Mis pechos y mi hermano

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Entonces entró en la realidad y los acarició con vehemencia, los aprisionaba en sus manos, los recorría saltando de uno a otro, sosteniendo su gravidez, levantándolos y juntándolos apretando los pezones entre sus dedos mientras yo lo abrazaba para que pudiese tenerlos más cerca y para sentir el aliento caliente de su boca sobre mi piel pecadora.

Creo que nunca podré olvidar esa tarde en que le mostré mis pechos desnudos a mi hermano Oscar. Él me lo había pedido la primera vez de una manera tan simple y natural que no pude reaccionar indignada, como correspondía, sino permanecí muda y simplemente le dije que no. Un no que me salió en forma espontánea, sin buscarlo. Un no que seguramente venía desde un interior mío poderosamente condicionado por la estricta educación de mi familia. Oscar, que tenía en ese tiempo 19 años, o sea ocho menos que yo, no pareció sorprendido de mi negativa, más bien creo que la esperaba, de modo que no hizo mayor comentario y siguió ayudándome en las tareas de ordenar algunas cosas en la bodega de nuestra casa de campo.

Pero al día siguiente volvió a pedirme que le mostrara mis pechos desnudos y sin esperar mi respuesta, como asumiendo que de nuevo sería negativa, siguió moviendo cajas y sacos a los lugares que yo le indicaba mientras decía cosas en voz alta como hablando consigo mismo. Me decía que nunca había visto los pechos desnudos de una mujer, que se los había imaginado muchas veces, sobre todo se imaginaba los míos, que eran los que él tenía y sentía más cerca. Casi no hacía pausas al hablar. Me dijo que se imaginaba mis pechos redondos, como globos, que los veía grandes, ligeramente alargados, con unos pezones oscuros, directos, dilatados como dedos, rodeados de una aureola morada que brillaba en la oscuridad.

Me dijo que él pensaba que a mi mis pechos seguramente me dolían por retenerlos a la fuerza dentro de mi sostén y que estaba seguro que mis pezones, en la noche, cuando yo me acostaba, deberían estar delicados y que yo me los acariciaba para apacentarlos y para que pudieran descansar el uno junto al otro tibiamente. Yo me di cuenta demasiado tarde que no debería haberle permitido hablar de esa manera, pero era el caso que Oscar me decía esas cosas como si en realidad estuviera describiendo lo que veía, como si nada pecaminoso hubiese en eso, de tal modo que al fin lo dejaba hablar como si yo no lo escuchara. Pero lo escuchaba. Era imposible no escucharlo y era muy difícil no creer en la sinceridad de sus palabras que me llegaban sin ningún dejo de malicia y únicamente las veía como la manifestación de una curiosidad sin límites.

Era así que yo escuchaba lo que él me decía cada tarde, sin que por eso estuviese yo dispuesta a acceder a lo que me pedía, simplemente quería oírlo hablar, pensando también que de esa forma el podría descargar la tensión que parecía invadirlo debido a su deseo insatisfecho y algún día quizás ya no insistiría y olvidaría todo.

Pero no sucedió así.

Alentado por mi silencio se atrevió a contarme otras cosas y a decirme que ya el deseo de ver mis pechos desnudos se le había transformado en una especie de obsesión que no lo dejaba dormir tranquilo, que durante el día me miraba, sin que yo me diera cuenta y que estaba toda la mañana esperando ansioso que llegara la tarde para encontrarse conmigo en la bodega y decirme lo que le pasaba, porque de esa manera se sentía embriagado por un deseo creciente, que mi silencio hacía crecer más aún.

Me dijo que me miraba cuando yo me inclinaba y por el borde de mi blusa alcanzaba a percibir ese tajo profundo en el centro de mi pecho y que realmente sufría cuando mis pechos se levantaban y descendían por mi respiración agitada, allí en la bodega y que había encontrado uno de mis sostenes en el baño después de mi ducha y lo había besado y había puesto sus labios allí donde habían estado mis pechos y que seguramente yo sabía lo que a mí me pasaba en esos momentos, dándome a entender que se masturbaba habitualmente pensando en eso.

Yo había podido comprobar eso, cuando al ordenar diariamente las ropas de su cama había observado las gigantescas manchas amarillentas que sus eyaculaciones ocasionaban y que me obligaban a cambiar en silencio sin contarle nada a mi madre.

Fue así como llegó esa tarde de febrero, caliente y solitaria. Había un olor especial en la bodega, un olor de encierro seco y era esa hora de media tarde en que todo parece dormirse en el campo, en que ningún ruido llene el espacio y el tiempo parece detenido. Una hora de soledad. Cuando me buscó, no me encontró, porque yo estaba escondida tras unos cajones grandes llenos de maíz, pero él sabía que yo estaba en alguna parte. Había comenzado a hablarme lo de siempre, cuando yo le puse mi mano en la boca y él se quedó sorprendido.

Fui abriendo con lentitud los broches de mi blusa mi sostén blanco quedó expuesto y pudo comprobar que efectivamente, como me lo había descrito, mis pechos parecían querer estallar dentro de esa prisión sutil. Entonces, con la habilidad de las mujeres maduras, llevé mis manos a la espalda y con un solo movimiento aparté los broches y mis pechos surgieron insolentes hacia la libertad llenando el espacio frente a sus ojos. No puedo olvidar la expresión de su rostro, el brillo de sus ojos y el ligero palpitar de sus labios.

Se recuperó rápidamente de la sorpresa del regalo y sus manos extendidas acariciaron su anhelado tesoro, casi con temor de poder romper el hechizo, pero fue mi voz la que lo convenció que estaba en la realidad. Le dije que eran suyos, que yo se los regalaba, que podía jugar con ellos cuanto quisiera, que a mi gustaba que él los tuviese, que eso me hacía feliz.

Entonces entró en la realidad y los acarició con vehemencia, los aprisionaba en sus manos, los recorría saltando de uno a otro, sosteniendo su gravidez, levantándolos y juntándolos apretando los pezones entre sus dedos mientras yo lo abrazaba para que pudiese tenerlos más cerca y para sentir el aliento caliente de su boca sobre mi piel pecadora.

Y entonces vinieron otras tardes. Todas las tardes que restaban de ese verano. Esas tardes en que yo se los entregaba en cada momento, en cada rincón, cuando aprendió a mamarlos con delicadeza, a veces, y con furia otras, en que me sentí amamantando a un animal joven, hambriento y mío y en que los dos nos dejábamos llevar por este juego diabólico que nos llenaba cada día de un deseo creciente.

Y yo quedaba con los pechos dilatados y dolorosos, pero felices de saciar su boca cada día más anhelante de deseos prohibidos. Y en las noches, cuando frente al espejo recorría la mordida geografía de mis pechos, sentía que nada ni nadie me había dado nunca mayor felicidad intima que este secreto nuestro.

Nunca me diría nada nuevo, ni me pediría otras caricias que no fueran las descritas. Mientras yo, ahora en una espiral de deseo de hembra excitada me dejara abrazar en mis noches por fantasías audaces.

Él únicamente estaba haciendo realidad su deseo de mis pechos, como si un destete prematuro hubiese implantado en su mente esa necesidad que ahora satisfacía tan plenamente. Habría de ser yo entonces quien debería contenerse y estaba dispuesta a hacerlo para no romper el hechizo de nuestros encuentros.

Hasta que llegó última tarde del verano y habríamos de volver a la ciudad.

Ninguno de los dos quería hacer diferencia esa tarde. No queríamos admitir la separación, de modo que le ofrecí mis pechos como siempre con ansias de prolongar el disfrute cuanto pudiéramos. Lo sentí recorrerme como nunca, como si quisiera dejar improntada en mis pechos su máxima caricia y me sentí hervir cuando mis pezones eran azotados por su lengua y me sentí crecer en su boca de una forma desmesurada y mi cuerpo comenzó a latir como no lo había experimentado antes.

Mis manos, que sostenían su cabeza entre mis pechos, comenzaron a impulsarla hacia abajo, recorriendo mi vientre desnudo, siempre hacia abajo, hacia ese centro que me latía desesperado, anhelante y solitario, hacia ese centro entre mis piernas que se estaba derritiendo, que manaba deseo lÍquido sin interrupción que se abría como una flor madura mostrando descaradamente sus hojas abiertas y calientes como labios impúdicos.

Él no ponía resistencia alguna, con su boca pegada a mi piel entró en la zona de mi bosque, duro y espeso, sin detenerse, hasta que encontró el obstáculo en mi clítoris dilatado inflamado de deseo palpitante y supo que había encontrado su tercer pezón, el más duro, el más caliente, el más escondido, que lo estaba esperando sin yo saberlo desde el comienzo de nuestras tardes secretas.

Y su boca ya diestra lo hizo suyo, sin detenerse un solo momento, sin negarle ninguna caricia ningún mordisco, ningún beso.

Su lengua entrando y saliendo de mi para volver a besarlo y llevando el aroma de esos besos hasta mis profundidades que ahora eran suyas, sin que me lo pidiera porque yo se las estaba brindando de una manera brutal y hermosa, más hermosa en el momento en que sentía que me vaciaba sobre su boca hundiendo su cabeza en mi, para que nunca más pudiera hablarme de lo que deseaba porque yo se lo daría todo sin necesidad que él me dijese una sola palabra.

Autora: vital231

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Escrito por Marqueze

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