No vuelvas a apostar

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Salvajemente me hizo suya metiendo y sacando su miembro, yo sentía sus embestidas como golpes placenteros en la vulva, acariciaba su cuello mientras él seguía lamiendo mis aureolas y mordía mis pezones. Comencé a sumergirme en un espasmo de placer cuando llegó por fin el orgasmo. Mis caderas se movieron buscando fusionarse con su miembro que parecía incansable.

El relato que les voy a comentar es de un suceso que ocurrió hace un año y medio. Mi esposo y yo teníamos seis meses de casados y vivíamos en Cuernavaca, una ciudad muy cercana a la Ciudad de México.

Por aquel entonces, decidimos aceptar la invitación de mi suegra de vivir en su casa, con el fin de ahorrarnos gastos, poniendo en renta la casa de Cuernavaca. A nosotros nos pareció muy atractiva la oferta y muy interesante la propuesta de mi suegra, sin embargo a quien no le gustó del todo la idea fue a mi cuñado Roberto, pues él estaba soltero y vivía con su mamá, así que tal vez sintió que le quitábamos algo del espacio vital que había ganado casándose su hermano, pero no hizo ningún comentario abiertamente.

Así pues, hicimos la mudanza de nuestros muebles, que por cierto aún eran pocos, y nos instalamos en la antigua recámara de Eduardo, mi esposo. Mi suegra se mostró gustosa de que nos hubiéramos mudado, pero desde la primera noche que vivimos en esa casa, Roberto comenzó a hacer comentarios de incomodidad. El se encontraba inestable en cuestión laboral y parecía que eso afectaba su carácter. En realidad a mí me causaba un poco de miedo su presencia, pues él era mayor que mi esposo, además de más alto y corpulento.

-Pues aquí van a tener que acoplarse a las nuevas reglas ¿eh? Dijo Roberto. -¿Cuáles nuevas reglas? Cuestionó mi esposo. -Las mías. Aquí tienen que alinearse, no porque estén casados significa que no las van a respetar.

Mi suegra interrumpió a mi cuñado anunciando que ya estaba lista la cena, por lo que aunque nos quedamos con la duda de las nuevas reglas le restamos importancia al asunto.

A la mañana siguiente, mi esposo Eduardo salió a las 6:30 a.m. hacia su trabajo, muy temprano ya que aunque ahora vivíamos en la Ciudad, tenía que recorrer el intenso tráfico pues su trabajo estaba al otro extremo de la urbe. Yo tomé una ducha después de desayunar con mi suegra, y luego me arreglé poniéndome un vestido de falda apenas arriba de las rodillas, y con el calor del mes de abril me sentó bien descartar las medias y escoger de calzado unas sandalias. Bajé a la estancia para recoger los papeles que llevaría a mi trabajo de medio tiempo, y me llamó la atención ver que mi suegra había subido al piso superior y ya había bajado Roberto a desayunar.

-Así no te vas, te cambias de ropa por favor, me dijo desde el desayunador. -¿Perdón?… respondí.
-Que así no te vas. Con esa ropa no vas. Te cambias, insistió.

Me miré cerciorándome de que había escogido realmente el vestido que yo pensaba, y ante lo inexplicable de su comentario, lo tomé a broma, y reí. Al rato, como Roberto llegaba muy noche tuve la fortuna de no encontrármelo. A la mañana siguiente, mi esposo salió nuevamente muy temprano y yo volví a desayunar con mi suegra. Nuevamente me duché y al salir dudé en cómo vestirme, así que para evitar malas interpretaciones me puse un coordinado bastante formal.

– ¿A quién andas calentando en tu oficina?

Fue el comentario que hizo mi cuñado que apenas me había visto desde su trono en el desayunador, frente al televisor.

-Sí, buenos días. Respondí yo, serenamente. Mira, Roberto, sinceramente tus comentarios están fuera de lugar, no estoy de acuerdo con que te comportes así conmigo. -Si no te parece lárgate con tu esposo de aquí. Ya les dije que aquí se van a alinear a mis reglas. O te cambias tus falditas o atente a las consecuencias. -¿Cuáles falditas? Es un coordinado, respondí molesta y además no tengo por qué darte por menores de cómo me visto. -Entonces atente a las consecuencias. Ya te lo dije, insistió.

Salí de aquella casa nuevamente exaltada. No pensaba que encontraría una actitud así al irnos a vivir con mi suegra. Sabía que si lo comentaba con mi esposo ocasionaría un disgusto entre hermanos, y me sentí confundida, no supe qué hacer. Tampoco quise hacerle ningún comentario a mi suegra, pues para ella difícil ya soportar el mal carácter de su hijo, así que callé. No dije nada.

Los siguientes días de la semana no hubo más comentarios, así que me fui sintiendo más tranquila y confiada. Pensé que se le había pasado el mal humor a mi cuñadito y poco a poco las cosas parecieron normales.

Sin embargo, el viernes por la noche estaba yo alzando las cosas de la mesa del desayunador, después de que habíamos cenado mi esposo, mi suegra y yo. Ellos habían subido y escuché la puerta. Era mi cuñado, que entró a la casa. Al verme se me acercó y pude percibir su aliento con olor a cerveza.

– No creas que no me doy cuenta. Ya te dije que no te vistas así, tú sabes a lo que te arriesgas amenazó, y me miró con ojos de odio.

No le respondí, por lo que dio la vuelta y subió por las escaleras.

El fin de semana transcurrió con normalidad, pues salimos hacia Cuernavaca a recoger algunas cosas a la casa de allá, y para encontrarnos con algunos candidatos a la renta de la casa de allá. Así pues, llegó el lunes, cuando se repitió la rutina. En esta ocasión quise imponerme. Estaba haciendo calor, así que me puse una blusa sin mangas, una falda corta, y mis sandalias. Con aplomo, bajé las escaleras y me disponía a salir cuando escuché a mi cuñado.

-¿Tú crees que no hablo en serio verdad, pendeja? -¿Qué te pasa? Le reclamé -Te dije que no te vistieras como puta. ¡Ahora te aguantas! Me dijo, alterado.

Pretendí abandonar la discusión, dándome la vuelta y dirigiéndome a la puerta principal, sin embargo sentí su mano sujetarme del brazo fuertemente, y después me llevó a jalones hacia la sala.

-¿Qué fregados quieres? Dije con furia, tratándome de zafar, pero sus dedos parecían de piedra. De un empujón, me tiró en el sofá.

Mi bolso cayó al piso. Molesta, me incorporé rápidamente, y recordando las lecciones de karate que alguna vez tomé alcé mi pierna para tratar de darle un puntapié justo entre las piernas, sin embargo mi movimiento fue muy lento y solo conseguí que él me sujetara del tobillo para nuevamente tumbarme, esta vez en la alfombra. Roberto rápidamente ¿Sería violento Roberto con ella? Me quedé inmóvil, y comencé a sentir sus labios en mis pezones.

Comenzó a comerse mis tetas como si fueran golosinas. Los lamía, besaba, mordía como si quisiera tragárselos enteros. Me sentí asqueada por ser tratada así, pero no podía hacer nada. El era muy fuerte. Entonces sentí una de sus manos bajar hasta mi vulva y sentí cómo introducía dos dedos por mi vagina y con habilidad encontró mi clítoris, que comenzó a acariciar.

Roberto subió la mano para llenarla de saliva y nuevamente la llevó a mi clítoris. Así lo hizo unas tres veces para lubricarlo, y comenzó a obtener respuesta.

Mis zonas erógenas comenzaron a humedecerse, y a pesar de que quise evitarlo mis caderas comenzaron a reaccionar con movimientos a los estímulos de los dedos de Roberto sobre mi clítoris. Su otra mano ya no sujetaba tampoco la otra de mis muñecas, con ella acariciaba todo mi cuerpo, saciando sus ansias de placer. X0X

Mis brazos rodeaban su cuerpo y se posaron en su espalda, al principio para tratar de quitar su cuerpo, y poco a poco fueron acomodándose para explorar su piel. Me sentía frágil e indefensa, imposibilitada para hacer nada, más que aceptar sus caricias.

Mi respiración comenzó a entrecortarse. Me gustaba cómo se comía mis pechos, y la manera en que me estaba castigando con sus dedos me estaba enloqueciendo. Sacó sus dedos y mis caderas buscaban encontrarlos. Sentía lubricada mi vagina, mis piernas estaban ardiendo.

-Ya, Roberto dije suplicando ¡entra!… ¡entra por favor!- . Sentí entonces cómo él sacaba su miembro que ya estaba preparado para responder a mi solicitud. Percibí su glande húmedo tocar mi vulva y sin esperar abrí mis piernas lo más que pude.

El ensartó su pene en mí rápidamente, y de manera inmediata comenzamos a movernos en sincronía. El seguía dándole masaje a mi clítoris, por lo que resultó sumamente placentero el coito.

Me tomó por las nalgas y salvajemente me hizo suya metiendo y sacando su miembro repetidamente, yo sentía sus embestidas como golpes placenteros en la vulva, y acariciaba su cuello, mientras él seguía lamiendo mis aureolas y mordía mis pezones. Comencé a sumergirme en un espasmo de placer cuando llegó por fin el orgasmo. Mis caderas se movieron descontroladamente buscando fusionarse con su miembro que parecía incansable.

-¡Ayyyyy!- dije, conteniendo un grito de placer.

Roberto sacó su miembro de mi vagina y lo dirigió hacia mi boca. Lo pude ver entonces. Era grueso y su cabeza era enorme, me llamaron la atención sus grandes bolas que colgaban, impresionantemente bellas.

Sujeté su miembro y besé sus testículos, para después abrir la boca e introducirme lentamente aquel falo en toda su extensión. Lo sentí entrar hasta mi garganta, y después me lo saqué. Lamí el glande con fruición, los movimientos de mi lengua fueron los de una experta. Volví a meterme a la boca aquella verga y la chupé como si fuera un delicioso mango.

Una y otra vez lo vi entrar en mi boca. Miré hacia los ojos de Roberto, él me miraba fijamente, sentirme observada me hizo sentir soñada. En eso sentí la descarga de su caliente esperma que inundó toda mi boca. El abundante semen escurrió por las comisuras de mis labios.

El se inclinó y con su lengua recogió aquella sustancia para después darme un beso. Nuestras lenguas se encontraron y jugaron durante algunos minutos mientras ambos saboreamos el sabor de su delicioso esperma. Tenía un ligero dolor en la vulva, y con mi mano seguí dando todo fue una manera de conocerlo mejor.

Solo me queda una moraleja para este relato: Roberto me dijo que él me apostaba que si seguía sin cumplir sus condiciones acabaría acostándome con él. Y dicho y hecho. Follaste corazón, no vuelvas a apostar.

Autora: Susyfour

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Escrito por Marqueze

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Un comentario

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  1. Es el relato más excitante que he leído por esta razón: siempre he fantaseado con venirme en la boca de una mujer e inmediatamente besarla para ambos probar mi esperma.

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