Por supuesto un manuscrito (I)

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Ella sonrío y me dijo ¿no crees que ya no es necesario buscar excusas?

Elena me llamo nerviosa, había encontrado un manuscrito que pensó que me podría interesar. La verdad es que nunca he sabido por qué esta chica me trata tan amablemente. Creo que le dan un poco me morbo mis conexiones con el submundo de las sociedades secretas.

Llovía a cántaros, el día, pese a no ser especialmente frío, no era apetecible, el viento agravaba la lluvia y silbaba por las esquinas. El cielo perdió su azul para tornarse en un gris oscuro que todo lo cubría forzando una sensación de indefensión.

Aparque mi coche en el lugar convenido, una calle próxima a su casa, junto un centro de salud. Unos toques en la ventanilla me hicieron saber que había llegado.

Por la ventanilla tuve la primera visión de Elena, el pelo, castaño , recogido en una coleta, sin pintar (ni falta que que hace) sus ojos negros como la noche chispeando alegría y un suéter de lana que disimulaba su cuerpo pero no impedía adivinar que debajo de el habían unos pechos, pequeños pero duros como piedras y con unos pezones que apuntan al cielo en cualquier circunstancia.

Entro en el coche, y entonces vi sus pantalones téjanos que marcaban su figura, sus caderas sinuosas y sus bonitas piernas. En ese momento, fue la primera vez que pensé en ella de modo libidinoso.

Me enseño el manuscrito, en el se hablaba de la “sagrada cofradía de los defensores del graal” de cómo estaban organizados y como se reconocían.

Leí durante casi una hora el manuscrito, y llegue a la conclusión, que la “sagrada cofradía” se camuflaban con una asociación publica, conocida y a la vista de todos. La “asociación de amigos del puerto”

La verdad es que era raro, que un puerto, con todos los problemas que dan de molestias, ruidos etc., hubiera una asociación de amigos. Su sede estaba en la torre del reloj, por lo que propuse a Elena ir a la cafetería de la estación marítima a tomar un café mientras mirábamos que pasaba en esa torre.

Así pues, llegamos aparcamos y subimos a la cafetería y nos situamos en una mesa donde se veía la torre del reloj, serian las 5 de la tarde. No tardo mucho tiempo, hasta ver aparecer a un señor totalmente anónimo, tanto por que no lo conocíamos como por su aspecto neutro, traje gris, zapato negro, corbata azul, camisa blanca, corte de pelo clásico, 45 años, en fin, de lo mas neutro posible.

Vimos entrar a un par mas de personas cuando, al ir cayendo la tarde, la oscuridad no nos permitía fijarnos, así pues, bajamos de la cafetería, y con el coche aparcamos al lado de un tinglado próximo a la torre del reloj, era una zona oscura donde veíamos la torre pero nosotros no éramos vistos.

Elena temblaba de frío, un golpe de viento le había mojado el suéter como buen caballero le ofrecí mi americana. Agradecida, por el ofrecimiento, me pidió que mirara a otro lado, lo cual hice, mientras por el espejo retrovisor veía como se despojaba del suéter, dejándome a la vista un pulcro sujetador blanco de algodón. Por segunda vez, pense en ella y en sexo a un tiempo.

Se puso mi americana, y me dijo que ya me podía volver, al mirarla quede fascinado, la americana le venia grande haciéndole un escote enorme que dejaba al descubierto dos hermosas colinas y un cuello largo.

No se que me paso, no lo pensé y la bese, la bese con toda la pasión que pude poner, me había excitado de un modo fuera de lo normal.

Ella me miro sorprendida pero no dijo nada, así, tome ánimos y le desabotoné mi propia americana dejando al descubierto su bonito cuerpo.

Acaricie su pecho, su cuello, sus hombros, mientras la miraba directamente a los ojos. Ella me miraba entre sorprendida y agradecida, sus ojos no variaron hasta que mis dedos, bajando por su vientre llegaron al botón de sus téjanos. Cerro los ojos suavemente, yo lo interprete como “te dejo hacer”.

Desabotone el pantalón y baje suavemente la cremallera, separe las dos partes del pantalón dejando al descubierto unas braguitas blancas de algodón. Metí mi mano por debajo y acaricie su sedoso vello, sedoso como nunca había tocado otro, de repente mi dedo noto humedad, había llegado a esa rajita golosa, su clítoris estaba hinchado y húmedo, así que empecé a acariciarlo.

Estaba loco por follarmela, pero estaba ella tan a gusto, cosa que sabia por sus gemidos, por su cara, por sus palabras, que dejarla de acariciar hubiera sido una crueldad, por lo tanto, seguí con la maniobra hasta que se corrió, entre una escandalera de gritos y suspiros.

Me quede quieto, con mi mano en su coño, y ella me dijo “discúlpame” yo le conteste ¿por qué te disculpas?, me explico que no estaba a gusto, por que yo le había procurado una buena corrida cuando yo estaba excitado y ella no había hecho nada para solucionar el bulto de mi pantalón.

Yo le dije que aun teníamos tiempo, y ella me contesto que ese no era sitio para “hacer el amor”, pensando que podía volver a casa con dolor de huevos, hice referencia a esa disculpa para hacerla sentir culpable. Y funciono.

Me beso, me inclino en mi asiento, y sin mas preámbulos me bajo la cremallera del pantalón y me saco el pájaro que, claro esta, estaba presentando armas, ella me pajeo muy suavemente un par de minutos y cuando noto que estaba a punto, se quito la americana y el sujetador y se inclino.

Me cogió la poya con la boca y empezó a mamármela, estaba de rodillas en el asiento de al lado con una mano entre mis piernas, apoyándose en el asiento, la otra mano en mi polla y su boca chupándome la punta. Mi mano se fue inmediatamente a tocarle las tetas. Ella paró y me dijo, “no, antes yo he disfrutado en solitario y ahora te toca a ti”.

Mas que chuparla lo que hacia era succionar, como si creara un vacío esperando que seria mas fuerte la eyaculación.

Mi corrida se acercaba, no sabia por donde iban los tiros y si podría correrme en su boca sin broncas, pero pense que si me corrían en su boca, eso que me llevaba y si se molestaba a joderse.

Le cogí la nuca y presione lo bastante para que no se pudiera escapar pero no demasiado para que pudiera seguir moviendo la cabeza arriba y abajo.

Soltó mi polla, giro la cabeza y me dijo “no hace falta que me sujetes, córrete a gusto, solo avísame para que este preparada”.

La solté y siguió mamándomela hasta que le dije… helena, me voy, ella soltó polla y se la metió todo lo que pudo en la boca, soltando mi carga en su garganta y se la comió sin cambiar el gesto. Siguió con mi polla en la boca un buen rato, chupando suavemente.

Pasamos el resto de la tarde noche mirándonos el uno al otro, por la ventanilla, vi un hotel, junto al puerto, con ventanas al reloj, así que le propuse pasar la noche siguiente en el hotel, vigilando la torre.

Ella sonrío y me dijo ¿no crees que ya no es necesario buscar excusas?

Esta noche vamos al hotel. Os cuento mañana.

Autor: El Maestro

el_maestro ( arroba ) operamail.com

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Escrito por Marqueze

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