PRUEBA DE DECLAMACION

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– “Hola, me llamo Julia y voy a declamar un pasaje de “La mujer de tu vecino” de John Updike. Espero que sea de su agrado”.

Tragué saliva y me noté la garganta tan seca como si me hubiera metido en la boca un puñado de arena del desierto del Gobi. Aún así, con la voz más sensual de la que fui capaz, comencé a recitar:

– < Cada pelo es precioso e individual, y tiene una función definida en el conjunto: rubio hasta resultar invisible donde muslo y vientre se unen, oscuro hasta hacerse opaco donde los tiernos labios piden protección, robusto y vigoroso como las barbas de un guardabosques bajo la curva de la barriga, oscuro y ralo como las patillas de un Maquiavelo donde el perineo se repliega en busca del ano.

Mi coño se transforma según la hora del día y la malla de mis bragas. Y tiene sus satélites: esa caprichosa línea de vello que asciende hasta mi ombligo, y la que se introduce en mi ano, la suave pelambrera que tapiza el interior de mis muslos, la brillante pelusa que adorna la hendidura de mi trasero. Ámbar, ébano, pardo, rojizo, laurel, castaño, canela, avellana, gamuza, tabaco, alheña, bronce, platino, melocotón, ceniza, fuego y gris ratón: ésos son algunos de los colores de mi coño.>

Se produjo un profundo e incómodo silencio en la sala. Únicamente me pareció oír un leve chasquido de lengua, pero como solo había un foco de luz en toda la habitación, y que encima estaba dirigido de lleno a mi, deslumbrándome, no pude ver las caras de los examinadores.

Tampoco sé si es normal o no que después de un ejercicio de declamación teatral se quede todo el mundo en silencio. Me imaginé que si, por lo que permanecí impasible y manteniendo la compostura, mirando hacia donde supuse que ellos estarían sentados, y esperando a que me invitaran a abandonar el escenario, invitación que finalmente llegó, pero tras unos largos minutos que me parecieron milenios.

Cuando alcancé las bambalinas aún el silencio se extendía a mi alrededor, y ya me ahogaba cuando una potente voz masculina, la misma que me había indicado que me retirase, impuso categóricamente un “descanso” que yo celebré con un profundo suspiro.

De repente me sentía abatida, tristona, y con una imperante necesidad de estar sola. No podía permitir que nadie y mucho menos mis competitivos compañeros, me viera en ese estado, así que me dirigí apresuradamente a uno de los camerinos del teatro, cerré la puerta tras de mi y me acomodé en una silla, resignada, esperando a que aquel mal trago pasara pronto. Yo era una de las últimas de la lista, así que calculé que solo faltaba menos de una hora para que nos comunicaran los resultados de la prueba.

Mis compañeros pululaban por el pasillo y hasta mi llegaban fragmentos de conversaciones, sus risas, sus llantos. Todos estábamos tan nerviosos que hubiera jurado que se podía tocar la tensión en el aire. Y a mi esa voluntaria reclusión no me estaba haciendo bien, lo mejor era salir y compartir mis inquietudes con mis compañeros de clase.

Pero justo cuando agarré el pomo de la puerta para salir, noté que alguien lo estaba ya accionando para entrar. Era uno de mis profesores, uno de los examinadores. Concretamente el de la prueba de declamación.

– “Siéntese”, me ordenó.

Lo hice en la única silla desportillada que había en la vacía habitación. Él cerró la puerta y se volvió inquisitivo hacia mi.

– “Julia, he de reconocer que ha realizado usted una declamación bastante aceptable. Pero ¿sabe?, no estoy aún muy seguro sobre si debo o no darle por superado el ejercicio.

– Verá, yo…

– NO, déjelo. No diga nada. Mejor comprobemos cómo es usted capaz de declamar su texto a la vez que actúa. Comience”.

Y sin más preámbulos, mientras yo con voz trémula iniciaba mi declamación, él se arrodilló ante mi y me

levantó la falda. Me sentí como un ciervo eclipsado por las luces de los faros de un coche que avanzara hacia él.

– “No, Julia. Así no. ¡Está usted temblando! Ayúdeme a decidirme mejor. Colabore un poco, levántese para que yo pueda…así, muy bien. Verá es que tengo que comprobar hasta qué punto es fiel la descripción que usted ha hecho. Lo comprende ¿verdad?.”

Si…claro que lo comprendía. Y colaboré gustosa alzándome lo suficiente para que él me pudiera quitar el tanga. Ese hombre me había gustado desde la primera clase que impartió en esta Escuela de actores, hacía apenas un año.

Y ahora uno de mis sueños se había cumplido, pues tenía su cabeza entre mis piernas. No hice amago alguno de defenderme. Lo deseaba demasiado como para andar con estúpidos preámbulos.

Además, yo tenía que declamar de nuevo… Se fue acercando hasta mi sexo y hundió su nariz entre mi vello púbico, aspirando los efluvios que emanaban de él. Me interrumpió de nuevo:

– “Tu coñito huele a vainilla, Julita. Y eso no lo has mencionado. Un punto menos. Empieza de nuevo.”

¡Válgame, si hasta ya me tuteaba! Eso me complació y en compensación, y sin dejar de declamar, me abrí un poco más de piernas, para facilitarle el trabajo. A esas alturas ya estaba lo bastante excitada como para ni acordarme bien del texto. Y los gemidos que se me salían de la garganta tampoco facilitaban las cosas.

Sensualmente me lamió desde el perineo hasta la vulva y desde ésta al monte de Venus. Luego presionó entre sus labios mi clítoris y lo chupó a la vez que movía la lengua rápidamente, hasta que ya no pude más y le cogí la cabeza con las dos manos, apretándole con todas mis fuerzas contra mi sexo hasta que noté cómo sus dientes me mordisqueaban el labio interior.

Entonces sentí cómo “algo” me subía inexorablemente, no me pude contener, fue tan repentino que no me dio tiempo ni de avisarle. Me corrí en toda su cara.

La verdad es que fue algo bastante escandaloso y debió de sentirse muy molesto – por la cara que me puso- cuando yo me reí al verle la cara blanca de fluidos. Me ofrecí para ayudarle a limpiarse, pero él me rechazó furioso, utilizó mi falda cono pañuelo y salió del camerino dando un portazo.

“Estás suspensa”, pensé sin dejar de reír. Bueno, tampoco era tan grave aquello. Podía examinarme al año siguiente, pero desde luego cogiendo otro texto. Me recompuse lo mejor que pude y salí al pasillo, donde una remilgada conserje iba nombrando a los estudiantes y dándoles el veredicto.

Llegué justo a tiempo para oír mi nombre:

– “Julia E. Buendía de Torrehermoso: MATRÍCULA DE HONOR”.

Autor: Aliena del Valle

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Escrito por Marqueze

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