Perdida en la isla

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Por fin pudo realizar el viaje de sus sueños, unas merecidas vacaciones que perseguía desde hace muchos años, a veces pensaba que demasiados años.

Y es que ella, a sus cuarenta y tantos años bien cumplidos, pasando como trabajadora desde muy temprana edad, novia y esposa sin posibilidades de disfrutar como los dos estados vividos y que terminaron en una separación ya superada por ella, hijos emancipados y libres y muchas ganas de vivir, sentía la necesidad de hacer aquellas cosas que siempre había soñado y que nunca había podido realizar.

Algunos años le costaron el poder ahorrar el suficiente dinero (y valor) como para irse sola a hacer un viaje que le rondaba la cabeza desde que era muy joven. Quería irse a una isla griega, casi le daba igual cual, pero el solo hecho de pensar en un lugar apartado donde se asegurara de su anonimato, el calor del sol y sus ganas de explorar nuevas experiencias, le empujaron a contratar el viaje y la estancia en un hotel en la isla de Rodas para 10 días.

No sin impaciencia esperó el día del viaje, y cuando por fin puso pie en tierra en la isla de sus sueños a penas si se lo podía creer. Dejó sus pertenencias en el hotel, una ducha y el afán de explorar su nuevo entorno la empujaron a salir a pasear por la ciudad. Fue un paseo corto, pero intenso, le gustó la experiencia y quería aprovechar el tiempo que iba a disponer en esa tierra.

Por la mañana se despertó muy pronto, animada y alegre desayunó en el mismo hotel y preguntó en recepción como moverse por la isla. Le dieron un plano y las rutas y horarios del transporte publico, y con esos papeles en la mano se lanzó a la exploración y conquista de la isla.

Se sentía segura, fuerte y por esa razón se dirigió a la parada de autobuses que se encontraba cerca del hotel. Montó en un autobús que se dirigía al centro de la isla y con la información que había recibido en el hotel, donde le indicaron que el interior de la isla era digna de ver y poco frecuentada por turistas, la animaron a marchar a la aventura. El viaje se le antojó un poco pesado, mucho calor, y carreteras pequeñas habían hecho mella en ella y el cansancio se apoderó de su cuerpo, abandonándose a un placentero sueño.

Una voz la despertó. No entendía lo que la decían, no sabía ni una palabra de griego, pero al ver que el autobús estaba vacío y detenido en una parada comprendió que estaba en el final del trayecto. No tuvo más remedio que apearse del autobús y comprobar que no habría servicio de vuelta a su lugar de origen hasta el día siguiente.

Casi se desespera, pero no se dejó llevar por el miedo. Disimulando y armándose de valor se dirigió con paso decidido al interior de una población pequeña, de casas encaladas en su totalidad, roto el color por la pintura de color verde y azul de puertas y ventanas, parecía encontrarse en el interior de una postal, era una visión preciosa que la arrastraba a caminar sin rumbo por las calles estrechas de la población.

Casi sin darse cuenta dio con una casita con un letrero de hostal. Entró y con torpe inglés pudo alquilar una habitación para pasar el resto del día y esperar a volver a su lugar de origen.

La habitación era espaciosa y limpia, con una cama enorme y una ventana que estaba orientada a un valle cuajado de palmeras y chumberas que hacían que el terreno árido pareciera más hermoso.

Estaba confundida, no sabía si quedarse en la habitación o salir a dar un paseo por las calles, pero no podía evitar sentir algo de temor ante un ambiente totalmente desconocido, pero la podía más el impulso hacia la aventura y por fin se decidió.

Tras asearse, ponerse ropa cómoda y coger aire con fuerza, se lanzó a las calles de esa población que ni siquiera sabía pronunciar.

Anduvo sin rumbo y con extrema rapidez daba con los confines de la población ya que esta era muy pequeña, pero las sinuosas y estrechas calles guardaban en cada rincón una sorpresa.

Cansada de andar descubrió un bar y se decidió a entrar en el para descansar y refrescarse un poco.

Encaró la puerta y el primer paso hacia el interior la obligó a pararse en seco. La extrema luz solar del exterior contrastaba con la penumbra del interior, sintiéndose ciega por unos instantes. No podía ver nada del interior y en su espera sintió el suave aire fresco que salía del local.

En unos instantes recuperó algo la visión y pudo comprobar como el local era pequeño pero acogedor, y sobre todo estaba muy fresquito en el interior por lo que no dudó en ir hacia la barra del bar y dar un descanso a sus cansados pies.

Detrás de la barra apareció desde un lateral un camarero que con una suave sonrisa la saludó. Evidentemente no entendió el saludo en griego, pero la sonrisa y la mirada de ese hombre no daba lugar a dudas de lo que había querido decir, a lo que ella respondió con otra sonrisa y un “hola” en inglés un poco titubeante, haciendo con este gesto la intención de darse a conocer como turista e ignorante de la lengua local.

Él se dirigió hacia donde estaba ella situada y antes de llegar le pidió una Coca-Cola, abrió la cámara y extrajo la bebida solicitada, llenó un vaso con algunos trozos de hielo y volvió donde estaba ella.

Cuando estaba sirviendo el refresco en el vaso dirigió la mirada a los ojos de ella, y de repente, como si un rayo hubiera caído en ese momento en el interior del local, todo se detuvo en un momento.

Los ojos de cada uno se clavaron en los ojos del otro, fue un chispazo, algo difícil de explicar, fue como si dos personas quedaran prendadas, como si hubiera un puente invisible que impedía que las miradas se apartaran. Los ojos castaños de él mostraban un brillo que la encandilaba, su mirada limpia y transparente la invitaba a seguir en aquel estado mágico y misterioso.

Fue ella la que se esforzó en retirar la mirada, se sentía a la vez avergonzada e inquieta, sabía que ese desconocido podría pensar cualquier cosa de ella, pero en un segundo de lucidez recordó que estaba en un lugar perdido de una isla griega en la que nadie la conocía, que se sentía libre y quería disfrutar de esa sensación única y personal que había sentido. Volvió a buscar la mirada de él y volvió a encontrarla. Estaba hechizado, estaba en un trance del cual no parecía ser capaz de escapar… y ella se dio cuenta de este hecho.

Con la mejor de las sonrisas le regaló un “gracias” mientras le lanzaba la mano derecha para presentarse.

-Mi nombre es Carmen- Añadió ella sin borrar esa sonrisa encantadora.

Él pareció despertar de un largo sueño, y con voz temblorosa y con un inglés más torpe que el de ella se lanzó a estrechar la mano que se le ofrecía.

¿Qué era lo que había hecho que esa mujer se quedara prendada de ese hombre?

Es cierto que aunque apuntaba ya una madurez la verdad es que físicamente era atractivo, esbelto, bien proporcionado y con unos ojos grandes arropados por unas pestañas negras y largas que acentuaban más su mirada, y la curiosidad la llevó a mirarle de arriba debajo de una forma descarada y valiente… ni se conocía a sí misma, pero le gustaba la situación que se había creado.

Lanzó una mirada al resto del local y lo encontró totalmente vacío, por lo que se decidió a seguir dándole charla a ese hombre que no se había despegado de su lado desde que entró.

Con risas y con muchas interrupciones por no poderse comunicar mejor entre ellos pasaron los minutos, no sé bien cuantos, pero los suficientes como para que entre los dos disfrutaran de unos momentos cargados de un sabor especial, algo que no se parecía en nada de lo que hasta ahora había vivido.

Llegó el momento de comer y él, muy cortésmente la invitó a quedarse y seguir disfrutando del encuentro. Ella no dudó ni un momento, aceptó encantada y esperó a que él montara una mesa, al final del local, en una esquina cercana a una ventana que daba lugar hacia un monte lleno de pinos.

Se disculpó de la escasa comida que podía ofrecerle. Siempre comía solo porque, según él, en esa época el pueblo está medio vacío porque los vecinos se marchan a los sitios de costa para trabajar y con el calor que hacía al mediodía los pocos vecinos que quedaban no salían de sus viviendas.

A ella no le importaba nada la cantidad de comida que había sobre la mesa, quería disfrutar de la compañía de ese hombre que tanto la había gustado, de esa mirada que la trasladaba a lugares soñados tantas veces por ella, y notar como la simpatía y la dulzura de él se mezclaba con sus pensamientos que empezaban a asomar en su mente.
Compartieron mesa, un buen vino de la tierra, un dulce preparado por él mismo y un suave licor para compartir con un café que ella pidió en último lugar.

Cuando él se levantó de la mesa para ir a la barra a preparar el café ella le siguió con la mirada. Plasmó su mirada en él y con un movimiento de cabeza (que él no pudo ver) asintió como dándole un visto bueno a un hombre que le gustaba… y mucho.

Quizás el calor, el licor, las miradas, la sonrisa de ambos, o quizás todo junto hizo que el calor de los dos cuerpos fuera en aumento y la mente de ambos no dejaba de imaginar situaciones que no se atrevían a comentar. Pero el estar tan próximos el uno del otro no podía más que propiciar que en un momento dado, en un silencio de ambos, unas miradas cómplices y los dos, despacio, unieron sus labios en un corto y casto beso.

Parece que no quisieron arriesgar más, o quizás ambos tenían miedo de estropear tan buenos momentos vividos, pero el caso es que cuando ambos separaron sus labios sus miradas volvieron a unirse y esos ojos se dijeron lo mucho que ambos se deseaban.

Ahora el beso fue muy diferente, los labios se apretaron entre sí para dar lugar a un intenso y cálido beso, profundo donde las lenguas buscaron una unión más intensa… eterna, sabrosa y dulce a la vez.

Ambos se abrazaron y ella se echó literalmente sobre su cuerpo que la arropó entre sus brazos fuertes y deseosos de estrecharla contra sí.

Él deslizó sus labios por su mejilla hasta llegar a su oreja la cual mordió con suavidad a la vez que su lengua jugaba con el lóbulo, a lo que ella respondió con un largo y profundo suspiro mientras apretaba su pecho contra él… y este comprendió que sus caricias iban por buen camino, por lo que se animó a seguir por el cuello abajo, deslizando sus labios y dejando que su lengua dejara un pequeño surco por donde iba.

Ella apretó sus manos sobre la espalda de él y sus dedos se marcaban sobre la camisa, era pedirle un poco más, era pedirle que continuara con lo que estaba haciendo, ella le pedía que esa boca no cesara en sus caricias, cogiéndole con su mano derecha su nuca y enlazando su pelo moreno entre sus dedos, para guiarle por delante de su cuello hasta el otro lado y seguir con sus intensas caricias.

De forma casi instintiva él se lanzó a desabrochar el primer botón de la blusa que ella llevaba, pero ella le paró la mano. Dudó, quedó momentáneamente parado, pensó que quizás se había extralimitado en su acción, por lo que permaneció a la espera.

Ella, con la misma sonrisa que le deslumbró nada más entrar, se incorporó y colocándose coquetamente el pelo y arreglándose un poco la ropa, se dirigió hacia la puerta de entrada al local. Por un momento él se imaginó que no volvería a verla nunca más, pero nada más lejos de la realidad.
Con paso firme se dirigió a la puerta, volvió el cartelito de “Cerrado” y cerró la puerta despacio, echando un pestillo interior que esta tenía, y mientras volvía al lugar donde la estaba esperando se fue quitando los botones de la blusa uno a uno para que cuando llegó a su lado ya estaban todos desabrochados.

Él abrió la blusa descubriendo la blanca piel de ella, y con suavidad depositó un suave beso en su ombligo mientras deslizaba sus manos por su piel, pasó a la espalda y con algún problema le pudo desabrochar el sujetador.

Ella aprovechó a descamisar de un solo golpe a su compañero y cuando descubrió su torso desnudo se pegó a él en un largo abrazo. Se sentía bien, se sentía deseada, protegida y esa sensación la arrancaba la necesidad de demostrar su pasión hacia ese hombre.

Se lanzó a besar su pecho, lamiendo sus pezones, mordiendo con pasión trocitos de piel arrancando leves suspiros a ese hombre que casi no podía contener la pasión que sentía en su interior.

Arrancó la camisa de ella con celeridad y el sujetador era ya una prenda molesta, por lo que no tardó en desaparecer, dejando a la vista sus pechos desnudos, ansiosos de ser acariciados, de ser masajeados por las manos de su hombre, de ser devorados por esa boca y esos labios que ya habían demostrado su habilidad a la hora de regalar caricia. Y él no se hizo esperar.

Se lanzó a lamer los pezones que enseguida respondieron a las caricias, endureciéndose como pidiendo más atenciones, y mientras comía de tan delicioso manjar sus manos acariciaban el otro pecho que con suaves pellizcos se dejaban hacer todo lo que ese hombre quisiera hacer. Ella mientras tanto recorría con sus manos la espalda, cuello y tantas partes como podía abarcar del cuerpo de él, clavando ligeramente las uñas en su carne ante las sensaciones tan intensas que recibía por ser tomada por un hombre cada vez más apasionado.

Le tenía frente a ella y con una agilidad que a ella misma sorprendió, desabrochó el botón del pantalón y deslizó la cremallera hacia abajo, llevando rápidamente la mano al hueco creado para notar como, bajo el slip, un pene palpitante y endurecido reclamaba salir del encierro donde estaba sometido, y no tuvo que esperar demasiado.

Con habilidad y dulzura procedió a quitar los pantalones y demás ropa que sobraba y el hombre se dejó hacer, y en su estado de permanente sorpresa por lo que en su local estaba ocurriendo tan solo podía, de momento, limitarse a ver como le desnudaban esas manos que, dirigidas con maestría, le desposeían de toda la ropa para quedar totalmente desnudo frente a ella, y esta, una vez terminada su labor, comenzó a quitarse la ropa que tenía con la misma rapidez y habilidad que había demostrado con él.

Y ahí quedó, totalmente desnuda, uno frente al otro, y ambos se miraban a los ojos para después hacer una visión general de lo que se mostraban a sus ojos. Miradas cargadas de erotismo y pasión, de deseo difícilmente controlable.

Y fue ella, de nuevo, la que dio un paso al frente y notó como sus pecho tocaron el pecho del hombre que enseguida notó hasta la respiración profunda de ella.

Acercó de nuevo sus labios a la boca de ella, y esta los recibió entre abierta, en una invitación a que él se adentrara en su mundo, dentro de su carne, dentro de su alma, quería que llegara a todos sus rincones, y todo ese deseo se lo tenía que hacer llegar a un ser casi aturdido ante los acontecimientos que se le echaban encima,  y ella sabía como despertarle.

Separó su boca de la suya y se dirigió a su oído y de forma clara y determinante le ordenó:

-Cómeme, quiero que me comas entera.

Él lo entendió a la primera, no hubo dudas ni titubeos.

Se lanzó con extrema soltura a pasear sus labios y su lengua por un cuerpo deseoso de ser descubierto. Hacía calor, pero parece que eso ayudaba en gran medida a que todo fuera mucho más tórrido, las manos se deslizaban por los cuerpos cubiertos de una fina capa de sudor y como si de un masaje se tratara no dejaban ningún punto por recorrer.

Fue entonces cuando ella sintió que una de las manos de él llegaban por fin, a su deseoso sexo, y pudo notar como sus dedos se depositaban en la cálida vulva para con un suave masaje ir abarcándolo en su totalidad.

Friccionaba de forma suave, pero contundente, ya que ella podía sentir como su cuerpo reaccionaba a tanta pericia. Era como si un calambre la recorriera todo su cuerpo, había llegado a rozar el clítoris con la yema de uno de sus dedos y un latigazo hizo que se estremeciera de placer.

Ante tal intensidad él fue poco a poco, no quería ir demasiado de prisa, se tomó su tiempo y se dedicó a recorrer con sus dedos cada rincón de un chocho que parecía derretirse por dentro.

Deslizó suavemente sus dedos entre la abertura que se le ofrecía entre los labios y poco a poco introdujo uno de ellos en el interior de ella. Pudo notar su calor y también como estaba totalmente lubricado producto de la excitación, y allí jugó con uno y otro dedo, masajeando, explorando, clavando uno y otro dedo en un juego eterno en el cual el mejor premio era dar el máximo placer a su desconocida mujer.

Ella mientras tanto agarró el miembro hinchado y comenzó a acariciarlo, paseando su mano desde lo más alto hasta los huevos, para sostenerlos entre sus dedos para volver a subirla. Deslizó la piel que cubría el capullo para que una vez estuviera a la luz pasar sus dedos por encima de él de manera que su sensibilidad proporcionara un suave placer.

Pero de repente él se apartó, se retiró el pelo que le cubría parte de la cara y de un solo golpe apartó con el brazo los cubiertos y vajilla que todavía quedaban en la mesa. Todo cayó al suelo con gran estruendo, pero lo que menos importaba en esos momentos era pensar en que el ruido podría ser oído por cualquiera de los vecinos de la zona.

La cogió por las caderas y con un rápido movimiento la depositó sobre la mesa, arrastrándole el culo hasta el borde, ella se soltó de él para tender su espalda contra la mesa pudiendo observar como levantaba sus piernas por delante de su pecho. Sabía que la polla que había tenido entre sus manos hacía escasos momentos iba a dirigirse hacía su ardiente sexo… y se dejó hacer.

La cogió por los muslos entre sus brazos y apuntó su pene contra la abertura genital que parecía llamarle, y pudo ver como su polla entraba en la cavidad poco a poco. Percibió su calor en su capullo y ayudado sin duda por la humedad que tenía entró el rabo en su totalidad, hasta el fondo, hasta que los huevos se apretaron contra sus nalgas.

Ella por su parte se sintió llena, su interior quedó colmada de una polla que la rozaba en todo su interior proporcionándola una sensación que desde hacía mucho tiempo no sentía, y apretando sus muslos quiso acercarse más a él.

Comenzó un movimiento acompasado que poco a poco ganó en intensidad, la polla se clavaba una y otra vez de una forma acompasada que cada vez fue más deprisa, los jadeos aparecieron a la vez en ambos, y los gemidos de ambos llenaron la estancia que ahora había desaparecido para ellos, entregados en cuerpo y alma a satisfacer a su compañero de juegos.

Los cuerpos chocaban entre sí, formando una música rítmica que unido a los sonidos emitidos de las gargantas de ambos crearon un escenario único y lejano en los cuales los dos se recreaban y vivían con una intensidad inigualable.

Durante el tiempo que esto duró ella se dejó hacer lo que ese hombre disponía, y su cuerpo tumbado sobre la mesa me movía ante los envites que producía él, con fuerza, con mucha fuerza. El sudor comenzó a caer de la frente de él y goteaba sobre el vientre de ella que estaba también empapada en sudor.

De repente se paró, jadeante y con una respiración fuerte fue sacando su polla del interior de ese chocho hirviente. Ella esperó. Con determinación y firmeza la ayudó a incorporarse de la mesa, la cogió entre sus brazos y la depositó en el suelo, le dio un calido beso en sus labios y cogida de los hombros la giró sobre sí misma.

La puso de espaldas a él y con la mano en su nuca la indicó a que se agachara sobre la mesa. Ella obedeció en silencio. Le apartó ligeramente las piernas y se acerco a su culo con el pene en total erección, y de un firme golpe la volvió a meter dentro de su hirviente raja.

La cogió de las caderas con sus fuertes manos y la folló de manera salvaje. La polla entra en ese chocho chorreante una y otra vez y ella restregaba sus tetas sobre el tablero de la mesa en unos movimientos intensos. Era como una muñeca en las manos de un niño, sentía la polla llegar hasta el extremo de su sexo para volver a salir una y otra vez.

Tanta fuerza, tanta pasión no se podía sostener durante mucho más tiempo. Lanzó su brazo atrás y con la mano llegó al cuerpo de él, le agarró como pudo entre el culo y su muslo y le apretó más contra ella.

Pudo sentir como dentro de ella se originaba una tormenta incontrolada y difícil de mantener en calma, hacia su sexo se dirigió como un rayo un placer indescriptible, estaba a punto de correrse.

Un orgasmo brutal la empujó a gritar como una posesa, pedía ser follada más, pedía que no parara, pedía ser enganchada como una perra a ese hombre que tanto la hacía vibrar, y también notó como él descargaba su leche dentro de ella, notó como la polla lanzaba una y otra vez chorros de caliente líquido dentro de ella, la inundaba, la ahogaba en su interior. No podía salir de esos momentos, uno, dos… o quizás tres orgasmos llenaron su cuerpo.

Lentamente, despacio todo fue volviendo a la calma, aunque él permanecía dentro de ella por unos instantes más. Las respiraciones eran sonoras y profundas, los cuerpos chorreaban sudor y todo el local se llenó de una paz vibrante.

Cuando por fin se separaron ella cogió su ropa del suelo, miró donde estaban los lavabos y se dirigió hacia ellos, lanzándole una mirada que le dio a entender con toda claridad que la había complacido en su totalidad. Tardó cierto tiempo, y para cuando volvió encontró a ese hombre perfectamente vestido, peinado y lavado, pero no podía evitar tener todavía el rostro con algo de sudor.

La invitó a sentarse y a que tomara un nuevo refresco con él, seguro que era lo que más necesitaban ambos, y con calma y casi en silencio disfrutaron de esos momentos.

Llegó la hora de marcharse, ella se incorporó, se acercó a él, que permanecía sentado y con dulzura depositó un suave beso sobre los labios de él.

Permaneció sentado, mirándola como se dirigía hacía la puerta y como desaparecía dirigiéndose a la calle. Se levantó y se dispuso a quitar lo que había tirado sobre el suelo, pero al fijarse que en la mesa donde habían tomado el último refresco había un papel que ponía:

“Carmen, 555.55.55. Si quieres, llámame”

Una sonrisa apareció de repente en la cara de él, y la pena que sentía por la marcha de esa esplendida mujer se tornó en una alegría incontenible. Apretó los labios y esgrimió con fuerza una palabra que claramente daba a entender la felicidad que sentía en ese momento.

Ella se marchó del lugar en el mismo autobús que la llevara en un principio, quedaban horas para llegar a su hotel y el sueño se apoderaba de ella. Caía la tarde y se acurrucó en su asiento, sonreía recordando los momentos vividos, cuando de repente sonó su móvil…

“¿Dígame?” contestó ella…y se le iluminó la cara… lo demás forma parte de los restantes días de vacaciones que le quedaban por disfrutar en una isla griega, unos días largos y llenos de intensidad, y lo que pasó en esos días fue parte de su vida y de sus recuerdos… pero, eso es otra historia.

FIN

N.A.- A mi amiga de Murcia

Gracias por leer mi Historia que tan gratos momentos me traen a la memoria, gracias por compartirla, y gracias también por sus comentarios que es una forma de compartir mi vivencia.

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Escrito por Marqueze

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