaba. Hasta que llegó el final. Mi madre se recibió y ella lo hizo unos meses después. Ya no había causa para tenerla cerca y dejé de verla. Ese año ingresé a la Academia Naval. Eso significaba que tendría menos tiempo para pensar en Marta, pero cada tanto, cuando la soledad me invadía, recurría sistemáticamente a su recuerdo.

Un día me enteré por mi madre que se había vuelto a casar. Me insulté por ser tan idiota: si antes había sido difícil, ahora sería poco menos que imposible. Un par de años más tarde supe que había tenido una hija. Me enteré porque la encontré en la calle empujando un cochecito de bebé. Yo caminaba de uniforme y ella al verme exclamó: “Acá viene el más lindo hombre que jamás vi” La verdad es que dudo que lo dijera con alguna intención oculta. También dudo que supiera que al decirlo me clavaba un puñal en el corazón. Lo cierto es que yo la vi más hermosa que nunca y mi calentura se disparó al infinito.

Cinco años más tarde me enteré que se había divorciado y mi esperanza renació. Pero para entonces la vida había cambiado. Yo ya era hombre casado y además ya era comandante de una fracción de las Fuerzas Especiales. En este mundo de mierda donde las guerras sobran, me la pasaba en el extranjero, ora como combatiente, ora como observador militar. Ya no era tampoco un niño calentón. También en la cama había tenido mis batallas y Marta se había transformado en un deseo incumplido y asumido. Pero unos años más tarde, la vida me encontró en la casa de mis padres por un trámite de varios días que debía realizar en mi ciudad natal.

Curioseando en la biblioteca, encontré sin querer la agenda de mi madre y automáticamente no pude evitar verificar si la dirección de Marta estaba allí. Y estaba. Claro que estaba. Mi cerebro automáticamente elucubró un plan. Al otro día la llamé. Mi voz sonaba muy segura lo cual no me sorprendió, era lógico, ¿no creen? Tuve la suerte de que ella misma atendiera, porque después me enteré que vivía con su hija y yo no quería motivar las preguntas que cualquier hija sin padre haría a su madre acerca del desconocido que la había invitado a cenar.

Por supuesto que ella aceptó verme. ¡Hacía tanto tiempo! Pero por otra parte, no era descabellado pensar que, si la invitaba a salir, ella imaginaría mis intenciones de follármela. Quedé en pasarla a buscar por su casa esa misma noche. Y solo le puse una condición: “Ponete linda”. En rigor de verdad le mentí un poco. Le dije que esa noche tenía una cena a la que se suponía debía ir acompañado pero dado que mi esposa estaba muy lejos, había pensado que quizás ella quisiera ser mi pareja. De paso podríamos charlar de tiempos pasados.

La recogí a las 21 y mi sorpresa al verla fue mayúscula: a los 52 años estaba más buena que nunca. Su cuerpo no había cambiado nada. Estaba bien cuidado. Mucha gimnasia y pocos excesos. Lucía un vestido negro ajustadísimo de falda a la rodilla, medias negras que acentuaban sus siempre excelentes piernas y zapatos negros de taco altísimo. Había cortado su cabello negro a la altura de los hombros y su maquillaje resaltaba, como siempre, sus ojos redondos.

Tuve que esforzarme en el auto para vencer la tentación de acariciarle las piernas cuando ella las cruzó mientras recorríamos el camino al restaurant que había elegido. Era un lugar muy bien puesto en las afueras de la ciudad. A esa hora solo estaba lleno de parejas mayores y grupos de hombres o mujeres celebrando su encuentro social semanal. ¿No era una fiesta?, me dijo tan solo al entrar cuando notó que no había ninguna a la vista. Yo sonreí. “Lo es”, le contesté. “Es solo que nosotros somos los únicos invitados”.

Ella me devolvió la sonrisa y simplemente se sentó cuando aparté caballerosamente la silla para que lo hiciera. Fue una cena bárbara. Hablamos de todo un poco y regamos nuestra charla con abundante vino, detalle que intencionalmente cuidé que no fallara. Nos contamos nuestras vidas y verdaderamente la disfrutamos. Pero todo acaba. Ya los postres habían pasado y era hora de partir. Y en toda la velada yo no había dado ni un solo atisbo de mis verdaderas intenciones. Una vez sentados dentro del automóvil, y antes de arrancar el motor, me dije: “ahora ó nunca”. Me recosté en el asiento abandonando la llave de ignición mientras sentía su mirada puesta en mí y en total silencio. La miré, y le dije:

“¿Sabes una cosa?”. “Siempre quise invitarte a bailar”. Aunque no lo parezca, esa invitación era un avance hacia terrenos más íntimos. En la penumbra de una discoteca, con música de fondo y entre tragos, tenía yo la habilidad de follarme hasta a un muerto. Segundos largos como siglos demoraron su respuesta. Pero al fin contestó, luego de consultar su reloj. “Me encantaría”.

Fuimos a un lugar muy agradable, con terrazas al aire libre que permitían gozar del excelente clima reinante. La música era fuerte y de ritmo rápido, por lo que nos sentamos y seguimos nuestra charla mientras bebíamos unas copas. Cuando la música cambió a cumbia la invité a bailar. Primero separados, pude apreciar a la distancia el cuerpazo que iba a ser mío en cuestión de un par de horas más. Mi erección fue instantánea de sólo pensarlo. Así que la tomé de la cintura y apoyé mi instrumento contra su cuerpo para que ella lo notara. La reacción fue silenciosa, pero instantánea. Sus manos se colgaron de mi cuello y mis manos empezaron a dibujar círculos en su culito. No bailamos mucho. La situación empezaba a desencadenarse.

Sin decir palabra, la tomé de la mano y la llevé al auto de regreso. Arranqué y conduje directamente con rumbo al motel más cercano. Y en el viaje ya pude empezar lo que siempre había deseado: empecé a acariciar sus piernas y a colarme bajo sus faldas con destino a sus braguitas. Estaba muy mojada. Ella me dejó tan solo tocarlas, pero enseguida sacó mi mano, se agachó sobre mí y sacando mi polla erguida empezó a chuparla.

Detuve el auto en el cuarto, y la conduje dentro tomada de la cintura y sin dejar de besarla. Al entrar, cerré la puerta a mis espaldas y me apoyé sobre ella. Con mis brazos la invité a hincarse para que siguiera chupándomela. Verla así, a mis pies, mamándome el miembro como una puta sedienta me puso a mil. Yo la observaba, le acariciaba la cabeza y le decía:

“Eso mamita, chupámela bien. Vas a ser mi putita personal. Hasta te pagaré por tu trabajo”.

Ella se excitaba cada vez más. Cuando sintió que estaba yo ya cerca del fin, retiró sus labios. Se levantó y caminó por el cuarto para coger la primera botella de champagne que encontró. Sin decir palabra, me la alargó para que la descorchara, cosa que yo hice. Luego la tomó por el pico y bebió un largo trago mientras yo la desvestía a mi placer. Y mi placer consistió en sacarle todo, dejándola solo con su minúscula tanguita, zapatos y un collar de oro en su garganta.

Había soñado tenerla así mucho tiempo. Ahora iba a gozarlo. Ella se percató de mi deseo y caminó lentamente por la habitación para que yo pudiera follarla con los ojos. Desnuda era maravillosa. Yo habría asumido sin dramas los defectos que suponía tendría a los 51 años. Pero parecía de treinta y pico. Senos parados, culo erguido, piernas duras y lisas.

Esta vez ella se apoyó de espaldas a la pared. Recogió una pierna y también la apoyó. Era una invitación a lengüetear su coño. Me arrodillé, y comencé a lamerlo con pasión. Sus jugos caían a mares e inundaban mi garganta. Mis manos apretaban sus nalgas y ella, entre orgasmo y orgasmo, apagaba su sed con champagne bebiéndolo directamente de la botella.

No sé cuántas veces habrá acabado. Pero fueron muchas y ese era mi objetivo. Quería que se sintiera más follada que nunca antes. Me incorporé y la puse en cuatro patas sobre la cama. Mi polla estaba gigantesca. Ya de por sí mi instrumento es grande, pero confieso que hasta a mí me impresionó su tamaño. Me dolía por la tensión de la piel. La penetré de golpe y con furia. Ella lanzó un alarido de placer que me asustó un poco. Y con sólo ese acto tuvo un orgasmo…

La bombeaba con fuerza a veces y me detenía otras para acariciar sus senos o besarla en el cuello y boca. Mis manos jugaban con su culito embadurnándolo con sus propios jugos para lubricarla. Sin quitar mi polla de su raja la penetré por el culo con dos de mis dedos.

Ella volvió a gritar. “Eso. Fóllame, fóllame con dos pollas,” decía fuera de sí.

Quité mi pija de su coño y de un golpe le partí en dos el culo. Ahora sí era la revancha. Por todas esas pajas. Por todos esos años. Ella gritaba de placer.

“Acábate, acábate en mi culo. Lléname con tu leche y déjame beber el resto.”Y yo le decía:

“No lo haré, putita, a menos que me jures que serás para siempre esclava de mi polla. Y si te vuelves a casar, le pondrás los cuernos al infeliz y lo besarás aún con el gusto de mi leche en tu garganta”. “Lo juro, Lo juro”, gritaba a todo pulmón, “Pero acábate de una vez, ¡Por favor!” Yo acabé y el alarido esa vez fue sólo mío. Sentí el chorro de leche inundando su recto. Suavemente, aún gozando, la retiré de su orificio y ella se abalanzó hacia la rígida estaca para beber todo el jugo remanente y dejármela inmaculada.

Yo la veía aún sin poder creerlo. ¡La amiga de mi madre!, allí, en posición de perra, desesperada por beber mi leche. ¡Era una puta sedienta de mis jugos! ¡Era MI puta!

Tardamos un rato en recuperarnos. Pero de sólo mirarla me excitaba y volvía follarla. No sé cuántas veces lo hicimos hasta que el sueño y el cansancio nos vencieron. La calentura fue tal que aún antes de salir, ya duchados y vestidos, volví a follarla levantando su falda y apartando el hilito de su tanguita con mis dedos.

Después de aquella noche, no perdimos jamás el contacto. Ella se ha casado nuevamente con un viejo que…¡pobre!, es buen tipo, y hasta me da lástima ver cómo cree que su esposa es una Señora cuando en realidad ha cumplido fielmente su juramento de ser mi puta particular.

Muchas veces la he follado con su marido durmiendo en la habitación contigua.

Pero eso amigos, es otra historia.

Autor: Kralik

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Escrito por Marqueze

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Un comentario

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  1. amigo ud es el ejemplo vivient de que el q persevera vence, me encanta tu relato, lastima q las mujeres no podamos tener esas oprtunidades asi, imaginate… besos cuidate y sigue escribiendo..!!!

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