Nadia, Roberto y yo

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Mientras meneo mi trasero voy bajando mi interior para sentarme y penetrarme con Roberto que está con el mástil con viento a favor. Cierro mis piernas y siento toda la presión de su carne en las paredes de mi vagina. Distingo cómo se va abriendo paso en mi no poco utilizado canal, pero pocas veces penetrado por un hombre.

Sábado por fin, después de todo, la semana había terminado. Dos días para descansar de los estudios, las pruebas, las competencias cotidianas para hacerse de un puesto dentro de los y las estudiantes de mi universidad. Mediodía era en mi habitación, algo de sol lograba entrar en mis ojos apenas despiertos y degradados. Decidí arrastrarme como una serpiente al baño, descolgándome de la cama y encaramándome hasta llegar a la bañera. Al hacer correr el agua llegó también la paz. Suspiros, proyectos para el día, ideas maliciosas pasaron por mi mente. Me animé durante mis zambullidas ficticias en un baño que me dejó potente y alerta; hoy nada me detiene.

Como era ya primavera y para ir al son de las flores que se abren y perfuman, escogí una ropa más bien coqueta. Minifalda de mezclilla negra, bragas blancas para dejarlas ver un poco en mis juegos de cruce y descruce de piernas. Pequeñas ellas, para sentir la caricia de sus bordes adentrándose un poco en mí. Para mi torso opté por ir sin sujetador, dejando que mis dos abundantes animalitos juguetearan bajo una camisita roja con dos coquetones bolsillos. Para mis pies: zuecos, la madera pesada acaricia mis pies de una manera muy especial y me permite jugar a meter y sacar mis pies con toda facilidad.

Es un juego divertido de hacer en el autobús, el tren o en el bar. Poco perfume, casi nada, algo con reminiscencias ácidas; recordando el frío del invierno se refresca a cualquiera. Pocos accesorios es siempre mi opción los sábados: reloj no, pulseras y brazaletes tampoco. Unos anillos en varios dedos y un collar imperceptible sino para los observadores. Teléfono, un pequeño bolso con casi nada y a la calle.

Al tomar el autobús decidí ir a visitar a Roberto. Llegar de improviso, conversar, tomarnos unas copas de vino y después, bueno, después tal vez llamar a algunos otros amigos y amigas, alguna fiesta podría inventarse siempre si todo marchaba bien. No era ya novedad que el bus fuera lleno a tope. Decidí incomodar a un tipo de unos 32 años. Nada feo, a decir la verdad. Me coloqué detrás de él. Le respiraba cercano a su cuello, arremetía con mi cuerpo cuando frenaba el bus, cuando aceleraba. Se colocó nerviosa mi víctima y entonces comencé a jugar con mis rodillas rozando sus piernas. Al fin el hombrecito captó mi intención y comenzó a sonreír. Entonces él se giró y yo me coloqué en su lugar. Ahora era él quien estaba detrás de mí y como la gente seguía subiendo, más nos apretábamos. Sentí su mano sobre mi cadera derecha, la más oculta a la vista de la gente que viajaba. Sentí que su palma se deslizaba hacia mis nalgas.

Qué placer, qué ricura, que suavidad daba a sus movimientos. Separé un poco las piernas y demostró entender bien lo que yo esperaba; sus manos bajo mi falda, saboreando mi piel tostada. Me comenzaba a gustar el asunto cuando me pregunté si en realidad no estaba siendo demasiado aventurada. Decidí bajarme del bus. Por supuesto que mi caballero bajó conmigo y quiso conversar. Yo me puse de frente, lo miré fijo a los ojos y pasando mi mano por su pecho firme le dije: “era sólo una diversión de autobús”. Lo dejé turbado sobre sus zapatos, incrédulo y me alejé hacia la casa de Roberto. En pocas calles estaré allá, pensé y caminando algo incómoda, algo húmeda, porque el ajetreo del bus me despertó el apetito, me dediqué a sentir el día maravilloso que había en esta ciudad.

Llamé al departamento de mi amigo, me abrió incrédulo de verme y quise abrirme para él al instante. Pero es mejor esperar, me dije, no sea que éste tenga alguna visita escondida por alguna parte. En efecto, Roberto estaba con Nadia. Ambos en pijama. Darse un buen polvo por la mañana no tan mañana es algo bien cotizado. Capté que había interrumpido algo, lo siento mucho, dije, pero fui invitada a quedarme y conversar. Tal vez si preparamos algo para comer nos dará hambre pronto, sugerí. Asintieron y pocos minutos después

Nadia entraba a la ducha, Roberto me tomaba por las caderas y yo me dejaba penetrar en frío por este animal delicioso que es mi amigo. Las faldas cortas y las bragas ligeras ayudan a estas retro embestidas sorpresas. No me quedé atrás y al terminar él su rápida colocación, me giré para limpiar toda huella que quedase sobre su virilidad. La flacidez volvía mientras yo saboreaba y aprovechaba de besar también sus testículos, introducirlos en la boca y sentir que con mis suaves labios tenía al macho indefenso, entregado, peligrando en la castración.

Nadia grita y dice que ya está lista y nosotros intentamos acelerar la preparación de aquel otro alimento para el almuerzo. Ensaladas van bien para el calor que hace, revitalizan. Nadia acepta mientras es Roberto quien parte al ritual acuático de la ducha. Casi sin esperar que cerrara la puerta, soy yo ahora que arremeto contra Nadia que nunca se ha negado a mis seducciones. Me encanta su olor a limpia, explorar sus labios con mi lengua. Nadia fue mi novia y de alguna manera aún lo es. Prácticamente vive con Roberto, pero él no sabe que nosotras somos lo que somos ni desde cuanto, tantos años, desde los 19. A nuestros 25 hemos vivido tantas cosas juntas. Cada una un poco con su vida, con sus novios y sub-novias. Sabemos que somos especiales, no nos hemos prometido exclusividad. Solo sabemos que nos queremos, que nos necesitamos la una a la otra y que nunca gozaremos con otros ni con otras de la manera en que nosotras lo hacemos.

Luego que mis labios saborearon los suyos, preferí arrodillarme para sentir el sabor de su sexo tibio y recién bañado. Un par de besos superficiales bastarían, tal vez todo cambiará más tarde, tal vez Roberto decidiría salir de casa y nos quedaríamos las dos ejecutando nuestras reuniones lesbianas. Tórridos lengüetazos hicieron que Nadia arqueara las piernas y abriera sus labios con sus dedos. El color rosado de su vagina aparecía bajo una capa de humedad brillante que yo quise tragar como aperitivo. La besé con los jugos de su boca y nos colocamos como señoritas para recibir a Roberto.

Ya servida la mesa, comimos y bebimos como si mañana fuéramos a morir. Ebrios los tres, nos tumbamos sobre el sofá gigante y mientras yo acariciaba a ambos sin que Roberto se percatara que también mis manos tocaban a Nadia. Ambos me acariciaban sin encontrarse sobre su objeto común. Nadia y yo controlábamos todo, sólo Roberto comprendía la mitad de la situación. Él pensaba tener dos chicas para él y haberse quedado con la mejor parte. No era tan cierto, tampoco tan mentira, yo sabía que Nadia es una experta en cosas del placer. A sus jóvenes años ha ganado más experiencia de la que una se podría imaginar. Por otro lado yo no le hago el quite al placer e intento que mis amantes tampoco.

En complicidad maliciosa decidimos dormir a Roberto. Una vez fuera de nuestro camino, nos adentramos con Nadia a nuestros besos embriagadores, a nuestros abrazos de intoxicación. Yo tomaba su cabeza entre mis manos, suavemente ataba su cabello rizado para dejar relucir la hermosura de su rostro. Ella entonces se hundía en mi sexo absorbiendo y saboreando el manantial de placeres que guardaba para ella y a veces también para mí sola. Yo me relajaba y me sentía como una diosa gozando de sus dioses más potentes. Sabía deslizar su lengua entre mis intersticios, allí justo donde yo estaba sintiendo el vacío ella llegaba a llenarlos de besos, de golpecitos de lengua, de suaves roces son sus dientes.

Aventureros ataques a mis muslos interiores colmándolos de besos y caricias. Sus dedos se entremezclaban con mis vellos, y mis manos en los rizos de su cabellera. Un suspiro terrible me vino desde dentro, un orgasmo silencioso me atacó por sorpresa y convulsionó también a Nadia, que al percibir mis temblores levantó sus ojos verdes y de reojo los posó sobre los míos. Es su manera de decirme que lo ha hecho con oficio para mí.

Es su turno, y girándose puedo yo levantar su falda florida roja que contornea sus marcadas caderas. Ella había optado por no usar bragas ese día, me enteré mientras Roberto se bañaba. Nadia pasó una de sus piernas sobre mi hombro derecho. Yo logré estremecerla frotando mi palma sobre el largo de su pierna que se iba ya posando sobre mi hombro izquierdo. Un meneo de caderas fue el gesto perfecto. Allí tenía yo, frente a mí, un sexo frondoso, bello, otra vez húmedo, abriéndose paso entre mi deseo y dejando atrás ya cualquier culpa inicial.

Yo cierro los ojos y lamo de abajo hacia arriba su tierna ranura. Siento que le gusta porque sus piernas tienden a cerrarse. Qué delicia sentir otra vez sus incursiones entre mis piernas. Esto es lo que se llama un 69 hecho con arte, con paciencia, con cariño porque el otro goce de mis besos y yo de los de ella. Besos, mentones, montes, clítoris labios y dedos fundiéndose en un torbellino de éxtasis que nos deja los cuerpos temblando en un nuevo monte de placer que descendemos juntas espaciando nuestros besos y ella regresando a mi regazo.

Roberto no despierta, al menos eso creemos y parece que fuera cierto. Al parecer Nadia y yo nos hemos quedado dormidas unos minutos, pero el banquete de besos y ternura no tarda en llegar corriendo. Ella levanta mi camisa roja y besa mi ombligo. Ella abre el primer botón y besa mi regazo. Ella abre el segundo botón y me mira con complicidad e introduce una manito entre la camisa y mi piel. Al vencer el tercer botón aparece la cima de mi busto y al cuarto ella ya puede besar mis pezones y atesorarlos entre sus labios; suavemente morderlos y modelar mi nuevo orgasmo desde el principio. Nadia es experta en el arte de besar así. Gira con su lengua casi sin que yo sienta algo, ella se sitúa en el borde de la presencia y mi ilusión, tal vez por eso es tan buena su ejecución. La lengua de Nadia recorre en círculos mi busto. Va hacia el centro, pero no entra aún en la aureola. Quiere conquistar, pero va urdiendo su estrategia hasta que yo, la asediada, le entregue mis puertas. Así ella se acerca y se aleja, dando golpecitos con su lengua.

Ella a veces ataca en forma aérea y pasa de besos a morder mis pezones. Entonces yo siento que me posee, que me tiene en sus manos, que soy toda de ella. La tomo por la cabeza y susurro su nombre y el mío casi al mismo tiempo porque no logro diferenciar a ella de mí. Luego es ella que cabalga sobre mí, abriendo sus piernas y empapando mis senos con su vulva húmeda. Yo como que la penetro con mis pechos, con uno y después con otro, mientras yo extiendo mis manos a los suyos y le procuro algunos pellizcones en sus joyas negras que se proyectan. Duros y amplios se vuelven sus pezones que reaccionan a mis caricias de cierta violencia pasional. Entonces es ella que con tanto estímulo se derrama sobre mí y me aspira el alma, porque cuando Nadia tiene uno de sus orgasmos aspirados, logra sacarme uno a mí también. Allí es cuando nos decimos que nos amamos que somos la una para la otra, que somos las palomas más bellas, que somos como gatitos que se acurrucan con sus secretos de doble vida.

Como si Roberto no hubiera estado se despierta y sonríe ante nosotras que disimulamos viendo TV y fumando cigarros. ¿Qué han hecho? Nos pregunta y decimos que nos hemos amado. Entonces él ríe ante nuestra típica respuesta que por repetitiva él nunca cree.

Por mi cabeza pasa la idea de disfrutar de un encuentro conjunto, Roberto, Nadia y yo, los tres desnudos y tórridamente interceptados por nuestros deseos y caricias. No estaría mal. Decidí dar marcha a mi deseo y comencé a deslizarme buscando mover eróticamente mis caderas. Mi faldita de mezclilla me acompañaba en los meneos y algo de ella se iba subiendo hasta revelar mis blancos paños interiores. Entonces Roberto me miró con aire de sorpresa y a Nadia con aire de preocupación. Ella que es más perspicaz entendió inmediatamente mi estrategia y comenzó a hacer lo mismo hacia su amado. Roberto no tardó en colocarse en guardia. Dos mujeres le venían al encuentro y eso no era común en su vida. Nos fuimos acercando a él, ahora zigzagueando como gatas en celo.

Nadia fue directamente a besar a Roberto, mientras que yo bajé la cremallera de su pantalón lentamente, para que él se diera cuenta de lo que estaba por venir. Torturándolo un poco con la lentitud, saqué sus pantalones y su ropa interior. El olor a sexo de los hombres me excita tanto como el de Nadia y otras amantes. Coloco mi mano rodeando la cabeza del pene, lo levanto e introduzco sus testículos en mi boca, ¡Me encanta! Luego de jugar un rato con ellos, comienzo a subir a costa de lengüetazos circulares al tronco del pene.

Mi compañera sigue besando a Roberto, mientras veo que él ya ha metido su mano bajo la falda floreada y dentro de la vagina de Nadia está un dedo que acaricia subiendo y bajando por donde yo besé y chupé como maniática. Me pongo de pie y logro ganar los ojos abiertos de Roberto, que sigue en los juegos con Nadia. Desabrocho mi blusa la dejo caer sobre ella, para notificarle en qué estado estoy. Tomo mis pechos con mis manos y los acaricio juntándolos un poco en el centro. Los dejo caer suavemente y los levanto acariciando mis pezones. Mientras sigo con este ejercicio, dejo una mano libre para despojarme de la mezclilla.

Me giro mostrando mis calzones pequeñitos a Roberto que con un pie me acaricia mis nalgas. Me inclino y metiendo mis manos por debajo del calzón a la altura de las caderas, deslizo la prenda hasta los pies. Quiero imitar el movimiento de caderas de Nadia, que me enloquece y mientras meneo mi trasero voy bajándolo para sentarme y penetrarme con Roberto que está con el mástil con viento a favor. Cierro mis piernas y siento toda la presión de su carne en las paredes de mi vagina. Distingo cómo se va abriendo paso en mi no poco utilizado canal, pero pocas veces penetrado por un hombre. Roberto se contornea porque no cree que Nadia se esté sentando sobre su cara para que actúe como buen mamador como yo también sé que es, no tanto como Nadia, claro.

Estamos disfrutando al mismo hombre, pienso, mientras comienzo a cabalgar de espalda a la escenita que ambos, mis amantes tienen allá detrás. Siento el gemir de Nadia, siento y reconozco sus ritmos, puedo imaginar su cara previa al orgasmo; su frente arrugada, sus manos apretujando las carnes que encuentre, los dedos de los pies agarrotándose y sus pechos moviéndose como gelatina exquisita. Yo me levanto y me libero de Roberto y de su verga descomunal y como siempre limpio toda huella de mis jugos con una mamada profunda y detenida. Roberto parece estar a punto de explotar, yo también lo estaría.

Siento que Nadia se levanta y se ausenta unos segundos. Que regresa con juguetes y aceites perfumados. Los colocó delante de mí y yo sonreí sabiendo que esto se profundizaba con libertad y calentura. Volví yo a entretenerme con Roberto, mamando profundamente y girando mi lengua por los contornos brillantes de su glande. Mi posición, de rodillas e inclinada sobre la pelvis de Roberto debieron excitar a Nadia, que decidió desvelar nuestro secreto comenzando a dar besos en mi expuesta vagina. Al inicio me sorprendió la revelación, no más que a Roberto que miró con ojos desorbitados como su novia se comía a su amante

Él comenzó a mover sus caderas, como penetrándome por la boca, yo comencé a apurar mi mamada, pero sin dejar que se corriera aún.

Nadia comenzó a colocarme aceites por la espalda, por las nalgas, por mi vagina y mi ano. Me acariciaba y me convertía en una pista de patines para sus manos que acarician lo que encontraban. Halló mi ano e introdujo un dedillo pequeño. Lo giró dentro y logró sacar mi primer suspiro. Roberto aprovechó la situación para cambiarse de lado con Nadia y ahora ella sentada frente a mí, me ofrecía su sexo para chupar. Roberto quedó a cargo de los aceites y comenzó a dilatar mi ano. Entonces comprendí que yo era la presa, que ellos lo sabían todo, que era yo por primera vez la víctima absoluta.

Me entregué al sacrificio, por tanto, y sentía como él me atravesaba el ano con su pene gigante. Poco a poco, mientras me sacaba más y mayores gemidos. Yo daba más lengua al clítoris de Nadia que acariciaba mi frente. Él comenzó con las embestidas rítmicas, sentía como sus muslos castigaban mis nalgas.

Yo temblaba entera con la cabalgata y mis senos como campanas al viento ayudaban al balanceo. Mis gritos me excitaban a mí misma al escucharlos y en el trasfondo sentía que Nadia llegaba a un orgasmo mientras Roberto me asaltaba definitivamente por mi puerta trasera. Y ahí quedamos los tres, yaciendo orgiásticos y exhaustos y derramando humores por todos nuestros orificios.

Nos recompusimos y salimos por unos helados que nos abrieron otros apetitos que saciamos de a tres y quien sabe si no invitamos algún día a alguna más.

Autor: Helena

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Escrito por Marqueze

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