Pudor de un matrimonio estricto

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Daniel la ayudó a subirse y ella se introdujo la verga hasta que logró cubrirla en toda su longitud. Subía y bajaba acariciándose los senos; mi esposa parecía otra mujer, alguien que yo desconocía por completo, pero me volvía loco. Mi mujer cabalgaba sobre el falo de Daniel cada vez más rápido, quebrando la cintura, meneando su hermoso trasero como una puta.

Mi nombre es Carlos, tengo 41 años, nueve de casado, hijos, casa, trabajo y amigos, lo que se dice una vida normal, casi un tanto aburrida.

Mi historia era la de esa gente que vive buena parte del tiempo sin mayores sobresaltos, acostumbrados a una rutina prudente, temerosos de los cambios. Este perfil por supuesto muchas veces se extiende a lo sexual. Todo muy normal; yo soy fiel y ella también, hacemos el amor con reparos, convencionales, estrictos en el calendario, con poco derroche, digamos que con fantasías adecuadamente limitadas.

Debo decir que mi esposa Adriana, es bella; tanto que ni la ropa que literalmente esconde su cuerpo puede ocultar sus formas. Ella, educada desde siempre en el recato extremo, no podía evitar lo que la naturaleza le había regalado.

El rostro de cutis juvenil para sus 38 años, los ojos grises y el pelo claro y ondulado (aunque casi siempre recogido), le dan un aire intelectual e interesante. Alta, de cintura breve, piernas largas y bien torneadas; pechos firmes y rotundamente decorados con pezones rosados. Su trasero, tal vez lo mejor de su físico, es redondo y esbelto, exquisitamente fortalecido por la gimnasia. Todo esto me animo a describirlo ahora, ya que poco tiempo atrás, ni siquiera me habría atrevido a listar mentalmente estas cualidades.

Desde luego ella había entregado su virginidad cuando nos casamos después de ocho años de noviazgo y poco a poco fuimos alimentando nuestras relaciones con pequeñas variantes que para nosotros resultaban osadas. Escaso sexo oral, posiciones tradicionales, nada de palabras sucias y jamás nos atrevimos a hablar de sexo anal. Sin embargo a veces la vida nos juega con el imprevisto, el escalón no calculado y todo cambia o se desmorona…

Daniel era nuestro amigo desde la universidad, hacía seis años que trabajaba como asesor de inversiones para importantes empresas en Italia y estaba por regresar en plan de vacaciones. Como queríamos encontrarnos nuevamente con él yo había pedido una semana de licencia en mi empleo, de esa manera tendríamos tiempo suficiente para compartir y recordar agradables momentos. Cuando nos encontramos en el aeropuerto quedamos sorprendidos de lo bien que se le veía. Siempre le gustaron los deportes y la vida al sol, era evidente que había podido hacer ambas cosas en Europa porque tenía un físico atlético y un bronceado envidiables.

Después de los primeros encuentros donde se arremolinan las frases y los recuerdos, le invitamos a pasar unos días en nuestra casa de campo en las afueras de Buenos Aires, para estar juntos a toda hora. Así nos reunimos temprano, dejamos a los niños en la casa de mi suegra y viajamos en el auto durante unas tres horas hasta llegar a destino. La charla que fuimos manteniendo durante el viaje, estaba llena de anécdotas divertidas hasta que tocamos ciertos temas…

-¿Por qué no te casaste?- Adriana le hizo la típica pregunta femenina.-Tal vez no encontré aún mi pareja o tal vez estoy feliz disfrutando de mi libertad.- Bueno pero no me podés negar que si te falta una compañera estarás en soledad muchas veces – Insistió Adriana.-Ja, Ja!! Es que a decir verdad compañía no me falta. – ¿Cómo es eso?- Ahora la curiosidad era mía.- Bueno es que en mi actividad se conoce mucha gente y siempre rescato el mercado femenino. Me acostumbré a variar de mujeres y se transformó en una especie de vicio que no puedo abandonar. Pienso que a esta altura es muy difícil que pueda relacionarme con una sola mujer, sin aburrirme.- ¿No estarás exagerando?- Le dije con algo de sorna. – Miren, Uds. son mis amigos y entiendo que puedan pensar diferente, pero si algo les puedo asegurar es que la vida vale la pena vivirla cuando se disfruta el sexo sin restricciones. Para qué limitarse; porqué no considerar las alternativas que tenemos al alcance nuestro y entregarse a gozar a pleno-.

Su última frase quedó flotando en el interior del vehículo como una sentencia inapelable. Debo decir que me puso algo incómodo por estar delante de mi esposa, por lo que después de esto cambiamos de tema. El primer día lo dedicamos a ordenar algo la casa y poner en marcha la bomba de agua para la piscina. El tiempo era agradable y el sol nos acompañaba. Daniel y yo salimos a caminar para disfrutar el verde que nos rodeaba mientras Adriana preparaba algo para comer. Un tema trae otro y de pronto él me preguntó: – ¿Sos feliz?-

– Bueno, tengo una hermosa familia, buen pasar… – Sí. Si, me interrumpió; eso se ve, pero te pregunto si sos feliz realmente. Parece tonto pero no estaba preparado para responder – ¿Por qué me preguntás? – Nada, no me hagas caso es que me parece que les falta algo… no se… supongo que el matrimonio es así…-¡No empieces otra vez con el sermón del sexo! ¡Las cosas están bien a nuestro modo o me vas a proponer que le meta los cuernos a Adriana solo para probar tus ideas revolucionarias!

– ¡Desde luego que no!- Me dijo. – Pero conociendo los tabúes que siempre han tenido para tratar ciertos temas… ¿se han preguntado si no están cayendo en un matrimonio sin pasión? Adriana sigue siendo la misma bella mujer y por lo que pude ver con los mismos pudores, pero ¿le has propuesto otra cosa? – ¡Bueno, suficiente! No continuemos con esto, ¿está claro? Le dije molesto.- De acuerdo, solo intentaba ayudar, no volveré a este tema… Casi en silencio volvimos a la casa.

Los dos primeros días los destinamos a pasarlo bien disfrutando la mutua compañía. La tercera noche fuimos hasta la ciudad para tomar algo y podría decir que fue allí donde comenzó a tejerse el giro de nuestras vidas. Entre copa y copa Daniel se levantó de nuestra mesa, de pronto lo vimos hablando animadamente con una rubia delgada que se encontraba sola. Al cabo de un rato, Daniel vino a nosotros y nos pidió si era posible que, en caso de prosperar, pudiese llevar a Nora (así se llamaba) a pasar la noche con él. Le dije que si no se metía en líos, no tenía problema; pero solo por una noche.

– Bien, no se preocupen no haré nada que los comprometa; ella tiene auto de modo que si sale, me voy por mi cuenta-. Dicho esto, volvió inmediatamente hasta la rubia.

Qué puedo decir, nos quedamos observando desde la mesa y en menos de una hora parecían amigos de siempre. Mi mujer estaba ofuscada. – ¡Es una barbaridad!, cómo puede ser que desee intimar con una desconocida, no lo entiendo.- Bueno, está de vacaciones y ya nos dijo como era. Vamos a casa y lo dejamos aquí, quizás tenga que volver a pie. ¡Ja, Ja!! – En realidad lo dije más que nada deseando que le fuera mal, para probar que no siempre salía con la de él.

Estábamos acostados en la cama cuando sentimos el ruido de un auto. No lo podía creer!! Daniel llegaba con esa mujer y fueron directo al cuarto que estaba en la planta alta, donde él se alojaba. Pero lo peor comenzó más tarde. Empezamos a escuchar jadeos, gemidos, el estrepitoso ruido que causaba el vaivén de la cama.

-Más…más… ¡másss!, ¡Así…fuerte…! ¡Todaaa!…¡Mátame…!- gritaba ella, insolente. -¡Aaay papito que palo!…Uhhh…siii…

Mi mujer me miraba ruborizada, yo no sabía qué hacer y para colmo me estaba calentado. Durante más de dos horas y no sé cuántos orgasmos, estuvimos soportando aquella tortura. Yo estaba tan caliente que no podía dormir; me hubiera gustado hacerle el amor a Adriana pero no quería que me tomase por un degenerado que se excita al escuchar otra pareja.

Adriana, que tampoco podía conciliar el sueño aún cuando ya nada se escuchaba, se levantó despacio. No sé por qué motivo o qué instinto interior me hizo seguirla. Ella entró al baño, me quedé un instante afuera y algo que no puedo explicar se apoderó de mi y me impulsó a intentar espiarla. Entonces salí de la casa y rodeé el jardín hasta ubicarme debajo de la pequeña ventana que da al baño. Coloqué una silla y sigilosamente me subí para alcanzar la luz que salía del interior.

Podía verla de costado, Adriana estaba frente al espejo y se refrescaba el rostro con agua, utilizando ambas manos; se había soltado el pelo. Secó las manos en la toalla y yo las seguí con la mirada. Suspiró varias veces sin dejar de mirarse al espejo y de pronto las manos comenzaron a rodear sus senos; lentamente comenzó a acariciarlos y apretarlos sobre la tela de la prenda que la cubría, mientras su lengua mojaba suavemente los labios. Uno a uno fue desprendiendo los botones del camisón hasta que lo dejó caer en el suelo y su cuerpo desnudo resplandeció magnífico.

Ahora los dedos índice y pulgar masajeaban los pezones ya endurecidos y tiraban hacia delante como si quisieran desprenderlos. Luego llevó dos dedos a su boca y siempre con la mirada fija en el espejo, se dedicó a chuparlos entrecerrando los ojos; la otra mano seguía acariciando los senos hasta que comenzó a bajar… Su cuerpo se inclinó hacia delante hasta tener su cara contra el lavamanos, separó las piernas y empezó a masturbarse…

Desde mi posición, apenas podía observar como su mano se perdía en la entrepierna. Los dedos trabajaban descontrolados en su vulva, alternando movimientos rápidos con otros más suaves. El trasero y las piernas se movían sin pausa al ritmo de la mano en su vagina, mientras contraía los músculos de las nalgas presa de una calentura incontrolable. El ritmo de aquella danza alucinante para mis ojos, fue cada vez más en aumento hasta que al fin, mi mujer se tapó urgente la boca y ahogó el grito del orgasmo contorsionándose en forma salvaje. Tardó unos segundos en recuperarse. Recién en ese momento reaccioné y corrí al cuarto para volver a acostarme. Adriana regresó a la cama y se durmió enseguida, yo no pude conciliar el sueño; la imagen inédita de mi esposa caliente, morbosa, masturbándose, me persiguió el resto de la noche…

Al día siguiente nos dispusimos a desayunar al borde la piscina. Daniel apareció sonriente; la rubia ya se había marchado.

– ¿No me van a preguntar cómo me fue anoche?- Dijo mientras untaba mermelada en una tostada. – Creo que no es necesario- le dije. – Te escuchamos o debiera decir mejor que la escuchamos. – Disculpen, no pensé que era para tanto. Adriana apareció más tarde lista para disfrutar la piscina.

Tenía puesto un traje de una pieza pero con el cual se podía apreciar las curvas bien torneadas de su cuerpo. Por un momento pensé que lo de anoche era un sueño, seguía sin creer lo que había observado. Daniel también ingresó al agua con un estruendoso chapuzón. Me quedé al costado mirando como nuestro amigo divertía a mi esposa con sus juegos, algunos de ellos le proponían carreras diversas y hasta alguna lucha en la que ella terminaba sumergiéndolo en el agua. Hacía tiempo que no veía a mi esposa tan suelta y alegre; yo tenía sensaciones confusas y mi mente regresaba de nuevo a la escena que había visto anoche. Daniel y yo nos quedamos luego charlando mientras mi mujer se tendía para tomar algo de sol.

-Estuve pensando- dije con vacilación- ¿A qué te referías ayer respecto que nos faltaba algo? -No olvídalo, te dije que no volvería a mencionar el tema. -No, dale hablemos de hombre a hombre- lo animé. -Mmm… Está bien, pero te aguantás lo que te diga, a mi manera y sin chistar. Pienso que ustedes son un matrimonio pacato, sin erotismo, cobardes para el sexo y eso los hace infelices.

Confunden el placer de lo sexual con el compromiso del amor y valoran la fidelidad como si fuese el objetivo de la vida. Pero lo peor es que creen que cualquier alternativa los llevaría al fracaso de la pareja y entonces prefieren seguir igual. Además creo que Adriana está condenada por tu culpa, porque si pusieras algo de tu parte ella cambiaría rápidamente. Pero es evidente que vos no podés o no sabés como cambiar el rumbo. – Ella piensa del mismo modo que yo – dije para defenderme. – ¿Tan seguro estás?, ¿es que no te das cuenta? – ¿Cuenta de qué?- dije exasperado. – ¿Acaso no pensás que si la relación es pobre tu mujer puede fantasear con otros hombres?. Sus miedos y autocensura hacen que no te meta los cuernos, pero sin duda que le excitaría hacer otras cosas y eso no significa que deje de amarte, eso significa ¡S E X O! Basta ver cómo me persigue con la mirada cuando salgo del agua y qué crees que mira.

-Estás caliente con mi mujer y me inventás cualquier cosa! – dije exaltado. – No quiero hablar más… ya traté de hacerte entender.- No… No, contestame la verdad, ¿estás caliente con Adriana? – ¡Por supuesto! – Me soltó de pronto. – Decime quién no lo estaría con semejante mujer, quien no gozaría de ese cuerpo. Pero te voy a decir más, si vos estuvieras de acuerdo, ella aceptaría acostarse conmigo. Tengo experiencia y te aseguro que Adriana desea íntimamente liberarse de las ataduras sexuales, lo cual le haría bien a ambos, pero con vos no lo puede lograr. – En otro momento le hubiese pegado por todo lo que dijo, pero seguía presente la imagen de mi mujer masturbándose.

Me quedé reflexionando y le pregunté: -¿Qué me aconsejás que haga?…

Daniel había trazado un plan que consistía en que los días que restaban comenzaría a acosar poco a poco a mi esposa, provocando situaciones en las que él intentaría comprometerla para ver su reacción; – luego veremos- me había dicho. Para colaborar, yo tenía que dejarlos a solas el mayor tiempo posible y tratar de espiar la escena para poder manejar la expectativa y cortar la situación si me arrepentía.

La primera vez fue bastante desagradable; él se acercó a hablar con Adriana y con la excusa de ayudarla a lavar los platos de la cocina, se puso detrás de ella y extendió sus brazos rodeándola. Adriana escapó rápidamente de la situación y no alcancé a escuchar lo que decía pero por los gestos no era nada halagador. En ese momento me enorgullecí de la actitud de mi mujer, tuve la intención de mandar todo al demonio pero Daniel me convenció de esperar un poco.

En la segunda ocasión él trató de hablarle sobre sus aventuras sexuales y hasta le comentó la vez que compartió la cama con dos mujeres. Adriana parecía escucharlo con interés hasta que en un momento Daniel trató de tomarle la mano pero ella la retiró de inmediato. Aunque estuvieron juntos un buen rato, terminaron hablando de otros temas. Lo cierto es que si bien nada había pasado, yo esperaba que Adriana me hiciera algún comentario de lo ocurrido, al fin y al cabo no era un incidente normal para ella; pero nada de eso sucedió, ni siquiera cuando al estar a solas le pregunté cómo lo estaba pasando con nuestro amigo.

Según Daniel, la cosa avanzaba de acuerdo a lo previsto, la tarde siguiente me dio instrucciones precisas sobre lo que tenía que hacer. La idea no me gustaba pero tenía que seguir adelante porque ahora en mi mente cabía una sospecha que tenía que resolver.

Estábamos tomando sol al borde de la piscina, Adriana llevaba un bañador de dos piezas que utiliza solo cada tanto y le queda espléndido en ese cuerpo armonioso. Daniel me pidió que le pasara la crema protectora para el sol. –No!- le dije – mejor lo hace Adriana que tiene buena mano – Era una jugada sucia pero estaba hecho. Ella me miró incómoda mientras Daniel, recostado boca abajo, tenía el brazo extendido hacia Adriana, sosteniendo el frasco.

Mi mujer no tuvo alternativa y se dedicó a la tarea. Sus manos cremosas comenzaron a untar el cuerpo de nuestro amigo. Al principio temblorosa, le recorrió los hombros y la espalda ancha, luego bajó hacia la cintura.

– Mmmm… ¡Qué bien lo hacés! – Decía Daniel con voz insinuante. Mi mujer continuó por las piernas, concentrada en no dejar superficie sin cubrir. A esa altura yo estaba empezando a sentir una extraña sensación, morbosa, quizás por primera vez en mi vida.

Daniel se dio la vuelta y pidió que continuara con el pecho, mi esposa siguió con la tarea untando el torso de Daniel. Adriana parecía no querer finalizar porque cada vez iba más lento y sus manos parecían moverse entre el masaje y la caricia.

-Excelente! Dijo él, ahora me toca a mí. No quiero que el sol dañe tu hermosa piel.- No necesito, dijo mi esposa dirigiendo su mirada hacia donde yo estaba sentado.- Adriana, hacele caso que el sol está muy fuerte – Me sorprendí escuchando mi propia voz, casi una orden; dominado por el morbo de la situación y entregando a mi mujer.

Ella se tendió sobre el césped con la espalda al sol y aguardó sumisa. Pude advertir un leve estremecimiento cuando las manos de él comenzaron a recorrerla atrevidamente. Manos fuertes, dedos ágiles y expertos surcaban lubricando el cuerpo de ella… Él le susurraba algo que yo no alcanzaba a escuchar, pero veía la sonrisa de ambos, había logrado distenderla. De arriba hacia abajo cada pierna brillaba al sol producto de la crema; casi sin darme cuenta sus manos llegaron a los glúteos de mi esposa, masajeando impúdicamente aquellos hermosos hemisferios. ¡Hijo de puta!, pensé, la está manoseando! Mi corazón palpitaba cada vez más rápido.

Estuve a punto de levantarme y dar por terminada la situación, pero algo me invitaba a seguir observando y mi pene estaba erecto. Adriana me miraba de costado sin decir una palabra, aceptando las manos de Daniel y la situación que yo mismo estaba permitiendo.

-Por favor date vuelta- Dijo él y continuó sobre su vientre… sus muslos… y los pechos, por debajo del corpiño sus dedos se movían en círculos sobre los pezones. Daniel me hizo una seña para que me acercase; tomó mi mano y la llevó hasta los senos de ella mientras él seguía acariciando sus piernas.

– Te… ¿te gusta mi amor? – dije titubeante. Ella asintió con la cabeza y soltó un suave gemido. Toqué ligeramente sus pezones que nunca había notado tan duros, entretanto observaba hipnotizado las manos de Daniel que se dirigieron ávidas a la entrepierna de mi esposa.

-Huuumm… ronroneó arqueando el cuerpo al sentir la invasión de aquellos dedos en su vulva. – Por favor… ¡Nnnnoo…! La pelvis se alzó respondiendo a las caricias de Daniel. Después de un breve pero intenso masaje, sacó los dedos empapados de la vagina de mi esposa.- Bien, vamos adentro- Dijo él con voz suave y persuasiva.

Una vez en el dormitorio Daniel la desnudó por completo, la recostó en la cama y le susurró:

-¿Sabes que voy a hacer?… te voy a coger como nunca lo hicieron antes, me vas a entregar tu cuerpo, tu culo… tus tetas – le decía, mientras no dejaba de acariciarla – vas a conocer lo que es una buena cogida, te voy a hacer gozar por el placer de tener puro sexo, hasta que no puedas más… y Carlos va a mirar como lo disfrutas, va a aprender a tratarte en la cama como te merecés…

Yo estaba paralizado, jamás le había hablado de esa forma a mi esposa, pero la situación me dominaba y excitaba; ya nada podía hacer. La besó profundamente… su lengua transitó luego por los pechos de Adriana, succionando y mordisqueando los endurecidos pezones para terminar en su vulva jugosa, donde se dedicó a lamer, besar y chupar. Mi esposa se mordía el puño moviendo la cabeza a uno y otro lado tratando de no gritar; las tetas subían y bajaban con la agitada respiración, hasta que no pudo aguantar más y en medio de contorsiones y gemidos llegó al orgasmo, tapándose la boca con ambas manos. Daniel se quitó el bañador y exhibió su herramienta esplendorosa, altiva y dura; la masajeó por un instante mostrando el recorrido de su mano, desde la base hasta la punta del mástil.

Mi esposa, que aún no se había recuperado de su orgasmo, sintió como Daniel la tomó de la cabeza y le acercó el glande a su boca. Ella se quedó un momento mirando aquel pedazo que tenía frente a sí. Entonces Daniel se apretó ligeramente el pene, de su extremo surgió una buena cantidad de semen cristalino que utilizó para lubricar suavemente los labios de mi esposa, ella sacó la lengua y lamió aquella miel caliente.

– Es toda para vos, ¡chúpala! – Ni bien terminó de decirlo, Adriana tomó el pene con ambas manos y lo hizo desaparecer dentro de su boca. Su cabeza se movía adelante y atrás acompañada por la mano de Daniel que la agarraba de los pelos. – ¡Dale!, así…cómela toda…Uhhh… ¡muy bien…! – ¡Qué buena chupada…! Daniel abusaba de mi esposa y cada cosa que le decía la calentaba aún más. Adriana continuaba sin detenerse, succionando y lubricando con su saliva, envuelta en un éxtasis frenético que hacía explotar mi pene.

-¡Te vas a tragar mi leche! – Daniel la sostuvo de la cabeza con ambas manos y en medio de un grito de placer le volcó el contenido de su calentura en la garganta de mi esposa. Jamás habíamos hecho esto antes, pero ella no solo lo disfrutó sino que después limpió con su lengua hasta la última gota de semen del miembro de Daniel.

Adriana visiblemente excitada se sentó al borde de la cama y comenzó a masturbarse mientras con la otra mano se dedicaba al pene de él, que para mi asombro, reaccionó inmediatamente a sus caricias. Luego de un rato, la hizo recostar nuevamente y dijo: – Dame el preservativo – Yo accedí obediente, él se lo colocó y me pidió:

– Carlos, sujeta las manos de Adriana – Me acerqué a la cama, mi mujer extendió sus brazos por sobre su cabeza, yo me coloqué detrás y la sostuve por las muñecas. – Ahora te voy a penetrar, ¡vas a ser mi hembra!… – Adriana no hizo más que retorcer el cuerpo al escuchar sus palabras dominantes.

Daniel comenzó a separarle las piernas; la hermosa vulva quedó a su merced… jugosa, latente y receptiva… él se la metió, taladrando hasta el fondo.

-¡Ahhhh! Gritó Adriana; un grito de placer y calentura que nunca le había escuchado. Daniel comenzó a serrucharla mientras le besaba las tetas y la boca. Puedo asegurar que no hay escena más caliente, que ver a la propia mujer gozando como una cualquiera, entregando su cuerpo sin limitaciones a otra persona.

Mi esposa, después de adaptar su caverna a aquel miembro, comenzó a sacudir las caderas con desesperación; deseosa de exprimir el palo que recibía, proponiendo un coito feroz. Sus manos se zafaron de las mías que la sujetaban y fueron directas a la espalda de Daniel, lo arañaron desesperadamente y luego ambas se posaron en el culo de él, empujando su nalgas para que ese movimiento de pistón no cesara. Así estuvieron un rato sin darse tregua. Mi pene chorreaba un hilo continuo de semen, producto de la descomunal calentura; tuve que masturbarme hasta acabar para aliviar el dolor de mis testículos.

Luego, Daniel se recostó en la cama, acariciando su palo tieso y vertical – Quiero ver cómo montás – La ayudó a subirse y ella se introdujo la verga lentamente hasta que logró cubrirla en toda su longitud. Subía y bajaba acariciándose los senos, mojando los dedos para apretar los pezones; mi esposa parecía otra mujer, alguien que yo desconocía por completo, pero me volvía loco.

– Así…Uhh…que caliente estás perra…! ¡Como gozas esta cogida!…¡Ahhh!- Me estás quemando con tu palo ardiente! ¡Ohhhh!… ¡La siento… hasta la garganta! – Mi mujer cabalgaba sobre el falo de Daniel cada vez más rápido, quebrando la cintura, meneando su hermoso trasero como una… puta.

– Meteme el dedo en el culo Daniel… ¡por favor…! – Suplicó. Él no hizo esperar su pedido y hurgó con su dedo mayor en el recto de mi esposa, entrando y saliendo del pequeño orificio en medio de las convulsiones de ella. -¡No aguanto más!…me estás rompiendo toda! Soy tuya! ¡Ahhhhhhhhhh.! El orgasmo imponente de mi mujer retumbó en mis oídos; no sé si fue uno, dos o tres juntos, pero sin duda que fue de enorme placer. Daniel tampoco podía soportar más y acabó dentro de ella al mismo tiempo…

Cansada y feliz mi mujer se acercó hacia mí, me besó tiernamente – Espero que también lo hayas disfrutado – Me dijo con suavidad y se marchó para darse una ducha. Nos quedamos un par de días más en los que disfruté como nunca el sexo con mi esposa; ya sin la participación de nuestro amigo. Él regresó a Italia y si bien nos hablamos cada tanto, hay una especie de acuerdo implícito para no hablar de lo sucedido.

A partir de ese día nuestra vida cambió por completo, el matrimonio se fortaleció y nuestros juegos sexuales nos dan gran placer. No creo que volvamos a tener una experiencia como la que relaté, porque no sentimos que nos haga falta, aunque no me atrevería a asegurarlo…

Autores: Puroloco, Ranilov

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Escrito por Marqueze

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