Opera de Reims para unas medias negras

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Hetero, polvazo, orgía. Todo se mezcla aunque hay un hilo conductor que relaciona, música, existencia, sexo, preguntas y respuestas, aunque cada cual entiende la suya.

“La vida no es más que una serie de improvisaciones que conducen a revelaciones” CHRISTIAN VANDER

Podría contar exclusivamente lo que ocurrió durante esos ciento sesenta y nueve minutos con cuarenta y seis segundos, pero carecería de sentido, y me he prometido que mientras viva todo debe tenerlo. Es preciso entonces que cuente algunos detalles, muchos tal vez, que habrán de ser cruciales para el desarrollo de esta historia. Mi nombre es Emmanuel, que, ya sabemos, significa algo así como “Dios con nosotros”, cosa que era en sí misma una ironía, pues en este mundo no existía un tipo con una fe más cabizbaja que la mía. Los antecedentes de la historia tal vez parezcan algo acedos y miserables a muchos, pero he de contarlos en los términos que están por la sencilla razón de que así pensaba yo en el momento en que todo eso pasó.

Acababa de romper una relación de dos años, y podría decir que por razones casi meramente musicales, y una noche sorpresiva. El momento exacto de mi rompimiento con Sonia sucedió en una fiesta a la que ella me invitó. Era mi novia y me invitó a una fiesta, suena muy normal, sin embargo tanta normalidad no me salvaba de tener que soportar a la horda de amigos que tenía, los cuales me parecían imbéciles los que menos y chocantes los que más. En aquella fiesta era el único que no usaba corbata, no porque no la acostumbrara, de hecho era parte de mi uniforme en el banco en que trabajaba, y en consecuencia la llevaba puesta de 8:00 de la mañana a las 19:00 horas, que era mi especie de horario, que de cierto nunca salía puntualmente, siempre salían cosas de última hora que me obligaban a quedarme hasta muy tarde. No faltaba la viejita que se acercara durante el día a tu ventanilla y te dijera “qué guapo te ves con tu corbata”, y tu pensabas, “por mí te la regalo para que te amordaces la lengua o te la pongas de tanga”.

Por eso, ver a todos esos simios encorbatados me resultaba tan patético como ver un baile de muertos de la revolución mexicana que, habiendo perdido la cuenta de vivir, se bajaran de los árboles en que pendían colgados y afinaran sus horcas de mecate alrededor de su cuello para verse elegantes. Las pláticas eran sin embargo más patéticas que sus corbatas.

Había tenido un día difícil, es decir un día normal, y así, despidiendo un olor a aire acondicionado de banco, mezclado con el desodorante oficial de los sillones de la compañía, me adentraba entre la gente. No puedo perder la oportunidad de recomendar el producto que ahí se usa, se llama, ¡Xas!, y el promocional es bastante predecible, “Dale un ¡Xas! Al mal olor”, pulveriza de manera efectiva el olor a pedo, cebo, lociones baratas, dinero, contadores, abogados, motoristas, esposas sin mayor quehacer que depositar cheques, y la peste de uno que otro empleado que, créanme, lucen perfecto pero nunca se bañan.

En la fiesta de jardín todos olían a perfumes muy delicados, y yo podía casi adivinar el perfume que cada quién traía. La rubia de la falda pequeña y las piernas infinitas seguro que usaba Organza, el torpe de la camisa color pistache seguro usaba lo que sea de Ted Lapidus, la chica tetona del traje sastre con certeza aplicó en su cuello Lauren, lo sabía porque ella era Sonia, mi novia, y el Lauren se lo regalé yo mismo. Estaba con un grupo de amigos y al acercarme me preguntaba en dónde tenía la cabeza cuando empecé a andar con ella. Las respuestas fueron germinando conforme me acercaba, sus medias eran color canela y enmarcaban perfectamente sus piernas de diseño gimnástico, las cuales no tenían una sola marca, ni un rasgu&n

tilde;o, moradura, vello, nada, eran una superficie blanquísima y perfecta, diría que lunar, pero la luna tenía uno que otro cráter y una mancha de conejo, y Sonia no tenía nada de eso, sólo la luminosidad de la luna llena. Su falda no era muy corta, pero dejaba imaginar cosas muy buenas, fundamentalmente sus espléndidas caderas, su cintura, que era la anunciación de la parte estelar, ese par de pechos que llamaban la atención. Su rostro era el de una muñeca Barbi, y su cabello también, pero de esa edición en que lo tenía algo ondulado.

Tanta perfección volvía algo problemático el follársela. Sin entrar en pormenores, intentar razonar el por qué una chica tan pulcra como ella andaba con un tipo fundamentalmente contracultural como yo, me resultaba un misterio; y es que ella ignoraba que escribía poemas, ignoraba que en mis ratos libres de vez en cuando pintaba algún cuadro, y eran malos poemas y malos cuadros, pensaba yo, pero eran el secreto de mi supervivencia, y ella los desconocía, no sabía cuál música prefería, se había dejado deslumbrar por el ejecutivo de cuenta bancario de buen físico, y hasta eso, ella imaginaba que ganaba mucho menos de lo que en realidad gano.

Penetrarla era como entrar en una casa de la risa. “Ven papito”, me decía, “muérdeme las piernas”, y yo comenzaba a hacerlo. Al besarle las piernas me entraba la duda de si ella sería de este mundo, pues sus extremidades me parecían tan blancas, tan lisas, como si no tuviera poros, huellas. Ella sería la fascinación de un fetichista de látex, pues Sonia era como una muñeca inflable animada. Que ahora que recuerdo, ya que estaba cachonda tenía la boca abierta como tales muñecas, y se le metía la verga en ella como a las muñecas, sin que pestañeara. Mientras le mordía las piernas, ella me sujetaba de mi abundante cabello negro, sujetando parte de mis occipitales y mis patillas con puños de parturienta en trabajo de dar a luz y, ¡cuidado con que mordiera con un poco de fiereza!, pues ella cerraría sus puños con fuerza, poniéndome los ojos de oriental con el jalón, y haciendo que mi boca se distorsionara como la de un dragón rapero.

Me encantaba su eterno olor floral. Disimuladamente ella seguía diciendo que mordiera sus piernas, pero conducía a aquello que ella consideraba, sin duda, una pierna más, pues se engañaba diciendo “muerde mis piernas, muérdelas”, pero para esas alturas tenía bien hundida mi cara en su infinito coño. Yo mamaba su sexo con más vocación de avestruz que de perro hambriento. La volvía loca. Empezaba a gemir, y sin embargo, su sentido de amor repulsión hacia mí la hacían cometer cosas muy extrañas. Luego de estarle mamando decididamente el coño, de meter mi lengua muy adentro, de abarcar con mi boca entera los labios de su sexo, de sobretocar delicadamente su vagina con mi lengua, con un sutil casi contacto que la ponía a cien, de abrirle las nalgas blanquísimas con mis manos, se sobresaltaba y decía “No. ¿Qué haces?”, y yo sonreía con cara de idiota como diciendo, “acaso no te has dado cuenta que te he estado chupando el coño por más de diez minutos”, ella se apartaba un poco fingiendo que era yo quien perdía el control y la hacía cometer cosas que ella no deseaba. Toda ella era una contradicción, su Dr. Jeckil sacando de su bolso unos condones y un atomizador clínico que aventaba una lluvia de un líquido antiséptico mentolado, mientras que su Hyde tenía la concha hinchada, dispuesta a todo en la forma más irresponsable, a ser una perra descerebrada en calor.

Venía después la parte humillante de todo esto, se acercaba a mi cara como una maquillista y verificaba qué parte de mi rostro se encontraba húmedo, es decir, mojado de sus propios fluidos, y decidía que sobre esa superficie había que esparcir el líquido mentolado, pues, “hay que cuidar este cuerpito que te pertenece” decía. Al verter las gotitas de esa porquería sobre mi cara, y sobre todo cerca de mis ojos, estos se irritaban al extremo que empezaba a segregar un mundo de lágrimas. “No seas llorón” me decía ella. Ahora sí, con mi superficie mamadora libre de gérmenes, podía mamarle otros diez minutos más. Era seguro que esa sensación de frescura de invierno que se apoderaba de mi rostro, y el sabor dulce y satinado del líquido, se sentía con doble o triple intensidad con las sensibles paredes de su vulva, y por lo tanto dudo que aquello de la limpieza fuera real, sino un mero pretexto para aplicar un elemento exótico a mi mamada, tal cual si le chupara el coño un Yeti.

El sexo era para mi algo muy visual, pues ella era bellísima, y disfrutaba viéndola tan caliente, tan inconscientemente clavada, tan fuera de sí. Verla justificaba cualquier cosa para mí. De hecho, la hora de la penetración era otra cuestión. Siempre lo hacíamos en su departamento porque ni soñando se metería a un hotel, ya sea por miedo a que la viera algún conocido o por miedo a las sábanas que seguro también tenían gérmenes, y muchos, aunque creo que más por lo primero, pues como azafata que era, vivía prácticamente en hoteles, y desde luego la gente va a coger en los hoteles, así tengan estos mil o ninguna estrella.

Se paraba del sillón de mis chupadas. Ponía cara de asco, como si al verme dijera “mira dónde te metes, pareces un tejón de lo más idiota y primitivo”, traía una toalla y me la arrojaba para que me limpiara la cara y las lágrimas. Se iba hasta su grabadora y ponía la música que ella llamaba “música para hacer el amor”, que no era otra que la del insoportable saxofonista Kenny G, que me parece tan soso y de sentimiento tan falso, que supongo que yo le devolvía la cara de asco al momento en que ella ponía el disco compacto de tan insulso y obtuso artista, como si dijera “mira la mierda que escuchas”.

Ella no decía nada, porque su venganza era inmediata, me ponía en el pene no uno, ni dos, sino tres condones. “hay que cuidarse”, me decía. Y así, me daba a la tarea de moverme como un amenizador. Sentiría más si me colgara sobre mi verga real un calzón con dildo integrado. Mi placer era visual, repito, pues pese a todo, tener a esa nena tan perfecta ahí tumbada, recibiendo mis embestidas, era una imagen que me gustaba.

Ella se corría muchas veces. Yo preocupado por el acomodo de los tres condones no dejaba que mi polla decreciera en lo más mínimo, pues correría el riesgo de que el tercer condón comenzara a amenazar con salirse y eso sería suficiente para que Sonia se pusiera paranoica y dejara de follar. En teoría yo no sentía nada, pero era un decir, mis manos no tenían condones en los dedos, a Sonia no se le había ocurrido eso, y yo no iba a darle la idea. Con ellas le tomaba las tetas, las apretaba con fuerza, le abría las nalgas, tocaba su ano, le metía uno o dos dedos mientras ella decía que no lo hiciera, y sin embargo con su cadera se daba sentones que opinaban todo lo contrario, y so pretexto de acomodar los condones me daba el arte para meter uno o dos dedos mientras se la dejaba ir, y ella fingía creer mi mentira porque le encantaba que le metiera cuanta cosa se me ocurriera.

Recuerdo que una vez me hice el equivocadizo y le clavé la verga en el culo, y ella se puso cachondísima, mientras que con su voz decía “¡Ay! Mi conchita, mi conchita”, como si yo no supiera el sitio en el que me estaba metiendo. Desde luego, aclararle la diferencia milimétrica que había tenido mi instrumento en el pequeño entronque que se hace entre ano y vagina sería acabar con su farsa, es decir con su justificación, y no me perdonaría ella que hubiese tomado la ruta al sur.

En cuanto ella sabía que yo iba a correrme, se retiraba de mi cuerpo y se sentaba a mi lado, me hacía ponerme en cuatro patas para que el pene apuntara naturalmente hacia el suelo y el semen quedara atrapado en el condón, nada de que escapara un sólo esperma escabulléndose por el tronco de mi verga dentro de un preservativo que ya no estuviera muy ajustado, y con su puño fuerte comenzaba a agitar mi miembro encapuchado por los tres condones, hasta que regaba mi leche dentro del plástico. Ella decía “Ya está”, con un tono que daba a entender, por un lado, que era ella la que había provocado mi orgasmo, y por otro, que era el momento de la verificación.

¿La verificación de qué?, de que los condones no tuvieran fugas. ¿Cómo?, inflándolos con mi boca. No me daba asco mi fluido, o el de ella, sino el espermaticida con sabor a caucho que luego tardaba días en irse de mis labios. Como digo, metérsela era complicadísimo. Volaba ella a otras partes del mundo, luego regresaba, com&ua

cute;nmente en los días de su periodo, y sólo cuando no era así es que follabamos, es decir, como una o dos veces al mes.

Después de todo la quería, y esa imagen suya de ser un súper premio me tenía satisfecho, con todo y sus tonterías.

Como digo, me acerqué a su grupo de amigos en la fiesta. Esta vez, a diferencia de otras muchas veces, había tanta gente que dudo que todos se conocieran bien, y muchos de ellos seguro no se podrían caer siquiera bien.

Hablaban de música. “¿Qué música te gusta?” le preguntaba Sonia a un cabrón que tenía toda la puta cara de piloto, así como de cincuenta años, arrugado ya, con la cara enrojecida de tantas juergas, creyéndose tener treinta años, sintiéndose simpático, creyéndose él mismo el cuento de que era muy atractivo y sexual. Su corte de cabello era pésimo y su perfume, aunque caro, de mal gusto. Sus dientes estaban amarillos de tanto fumar puros como el que ahora tenía en los labios, apestando la atmósfera, mismo que retiraba con el dedo índice y un anular menos asoleado que el resto de los dedos, seguramente por la falta de cuidado de no broncear el sitio donde su sortija matrimonial va puesta cuando vuelve a su casa. Retiró su apestoso puro para contestar a tan interesante pregunta con una respuesta que me pareció lo más inteligente que ese infeliz pudiera contestar, “Buena pregunta, a mi me gusta de toda”.

Sonia me recibió con un beso en la boca del cual el extraño no perdió detalle. Yo la besé efusivamente a propósito. Las fiestas de la compañía aérea me resultaban ofensivas a la inteligencia y carentes de gracia. “¿Le gusta la música de Magma?” le pregunté al sujeto.

“No conozco ese género”, contestó odiándome y fingiendo educación. “No es un género”, repuse, “es un grupo musical”.

“Pues sí que es extraño. No lo he escuchado mencionar en ninguna ocasión” dijo el muy cretino, tal cual si los grupos musicales le pidieran autorización para existir, como si el hecho de que él los conociera, o no, fuera el parámetro que separa los grupos importantes de los miserables, siendo los primeros aquellos que este subnormal ha escuchado, y los segundos, aquellos cuya oreja divina de este piloto no hubiese degustado.

“Entonces no puede decir que le gusta TODA la música, pues es evidente que hay mucha que desconoce. Aunque puede que usted nos esté jugando una broma diplomática y nos quiera dejar ser para luego dar detalles de cuáles géneros de esa totalidad musical es la que usted prefiere, o bien, espero no herirlo si es el caso, no ha tenido en su vida el tiempo de apasionarse por ningún tipo de música, por eso dice que le gusta de toda, pero en realidad no le gusta ninguna, la música le es ajena y por ello no distingue una de otra, es por así decirlo, una miopía de las orejas”

Al tipo le estaban creciendo las venas de coraje, Sonia tenía cara de desaprobación, los demás que nos rodeaban miraban con ganas de que se armaran los golpes ahí mismo, una chica de buena voz pero pésimo gusto musical cantaba al otro extremo del jardín, pero cerca al fin, canciones sosas como vocalista principal del grupo musical que amenizaba la fiesta al aire libre, portaba unos intragables pantalones de cuero, seguramente prestados. El sujeto del puro quiso ser diplomático, y con todo y su furia me dijo, “ya me interesó ese tal Magma, platícame de ellos”.

Era evidente que Magma le importaba un carajo, pero su diplomacia le indicó que fuera un poco hipócrita conmigo. Era una oportunidad para hacerlo tragar todo el sabor de su acción de ser falso, iba hacerlo padecer mi pantomima el tiempo que yo quisiera.

Además, podría haberme callado la boca, pero ni siquiera los que me aman me habían pedido tan abiertamente que les hablara de Magma, así, la oportunidad de hablar de Magma y aburrir a este infeliz en forma simultánea era algo que no podía resistir. Sonia quería despellejarme, pero tal vez ella también merecía saber al menos una cosa de mí, que amaba a Magma tanto como a sus tetas. Así que empecé:

“Magma es un grupo que surgió en el año de 1970, su líder y fundador es el baterista, cantante y teclista Christian Vander. Antes de hablar de su música, debo decir el contexto ideal en que surge.

Han llegado a catalogarlo como un grupo musical de corte SciFi, y lo que no saben es que se trata de un grupo comprometido con su propia visión de la realidad.”

“¡Oh si!. SciFi, de Ciencia ficción” dijo el sujeto sólo para dar la apariencia de estar participando. Con la mirada le di a entender que me dejara hablar a mí. Que era mi tema.

“Magma canta en un género que muchos han querido llamar rock en oposición, que es algo así como un Jazz al revés. Sus allegados prefieren decir que se trata simple y sencillamente de ZEUL MUSIK, que es la vertiente musical de su movimiento idealístico que en su conjunto podríamos llamar ZEUL WORTZ KOSMIK, pues bien, su legado filosófico queda atrapado en sus obras musicales, las cuales recopilan una especie de narración sagrada, apocalíptica e intergaláctica. Dicen provenir de un planeta que se llama Kobaïa, y por lo tanto no cantan en francés, que es su país terrestre de origen, sino en su propia lengua que reconocemos como Kobaïan. La fonética de esa lengua se asemeja a una mezcla de alemán con francés, con una pizca de no sé qué cosa de otro mundo. Te he de decir que si me escribes en un papel que Christian Vander no es de este planeta tierra, yo te firmaría el papelito sin chistar.”

“Amas mucho a ese Christian Vander” dijo el cretino piloto pensando que con eso me distraería de mi discurso, o bien me iba a hacer quedar como un marica. Sonia se veía tan preciosa como enfadada con el giro egoísta que le había dado a la plática. Me sorprendió ver que ella y el piloto, y los demás que estaban a nuestro lado, tenían una misma actitud corporal, pensé que por alguna razón ellos eran de una especie distinta a la mía. Continué con Magma.

“La base rítmica de Magma es sumamente poderosa. Bajo y batería son extremadamente fuertes y precisos, y a diferencia de muchos grupos que utilizan estos instrumentos como mero relleno, en Magma adquieren una importancia radical. Su obra pudiera yo dividirla en tres partes místicas y una cuarta melódica. La primera es la que reflejan en sus primeras dos obras, “Kobaïa”, su disco debut, doble por cierto, que data de abril de 1970, y su disco “1001º Centigrades”, el primero es como el registro musical de un libro sagrado, y ello se nota desde su apertura cuya primera línea convoca “¡Tierra!, Esto te concierne…”, y empieza a decir como la tierra habrá de perecer como víctima de su falta de sensibilidad por las cosas y su hipocresía. Si disco debut muestra dos pasajes míticos de la cultura Kobaïan, el primero narra el viaje de seres desarrollados en un éxodo de una Tierra maldita a un planeta ideal, Kobaïa, la procesión, la energía que requiere y despliega dicho viaje a través del universo, la nostalgia que implica para muchos el abandono de un planeta tan bello como Tierra, pero tan condenado, las dificultades, las lluvias de meteoritos, hasta el arribo a Kobaïa. El segundo cuenta el descubrimiento de ese nuevo mundo que es Kobaïa, e indica cómo, de inicio, la naturaleza ve en los recién llegados una amenaza intrusa, y ellos, con cánticos y música sublime, convencen a las fuerzas cósmicas, la naturaleza, que les acepte, ésta cede. El tiempo pasa, y poco a poco los supuestos valores terrenales van cayendo en el olvido, siendo suplidos por una nueva cultura que armoniza con el cosmos, la amenaza intrusa deja de serlo, pues en un ser humano, en un despierto, en un Kobaïan, ha muerto el último sentimiento semejante a la humanidad, la tierra se ha extinguido, Kobaïa florece, mientras el clamor de la humanidad, es decir los que se quedaron, es eterno.”

Una chica pelirroja le dice algo al oído al piloto y éste le contesta que sí. La pelirroja va y le dice algo a la vocalista del grupo, la chica del micrófono, guapa hasta eso y con un antifaz, mueve la cabeza negativamente y luego soltó una carcajada, el piloto ve eso y se ríe, la pelirroja también y se marcha. El grupo empieza a cantar música tropical. El piloto quiere ya desembarazarse de mí, pero no lo dejo, reanudo mi arenga.

“Si bien la obra de Magma en sus primeros dos discos es influenciada por la música del jazzista John Coltrane, y se basa en saxofones, trompetas, bajo, escasas guitarras, flautas, piano, batería y canto, sus obras subsecuentes demuestran una originalidad asombrosa. Su música se marca más por las bases rítmicas y se asimilan i

ntervenciones corales femeninas que vuelven mágico y emotivo su estilo. Esta segunda etapa, también mística, trae a la luz las obras más importantes de Magma a mi punto de ver. El tema es ahora la narración de la destrucción de la humanidad caduca, y por lo tanto su obra más característica es una trilogía de discos que se denominan en su conjunto como THEUSZ HAMTAAHK, que es traducido como “Muerte de La Tierra”, y que se compone por tres discos, que son Theusz Hamtaahk, que es el primer movimiento, Wurdah Itah, que es el segundo movimiento, y Mekanïk Destruktïw Kommandöh, que es el tercero y último movimiento. Estos discos a su vez van acompañados de otro que se llama Kohntarkösz. Los insulsos dirán que sus armonías y fuerza vocal se influencia por los cantos gregorianos e incluso en Carmina Burana, pero esa opinión es desatinada y simplona. Las bases corales de esta etapa de Magma son extraordinarias, es como si a una orquesta de coros la drogaras con chiles picantes rellenos de peyote consagrado. La furia y la fuerza hacen que discos como el Haïï, que es un disco en vivo de esta época, sea un verdadero tren fuera de control. Esto pasa durante los años de 1973 a 1975, en una música que en el fondo es atemporal, que podría corresponder a estos tiempos, o a tiempos venideros inclusive.”

El piloto quiso intervenir de nuevo diciendo no sé qué burradas respecto de que Carmina Burana fue compuesta por unos monjes que, al hacer la obra diabólica, quedaron excomulgados. Sonia estaba bastante impaciente. Yo seguí con mi discurso.

“La tercera fase mística la componen los discos más raros de Magma, y raros no porque los otros tengan música sencilla, sino que pareciera que están fuera de contexto, y son el Attahk, disco de 1975 con portada de H. R. Giger, y el Üdü Wüdü. Ambos reflejan una alegría gospel del mundo Kobaïan, y son muy mal comprendidos. A mí me parecen geniales, energéticos, viscerales. La felicidad me parece que es así, lejana a la contemplación, Magma no contempla, ejerce, transmuta, se vuelca intensamente en el mundo que habita, que de suyo es el mundo de notas. Es fase mística, después de todo.”

“La cuarta parte, melódica, se comprende por el disco Merci, en el cual tocan muy cerca del Jazz, fuera del cerrado círculo de la música extraterrestre.” “Magma sigue actualmente tocando. En 1999 vino a la Ciudad de México, y puede ver que Christian Vander, más que tocar la batería, se sienta sobre su silla y se transforma él mismo en su música, en su ideal, en su concepto, en su energía, con una visceralidad poco común y una habilidad y técnica insuperable a la hora de manejar su instrumento, pues estalla sobre tambores, bombos y platillos, con una precisión y disciplina casi militar, y a cada golpe de batería en realidad es como si portara dos batutas supremas con las cuales dirigiera una orquesta cósmica, un ritual Kobaïan, que es Magma en concierto”

“En verdad es raro que no conozcas a Magma, pues no es un grupo marginal, tocó en 1974 en la BBC, y para ello no suavizó ninguna de sus notas, ha hecho proyectos interesantes, por ejemplo, en su 25 aniversario celebraron un concierto con bases corales infantiles. ¡Cien niños cantando Mekanïk Destruktïw Kommandöh!. La misma longevidad del grupo nos habla de fuerza, misma que no han disminuido ni un solo gramo.”

Por fin terminé, el círculo de anti amigos se disolvió. Sonia se acercó a mi mejilla como para besarme, pero sólo se acercó a mi oreja para decirme que me había comportado como un hígado muy pedante. Me deprimí, pues simpatía o antipatía aparte, la música me apasiona, y Magma es mi máximo musical. Desde luego, qué podría esperar de alguien que escucha al aburrido de Kenny G. Sonia me habló poco, y cada intento de abrazarla, tocarla o apropiarme de ella, fue sutilmente esquivado. Cualquiera que nos viera pensaría que ella era un cometa con un cuerpazo y yo su perrito faldero. Ella se movía rápido muy a propósito, saludaba muchos amigos. Le rozaban las tetas disimuladamente y ella fingía falta de malicia para notarlo, se sentaba con sus piernas más abiertas de lo normal, al bailar fingía tocarse. Me provocaba intensamente. Volvió a saludar al piloto y éste le dijo un secreto al oído, ella se rió, y yo me enfurecí.

De rato, Sonia empez&oacute

; a decirme que era un cretino. Yo le comentaba que ya quería marcharme, ella me empezó a decir que parecía la cenicienta, que lo mejor estaba por empezar, no le creí nada, discutimos. Ella se quedaría y yo me largaría.

Salí encabronado de ahí y di varias vueltas por calles del centro. Por alguna razón me sentía muy incómodo, pensaba en lo poco afines que éramos, en nuestras discusiones, luego recordaba el día en que nos conocimos, nuestros detalles. Una hora y media vagué por la ciudad, desesperado, llegué estar incluso fuera de mi casa, con el coche apagado, y aun así no me bajé de él. Decidí volver a la fiesta a pedirle disculpas a Sonia.

Al regresar, a eso de las dos de la mañana, la fiesta se había amilanado hasta quedar casi extinta. Yacían vasos desechables vacíos por todas partes, tiras de papel, refrigerios a medio morder, la alberca sola y el jardín solo. Me hubiese marchado pensando que ya no había nadie, pero en la cochera habían algunos coches todavía y entre ellos estaba el de Sonia.

Me metí a la casa y caminé por los pasillos. Había un televisor encendido y sintonizado el MTV, pero nadie lo veía. Parecía desierta la casa también. Escuché risas en la parte de arriba, escuche jadeos. Mi frente comenzaba a sentir algunas molestias muy fuertes, y mi orgullo temblaba como la cuerda de una guitarra. Subí lentamente por la escalera, cuidando de no hacer ruido para escuchar mejor lo que pasaba arriba. ¡Eran los gemidos de Sonia!.

Mi pecho lo sentía más grande de lo que era, la sangre chorreaba violentamente en mis venas, y un calor húmedo se apoderaba de mis sienes. Antes de empujar la puerta temblé verdaderamente, pues el sonido era inconfundible y abrirla era sólo un mero trámite, ya no para saber qué hacía Sonia, sino para averiguar de qué forma lo hacía. Empujé.

Sobre la cama y en cuatro patas estaba mi bellísima Sonia completamente desnuda. Detrás suyo, metiéndosela a lo perro estaba el piloto, todo viejo, arrugado, rojo del cuerpo, moviendo sus carnes fláccidas con furia, bañado en sudor. Con sus manos la agarraba de las caderas, sujetándola y haciendo de su envite de pelvis y su jalón de brazos, un solo acto, pues al meter la verga, jalaba el culo de Sonia para empalarlo con más fuerza. A cada penetración Sonia emitía un quejido. Sonia, con una de sus manos, empuñaba la verga de otro invitado.

Me vio entrar y la muy puta se sonrió. Yo estaba absorto, acabado. Mi imaginación me hacía la peor trastada, pues imaginaba las miles de noches en que me puso los cuernos, y visualizaba el tipo de vida que se daba en cada viaje, intuía que en cada puerto tenía una verga que la hiciera gozar. Ella dijo entre jadeos “Creo que terminamos”, y se rió diabólicamente. El piloto dijo asombrado y sin dejar de pompear, “¿Es tu novio?, No lo cortes, enséñalo a compartir. Además me da morbo metértela teniendo tu novio enfrente”, el tipo que yacía en la cama con la verga empuñada por Sonia dijo, “Nada de escenitas cabrón. Soy cinta negra de karate, y si me haces pararme de aquí donde estoy tan a gusto, será para reventarte los dientes. Aguántate como los hombres, no quieras a tu vieja para ti solo, porque está muy buena”.

“Ven” Dijo Sonia, moviendo su mano libre, mientras sus tetas seguían en un vaivén rítmico, la mano, móvil como una serpiente, sugería que quería que me pusiera en su otra mano, con mi miembro duro entre sus dedos. Pero no lo hice. Sólo la veía. De hecho empecé a mirar. En el fondo follaban dos chicas con un hombre, y en un sillón cercano estaba una chica con una asfixiante capucha negra en la cabeza, ella tenía atada además las manos, cosa que no impedía que se masturbara, su posición con la cadera de cara al respaldo del sillón sugería que esa chica no sería follada mientras estuviera en dicho mueble.

“Si no quieres venir, entonces mírame, mira cómo se cogen a tu noviecita santa. Mira mis ojos, percibe cuanto estoy gozando. Estás seguramente imaginando la gran vida que me doy con mi vida de azafata, piensa lo que quieras, puedo llenar dos aviones con hombres que me han cogido durante mis viajes, todos sabiendo que no me poseerán más que una vez, faltándome el respeto, ese respeto que tanto me cuidas. Eres

mal guardián Emmanuel, el demonio lo tengo en el coño, y no hay día que no me metan una verga, esté o no de viaje. ¿A poco creías que una mujer como yo puede ser atendida por un solo hombre?. Por eso me encanta ser azafata, porque todo el tiempo hay vergas.”

“Siempre mentiste. Siempre dijiste que me echabas de menos todo el tiempo cuando estabas fuera” Lo dije con voz temblorosa, y una vez dicho entendí lo patético que era reclamarle eso en este momento. Fue mi último gesto de inocencia, lo gasté en forma estúpida, nací en otra dimensión de hombre. Ella hizo de mi intervención algo más miserable diciendo “Me acordaba de ti cuando veía un hombre, aun vestido, un hombre que aun no me conocía, y del cual sabía que llenaría mi cama cuando yo quisiera. Me acordaba de ti cuando regaban la leche en mi vagina, en mi boca, y me preguntaba cuánto gastas en condones”.

Yo sentía mis ojos humedecerse, y pese a ello mi polla estaba muy hinchada. El tipo que se dejaba estrujar la verga con la mano se levantó y masculló, “con perdón de tu novio, todo lo que dices me ha puesto muy caliente”, y el piloto dijo, “a mi también, estoy que ardo”.

Para mi sorpresa, el tipo de la verga manipulada se subió a la cama, se colocó detrás del piloto, y comenzó a magrearle las nalgas. Se agachó y comenzó a lamerle el culo, cosa que el piloto agradecía con gemiditos de hamstercita preñada, “Recibo instrucciones Capitán, ¡Cambio!” le dijo con voz suave y coqueta el lameculos, lo que para ellos sería un detalle ingenioso, el copiloto pidiéndole permisos al capitán en la cama, este último contestó “Cógeme y llévame a lo más alto, ¡dentro y fuera!”. El copiloto sujetó las nalgas del capitán y lo empaló sin mucho trámite, y así, copiloto se follaba al piloto y el piloto a la azafata, esto en una burda cadena alimenticia que se unía por un mismo sentimiento de humillación a mi persona. Se completaría si el dueño de la compañía aérea se atravesara al Copiloto y Sonia me la mamara a mí, que vendría a ser algo así como el pasajero, pero no ocurrió.

En el fondo de la habitación pasaba algo parecido, el tipo se follaba a la pelirroja de hacía un rato por el ano, mientras que la otra chica se las arreglaba para introducirse ella sola un dildo de goma transparente, al momento que metía su lengua en el culo del hombre. La chica del dildo movía violentamente sus caderas.

¿Qué hacer? Me pregunté. Podía cogerme a Sonia, con furia y rabia verdadera. Los que la follaban no usaban ni un sólo condón, y no valían la pena para una ruleta rusa con eso del sida. Además, los tres se refocilaban duramente entre ellos. Pensé que tal vez sería una lección para Sonia despreciarla, pero ¿Qué ganaba yo con eso?, me quedaba igual de caliente que antes, dejando pasar la oportunidad de follarla bien al menos una vez en la vida, regresándole todas las humillaciones recibidas, pero en el fondo ese no es mi estilo, yo no follo por venganza sino por placer, y no me parecía placentero, por ahora, rabiar con Sonia. La otra chica alzaba el culo como gata en celo, y maullaba con el simple contacto del aire, era una desconocida pero mitigaría mis ansias.

Ella ha de haber leído mi mente, porque volteó a verme y con su dedo me invitó hasta donde estaban ellos, señalando con su mano derecha un sobre que contenía un condón femenino, de esos que son enormes y evitan el contacto físico pero no el placer. Ella comenzó a meterse el preservativo en la vagina, y una vez que lo tuvo dentro, paró el culo de manera asombrosa. Yo me desnudé y dejé a la vista mi enorme palo, y apuntando firmemente, dejé clavar toda mi carne en aquel cuerpo.

La tríada que estaba a mis espaldas no hacía el amor entre sí. Frente a mi rostro tenía un espejo que, por una parte me permitía ver mi propia cara y mi propia excitación, y por otra me permitía ver como enculaban a Sonia. Vi que el piloto sacó su verga de la vagina y la reacomodó en el culo de Sonia, y empezó a embestirla enérgicamente. Los tres parecían no estar en su asunto, pues por el espejo los atrapé viéndome el culo. Tal vez por orgullo, y como despedida a mi flamante ex novia, comencé a clavarle la

verga a la chica que me había invitado, cuidando de mover exageradamente mi cadera, haciendo, por el frente, un meneo de carne casi inverosímil, metiendo la verga en muchos ángulos, girándola dentro, haciéndola temblar, mientras que todo esto hacía, a mis espaldas, una extraña danza de culo dirigida a aquellos que nunca podrían tocar ese culo ni recibir mis envites, nunca más.

Conforme giraba la pelvis, el trío de atrás se puso muy caliente, y estaban en trance casi hipnótico viendo mis nalgas danzantes, parecían tres gatitos que mueven sus cabezas en forma inquieta persiguiendo la luz de una lámpara de mano que uno les proyecta en el muro para que intenten atraparla, y mi culo, ¡claro está!, era esa lucecilla que ellos seguían a detalle, y empezaron a correrse al unísono, lanzando, los tres, gritos femeninos. El tipo, al cual la chica que yo me cogía le lamía el culo, no soportó el sonido del orgasmo de la cama contigua, así que él mismo empezó a dar signos de querer correrse, así que la pelirroja se quitó de la posición en que estaba y se hincó de rodillas frente al miembro del sujeto, y le tomó de las manos, y así, sujetos de las manos, sin que nada más que la boca de la pelirroja tocara la polla de este tipo, empezó a sucederse el orgasmo, empezó a manar la leche espesa, y la chica pelirroja exprimía aquella verga con una habilidad bucal sorprendente. Retiró sus labios llenos de lefa y miró aquella verga como si esta fuese la única en el mundo, viendo como salía una última gota dolorosa, misma que ella batió con la punta de su lengua.

El encanto de la pelirroja me detonó el morbo, así que empecé yo mismo a venirme dentro de la vagina de mi chica. Mis ruidos en el orgasmo eran con entera seguridad Zeúl Musik, guturales, intensos, atemporales. Vi mi cara en el espejillo, era un rostro cósmico, feliz, trascendente. Dejé escapar un sonoro Ouurrrrhhzzzzzzz Mmmmmmmahhhhh Wuhööötsz.

Me separé cayendo tendido en la alfombra en posición de crucificado, pues en cierto modo lo estaba. La chica a la cual yo me follé se llevó la mano a su vagina, que seguía en alto, y extrajo el preservativo. En una supuesta broma, metió el dildo al preservativo y lo cubrió de semen. Cerré mis ojos unos diez segundos, imaginando en forma equivocada, que sería como en algunas películas que rinden culto al semen, en que la chica extrae el esperma y luego se da maña para probarlo, sin embargo, al abrirlos, encontré que la broma era más pesada de lo que creía, pues el dildo humedecido con mi esperma, lo metía en el cuerpo de la chica encapuchada, quien desde luego desconocía que el dildo que le estaban introduciendo estaba, por decirlo de una forma, contaminado con semen potencialmente fértil. Quise decir algo, pero la pelirroja me tapó la boca con una de sus manos que por cierto olía a culo, mientras que el Copiloto cinta negra en Karate me hacía una amenaza con el puño, como diciendo, “tú que la alertas y yo te doy la azotaína de tu puta vida”. Todo me pareció repentinamente de mal gusto, dejé de sentirme hedonista y comencé a ponerme intratable. Pasé por alto la mordaza de la pelirroja y me cagué en la amenaza del Copiloto, “No les permitas…” le dije a la chica. Recibí un manotazo en la cara. Vi a Sonia repuesta, no quise decirle nada, ni siquiera adiós. Me fui harto de todo, simulando que me dirigía al baño, pero en realidad me vestí y salí de ahí.

La mañana siguiente fue sólo el comienzo de lo que sería el curso de mi vida durante los meses siguientes.

Llegué con una cara de drogadicto en problemas, la corbata y el saco formal sólo acentuaban que la noche anterior la había pasado bastante mal. Los tragos de rigor pasaron, los compañeros fingiendo que les conmovía tu condición, las fraternas muestras de piedad no solicitada ni requerida, la lástima. El gerente general del banco nos visitó y elogió mi buen desempeño, a la vez que me premió con la emisión de una tarjeta de crédito internacional, como si fuese esto motivo de un orgasmo. Desde luego me alegraría si aquello que pagara con ella no se me cobrara nunca, pero no sería así. Estaba bien jodido del alma, pero con una tarjeta dorada en la cartera.

Cada día que pasó fui perdiendo la fe en todo, ir

a trabajar me parecía una idiotez, y aunque mis resultados eran buenos, ello se debía a que entendía plenamente las leyes económicas en que opera la gente, y manipular algo que conoces de sobra no tiene ningún mérito. Me fui a pique porque ayudaba gente por la cual sentía cada vez más desprecio. Llegaba a casa y escuchaba a todo vuelo los discos de Magma, a quien reconocí como el único grupo viable en el planeta, y me ponía a pintar obras que estaban violentas a manos llenas, flores hirientes, cielos tortuosos, la gente deformada toda. Fue que inicié mi carrera hacia el suicidio. Mi conteo final era sencillo.

Accedí a Internet a la página que comercializa los discos de Magma, que es seventhrecords.com, y abrí el catálogo. Ahora con mi tarjeta internacional podía hacer los pedidos de discos. Como los discos más vendidos sí había podido adquirirlos en las tiendas de discos normales, empecé a pedir los discos cuya rareza no los hacen de fácil comercialización, básicamente conciertos. Me centré en Magma, en nadie más.

Me metía a la página y pedía dos o tres discos, a veces un llavero. ¿Qué tiene que ver esto con una cuenta regresiva?, que compraría todos los discos de Magma que me faltaran, y el último de ellos sería un concierto de 1976 que se hace llamar “Opera de Reims”, que es un disco triple, al llegar ese disco acabaría conmigo mismo en la forma que más me apeteciera.

Hacía mis envíos, y de Enay, Francia, a México, tardaban tiempos muy variados, a veces un mes, y en una ocasión llegó en diez días, cosa que califico como sobrenatural si se considera que el servicio postal mexicano no es el más eficiente.

Día con día revisaba el correo esperando que llegaran mis paquetes, que los envían en unos sobres de cartón que no sé cómo protegen los discos tan bien. La emoción de recibir los paquetes era proporcional a lo raro que sentía de estar agotando un número más en mi cuenta regresiva. Como el domicilio del banco es más público, pedía que me enviaran ahí los envíos. Todos sabían de mi pasión por los paquetes, para ellos yo era un ser muy feliz de estar completando la colección, pero ignoraban la tristeza oculta de todo. Por fin llegó el momento de pedir la “Opera de Reims”. Mi mano tembló cuando oprimí la tecla de enviar en el Internet. Mi suerte estaba echada, estaba más muerto que vivo. Mi casa la veía y me preguntaba a dónde iría a parar todo, si no tengo familiares o herederos. Era un no vivo. A tres días de enviar el pedido, entré al banco como todos los días, y el pelmazo de Luis Zamarripa, a quien todo el mundo le dice “Zangarripa”, por lo perezoso, me señalaba a la calle y me decía, “¡Corre, corre! Alcanza a esa chica, vino muy interesada en preguntar por ti. Le quisimos atender pero dijo que no se trataba de nada bancario”, yo volteé con poca vocación de correr por nada de este mundo, y sólo vi un cabello negro y liso, metiéndose rápido en un Volkswagen Sedán, como los hay miles en ésta ciudad, y arrancando.

Mentiría si dijera que no me inquietó esa visita, pero yo ya no contaba nada. La chica tenía mala suerte, porque me buscaba justo en los momentos en que yo no estaba, en aquellos en que yo no llegaba, en aquellos ratos en que había salido a hacer algo en otra sucursal. Tres veces me buscó. En la última de ellas quedó de acudir más tarde, y la hubiese esperado, siempre que no hubiese llegado, como llegó, mi paquete de la seventhrecords.

Lo tomé, y sin dar mayores explicaciones me salí de la sucursal ante el asombro de clientes y demás personal del banco. Me dirigí a mi casa.

Acomodé sillones, lo más cómodo posible, aunque de seguro me pararía a agitar las manos como si fuera baterista. Puse el clima ideal. Coloqué algunas velas por todas partes. De camino a casa compré flores, muchas flores, porque me las merezco, y pagué con la tarjeta que nadie pagaría, con ella compré un buen vino y una bata de seda.

Mi reproductor de CD es de cinco discos, pero le falla uno, así que es de cuatro, pero me era suficiente. Coloqué los discos en orden regresivo, primero el que trae Mekanïk Destruktïw Kommandöh, seguido del que trae Theusz Hamtaahk y Kohntarkösz, y termina

r con el que trae De Futura y Sons et Chorus de Batterie, como cuarto disco puse el concierto “Per la Voix”, con la pieza Zëss, que es buena para ser la última que oyera en la vida.

Cuando inició el año nunca hubiera pensado que iba a matarme. Lo había empezado cogiéndome a Sonia, y eso era un buen agüero para mí. En enero había sido lo de la fiesta, casi a inicio de año, y estaba apenas a finales de noviembre, y ya quería matarme, ni siquiera un año. Pensaba en esto cuando tocaron a la puerta. Dudé en abrir. Pero abrí.

Esa la chica. Llevaba minifalda y medias negras, con unos zapatos tan agudos en su punta y en su tacón que sentí lastimada la piel de mi espíritu. Tenía una cintura algo ancha que forzaba con un cinto de cuero, lo que la hacía verse exquisita. Sus pechos eran de una redondez llamativa, pues despedían una fuerza extraña hacia mi boca y a mis testículos. Su cuello era blanco y presumiblemente dulce, encima había un rostro algo tosco pero bello, con una pequeñita cicatriz en la barbilla, supongo que originada por una caída infantil, con un cutis hermoso con algunas manchitas, hormonales tal vez, que hacían unas sombras simpáticas, la boca era carnosa, su nariz era larga y afilada, su mirada me perdía y me encabritaba, pues me miraba de arriba abajo como si me inspeccionara, como si viniese como un ángel a atender una situación de emergencia y previo a todo, tuviera que verme el alma para hacerme un dictamen.

Me quedé mudo. Aunque encantador, éste ángel no tenía nada qué estar haciendo aquí y ahora. Mi entrecejo se frunció, pero ella apagó mi furia alzando con una de sus manos largas un sobre blanco tamaño oficio que tenía un matasellos que decía “101 avenue Jean Jaureé, Epinay Sur Seine Cedex, SEVENTH Records, tel (1) 48.26.10.27”, pensé “qué mezcla tan poco convencional”.

La invité a pasar porque se me ocurrió que estaría bien follar antes de morir y así volver locos a los forenses. Sin embargo no quise aplazar mi ejecución, con ella o sin ella fui a poner PLAY a mi aparato de sonido, y no pensé en bajarle gran cosa al volumen, arriesgándome a que se marchara, pues si hay una música contraria al romance, esa es la de Magma. Mi incertidumbre era suprema porque además estaba preso del gusto de descubrir una nueva obra de mi grupo favorito.

Ella me entregó el sobre. Ha de imaginarse que una banda apocalíptica que cree en el exterminio humano como tal, sea ajeno a cualquier rito terrestre, sin embargo, para ironía cósmica, esta chica me traía un sobre de la SEVENTH Records, era obvio que ella no era mensajera de dicha disquera. “¿Cómo lo obtuviste?”, pregunté. “Me lo dieron en el banco, junto con tu dirección, llegó después de que saliste sorpresivamente, o eso dijeron”, su voz era bella. Antes de que le preguntara cualquier cosa, lo que apresuraría nuestro encuentro, ella dijo, “¿Por qué no mejor lees tu carta y luego hablas conmigo?, te ves ansioso por abrirla”. Le hice caso.

Era ni más ni menos que una felicitación navideña con el emblema de Magma. Mi mente captaba bien, ¡Navideña!, ¡Navidad en Kobaïa!, no sabía si reír o llorar, yo que me sentía compenetrado con mi propio exterminio, alejándome cada vez más del mundo, sacudido por un acercamiento como este. La carta se resume en varios puntos significativos, primero, en unos Santa Clauses en sus trineos, segundo, que la Seventh recomienda que una buena manera de pasar una navidad intensa es descubriendo las obras que no tienes aun de Magma, cosa que de inicio no me aplicaba porque había comprado toda la obra de dicho grupo, Recomendaba un disco de Christian Vander como solista, esos no los había yo adquirido, que se llama “A Tous les Enfants”, que es un disco de música infantil, que te encantaría aun si eres viejo, y lo más grave, los discos te los regalaría un tal “Old Uncle Zeben”, que no me imagino qué sea, salvo que se trate de un Santa Claus Kobaïano.

Y lo peor, o tal vez lo mejor, en el interior de la carta decía “COOMING SOON.- MAGMA 30 ANNIVERSARY CONCERT.- AKT 15.- MAGMA La TRILOGIE au TRIANON.- Cooming out 2001”, es decir, no tenía todas las obras de Magma, me faltaba esa obra avisada. Entendí aquello como un vago ruego de Magma porque no me matara, desarticulando mi cuenta regres

iva agregándome un menos uno. ¿Cómo asumir todo aquello?.

La música sonaba, y la chica lejos de amilanarse por el ritmo fuerte y el volumen, tarareaba con sus dedos sobre sus rodillas, envueltas en esas medias negras que las hacían verse divinas. Bajo la media, la rodilla tenía otra cicatriz. Sus rodillas me tenían hipnotizado, pues se movían como la manzana del cuello de un cantante de opera, dentro de ellas había sin duda un hueso, y músculos, pero sobre todo, sobre esos huesos y músculos, y bajo esas medias negras, había una piel, seguramente con sabor y aroma particulares, con temperatura y textura que le son únicos. La rodilla me hacía bajar la vista sin remedio a los zapatos de aguja, los cuales tenían un cintillo sobre el tobillo.

Siempre me pareció una pendejada las prácticas de lamer zapatos de clavo, dejarse clavar tacones en el culo o pajearse con la suela del calzado, pues el zapato en sí no me llama la atención, sino que es en su conjunto el pié y el zapato, juntos se convierten en un organismo nuevo y diferente, deja el pie de servir para caminar y comienza a convertirse en una zona erógena nueva. La pantorrilla se alzaba entonces como una columna que nacía de aquel zapato puntiagudo, el zapato era la flor aguda de la cual la pierna era el tallo, ¿y la raíz?, aquella sonrisa que esta chica portaba en los labios, como si supiera todo lo que me ocurría. Comencé a pensar que se trataba de un ángel real.

Sus dedos sobre las rodillas no perdían detalle de las armonías de Magma, cosa que me dio buena impresión. Y pese a que no estaba en actitud de justificar ninguno de mis actos, le dije “Perdona si la música es muy fuerte y muy rara. Es Magma”, ella contestó dulcemente, “No. No me molesta. Estoy disfrutándola”. No lo creí. Empecé a decirle toda la arenga de Magma para ratificar, tal vez, mi disculpa. Le hablé de su filosofía de exterminio del ser humano, del mundo mítico que ellos reconocían. Ella me puso atención para luego preguntarme, “¿Crees que exista Kobaïa?”, la pregunta me hechizó, aunque no tuviera respuesta para ella, le dije, “En el concierto que dieron en el 99 en México, tuve la oportunidad de estar cerca del vocalista, que no es el de siempre, y un tipo le preguntó lo mismo. Él miró a todos, los ojos de cada uno de nosotros le dictó aquello que debía responder, pues en el fondo deseábamos que dijera que sí existía. Él sólo se limitó a decir en inglés Maybe, es decir, tal vez. ¿En serio te gusta?”

Ella me miró paciente y me dijo “Debes sentirte privilegiado de poder obtener de esta música un placer muy único. Piensa que el gusto es una situación mágica. Tú dices que la música de Magma es hermosa, y déjame decirte que no es hermosa ni horrible, sencillamente hay oídos preparados para escucharla y oídos que no pueden hacer nada frente a ella. Piensa en esto, si aquello que amas fuese intrínsecamente bello, todos percibirían esa belleza, y amarían aquello que amas, y no habría opiniones divididas pues todos se rendirían ante su encanto. Al igual, aquello que encuentras horrible no es intrínsecamente horrible, si lo fuera, todos lo despreciarían, todos quisieran destruirlo, nadie opinaría en contra de su fealdad. El mundo no es ni bello ni horrible, el mundo es como lo quieras ver, como lo puedas ver, aquello que tus sentidos pueden percibir en tu corriente particular. Noche tras noche sueño con no tener los ojos pardos, negros, azules o verdes, quisiera tenerlos transparentes para ver las cosas en su esencia profunda”

Me quedé petrificado ante aquella verdad tan fuerte. Era demasiado para mí. Sus palabras me sugerían que nada era real, que todo lo vivido no era otra cosa que mi visión de la vida, el alimento, la sensación, el sexo, todo era conforme mis sentidos lo exigían, aun el engaño de Sonia. Estaba rendido ante este ángel.

“¿Qué sientes cuando escuchas la música de Magma?”, me soltó a quemarropa.

“Por un lado pienso que es una destrucción bella, aunque no me creo del todo que nos vayamos de la Tierra para Kobaïa”, contesté. Ella repuso, “¿Qué te hace pensar que Kobaïa queda más lejos de lo que estamos tú o yo ahora?, ¿Acaso Kobaïa no podría ser la tierra una vez que comprenda y obe

dezca las leyes naturales?”, sacó de su bolso un Bookset de Christian Vander que se llama Korusz, donde se explica que, al tocar la batería, Vander pretende exorcizar los elementos, considera que el ritmo supremo es el de la naturaleza, que es el único que no tiene problemas de tiempo, el cual es inatrapable, y uno intenta el ritmo, mientras que la vida es una sucesión interminable de improvisaciones que conducen a revelaciones.

Todo era sobrenatural. Ella no era para esas alturas un ángel, sino mi Dios, mi religión, la comprensión total de mi alma. Luego de ver los textos de Vander, surgió en mí una idea, algo que estuvo en mis narices todo el tiempo y que nunca había visto. Corrí a sacar de mi estante de discos compactos el CD de Haïï/Live, el primero de Magma que compré, y en su cartoncito dice: “THE MUSIC OF MAGMA IS LIKE A MIRROR WHERE EVERYONE CAN SEE A REFLECTION OF WHO HE IS”, es decir, la música de Magma es como un espejo en el cual cada quien puede ver un reflejo de lo que cada quien es. ¡El mensaje estuvo siempre ahí! Desde mi primer disco que compré hacía cinco años.

No hubo más lenguaje, nos miramos. No me pregunté si era ángel o demonio, o las vías que había tenido para intuirme, en cualquier caso me sentía miserable. Mis ojos se humedecieron. Ella se arrodilló y comenzó a beberse mis lágrimas. Su contacto era para mí superior. La música sonaba detrás, pero la batería ya no era un instrumento, sino el sonido de los elementos, de la naturaleza, y la violencia de Magma era ahora la violencia natural de un mundo que se crea.

Ella, que se llamaba Alejandra, era el reflejo del universo, y yo también, y la amaba. Me puse de rodillas al suelo y comencé a besarle las medias negras, sus medias negras y sus zapatos agudos, que eran como el fuego, su forma era la de galaxias haciendo colisión. Comprendí que su pie pisándome el muslo, hacía que su tacón volviera de mi pierna el centro de todo, de ahí la sensación inundaba el resto de mi cuerpo como una marea.

Besaba sus rodillas a la vez que alzaba los brazos para liberarla de su pequeña falda. Cuando la falda cayó al suelo, dejando ver un liguero precioso y la ausencia de pantaletas, empezaba a sonar Theusz Hamthaak, mi lengua nunca estuvo tan unida a ninguna causa, atrapaba la música, depositándola en la punta de mi lengua, dando una mamada ajena a esta Tierra. El organismo de ella atendía cada una de mis acciones, correspondiéndola con la suya adecuada.

Si bien cuando la vi por vez primera tenía el cabello liso y oscuro, esta vez lo traía teñido de rojo, y con un peinado alienígena. La sujetaba de las corvas, tocaba con mis manos las rodillas y sentía el juego de sus articulaciones. Su sexo sabía tan bien, y se hinchaba tan divinamente que juraría que tenía mucho de no tener contacto con nada. Su cuerpo se me antojaba imperecedero, eterno, era la belleza.

Le quité el resto de la ropa, menos el sostén que no quiso quitárselo, y desde luego el liguero, las medias y los zapatos. Ella se inclinó y comenzó a tomar mi verga con su boca, rasguñándome las piernas mientras hacía esto. Mi piel se erizaba como si tuviera un frío inmenso, pero era en verdad calor. La música y ella no eran cosa distinta, eran una misma, así de fuerte, así de enérgica. Todo su cuerpo era una base rítmica poderosísima.

La tendí sobre el sillón y comencé a penetrarla con todo el empuje de la música, mientras sus medias negras eran ahora unas columnas dobladas perfectamente que sostenían el templo cuyo techo era yo mismo, sostenido en las puntas de sus tacones, a la vez que no perdía de vista aquellos pechos sujetos.

Mientras follamos, cambiamos muchas veces de postura, pero casi siempre nuestras bocas permanecían unidas, como si por conducto de ellas nos intercambiáramos momentáneamente el alma, en una ruleta indistinta. Era suyo completamente y sólo deseaba con todo el corazón que ella quisiera ser mía. Empezó De Futura, seguimos cogiendo.

En la última pieza, ella estaba sentada encima de mí, y yo me volvía loco. Por fin veía sus pechos, redondos e intensos, con un pezón algo largo, humectado, fresco, listo para encantar. Tan pronto sujeté esos planetas con mis manos, emergió de aquellos pezones un involuntario chorro de leche, no un chorro dirigido, sino una fuga, como una l&a

acute;grima blanca, pero lágrima de alegría. Mis manos se teñían de blanco con aquella miel cálida. Alejandra se repegó entonces a mi cuerpo y la leche fue a dar a la pequeña cueva de mi esternón. Durante todo el acto sexual ella y yo emitíamos toda serie de sonidos que nos eran nuevos a ambos.

Cuando sonaba Zëss, ambos tuvimos un orgasmo simultáneo, tan profundo que lloramos. Nos quedamos unidos mucho después de que se terminó la pieza, sin embargo la música seguía, había nacido en nuestro interior, nos había tocado la magia. Todo me parecía coherente ahora, todo tenía razón de ser. Ella era mi despertar.

Ella me contó, estando aun unidos. “No es azar que esté aquí. Nos conocimos en realidad hace tiempo. Recuerdas aquella fiesta que se realizó en enero. Había una vocalista de un grupo insulso, esa era yo. Una pelirroja se acercó a mí y me preguntó si mi grupo tocaba alguna pieza de Magma, y yo reí diciendo que no, pues conozco Magma, aunque prefiero los discos de Christian Vander Offering, y luego atendí su orden de cantar cumbias. Luego regresaste, yo yacía encapuchada. Hicieron conmigo una travesura de meterme un dildo con semen, semen tuyo. Pues bien, de aquello tuvimos una hija, se llama Stella, como Stella Vander, y vine a ver si eres un padre adecuado para ella.”

“¿Y lo soy?”

“Sí, lo eres”

Así, la vida no sólo ha vuelto, sino que he reconocido que nunca estuve vivo hasta ahora. Amamos Magma, que más que un grupo es una manera de ser y sentir, y pese a que sé que la inmensa mayoría no sentirá un vuelco en el pecho de escuchar el final de mi relato, he de explicarlo antes de decirlo. Offering tiene unas piezas vocales bellísimas, una se llama A Fïïeh, y la otra se llama Ehn Deiss, siendo esta última una obra maestra. Escucharla nos evoca todo el sentido del cosmos, de la lucidez de verlo con los ojos propios, abiertos siempre. A grandes rasgos, lo que aprendo es que aquello que desdeñamos es algo que nos perdemos, la vida siempre es mucho más, y su único límite es el tamaño de nuestros párpados. No necesitan, obviamente, escuchar Magma, basta que vean su alrededor, éste les habla de ustedes con toda claridad. Si gustan visiten la página de seventhrecords, al menos verán algunas imágenes Kobaïanas.

Hoy somos felices con nuestra bebé, que es hermosa. Por las noches, Alejandra y yo rondamos la cuna, y respiramos el aroma de Stella, el corazón nos es enternecido por la fuerza del amor que la toma a ella y a nosotros como pretexto, y juntos encaminamos sus sueños, cantándole Ehn Deiss.

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Escrito por Marqueze

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