Romance

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Hola. Finalmente nos hemos animado a contar nuestra historia. Espero que sea de interés y que pueda ayudar a alguien, esa es nuestra principal motivación, si bien también ha influido también el morbo de relatar nuestra relación. Al principio no sabíamos como escribir nuestro relato, pero finalmente nos decidimos por escribir cada una nuestra historia desde su punto de vista.

———Mi nombre es Alba, y ahora tengo 24 años. Cuando entré en la adolescencia no era precisamente una chica popular debido a mi físico. Era guapa de cara, pero sin embargo era muy alta, y decir que me sobraban unos cuantos kilos era un eufemismo bastante suave. Por ello, cuando tenía 16 años decidí complementar mis dietas con ejercicio físico y me hice socia de un gimnasio. Fue a partir de entonces cuando mi físico empezó a mejorar, quizá en exceso. No solo hacía ejercicios para reducir mi peso, sino que además empecé a hacer pesas, puesto que ya desde pequeña destaqué por mi fuerza. De tal modo que cuando ya tenía 19 años tenía un físico que intimidaba más de lo que impresionaba: medía 1,80 m y mis medidas eran decididamente de escándalo, tanto que estaba un poco acomplejada: 128-64-94. Mis hombros eran más anchos que los de varios chicos del gimnasio, y mis biceps se notaban perfectamente sin necesidad de doblar el brazo o hacer fuerza, lo mismo que los músculos de mis piernas. No era un saco de músculos, pero la verdad poco me faltaba, de modo que antes de convertirme en una versión femenina de Terminator decidí tomarme de forma más relajada el gimnasio.

Debido a mi físico, la mayoría de los chicos con los que salía se sentían en el mejor de los casos, intimidados, y la relación no duraba demasiado, especialmente cuando empezábamos a tener relaciones sexuales: yo era más fuerte y resistente que ellos, con lo cual a veces les hacía daño sin querer, aunque ellos jamás quisieran reconocerlo. Lo más parecido a un reconocimiento que tuve fue cuando un muchacho me dijo que se había sentido como una adolescente inexperta en mis brazos. Aquel comentario me dolió bastante.

De este modo, mis únicas relaciones sexuales satisfactorias las había tenido con dos chicos del gimnasio al cual yo acudía, ambos culturistas y mayores y que yo. Físicamente las relaciones eran muy satisfactorias, pues al ser más fuertes y musculosos que yo no se sentían intimidados, y no teníamos necesidad de contenernos. Ni siquiera el tamaño de sus pollas, tan desarrolladas como el resto de sus músculos (21 y 24 cm cada una) me molestaba.

Un día, mientras programaba el tiempo en la bicicleta y ajustaba el asiento, una chica se acercó.

– Hola me respondió ella tímidamente.

– ¿Eres nueva? le pregunté por simple curiosidad-. No te he visto nunca antes por aquí.

– Sí, soy nueva respondió ella. Apartó la mirada disimuladamente, si bien no me molestó. Sabe Dios que no sería la primera vez que me sucedía. Como ya dije, mi cuerpo intimidaba mucho, casi tanto como impresionaba.

– ¿Cómo te llamas? le pregunté dispuesta a entablar conversación. En aquel momento no había nadie más en el gimnasio, y quería algo de conversación-. Yo soy Alba.

– Me llamo Iria respondió ella.

———Me llamo Iria, y a partir de ahora continuaré el relato, si bien posteriormente nos iremos alternando Alba y yo. Tengo 21 años y estudio Económicas. Hace dos años tuve un accidente de circulación cuando iba en moto con un amigo, consecuencia del cual tuvo graves heridas en las piernas, aunque afortunadamente no sufrí nada irreparable. Sin embargo, cuando me dieron el alta y pude volver a caminar, me recomendaron seguir durante tres meses un programa de rehabilitación para que mis piernas recuperaran toda su fuerza anterior. El médico me dijo que podía hacerlo por mi cuenta en cualquier gimnasio.

Menuda gracia: desde pequeña siempre odié el ejercicio físico. Era el bicho raro de la clase porque era la única que no se alegraba cuando teníamos gimnasia, y mi opinión nunca mejoró conforme pasaron los años y crecí. Supongo que ello se debe a que siempre he sido una chica muy menuda y débil. No llego al 1,60 m, y soy de complexión delgada aunque esbelta: tengo justo lo que necesito, y me siento cómoda con mi cuerpo. Ya en el instituto, me hice muy popular gracias a mi belleza. Tengo un largo y sedoso cabello negro que me cubre toda la espalda, enmarcando mi rostro de facciones clásicas y delicadas. Muchos chicos me pidieron para salir, si bien nunca llegué muy lejos con ellos, pues la mayoría únicamente se fijaban en mi por mi físico, no por mi personalidad o forma de ser.

Pero no me voy a desviar del tema. Aunque no me hiciera gracia, tenía que acudir al gimnasio, pues había sufrido bastante durante mi convalecencia como para dejar el trabajo a medio hacer. De modo que me apunté al gimnasio que había más cercano a mi casa y tras explicar al dueño el trabajo físico que me habían recomendado, me indicó los ejercicios más adecuados y empecé a trabajar. El primer día me sentí bastante incómoda, puesto que me sentía como una pulga entre todos aquellos deportistas, mucho más grandes y fuertes que yo. Cuando me enteré que el gimnasio habría a las 7:00 de la mañana, y que a esa hora casi no había nadie, decidí acudir a esa hora, esperando estar sola. Tendría que despertarme muy pronto, pero madrugar nunca me había costado y prefería tener un poco de sueño al despertar para tener más intimidad en el gimnasio. Al día siguiente fui la primera en llegar, antes que el dependiente y tuve todo el gimnasio para mi sola hasta las 7:45, hora en la que casi había acabado. Sin embargo, al día siguiente más, no tuve tanta suerte: a los 5 minutos de llegar yo, sentí otra persona entrar en los vestuarios de chicas. « Al menos no será otro gorila como los que había anteayer » pensé yo.

Un par de minutos después salió la recién del vestuario y se subió a una de las bicicletas. Cuando la vi creí que los ojos que iban a saltar de los ojos, pues no era ni mucho menos lo que me había esperado. Era mayor que yo, ten&ia se mostró en todo momento muy cordial y natural, poco a poco fui superando mi primera impresión y comencé a sentirme más a gusto con ella.

Mientras yo hacía flexiones, ella se sentó en una máquina de pesas con poleas y comenzó a hacer varias series con cuarenta kilos con una facilidad que a mi me resultaba increíble. « Ella sería capaz de hacer las pesas utilizándome a mi como peso » pensé, mientras observaba como levantaba y subía las pesas y sus brazos. Sin embargo, sin darme cuenta mi mirada se desvió poco a poco hacia su abdomen, siguiendo el ritmo de su respiración, y más concretamente, de sus pechos, hasta que finalmente terminó la serie. Cuando dejó caer las pesas, el sonido al entrechocar el metal me despertó de mi ensimismamiento. « ¡Nunca creí que unos pechos pudieran ser tan subyugantes ! » pensé avergonzada y divertida al reparar en el modo en que me había quedado absorta en su visión. Yo me consideraba a gusto con mis pechos, eran pequeños, pero yo también era pequeña. Estaban bien proporcionados al resto de mi cuerpo y su tamaño nunca me importó. De hecho, los pechos muy superiores a una talla 90 me parecían como una aberración de la naturaleza. Sin embargo, los pechos de Alba no me producían ese rechazo. De hecho, nada en ella me parecía una aberración.

Seguimos cada una con sus ejercicios, mientras hablábamos conociéndonos más. Sin darme cuenta, mi mirada se perdía en cada detalle de su anatomía: su trasero, firme, redondo, sus brazos, sus largas y fuertes piernas… Incluso su rostro, con sus ojos verdes y su amplía sonrisa. « Estoy atontada » me dije, cuando acabé mis ejercicio y me fui a las duchas. « Cualquiera diría que nunca en mi vida he visto una mujer.» Me duché rápidamente, me sequé y empecé a vestirme. Cuando me estaba peinando, entró Alba en los vestuarios tras terminar. Me preguntó si yo iba todos los días al gimnasio, y yo, distraída frente al espejo en mi peinado, respondí que sí. Entonces ella sugirió que podíamos quedar para mañana a la misma hora.

Me volví para responderle y enmudecí. Concentrada en mi peinado no me había dado cuenta de que Alba se había desnuda para ducharse, y estaba a mi lado, con sus enormes pechos, increíblemente firmes y redondos a la altura de mi cara. Me puse colorada como un tomate e instintivamente retrocedí; sin poder apartar mi mirada de Alba, que parecía divertirse de mi reacción. Me dijo que lo sentía, que no había querido asustarme acercándose tan en silencio. Confusa, le dije que no importaba, que era una tontería. Entonces ella entró en las duchas, y yo la observé mientras me daba la espalda y deshacía el nudo de su cabello, si bien no fue este el que más llamó mi atención. Cuando se metió en uno de los compartimentos de las duchas y el agua empezó a correr, me despabilé, terminé de arreglarme y salí de los vestuarios, despidiéndome de ella hasta mañana. Rápidamente fui hasta parada del bus y cogí una para la facultad, donde tenía clases, sin poder dejar de pensar en Alba. Afortunadamente (en este caso), la primera clase era de Contabilidad, de modo que no me quedó otro remedió que dejar de pensar en ella, y no me volví a acordar de Alba hasta que llegué a casa después de las clases y deshice mi bolsa del gimnasio. « No pasa nada » me dije a mi misma. « No me va de la cabeza porque nunca antes había visto una mujer como ella. Pero si al final nos hacemos amigas, debo de dejar de pensar en ella como un objeto espectacular ».

A las 7:00 estaba nuevamente a la entrada del gimnasio, si bien aún no se como me atreví a ir. El recuerdo de lo que había hecho la noche anterior al dormirme me perseguía y me llenaba de miedo, pues nunca antes había experimentado nada semejante por una mujer. Debía admitir que nunca me había entusiasmado demasiado los chicos, pero tampoco nunca me habían atraído las chicas. De todos modos, en el último momento decidí ir, no porque deseara afrontar mi miedo, sino más bien porque ya había dado a Alba mi palabra de estar allí.

———Cuando llegué al gimnasio, Iria ya me esperaba en la puerta, si bien había acabado de llegar. Pasamos a los vestuarios tras saludar al mujer de la limpieza y al encargado y tras cambiarnos rápidamente hicimos algo de bicicleta.

– Tienes una piel preciosa le dije a Iria. Ya me había fijado en ella el otro día, pero ahora me fijé con mayor detenimiento y confirmé mi impresión inicial: tenía una piel de alabastro, sin el menor rastro de imperfección y mancha.

– ¿En serio? preguntó ella, como si estuviera asombrada de mi cumplido.

– Y tanto respondí yo-. Ya me gustaría tenerla para mí, y no digamos tus pechos.

– ¿Mis pechos? preguntó asombrada-. Pero si son enanos, comparados con los tuyos.

Inmediatamente se sonrojó, pues comprendió mi complejo.

– Todos los pechos son enanos comparados con los míos respondí con una sonrisa quitándole hierro al asunto-. Todo el mundo que me conoce cree que me los he operado así, por lo firmes que los tengo, pero no, son totalmente naturales dije acariciándomelos por encima del top-. Para mi serían perfectos si no fuera por el tamaño. Me hacen parecer el Monstruo de los Globos de Silicona.

– Lo siento mucho dijo Iria-. No quería decir eso…

– No importa. Pero esos pedales… le dije. Iria había dejado de pedalear y me miraba fijamente.

– No digas eso del Monstruo me dijo-. Yo creo que te quedan bien… a tí.

– ¿En serio? pregunté sorprendida por la vehemencia de Iria-. ¿Tú crees que no debería de operarme? Aunque de todos modo no lo haría : soy como soy, y pasaría por un quirófano para cambiar.

– En serio me dijo con convicción-. Yo creo que no tienes por que acomplejarte. Yo te veo perfecta.

-Eres un encanto, Iria dije inclinándome sobre ella para besarla en la mejilla-. Y ahora, dale de una vez a esos pedales.

Continuamos con nuestra serie de ejercicios, sin dejar de hablar, pues aunque estábamos en aparatos distintos y alejados, no había nadie más en el gimnasio cuya conversación nos molestara. Hablamos de nuestros gustos musicales, de cine… Me di cuenta de que Iria estaba más pendiente de mi que de sus ejercicios, y en más de una ocasión tuve que recordarle que tenía que hacer sus series. Cuando terminé de hacer una serie de sentadillas, me di cuenta que Iria hacía mal unas flexiones y acerqué a ella para corregirla.

– Las estás haciendo mal le dije inclinándome sobre ella y corrigiendo su postura-. Tienes que tener las piernas en un ángulo más cerrado. Así. ¿Comprendes ? le pregunté. – Sí me respondió. Sin embargo intuí que no, puesto que me miraba fijamente a mí y estaba tensa. Su mirada vacilaba entre mi rostro y la amplia abertura de mi top.

– ¿En serio? pregunté divertida por lo mucho que mis pechos la turbaban-. Pues entonces haz de nuevo la serie como te he dicho.

Iria titubeó, colocandose más cerca incluso que el día anterior en el vestuario. Rápidamente inicié de nuevo las flexiones sin protestar y Alba se incorporó. Por un momento me sentí aliviada, pues el objeto de tentación se había alejado de mis ojos, pero entonces me fijé en sus piernas. Al menos, no sería tan descarado como la mirada a sus pechos. Había tenido miedo de que se enojara conmigo, pero afortunadamente pareció que le había hecho gracia, o cuando menos, no se lo había tomado a mal. Entonces me preguntó si quería tomar una sauna una vez acabáramos de hacer los ejercicios. Me estremecí al pensar que ambas estaríamos desnudas juntas. Había pensado que yo podía hacer antes que ella mis ejercicios para no coincidir en el vestuario juntas cuando nos ducháramos y vistiéramos, pero aquello alteraba mis previsiones.

Le dije que no, que no quería asarme en la sauna, que no me gustaba el calor y en el sauna debía de hacer mucho. Pero ella me dijo que nadie se había muerto en ella, y que además era muy bueno para la piel. Me negué, pero ella insistió animándome y finalmente me sorprendí diciendo que sí. Cuando terminamos en el gimnasio, fuimos a los vestuarios y allí nos desnudamos para entrar en la sauna. Yo intentaba no mirar a Alba mientras me desnudaba. Ella se anudó una toalla a su cintura y dijo que ya estaba lista. Yo, tímidamente y sin mirar a sus pechos descubiertos, me enrollé en una toalla todo mi torso y la seguí. La sauna estaba entre los vestuarios de los hombres y las mujeres, y se accedía a ella mediante una puerta en cada vestuario. Según el día de la semana que fuera, una de las dos puertas estaba cerrada con llave, indicando quien podía usar la sauna o no.

Entramos en la sauna, y asombrada vi lo pequeña que era. Era apenas mayor que el cuarto de baño de mi habitación, de tres metros por dos, con dos hileras de bancos a lo largo de las paredes. Era una habitación oscura, iluminada únicamente por dos pequeñas bombillas que proyectaban por igual una luz dorada y sombras. Cuando entré, sentí como el calor golpeaba mi rostro de lleno, pero Alba me animó a seguir. De este modo entré y cerré la puerta detrás de mi, encerrándome a solas con Alba en aquel horno. Alba se subió al nivel superior de los bancos y me indicó que hiciera lo mismo. Me senté, pero me levanté en el acto al sentir en mi piel lo caliente que estaba la madera de los bancos. Entonces Alba me dijo que me quitara la toalla y la utilizara para sentarme. Con timidez, me desanudé la toalla y me senté sobre ella desnuda, en silencio, sin atreverme a mirar el cuerpo desnudo de Alba, que tenía a mi lado.

——— – Estás muy callada le dije a Iria-. ¿No te gusta? – Hace demasiado calor respondió ella.

– Pues no está demasiado alta dije observando la aguja de la temperatura-. Solo es falta de costumbre. Cuando lleves unos minutos descubrirás que puedes sorportarlo mucho más.

Ella no me respondió, y viró el rostro hacia el otro lado. Me di cuenta que evitaba mirarme.

– ¿Qué te pasa? le pregunté. Ella se giró mirándome a los ojos.

– Nada respondió.

– ¿Entonces por qué no me miras? le pregunté-. ¿Eres tan tímida? – No respondió ella.

– ¿Entonces por qué no me miras? ——–Estaba asustada, muy nerviosa. Alba estaba a mi lado y posaba una de sus manos en mi hombro, mirándome con curiosidad. Me sorprendí a mi misma respondiéndole que era su cuerpo. Ella creyó entender. Me miró con una mirada comprensiva y me preguntó si me asustaba.

——— – ¿Te asusta sonrisa. Iria me veía como un modelo a seguir. Me sentí aliviada al creer que solo era eso, pero tenía que explicarle que no podía hacerse expectativas irreales sobre ella y el desarrollo de su cuerpo mediante el ejercicio físico, pues si no podía tener graves problemas de salud-. ¿Quieres ser como yo? ¿Con estas tetas tan grandes que mienten a grito pelado Silic

ona ?

Alba no me había comprendido. Mi cabeza me decía que debía responder que sí, hacerle creer que deseaba ser tan fuerte y musculosa como ella, pero en aquel momento sentía que me faltaban las fuerzas para mantener el engaño y la voluntad para mentir. Nunca en mi vida había estado tan asustada, pero sentía que tenía que continuar adelante. No, no es eso, le dije.

——— – ¿Entonces qué es? pregunté inquieta. Aunque intentaba ocultarlo, su miedo era evidente, y me dolía. Me dolía pensar que una chica como ella, tan simpática y bella, con su aspecto tan dulce y delicado me tuviera miedo. En mi memoria empiezan a bailar dolorosos recuerdos de las veces que sin querer había hecho daño a quienes quería por culpa de mi fuerza.

———Alba me preguntó nuevamente que era. Yo levanté la cabeza y le miré directamente a los ojos. Tenía que mirarle a la cara cuando se lo dijera.

Y se lo dije. Le dije que me gustaba.

——— – Me gustas dijo Iria.

Cuando la escuché me quedé sin palabras. Había esperado cualquier cosa menos eso: yo le gustaba. Ni en el más loco de mis pensamientos había imaginado esa respuesta, que esa era la causa de su timidez. Estaba tan sorprendida que no supe que responder, y de repente me di cuenta que Iria estaba sobre mi.

———Una vez lo confesé, sentí que ya no tenía ningún sentido negar lo que sentía. Había comprendido que deseaba a Alba tan repentinamente que no tuve tiempo a pensar en mi misma, sino en ella. Si me rechazaría o no. Pero llegadas a esa altura, no me importaba. Quería al menos por una vez, sentir su abrazo, su piel sobre mi piel antes de que todo terminara. De modo que sin decir palabra me abracé a ella, sentándome en una de sus piernas e incliné mi cabeza sobre sus pechos para sentir su calor y firmeza. Inmediatamente sentí el impulso de besar su piel, y no me lo negué, comenzando a besarlo como una posesa mientras acariciaba su piel humedecida, y sentía el volumen de sus grandes pechos sobre los míos diminutos.

———Cuando Iria estaba sobre mi, intenté reaccionar, pero estaba demasiado confundida por la revelación e Iria ya me abrazaba con todo su ser. Sentí el impulso de separarnos, pero el miedo a hacerle daño me detuvo, mientras intentaba encontrar otra forma de detenerla.

– Iria, escúchame… intenté decirle-. Por favor, para un momento.

Sin embargo, no me hacía caso. Seguía besando mi piel y acariciándome. Muy a mi pesar, sentí que me empezaba a humedecer, y no a causa del calor de la sauna. Intentando controlarme, levanté la mirada al techo de la sauna, confusa e impotente al no poder razonar con Iria.

Cuando la bajé, me encontré con la mirada anhelante de Iria clavada en mi.

———Besaba y acariciaba la piel de Alba, esperando que en cualquier momento me empujaría para alejarse de mi, pero nada sucedió. Levanté la mirada, y nuestras miradas se cruzaron.

———Intenté hablar, pero descubrí que no tenía palabras, no sabía que decir. No sabía como, pero todos mis sentidos estaban en los hermosos ojos de azules de Iria, que me observaban suplicantes, con una intensidad de sentimientos que me abrumaban. No se que sucedió entonces en mi, pero de repente dulces, tan distintas de las que había experimentado hasta entonces con mis amantes, pero acompañadas de un placer tan exquisito e íntimo que enternecían mi corazón. En los primeros segundos me dejé hacer por completo en mi boca, y poco a poco, aún bajo la batuta de la lengua y labios de Iria, empecé a responder mientras mis manos comenzaba a acariciar con sumo cuidado y cariño el delicado cuerpo de Iria, que se volvía cada vez más salvaje y ardiente, contagiándome su pasión.

———Cuando sentí las manos de Alba recorrer con suavidad mi cuerpo, la llama de mi pasión ardió con renovado vigor, elevando mi lujuria a niveles nunca alcanzados por mi hasta entonces. Me hundí con más fuerza en el fuerte cuerpo de Alba, deseando sentir más su fuerza gentil, el calor de su carne, el abrazo sensual de sus suaves y enormes pechos, que aprisionaban los míos en la más dulce de las prisiones, en la que mis endurecidos pezones se hundían voluntariamente. Mis labios se movían ahora con frenesí, devorando aquellos labios que me habían parecido inalcanzables desde mi reducido tamaño. Sus manos y caricias eran cada vez

más fuertes, pero a la vez que a veces eran demasiado para mi débil cuerpo, eran un bálsamo que me hacían ignorar el daño que Alba me hacía sin querer. Ambas estábamos por igual entregada la una a la otra. Con decisión, tomé con mis manos sus pechos y miré su rostro.

———A pesar del cuidado que tenía en no hacer daño a Iria, sentía que de vez en cuando mis caricias eran demasiado rudas. Sin embargo, no podía parar y continuaba acariciándola. Iria entonces se detuvo y sujetó mis pechos, mirándolos embelesada. Entonces compartimos una breve mirada y yo me relajé, echando hacia atrás mi cabeza. Entonces ella hundió su cara en mis pechos y comenzó a acariciarlos con ambas manos y besarlos, chuparlos, lamerlos… Mis pechos siempre habían recibido una atención especial por parte de mis amantes, que se perdían en su inmensidad, pero ello no me había preparado para lo que vendría a continuación.

———Tenía en mis manos los pechos de Alba, enteramente para mi. Me parecía tan extraordinario tener a mi alcance aquellos objetos de deseo que habían perturbado mi razón, que por un brevisimo, pero intenso segundo los admiré antes de hundir mi cara en ellos y comenzar a besarlos, chuparlos, acariciarlos… Yo, que nunca antes había tenido relaciones tan intimas con ningún hombre, y menos con una mujer. Mi entrega era absoluta y exploraba con mi boca y lengua cada cm. de su piel, arrancando gemidos de placer a Alba.

Entonces lo vi, ante mis ojos, a escasos milímetros. Uno de sus pezones, con su encarnada aureola, tieso y desafiante. Lo contemplé hipnotizada hasta que tímidamente llevé mi boca a él y lo besé tiernamente. Lo lamí con suavidad, con amor, y casi imperceptiblemente lo chupé. Sentí como cada movimiento mío convulsionaba el poderoso y hermoso cuerpo de Alba, aquella formidable walkiria que me había hechizado sin saber.

——— – No pares, por favor. No pares, ¡por favor! rogaba yo presa de un placer cada vez mayor. Nunca nadie me había hecho el amor en mis pechos como lo estaba haciendo Iria. Se entregaba en totalidad a la tarea, y el placer que me proporcionaba era la prueba de ella. Su boca en mi pezón me transportaba irresistiblemente al séptimo cielo.

– ¡Aaaahhh! ¡Ahhhh! ¡¡Aaaaahaaaaahhhh!!! ¡¡¡Aaaaaaaahhhhh!!!!Entre el placer, no me lo podía creer: ¡había tenido un orgasmo únicamente estimulándome los pechos! Era algo que nunca había pasado. Asustada, sin siquiera pensar en separarme de Iria antes de que nos descubrieran, esperé en silencio.

Reconocí la voz : se trataba de Begoña, una monitora de aerobic del gimnasio. Solo entonces comprendí alarmada el tiempo que llevábamos en la sauna, bastante más del que tenía previsto en principio, casi media hora. Preocupada, recordé además que era la primera vez que Iria estaba en la sauna.

Esperamos en silencio que en cualquier momento Begoña asomara a través de la ventana de la sauna, pero nada sucedió. Lentamente en silencio, Iria y yo nos movimos, separando nuestros cuerpos. Entonces oímos el sonido de la puerta del vestuario de chicas abriéndose y cerrándose, mientras Begoña preguntaba a Ramón, el encargado ese día de abrir, quien estaba en el gimnasio.

– Vámonos le dije a Iria-. No es bueno que abuses de la sauna el primer día.

———Cuando escuché aquella voz, mi corazón se detuvo. Sin atrever a emitir el mínimo sonido, miré hacia la puerta de la sauna, esperando que en cualquier momento entrara aquella desconocida descubriéndonos juntas mientras nos amábamos. Sin embargo, nada pasó. Poco a poco, nos separamos mientras se apoderaba de mi el miedo a ser descubierta, al juicio y castigo de los demás por lo que sentía. Entonces, tan repentinamente como antes, se escuchó la voz, más apagada mientras se abría y cerraba una puerta, hablando con el encargado del gimnasio. Entonces Alba me cogió de la mano y me dijo que debíamos de salir.

Salimos de la sauna. El vestuario estaba vacío, y únicamente una nueva cazadora testimoniaba que había entrado otra persona. Alba me dijo que ahora debíamos ducharnos después de estar tanto tiempo en la sauna, y por separado, nos duchamos, sin decir ni una palabra. Yo ni siquiera me atrevía a mirarla, por temor a que inesperadamente alguién entrara en el gimnasio y descubriera mis miradas, adivinando su significado. Finalmente nos vestimos y salimos juntas del gimnasio.

———Cuando salimos, ya no había nadie en el vestuario. Tras ducharnos en agua fría (al menos yo), nos vestimos y salimos juntas del gimnasio, en un nervioso silencio hasta que finalmente Iria lo rompió.

– Que sed tengo se quejó-. Voy a tomar algo ahí dijo señalando un bar que había cerca. Titubeando, añadió-. ¿Quieres algo? – Sí respondí. No podíamos retrasar aquello-. Yo también tengo sed.

Entramos y nos sentamos en una mesa, apartada de la barra y sin curiosos alrededor. Hicimos el pedido, y cuando el camarero nos lo trajo y se alejó, hablamos por fín.

– Bueno, lo de la sauna no era lo que tenía pensado dije para intentar romper el hielo, pues la verdad sea dicha, no sabía que decir.

– Tampoco yo admitió Iria-. Yo… me dejé llevar. Nunca… nunca antes actué tan… impulsivamente.

– Iria, yo… no sabía como decir aquello sin temor a ofenderla-. Yo nunca antes he tenido relaciones con… mujeres bajé la voz para asegurarme que el camarero no me oía, aunque este estaba pendiente de la televisión-. Siempre he hecho el amor con hombres.

– Tampoco yo. Quiero decir… intentó explicarse-. Tampoco lo he hecho con mujeres… ni con nadie.

– ¿Fue tu primera vez ? pregunté sorprendida. Me costaba creerlo después de como me había hecho experimentar aquel orgasmo.

– Sí admitió tímidamente.

———Frente a Alba, en aquel bar, desnudé toda mi intimidad, mis más profundos secretos que la concernían a ella. Le expliqué lo que había experimentado el día anterior cuando la vi por primera vez, como estaba presente en que dijera Alba.

———Cuando terminé de escuchar a Iria, suspiré y me sumí en mis reflexiones. Comprendí que ella estaba enamorada de mi, o al menos, se sentía muy atraida. Y también comprendí que no olvidaría lo sucedido. Es más, ni siquiera la intentaría, pues no se arrepentía de ello.

¿Me arrepentía yo de lo sucedido? En honor a la verdad, no lo sabía. Estaba muy confusa. Una parte vital de los esquemas en los que había basado mi vida habían saltado por los aires, y no sabía como debía recomponerlos. Siempre había tenido claro que me gustaban los hombres. ¿Pero ahora ? Y cualquiera que fuera la respuesta, ¿qué debía de hacer con Iria ? ¿Alejarme de ella ? ¿Instarla a que olvidara lo sucedido? ¿Seguir como antes? Finalmente hablé: – Iria. Eres una chica fantástica, pero… No se que hacer. Aún no comprendo que me pasó en la sauna. Apenas nos conocemos y… –hice un esfuerzo por acabar rápido antes de que con palabras mal escogidas estropeara todo-. Dame tiempo para pensar todo lo que ha sucedido, estoy muy confusa.

———La incertidumbre y las dudas de Alba eran como cuchillos que se clavaban en mí. Pero me dominé. Recordaba todas las dudas que había tenido yo antes, y aunque me dolían mucho, las comprendía.

Entonces recordé lo sucedido en la sauna, cuando me abalancé sobre el cuerpo de Alba al confesarle mis sentimientos. Recordé sus ojos cuando nuestras miradas se cruzaron cuando yo estaba en sus brazos. Aquel recuerdo de su mirada, de los sentimientos que expresaban me consoló y me dió seguridad.

Quiero que me prometas que seguirás viniendo al gimnasio a la misma hora, le dije. Quiero saber que un día volveré a verte, es lo único que te pido, le dije. Ella me miró directamente a los ojos, y finalmente aceptó: de acuerdo, te lo prometo.

Tímidamente sonreí. Tenía fe en que finalmente me daría la respuesta que esperaba.

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Escrito por Marqueze

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