¿Por qué mi esposa desea un amante y yo lo acepto?

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Por el Cornudo Pendejo

Escribo este relato con el objetivo de que comprendas la razón por la que Paty, mi esposa, necesita un amante y por qué yo estoy dispuesto a aceptarlo. Sé que cuando termines de leerlo pensarás que soy un cornudo y un pendejo… y tienes razón. No me importa que todo el mundo se entere de lo que soy, de mi incapacidad para satisfacer a mi mujer ni de mi poca hombría al no sólo aceptar, sino también buscar a un verdadero hombre que le dé la satisfacción a mi esposa que yo no soy capaz de otorgarle.

Quienes nos conocen saben que Paty es una puta y que yo (Eugenio) soy un cornudo; quienes nos han seguido por años en diferentes páginas de Internet saben que mi mujer se ha ofrecido como una perra a otros hombres, pero pocos saben que han sido sólo algunos (menos de diez) los que han gozado de su cuerpo. La razón es muy simple: cuidamos mucho nuestra seguridad y salud, por lo que han sido sólo unos cuantos quienes han pasado los filtros que ponemos para tener un encuentro. No se trata de que el elegido sea muy guapo, pues a Paty no le importa eso; simplemente, que le agrade su aspecto y, sobre todo, asegurarnos de que no nos meteremos en un problema al citarnos con alguien.

Sin embargo, el placer que ha obtenido mi mujer con esas citas ha sido muy ocasional, precisamente por los escasos hombres con quienes nos hemos citado, pues siempre pasan varios meses para que volvamos a tener otra cita. Comprenderás que una mujer tan puta y ardiente como la mía necesita sesiones de sexo mucho más frecuentes para lograr la satisfacción. Te preguntarás por qué no busca esa satisfacción conmigo, que soy su esposo, y eso es justo lo que explicaré en las siguientes líneas:

Paty y yo nos amamos, de eso no hay duda. Nos casamos hace diez años y todos los aspectos de nuestro matrimonio funcionan perfectamente bien, excepto el ámbito sexual. Ella tiene un cuerpo espectacular y es una mujer muy caliente; la considero y se considera una puta, no porque cobre por sus favores sexuales, sino porque no se niega a nada cuando le da las nalgas a un hombre. No le importa si no sabe siquiera el nombre del macho que se la está cogiendo ni si lo acaba de conocer; si el dueño de esa verga le agrada, se entrega a él de inmediato y accede a hacer y a que le hagan lo que sea, siempre y cuando no esté en riesgo su salud o su seguridad. No le importa que quien se la coge, su marido o el resto del mundo piensan que es una puta, pues está consciente de que eso es y le encanta serlo y que se lo digan.

En este sentido, el macho que está con ella puede metérsela por la boca, por el culo y por la panocha, pues a ella le encanta por todos lados. También le fascina el semen, por lo que muchos se quedan asombrados al verla tragar los mecos de cualquiera que se los eche en la boca y disfruta cuando le llenan de esperma cualquier parte del cuerpo, excepto dentro del culo o de la panocha, pues cuida mucho su salud y quien se la coge sabe que debe hacerlo con preservativo. También le encanta el exhibicionismo y no le importa que la vean con poca ropa, o incluso encuerada en algunas playas nudistas, cines o antros Swinger; le fascina mostrar su cuerpo, ofrecerlo, contonearlo y provocar con él, y casi nunca se niega a que cualquier desconocido le manosee las nalgas o las tetas en lugares públicos.

Una mujer así de puta y caliente requiere un hombre que le dé placer y, desafortunadamente, yo estoy muy lejos de poder dárselo. Tengo un pene pequeño y me cuesta trabajo lograr una erección, pero ése no es el mayor problema; lo que verdaderamente me imposibilita a darle placer es que soy eyaculador precoz y nunca he tardado más de diez segundos en venirme cuando la penetro; incluso, la mayoría de las veces eyaculo antes de penetrarla, lo que provoca obviamente una gran insatisfacción en mi esposa. Por si fuera poco, soy muy torpe como amante, por lo que a ella no le agrada cómo la toco ni cómo mamo algunas partes de su cuerpo, pues asegura que soy muy tosco y poco diestro, al grado de preferir masturbarse que estar conmigo.

Sin embargo, ella es una mujer muy humana; sé que me ama y me lo demuestra cuando me dice que el sexo no lo es todo en la vida, que tengo muchas otras facetas que adora y que no me cambiaría por nadie. No obstante, conmigo es una mujer frustrada e insatisfecha en el terreno sexual pues, debo reconocerlo, en ese aspecto no le sirvo para nada.

A pesar de que siempre me ha puesto los cuernos, incluso cuando éramos novios y con mi consentimiento, esto lo veíamos como una parte excitante de nuestra relación. Por supuesto, ambos estábamos conscientes de mi ridículo rendimiento en el sexo, pero nunca lo comentábamos, preferíamos callar lo que era obvio y pretender que éramos “swinger” cuando, en realidad, ella siempre ha necesitado de otros hombres para obtener placer y yo he accedido a que les dé las nalgas a otros machos, porque me excita que lo haga, pero también porque la amo y quiero que encuentre la satisfacción que yo no le doy. Siempre he sabido que es una puta y, como tal, necesita vergas que le arranquen orgasmos, pues conmigo nunca ha tenido uno.

Como decía, desde qué éramos novios me ha corneado, entregando su cuerpo a varios hombres. Primero fueron conocidos, como su jefe, algún compañero de trabajo, algún amigo e, incluso, un tío suyo que también se la cogía. Nunca me ha engañado, pues siempre he sabido cuando alguien le mete la verga y he estado presente la mayoría de las ocasiones. Con el tiempo, decidí publicar anuncios y una página en Internet, en la que cualquiera pudiera verla encuerada y, principalmente, para hacer contactos con hombres que se la cogieran eventualmente. El website y los anuncios fueron un éxito inmediato, al grado de superar el millón de entradas a la página y recibir cientos de correos diarios de hombres que quieren culear a mi esposa. La mayoría elogia su enorme culo y su calidad de puta ofrecida; sin embargo, como ya mencioné, han sido menos de diez hombres con quienes hemos contactado, pues a la hora de pedir fotos y asegurarnos a través de diversos filtros de que no peligraba nuestra salud e integridad como personas, los candidatos se iban diluyendo como agua entre las manos.

Las escasas citas que hemos hecho han logrado que la puta de mi mujer obtenga placer con las vergas que disfruta en esos encuentros, pero todavía está muy lejos de sentirse plena sexualmente, pues el espacio entre una cita y otra puede ser de varios meses, teniendo que conformarse con mis torpes acercamientos y, en mayor medida, con sus dedos al masturbarse, pues ella prefiere uno de sus dedos a mi pene, mi lengua, mis manos o mi cuerpo completo.

Como era lógico, llegó el día en que tuvimos que hablar de esta situación seriamente, aceptando ambos lo que sentimos, por doloroso o humillante que sea. Ese encuentro con la verdad se dio hace unas semanas. Todo empezó con la noche anterior, en la que tuvimos una más de nuestras fracasadas sesiones sexuales. Al salir de bañarse completamente desnuda, noté que tenía ganas de coger, por lo que me apresuré a tomar una pastilla de Viagra (de otro modo, no logro una erección completa) y a esperar una media hora a que hiciera su efecto. Comenzamos a besarnos y a tocarnos, acariciando su cuerpo y lamiéndolo, más que nada para hacer tiempo en lo que la pastilla daba los resultados esperados. Como siempre, me daba cuenta de mi torpeza al manosearla y mamarla, sintiendo cómo se hacía a un lado o retiraba mis manos y mi cabeza para que detuviera lo que obviamente yo hacía muy mal. Por fin, mi pequeña verga comenzó a pararse y yo ya me sentía terriblemente excitado; al ver que mi pedazo de carne, de discreto tamaño pero turgente, ya estaba listo para la batalla, mi mujer me pidió que se lo metiera, lo cual me apresuré a hacer. Sin embargo, sólo bastó que mi pene rozara una de sus piernas para que eyaculara encima de ella, sin poder siquiera introducirlo en su vagina…

Después de uno más de mis ridículos al tratar de cogerme a mi esposa, sólo pude murmurar un “perdón” y me aboqué a lamerle la pucha, para que obtuviera siquiera algo de satisfacción. Otras veces que el patético resultado ha sido el mismo, ella se deja hacer, ayudándose con sus dedos y apartándome gentilmente de su vagina, intentando no demostrarme que prefiere masturbarse. No obstante, esa noche su frustración e insatisfacción llegaron al límite, pues solamente se paró de la cama evidentemente molesta, diciéndome: “No te preocupes”. Mientras se bañaba nuevamente, por el semen que le dejé sobre el cuerpo, yo me lamentaba por lo poco hombre que soy al no poder darle placer a mi esposa. Sin embargo, cuando salió del baño, intentó esconder su frustración sonriendo y dándome un tierno beso, para después disponerse a dormir. Yo me quedé pensando en que esta situación ya era insostenible y que teníamos que hacer algo para solucionarla. Y se me ocurrió una idea, que me decidí a compartir con ella al día siguiente…

Como era domingo, no teníamos muchas cosas qué hacer y nos levantamos tarde. Preparé el desayuno y lo serví en la terraza, tratando de consentirla y preparando el terreno para lo que tenía que decirle. Ella estaba, como siempre, muy sonriente y cariñosa, como si nada hubiera pasado la noche anterior; supongo que ya estaba resignada y acostumbrada a mis fallidos intentos como amante. Sin embargo, yo no podía dejar así las cosas y sabía que, para lo que iba a decirle, era necesario abrirnos de capa y confesar lo que sentíamos sin cortapisas, aceptándolo todo, por humillante e incómodo que fuera.

Como ya lo mencioné, aunque ambos estamos conscientes de mi ridículo rendimiento como amante, nunca lo habíamos mencionado directamente; no obstante, éste era el momento para ponerlo sobre la mesa, antes de plantearle la propuesta que tenía para mejorar nuestra vida sexual. Empecé aceptando que no soy un buen amante… ella trató de desviar el tema, pero yo estaba decidido a llegar hasta el final. Acepté mi falta de hombría al no poder darle la satisfacción que necesitaba, hice referencia a mi eyaculación precoz y a la flaccidez de mi pene, además de su pequeño tamaño, que tampoco era un atractivo. También admití que no soy siquiera capaz de darle placer con la lengua o con las manos, pues estoy consciente también de mi torpeza como amante, y que me había dado cuenta de que ella no sólo prefería a cualquier otro hombre que a mí, sino que, incluso, entre masturbarse y tener una relación conmigo, ella prefiere masturbarse.

Con la cabeza baja, Paty no sabía que responder. Era muy duro para ella confirmar mi falta de hombría, diciéndome en mi cara que no le sirvo como hombre. No obstante, la animé a hablar, argumentando que era lo mejor para los dos y que aceptar la verdad, por dura que sea, nos ayudaría a ser más felices, asegurándole que yo ya lo había reconocido y aceptado, por lo que no había problema si ella lo reafirmaba.

Ante las seguridades que le daba, ella comenzó a hablar. Me dijo que sí, que se sentía frustrada e insatisfecha; que me amaba profundamente, pero que no le hacía sentir nada en la cama. Que prefería entregarse a cualquier otro y aceptó que para ella era mejor masturbarse que estar conmigo. Hizo una especial alusión a mi eyaculación precoz y a mis problemas de erección, además de aceptar que el tamaño de mi pene no le era atractivo. También puso hincapié en que no sé acariciarla ni lamerla y que mi torpeza le dificulta, incluso, llegar a satisfacerse.

Hubo varias cosas que me sorprendieron y me apenaron, como que mi mujer tiene que pensar en otros hombres, en otras vergas, para lograr la satisfacción, que siempre que estamos juntos cierra los ojos, para imaginarse que es otro quien la toca, otro quién la mama, pues ésa es la única manera con la cual se excita. Ya entrados en gastos y haciendo a un lado el tacto, pues ambos sabíamos que teníamos que hablar crudamente, me confesó que había sentido más con una sola caricia de sus amantes anteriores que con todas las relaciones sexuales que hemos tenido en la vida. Me espetó, sin tapujos, cómo le emociona cuando se entrega a otro, como se excita al estar con un verdadero hombre, pues a este punto ambos ya habíamos aceptado que yo no soy lo suficientemente hombre, que soy un poco hombre y así, con esas palabras, me lo dijo: “Sí, amor. Lo siento, pero eres un poco hombre”.

Desde luego que no es fácil aceptar que tu propia esposa te diga “poco hombre” en tu cara y mucho menos cuando no hay siquiera un pleito de por medio, sino que te lo dice tranquilamente y hasta con ternura. Yo acepté que lo soy, que me falta hombría y que no me molestaba que ella me lo dijera, pues para eso estábamos hablando, para enfrentarnos a la verdad absoluta. En ese momento, le recordé el apelativo con que me nombro en la página: “Cornudo Pendejo”, un sobrenombre que, hasta ese momento, sólo había encajado en nuestras fantasías, pero nunca lo aceptamos como una realidad. Su respuesta, a pesar de que la aceptaba y sabía de antemano, me dejó helado: “Pues sí, eso eres: un cornudo y un pendejo”.

Cuando le cuestioné por qué me considera un cornudo y un pendejo, más para que se explayara y conocer su opinión que por dudarlo, ya que es obvio que soy ambas cosas, ella respondió: “Bueno, evidentemente eres un cornudo, pues toda la vida te he puesto los cuernos acostándome con otros; creo que eso no hay ni necesidad de aclararlo, siempre lo has sido. Pero también eres un pendejo, porque sólo un pendejo es tan torpe en el sexo como tú y sólo un pendejo acepta lo que tú estás admitiendo”. Me aclaró que me considera una persona muy inteligente en todos los ámbitos de la vida y que sólo soy un pendejo como amante, lo cual acepté resignado, con el peso que implica que tu esposa te diga en la cara que eres un cornudo y un pendejo.

A ese punto, ambos ya habíamos asimilado frente a frente lo que sentimos, diciéndonos en voz alta que ella es una mujer frustrada e insatisfecha sexualmente, una puta caliente que no obtiene lo que necesita, y que yo soy un poco hombre, un cornudo y un pendejo. Finalmente, eso somos y lo demás es tratar de tapar el sol con un dedo. Lejos de ofenderme o espantarme con esas palabras, le pedí, casi le rogué (y lo sigo haciendo), que de ahí en adelante me llamara cornudo, pendejo y poco hombre. De inicio, ella no entendió para qué, me dijo que lo que se ve no se juzga, que si ambos sabemos lo que somos, le resultaba ofensivo e incómodo recordármelo, pero cambió de opinión cuando le aseguré que eso nos permitiría aceptar más rápido nuestra nueva condición sexual, ayudándonos a dar el siguiente paso que nos permita lograr satisfacción en nuestra vida sexual. Me dijo que eso me hacía más pendejo y yo admití que eso soy y que tengo que acostumbrarme a aceptarlo y escucharlo. Al final, mi puta esposa aceptó recordarme con palabras lo pendejo, cornudo y poco hombre que soy, lo cual le agradecí sinceramente, sintiéndome profundamente humillado.

Era el momento de pasar al siguiente punto, que le da sentido a este relato que escribo. Una vez que ambos aceptamos lo que somos, le dije que esto no podía continuar así, que ella merece sentirse plena sexualmente y que, como ya lo habíamos hablado, conmigo eso es imposible. Paty lo aceptó, arguyendo que nada le haría más feliz que sentirse satisfecha en su faceta sexual.

Le propuse, entonces, que la solución es que ella encuentre un amante de planta, alguien que no sólo le dé placer ocasionalmente, como pasa actualmente con los hombres a los que les da las nalgas de vez en cuando, sino un macho con quien tenga una relación estable, a quien vea cada que ella quiera gozar del sexo. Mientras lo sugería, sus ojos iban abriéndose cada vez más, en una mezcla de sorpresa y emoción, y su respuesta fue una pregunta: “¿Lo aceptarías?”.

No es lo mismo que tu esposa te ponga los cuernos ocasionalmente, lo que de por sí ya te convierte en un cornudo y en un pendejo por aceptarlo, a que exista una persona que se la coge cuando quiere, un hombre con quien sostiene una relación seria y estable, un macho que disfrutará de ella y que la convertirá en su puta y “su mujer”. Quizá eso es lo más difícil de aceptar: con las citas ocasionales, Paty seguía siendo mi mujer, puta e infiel, pero mi mujer a final de cuentas. Una vez que tenga un amante, tendré que aceptar que dejará de ser mi mujer, para serlo de otro hombre, admitiendo que mi esposa es la puta y la mujer de otro.

Reconozco que dudé un poco, pero al final le dije que sí, que acepto que tenga un amante, que admito que sea la mujer de otro, convirtiéndome solamente en su marido cornudo y pendejo. Más humillante fue su emoción, cuando se levantó de su asiento abrazándome, besándome y casi gritando: “Gracias, mi amor. No sabes lo feliz que me haces”. Al entrar en detalles, me preguntó que si podía verlo cuando ella quiera y le respondí que sí, que ella y su nuevo macho serían quienes decidieran cuándo verse, sin importar si yo estoy o no de acuerdo.

En pocas palabras, convenimos lo siguiente: ambos aceptamos que ella tendrá un amante, que lo verá cuando quiera y el tiempo que ambos consideren necesario, y que, a pesar de que procuraremos ser discretos, no nos importa que la gente se entere que ella tiene un amante. Esto último es algo con lo que tendremos que vivir, pues obviamente para algunas personas, como vecinos, amigos e, incluso, algunos familiares, será evidente que ella es una puta que se acuesta con otra persona y que tiene una relación estable con él. Esto, sin duda, motivará que a final de cuentas todos sepan que soy un cornudo y un pendejo; no obstante, eso soy y no me da vergüenza admitirlo.

También convenimos que las citas que tengan mi esposa y su amante se podrán dar en hoteles, restaurantes, antros, en la casa de él y hasta en nuestra propia casa. Y es que al aceptar que mi mujer tiene un amante, admitiendo que no soy lo suficientemente hombre para satisfacerla, también tengo que hacerme a la idea de que, al menos sexualmente, ese amante será más importante que yo para la puta de Paty, que en el plano sexual me sentiré afortunado si quedo sólo como plato de segunda mesa, aceptando las migajas que ella quiera darme desde el punto de vista erótico.

Obviamente, su amante será quien tenga derecho de piso para ver a su mujer (mi esposa) y estar con ella, dejándome de lado a mí y los compromisos que tenga conmigo. Si bien es cierto que Paty no se deja dominar por nadie y que no permitirá que ningún hombre la mangonee, también lo es que yo sí deberé asumir que será su macho quien tome las decisiones junto con ella y que yo deberé aceptarlas, respetando su relación y colaborando en lo que yo pueda para que ambos sean felices. Cuando le anuncié mi disponibilidad y sumisión ante ella y su amante, ella no pudo aguantarse al afirmar: “No cabe duda de que sí eres un pendejo”.

En cuanto al papel que yo jugaré en esta nueva vida sexual que vamos a emprender, convenimos en que deberé ser un facilitador de sus encuentros, un cornudo que hace lo posible para que ellos gocen a plenitud, un pendejo que colabora en lo que me indiquen e, incluso, sirviéndoles como criado si lo desean. Deberé aceptar (y ya lo acepto) la superioridad como hombre del amante de mi esposa, demostrándole agradecimiento por ponerme los cuernos, sirviéndole y acatando las órdenes que quiera darme, por humillantes que éstas sean, admitiendo también que me llame cornudo, pendejo y poco hombre, para dejar en claro mi papel en esta relación.

Paty no podía creer lo que yo iba aceptando poco a poco, pero no podía ocultar su emoción ante el cambio de vida que se nos avecina. Al ver mi sumisión y aceptación de cosas que me rebajan como hombre, le resultó más fácil llamarme “cornudo”, “pendejo” y “poco hombre” durante la plática, lo cual empecé a aceptar como si estuviera hablándome por mi nombre. Imperativamente, me indicó, sin preguntarme, que obviamente habrá ocasiones (quizá las más) en las que se verá a solas con su macho, rematando la frase con algo que fue como la cereza en el pastel de la plática que habíamos comenzado: “Estarás de acuerdo en que, casi siempre, serás un estorbo para nosotros, por lo que deberás quedarte en casa mientras me acuesto con él o esperarme fuera del hotel o de cualquier otro lugar mientras cogemos”. Desde luego, le respondí que estaba de acuerdo, ofreciéndome a llevarla y pasar por ella cuando se citara con su hombre, y esperarla, como si fuera un chofer, mientras me ponen los cuernos.

Otro punto importante es el dinero: A Paty nunca le ha gustado que quienes me han corneado paguen las cuentas, pues odia pensar que recibió dinero o algún beneficio por entregar las nalgas. Por ello, siempre hemos pagado las cuentas de hoteles y restaurantes en partes iguales. Con su nuevo amante, deberá seguir siendo así, aunque en este caso seré yo quien pague la mitad de todos los gastos que se generen de los encuentros que tenga mi esposa con su macho, a menos que se la coja en mi casa, donde obviamente todos los gastos correrán por mi cuenta, al ser el anfitrión cornudo de dichos encuentros.

En resumen, éste es el acuerdo al que llegamos mi adúltera esposa y yo, y el objetivo de publicar este relato y la página en Internet. Buscamos un hombre que se convierta en su amante, que se la coja cuando quiera y que me tenga a mí como su sirviente. Los requisitos son muy sencillos: ella tiene que ver una foto de tu cara, para saber si eres de su agrado, por lo que debes enviarla por eMail a: [email protected], junto con una descripción de cómo eres y de por qué te gustaría ser el amante de mi esposa. Es importante que te explayes escribiendo; mientras más cosas nos comentes de ti, más posibilidades tienes de que mi esposa te elija como su macho. Sobra decir que los correos sin fotografía o con descripciones muy cortas que no digan nada, los borramos sin prestarles atención.

Asimismo, te aclaro que no buscamos meternos en tu vida; a la puta de mi mujer no le importa si eres casado, soltero, viudo o divorciado, y no pretendemos invadir tu vida personal ni meterte en problemas con los tuyos, pues la discreción para nosotros es parte fundamental de todo este acuerdo. Ella simplemente desea sentirse plena sexualmente con otra persona, sin invadir territorios que no le corresponden. Si consideras que cumples con los requisitos, esperamos tu mensaje para que mi esposa deje de ser mi mujer y se convierta en la tuya: tu mujer y tu puta.

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Escrito por Putona busca Amante

Somos una pareja de la Ciudad de México, en busca de un hombre educado, culto y con clase, para que se convierta en el amante de mi esposa; no pedimos ni damos dinero, esto lo hacemos sólo por placer. Ella es bonita, delgada, nalgona y tiene 36 años. Yo soy eyaculador precoz y muy torpe en el sexo, por lo que mi mujer requiere un amante de planta que le dé placer, en tanto que yo acepto y disfruto que se la cojan en mis narices o a mis espaldas, soy servicial y tengo 43 años. Tenemos una página con información para que sepas cómo convertirte en su amante de planta, así como para verla desnuda, exhibiéndose en lugares públicos y poniéndome los cuernos (www.putonaycornudo.webs.com). Para hacer una cita, es necesario que escribas a [email protected], con una foto de tu cara y contándonos ampliamente de ti, para conocerte; a ella no le importa el aspecto físico, pero sólo se entregará a quien le guste, por eso es importante tu foto y tu descripción. También puedes llamar al 044-55-2406-6514, en el que atenderé a los amantes de la puta de mi mujer, aunque no siempre puedo tenerlo prendido. Esperamos tu correo, para que pronto puedas ser el amante de mi puta esposa.

Paty Puta y el Cornudo Pendejo
Correo y MSN: [email protected]
Twitter: @PutaBuscaAmante
Skype: cornudopendejo
Teléfono: 044-55-2406-6514

2 Comentarios

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  1. Aademás:
    Mira si serás estúpido que tu pagas hasta los gastos del amante de tu mujer. Sin contar que la mantienes y pagas la peluquería, la manicura, la pedicura, la depilación y mas para que ella se revuelque con otro en cualquier lado o en tu casa, contigo mirando. Vaya hombre me sorprendes. Todos los españolitos sois así de maricones. Ya se que esto es un cuento y hay que darle morbo, ¿ pero, faltándole el respeto a un hombre? Eso para tu información a los hombres no les provoca calentura sino que en relidad les da asco.

  2. Porque sos un maricón que no sabe defender lo suyo. Si le hubieses puesto los puntos cuando debías hoy solo seria tu mujer y no la de todos. Si te amenazo con dejarte, bien que te deje y te sepas. Si quiere ser puta con otro; haber cuanto le dura. Te conoce y te esta usando. Que sería hoy de mi, si le hubiese dicho que si a cada mujer que tube. Los caprichitos en el orden sexual se los bancan ellas solitas

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