Un recolector de basura muy corpulento

Hetero, Interracial, Polvazo. Marcos intentó desviar la vista, pero cuando una joven mujer prácticamente te ruega que le veas los senos, bueno, en ese caso debes aprovechar la situación.

Nancy se quedó mirando a través de la ventana de la cocina al gran camión recolector de basura, de esos que la compactan, mientras avanzaba por la calle acercándose a su casa. Ella vivía en la última casa de la cuadra, y debido a que estaba situada en una calle ciega, el conductor siempre tenía que dar la vuelta retrocediendo, entrando a su estacionamiento, y luego poder devolverse, ya encontrada la salida. Ese día hacía mucho calor y a pesar de que apenas eran las diez de la mañana el termómetro, colocado a un lado de la ventana, marcaba ochenta y cinco grados.

Ya el camión se encontraba a solo una casa de distancia cuando Nancy se quedó mirando con detenimiento al conductor del camión, al saltar este de su asiento, rebotar juguetonamente, para luego levantar un pipote de cincuenta y cinco galones… ¡como si fuera una almohada! Lanzó el contenido dentro del compactador.

Nancy cruzaba las piernas y las volvía a bajar admirando la ligera capa de sudor que brillaba en la negra espalda y brazos del trabajador; abrió la puerta trasera de su casa y gritó “¿Verdad que está haciendo mucho calor? esto es insoportable. ¿Le gustaría entrar y tomarse un te frío?”

El hombre terminó de vaciar el pipote, miró su reloj y contestó: “Claro, por que no! Todavía me quedan unos minutos.”
“Entre”, dijo ella, sosteniendo la puerta. “Tengo un sitio especial para usted en la mesa de la cocina, ya voy a sacar el te de la nevera.” “¿De cuál le gusta, ¿azúcar y limón, te o limonada?” preguntó.
“Limonada está bien” contestó con su mejor sonrisa. Después que le entregó el vaso, ella se acomodó en una silla a su lado y se puso a decir: “Disculpe, apenas algunos meses que lo he visto, y todavía no se su nombre!”

El hombre tragó un gran sorbo de limonada y dijo: “¡Urbina, Marcos Urbina! “Gusto en conocerlo, señor Marcos” dijo ella extendiéndole su mano. “Me llamo Nancy Rodríguez.”
Ambos saboreaban su te durante unos momentos en silencio y después Nancy se ofreció a llevar el vaso a la cocina. “Le voy a traer mas limonada.”

Cuando se levantó, a propósito dejó que se le abriera la bata y el tipo pudo ver un poco el generoso y espléndido cuerpo desnudo de Nancy. Ella colocó unos cubitos de hielo dentro de su vaso y regresó a sentarse. Pero esta vez se dejó el descote de la bata bien abierto, lo suficiente para que se le vieran los senos. Marcos intentó desviar la vista, pero cuando una joven mujer prácticamente te ruega que le veas los senos, bueno, en ese caso debes aprovechar la situación.

Se oyó la voz calmada de Nancy. “¿Le gustan mis senos, señor Marcos?”

Si no hubiera sido porque era negro, se le hubiera notado la cara roja de vergüenza al hombre, cuando titubeó: “Ah, si, no… tengo que irme, es que tengo un horario que cumplir y todavía me falta.”

A Nancy le pareció gracioso la confusión de Marcos y le preguntó dulcemente:

“¿Por qué, Marcos?. Me parece que eres un poco tímido. ¿Nunca en tu vida le habías visto los senos a una mujer blanca?”

Se oyó cuando Marcos tragó su limonada y contestó: “Si, claro que si, muchas veces. Solo que, bueno… tengo entendido que usted es una mujer casada y además, es mi cliente, siempre he respetado a los clientes.”

“Claro que si” respondió ella con una sonrisa.…y usted conoce aquel dicho, no?”

“Qué? Dijo él ya con cierta confianza.

“El cliente siempre tiene la razón.” Dijo ella dejando caer la bata quedando desnudita.

La mirada de preocupación, como consternado, que había conservado hasta ese momento, que se notaba en su negra cara, rápidamente cambió a otra de deseo y lujuria “

¿Alguna vez se ha follado a una mujer blanca?” preguntó Nancy en voz baja colocándose la mano en el sostén talla 34b y pellizcándose los pezones. Ahora, con mayor intimidad y libertad más animado contestó: “Me he cogido muchas mujeres blancas, a ellas les encanta tirar con un hermano negro.

“¿Y se puede saber por qué?” Preguntó ella haciendo su pequeño show.

“¿Quiere saber por qué?” Preguntó el recolector de basura en forma cínica, desvergonzado.

“¿Por qué” preguntó la señora.

“¡Ja, ja, ja! ¿Acaso es algún secreto? Todo el mundo lo sabe”, contestó el negro con una vigorosa, entusiasta, graciosa risa. “Ya se sabe, nosotros los negros lo tenemos bien grande y hacemos menearse esos culitos blancos bien sabroso!!”

“¡No puede ser!” dijo Nancy burlándose: “O sea, tengo que salir corriendo a esconderme, ay, estoy tan asustada!!”

Fue en ese momento cuando el hombre comenzó a desabotonarse los pantalones de su uniforme color gris y dijo con mucha tranquilidad: “Igualito que todas esas putas blancas, a usted también se lo voy a meter y juro que le va a gustar.”

Es ahora cuando Nancy se recuesta contra la mesa de la cocina y echa la cuca hacia adelante. Era una invitación abierta para que este man procediera. Listo para actuar, el tipo se quitó las botas, luego los pantalones, quedando solo vestido con sus blancas y sudadas medias y unos boxers rojos, brillantes, como ropa interior. Se notaba el perfil de una gran erección a través del fino material de nylon, haciendo que Nancy suspirara de deseo imaginándose como le irían a meter aquella cosa tan grande dentro de su cuquita caliente. Con risa alborotada opinó:

“Justo como lo pensaba: usted quiere cuca igualito como se la dan todas esas puticas a quienes se ha tirado, blancas, negras, o moradas, para mi es lo mismo, todas quieren el gran huevo negro de Marcos.”

Se paró frente a ella, avanzó hacia adelante el papo hasta que el bulto, cubierto por los interiores, quedó presionando contra el estómago muy plano de Nancy. “Mira esta verga, siéntela.” Susurró. “Apuesto que esa cuquita ya estará goteando jugos como una llave de chorro.

Era verdad, pero goteando no era la palabra correcta, porque en realidad ya una inundación de líquidos le bajaba por los muslos a Nancy, y para probarlo, solo había que mirar el pequeño chorro de jugo proveniente del interior de su cuca. Ya Marcos respiraba con dificultad, le agarró las manos y las colocó sobre sus shorts, ordenándole:

“Ok, nena, hora de abrir el regalo, te garantizo que no lo vas a regresar. Prueba esto sin ningún menoscabo.”

Había estado con muchas mujeres pero esta señora de 45 años había hecho que el huevo se le parara demasiado: “Ay, amorcito,” Suspiró ella cuando la enorme polla saltó desde los interiores. E e e e es… bonito!! “¡Bueno, puta.” Dijo con una sonrisa: “No eres la primera que me lo dice. Ahora, ¡mámamelo!!”

Había llegado el momento con el que había soñado durante meses, la oportunidad de tener una polla negra metida dentro de la boca y mamarla hasta que se le llenara la boca de leche. La cabeza de aquel pene era tan suave y uniforme, porque el palo era exactamente lo opuesto: con venas, huecos y una piel oscura. En la mente de Nancy este era el mejor juguete negro, de esos que es difícil conseguir en una tienda de juguetes sexuales. Nunca conseguiría un consolador asi de perfecto, de esas cabezas ideales para mamarlas y chuparlas. Unas bolas suaves y blandas como terciopelo brillaban con su saliva, mientras con la otra mano agarraba el grueso palo perfecto para follar, aun con todas sus irregularidades y arrugas que seguramente iban a excitar las paredes internas de la vagina de Nancy.

En realidad ella lo que quería era que le acabaran en la boca, pero el factor tiempo era importante, asi que se lo sacó de la boca y suplicó: “¡Cógeme ya! Quiero que me penetres y sentirte dentro de mi.”

Aquel negro medía aproximadamente seis pies de alto, mientras ella, al lado de él parecía apenas una sombra de cinco pies, bajita, pequeñita. La cargó, tomándola por debajo de los brazos, luego la levantó hasta que la cuca quedó colocada directamente sobre su dura polla donde la dejó descender lentamente sobre la suave cabeza del pene, de pié.

“¡Ay, Dios mío, qué sabroso es esto!!” gimió la mujer cuando los primeros centímetros de carne se resbalaron en su interior. “E e e estás cogiéndome!!! Que cosa tan grande!!!!”

El hombre dejó que ella le colocara las piernas alrededor de su cintura, le preguntó si estaba lista, luego con una sola y dura metida, presionó sobre las caderas de la mujer, metiendo su largo pene grueso bien profundo dentro de su pequeña y apretada cuca. Ella tuvo su primer orgasmo, haciéndola temblar, aun antes de que el pene llegara hasta el fondo.

Durante los siguientes cinco minutos la señora Nancy se quedó asi, disfrutando este paraíso, meneándose hacia arriba y hacia abajo, sobre el rudo y áspero palo, luego acabando una y otra vez, aquel huevo bien metido como el guante a la mano, pero cuando ella quiso terminar, más bien se quedó enganchada hasta que a él le dio la gana de sacárselo. Cada uno de sus orgasmos parecía más intenso que el anterior y luego que llegó al sexto orgasmo, según iba contando el hombre, este le sacó la polla, la puso de rodillas frente a él y le eyaculó un gran chorro de semen dentro de la boca que ella mantenía abierta y también en toda la cara. Ya se había aprovechado, vengado por fin de una mujer blanca, disparando el chorro su leche en su cara para humillarla; aquello era un desastre, desorden que se notaba en el suelo de la cocina.

“Oye, nena, dijo: “La semana que viene pienso que estarás igual de caliente, me tienes el te listo, ok? ¡!!”

Con una sonrisa, Nancy asintió con la cabeza y apenas pudo pronunciar la palabra “Ok.”

FIN

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