Monica

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Me propuse dos cosas con ella…curarla y follarmela. Aqui os cuento como me la follé

Recibí a Mónica por primera vez el 28 de diciembre de 2002. No suelo trabajar los sábados, pero había recibido muchas llamadas perentorias de pacientes al borde del suicidio y organicé una jornada especial de trabajo intensivo en un sábado que soportaría mejor así que en casa con toda la familia imbuida de espíritu navideño.

Afortunadamente, como se comprobará más tarde, Mónica fue la última citada y el germen del excepcional encuentro que voy a narrar pudo desarrollarse sin limitaciones achacables a un paciente posterior o al importunio de mi secretaria. Cuando ésta hizo entrar a Mónica en mi despacho me anunció mientras le indicaba en qué silla debía sentarse que si no me importaba se marchaba ya. “De ningún modo, Feliz Año Nuevo y recuerdos a todos en casa”, intentaba que la frase rebosase bonhomía por verdadero sentimiento hacia Alicia y por dar a mi entonces desconocida paciente impresión de psiquiatra reposado, benevolente y asequible.

No me dirigí a Mónica hasta haber hojeado su expediente. Observé un claro cuadro ansioso-depresivo con todas las somatizaciones de rigor, nada nuevo salvo que en la casilla de profesión vi que había escrito “religiosa”. Le pregunté al respecto, ¿era una religiosa de clausura exclaustrada precisamente con motivo de esta visita? Me respondió que no, no era monja de clausura. Vivía en una comunidad y daba clases en un colegio perteneciente a su orden. Intenté romper el hielo preguntándole si la fe no le resultaba suficiente para mantener el equilibrio anímico, quizá fui un poco brusco al formular la pregunta, pero la estrategia dio su resultado pues Mónica se quebró al instante y tras diez minutos de sollozos, que contemplé pertrechado tras mi escritorio limitándome a alargarle un manojo de pañuelos de papel, empezó a desvelarme el motivo de sus sufrimientos. No se trataba más que de una crisis de fe, algo irrelevante en grado sumo para mí pero que para ella significaba el desmoronamiento de todo su mundo, la privación súbita de casi todas las armas de las que disponía para hacer frente a la vida. Ya no podía participar en los ritos, no podía inculcar a sus alumnas valores en los que ya no creía. Le sugerí si se había planteado colgar los hábitos (en cuanto acabé de pronunciar la frase me arrepentí de haber usado tan estúpidamente la expresión) e inmediatamente me respondió que no sólo se lo había planteado sino que había tomado la decisión de hacerlo hacía tiempo. ¿Cuál era pues la fuente de tanto sufrimiento? ¿Quizá el temor ante el futuro económico? Me contestó que no, poseía un doctorado en Ciencias Naturales y suficiente experiencia profesional como para estar tranquila a ese respecto. Su angustia provenía del tiempo perdido por un lado y por otro de la necesidad no ya de reconstruir sino de erigir desde la base toda su vida en lo tocante al afecto, a la vida social y al sexo. Dijo esto último con tal naturalidad que no pude menos que sobresaltarme, estaba sin duda ante una mujer excepcional. Miraba en ese momento por la ventana con aire distraído, era evidente que estaba sufriendo mucho al desvelarse ante mí tan vulnerable y triste así que su más que evidente y muy desarrollada noción de la dignidad le obligaba a fingir incuria.

Observé su rostro vuelto hacia el exterior, era un rostro noble, de rasgos regulares, vestía como una monja cualquiera toda de gris y con ropa amplia que ocultaba sus formas pero su manera de sentarse, de acariciar su cabello y sus mejillas –gesto que realizó con enorme lentitud, como recreándose en ello- de cruzar las piernas y juntar las manos desprendían una gran sensualidad. Le ofrecí una psicoterapia individual a partir de enero y ella se mostró de acuerdo.

Pasé las Navidades esperando el 13 de enero e intentando rememorar a Mónica con el máximo posible de detalles. Cierto que estas evocaciones desembocaban invariablemente en frenéticas masturbaciones pero no sólo era eso, deseaba volver a verla para gozar de nuevo de su presencia, para aprehender el mayor número posible de detalles de su anatomía y sus gestos, pero también, y no en menor medida, para iniciar una psicoterapia que desde un punto de vista profesional se me antojaba apasionante. Me marqué dos metas

, curar a Mónica y follar con ella. Pero para no aburrir al sátiro lector narraré lo segundo aquí y lo primero en alguna publicación académica.

El tan esperado acontecimiento tuvo lugar en el mes de junio y tuvo lugar en mi consulta, tal y como yo llevaba meses soñando. La sesión estaba prevista para las ocho de la tarde pero estábamos sumidos en animada conversación cuando miré el reloj y observé que ya eran más de las nueve y media. Se lo dije a Mónica y vi que se turbaba enormemente, “me he prometido a mí misma no irme hoy de aquí sin hacerte una confesión muy íntima”. “No puede ser muy íntima”, pensé, “es la paciente con una personalidad más diáfana que he tratado jamás”, pero me abstuve de decir lo que pensaba. Mónica era siempre franca y sincera, captaba a la perfección las posibilidades de la psicoterapia, pero lo que me dijo me paralizó: “Hemos avanzado mucho en todos los aspectos y me siento equilibrada en todos los sentidos: he abandonado la orden en armonía personal y en buena relación con mis antiguas hermanas, me he afianzado en mi trabajo, he conseguido adquirir muchas habilidades sociales, pero hay algo que sigue igual y ese algo que me falta por completar es el sexo. Lo sigo ignorando todo respecto al sexo y se ha despertado un deseo irrefrenable en mí de aprender y de disfrutar. Quiero que sepas que sólo hay un hombre con el que quisiera que fuera mi primera vez y que ese hombre eres tú.”. Toda la sangre de mi cuerpo pareció dirigirse hacia dos partes del mismo exclusivamente: mi cara y mi pene. Efectivamente notaba el ardor en mi rostro y una enorme erección a la vez que una inexpresablemente gozosa comezón en mi testículos, intenté decir algo pero no fui capaz de articular palabra. Mónica seguía hablando, “sé que es imposible porque tú eres mi psiquiatra y porque eres un hombre casado, pero quería que lo supieras”.

Sin pensar en las consecuencias actué con gran solvencia y no me reconocía a mí mismo en mis actos; supongo que mi subconsciente tenía tan interiorizado el deseo por Mónica que había ensayado los pasos a seguir en ese momento. Le tendí la mano por encima del escritorio y ella la cogió con delicadeza, la atraje hacia mí haciéndole rodear la mesa y la senté sobre mis rodillas. Yo esperaba cierta reticencia por su parte, pensaba que su discurso no buscaba materializar el deseo que exponía sino relacionarse sexualmente conmigo de forma más intelectual que corporal, por otro lado resulta lógico que una monja que ha abandonado la vida religiosa hace seis meses sienta cierto reparo hacia la posibilidad de mantener relaciones sexuales con su psiquiatra que, por si fuera poco, es un hombre casado. Pero en lugar de demostrar reticencia alguna Mónica sonrió complacida cuando la senté sobre mis rodillas y se entregó a acariciarme maternalmente el pelo. Sin dejar de mirarla y de sonreír complacido con mi mano izquierda (la derecha palpaba ya entregada su rodilla derecha y se lanzaba a un prometedor ascenso) cogí el mando a distancia de la cadena de música y puse a funcionar el CD que había puesto: Las Barricadas Misteriosas de Couperin; todo es propicio, pensé, incorporé a Mónica y le hice girar sobre sus talones hasta que me dio la espalda por completo. Me prometí a mí mismo posponer mi placer hasta procurar a Mónica el máximo goce del que fuese capaz. Me acerqué y pegué mi cuerpo contra su espalda; mi pene, ya enteramente itifálico fue a encajarse entre sus nalgas y ella hizo ademán de contonear su cuerpo pero yo la detuve. Rodeando su cintura y abarcando su estómago con ambas manos comencé a besar su cuello intentado no besuquearlo, ella sonreía satisfecha y hacía oscilar muy lentamente su cintura. Mordisqueé su cuello y su lóbulo, arrancando gemidos de aprobación tan insinuantes que temí eyacular en ese momento a pesar de la presión de los pantalones sobre mi pene que, pugnaz, porfiaba por salir y respirar aire fresco antes de introducirse en el cuerpo de Mónica.

Le di la vuelta y con el fin de dominar mi excitación y de que ella se sintiera tranquila, propicié que durante 2 ó 3 minutos permaneciéramos el uno frente al otro acariciándonos el rostro y los cabellos mientras nos dejábamos llevar por el clavicémbalo. Al cabo de ese tiempo atraje a Mónica hacia mí, rodeando su cadera con mi brazo derecho y con mi mano izquierda sobre su meji

lla pegué sus labios contra los míos después de decirle que se dejara llevar, que a partir de ahora yo me encargaría de todo y de que ella asintiese con una sonrisa cómplice y aliviada. La besé varias veces abriendo cada vez un poquito más mis labios, acto que ella repetía obediente. Por fin introduje la punta de la lengua en su boca lamiendo primero su labio superior, explorando su encía en gozoso tránsito por su perfecta hilera superior de dientes y uniéndola a su lengua después. Pensé en lo que debía estar sintiendo ella en ese momento e intenté recordar la primer vez en la que mi lengua entró en contacto con la de una mujer, pero no fui capaz. Estuvimos besándonos así, tiernamente, durante un buen rato. Yo estaba obnubilado, la noción del tiempo había desaparecido para mí hasta que, súbitamente me dije a mí mismo que esto no era nada, que todavía quedaba desnudar su cuerpo, admirar su cuerpo, tocar, palpar, hollar, explorar, lamer, chupar, oler, sentir, explorar y penetrar su cuerpo. Así que anticipando en mi mente el placer empecé por desabrochar su blusa mientras ella se dejaba hacer estremeciéndose a cada botón que se soltaba, gimiendo en cada ocasión en la que mis hábiles dedos rozaban su piel increíblemente blanca y extremadamente tersa, sonriendo cada vez que la miraba. Al quitarle la blusa me admiré de sus perfectas proporciones y me sorprendí gratamente al descubrir que su sujetador era elegante y elaborado. Decidí desnudarme a la vez, quitarme la prenda correspondiente de mi vestuario en cada ocasión que le desprendiese a ella de una suya. Me quité la camisa con su ayuda y ante su atentísima mirada. Poniendo la mano sobre su cuello acerqué su boca a mi pezón derecho y le pedí que lo lamiera pero ella demostró más voluntad que habilidad así que decidí enseñarle cómo debía hacerse e inclinándome empecé a dar lentos y reiterados golpes con la punta de mi lengua sobre sus pezones alternativamente para mordisquearlos a continuación con suavidad, ella mostraba tal excitación que llegó a preocuparme que sus gemidos, hipidos y suspiros llegasen a los oídos de mis vecinos, pero lo cierto es que la excitación hizo que esta preocupación se desvaneciera rápidamente. Ella se aplicó a poner en práctica mi enseñanza y se reveló como una alumna aventajada, hasta tal punto que cuando quise darme cuenta su boca jugueteaba en una de mis tetillas y su mano con la otra. Sentí un enorme deseo de quitarme toda la ropa, sentía calor y sentía como mi miembro sufría al ver constreñidas sus embestidas por la ropa, así que apartando a Mónica de mí me quité primero los pantalones. El espectáculo le hizo gracia ya que el bulto en los calzoncillos era enorme, ambos reímos gustosos. Yo bajé mis calzoncillos procurando no lastimarme y mi pene saltó espoleado, libre por fin, henchido y presentando un enjambre de venas surcándolo, húmedo y colorado; ella lo miraba fijamente y yo cogiendo su mano derecha la llevé hasta él e hice que lo palpase. ¡Qué duro está! exclamó con una mezcla deliciosa de inocencia y admiración. Quítatelo todo cari&ntil deleitación aumentaba al adquirir conciencia de que mi lengua era la primera que exploraba aquellos parajes aún agrestes, ¡qué privilegiado me sentía! Opté por penetrar en su sexo y hundí mi lengua en él abriendo los ojos para contemplar el maravilloso espectáculo de su vientre contoneante y de sus generosos pechos oscilando al ritmo de sus movimientos circulares. Me deleité en el ácido pero incomparable sabor de aquel coño que se me antojaba jamás me cansaría de comer. Mi lengua recorrió llena de gozo sus pliegues y recovecos hasta que se lanzó a por clítoris que halló totalmente erecto. Lo golpeteó y enseguida noté como los muslos de Mónica aprisionaban mi cabeza, se estaba corriendo e inmediatamente llegó el líquido fruto de su orgasmo hasta mi boca, tragué todo lo que pude y proseguí mi labor con su clítoris pero añadiendo un leve masajeo con mi dedo índice en torno a su ano, bordeando y tanteándolo pero sin llegar a penetrar en él. El efecto fue inmediato ya que Mónica, presa de sacudidas casi espasmódicas alcanzó su segundo orgasmo. Con delicadeza la hice descender del sofá y ella se sent&oac

ute; sobre sus rodillas jadeante y empapada de sudor sin dejar de sonreírme mientras yo me ponía de pie pensando que se hallaba en la posición perfecta para la práctica que había decidido abordar. ¿Quieres probar mi polla?. Asintió encantada, como un niño ante el anuncio de un regalo y yo me acerqué hacia ella de tal modo que mi falo quedó a la altura de su boca. Guié su mano derecha hacia mis testículos que le indiqué debía masajear circular, suave y regularmente, su mano izquierda se asió a mi nalga, supongo que pretendía no separarse del objeto de su deglución porque lo hizo con fuerza provocando en mí un repentino placer al separar mis nalgas. Abrió la boca y engulló mi falo con suavidad, yo inicié el movimiento de su cabeza y empecé a sentir que tanta excitación acumulada iba a pasarme factura, lo siento, amor, no puedo aguantarme más le dije mientras intentaba sacar mi pene de su boca para evitar que el torrente le atragantase. Sin embargo ella apartó mi mano con la suya e introdujo la práctica totalidad de mi miembro en su boca, pensé que quería corresponderme ya que yo había degustado el fruto de su placer y me abandoné. Mónica no se atragantó sino que pareció ingerir sin mayor problema mi semen. Nos tumbamos en el sofá y nos besamos largamente mientras ella exploraba mi cuerpo, el primer cuerpo de hombre a su disposición. No tardé en recuperar mi potencia eréctil ni en notar la humedad que desbordaba la entrepierna de Mónica así que a los cinco minutos de caricias la coloqué sobre mí en postura de 69. ¡Cómo gocé entonces! No daba más de mí, deseaba tener dos lenguas o al menos una bífida para lamer y explorar, gozar y completar aquellas dos sublimes cavidades a un mismo tiempo, pasaba frenético del coño al culo y del culo al coño. Ella mostraba su impericia, pues el placer que sentía era tan intenso que se olvidaba de mí, pero fue mejor así porque pude seguir erecto sin eyacular de nuevo y la descabalgué para penetrarla, la tumbé boca arriba, nos besamos larga y profundamente mezclando semen y saliva, sudor y flujo, deleitándonos y explorando cada uno la boca del otro y le anuncié que deseaba penetrarla pero cuál fue mi sorpresa al pedirme ella que no lo hicera. No indagué los motivos, decidí posponerlo pensando que quizá sintiera algún reparo al coito o miedo al dolor f&iacut Desde luego ha habido más encuentros con Mónica, pero no quisiera aburrir al lector. Espero simplemente que este le haya entretenido.

Autor: Anonimo

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Escrito por Marqueze

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