No era lo que parecía.

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Cuando pisé aquel bar de copas, el último abierto en la zona antigua de la pequeña ciudad de interior en la que estaba, tenía claro que era para tomar el último gin tonic e irme para casa. Me lo había pasado bien ese día, a pesar de ser la “amiga soltera” de la novia, la única sin acompañante en el banquete. Había roto con mi pareja desde hacía mucho un año antes y, aunque tenía un par de rollos de verano, nada formal que llevar a una boda. Envié varios mensajes a uno de ellos durante la boda y algunas fotos. Él me prometió que me iba a enterar de lo que era bueno cuando nos viéramos esa semana, cuando volviera de su escapada con unos colegas. A esas horas, mis amigos emparejados ya se habían ido a casa hacía tiempo pero yo tenía ganas de fiesta y decidí quedarme con un par de amigos del novio y alguna gente más. El más hablador llevaba tiempo tirándome la caña y frotándose contra mí más de la cuenta en el baile pero yo ya tenía decidido que no tenía ninguna posibilidad de triunfar conmigo esa noche aunque yo llevara una copa de más encima.

 

Pidiendo, un chico simpático aunque bajito me entró, tomamos un chupito juntos y bromeamos. Yo sabía que estaba atractiva esa noche, muy sofisticada, con el pelo recogido de forma sugestiva, al estilo pin up, nada de recogidos chabacanos de peluquería; y un mono negro sin mangas con un profundo pero discreto escote que marcaba mi silueta delgada con elegancia. Ni tacones artificiosos ni maquillaje, considero que mis pecas encantadoras no lo hacen necesario y mis arruguitas de expresión son fruto de mis 34 años y de mi bonita sonrisa, que saco a relucir frecuentemente.

 

Seguimos charlando, me lo estaba pasando mejor que con los otros plastas, y entonces vi al amigo del chico simpático de reojo. Alto, serio, muy atento a nuestra conversación aunque sin intervenir. Con el pelo negro y rizado, muy abundante a pesar de las incipientes entradas. Con barba de varios días y unos ojos negros de mirada muy intensa. “Veintinueve,” calculé rápidamente.

 

La situación se prolongó hasta que bromeé: “Dices que soy muy maja pero a tu amigo no le he caído bien, no me está haciendo ni caso.” Él se sorprendió y me farfulló algo sobre estar cansadísimo… era evidente que un poco borracho también. “Jaime es muy serio,” intervino el bromista, “pero baila muy bien.” Jaime y yo nos miramos. Propuse bailar, entonces. “Sí, baila conmigo,” me dijo muy cerca del oído. Era verdad que bailaba bien, tenía mucho ritmo, sabía llevarme y colocar su cuerpo de la manera adecuada. Yo siempre he tenido la teoría de que los buenos bailarines son también buenos amantes y los bailes latinos bien bailados son muy sensuales. Pronto su amigo quedó olvidado y nos concentramos en nosotros y nuestros cuerpos. “Sería una pena que tuvieras pareja, te encuentro muy atractivo.” Cuando le dije eso, me miró fijamente a los ojos y me besó en la boca, en una esquina del bar. En cuanto me pasó un brazo por la cintura y con su otra mano subió por mi espalda hasta agarrarme la nuca, me derretí y noté como se juntaba la humedad entre mis piernas. No hacía mucho que echaba un polvo pero ese chico me ponía, y mucho.

 

Nos besamos hasta que oí un carraspeo a mi lado. Era la menguada comitiva de la boda que se iban y venían a despedirse. Un poco azorada, miré a Jaime y decidí quedarme. En cuanto se fueron, me dijo: “Ven conmigo a mi casa, vivo solo.” No lo pensé mucho, sus labios, su lengua rozando mis dientes y sus manos expertas habían hecho que mi cuerpo decidiera por mí. “¿Tienes condones?” le pregunté de camino y me aseguró que sí, antes de alzarme en volandas en mitad de la calle y colocarme a horcajadas sobre su propio cuerpo. Mientras me besaba, notaba su polla dura frotándose contra mi entrepierna, haciendo que me excitara una barbaridad.

 

Al volver a dejarme en el suelo, me dijo: “Quiero que hoy seas sincera conmigo en todo. Ven aquí y tócame, mira lo dura que la tengo.” Yo me sorprendí y me mojé más todavía, era menos tímido de lo que parecía, me había parecido apocado al principio. Me cogió la mano y la apretó contra su paquete, yo seguí por iniciativa propia y le apreté el culo mientras le sobaba la polla por encima de los vaqueros, tenía buen tamaño. “¿Te gusta?” me preguntó. “Sí,” respondí sin dudar mientras seguía tocándole. “Me gusta mucho.”

 

Al llegar a su casa, me llevó a la habitación directamente y me tiró sobre la cama. Sin perder tiempo, se quitó la ropa, quedándose solo con los gayumbos y se acercó a mí. Tenía un paquete enorme y se veía tiesa como un mástil. “Quítate eso,” me dijo señalando mi ropa. Yo obedecí, me excita que me den órdenes, que me digan lo que quieren que haga en la cama. Tumbada sobre la cama, en ropa interior, lo vi venir hacia mí. Me quitó el sujetador y me sujetó las tetas, lamiéndolas, chupando, tocando y apretando con precisión. Yo gemía como una perra en celo. Bajó las manos por mi cuerpo y me quitó las bragas. Con las dos manos y mucha decisión, me abrió las piernas de golpe. Observó mi coño, totalmente depilado, expuesto, con las piernas abiertas y lo recorrió con un dedo, notando lo húmeda que estaba, chorreando. “Tienes un coño precioso,” me dijo abriéndolo con dos dedos e inclinándose para lamerlo. Para ese momento yo tenía como ida la cabeza de lo excitada que estaba. Me comió el coño despacio pero casi con violencia, succionando y recorriéndolo con la lengua mientras con un dedo primero y luego con dos me penetraba. Las sensaciones me inundaban y mientras me apretaba las tetas y me pellizcaba los pezones con los dedos me corrí aullando de placer.

 

Cuando me dejé caer sobre la cama, con todo el cuerpo acalambrado por los restos del orgasmo, se colocó de pie a mi lado. Yo me pasé la lengua por los labios, la noche acababa de empezar. De rodillas sobre la cama, le quité los calzoncillos mientras le recorría con las manos y él me besaba el cuello y me tocaba las tetas, acariciando, retorciendo y pellizcando suavemente. Su polla era bastante grande, larga pero no demasiado gruesa. Empecé a recorrer toda su longitud con la mano, pajeándolo con intensidad. Él me puso de lado, para poder acceder con sus dedos a mi coño y empezó a masturbarme despacio. Yo jadeaba como una loca, él movía los dedos en círculos y bombeaba dentro de mí, haciendo que deseara que me follase. Así que se lo pedí, gimiendo. “Fóllame, ¿quieres follarme?” Rápido, sacó un condón de la mesita y se lo puso mientras yo arañaba su espalda y mordía su hombro, realmente quería sentir esa polla dentro de mí. Me tumbó sobre la cama y me levantó las piernas en V y me la metió hasta el fondo de un empellón. No le costó trabajo, yo estaba muy lubricada. Se me pusieron los ojos en blanco de placer y se lo agradecí. “¡Sí! ¡Así! ¡Fóllame así!” Sin decir ni una palabra empezó a acariciarme el clítoris mientras me follaba despacio pero fuerte. Con mis piernas apoyadas contra su pecho, ambos observábamos como su polla entraba y salía de mí. Noté como el segundo orgasmo se acercaba y respirando con fuerza, se lo anuncié. Me penetró más fuerte, más duro, sujetándome por la cadera hasta que me rechinaron los dientes y dejé caer la cabeza hacia atrás, muda de placer y noté como él aceleraba el ritmo de su respiración y se corría dentro de mí con abandono con un último empujón.

 

“Espera aquí,” me dijo después de salir de mí y se fue para deshacerse del condón en el baño. Yo me quedé sobre la cama, totalmente relajada, observando su mundo a mi alrededor. Cuando volvió, yo estaba boca abajo. Le oí acercarse y noté como, de repente, me separaba las nalgas y me lamía el culo, metiéndome la punta de la lengua en el ano. Después de un brinco por lo inesperado de la actuación, me retorcí de placer mientras apretaba la sábana con los puños. “¡Sorpresa!” anunció sonriendo cuando sacó su cara de mi culo. Yo quería más, estaba cansada pero lista para que me diera más caña. Este chico era un pozo de sorpresas. Se tumbó a mi lado, nos tocamos, besamos y mordimos con pasión. Él quería que se la chupara, ya estaba listo de nuevo, y me animó a ello, sujetándome por los hombros y empujándome hacia abajo. A mí me encanta meterme una buena polla en la boca pero me resistí, quejándome porque no me había dejado tener la iniciativa. “Eres muy dominante en la cama. No lo pareces,” le dije desafiante. Respondió poniéndose de pie en el suelo y acercándose a mí, que estaba a cuatro patas sobre la cama. Me puso la polla delante de la cara y me la pasó por delante apuntando hacia mi boca. Ya no me pude resistir, agarré y masajeé sus huevos mientras lamía el tronco y la base de su verga de arriba abajo. Cuando me la metí en la boca del todo, deshaciéndome de gusto, moví la lengua en círculos y miré hacia arriba para ver la expresión de su cara. Me miraba con cara de placer. “Me encanta chupar pollas y me parece genial que seas dominante en la cama,” le anuncié mientras pasaba la lengua por la punta de su capullo y lo rodeaba como si fuera un chupachups; “pero no me trago nada, que lo sepas,” anuncié con tono de aviso. Se echó a reír, diciéndome que era una tía muy sincera, como él me había pedido y que eso le gustaba. “Yo también quiero ser sincero contigo. Tranquila, voy a correrme en tu espalda, sobre ese tatuaje que tienes encima del culo. Antes voy a follarte bien.” Cachonda como una perra al escuchar esto, le comí la verga con fruición mientras le pajeaba a la vez. Él me pasaba las manos por la cabeza, me sujetaba y me guiaba, follándome la boca. Se soltó de pronto y se colocó de pie detrás de mí. Rodeó mi cuerpo con su mano, metiéndome la mano entre las piernas desde atrás, masajeando mi clítoris. Su otra mano recorrió mi vagina, llevando su humedad hasta el agujero de mi culo, donde metió un dedo, haciendo que me volviera loca. Me atrajo hacia sí, sin dejar de mover su dedo en el interior de mi trasero y me metió la verga por el coño despacio, poco a poco, mientras otro dedo se abría paso dentro de mí desde atrás. Cuando terminó de empalarme, comenzó a moverse: sus dos manos, su pene dentro de mí, con distintos ritmos pero acompasados, taladrando y dando golpecitos a mi clítoris mientras me embestía el culo y me follaba con golpes secos. Perdí el control y empecé a gritar y gruñir de placer y me corrí escandalosa y descontroladamente por tercera vez. Fuera, se estaba haciendo de día. Jaime cumplió su promesa y se quitó el condón rápidamente para correrse abundantemente sobre mi espalda. Yo me retorcía de placer boca abajo sobre la cama, aún en los estertores de un intenso orgasmo mientras notaba como su semen resbalaba entre mis nalgas y él se estremecía de pie detrás de mí.

Tras vestirme y pedirle que me llamara a un taxi, reconocí que mi móvil llevaba horas sin batería. Me pasó su teléfono y me dijo, con voz seria y seguro de sí mismo: “toma, mete tu número de teléfono y tu nombre. No sé cómo te llamas.” Me di cuenta de que era cierto y se lo dije, tecleando a la vez en el smartphone. “Ahí tienes.” Al despedirnos en la puerta, nos besamos y me preguntó si lo había pasado bien. Le aseguré que sí, él también. “De aquí no se va nadie sin haberlo pasado bien.” No, desde luego, yo no.

El taxista me miró de modo lascivo y me llamó guapa al dejarme en casa. Dormí hasta tarde y al despertarme, me masturbé pensando en la noche anterior. Me di cuenta de que yo no le había pedido su número a Jaime. Me dio igual, él tomaría la iniciativa si quería que volviéramos a vernos. Y así fue. Actualmente, Jaime tiene pareja y le es fiel pero quién sabe qué puede pasar en el futuro…

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