Rodrigo, el novio de mi socio.

¡Comparte!

Jamás en mi vida me volvieron a cojer tan furiosamente, ni me hicieron sentir esa locura de deseo que me hacía gritar: -dame pija, dame más.- como una poseída. Este relato que quiero dejar expresado, es real, aunque no completamente en sus detalles quizás, culpa de las subjetividades. Todo se pierde en apreciaciones subjetivas personales. Esa relación clandestina, muy clandestina, que tuve me descompaginó la vida, la mente y mi interior de mujer. Los nombres han sido cambiados para preservar identidades de gente que se vería afectada por conocerse la verdad. Trataré de no modificar las situaciones en bien de contar lo que sucedió pero sin arriesgarme a que ciertas personas lo sepan. Usaré aquí el nombre de Lucrecia, reemplazando al verdadero, igual haré con el resto de los personajes.

Fue la única vez que le fui infiel a alguien, pero lo hice repetidas veces, con el mejor amigo. Hoy día, estoy casada, tengo un hijo y me recibí de médica. Pero en mis épocas de estudiante tenía otro novio que no es mi actual marido, cuando contaba con 25 primaveras más o menos. Fue un relación larga, inútilmente larga, que fue un constante estancamiento en el que me vi inmersa. Estuve más de cinco años con, llamémosle, Gabriel. Alto, musculoso, fachero, moreno y prolijo cabello corto. Físicamente, un novio para mostrar por la calle. Él trabajaba en un autoemprendimiento, en el cual no tenía mucha suerte. Comenzamos a salir y él estaba un poco en la lona. La empresa que luego formó con un socio hizo agua antes de salir de puerto casi, el socio lo dejó con todas las deudas y en la cara salió como rata por tirante. Que no tuviera plata no me importaba, pero mi actitud lejos de alentarlo, me doy cuenta que lo apañaba. Me fui acostumbrando a soportar las mismas salidas al cine, o ver una peli en la casa, dormir, luego levantarme el domingo y salir para mi casa en zona norte; todos los fines de semana la misma rutina. Gabriel, obviamente por sus repetidos intentos fallidos de éxito, no vivió solo. Los padres estaban separados, pero seguían viviendo en la misma casa, aunque eran bastante grandes. La madre era como esas viejas de antes, tanto que a veces no quería que durmiéramos juntos a la noche. Como el padre dormía en el living, ya dije que estaban separados, Gabriel dormía con la madre y yo en su cama. Hoy no puedo creer como me acostumbré a tantos delirios, solo puedo pensar que fue… de a poco. Un día cedes en una cosa chiquita, otro día aceptás como natural algo medio raro pero no mucho. Para cuando miré atrás, estaba encerrada en una relación con un edípico ser, reprimido y rutinario, pero lo peor era que lo quería en parte.

El comienzo de ese “mirar atrás y ver como son las cosas” fue al ir conociendo profundamente a Rodrigo. Era el único que se había quedado cuando la agencia hizo agua y hasta el socio se tomó el olivo. Se había apegado mucho a Gabriel, tanto que hasta yo le presenté a una compañera de facultad, Laura. Esa relación duró cuatro meses, y resintió mi amistad con ella. Laura no sabía mantenerse callada. Rodrigo era un poco menor que todos nosotros, unos cuatro años. Era todo un caballero inglés, delgado, no muy lindo, un poco más bajo que Gabriel aunque alto aun. Cabello castaño oscuro, ondulado y rebelde. Era más desenfadado, a veces chiquilín pero que sabía muy bien manejarse en la calle. Según Gabriel, habían andado por lugares raros y peligrosos, decía siempre algo parecido en el mismo tono ominoso. Hacía años que Laura no tenía novio, cuando comenzaron a tener relaciones con Rodrigo, siempre estaba completamente ansiosa por contármelo. Al principio me sentí feliz por mi amiga, pero luego me empecé a dar cuenta que sentía cierta envidia. Cada fin de semana, Rodrigo la cojía, dos o tres veces, así durante los cuatro meses, no al principio pero si desde que empezaron a hacerlo. Y yo veía que mi pareja estaba más preocupado por que la madre no supiera que teníamos sexo, y por mantener cierta apariencia lo hacíamos en silencio o se iba a dormir al otro cuarto y no lo hacíamos. Rodrigo teniendo 21 y aun viviendo con los padres, lo dejaban dormir con la novia. Y aunque no hacía escándalo, tenían sexo cada sábado y domingo. Ella me relataba como Rodrigo siempre estaba dispuesto y ella que no sabía decirle que no, algo que me resultaba sumamente raro. Parecía disfrutar con los detalles zarpados, aunque dichos creo con total inocencia. Llegaba a contarme como por ejemplo, una vez, la penetró en cuatro patas y le dio durante media hora seguida. Algo que consideré exagerado pero que luego me enteré era normal en Rodrigo.
-Sentía que iba a caminar raro de lo fuerte que me dio.-contaba ella confidente, ignorando que en mi despertaba envidia y ratoneo.

Amparado en el argumento que estaba cansado de mucho trabajar, con Gabriel teníamos sexo cada quince días, de hecho, es otra de las cosas que fui permitiendo y tolerando, de las que luego me arrepentí. Me di cuenta que no me hacía gracia al ver el caso de Laura y Rodrigo. Eso generalmente es lo común, las mujeres somos las que habitualmente sienten menos prisa por tener relaciones que los hombres. Lo de Gabriel me parecía cada vez menos normal, mientras miraba con cada vez más envidia a mi amiga. Cuando se lo planteé a Gabriel, como charla de pareja, para ver de mejorar ese aspecto de nuestra vida; solo argumentó que lo que decía Laura era mentira, que Rodrigo no le había contado nada a él. Argumentaba que con Rodrigo tenían confianza y que se contaban todo. Gabriel le preguntó a su amigo, pero este le respondió que si, que lo que decía Laura era cierto.
-No me dijiste nunca nada.-le planteó Gabriel, aunque si le había dicho de la primera vez con Laura, después nunca más.

Rodrigo respondió que no le gustaba hacer alarde o ventilar su intimidad; como dije, todo un caballero. Yo esperaba que Gabriel no le contara a su vez a Rodrigo, aunque dudo que tuviera mucho que contar. No sé si porque Laura era una influencia esclarecedora para mí o Rodrigo se distraía del trabajo, pero a Gabriel le empezó a molestar ese noviazgo. Cuando Rodrigo se separó de Laura no indagué mucho, pero unos meses después me enteré que Gabriel había metido púa para que se pelearan. Cuando quería, podía ser muy manipulador, esa fue otra ficha que me cayó. Tuvimos relaciones más seguido, aunque siempre a escondidas o en silencio. Supongo que la asiduidad, se debió a influencia de Rodrigo y sus consejos de tipo de calle.

Meses después de pelearse Laura y Rodrigo, mi estudio no iba todo lo bien que hubiera deseado, Gabriel no mejoraba en el trabajo autogestionado y yo comencé a tener pensamientos impuros, como dirían las viejas. Una mañana desperté de un sueño muy hot, en el que estaba en un cuatro todo oscuro y sucio, un par de abrazos me agarraban y contenían, eran los de Rodrigo. El deseo me embriagaba cuando sus dedos me tocaban, lo quería, lo necesitaba. Estaba loca de ardor por él. Por lo menos, eso era lo que sentía en el sueño. Sentía sus jadeos y su voz cerca de mí. Al tenerlo subido encima mío, el sueño terminó. Cuando desperté me sentí confusa y shockeada. Obviamente, no era que me gustaba Rodrigo. Pero él era todo lo libremente sexualmente que Gabriel no quería ser o no era de por sí. Sentía un poco de desconcierto, pero los sueños son así, sin restricciones morales. Igualmente, las veces siguientes comencé a pensar seriamente en el sueño. Varias semanas después, ese sueño fue el empujón que me faltaba para tirarme a la pileta. Estando en el momento no pensé, fue algo que me parece que negué que yo estuviera haciendo, hasta que ya había ocurrido. Una forma inconciente de desligarme de culpas, aunque eso me persiguió luego. Es el día de hoy que no sé como me animé a hacer algo así. Posteriormente a ese sueño, me hice los ratones un poco, basándome en lo que Laura contaba, con sumo detalle. Durante algunos días, dejaba a mi mente volar en fantasías, que nunca pensé que podía llevar a término. En todas, Rodrigo era un salvaje que me tomaba como si fuera una especie de animal desatado sexualmente y yo una pobre y pasiva damisela. Ese jueguito mental pronto me aburrió, dándome cuenta que siempre estaba esperando que las cosas me pasaran y no poniendo algo de mi.

Rodrigo había sentido también la manipulación de Gabriel y las cosas entre ellos estaban tensas, se había quedado resentido desde la separación con Laura. Esto se había agravado al tener discrepancias entre la repartición de la plata que ganaban, ya que Gabriel siempre quería más dinero por poner la casa como oficina y tener allí las computadoras. Rodrigo estaba de acuerdo en eso, pero le parecía que el porcentaje era ya más elevado de lo que debería ser por los gastos de luz y demás. Una tarde entre semana, llegué a la casa de Gabriel. Rodrigo estaba solo, Gabriel se había ido con la madre a visitar a una tía. Miré bien a Rodrigo, disimuladamente, no era fachero como Gabriel. Nunca le hubiera prestado mayor atención, si no fuera por la cercanía y amistad que teníamos. Ambos manteníamos entre nosotros mucha confianza, siendo la novia y mejor amigo de la misma persona.

Paradójicamente, habíamos intimado más mientras le hacía de “Celestina” con Laura. Ese día, no podía olvidar ni por un segundo, el relato de mi amiga sobre “el salvaje perrito” que le hizo, ni mi sueño erótico. Mientras yo me sentaba en la cama del cuarto de Gabriel a estudiar un poco, cuarto donde también tenían los equipos, Rodrigo seguía con su trabajo en la máquina. En un momento giró la cabeza en el eje del cuello y se quejó de dolor.
-¿Contractura?-le pregunté.
-Si, demasiado en la PC.-me respondió apenas con una sonrisa de cansancio.
-Estás demasiado en la compu. ¿Querés que te haga un masaje?-

Primero agradeció pero lo rechazó, cuando insistí, finalmente cedió. Teníamos confianza y no veía una segunda intención mía. No se si en ese momento, tenía yo una intención oculta. Creo que inconscientemente estaba ardiendo, pero por fuera era la nena modosita que todos querían ver, incluso Gabriel. Hablamos de esto y de aquello, mientras le masajeaba el cuello. No pude evitar mojarme un poco, pero no era algo tan raro, como siempre que me pasaba era disimulable. Cada tanto él soltaba un quejido, que tanto parecía un gemido de pasión que me empezó a conmocionar. Sentía un ardor que no sabía si estaba ahí antes. No pude creer luego que fui yo la que dijo: -Sacate la remera para masajearte en la parte de los omóplatos.-

La excusa del masaje estaba fuera de mi control. Me detuve un segundo y pensé en que estaba queriendo encamarme con el mejor amigo de mi novio, en parte amigo mío también, de forma muy alevosa. Pero la imagen de Laura en cuatro patas y Rodrigo dándole con furia, mientras ella se deshacía de placer; pudo más que toda restricción moral. Laura me había contado ciertos detalles, ni a Gabriel me animé a transmitirle, por pudor. Cuando bajé mi mano por su espalda, me incliné para adelante y vi en su entrepierna, el miembro viril reposando en pleno proceso de excitación, latiendo supuse, aunque a un fugaz vistazo no podía asegurarlo. Se le estaba poniendo dura y yo no podía apartar de mi mente la calentura que tenía. Cuando lo único que tenía atiborrado como pensamiento, era estar en cuatro patas y que él me diera hasta que no pudiera más; mi mano se apoyó sobre su bulto. Me miró rojo de vergüenza y algo asustado. Estaba jugada y me tiré de lleno. Apreté levemente el pantalón, acariciando su pija y para no echarme atrás yo o que él me rechazara, lo besé buscando sus labios desde atrás. El giró un poco para besarme mejor y yo me senté en sus rodillas. Sus manos estaban sobre mi, en la cintura, acariciando una pierna. Esta vez no era un sueño. En ese momento olvidé todo: me olvidé de Gabriel, que lo estaba cagando en su propio cuarto, con su amigo, nada me interesaba. Solo que sentía la lengua de Rodrigo tocando la mía, y que la deseaba recorriendo mi piel. Me levantó un poco la remera y tocó la base de la espalda junto con la cintura, me estremecí. Estaba temblando de deseo, con ansiedad me saqué la prenda por la cabeza. Él ya estaba besando mis tetas por arriba descendiendo desde el cuello, bajando fue corriendo delicadamente el corpiño. Los pezones salieron para recibirlo, erectos como su pene. Recordé que hacía como tres semanas que no había tenido sexo, él por lo menos unos cuantos meses. Se detuvo a pasar la lengua por el valle entre los pechos, no tengo poco busto precisamente. Era pleno invierno, pero en ese cuarto hacía un calor del infierno. La urgencia por que alguien llegara nos corría. Y yo no quería irme sin sacarme la calentura.

-¿Tenés preservativos?-le pregunté a punto de manotear alguno que guardara Gabriel por el cuarto. Pero después debería reponerlo o todo saldría a la luz.

Rodrigo afirmó con la cabeza y siguió besando el otro pezón, por ser equitativo decía siempre. Fuimos a la cama, que estaba justo al otro lado del cuarto donde se encontraba la computadora. Lo senté, ya que él era más alto y me quedaba mejor la posición de estar yo sentada encima. Con las piernas semiabiertas, sobre el borde de la cama, bajó su pantalón hasta las rodillas, se puso la protección y me indicó que me acercara. Yo estaba absorta en su pedazo, comparando tamaños. Me sentí una turra, pensando en que si la tenía más grande que Gabriel, pero mucho más no pude ver o meditar al respecto. Corrió mi bombacha, pero yo le dije que mejor la sacara, para penetrarme. Apenas me levanté la pollera hasta la cintura. La bombacha voló, ni recuerdo como o donde. Me senté sobre Rodrigo y confirmé en carne propia que si la tenía más larga, aunque no más ancha. Lo que si, me llenaba de una manera que era un sueño. Sentía cada centímetro meterse en mi interior, abriéndome y mi gemido se extendió escalonadamente hasta que él hizo tope con su pubis contra el mío. Nos quedamos apenas un segundo quietos. Comencé a removérmela dentro, disfrutando de cada contracción que hacía mi concha a su pija encerrada. Me tomó por la cintura y me movió de arriba hacia abajo. Lo cabalgué rítmicamente primero y luego con fuerza, ya descontrolada. El primer orgasmo me vino a las primeras bombeadas, su glande me tocaba al fondo y yo sentía que el cuerpo me quemaba. El seguía besando alternativamente mis tetas, o mis labios, cuando no lo detenía yo para soltar un gemido. La alegría que sentí en ese momento fue indescriptible. Finalmente, podía gemir como deseaba, y no tener que morder la almohada o mis labios. Por fin, podía cojer salvajemente sin temor a que alguien lo notara. Si en ese momento, el vecino de abajo se hubiera quejado del ruido, no le hubiéramos prestado atención. Rodrigo gemía más pausadamente y en forma de resoplidos. Yo no podía parar de dar grititos, aunque en parte los contenía. Quizá por temor a ser escuchada por todo el edificio o por la costumbre de hacerlo “mudamente” en ese lugar. El cuerpo me sudaba todo, mi pubis estaba siendo cacheteado por propia voluntad y a conciencia. Sus manos bajaron a mi cola y me marcaron las nalgas. Sentí el tirón del corpiño que me incomodaba, aunque estaba bajado, seguía puesto. Tironeé a la espalda con la mano hacia atrás para quitar la presilla y Rodrigo entendió, me lo sacó con una sola mano después de un par de intentos, mientras la otra me seguía masajeando la cola. Yo seguía concentrada en subir y bajar por su verga, todo lo que estaba en mi cabeza era el placer que me estaba dando. No sé cuantas veces acabé, ni las conté. Pero él seguía chupando mis pechos y acariciando mis pechos, la cola y la cintura. Era la fantasía del caballero, a las mujeres nos encantan los tipos educados y cordiales, pero nos gusta que bajo esa superficie haya un macho animal que nos haga gozar hasta decir basta. Estaba gozando como una loca, temblando con cada nuevo orgasmo que me electrizaba más que el anterior, o sumándose uno tras otro; cuando le dije que estaba cansada. Había perdido la noción del tiempo, pero ya estábamos hacía rato cojiendo, eso seguro. Me giró sobre la cama, aun dentro mío, para acostarse sobre mi. Me bombeó un par de veces y acabó, por lo que me di cuenta, estaba aguantándose para que yo gozara. Su orgasmo fue bestial, gruñió como una fiera, tanto que temí que le estuviera dando algo. Pero al notar su respiración agitada en mi cuello y su susurro jadeante en mis oídos, me tranquilizó.

-No podía más.-dijo como disculpándose.

-No te preocupes, disfrute más que suficiente.-le respondí.

Mi respiración y pulso parecía la de una arrítmica. Estaba muy acalorada y cansada. Pero me sentía relajada como nunca en mi vida, después de semejante “cepillada”, estaba como una seda. Debía reconocer que había sido una experiencia impresionante. Había descargado todas las tensiones acumuladas en ese polvo tan furioso como placentero. El lado malo fue los inconvenientes que trajo ese polvo tan espectacular. Miré el techo, mientras Rodrigo se levantaba y sentaba a mi lado.

-Oh, oh.-dijo con claro tono de preocupación.

Cuando miré donde indicaba, vi la colcha de la cama toda mojada donde él estaba sentado cuando empezamos a cojer. Me había mojado tanto que había caído el flujo a través de él hasta abajo de todo. Limpiamos como pudimos, pero la mancha se veía. Los nervios comenzaron a invadirme. Rodrigo fue a la cocina y trajo un vaso de jugo. Echó un poco sobre la colcha y el piso, limpió y le tiró más jugo a la colcha usando la mano.

-Se te cayó el vaso y casi se rompe.-me dijo como indicando que mentira debía exponer.

La primera mentira, era en realidad que le había metido los cuernos a Gabriel. Abrimos la ventana del cuarto, el olor a sexo debía ser indisimulable si alguien llegaba. Tiramos desodorante en aerosol. Nos compusimos y aseamos un poco. Si Gabriel llegaba y me veía toda sudada, hubiera sido complicado de explicar.

Cuando al rato finalmente llegó, todo estaba en orden y no se notaba que habíamos hecho. Gabriel bromeó sobre mi torpeza con el vaso. Rodrigo salió a apoyarme.

-Yo le pasé el vaso y se me resbaló, ella lo atajó pero se volcó casi todo. Fue un enchastre.-

-Ay, bella.-como siempre me decía él.-Manos de manteca.-

El olor no se sintió, pero el frío si fue algo de lo que Gabriel se percató. Pero, era tener un poco fría la habitación o impregnada de aroma a sexo. Con Rodrigo nos miramos apenas ligeramente y luego se fue a su casa. Pero en sus ojos pude notar lo que a mi también me pasaba. Luego del goce, el place y el orgasmo; quedaban la culpa, el temor y la duda.
Esa noche lo llamé a Rodrigo a la casa. Ambos sentíamos lo mismo. Lo que habíamos hecho era una cagada, no debíamos repetirlo. Con esta experiencia aprendí, que esas promesas de “nunca más”, raramente se cumplen. La culpa pudo alejarnos un poco, pero luego el tiempo acumuló deseo nuevamente. El temor a ser descubiertos nos podía frenar a tomar riesgos. Pero ni yo sentía placer como estaba y él no tenía pareja. La duda era lo que quedaba, duda de si no lo haríamos de nuevo, cuando la calentura fuera suficiente y mi hastío creciera como anteriormente había hecho. Un mes y medio después, romperíamos esa promesa de “nunca más”.

¡Valoralo! ¿Qué te ha parecido?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.