Obras en casa 2

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Era sábado por la tarde después de comer y estábamos tumbados uno a cada lado del sofá, medio adormilados. Nuestros pies se encontraron  y empezamos a juguetear.  Yo sonreí  porque ya sabía cómo acababan normalmente esto. Con los dos follando o haciendo alguna otra cosa sexual. Para pinchar a Mariluz la pregunté si había vuelto a saber algo de Larbi, nuestro obrero marroquí.

  • He hablado con él un par de veces.
  • ¿Y qué tal? ¿No quiere repetir lo de la otra vez?
  • Si fuera por él estaría follándome todo el día, pero le he dicho que esta vez tienes que estar tú delante, que si no, no hay nada. Y dice que no le gusta, que no lo ve claro, que no sabe cómo reaccionará al haber otro hombre en la habitación.
  • Jajaja, tiene cojones el tío. Le dejo que se folle a mi mujer y el que viene con remilgos es él.
  • Jajaja, es verdad. Lo que pasa es que esta gente está muy cohibida con el tema del sexo, y cualquier cosa un poco fuera de lo normal, ellos lo ven como una aberración. Pero si te apetece le vuelvo a llamar. Y ya veo que te apetece – dijo mientras con su pie desnudo me tocaba mí ya dura polla por encima del calzoncillo.
  • Bueno no estaría mal.

Se levantó y cogió el móvil y llamo a Larbi. Se fue a otra habitación a hablar y cuando volvió me dijo:

  • Voy a arreglarme que se venía ya para aquí.
  • Yo también fui a cambiarme. Me quité toda la ropa y me quedé solamente con un albornoz.
  • Pedro, ven a la habitación, me llamó Mariluz.

Ya había preparado el ambiente. Había perfumado la habitación, se había perfumado ella. Había encendido las lámparas pequeñas y las había puesto un tejido de gasa rojo, con lo que había una especie de penumbra muy sensual. Pero lo mejor era como se había puesto ella. Braguitas pequeñitas negras transparentes, mini sujetador a juego, que prácticamente solo tapaba el pezón y poco más. Y por encima un camisoncito transparente y unos zapatos de tacón, con lo que el efecto era realmente sexy.

  • Se sentó en la cama y me preguntó:
  • Oye, he pensado algo. ¿Qué te parece si para no asustarle, te sientas en una silla? ¿Podría ponerte las esposas?

Tenemos unas esposas que compramos una vez por Internet. Forradas con tela, así no hacen daño.

  • Ok, me parece bien. Pero quiero que me hagas algo, no quiero estar sólo mirando.
  • No, yo tampoco quiero que mires.

En ese momento llamaron al timbre de abajo. Fue ella a abrir. Yo mientras cogí una silla y me senté cerca de la cama. También cogí las esposas. Mientras Larbi subía, Mariluz vino, me puso las manos a la espalda, me cerró las esposas sin apretar mucho y me dio un lento beso en los labios.

  • Te quiero, cariño, dijo.

Llamarón a la puerta, cerró la de la habitación y fue a abrir. Oí como se abría y cerraba la puerta y estuvieron hablando unos minutos fuera. Yo estaba de espaldas a la puerta y no podía girarme. Se abrió la puerta y oí como ella decía

  • ¿Ves como está atado? Pero ya te lo advierto, si no dejas que él este presente, es la última vez que nos vamos a ver.
  • Es que no sé si me gustará, señora.

A pesar de que se lo había follado, seguía llamándola señora.

  • Pues ya sabes lo que hay.

Entraron en la habitación y ella me habló:

  • Mira a quien me he encontrado en la puerta.
  • Hola, señor Pedro.
  • Hola, Larbi. ¿Qué tal estás?
  • Bien, ¿y usted?

La situación era un poco cómica.

  • Bueno, Larbi. ¿Te gusta mi mujer?
  • Sí, me gusta mucho. Está muy buena, señor.
  • ¿Quieres follártela otra vez?
  • Sí, señor.
  • ¿Pero ya sabes que esta vez voy a estar delante?
  • Sí, señor. Lo sé.

Ella se puso detrás de él, y con lentitud fue desabrochando los botones de la camisa que traía. Cuando se la quitó, vi un cuerpo listo, sin pelo. Pensé en lo que habría disfrutado ella, comparado conmigo, que tengo mucho pelo en el cuerpo. Siguió quitándole el cinturón, bajando la cremallera y dejando caer los pantalones. Se puso de rodillas, y le quitó los calcetines y el pantalón que estaba en el suelo. Y como una perra se puso a morder el cipote de Larbi por encima del calzoncillo. Se veía perfectamente cómo iba aumentando de tamaño a medida que los dientes de ella pasaban por la tela. El me miraba esperando mi reacción. Para tranquilizarle, le señalé mi erección que ya se notaba en la tela del albornoz. El más tranquilo, sonrió y se mordió los labios como respuesta a los labios de Mariluz. Ella se pasó un rato restregando toda la cara por el paquete del moro. De vez en cuando me miraba y sonreía. También miraba a mi paquete que luchaba contra la tela del albornoz. Larbi ya estaba más relajado, se había apoyado contra la pared y jugaba con el pelo de mi chica. Ella me diría más tarde que olía un poco a meados, a sudor y a semen, y que eso la había puesto hirviendo.

En cuanto a mí, el espectáculo me había puesto como una moto. Aunque parezca mentira, estaba disfrutando de cómo mi mujer gozaba. Puede parecer raro a algunos, pero para mí es muy importante que mi mujer esté satisfecha, y eso es lo que estaba consiguiendo.

Chicos, ¿por qué no pasáis a la cama? Allí estaréis más cómodos.

Rápidamente tiraron toda la ropa al suelo, se tumbaron en la cama y empezaron a comerse la boca lentamente, saboreándose. Larbi quitó a mi chica el camisón y empezó a chupar todo el cuerpo desde los pies. Mi mujer se tocaba las tetas por encima del sujetador, y se tiraba de los pezones demostrando que ya había empezado a disfrutar. Mientras en sus braguitas ya se veía una mancha de humedad brillante. Y el bulto del calzoncillo de él demostraba que ya estábamos todos como unos burros. Larbi fue pasando la lengua por sus piernas hasta terminar en su vagina. Primero chupó la brillante rajita por encima de la tanga, pero luego, separando la tela, contactó con su lengua con los sabrosos flujos de mi mujer. Dios, una buena comida la pone hirviendo. Ella sacó las tetitas por fuera del sujetador para poder tocarse mejor. Y dio comienzo a un pequeño y excitante concierto de gemiditos, del que sólo paró para poder decir:

  • Larbi, quítame los zapatos y chúpame los pies.
  • Es que me da mucho asco, señora.

Me quedé de piedra. Mariluz le soltó un bofetón que sonó en toda la habitación. El se llevó la mano a la cara. Yo pensé: Cómo se cabree y empieza a soltar hostias, entre yo que estoy atado y Mariluz que no pesa nada, lo llevamos claro. Para mi sorpresa, Larbi bajó la cabeza y sólo dijo:

  • Lo siento, señora.
  • Que no vuelva a pasar. Mientras estés en esta habitación, se hace lo que yo diga, ¿vale?
  • Sí, señora.

Al final, ella se salió con la suya y le lamió todo los pies, dedo a dedo. Ella estaba radiante de poder y de satisfacción, y me miraba sonriendo.

Se tumbaron luego en la cama, y allí empezaron a retorcer los cuerpos, creando una sinfonía de manos, bocas, sexos y sudor. Sólo puedo decir que estuvieron una hora lamiendo coño, chupando polla, cabalgándose uno a otra y viceversa, montando, jodiendo, besándose, jadeando, insultando (ella a él), a cuatro patas, por encima, por debajo, gimiendo…..

Yo contemplaba todo aquello extasiado, viendo a aquella maquina de dar y recibir placer que era Mariluz aguantar todas las embestidas de aquel miembro que parecía que no iba a bajarse nunca. Por cierto, igual que el mío, en todo el tiempo no desfalleció ni una vez.

Cuando terminaron, estuvieron unos minutos recuperando el aliento. Ella se levantó, vino a donde estaba yo y me dio un beso largo, interminable. Se sentó encima de mí, no fue ningún problema incrustarse mi polla hasta el fondo, pues tenía la vagina encharcada de semen, flujos y sudor. Empezó a moverse lentamente.

  • Larbi, ven aquí, dijo.

El se puso a nuestro lado. Ella le agarró del culo y le acercó más a nosotros. Cogió su polla morcillona y se la metió en la boca. Con cuatro lametones que la dio creció en su boca. Y así me follaba mientras le hacía una felación de campeonato. A mí me estaba follando despacito, pero a él se la estaba mamando fuerte. El también estaba muy cerca de mí, y su polla estaba a pocos centímetros de mi cara. Podía oler su sudor, pero también podía oler en su polla el olor del coñito de mi mujer. Estaba seguro que si chupara su polla, también notaría el sabor de ella. Se sacó la polla de la boca, y agarrándola fuerte por el tronco, la sacudió mientras pegaba su cara a la mía. La verga del moro empezó a agitarse y su leche salía disparada cayendo en nuestras caras, nuestras bocas, nuestras mejillas. Joder, parecía una vaca, y eso que se había corrido dos veces en la última hora y pico. Mi mujer le soltó y empezó a lamer el semen de mi boca.

  • Límpiame la cara, me dijo.
  • Sí cariño.

Acercamos nuestros labios y nos estuvimos besando un buen rato, mezclando saliva, semen y todos nuestros fluidos, mientras lentamente seguíamos moviendo las caderas. De repente dijo:

Larbi, vístete y vete, que ahora quiero hacer el amor con mi marido tranquilamente.

Sí, señora.

Ya te llamaremos.

Se vistió y se fue, mientras nosotros seguíamos echando, el que cuando lo hablamos después, describimos como el mejor polvo de nuestras vidas. Estuvimos unos 20 minutos follando muy despacito, lentamente, mientras comentábamos lo que había pasado en la habitación….

Nos fue envolviendo el mejor orgasmo que por lo menos yo he tenido. Fue una intensa sensación durante por lo menos un minuto, mientras veía el rostro de Mariluz experimentar un inmenso placer. Si yo me corrí durante un minuto, ella estuvo por lo menos cuatro, según me contó.

La verdad es que fue una buena tarde de sábado…..

Si queréis comentar algo,…

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