Mi querida Frida I

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En la universidad nunca destaqué por ser un tipo especialmente llamativo. Le caía bien a mis compañeros, a los profesores pero eso nunca me ayudó mucho como para conseguir una chica. En esos tiempos era alguien que pasaba fácilmente desapercibido ante cualquier actividad en equipo. Nunca fui callado o tímido, sólo que alejarme de los demás era algo que ya tenía desde que era niño. En la universidad conocí (no personalmente sino a distancia) a hermosas chicas con cuerpos típicos de una deliciosa estudiante de universidad: buenos culos, buenos pechos, carnosas piernas y rostros hermosos. Yo ante ellas era como un fantasma o un tipo al que ni siquiera merecía regalarle una mirada. Nunca me importó mucho que me ignoraran; creo que ya estaba acostumbrado al rechazo.

En mis primero días de universidad me costó mucho adaptarme a todo. Los amigos crecían a montón, los noviazgos se desbordaban a montones y siempre había nuevos cuerpo que observar… Eso era lo que hacía siempre: observar e imaginar cómo sería tener a una de esas hermosas chicas con las piernas bien abiertas y sin nada de ropa interior.

Mi salón de clases nunca se destacó por tener chicas guapas; sólo algunas parecían niñas idiotizadas con risas fastidiosas y con la mente llena de frases motivadoras estúpidas para soportarse todo el día. Otras no eran especialmente feas, pero la manera en que se maquillaban y vestían era como para echarse unas buenas risas a la vez que unas buenas masturbadas. Recuerdo a una de esas; su nombre era Brenda. Ella, junto con otras cuatro, eran la “envidia” del grupo, aunque la verdad no tenían por qué serlo. Con sólo verles las plastas de maquillaje en la cara y los brillos innecesarios en sus ojos, entendí que esas tipejas sólo estaban en la escuela para jugar y encontrar algo que las entretuviera un rato. Cuando en el primer mes nos dejaron llevar ropa normal, le gustaba ponerse blusas tan cortas que ni le llegaban a cubrir el ombligo. Su abdomen era normal y carnoso; no era gorda pero se veía que en su vida había hecho ejercicio. Le gustaba usar pantalones muy ajustados y llevarse pesado con los compañeros… Nunca me cayó bien por lo especial y bella que se consideraba. Siempre creía que los hombres iban tras de ella, mientras la muy estúpida iba caminando y gritando groserías. En varias ocasiones llevaba camisas de tirantes… ¡y que asqueroso ver sus axilas oscurecidas y ásperas cuando levantaba los brazos! Todas las demás de mi grupo sólo eran niñas comunes y corrientes de las cuales no hablo por sentir que les estaría faltando al respeto… Mentiría si dijera que cuando llegaba a mi casa no me masturbaba pensando en ese grupo de putas. No eran bonitas pero sus cuerpos eran suficiente como para quitarme las constantes erecciones que tenía en todo el día. Era muy satisfactorio imaginar sus caras con la boca abierta esperando a que mi semen las empapara y las hiciera atragantarse y hacer ascos. Justo cuando mi semen salía expulsado, se me venía a la mente la cara de cualquier tipa de la escuela con la boca abierta y los pechos descubiertos… Incluso a veces imaginaba que el semen lo echaba en las negras axilas de Brenda sólo por diversión… más tarde me arrepentiría de haberlo hecho, porque ella era una mujer con la que nunca me hubiera gustado estar.

Después de un mes cumplido en la escuela teníamos el deber de usar uniforme. Los niños: pantalones de vestir, zapatos y una camisa blanca con el nombre de la escuela. Las niñas: faldas entablilladas, medias negras de preferencia, zapatillas escolares y camisa blanca abotonada. A las de quinto semestre les quedaba muy bien las faltas y las medias negras. Me encantaba verles las piernas cuando sen sentaban y no se daban cuenta de que las piernas las tenían casi expuestas a las miradas hábiles.

Y así fue mi estancia el primer año en la universidad. Nunca pasó nada interesante o extraordinario en todo mi año. Pasé mis materias con buenas calificaciones y todo parecía sencillo … Todo hubiera ido normal y yo hubiera seguido siendo el mismo virgen pervertido que siempre había sido…

Hasta que la vi por primera vez.

Fue regresando de las vacaciones de fin de ciclo escolar cuando hubo un pequeño cambio en los grupos. Algunas caras que nunca había visto estaban en mi salón de clases y en los salones de a lado. Fue en el salón que tenía a lado cuando conocí a una hermosa chica con el pelo teñido de rojo, y desde mi punto de vista, hermosa. Tenía una mirada de no ser muy amigable con gente que no conocía. Su cara estaba un poco afectada por el acné pero eso no impedía sentirme atraído por ella. Me gustaba, no como para masturbarme pensando en ella, sino como novia. Me gustaba mucho, pero como siempre, ni siquiera me volteaba a ver.  Ella no tenía un cuerpo de en sueños; su figura era algo de lo más normal a excepción de sus jugosas piernas y su remarcado culo. Siempre tenía la costumbre de hacerse el cabello a un lado, luego a otro, luego lo pasaba a otro, lo agitaba hacía lo mismo en tiempos variados; creía que lo hacía ya por manía. Algunas que otras veces intercambiábamos miradas, pero era algo tan normal y poco significativo como cuando vas por la calle y volteas a ver a la persona que justamente también te está viendo a ti e inmediatamente desvías la mirada a otra parte para nunca jamás volver a esa persona. Nunca pasó de ahí.

Siempre que llegaba a mi casa me masturbaba pero nunca pensando en ella, por el respeto que le tenía; en vez de eso usaba rostros de profesoras o las secretarias de la dirección que siempre llevaban faldas cortas y zapatos de tacón. Me las imaginaba bailando con erotismo con solo sus tangas puestas y sus zapatos de tacón mientras que las contemplaba sentado en la silla del director. Con las maestras imaginaba casi lo mismo, sólo que en esta ocasión en un salón, mientras ellas me impartían clases sólo a mí, sin nada de ropa más que con sus vellos púbicos cubriendo sus vaginas. Nunca me atrevía a profanar a esa hermosa pelirroja con mis pensamientos…, aunque la verdad de vez en cuando la imaginaba desnuda pero hasta ahí. Después de unos meses, intenté descubrir cómo se llamaba; no me fue difícil encontrarla por las redes sociales. Su nombre era Frida.

Cuando veía a Frida podía tener las certeza de que no era una chica muy empeñada en llamar la atención. Su risa era normal, más no odiosa. Sus palabras, casi el noventa porciento eran groserías y el otro diez palabras normales. No era una estudiante que destacara; cuando era final de las evaluaciones era normal verla entrar en el salón donde se hacían los exámenes extraordinarios. Llegaba a entrar hasta tres veces por las materias que reprobaba… A veces me daba miedo que reprobara tanto; en la escuela si los alumnos reprobaban muchas materias y no tenía un promedio mínimo de siete, eran expulsados de la escuela. Pero Frida sabía como arreglárselas. Y debo decir que gracias a su historial académico logré lo que me hubiera parecido imposible.

Recuerdo que en las evaluaciones del cuarto semestre, no me había ido muy bien en la clase de cálculo; tan mal me fue que tuve que presentar examen extraordinario. Me dolió saber que en mis vacaciones tendría que estar haciendo exámenes en vez de disfrutar mi libertad. Por lo regular en las clases de extraordinarios (que son en las vacaciones) no hay absolutamente nadie, más que lo que reprueban y tienen que cursar un taller de regularización antes de presentar los exámenes. Los maestros también eran escasos en esos días. Sólo llegaban a presentarse tres o hasta cinco en un sólo día. A mí me tocaba presentarme todos los miércoles, jueves y viernes, que eran los días cuando tenía la materia de cálculo…, y para mi sorpresa y mi buena suerte, al entrar al salón de clases estaba Frida sentada en una de las butacas hojeando un cuaderno y con la mirada atenta en sus apuntes. Al entrar no me quería ver muy obvio de que quería hablarle. Me senté una hilera apartada de ella, pero elegí mi lugar con tal de tenerla todo el tiempo a la vista. Los demás reprobados fueron llegando (sólo cinco más) la maestra, junto con su delicioso culo entró y nos empezó a dar la clase. Tomaba nota, y veía cómo Frida también lo hacía. Mis erecciones no paraban por dos cosas: Por la maestra y su costumbre de usar faldas muy entalladas. y porque mi mente no dejaba de imaginar a Frida desnuda… Trataba de calmarme, porque… si la maestra me hacía pasar para resolver un problema me moriría de vergüenza que todos me vieran con la verga erecta.

Con el paso de las clases fui hablándole, aunque sólo para ayudarla a resolver problemas y aclararle dudas. Ella me sonreía cada vez que decía algo gracioso con tal de que no se aburriera. Algunos días la profesora no iba a las clases, por lo que nos íbamos temprano… o casi todos se iban. Pasaba mucho tiempo platicando con ella; incluso sentía que algo entre nosotros comenzaba a nacer. Hablábamos de nosotros y de cómo nos creíamos antes de conocernos. Yo le revelé que el primer día que la vi, creí que era una chica no muy fácil de hablarle. Ella me dijo casi lo mismo. Nuestra confianza fue creciendo y creciendo a tal punto de jugarnos bromas y hacernos chistes. En esos chistes podía sentir una especie de lujuria en Frida y sus juegos. Cuando caminábamos rumbo a la cafetería, intencionalmente pasaba su mano por mi pene y luego se disculpaba diciendo que no debería mover mucho las manos al caminar. También hacía chistes en doble sentido o también me acariciaba los hombros… Hasta que…

Aquella vez fui al baño; no aguantaba las ganas de orinar. Entré y empecé a descargar toda la pesadez. La escuela estaba más que vacía debido a que las clases terminaban generalmente después de cuatro horas. Yo ya me había pasado por casi quince minutos. Frida me espera afuera de los baños. Me gritaba cosas para que me apurara, cosas como: “¡Apúrate! Ni que tuvieras una verga tan grande”. A mí me causaba risa pero de tantas veces que lo decía dejaba de parecer una broma. Cuando terminé de orinar y me estaba subiendo los pantalones, sentí cómo desde atrás alguien me miraba: Era Frida, riéndose. Yo también reí, pero no estaba seguro si en realidad estaba jugando. Cuando abrí la puerta, algo en Frida cambió… No me habló, sólo se me quedó viendo a los ojos y a mi pene erecto. “Buenos, pues ya vámonos”, le dije, pero ella no me dejó pasar. Cerró la puesta del baño, tiró su mochila y comenzó a desabrocharse la camisa hasta sólo quedar con su sostén.

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