Primera noche con la Amiga de mi Mujer

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Era una noche cálida y la concurrida calle del perro de Bilbao. Los locales, famosos por sus tradicionales pintxos y otras exquisiteces parecían un hormiguero bullendo de gente.

Luis contemplaba en su soledad el trasiego de personas con una media sonrisa mientras apuraba un pintxo de bacalao.

Vítores en la entrada del local en el que se encontraba le hicieron desviar la mirada perdida en su zurito de cerveza. En seguida descubrió el origen de tanto jaleo: un grupo de chicas, vestidas de marinero, irrumpieron el local. Eran ocho y vestían shorts blancos (muy cortos, pero no tanto como desvelar más allá de lo correcto), tops de tirantes estampados en rayas negras que dejaban a la vista los hombros y una gorra de capitán de barco coronando el sencillo disfraz. Una chica destacaba vestida totalmente de blanco, con una banda como las que lucían las mises; un pequeño velo que la identificaba como la novia.

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Consumieron una ronda de pintxos, cervezas y chupitos. Estaban muy animadas y al parecer trashumaban de local en local porque no se quedaron mucho tiempo. Según se iban, Luis se quedó mirando el ajustado pantaloncito de una de ellas cuando de repente se percató que la conocía. El último recuerdo que tenía de ella era de una cena en la que le llamó la atención el vestido negro con cuello blanco profundamente recatado que, junto con unas gafas de pasta le daba apariencia de institutriz.

  • ¡¿Mónica?! – exclamó levantándose de la silla.

La chica se giró. Tenía media melena negra como Cleopatra, inquietantes ojos azules, (sin gafas y probablemente con lentillas), no muy alta, delgada y de sonrisa fácil. Vestía igual que el resto de su grupo y comparada con su último recuerdo, prácticamente parecía otra chica.

  • ¡Luis! – dijo animada sonriéndole alegremente y dándole un abrazo. – ¡¿Qué haces aquí?! De todas las personas de mundo no me hubiera imaginado encontrarte a ti. – dijo pletórica.
  • He venido un par de días por trabajo. – Contestó el otro también animado, pero no tan eufórico.
  • ¿Y Sara? – dijo aludiendo a su esposa.
  • En casa. La verdad es que estaba cenando aquí solo y aburrido hasta que habéis entrado.
  • Je, je, je. Estamos en la despedida de Arantxa. No sé si la conoces.
  • Sí, creo que Sara alguna vez me ha hablado de ella. Es de aquí, ¿no?
  • Sí, le hacía ilusión volver a su tierra para hacer su despedida de soltera.
  • Pues mira que era difícil encontrarnos tan lejos de casa…

 

Mónica se despidió de sus amigas excusándose que las llamaría para ver por dónde estaban, que había encontrado a al marido de una amiga.

Luis se la quedó mirando sorprendido ya que no se esperaba ese giro. Su previsión para la noche era cenar solo y aburrido y regresar al hotel para ver alguna película mala que echaran por la tele.

Pasada una hora habían roto el hielo del encuentro inicial y reían desinhibidos.

Anduvieron un poco por las atestadas calles hasta que Mónica vio un local que le llamó la atención.

  • ¡Mira, parece que ponen buena música! – dijo exaltada.
  • ¿Y tus amigas? – replicó enarcando una ceja.
  • Bah, no te preocupes, ya les llamaré.- dijo palmeando el aire.

Pese a sus reticencias para entrar, Mónica le cogió de la mano y le arrastró al interior. La joven cedió al menos a la exigencia de pedir una copa.

Apenas había apurado la mitad del cubata cuando ella se fue a bailar.

Luis observaba desde la barra saboreando el Gin Tonic. Nunca había sido muy dado a bailar. Había gente por todos lados y le costaba seguirle la pista a Mónica.  “¡Mierda!” – pensó – “la he perdido de vista. ¿Qué hago? No tengo su teléfono. ¿Me voy?”.

 

Acabándose de un trago el cóctel se lanzó a la pista. Sus nervios se templaron cuando tras un par de vueltas alrededor de la pista de baile localizó a la amiga de su mujer. La chica bailaba desenfrenada mientras un grupo de chicos la miraban y cuchicheaban entre ellos riéndose y seguramente comentando obscenidades. Les había llamado la atención encontrársela allí sola con aquel disfraz tan natural.

Luis se acercó por atrás y le puso una mano en la cintura. Su costado era duro y ella no tembló ni se apartó ante el contacto.

Mónica continuó bailando y rozó sus shorts contra él. Alargó un brazo hacia atrás y acarició su pelo. Luis estaba estupefacto, pero prefirió dejarse llevar. La cogió por la cintura con ambas manos y bailó como pudo al mismo ritmo. El corazón le latía con la fuerza de un caballo desbocado. Ante su sorpresa, ella no sólo bailaba muy bien, sino que restregaba su trasero contra él.

No pudiendo contener sus impulsos animales, pronto notó cómo algo crecía en el interior de su pantalón. Ella también se dio cuenta y se dio la vuelta riendo.

 

Se paró bruscamente al verle.

  • Lu… – dijo sorprendida.
  • Hola Mónica. – contestó el otro con calmada naturalidad.
  • Per, perdona, no sabía que eras tú. – replicó elevando los hombros y mostrando los dientes como disculpa.

“Ahora o nunca”, pensó él.

  • ¿Y eso cambia algo? – dijo cogiéndola por la cintura y acercándola de frente.
  • Yo… ¿Y Sara? – la cara de la chica había cambiado y ahora mostraba estupefacción.
  • ¿Y tu marido? ¿está alguno de los dos aquí? – dijo él frunciendo el entrecejo con fingida preocupación
  • No… – dijo con la mirada perdida.
  • ¿Qué diferencia hay entonces con que sea yo el desconocido contra el que te restregabas?
  • Pues… que te conozco.
  • Más razones para disfrutarlo, ¿o acaso no te has dado cuenta de cómo te he mirado siempre?

Ella le contestó enfocando su mirada en él y con una sonrisa traviesa. Comenzó un leve contoneo al son de la canción del momento.

Satisfecho, se pegó a Mónica y se amoldó a su ritmo de baile. Pronto ella se dio la vuelta y siguió bailando como antes. Desnivelaba sus caderas alargando sus blancas y tersas piernas.

Desde atrás, podía apreciar como el culito de aquella amiga de su mujer luchaba por salir de aquellos apretados shorts. Las manos pasaron de la cintura a los muslos. Tenía la piel curiosamente fría y suave como el terciopelo.

Luis le besó y chupó los hombros desnudos llegando al cuello. No sabía qué le había hecho lanzarse así. Quizás una mezcla de la excitación del momento y el recuerdo muscular de sus salidas a discotecas con su mujer. Mónica no mostraba signos de oposición, y continuaba su baile como si no pasara nada. Atrevido, el chico hizo ascender sus manos hasta más allá de cintura. Pudo sentir la textura diferente de los costados del sujetador bajo el fino tejido del top. Apretó aquellos costados sintiendo como se hundían levemente al entrar las puntas de sus dedos con el lateral de sus senos.

El alcohol fluía por el torrente sanguíneo de la chica y ahogaba todas aquellas alarmas que gritaban que estaba haciendo algo mal, que estaba siendo una mala esposa. Estaba muy a gusto y nadie se enteraría de lo que estaba pasando.

De repente se apartó, y dejando estupefacto a su acompañante se dirigió hacia la barra.

  • Yo que tú no la dejaría escapar – dijo uno de los chicos que la observaban antes de que él llegara.

Luis le respondió con una sonrisa y alcanzó a la chica en la barra. Mónica estaba al teléfono.

  • ¿Todo bien? – dijo él ocultando como pudo su incipiente erección.
  • Sí, eran mis amigas. Vienen hacia aquí. – Luis le respondió con un amago de puchero.
  • Con lo que me gustaba bailar contigo… – contestó.
  • A mí… también me estaba gustando. Eso no tiene por qué cambiar – dijo.
  • Bueno, no pasa nada, si quieres me voy y así sigues la fiesta de la novia, que alguna me reconocerá y podemos tener problemas; hoy es su día.
  • No lo entiendes – dijo ella sonriente – . Les he dicho que no me encontraba bien que me iba a dar una vuelta, que luego les llamaría.

Al principio Luis no comprendió el alcance de aquellas palabras. La sonrisa picarona de la amiga de su mujer le hizo percatarse que ella tampoco quería separarse de él.

 

Le devolvió la sonrisa, y sin mediar palabra, ambos salieron por la puerta no sin que antes Mónica le pusiera su gorra de capitán a él.

  • Vamos por aquí – dijo indicando un callejón poco transitado.

Pese a tener la ayuda de la aplicación de mapas del teléfono se perdieron en algunos callejones, pero finalmente accedieron a una zona lejana al ocio donde seguro que no se encontrarían con el grupo de la despedida de soltera.

  • Ven marinera. He tenido una idea.

Caminaron un poco más sin apenas intercambiar palabras hasta que se detuvieron en un lugar escondido junto al puente del ayuntamiento.

  • Como no sé si eres marinera de agua dulce o agua salada te he traído para que veas el río. – le dijo devolviéndole la gorra de capitán.
  • ¿Ahora quieres hacer turismo? – dijo levantando las cejas.
  • No… – contestó con una sonrisa maliciosa.

Luis le puso suavemente una mano en la cara y contempló aquellos ojos azules. Eran tan claros que tenían hasta un tono fantasmagórico en su belleza al combinarlos con la nívea piel de la chica. Quizás estuvo contemplativo demasiado tiempo, ya que Mónica reaccionó acercando sus labios. Él la respondió de igual manera y pronto sintió el calor de sus labios carnosos y una lengua invasora que inquieta perseguía a la suya con más velocidad de la recomendada el primer beso.

Los cuerpos se juntaron y las curvas y los picos encontraron sus huecos mientras se besaban dejando suelta cada vez más su lujuria contenida. Justo cuando él iba a palpar uno de sus senos ella le detuvo.

  • Te voy a follar Luis, pero aquí no. – le dijo dejando al otro de piedra.

Aquello le excitó y frustró por partes iguales. Pudo contener su pasión lo suficiente para articular palabras racionales.

  • Mi hotel. Está aquí cerca.

Le había sorprendido mucho el lenguaje empleado por aquella chica tan correcta y jovial. “¿Qué más secretos escondería este pibón?”, pensó.

Esta vez él no pudo reprimir cogerla de la mano, y así llegaron juntos al hotel – de una cadena internacional – como si fueran pareja.

El número de la planta 5 se iluminó, y tan pronto como la puerta se cerró, Luis cogió a Mónica de las nalgas apretándola contra sí y devorándola en un beso sin fin.

Los glúteos resistían duros y su mano se adentró más allá del pantalón palpándole el trasero.

 

Entraron en la habitación en un mar de besos.

  • Espérame sentado en la cama – dijo ella tras darle un pico en forma de promesa y excusarse yendo al baño.

Al salir, llevaba en la mano una bata blanca con el anagrama del hotel.

  • ¿Y esa bata? ¿tienes frío? Yo tengo calor… – le dijo mostrando sus pectorales desnudos tras haberse quitado la camiseta en previsión de lo que podría pasar.
  • No – respondió enigmáticamente sonriendo sin dejar de mirarle.

Tiró la bata a un lado quedándose con el cinturón de tela de la misma. Se acercó lentamente y esquivó sus manos buscadoras

  • Espera un momento por favor. Así, muy bien. Pon las manos atrás. Perfecto, gracias – dijo de forma paciente mientras le ataba con la cinta las manos a la espalda.
  • ¿Sabes que podría zafarme en cualquier momento verdad?
  • Y tú también sabes que podría irme en cualquier momento, así que estate quieto – le respondió de repente con gesto serio.

 

Mónica colocó su móvil encima de la cama al tiempo que sonaba una popular canción del momento. La joven empezó a bailar lentamente sin dejar de sonreír y clavando sus ojos cristalinos en los de él.

Los contoneos de cadera eran tímidos, así como las vueltas que daba sobre sí misma. Pronto ejecutó desplazamientos laterales a golpe de pelvis y pequeñas bajadas doblando las rodillas.

 

Su mirada picarona era la promesa de un placer desconocido. Poco a poco se había ido acercando a la cama. A menos de metro y medio el uno del otro se llevó un dedo a la boca osciló provocativa. Luis, fiel al edicto, no hizo intentos por acariciarla, aunque instintivamente se reclinó un poco hacia delante y alargó el cuello.

La chica se dio la vuelta e deslizó sugerentemente su apretado trasero. Lentamente se arrodilló sobre la moqueta y, apoyando los antebrazos en el suelo levantó su culo mientras al tiempo que lo hacía girar en círculos. A Luis le palpitaba fuertemente el corazón por la ansiedad que tenía de lanzarse sobre su cuerpo.

Mónica se dio la vuelta, y arrodillada se estiró hacia atrás apoyando una mano en el suelo mientras que con la otra se acariciaba los pechos en línea descendente hasta su entrepierna.

  • Al menos puedo hablar ¿no? – dijo él. Ella no contestó, y la no prohibición fue lo mismo que una afirmación.
  • Joder Mónica qué buena estás y qué ganas tengo de follarte – ella amplió su sonrisa y se entretuvo un poco más en sus caricias propias en la zona pélvica.

Se tumbó de lado orientada hacia él y doblando una rodilla. Su mano era un hidroavión que planeaba sobre el níveo mar de sal que eran sus muslos.  Levantó sus piernas y cadera como si de una clase de Pilates se tratara. Su top marinero abría un interesante canalillo en aquella posición. La música cambió a una canción más cañera.

Como si hubiera sido una señal, se puso de pies y continuo su contoneo sin dejar de acariciarse. En un momento dado, y pillando por sorpresa al chico, giró y acercó su trasero a centímetros de él. Fue bajando lentamente hasta casi sentarse sobre él sin dejar de ejercer elipses hipnóticas. A él le hubiera encantado agarrar en aquellos momentos aquel culo, pero se contuvo por miedo a que ella cambiara de idea.

  • Notas lo dura que la tengo – le dijo él fuera de sí.

Ella se apartó silenciosa y siguió con su baile. Se acarició el vientre subiendo levemente el top desde abajo. Enzarzó sus pulgares en extremos inferiores de la prenda y fue subiendo sin perder el ritmo. Abrió los dedos que tenía libres, y como si de una mariposa que se dispusiera a emprender el vuelo levantó el top por encima de su sujetador negro. La prenda íntima le apretaba los pechos, y Luis, en su experiencia, pensó fugazmente que debía tener relleno. Con un par de contoneos más se quitó el top y lo lanzó sobre la cama. Sus blancos pechos apenas se movían sujetos por aquella prisión negra y una tímida peca solitaria estaba abandonada al final de su escote.

 

Mónica apoyó sus manos sobre los muslos del chico y los acarició sin dejar de bailar. Aquella postura inclinada era una panorámica excelente de sus pequeños. Si no eran muy grandes sí se apreciaban bien puestos y con formas redondeadas.

La chica chasqueó negativamente la lengua mientras negaba con la cabeza. Quitando parte del glamour del momento se esforzó por dejarle en calzoncillos sin su participación.

La magia volvió, y tras un poco de cabrioleo se sentó sobre una pierna del chico. Apoyando un brazo en su hombro restregó su pelvis contra aquel “paquete bomba”. A pesar de los shorts podía sentir perfectamente el pene erecto de su amigo.

Se apartó, y de forma armoniosa y con estilo se quitó los shorts. Lucía un pequeño tanga negro que contrastaba con el color de su piel. Su baile se hizo más intenso y provocador.

Como si de un gimnasio se tratara ella hizo algo parecido a sentadillas sobre él. Esta vez sí pudo sentir su fría aplastarse contra su paquete. Inconscientemente él levantó un poco la pelvis para sentirla más aún. Se sentó, y apoyada se movió como si quisiera sacarle brillo al pantalón… y lo consiguió. Una pequeña mancha húmeda de líquido pre-seminal marcaba la prenda.

La cosa se estaba poniendo muy caliente. Mónica le estaba acariciando el miembro por encima del calzoncillo, el cual se levantaba ligeramente por cada descarga eléctrica que le recorría el falo. Sus finos labios se cerraron ejerciendo cierta presión sobre aquel pene envuelto en tela.

 

Mónica se puso en pie y se quitó, sin ceremonias el tanga. Apenas tuvo tiempo Luis de apreciar su depilado sexo ya que ella se acercó decidida y le empujó educadamente hasta hacer que se tumbara. “Por fin vamos a follar”, pensó. La joven se encaramó sobre él, quien la esperaba expectante y con la boca abierta.

Pasó de largo.

En lugar hacerle desenfundar su arma carnal, la chica siguió ascendiendo con las piernas a ambos lados de su cuerpo. De repente, y sin mediar más palabra, la chica se le vino encima. No cómo él se lo esperaba, sino que vio cómo sus pequeños labios vaginales se acercaban en rumbo de colisión contra su cara. El olor a pasión femenina cayó sobre él. Excitado, soltó su lengua desbocada en el sexo de la chica. Ella estaba literalmente sentada sobre él. No podía respirar, y emitió sonidos guturales para hacérselo ver.

Ella se levantó y se puso en cuclillas agarrándose del cabecero de la cama. Aquella postura no era tan asfixiante y ella incluso realizó pequeños movimientos de cadera para rozarle la cara con su vagina. Él lamía todo lo que podía sintiendo los ardientes sus jugos. Desde s punto de vista podía ver fotogramas del sujetador y de ella con los ojos cerrados y mordiéndose un labio, claramente disfrutando. Le hubiera gustado ayudarse de los dedos para hacerle la felación de forma satisfactoria, pero estaba atado de manos.

 

 

Mónica se apartó retrocediendo el camino ya recorrido. Se detuvo a morder sus pezones para luego sentarse sobre el sexo del chico. Se contoneaba lentamente de forma exagerada restregando su sexo desnudo sobre aquel instrumento enfundado. Al retirarse, el calzoncillo estaba manchado. Luis resopló desesperado.

  • A ver qué hay aquí – dijo ella sin perder la sonrisa mientras introducía una mano dentro del calzoncillo.

Sintió su mano cogerle el pene y batirlo lentamente. Él instintivamente se inclinó hacia delante, pero ella chasqueó la lengua negándoselo al tiempo que le soltaba el pene.

Ante su estupefacción, la chica comenzó a masturbarse el clítoris con dos dedos.

  • Oye, ¿y yo?

Ella gemía tímidamente pero no hacía anda.

  • ¿Mónica?

Más chasquidos de lengua entrecortados.

  • ¡A LA MIERDA! – dijo él, quizás más alto de lo que esperaba.

Con dos movimientos de muñeca liberó sus manos.

Justo en ese momento el móvil cambió de canción a una que empezaba con un potente solo de bajo.

  • ¿Qué te dije antes? – dijo Mónica con total tranquilidad.

Él no respondió. La excitación reprimida le había nublado la capacidad de razonar o de hablar.

Luis se levantó. Sin violencia ni remisión la cogió por la cintura y la colocó en la cama.

  • ¡Estate quieto y ponte la venda de nuevo! –dijo ella bocarriba irritada.

El joven se apoyó con una rodilla en la cama colocó su mano sobre su coño.

  • ¿Querías esto? –dijo ente dientes dándole unas palmaditas suaves en la entrepierna.

Ella paró sus quejas y le devolvió luna expresión retadora. Luis notaba arder su mano sobre aquel pozo del infierno. Introdujo un dedo con facilidad, y después otro. Los movió con el impulso de su codo a toda velocidad mientras que ella gemía de forma prolongada.

Cuando su brazo empezó a resentirse del movimiento constante y veloz, la cogió por los hombros hasta sentarla al borde de la cama. Le dio un morreo lujurioso y correspondido para acto seguido acercar su pene nervudo a su cara. Ella le esperaba con la boca entre abierta y suerte de aquello, porque Luis le introdujo su miembro en la boca. Aquello no era una felación, sino una penetración bucal. La preciosa cara de la chica se movía de forma grotesca con los empujes de la mano de su amante. La saliva resbalaba por la comisura de sus labios. Se volvieron a besar con pasión

 

Mónica respiro una gran bocanada de aire y tosió cuando él se apartó. Con manos de cerrajero le quitó en segundos el sujetador y se abalanzó sobre ella para masacrar a lametazos y mordiscos sus pechos azucena. Eran dos hermosas tetas, pequeñas, pero densas y con forma de pera culminadas por pequeños pezones rosados. Los senos desaparecían bajo una mano o una boca que siempre estaba ocupado en cada uno de ellos.

  • TE VOY A FOLLAR – gritó él. – ¿Quieres? – preguntó en tono extremadamente educado contrastando con el delirio anterior.
  • Mucho has aguantado. Pensaba que no resistirías tanto.
  • ¡Serás…! – una risa digna de mala de película de dibujos animados tapó el final de su frase.

Él la empujó sobre la cama y saltó encima. Apoyó su bayoneta muscular sobre ella y empujó lentamente hasta introducir el pene por completo sofocando el incendio de aquella risa.

Las embestidas comenzaron lentas mientras Luis boqueaba extasiado y controlando su excitación. Ver aquellas dos peritas bambolearse le excitaba mucho, pero quería aguantar todo lo que pudiera antes de eyacular.

Luis le colocó las manos detrás de la cabeza, con las orejas entre el pulgar y el índice y continuó follando acelerando el ritmo.

Pasado un tiempo la agarró de las piernas dando un tirón hacia atrás, y con media cintura de ella fuera de la cama, abrió sus piernas como un compás y la penetró profundamente haciendo que ella se retorciera.

 

Mónica gemía sin cesar diciendo constantemente el nombre de su amante. Aquella contención sexual había conseguido su objetivo y ahora su amigo le estaba dando un placer salvaje que pocas veces conseguía con su marido.

 

Luis se apartó con agilidad felina, y sin aparente esfuerzo volteó a Mónica poniéndola boca abajo en la cama.

  • ¡Joder Mónica! ¡Qué buena estás, qué buena estás, qué buena estás! –dijo como un obseso. – La de veces que he follado con Sara imaginándome que eras tú…

Ella giró la cabeza hacia un lado para responderle, pero se interrumpió gritando cuando sintió una penetración brutal. El chico le aplastaba su pequeño culo con fuertes y rápidas embestidas. Él le puso una mano en la cabeza haciendo que la gorra cayese, mientras que presionaba con su cintura metiéndosela hasta el fondo. Volvió a la carga haciendo rechinar la cama por la velocidad de las embestidas. Ella rebotaba como un muñeco a la deriva en una cama elástica.

 

Agotado, Luis se dejó caer hacia un lado. Respiraba de forma entrecortada y tenía el cuerpo bañado en sudor. Cerró los ojos sin apenas escuchar la voz de Mónica.

  • ¿Estás bien? Bueno, ahora lo veremos…. – Dijo encaramándose sobre el chico como una amazona.

Luis no reaccionó cuando ella le agarró el pene con su diestra mano y se lo introdujo poco a poco. La chica le cabalgó lentamente al ritmo de los enamorados mientras que él empezaba a salir de su sopor. Estiró las manos para estrujarle los pechos mientras ella aceleraba el ritmo.

Mónica se dejó caer sobre él y se besaron sin dejar ni por un segundo de follar.

  • Quiero que me folles como una perra – Lle dijo ella al oído.

Cambiaron de postura y Luis pudo comprobar la atlética figura de su amiga a cuatro patas reflejada en el espejo. La penetró lentamente sintiendo cómo su culo creaba hondas contra su estómago.

  • No aguantaré mucho – dijo él agotado.
  • Pues lléname con tu leche – dijo ella excitada.

El chico aceleró el ritmo. Podía ver en el espejo cómo las tetitas de la chica se balanceaban con locura mientras él agotaba su combustible de energía con una arremetida final. La penetración era animal y cuando Mónica se estiró de repente gimiendo como una corneta, él se corrió. El semen salió disparado como si de una manguera a presión se tratara. Ella sintió los latigazos candentes llenándola y cómo él poco a poco dejaba caer su peso sobre ella.

Escapó de la trampa corporal antes de que el otro la enterrara con su cuerpo y ambos yacieron exhaustos bocarriba en la cama.

 

 

Luis se despertó con la luz diurna. Mónica no estaba en la cama. La llamó por su nombre y miró en el baño sin éxito.

Miro el móvil y se encontró un mensaje de Mónica: ”Hola Luis, me he enterado por Sara que también estás en Bilbao. Yo estoy de despedida y mañana volvemos. Si quieres podemos quedar hoy para comer. Un saludo.”. Aquel texto aséptico no tenía poder incriminatorio sobre lo que hacía horas había pasado. Aquella chica le había sorprendido gratamente en todos los sentidos.

Tras ducharse se percató de que una gorra de capitán de barco yacía bocabajo a los pies de la cama.

Había pasado su primera noche con la amiga de su mujer, pero aquel mensaje era la promesa de que no sería la última.

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Escrito por jovenes_alegres

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