Noche de Carnaval

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No pude evitar mirarlos puesto que no formaban una pareja común. La manera que tenían de besarse y acariciarse estaba más allá del simple deseo físico, por lo menos eso pensé entonces. Yo pasaba junto a una multitud de gente que caminaba detrás de un grupo musical. Parecía que aquello fuera una tradición incomprensible, o una manera de celebrar el carnaval. Tuve que salir de aquel desfile para poder observar detenidamente. Uno de los chicos era alto, bastante moreno. Al principio me imaginé que era extranjero. Usaba jeans y una playera ajustada que dejaba ver su torso cuidado por el ejercicio. El otro chico era un poco más bajito y joven, de tez blanca y cabello lacio y de color claro. Estaba recargado en la pared de lo que parecía un mercado, mientras el chico moreno recargaba su cuerpo en el suyo, frente a frente.  En algunos momentos paraban de besarse y se decían algunas cosas al oído y sonreían. El chico moreno tomaba al otro de la barbilla para poner esos labios blancos y carnosos al alcance de su propia boca. En un instante inesperado, el chico moreno, mientras besaba el cuello del otro, me miró repentinamente. Yo no pude sostenerla la mirada ni siquiera un segundo, pero, cuando volví a mirarlos, él seguía con los ojos clavados en los míos. Un par de segundos después, me guiñó un ojo y volvió a centrar toda su atención en su compañero. Todavía quise contemplarlos un poco más, implorando tal vez que la mirada se repitiera, lo cual no sucedió. Continué mi camino un tanto turbado, pensativo. No podía negar que me hubiese gustado estar en lugar del chico más pequeño. Incluso caminaba con la escena que acababa de presenciar en la mente, todo era igual salvo que yo estaba en ella, recibiendo todas esas caricias. Seguí caminando hasta que sentí cansancio y decidí entrar en un café, desde donde se podía observar el paso de la gente que bailaba y celebraba el carnaval. Miré a mi alrededor y no pude ver a nadie conocido, entonces tomé mi libro de la mochila y me puse a intentar leer un rato, sin ser capaz de hacerlo, debido a la consternación que me produjo ser testigo de algo que en ese momento me pareció insólito. Una hora después pagué la cuenta y volví a la calle. Caminé otra vez en la dirección en la que recordaba haber visto a la pareja de jóvenes amantes. Pasé a un lado del mercado y no alcancé a verlos, claro, había pasado demasiado tiempo para que continuaran en el mismo sitio. Me sentí un tanto frustrado. Me hubiera gustado verlos una vez más antes de regresar a casa. El cansancio me estaba venciendo, me dolían un poco los pies y sentí también un poco de sueño. Di media vuelta y comencé a caminar de regreso. Volví a recorrer toda la calle donde estaban las principales atracciones; puestos donde se vendía comida, artesanías y se realizaban juegos de feria. Vi un lugar donde vendían cerveza y decidí comprar una para beberla mientras continuaba mi camino. Había bastante gente antes que yo por lo cual debía esperar mi turno. Cuando estuve enfrente del encargado del negocio alguien a mi lado dijo, Me dejas invitarte la cerveza, pero yo no imaginé que me estuvieran hablando a mí, por lo cual saqué mi cartera. Entonces vi que era el chico moreno, que había visto algunas horas atrás que alargaba la mano con un billete para pagar lo que yo había solicitado. Gracias –le dije- prefiero pagar yo mismo lo que debo. Noté que el vendedor se estaba impacientando debido a que estábamos ralentizando el flujo de clientes. Entonces puedes invitarme la cerveza tú –respondió el chico moreno-. Decidí hacerlo para evitar estar más tiempo frente a toda esa gente. Salí de la fila tan pronto tuve mi cerveza y el moreno salió detrás de mí. Yo no sabía cómo reaccionar en ese momento por lo que comencé a andar sin voltear apara ver qué hacía el otro chico. Espera un poco –escuché detrás de mí- sólo quiero saber cómo te llamas. Me llamo Christian, ¿y tú? Pablo. ¿No eres de por aquí verdad? –me preguntó-. No, soy de Cuernavaca. ¿Viniste solo al carnaval? Sí, no tenía con quien venir. Claro, oye, ¿te gustaría platicar un rato mientras nos tomamos la cerveza? Yo titubeé un poco y él lo notó. Anda, acepta, nos podemos conocer mejor. Acepté. Caminamos un poco más hasta llegar a la plaza principal, donde buscamos una banca de concreto dónde sentarnos. No fue difícil, ya que la mayoría de la gente estaba bailando cerca de las numerosas bandas que había cerca. Se sentó él primero, y yo lo hice dejando un espacio de casi un metro entre ambos. Él se recorrió un poco para quedar bastante junto de mí. ¿Puedo hacerte una pregunta? Claro –respondí-. ¿Se puede saber por qué me estabas mirando tan fijamente hace rato a mi amigo a y mí?, ¿Entonces es solamente tu amigo? –pregunté-. Si, lo es, nos vemos de vez en cuando, pero no evadas la pregunta. No lo sé exactamente, simplemente llamaron mi atención. ¿Por qué, te gustó alguno de nosotros? No particularmente –mentí- simplemente me pareció lindo verlos juntos. Qué decepción –dijo- me hubiera gustado pensar que me mirabas a mí. Te miraba a ti, quiero decir, a ambos. ¿Por qué? ¿Qué fue lo que te gustó? No lo sé, tal vez que se veían sinceros, como una pareja que llevara mucho tiempo de estar juntos. No somos una pareja, sólo nos vemos de vez en cuando, ya te lo he dicho. ¿Y dónde está él ahora? ¿Por qué no estás con él? Tuvo que irse, tenía otras cosas que hacer, supongo. ¿Y ahora aprovechas que no está para ligar a otro? –dije con cierto dejo de sarcasmo-. No necesito hacerlo, no somos pareja, sólo nos gustamos y tratamos de vernos de vez en cuando, me gusta, no lo niego, así como me gustas tú. Lo siento, pero no quiero ser tu segundo plato. No lo eres, esta noche serás el primero, y cada vez que nos veamos serás solo tú. No es suficiente para mí tener una pareja de ocasión. Nunca lo has hecho ¿o sí? Entonces no sabes si será o no suficiente. No, nunca lo he hecho. ¿Tienes novio? –preguntó-. No. Pero ¿has tenido, no? La verdad es que no. ¿Eres gay al menos? Sí, lo soy ¿Cómo lo sabes si no has tenido novio? Tuve una relación con un hombre hace poco, desde entonces sé que soy gay. Déjame preguntarte algo ¿yo te gusto? –clavó su mirada en mis ojos-. Si –dije dudándolo después de pensar durante un  momento-. Tú me encantas –dijo mientras posaba su mano derecha en la parte baja de mi espalda y puso la otra sobre mi muslo y acercó su cabeza para intentar besarme-. Yo me hice un poco hacia atrás y volteé mi rostro hacia otro lado, pero él rápidamente tomó mi rostro con sus dos manos con una muestra de rudeza y cariño, me obligó a mirarlo y me repitió varias veces: Me encantas nene. Entonces se decidió a besarme y yo a dejar que lo hiciera. Fue mucho mejor de lo que me había imaginado apenas unas horas atrás. Sus besos no eran fruto de la prisa o la improvisación. Sabía hacerlo magistralmente, con ternura y sensualidad. Su lengua no era ansiosa, apenas pasaba la punta de ella por mis labios. Me tomó por los hombros y empezó a hacer descender sus besos por mi cuello. Era exquisito. Todo su cuerpo olía a una mezcla de perfume y sudor  que me provocaba una explosión de los sentidos. Abrí los ojos un momento y miré a mi alrededor. Muchas personas nos miraban. No tanto como yo lo miré a él con el otro chico, sino, más bien, con desaprobación. Nos están mirando –dije suspirando-. No me importa -me dijo balbuceando- ¿y a ti? Me siento un poco incómodo –respondí-. Se detuvo, y me abrazó de tal manera que me pareció como si lo hubiera hecho desde hacía mucho tiempo. Vivo muy cerca de aquí ¿te gustaría venir conmigo? Sí –le respondí sonrojado-.Vamos – dijo al levantarse, tendiéndome la mano-. Me ayudó a levantarme sujetando mi mano, pero una vez que estuvimos de pie no me soltó. Al notar que yo intenté soltarme me dijo: Vamos a hacer un trato, yo te prometo que pasarás hoy la mejor noche de tu vida, pero necesito que tú me prometas que me dejarás hacerlo, ¿ok? ¿Es tan importante para mí que nos demos la mano? –pregunté, irónico-. Tanto como hacerte el amor toda la noche –respondió-. Decidí que me daría la oportunidad de tener esa experiencia. Mientras caminábamos entre tanta gente con las manos enlazadas, me di cuenta de que eso nos hacía tener una conexión superior, más íntima. Caminamos un par de kilómetros bromeando, abrazándonos y besándonos antes de llegar a la puerta de su casa.

 

No nos dio tiempo ni siquiera de llegar a la recámara. Estábamos parados en medio de una pequeña sala entre besos y abrazos. Yo debía voltear la cabeza hacia arriba para alcanzarlo, debido a su altura. Pablo me tomaba por la cintura y masajeaba mi espalda con las yemas de sus dedos. Empecé besar su cuello y pecho y él decidió sacarse la playera. Sentí su mano sobre mi nuca e inmediatamente comprendí lo que Pablo tenía en mente. Me acerqué a la orilla de uno de los sillones y me senté. Desabroché su cinturón y su pantalón rápidamente y ahí estaba, no exagero, una de las cosas más hermosas que he visto en mi vida. Era largo, recto, moreno, coronado por un glande perfecto. Inmediatamente quise tocarlo, acariciarlo, incluso besarlo y lo hice una y otra vez. Pablo tomó mis manos y las colocó sobre sus nalgas. Yo apenas alcanzaba a introducir la mitad de su pene en mi boca, pero él parecía encantado. Qué rica boquita tienes, nene –repetía una y otra vez-. De pronto, se agachó y me tomó de los brazos invitándome a levantarme. Volvimos a besarnos. Mucho más apasionadamente esta vez. Él frotaba su cuerpo, sobre todo su entrepierna contra mí. Sentí su mano detrás de mí, abriéndose paso por debajo de mí pantalón y mi bóxer hasta que sentí su piel sobre mis glúteos. No se detuvo ahí. Con las yemas de sus dedos alcanzaba mi ano y tocaba a veces mis testículos. Se detuvo un instante y preguntó: ¿quieres que vayamos a la cama? Respondí  afirmativamente entre suspiros. Volvió a subir sus  pantaloncillos que pera ese momento ya estaban por debajo de sus rodillas, me tomó nuevamente de la mano y me condujo entre la oscuridad que reinaba en toda la casa. Llegamos a una habitación amplia, que tenía una cama matrimonial. Una de las ventanas estaba apenas cubierta por una delgada cortina que dejaba entrar la luz que abundaba en la parte exterior, debido a que afuera proseguían con los festejos del carnaval. Me senté en la orilla de la cama y Pablo se puso frente a mí, en cuclillas. Volvió a besarme en la boca mientras desabrochaba mi cinturón. Una vez que lo logró, me recosté y levanté mis caderas del colchón para que Pablo pudiera sacarme ambas prendas de un solo golpe. Quedé desnudo de la cintura para abajo, de hecho, sólo tenía puesta la camisa. Poniendo sus manos sobre mi pecho, me impidió incorporarme, e inmediatamente, dirigió su boca hacia mi pene. Hasta ese momento sentí que esa era la experiencia más exquisita que había tenido en la vida. No era sólo una felación lo que me hacía. En primer lugar sus manos acariciaban todo mi torso mientras su boca me llevaba hasta el cielo. Además de que no lo hacía sólo con su boca, sino q que utilizaba todo su rostro. A veces sólo tocaba mi pene con la punta de su lengua y después la introducía completamente en su boca. Poco a poco sentí que sus labios iban descendiendo, primero a la base de mi pene y después besaban mis testículos. Tomó mis piernas y las puso sobre sus hombros y, después, poco a poco las fue levantando mientras yo sentía cómo se dirigía hacia su objetivo. Cuando su lengua rozó por vez primera el interior de mis nalgas perdí toda noción del tiempo. No sabría decir si fueron horas o solamente unos segundos. Sólo sé que desde ese día me di cuenta de que hay momentos que ni siquiera el tiempo logra borrar. Aún siento esa misma tentación cada que pienso en ello. Sentir sus manos recorriendo toda mi piel y sus besos llegando hasta el límite me provocan retorcerme como aquélla noche. De pronto, Pablo se levantó del piso sin dejar que mis pantorrillas se cayeran de sus hombros. Acercó su boca a la mía y me dijo al oído: ¡Ahora sí! ¡Vas a ser mío! Se lamió tres dedos de su mano, los llenó con su saliva y remojó un poco más mi, ya de por sí, húmedo culo. Se ayudó con una de sus manos para penetrarme. Una vez que su glande estuvo dentro de mí no hubo vuelta atrás. Empezó a introducirme su pene cuan largo. Pienso yo que todavía no iba ni a la mitad cuando me di cuenta de que no podía soportarlo, así que traté de recorrerme hacia atrás pero Pablo, haciendo uso de su físico superior, me lo impidió, sometiéndome pero, al mismo tiempo, convenciéndome de no oponer resistencia. Pablo siguió penetrándome lentamente. El dolor era inmenso, y en un punto grité. Ya lo tienes todo dentro, bebé –dijo mientras volvía a besarme tiernamente-.  Agradecí esa pausa, puesto que me daba tiempo de acostumbrarme a la forma de su miembro y a su tamaño. Poco a poco, comenzó a hacer un movimiento de vaivén y el dolor fue desapareciendo gradualmente. Yo comencé a gemir y él, alentado por mi excitación, aceleraba sus movimientos, a tal grado que lo veía como una especie de sombra en medio de una luz estroboscópica. Yo gemía sin poder detenerme. Tengo la certeza de que si alguien hubiese puesto un poco de atención podría haberme escuchado, incluso con la altísima cantidad de ruido que había afuera. La sensación era tan placentera, que me provocó correrme, sin necesidad de que tocara ni siquiera mi pene. Recuerdo que, mientras tenía aquél inmenso orgasmo, le dije un par de veces: ¡así papito! Que era como solía decirle a mi anterior pareja, quien me inicio en las artes amatorias entre dos sexos masculinos. A Pablo, esto lo excitó tanto que comenzó a llamarme bebé, nene o chiquito. Eyaculé sobre mi abdomen y mi pecho. Pablo tomó esto como todo un triunfo. Eres tan goloso nene –me dijo, deteniéndose un poco, y volvió a besarme- me encantas, eres delicioso. Tomó un poco de mi esperma con uno de sus dedos y se lo llevó a la boca, después untó lo que quedaba sobre mi torso. Se incorporó y me pidió me llamó con sus manos para que me pusiera de pie con él. Pablo se sentó en la cama y me dijo: ¡Ven aquí! No comprendí al principio, pero tomó mis caderas y me dio vuelta. Entendí que quería que me sentara sobre él y lo hice, despacio, mientras Pablo tomaba su miembro con una de sus manos para que apuntara en la dirección correcta. Cuando sentí su glande en la entrada de mi recto, traté de descender más lentamente. No me es posible describir con palabras el encanto de sentir cada milímetro de su miembro invadiendo mi interior, hasta que sentí su vello púbico en mis nalgas. Entonces Pablo me abrazó con tanta fuerza, como si me tuviera prisionero. Y yo fui el prisionero que se enamoró de su captor. Al tener él sus manos libres, y mi cuerpo a su merced se sirvió sin medida. Sus manos recorrieron una infinidad de veces mi pecho, mi abdomen, mis piernas y mis rincones más privados. Sus labios y su lengua hicieron su parte con mi espalda, mi cuello y la parte posterior de mis orejas. Yo percibía su pulso en su miembro que palpitaba dentro de mí. Con una de sus manos tomó mi pene y empezó a masturbarme. No me hacía suyo sólo con su sexo, sino que utilizaba su cuerpo entero. Me tenía abrumado con las sensaciones que me provocaba también con sus manos, su boca y su respiración. No soporté demasiado tiempo antes de sentir espasmos que presagiaban un nuevo orgasmo y eyaculé finalmente en su mano. Continué moviéndome, montado en él para aumentar su placer, para que gozara tanto como yo lo hacía. No me fue fácil, tuve que acelerar mis movimientos de arriba hacia abajo considerablemente durante varios minutos. Supe que él también se estaba excitando cada vez más pues sentía que la fuerza de sus embestidas se incrementaba gradualmente. De forma repentina, Pablo se levantó, y a mí al mismo tiempo. Haciendo uso de toda su fuerza me arrojó en la cama boca abajo y se lanzó sobre mí, como un felino que atrapaba a una gacela. Me penetró por detrás nuevamente, esta vez, sin clemencia. Me pareció que en este momento no pensaba en mí, sino en terminar de gratificarse él mismo. La velocidad y la fuerza de sus acometidas comenzaron a lastimarme, gemí una y otra vez, no estoy seguro si de dolor o de placer, pero esto parecía alentarlo. Pude darme cuenta del momento en que se corrió en mí, por la humedad y la forma en que Pablo jadeaba. Todavía transcurrió un buen tiempo antes de que se detuviera completamente. Cuando lo hizo, se tumbó a un lado mío y con sus brazos me atrajo hacia él. La fatiga me abrumaba y quise descansar junto a él, pero, poco después sentí como el semen de Pablo comenzaba a escurrir entre mis piernas. Le dije que debía ir a limpiarme pero él me lo impidió. Me dijo que no importaba que deseaba que me quedara junto a él. Debimos quedarnos dormidos, pero, antes alcancé a escuchar que me decía: ¡eres delicioso nene!

 

A la mañana siguiente desperté junto a él, recargando mi cabeza en su pecho y con uno de sus brazos sobre mí. Pablo ya se había despertado y me miraba. Qué te pareció, Christian –preguntó sonriendo-. Eres un amante grandioso –respondí- ha sido el mejor carnaval que haya pasado en mi vida. Y todavía no termina –dijo en tono burlón- es domingo, tenemos todo el día.

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4 Comentarios

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  1. Gracias,Jadoy, es realmente como me siento una hembra caliente come vergas, he logrado llegar a 15. Pero repito con las que mas me gustan, por eso no llego a las 30 que quiero. Empecé hace 3 años y a 5 por año, no importa el tiempo sino ese goce que siento el ser penetrado y enculado como una perra… El placer cuando soy culeada por una verga grande es algo que no se olvida fácilmente…

  2. Buen relato, me gustó el realismo y la forma de narrar, logró hacerme levantar del asiento para sobarme…

  3. ¡¡Ay!!…Christian…que rico estás y que goloso de polla eres. Un placer para los que apreciamos a nenes tan calientes como tu. Yo también me corrí pensando que la tenía alojada en tu culito…ó en el de Mauricio que es una hembrita ansiosa y devoradora…¡¡¡Que gusto!!!.

  4. Extraordinario relato, me hizo sentir cono es el principio de una relación. No pude resistir la tentación de masturbarme con algo dentro de mi culo… fue soberbio.
    Segunda parte, espero con mucha excitación.

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