Nuestro primer encuentro

No hay violencia, solo fuerza,

tanto amor, como deseo…

Nuestros labios se acarician,

de mil formas en su juego.

Mis dientes que tanto saben,

de amor y desasosiegos,

mordisquean sin dañar,

tus labios rojos y tiernos.

Las lenguas, sin decir nada,

como duendes del silencio,

en idioma universal,

exploran lugares nuevos,

que desean conocer…

y que ya van conociendo.

Los cuerpos ya se estremecen

cual brotes de tallos nuevos,

las gargantas, solo emiten

gemidos, ayes, lamentos…

y palabras inconexas

sin son y sin fundamento

lo único que se entiende es:

” Ay, amor, cuánto te quiero…”

Nuestras manos temblorosas,

obreros de hielo y fuego,

van por caminos distintos,

pero siempre paralelos.

Las mías más vehementes,

incansables pasajeros,

recorren una y mil veces

las veredas de tu cuerpo,

tus pechos y tus caderas,

la curva de tu trasero.

Acarician con dulzura

tus muslos firmes y rectos

rozando con timidez

sin atreverse a ofenderlo

la textura y consistencia

y la suavidad del vello

que al igual que un matorral

rizado, limpio y moreno

cubre y adorna espectante,

la calidez de tu sexo

velado mas que tapado

por un tanga tan pequeño,

que más que tapar invita

a visitar sin sosiego

la humedad y calidez,

de la gruta que hay adentro.

Ahora se centran allí

las caricias de mis dedos,

que como dos banderillas

en lomo de toro negro,

adornan el centro mismo

del aquel bosque de silencio

y alternándose, uno u uno,

o dos a dos, en paralelo,

con afán explorador,

van llamando a tu deseo.

Y no hay prisa en mi caricia,

¡ Quiero hacer largo el momento. ¡

Del escote de tu blusa,

brotan dos aves al viento

dos palomas que palpitan,

llevando su pico erecto.

Abandono brevemente

tus labios -más no me alejo-

para lamer tus pezones,

envidiosos hace tiempo.

Los presiono con mis dientes,

los succiono y mordisqueo.

Mi lengua me pide ahora,

protagonismo completo,

salta de un pico a otro pico,

en incansable escarceo

Sentí cambiar varias veces,

muy bajito, sin quererlo,

tus suspiros apagados

en gemidos y lamentos,

que me hicieron recordar,

aunque siempre lo recuerdo,

cuán superior es la hembra

al macho, si están en celo.

Ya no quisimos seguir

esperando por más tiempo.

La cama, testigo mudo

de nuestro primer encuentro,

estaba allí, a nuestro lado,

nos invitaba en silencio

a seguir jugando en ella,

hasta el final nuestros juegos.

Y allí siguió la batalla

de amor, caricias y besos.

Nuestras bocas no cesaban

de recorrer nuestros cuerpos.

Aquí un besito muy leve,

allí un mordisquito tierno,

Más allá solo la lengua

se deslizaba en silencio.

Las manos también sabían

hacer un trabajo bueno.

De las mías, solo una

se concentraba en tu sexo,

y mis dedos con el porte

de huéspedes altaneros,

de intrépidos caminantes,

de ladrones al acecho,

exploraban incansables,

cada rincón, cada vía

cada hueco, y cada estrecho.

Mi otra mano, más viajera,

no dejaba cabo suelto.

Era lenta pero firme,

y buscaba con denuedo,

la perfección de tu rostro

el brillo de tus cabellos,

la belleza de tus hombros,

de tus muslos y trasero.

¡ todo tu cuerpo era suyo…

y tu cuerpo quería serlo¡

Mi boca, ponía a prueba

la firmeza de tus pechos.

En su lento caminar,

no recuerdo en que momento,

Pasó muy cerca del sitio,

donde jugaban mis dedos.

No sé si los ocupantes,

salieron por un momento,

o que al sentir a su lado

la calidez de mi aliento,

tus muslos se relajaron

mostrando aun más su secreto,

y en mis pupilas sedientas

como si fueran espejos,

reflejaron el paisaje

de montes, valles y huertos.

¡ Pude entonces comprender

con un criterio más cierto

por qué a ese pequeño monte

le llaman Monte de Venus ¡

No me quise resistir

y no fue en vano el intento,

y mi boca enardecida,

bebió sedienta su beso.

Ya nunca podré olvidar,

la hermosura del encuentro,

el sabor de tus entrañas,

el olor a miel y almendro

tus gemidos de mujer,

tus lamentos ¡ Ay, me muero ¡

Tu, hasta entonces reservada,

sin parte activ

a en el juego.

Yo era como el huracán

Y tu viento del desierto.

Pero de pronto cambiaste,

Y sin un aviso previo,

comenzaste a liberar

con la fuerza de un poseso

las telas que nos cubrían,

desnudando nuestros cuerpos.

Hebillas y cinturones,

botones, broches molestos,

encajes y cremalleras,

camisetas y pañuelos…

¡ todo me estorba mi amor

solo tu, yo y el silencio¡

Y nuestras ropas quedaron

en un desorden completo,

esparcidas por la cama,

por los muebles, por el suelo…

También quisiste sacar,

tu espíritu aventurero,

también tu boca y tus manos

disfrutaron del momento.

También jugaron allí

donde yo sentía fuego

También besaron allí,

mordisquearon y lamieron.

Y no quisimos seguir.

Al grito ¡te quiero dentro!

pagué tributo de hombría,

jadeando y embistiendo

y abriéndote las mil fuentes,

que tu ya me habías abierto.

Se mezclaron nuestros jugos.

Se abrazaron nuestros cuerpos.

Se juntaron nuestros labios,

Y entró en la alcoba el silencio.

Este poema ha sido escrito solo para dos.

¡Nadie más debe leerlo¡

¿A quién le importa?.

Autor: PACO V.

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Escrito por Marqueze

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