Puta de mi suegro

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Hola. Quiero contarles la hermosa infidelidad que estoy viviendo, que me éxita, emociona, y de la cual no me arrepiento ni un poquito.
Me presento, soy Carla, vivo en Mendoza, Argentina. Tengo 35 años, soy casada con Javier, y tenemos una hija de 5 años. Soy morocha, mediana estatura, con un cuerpo bastante normal: lolas pequeñas, pero paraditas, cintura bien marcada, caderas un poquito amplias, lo que hace una cola vistosa y piernas bien formadas. Sin ser despampanante, creo que agrado a los hombres.
Mi amante es Ricardo, mi SUEGRO. Él es un militar retirado, 55 años. Es muy atractivo, cabello canoso y rostro varonil, alto, cuerpo muy trabajado por su afición al gimnasio.


Desde que Javier me presento con su familia, su padre me impresiono positivamente. Debo aclarar que mi marido también es buen mozo y agraciado, pero Ricardo tiene un plus: su caballerosidad. Es un hombre respetuoso, de buen trato para todos, y siempre una palabra afectuosa, casi un piropo sutil para las mujeres. Ese porte de hombre al principio me agrado, me pareció muy simpático. Al poco tiempo se transformó en admiración, fascinación y, sin darme cuenta, termino en enamorandome. Por eso siempre buscaba cada oportunidad para que los visitáramos, compartir salidas de familia, disfrutaba sinceramente de su compañía. Aunque nunca di señales de mis sentimientos, Ricardo siempre tuvo un trato especial conmigo.
Obviamente ese sentimiento platónico fue transformándose en deseo y fantasías. Hacer el amor con su hijo (mi esposo) me generaba un morbo especial. Muchas veces, en los brazos de mi marido cerraba los ojos e imaginaba que Ricardo me besaba, acariciaba, penetraba. Llegue a desearlo desesperadamente.
Y como todo lo que tiene que suceder, casi por casualidad, se cumplió. El último verano, junto a mi marido y algunas parejas amigas (aprovechando un fin de semana largo) decidimos viajar a un centro turístico cercano a Mendoza, para disfrutarlos con nuestras familias. Todo el grupo viajo el día viernes, por la tarde. Por mi horario de trabajo debí viajar un día después. Mi marido y mi hija viajaron con el resto del grupo y él debería volver a buscarme. Por comodidad, prefirió pedir a su padre que me diera el aventón. Ese fue su peor error.
La mañana del viaje pedí a Ricardo que pasara a buscarme temprano por nuestro departamento. Como todo caballero, estuvo allí 15 minutos antes. Yo, como buena dama, estaba retrasada y recién salía de la ducha, solo con una bata encima. Le pedí que entrará y se sirviera un jugo fresco mientras yo terminaba de vestirme y arreglarme. Nuestro departamento es pequeño, la cocina se conecta al dormitorio (donde me vestía) con una puerta. Juro que involuntariamente, esa puerta quedo entreabierta.
Me coloque la bombacha, luego el corpiño y al mirar el espejo, vi que Ricardo miraba francamente mi reflejo en él. Me apresure a cerrar la puerta y pedir disculpas, muy avergonzada. Su respuesta fue la de un caballero: “No te preocupes, fue la visión más hermosa del mundo. Gracias”. En ese momento entendí que no tendría otra oportunidad de cumplir mi fantasía. Semidesnuda, como estaba salí, tome sus manos y pregunte ¿Por qué sos tan lindo? Y otra vez su respuesta me derritió: “Es lo que me provocas”.
Comenzamos a besarnos, primero tímidamente, luego nos fue ganando la pasión. Me desnudo, me acaricio y beso cada rincón. Lo desnude bese y chupe todo y mucho. Me encanto su pene. La comparación morbosa (con su hijo) era obvia. Su pene no era descomunal, del mismo respetable largo, pero más gruesa, su glande ocupaba toda mi boca. La chupe con devoción, con desesperación, sentí como llegaba casi a mi garganta, apretaba sus glúteos duros y rogaba que su leche me ahogara, pero aún no era el momento.
En ese momento entendí que estaba cumpliendo mi deseo más inalcanzable. Se mezclaba emoción, alegría y culpa. Sentí esa sensación de puta, de lo prohibido. Con esa exitación y felicidad en la sangre decidí ser su hembra, su puta para siempre.
Me tomo de la cintura y me subió a la mesa de la cocina, me recostó y abrió mis piernas. Volvió a besar mi vagina, acariciar el clítoris y me llevo a un orgasmo fuerte profundo. Cuando me penetro sentí que rellenaba toda mi concha, que las paredes se expandían, cada centímetro provocaban mis gritos de placer. En ese acto se notaba su fuerza, resultado de su gimnasio y cuidados. Sus manos se apoderaron de mis pechos y los amasaron a placer, pellizcaba suavemente mis pezones, los chupaba deliciosamente. Su ritmo fue incrementando, su pija entraba y salía divinamente, el ruido de mis fluidos se mezclaba con mis jadeos. Sentía su glande llegar a mi estómago en cada embestida y yo le pedía que nunca dejara de cogerme así. A punto de acabar se recostó sobre mi cuerpo, me beso, profunda y dulcemente, y me dijo que había soñado con este momento. Ahí explote nuevamente, mis piernas lo abrazaron con todas mis fuerzas; mi espalda se arqueo y sentí electricidad correr por mi columna. Mientras acababa le juraba que siempre seria suya, que quería esa pija para siempre dentro mío. Se enderezo y continuo cogiéndome con toda su fuerza, levantaba mi espalda de la mesa y me llegaba hasta el alma. Acabo salvajemente, sentí su leche caliente rebalsar de mi concha. Descanso un segundo y comenzó a sacarla, le pedí que la deje adentro un poquito más, me hizo feliz. Pasó y metió sus dedos por mi vagina, juntos chupamos nuestro placer.
Luego de algunos besos de vicio, termine de vestirme y emprendimos el viaje. Recapacitando la situación, sentí vergüenza ¿Qué pensaría de su nuera? ¿Soportaría que su hijo conviva con una puta como yo? Advirtiendo mi silencio, como leyendo mis pensamientos me dijo que no me preocupara, que él nunca me juzgaría, que lo había deseado tanto como yo, si había culpables, éramos los dos. Así entendí que sería su amante para siempre.
Acaricie su pierna, luego su bulto. Desprendí la bragueta de su pantalón y me agache sobre su regazo, saque su pija y la chupe, la mame, la bese agradecida. Sin importar el tránsito ni que nos vieran comencé a masturbarlo con mis labios, mientras le decía “gracias, gracias…” Ahora si me regalo su leche, tibia y sabrosa. Puso su mano en mi nuca y me obligo a tragar cada gota. Yo sentía que me ahogaba, y era inmensamente dichosa, feliz.
Cuando llegamos a destino, nos reunimos con mi marido. Él estaba contento por haber evitado el viaje. Su primer comentario fue: “Grande viejo, me salvaste. ¿Viste que genio mi papá?” Mi respuesta: “ES UN DIVINO TU VIEJO”
Prontito les cuento algo más. Besos
Espero sus mensajitos.

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