MUCHOS AÑOS DESPUES

Nunca había tenido aquella sensación. Las películas porno no le gustaban, y las eróticas únicamente le servían como preámbulo de una noche de lujuria, y eso sólo si las veía en buena compañía. Pero en aquella ocasión la había disfrutado completamente solo y no había podido resistir la tentación de entregarse al onanismo más primario.

Sin duda, aquella chica se parecía, como si fuera una copia, a ella. Claro que no era ella: conocía su cuerpo a la perfección. Y lo peor es que, más que conocerlo lo recordaba, lo añoraba. Además, Ella nunca había tenido inquietudes interpretativas, y por si fuera poco, el papel que desempañaba era impropio de una cuarentona casada con dos hijos preadolescentes. Hacía mucho tiempo que intentaba olvidarla, y aunque durante largas temporadas no le venía a la cabeza, cíclicamente se presentaba en sus pensamientos. Ahora en cambio, era distinto: se le manifestó de la manera más evidente, como si la última vez que la poseyó hubiese sido ayer.

Hacía pocos días, por casualidad, en la pantalla del ordenador había aparecido el nombre, el lugar de trabajo y la dirección de e-mail del lugar de trabajo de ella. Realmente, la casualidad se debió a que él escribió su nombre completo en el Google, pero le gustaba pensar que era el azar el que lo había hecho posible. Y había estado tentado, desde el primer momento, de enviarle alguna nota anónima. Pero ahora, después de ver aquella película porno que había bajado de internet mientras mataba el tiempo, no era sólo una tentación, sino una necesidad. Así que entró en la cuenta de correo que días atrás había creado expresamente para la ocasión, por si finalmente se decidía, revisó el cuaderno de notas donde había escrito las señas de ella, y le mandó un mensaje, con un archivo de la película que acababa de ver:

Está igual de buena que tú, folla tan bien como tú, y es tan puta como tú. Incluso os parecéis físicamente. De parte de uno que lo sabe bien.

Una vez había pinchado la casilla para enviarlo, pensó que ya no había vuelta atrás. No se arrepentía, pero sintió el temor de ser descubierto. A pesar de ser consciente de que la lista de amantes de ella era considerablemente larga, sabía que él entraría en la quiniela, y el hecho de saber que más pronto o más tarde volvería a la mente de aquella zorra que lo había abandonado, le excitó y le hizo recordar la última vez que estuvieron juntos.

Él pensaba que habían terminado sólo la carrera, pero ella tenía planeado, desde hacía tiempo, que este final coincidiría con él de su relación. Una señora licenciada necesitaba una cosa distinta de un chaval de buen ver que la satisfacía sexualmente, y no dudó en ejecutar sus planes. Pero esa noche de celebración, después de la cena con el resto de compañeros de promoción, decidió poner el broche que se merecía aquella aventura y disfrutar por última vez de aquel semental que la volvía loca de placer. Por eso fueron a su piso de estudiante. O, mejor dicho, al que hasta hace poco había sido su piso de estudiante, y que abandonaría, como a su amante y como otras muchas cosas, para medrar profesional y personalmente sin el más mínimo escrúpulo, sin el más remoto arrepentimiento.

Habían estado bastante borrachos después de la cena y las copas en los pubs, pero un par de horas sin beber les había conducido a ese punto de ebriedad en que los sentidos están a flor de piel, sin pasar la raya del descontrol. Habían ido directamente a su habitación, y él había decidido también que aquella noche tenía que ser especial, sin saber que era la última. Los preámbulos habían empezado hacía mucho, pues

en la cena y en los garitos que habían visitados los morreos, los sobos y las insinuaciones los había puesto a tono. Por eso, cuando traspasaron la puerta de la habitación el cuerpo les pedía lanzarse sin rodeos.

Él se desvistió rápidamente, para observar tendido en la cama cómo ella le regalaba con un strip-tease, quitándose la ropa lentamente sin dejar de observarlo con esa mirada que le derretía. Totalmente erecto, contemplaba su cuerpo perfecto, sus muslos carnosos, sus caderas remarcadas por la estrechez de una cintura donde se habían perdido tantos besos, sus pechos abundantes y bien plantados, coronados por unos pezones que estaban la mayor parte de las veces tiesos como balines. Si aquel cuerpo siempre había demandado un trabajo bien hecho, aquella noche parecía exigirle todavía más.

Cuando ella se tendió en la cama empezó a comerle la boca, lentamente, deleitándose con el contacto de las dos lenguas, más húmedas de lo habitual. Mientras, con la mano le acariciaba el sexo, que ya había comenzado a lubricarse, quizá por la excitación de mostrar su cuerpo desnudo por última vez, como sólo ella sabía. Él quería premiarla, sin saber que no lo merecía. Por eso bajó enseguida a buscar el tesoro que guardaba entre sus piernas, sabedor de que era lo que más le gustaba, lo que la transportaba a un estado de éxtasis que hacía contorsionar su cuerpo como una posesa. Empezó a pasar su lengua por su vagina, recorriéndola arriba y abajo, pero a fuego lento, evitando las zonas culminantes. Cuando pasaba por el orificio de entrada al templo del placer, y cuando, en su recorrido, encontraba el clítoris que iba creciendo en cada paseo, se detenía mínimamente y con su lengua experta trabajaba la zona a conciencia.

Ella iba aumentando el ritmo de su respiración, y no tardó mucho en empezar a jadear y a arquear su cuerpo. Empezó también su juego de caderas, que le hacían elevar la vulva hacia el rostro de él, que recibía los embates con agradecimiento, sepultando completamente la cara entre sus muslos. Estaba claro que estaba a punto. Muchas veces ella había llegado al orgasmo con las atenciones de su lengua, pero él había decidido que esta vez iban a explotar a la vez. Se sentía capaz de conseguirlo. Paró de lamer su coñito para humedecer la punta de sus dedos. Enseguida volvió a comer aquel plato exquisito, mientras que con sus dedos mojados en saliva subió los brazos hasta alcanzar los pezones que coronaban sus tetas. Los tocó, primero suavemente, y después empezó a pellizcarlos, aumentando paulatinamente la presión de sus dedos. Pero los gemidos de ella, que eran ya casi como alaridos, le indicaron que si no paraba se correría y no conseguiría su propósito. Así que cambió de posición y se dispuso a seguir el juego como lo había previsto.

De rodillas, cogía su propio pene con una mano, y lo paseaba por su vagina como había hecho antes con su lengua. Cuando llegaba a la entrada de la cueva, metía un poquito el capullo, en cada paseo un poquito más, y ella lo premiaba con un gemido especial. Con la otra mano le sobaba las tetas, con codicia, aprisionándolas alternativamente y tocándolas como si las amasara. Pero estaba claro que ella no podía aguantar aquello mucho tiempo, como lo demostró levantando un poco la cabeza, mirándolo a los ojos, y pronunciando aquellas palabras que se le quedaron grabadas en la retina para siempre:

– Cariño… Por favor…

Él tampoco podía más. Necesitaba follarla, poseerla, hacerla suya. Pero se hacía necesaria una pausa.

– Espera, que me pongo el preservativo -dijo él…

– A pelo… Fóllame a pelo -exigió ella casi gritando.

No podía ser de otra manera. Ella sabía que una pausa hubiese roto el encanto, y no quería que nada maculara uno de los mejores polvos de su vida. Él no se lo pensó dos veces. Entró con toda su verga dentro de ella y empezó a empujar. Tenía la polla cómo no la había tenido en la vida. Llegaba casi al dolor, y hubiese jurado que se trataba de un problema fisiológico, de priapismo, que le hubiese hecho parar si no hubiera sido porque los flujos de la vagina de ella actuaban sobre su glande como un bálsamo, porque el tacto de los músculos de aquel coño grandioso le impedían detener su movimiento, y porque la constatación del gusto que sent

ía al notar la piel de su polla subiendo y bajando le impedía renunciar a aquel placer.

Ella gemía como una loca, y con sus caderas marcaba el ritmo que necesitaba. Un ritmo que aumentaba a más velocidad de la prevista, hasta que en un momento dado ella le cogió el culo con ambas manos, con fuerza, y empezó a empujarlo contra sí misma para notar todo su coño repleto de carne. La cadencia era ya insostenible, no se podía mantener por más tiempo, y sus cuerpos sudados habían empezado lo que parecía una lucha a muerte. Una lucha que terminó con los gritos ensordecedores de ella, que se confundieron con una especie de gruñido sordo por parte de él en el mismo momento en que descargaba su leche en el mejor destino que podía tener y hundía su cara entre sus tetas. Lo que pasó después fue banal.

Unas cuantas caricias, unos pocos besos, hasta que fueron vencidos por el sueño. Al día siguiente él se marchó sin saber que era la última vez que entraba en aquel piso de estudiante, que era la última vez que penetraba aquella cueva de placer que ella guardaba entre sus muslos. Todo fueron excusas. Que si se había ido al pueblo con sus padres, que si le venía mal quedar, que no quería que hiciera tantos kilómetros para verla… Hasta que a finales de agosto consiguió verla para escuchar lo que no quería: – Todo ha terminado. Lo siento.

Poco después se enteró que ella, recién licenciada, como él, había conseguido un buen trabajo, sin duda desacorde con su expediente académico. También se enteró que las malas lenguas aseguraban que la mano de un personaje, poderoso y maduro, con el que a ella se la veía habitualmente, habían tenido algo que ver. Y todo se confirmó cuando este personaje abandonó a su mujer para irse a vivir con ella, en un chalet adosado cercano al pisito de estudiante donde ella había vivido mientras estudiaba. Y es que es fácil cambiar de maromo, pero da mucha pereza cambiar de barrio. Las malas lenguas continuaron diciendo que los aspectos materiales los solucionaba su pareja, un ricachón orondo que la lucía entre sus amistades como si fuera un trofeo, pero los carnales se encargaba ella misma de resolverlos, intimando con machos en peor condición económica pero con una condición física que superaba con mucho la del cornudo. Él, por su parte, la fue olvidando paulatinamente, aunque nunca del todo. Si al principio todo esto le atormentaba y lo tenía presente a todas horas, después era sólo cíclicamente cuando sus pensamientos le sumían en la añoranza.

A los dos días, al abrir el correo, le sorprendió ver un mail que llevaba por reclamo el nombre completo de ella. Lo abrió impaciente, y lo que leyó le dibujó una sonrisa en el rostro. Los fantasmas del pasado, los que pensaba que estaban enterrados hace tiempo, estaban más presentes que nunca, y no pudo evitar comprobar cómo su sexo empezaba a crecer al leer la última frase de aquel mensaje que decía:

No hace falta que disimules. De todos los que han pasado por mi cama (y por otros sitios que sería largo exponer), el único lo suficientemente imbécil para escribirme un mail como éste eres tú. Si como macho me satisfacías como el que más, nunca te has caracterizado por tu inteligencia. Te aseguro que continúo estando igual de buena, y que sigo siendo igual de puta. Lo único que creo que ha cambiado es que ahora follo todavía mucho mejor. Sin duda mejor que la guarrilla esa de tres al cuarto de la porquería de película que me has enviado y que no he podido ver más de cinco minutos. Si has podido encontrar mi dirección de correo, estoy convencida de que podrás encontrarme en persona. Así que, si quieres comprobar que todo lo que te he dicho es cierto, no dudes que serás bien recibido.

Autor: Ginjol5

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Escrito por Marqueze

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