Primeras Experiencias A Solas

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Para todo hay una primera vez. Experimenta.

Afuera llovía copiosamente, Kenia llegaba del trabajo en un viernes por la noche. El día, y la semana en general, estuvieron bastante pesados, así que lo único que quería hacer era llegar a su departamento, llenar la tina con sales aromáticas y darse un buen baño relajante, lo tenía merecido.
Llegó hasta el 271 de su edificio y entró, la obscuridad reinaba, sin embargo conocía ese departamento centímetro a centímetro, llevaba mas de 3 años viviendo ahí. Su mano alcanzó el apagador de pared y de inmediato las sombras fueron desterradas, iluminando con potencia el recibidor.
Kenia dejó su bolso en la mesita de café al centro de la salita de estar así como sus tacones, maldijo por lo bajo el tener que usarlos diariamente, pero ahora que sus pies y su espalda estaban libres del yugo de la moda y la formalidad se sintió aliviada, y de mejor humor. Aunque faltaba por liberarse de algunas cosas mas.
Ya en la cocina preparó la tetera con algo de té negro y azahares, el cual calentaría después de su merecido baño, y se dirigió a su objetivo, el cual era como el de la mayoría de apartamentos en el edificio, solo que el de ella y unos cuantos vecinos afortunados, tenía una bañera bastante amplia. Tomó un poco de sales de a lado del bidé y las esparció por la bañera, acto seguido empezó a llenarla con agua caliente. El sonido del agua cayendo sobre el azulejo de la tina la relajaba, siempre tenía ese efecto sobre ella. La tina tardaría unos minutos en llenarse por completo así que fue a la habitación contigua, que era su habitación a desnudarse.
Era un habitación espaciosa con todo bien distribuido, el ambiente olía a su perfume, su maquillaje y a retazos de su intimidad. En una de las esquinas del cuarto, Kenia tenía un espejo de cuerpo completo enfrente del cual se vestía por la mañana y se desvestía por la noche, recorriendo centímetro a centímetro su cuerpo en busca de algún gramo de mas, normalmente no lo encontraba y eso la ponía feliz antes de meterse a la cama, completamente desnuda, por que así se sentía con mas libertad. El roce de las sábanas con sus pezones siempre le había causado un gustillo que no comentaba con nadie, ni siquiera sus amigas mas íntimas; esto también le pasaba con el vello de su entrepierna, pues cuando no lo depilaba le gustaba sentir el roce de la tela con el intrincado valle que custodiaba su entrada, su intimidad.
Su blusa de seda blanca Yves Saint Laurent estaba bastante húmeda por la incipiente tormenta, aunque ya no era así pues ahora llovía a cántaros afuera de su apartamento, y debido a esta humedad, la blusa se pegaba a sus formas revelando unos incipientes pezones reacios a quedarse pequeños y temerosos atrás del sostén. Retiró la blusa después de desabotonarla, acto seguido retiró la falda y las medias de seda también, a juego con la blusa, y se miró al espejo. Así en ropa interior o menos le gustaba estar por el apartamento, al fin y al cabo vivía sola y nadie podía recriminarle tal acto de libertad. Ahora la imagen que le devolvía el espejo era de una mujer de veintipocos, de tez clara, cabello castaño obscuro y ojos claros. Pero que también tenía una figura torneada, la cual era la envidia de muchas compañeras de trabajo por que sin ser escultural, sus senos desafiaban con éxito la gravedad así como sus gluteos, ahora enfundados en una tanga con encajes y transparencias color negra, a juego con el sostén, el cual contenía unos senos bastante prominentes y de formas bastante definidas, rematados por unos pezones claros y ahora desafiantes. Retiró el sostén de su pecho con el rebote de sus senos que esto conllevaba y sintió lo que algunas chicas llaman el alivio del fin del día, y ella sabía exactamente por que. Los examinó y contenta con el resutado acarició levemente los pezones erectos ya por el cambio de temperatura, y, acto seguido bajó su tanga con movimientos diestros, y al hacerlo reveló un pubis despejado, sin un solo vello, y su intimidad levemente húmeda, pues siempre que se examinaba se excitaba un poco. Recordaba que alguna amiga le había confesado,en una plática un poco subida de tono que ella se depilaba el sexo para poder masturbarse mejor, sin que el vello intimo se interpusiera en sus toqueteos solitarios. Kenia nunca lo había comprobado, pero suponía que así debería ser.
Se volteó y el espejo le devolvió una vista majestuosa de sus torneadas piernas, depiladas al igual que su pubis, y rematadas por un par de nalgas bastante firmes y llamativas, las cuales eran las responsables de muchas miradas a lo largo del dia, como se lo había confesado un compañero de trabajo.
Conforme con el resultado que le devolvía el espejo, cosa que en ocasiones no era así, se dirigió al cuarto de baño, donde la tina estaba a punto de llenarse. Cerró la llave del agua y probó la temperatura con el dedo índice. Estaba en su punto; ni muy caliente ni fría. La espuma acariciaba la orilla recubierta de azulejo de la tina, Kenia sabía que cuando entrara en ella se desbordaría un poco de agua, pero le encantaba hacer eso.Introdujo una pierna hasta un poco arriba de la rodilla y consiferó que ya podía entrar por completo, así que lo hizo. En el momento en que el agua acarició su vulva sintió un choque eléctrico en esa parte tan íntima de su anatomía, no sabía por que pero le agradó. Una vez con el agua por arriba de sus senos reclinó la cabeza en el borde acolchado de la bañera y se dispuso a relajarse, las sales olían a pétalos de rosa y canela, su aroma favorito. Empezó frotando sus brazos para retirar el leve sudor que el día había dejado en ellos, lo hacía con suavidad, como desearía que lo hiciera algún chico en ese momento. Kenia nunca había cedido a los placeres del sexo en solitario por que pensaba, erróneamente que el sexo sustituía a la masturbación; sin embargo después de esta experiencia comprobó que no se debe ver a la masturbación como algo aparte del sexo, sino como un complemento para una vida sexual plena.
Llegó hasta sus senos, le gustaba sentir su dureza y redondez bajo el agua, y juguetear un poco con los pezones, sin embargo eran toqueteos muy rápidos con fines únicamente higiénicos, además de la prisa cotidiana al asearse.
Pero hoy nadie tenía premura, nadie la presionaba para que llegara al cuarto para las 8, hoy podía consentirse todo lo que quisiera así que se aventuró a acariciar un poco mas, esos pezones que coronaban orgullosamente sus delicados pero firmes senos. Sus pezones volvieron a ponerse duros lentamente, era curioso sentir eso bajo el agua, pero no le desagradó, al contrario, continuó acariciando levemente, y en ocasiones haciendo una leve presión sobre ellos, acariciaba en círculos y pasaba de los pezones a las aureolas rosadas. El jabón ayudaba a incrementar las sensaciones que iban por momentos hasta su intimidad ya completamente húmeda, parte por la excitación de estimular sus pezones sensibles y parte por que el agua llegaba a sus senos, cubrendo por completo su parte íntima.
Kenia no sabía si continuar pues nunca se había sentido tan excitada acariciando su cuerpo, no sabría que hacer si se excitaba mas, pero quería saber que pasaba y mordiéndose el labio inferior empezó a bajar una de sus temblorosas manos hacia su entrada vaginal, pasando por sus costillas, su vientre y casi al final su pubis, terso como un durazno, y esa sensación se incrementaba con el agua.
Al igual que sus senos, Kenia solía tocar su intimidad para lo estrictamente necesario, pero en cuanto rozó su clítoris, el cual ya se mostraba enhiesto y desafiante, una descarga bastante placentera recorrió su cuerpo desde su sexo hasta la punta de los pies y la punta de la cabeza, pasando por los pezones, los cuales se endurecieron un poco mas.
Cerró los ojos y empezó a fantasear, con algunos chicos que conocía, compañeros de clase y uno que otro amigo, sentir sus gruesas manos sobre sus senos y su sexo, así como su miembro eran fantasías que podía permitirse en un momento como este, mientras frotaba con delicadeza ora sus labios, ora su clítoris, el cual respondía con violentas sacudidas de placer que recorrían su cuerpo como avisando que venía algo mas intenso. Y en verdad estaba por llegar.
Su sexo era virgen de sus delgados y finos dedos, aún así, no presentó mayor inconveniente cuando Kenia introdujo un dedo hasta la segunda falange, y al ver que no pasaba nada mas que sentir gustillo, introdujo todo el dedo, y empezó a meterlo y sacarlo como si de un miembro muy delgado se tratase. Pronto un dedo no fue suficiente y después de alternar su atención a su clítoris enhiesto, se decidió a introducir dos dedos en su excitad sexo.
Las paredes vaginales se sentían tersas y húmedas, eso era nuevo para ella, nunca había sentido su interior de esa manera. Estaba gozando de los placeres carnales de la forma mas íntima posible, pues estas sensaciones no las compartía con nadie, solo ella las podía sentir y eran intensas, tanto que empezó a gemir de una forma recatada, como reprimiéndose.
Pasados unos minutos su ritmo cardiaco era acelerado al igual que su respiración, sentía la sangre galopar desbocada en su rostro, uno podría adivinar que estaba sonrojada con carices de lujuria, y estaría en lo cierto.
Una mano se movía a un ritmo vertiginoso en su sexo mientras la otra deleitaba a sus senos con toques y roces que solo podía conferir una chica.
Su orgasmo estaba cerca.
Cuando ya su mano estaba al borde del quirospasmo torturando su enrojecido clítoris, una sensación muy placentera y violenta que salió de su sexo recorrió por completo su cuerpo, sus muslos se tensaron, su espalda se arqueó y hasta los dedos de los pies se tensaron. Las oleadas de placer recorrían su blanca piel y llegaban a sus lugares mas íntimos. Su mente se desconectó por unos segundos de su cuerpo, mas sus manos prolongaban las sensaciones de placer que tanto le estaban gustando. Sus gemidos debían ser audibles en los pasillos del complejo departamental, sin embargo a ella no era consciente de nada mas que de el placer que sentía en su orgasmo. Era una de las experiencias sexuales mas intensas que había tenido, y lo había logrado solo con sus manos. Jadeante y cansada recostó su cabeza en la orilla de la bañera, disfrutando de los restos de su orgasmo. En ese momento, cuando acariciaba con suavidad ya, su ahora relajado clítoris sonó el timbre.

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