¡Sorpresa!

Trío, Gay, Hombre – Mujer – Hombre, infidelidad. ¿Entonces, tendré que compartirte?

Cuando mi mujer me abandonó, dejó pegada la siguiente nota en la almohada: “De momento, no me esperes. Si decido romper definitivamente ya te llamaré para confirmártelo y convenir la separación.” En aquel momento lo lamenté por el afecto que sentía por ella, pero las circunstancias me lo pusieron todo a huevos para liarme con Moisés, un negro portorriqueño que estaba trabajando en mi casa como oficial albañil y con el cual, después de nuestra primera experiencia sexual y tras sacarle de las garras de un tal Manu, compañero suyo de trabajo que le servía de alcahuete, me comprometí como pareja y le acepte como mi querido y amante mío.

El abandono de mi mujer lo había considerado como una fuga puesto que no encontré ninguna razón que lo justificara. Sí que es cierto que venía quejándose de mi bajo rendimiento en la cama que ella lo atribuía a unas presuntas “canitas al aire” mías   La verdad es que no le era del todo fiel, si bien es cierto que no de la manera que ella se imaginaba sino por satisfacer el rol pasivo de mi bisexualidad que, aunque tarde, había empezado a darle salida buscando “picos pardos” para colear alguna polla. Pese a todo, bien puedo decir – al menos, hasta que me abandonó – que mi mujer no podía tener demasiadas quejas de mí ya que me esforzaba por satisfacerla  tratando de compaginarlo con mis otras pulsiones.

Quiero dejar claro que, pese a todas las inconveniencias por sus celos y mis infidelidades, hasta entonces  había podido gozar mucho con ella. Era una mujer  muy brava en la cama, se prestaba a todo lo imaginable e inimaginable y, además, como mujer tenía todos los encantos físicos que me embelesaban, para mí particularmente el más esencial era su figura aniñada en todas sus proporciones anatómicas naturales a las que ella misma contribuía tratando de mantener su aniñamiento con su forma de vestir para parecerlo más aún, con todo lo cual también su carácter pícaro contribuía. Era de una altura media, delgada, con su culo pequeño pero bien moldeado, como lo era todo su cuerpo, con una fina cintura que le permitía moverse con agilidad y con un perturbador balanceo de sus puntiagudas caderas y sus redondeadas nalgas, todo ello la conformaban como una deliciosa criatura. El encanto de su aniñamiento me sedujo, si cabe más, cuando pude manosear, siendo aún novios, sus pechos y su coño. Sus pechos, más comparables a los de una adolescente que a los de una matrona – como por edad ya casi lo era ella ahora– eran como dos sinuosos montículos emergentes que invitaban a manosearlos y mordisquearlos, lamer sus  areolas y pezones para que aquellas y estos se pusieran duros y turgentes. ¡Cuánto le agradaba, a mi mujer, éste jugueteo con sus mamas! ¿Y qué decir de su coño? Me gustaba mirarlo; se supone que también acariciarlo, besarlo, mordisquearlo, comérmelo y, naturalmente, meterle mi pollón; sin embargo, confieso que para mí era una gloria simplemente poderlo contemplar. Me encantaba verla tendida en la cama sin bragas, bocarriba o bocabajo, ladeada de frente o de espaldas, con aquellos labios vaginales henchidos como dos mofletes que dejaban, entre ellos, un regazo curvilíneo que bajaban desde la parte inferior de la comba venusiana  hasta acercarse a escasos milímetros del ano. Tan es así que mi obsesión por contemplar su coño me llevó a preguntarme más de una vez el por qué y hete aquí que, con el paso de los años y el reconocimiento de mi bisexualidad, creo que hallé la respuesta: aquel coño tan perfecto colmaba una de tantas de mis fantasías eróticas cuando, últimamente, en el coito con mi mujer, me ensoñaba con que aquel coño era el mío mientras que ella era la que me lo follaba como si me verga fuera suya. Y así, aprovechándome de la ambigüedad que permite el lenguaje, yo le repetía en aquel trance como si fuera ella la que me follaba:

– ¡Folla, amor! ¡Folla, folla… hasta el fondo! – Y así me gozaba imaginariamente de que también ella gozaba penetrándome. – ¡Hasta el fondo! ¡Métemela hasta el fondo!– Incluso más de una vez se me escapó esa frase tan inequívoca.

Pese a todo lo que vengo diciendo, he de confesar que no habiendo perdido el afecto a mi mujer, después tantos años de noviazgo y de matrimonio, yo sentía también ahora un afecto sexual mayor por Moisés, el negro portorriqueño, con quien me había comprometido como su amante y con quien mantenía relaciones sexuales asiduas desde que mi mujer me abandonó. Incluso ya tenía pensado que, en el caso de que mi mujer volviera conmigo, me declararía abiertamente mi bisexualidad sin tapujos y que, en cualquier caso, le gustara o no a ella, yo no estaba dispuesto a separarme de mi querido por el afecto personal que le tomé y, siendo egoísta, por el placer de gozar con sus atributos…

Llegados aquí, ocurrió lo que presumiblemente podría ocurrir, en cualquier momento, mientras no estuviera resuelta mi situación matrimonial: mi mujer llegó a casa sin previo aviso y se llevó lo que creí que sería su sorpresa/sorpresa.

Como ya he dicho antes, Moisés y yo nos emparejábamos asiduamente, compartiendo mi alcoba cuando nos apetecía y así, pues,  fuimos conociendo nuestros cuerpos palmo a palmo con lo que podíamos satisfacernos a nuestra manera atendiendo nuestros caprichos y las pulsiones sexuales más profundas e íntimas. Pues bien, mi mujer nos pilló de sopetón en la cama cuando Moisés estaba sentado al borde de la cama, con las piernas desplegadas hacia adelante, y yo, apoyándome con las manos y las piernas, sentado sobre su pene, moviéndome verticalmente en un delicioso ir y venir acompañado del movimiento de mi pareja que me levantaba por las nalgas para controlar a su gusto y el mío la profundidad de la penetración.

Con gran sorpresa nuestra, pues, de repente se abrió la puerta de la alcoba y un grito se expandió por toda la casa:

– ¡Oh, oh, oh, oh…! – Era mi mujer que entró y salió de inmediato dando un portazo. Yo, conociéndola bien, sabía que aquello era puro teatro y que su regreso no había sido casual y menos aún que casualmente nos pillara follando. Algo de lo mío y Moisés sabría ella cuando se presento así de improviso. Estaba, pues, convencido de que si quería algo de mí volvería a entrar puesto que no era de aquellas personas que se escandalizan fácilmente y menos aún por esas cosas del sexo. Además, estaba casi seguro que por retenerme a su lado que a eso creo que había vuelto, aceptaría el formato de “ménage à trois” que estaba dispuesto a proponerle.

Yo le pedí a Moisés que no sacara la polla y que siguiera chinglándome con su verga

Cuando ella volvió a la alcoba, como yo me esperaba, no hizo ninguna extrañeza, únicamente se limitó a preguntar.

– ¿Quién es…?

–Moisés, mi querido – le respondí.

–Por lo que se ve, te gusta su pija.

–Dirías mejor que por lo que se ve y por lo que no se ve – Diciendo esto me levanté dejando libre la verga de mi querido que quedó erguida y empinada señalando muy hacia arriba con su verticalidad.

–Bien que se ve, larga y gorda – dijo admirada, lamiéndose los labios y tragando saliva – Pero no sabía que te gustaran los tíos como este macho que te estaba follando.

–Pues…, sí. Ya ves… me gusta y le amo, como a ti –le repliqué.

Ella, como si yo no hubiese dicho nada, siguió a la suya:

–¡Después de quince años me entero que eres bisex, vaya! Pues ahora, para que lo sepas, te digo que hiciste mal ocultándomelo: yo te lo habría aceptado y podría haberte complacido como lo hubiéramos convenido; al menos una buena polla de látex o un buen vibrador no te hubieran faltado. Tú sabes que lo que más deseo es que seas solo para mí.

–Pues ahora va a resultarte más difícil – le contesté totalmente decidido a mantener mi compromiso con mi querido.

– ¿Quieres decir que tendré que compartirte? –me repuso.

Mientras ella y yo manteníamos el diálogo, Moisés permanecía sorprendido y sin saber a qué atenerse hasta que, llegados a este punto, hizo ademán de coger su ropa y salir de la alcoba, pero mi mujer lo frenó en seco

–Espere, joven. – Y se puso a mirarlo y admirarse – Bien dotado sí que está.

Moisés cada vez más sorprendido no sabía cómo desembarazarse de tan rara situación.

–Apáñense ustedes – dijo Moisés, finalmente, e intentó salirse otra vez.

–Espere… – Otro frenazo de mi mujer a Moisés, y dirigiéndose a mí. – Esperaba que hubieras entendido, durante todo este tiempo de separación, por qué me fui y que, ahora, estuvieses dispuesto a no lanzar más “canitas al aire” de las que por fin conseguí descubrir sin que tú te enteraras. Pero ya veo… Si te gusta más así, será como tú quieras: saldré ganando teniendote a tí y a este joven tan bien dotado.

Inmediatamente, se acercó a Moisés y con soltura le cogió su enorme pinga y se puso a manosearla y a embelesarlo sobándole todo el cuerpo y metiendo su nariz en los sobacos velludos y sudorosos.

– ¡Esto huele a hombre… hummm!

Moisés, viendo mi pasividad, no tardó en seguirle el juego y empezó a desvestirla hasta dejarla totalmente desnuda con la plena complacencia de ella.

El espectáculo era inaudito: allí estaba yo de voyeur contemplando cómo se gozaban ella y mi querido.

–“Chu-pa-me-la” – le jadeó, Moisés, al oído

Y ella se arrodilló obediente, se puso la enorme pinga en la boca y se la chupaba y se la mamaba, luego la sacaba y le lamía el capullo, le mordisqueaba la verga, se comía uno a uno sus huevos y otra vez a chuparle y a mamarle la enorme pinga. Y así una y otra vez.

Por fin estaba viviendo una de mis otras fantasías eróticas preferidas: ver a mi mujer gozar de un tío con una buena pinga que yo, por fin sin tapujos, también la podría gozar. Así que, viéndoles, yo ardía de placer y más cuando ella, abrazada a su cuello, levanto hábilmente una a una sus piernas  y quedó prendida de su cintura mientras que él la sostenía por la nalgas pasándole la verga por la entrepierna, a la vez que ella también se movía para encauzarlo hora a su coño, hora a su ano.

– ¡Folla, macho, folla! ¡Métemela toda… hasta el fondo! –Eran frases que me resultaban muy conocidas.

Yo, que conocía bien la envergadura de aquella pinga de mi querido, les acerque la crema lubricante. Moisés se la pasó por su polla y por el coño de ella e, inmediatamente, comenzó a penetrarla. Yo alucinaba con los jadeos de uno y los gemidos placenteros de ella. No les resultó fácil la penetración, pero cuando lo consiguieron estuvieron dándose del mete-y-saca largo tiempo, Moisés reteniéndose de venirse y ella gozando de orgasmos múltiples. Yo, mientras, me masturbaba con una mano y con la otra me follaba a mí mismo metiéndome mi dedo corazón en mi ano.

Mientras se follaban, sus lenguas recorrían insaciables sus pechos, sus cuellos, sus orejas, sus caras y sus bocas con besos, lamidos y mordisqueos insaciables, incluso ensalivándose mutuamente sus lenguas con sus babas. Follaron a placer cambiando de posturas y en cada cambió él le chupaba y le lamía el coño; ella, su verga y sus huevos. Cuando me temí que todo iba a terminar así sin mi ansiada participación, Moisés me cogió de la cintura, me dio unos cuantos apretones metiéndome su verga en mi entrepierna y me acercó para que yo, encima de mi mujer, tendida boca arriba, la penetrara con mi polla mientras él me follaba el trasero bien lubricado. Ella no me rehusó, aquello fue la gloria: yo dándole mi mete-y-saca a ella y él dándomelo a mí.

Cuando yo me corrí, ella esparció mi semen por su vientre y, mientras yo le acariciaba el clítoris, me pasaba sus dedos lechosos por mis labios para que se los lamiera y, con mi lengua, le pasara restos de mi semen a la suya. Su orgasmo no se hizo de esperar mientras Moisés aún se masturbaba y ya, después, ella y yo, los dos  bocarriba, ansiábamos que él nos regara con su semen. ¡Y vaya que si nos regó: aquella verga era un manantial de leche!

Quedamos tendidos los tres sobre la cama. Yo restregué el semen de mí querido por nuestros vientres y le pasaba mis dedos lechosos por los labios de ella para que los lamiera y, con su lengua, me los pasara a la mía. Todavía quise completar el orgasmo de Moisés lamiéndole la polla y otra vez posé mis labios en los de ella para que gozara también de tan gustosa cata. Con estos juegos y con más caricias, después de más de media tarde gozándonos, yo me quedé dormido y supongo que ellos también. Era ya avanzado el amanecer cuando me pareció oír unos susurros y presté atención. Abrí los ojos: ellos dos, al pie de la cama, se estaban arrullando mutuamente con caricias, besos, lamidos y mordisqueos por sus senos, sus cuellos, sus orejas, sus caras, sus bocas y sus lenguas. Yo me bajé inmediatamente de la cama y me puse de cuclillas entre sus piernas para lamer el coño de mi mujer y mamarle la verga a mi querido. Les gustaba: sus caricias se hicieron más eufóricas y babeantes, erráticas y caóticas, como enloquecidos, por sus pezones, ombligos, sobacos, orejas, nariz, boca y sus mismas lenguas.

Así estuve  alternando entre él y ella, chupándole la verga a él y lamiendo el coño a ella, hasta que  mi mujer se bajó conmigo a la entrepierna de Moisés y entre los dos tratábamos de obtener y de darle el máximo placer lamiéndole ahora el capullo, ahora los huevos, ahora la verga entera, a medias entre ambos, y, de vez en cuando, besándonos eufóricos y lamiéndonos nuestras lenguas babeantes. Aquello era como para enloquecer como lo fue el final cuando él la penetraba y yo le lamía el culo a él; después penetrándole yo a ella mientras que el me henchía el culo con el mete-y saca de su enorme verga. Moisés terminó masturbándose y volviendo a regarnos con su semen blanco sobre nuestros cuerpos y salado en nuestras bocas.

El caso es que con este  “ménage à trois”, la sorpresa/sorpresa me la llevé yo viendo como ella y yo compartíamos tan bello y bien dotado ejemplar de varón «à tout plaisir».

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