Paula, mi cuñada, mi pecado.

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Hará una cuestión de seis meses, sucedió algo con mi cuñada que me hizo tambalear mi cosmovisión. Mi nombre es Sergio, soy casado. Mi mujer Veronica, es unos años menor y tiene una hermana, cinco años más joven que ella, de nombre Paula. Voy a describirla: es alta, delgada, muy bella de cara, no muy exhuberante, pero aunque sus dones son discretos no dejan de ser apetecibles. Su cabello de color castaño, lo lleva lacio entre suelto y atado, según la ocasión o su humor. Siendo casi una adolescente, Paula me veía como un viejo, por lo que desde que eramos novios con mi mujer, jamás me observó más de dos veces. Esto me dejó siempre con la pregunta que me formulé mil veces. ¿Que la llevo a hacer lo que hizo esa mañana, hace seis meses?
Desde que nos mudamos juntos, mi mujer quiso que mi cuñada tuviera una copia de la llave de nuestra casa, un departamento en Buenos Aires, capital. Con la excusa de regar las plantas y cuidar los gatos que tenemos. cuando nos ibamos de vacaciones. Como mi cuñada está estudiando en la universidad en capital, pero vive en provincia, cada dos por tres se queda o pasa a hacer un alto, aunque más no sea, por nuestra casa. Paula es una joven de unos veinte, algo diferente. Es muy independiente, aunque tiene sus chiquilinadas. Su caracter dominante y su hermoso y esbelto cuerpo espanta a los hombres. Considera que son todos unos cobardes, aunque usa otras palabras. Debo reconocer que no tengo argumentos para rebatirle. Los hombres que ha conocido no son lo mejorcito de mi género. Con mi mujer son muy íntimas, pero conmigo siempre mantuvo una amistosa distancia, algo normal entre cuñados. Ni compinches, ni adversarios. Pero a partir de esa mañana la vi diferente para siempre.
Mi mujer siempre se va a trabajar más temprano que yo y regresa también más temprano. Esa mañana, yo dormía hasta tarde, aprovechando que no tenía que ir hasta la tarde a trabajar y con el agregado que la noche anterior me había desvelado terminando unas tareas atrasadas. Entre dormido y despierto, abrí apenas los ojos y escuché sonidos de llave abriendo la puerta. Creo que pensé que era Veronica que regresaba al olvidar algo. ¿Cuanto habré dormido desde eso? Lo ignoro. Creo que por esa idea de pensar que era Vero, no me sobresalté por nada. Solo duermo con boxers, por lo que estaba casi desnudo. Entre sueños, sentí como me descubrían la verga erecta, dejandola al aire. Como cada mañana, debido a las ganas de orinar de aguantar toda la noche, me desperté erecto. No se si decir que creía que era Vero que me estaba manoseando o que lo consideraba un sueño. La cuestión es que se me hacía muy placentero el roce de una mano. No recuerdo bien, creo que en ese momento seguí durmiendo, pero si me volvió la conciencia cuando sentí que alguien se posaba sobre mi. Yo estando boca arriba, sentí como mi verga entraba en algo humedo y caliente. Mi primer idea es que era mi mujer, dandome un mañanero. De haber estado conciente me habría dado cuenta de dos cosas, que mi mujer no gusta de los mañaneros y que ella sabe que con ganas de orinar no puedo acabar fácil. Hecho por el cual siempre evito hacerlo apenas me despierto, ya que termina siendo doloroso, tanto para mi como para ella. Esto no evita que estando en ese momento caliente, no quisiera seguir hasta el orgasmo.
En fin, como decía, entre somnoliento y muy caliente; sabía que estaba penetrando una humeda vulva. Mi nivel de calentura por estar semiconciente era impresionante. En la penumbra de la habitación, con la persiana baja y casi toda la casa cerrada, quise abrir los ojos. Lo hice segundos después de adelantar las dos manos y manotear la cadera encima mío. Para mi sorpresa, me encontré con una cintura algo diferente a la de mi mujer, es apenas más delgada pero si tiene una piel muy distinta. Abrí los ojos, sobresaltado, para ver ese espectaculo entre paradisiaco y terrible. Mi cuñada me montaba lentamente, intentando no despertarme como supe después, mordiendose los labios para no gemir fuerte. Al ver que ya me había despertado, pese a sus vanas precauciones, abrió la boca y soltó un gemido largo como si hubiera estado conteniendo la respiración largo tiempo. Acto seguido, aumentó la velocidad de la penetración y la furia de la cabalgata. Gemía entrecortadamente. La sorpresa no opacó mi ardor, primero quise sacarla y la apreté más de la cintura para levantarla de mi. Ella se apoyó con una mano sobre mis hombros y me miró a los ojos. No articuló sonido, excepto sus jadeos y gemidos. Esa expresión de mujer caliente, aunque muy joven, me hizo dudar. Debo reconocerlo, en ese instante dejé de pensar con la cabeza, solo me funcionaba la de abajo. Paula se movía perfectamente, haciendome delirar en cada roce. Con cada quejido de placer suyo, yo me derretía en mi voluntad. Metido en esa situación, no me detenía a pensar nada más que en gozar de su cuerpo. Ni mi mujer, ni que era mi cuñada, ningún remordimiento ya me frenó. Ella se penetraba con cada vez más fuerza, intenté bombear yo, pero apoyó sus dos manos sobre mis hombros. Eso no solo era para tener asidero, me limitaba los movimientos. Después de un par de estocadas más, me tomó las manos con las cuales yo sujetaba su cintura. Pareció que quería sacarselas de encima, pero mantuvo sus dedos sobre los míos, como distraida por el placer que recibía. Comenzó a molestarme e invadirme una calentura de otra especie, sumandose a la lujuriosa, me estaba queriendo manejar como si fuera uno de esos bobitos que ella conoce, pero a los que apenas les presta atención. Mi orgullo masculino se despertó y decidí rebelarme ante su actitud dominadora. La conocía lo suficiente como para saber que ella era así en la cama como en su vida normal, frontal, dominante, pero jamás la pensé como una tirana y egoista sexual. Me deshice de sus dedos y con mis manos me aferré a sus tetas y las tomé delicadamente. Ella hizo un amague de protestar pero luego se dejó hacer. Volví a su cintura, e intenté levantarme, ella apretó la presión en mis hombros. Casi en susurros como si no pudiera respirar me dijo que no.
-No, por favor.-rogaba en tono de muñeca dolida, entre los gemidos.
No sabría decir si no quería que me moviera o no deseaba que se la sacara. Su concha me apretaba bastante, era bien estrecha, algo que ya imaginaba. Se estremeció y casi se derrumbó sobre mi, apretando mis hombros. Había acabado. Durante un segundo, solo respiró agitadamente, pero luego volvió a retomar el ritmo del coito. Mi calentura cada vez era más grande, quería tomarla yo. No veía otra cosa que mi deseo de llenarla toda, irme dentro de ella. No tenía temor de un posible embarazo ya que se que toma pastillas, al igual que mi mujer. En posibles enfermedades no pensé, honestamente, no estaba como para pensar en eso. Igualmente, siempre había sospechado que no tenía una gran experiencia sexual, uno o dos tipos a lo sumo. Me siguió deteniendo a moverme y gimiendo, mientras yo sentía como se mojaba más, y a mi en el proceso. Esto me sorprendió, ya que era muy distinta a mi mujer, que se lubrica poco. Si sudaba como su hermana, esas comparaciones morbosas me han atormentado, angustiado y excitado desde entonces. Su piel estaba resbaladiza, creí que transpiraba por todos los poros. Continuó así bastante rato, gimiendo y sudando, aumentando cada vez más mi molestia en el vientre. Me pareció que mi próstata iba a explotar, o quizá la vejiga, no estaba seguro. En un momento dado, gritó con un estremecimiento y se derrumbó de costado, sacandome de su interior. Su respiración agitada continuaba, su cuerpo mojado al igual que su interior. La miré entre enojado y sorprendido.
-No acabé.-le dije.
-Yo si.-me respondió, como si eso fuera lo único que importaba.
En mi calentura, la aferré fuerte por las piernas y subiendo por las nalgas. Ella se negó a ser penetrada. Le dije que me dejara acabar.
-No puedo más.-me dijo, totalmente agotada.
Ahora era mi turno de usarla como muñeco. La penetré en cuatro patas y ella gimió casi en un grito. Temí hacerle daño o que lo considerara violación, pero me pareció que ella era la que deseó violarme en primer lugar. De la calentura no entendía nada más, ni pensaba en nada más. Creo que fue un agravante que por esos días mi mujer estaba indispuesta y hacía varios días que no teniamos sexo.
-Entra mucho.-me expresó entre jadeos que me parecieron de dolor.
La acosté y la penetré encimado a su espalda empapada, para evitar tanta introducción profunda. Ella dijo que era muy grande para ella. Y no entendí si me halagaba o solo le dolía. Me rogó que acabara pronto. Quise besarla de costado pero ella corrió su cara y la aplastó de costado en la almohada, mirando al lado contrario al mío. Debido a las ganas de orinar, me costó acabar, pero lo hice bestialmente. Soltaba chorros eternos de esperma, o esa era mi sensación. Casi me pareció que fue un ataque de epilepsia mi orgasmo. Casi la levanto en peso de lo que la moví. Me salí y me derrumbé a su lado. Transpirado, manchado y agotado, con un creciente cargo de conciencia.
Después de conseguir respirar normalmente. Se sentó en la cama y rebuscó la ropa que había dejado por el piso. Comencé a cuestionarle lo que hizo, le dije que me había usado, que eso era un traición a su hermana y que me había hecho complice de ello. Ella respondió con su mejor tono altanero que era cierto, me había usado y varias cosas más.
-Si, te use, mi hermana siempre se llenó la boca de lo bien que la cojías y lo mucho que disfruta. Que la tenés bastante grande y… otros detalles más.-
Debo aclarar que mi tamaño es bastante normal, tirando a largo, pero nada del otro mundo. Aunque mi mujer lo siente hasta la garganta ya que no es de una gran profundidad vaginal y muy estrecha. Algo que descubrí también en mi cuñada, aunque en menor medida. Las razones que adujo era que no podía apartar las cosas que le contaba mi mujer mientras que ella no conseguía un tipo que no terminara rápido y la dejara con las ganas. Su idea era cojerme mientras dormía y que ni me enterara, le dije que yo no tenía el sueño tan pesado o que debío drogarme. Hoy día, creo que siempre supo que una vez haciendolo y en estado de calentura, yo no iba a retroceder. Creo que ella contó con eso. Al sentarse, algo de mis jugos cayeron sobre las sábanas, el pánico me invadió y el temor a que mi mujer lo supiera.
-Esto no lo vamos a hacer nunca más. Así que no creo que lo sepa. Yo no pienso decirselo. ¿Vos si?-
Le respondí que ni borracho, ella se vistió y se fue. Para finalizar el día, me hice el buen marido y lavé las sábanas, aduciendole a Veronica que ella había dicho de cambiarlas en esos días. Ella lo creyó y no sospechó nada. Pero a partir de ahí empezó un tormento mental que se fue diluyendo con el tiempo. La culpa por lo que hicimos. Las dudas sobre lo que había sentido. Pero lo peor era el temor a que mi cuñada le confesara todo a su hermana. Esas semanas pensé mil cosas. Si me había contagiado algo al tener relaciones, si se había olvidado de tomar el anticonceptivo, si se confesaba por una irrefrenable conciencia sucia; todos escenarios horribles y posibles. Con el correr de los días y semanas, me di cuenta que ella tenía menos remordimientos que yo y que nunca hablaría. Las siguientes veces que nos vimos, había retornado a su anterior trato para conmigo, distancia amistosa. Yo era el marido de la hermana, nada más. Excepto una leve mirada fija de mutuo entendimiento, que solo yo capté, no se mencionó o trató el incidente. Por mi mujer me enteré, como el amigovio o algo así que le conociamos era más pavote que un preadolescente y encima como dijo maliciosamente mi mujer: “un maní quemado”. Con lo que fui entendiendo por donde le había salido el tiro disparado. Conforme se fue yendo el sentimiento de culpa, fue creciendo la lujuria. Cada vez más fui pensando en Paula. Muchas veces temí llamar a mi mujer por el nombre de la hermana mientras teniamos relaciones, o delatarme al hablar dormido, aunque esto último sería más fácil de disimular. Hoy, me encuentro fantaseando con un posible trio (que es imposible de hecho) entre mi mujer y mi cuñada. Mi perversión está desatada y trato de refrenarla, con cierto exito. Donde no puedo hacerlo, es en que quiero repetir con mi cuñada lo de esa vez. Me asalta la moral y la ética, pero en un punto la lujuria gana terreno. Paula cumplió sus dos promesas, que no se lo diría a la hermana y que no sucedería de nuevo. Y estoy deseando con locura que incumpla esta última.

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