Sabado por la mañana: De compras

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Hace unas semanas que me ocurrió algo muy, muy especial, y todo en un período bastante corto de tiempo: tan sólo 3 días!!

Hola amigos. Mi nombre es Javier. Hace unas semanas que me ocurrió algo muy, muy especial, y todo en un período bastante corto de tiempo: tan sólo 3 días!!

Yo vivo en la Sierra madrileña. Siempre he preferido la vida sana del campo a la gran ciudad, y aunque trabajo en una Multinacional de la capital, cuando salgo de mi trabajo prefiero respirar aire puro, y disfrutar de la naturaleza.

Era Sábado por la mañana. Ese día era muy esperado para mí, ya que por la noche me había invitado un vecino con el que tuve una historia hace tiempo a una fiesta en su chalet. Le conocía perfectamente, y sabía que en esa fiesta habría diversión asegurada, ya que tenía muchos amigos, y le gustaba organizar orgías masivas en su gran casa con piscina.

Como no sabía qué ponerme decidí ir a pasar el día a Madrid para comprarme ropa, y ya de paso comer en algún sitio chulo. Estuve mirando por el barrio Salamanca, que es una de mis zonas favoritas en lo que a tiendas de ropa se refiere (lo confieso, soy un poco pijo…). Sin embargo no vi nada lo suficientemente provocador para la fiesta de esa noche. Decidí entonces armarme de valor y acudir a alguna de las tiendas de ambiente que hay por Chueca. Al pasar con el coche me detuve en un escaparate que me llamó la atención. Dentro había ropa elegante, y a la vez sensual. Era justo lo que yo buscaba.

Mi sorpresa fue mayor cuando al entrar me encuentro con un dependiente que estaba realmente buenísimo. Era un chaval de unos 27 años, alto, moreno, ojos verdes, delgadito pero con cuerpo de deportista, y una carita que no tenía nada que envidiar a los galanes de Hollywood.

No había nadie en la tienda más que él y yo. Me sonrió, y se me acercó para preguntarme en qué podía ayudarme. Era extranjero. Yo diría que nórdico. Me puse muy nervioso, porque un ejemplar así no se lo encuentra uno todos los días, y no podía salir de esa tienda sólo con ropa en las manos. Era de ese tipo de personas con las que uno cree que estando a su lado jamás va a tener malos rollos, porque tenía una sonrisa permanente que invitaban a proponerle pasar el resto de la vida de uno al lado suyo.

Le comenté que esa noche tenía una fiesta en una casa de un amigo, en la que primero habría una cena, y luego habría diversión en la piscina, y que necesitaba ropa para provocar miradas e historias, “ya sabes…” le dije, y él asintió con una sonrisa que estaba para comérselo. Me dijo que había acudido a la tienda apropiada. Me dijo que para la cena lo mejor sería ir elegante pero provocador, y me enseñó un pantalón negro de vestir y una camisa negra transparente. Después fuimos a la zona de trajes de baño para cuando llegara el “momento piscina”, y al ver todo ese material se me excité bastante, ya que había bañadores realmente diminutos, y en aquélla zona de la pared había fotos de modelos con esos trajes de baño ajustaditos que le ponían a uno a mil. Me preguntó si alguna vez me había bañado con tanga. Le dije que no, que yo suelo usar minislips de competición, pero que los tangas sólo los usaba como ropa interior. Me invitó a que me comprara uno, ya que según él la sensación que sentías al meterte en el agua con ellos es de auténtico placer y libertad. Me sacó varios modelos lisos y estampados, y yo le dije que eligiera él por mí. Le pregunté: ¿tú con cuál de todos ellos te excitarías más al vérmelo puesto? Él me dijo que yo estaría sexy con cualquiera, ya que tenía buena percha, pero que el azul noche me quedaría de vicio. Yo ante este tipo de respuestas que le suben a uno la moral (y lo que no es la moral) me rindo, y me quedé con ese modelo.

Me preguntó cuál era mi talla de pantalón y camisa. Como uno es un poco zorro, le dije que no me acordaba. Él sonrió insinuando conocer mis intenciones. Fue entonces a por la cinta métrica. Se acercó a mí poniéndome sus manos en mi cuello. El olor de su perfume era de lo más provocador. Olía a una mezcla entre especias y madera. Todavía hoy cuando huelo a al

gún compañero de trabajo que usa esa misma colonia me pongo súper excitado. Mientras me medía el cuello yo le miraba a los ojos y a los labios. Me había quedado totalmente prendado de ese chico. Él estaba muy concentrado tomándome las medidas. Siguió con la espalda. Cuando llegó a la zona de la cintura no titubeó para ponerme sus manos en mi bragueta, al igual que cuando me empezó a medir el largo de la pierna. Cuando estaba de rodillas delante de bragueta se dio cuenta perfectamente de que mi polla ya no podía disimular lo que estaba pasando por mi cabeza, y que por lo tanto se estaba empezando a poner dura, y en ese momento en que él estaba agachado me miró a los ojos y a los labios de la misma forma en que yo le había mirado anteriormente. Me dijo que al medir mi cuerpo tenía la sensación de estar midiendo una estatua griega con una perfecta proporción en las formas. Su halago me llegó al fondo del alma, y yo le di las gracias sin decirle nada, sólo con la mirada. Son ese tipo de piropos que le hacen a uno creerse el hombre más atractivo del mundo, y te dan un subidón que órdago.

Cuando terminó de tomarme las medidas se levantó y me dijo que como no había más clientes él mismo se encargaría de desvestirme y de probarme la ropa. Fue a coger mi talla de pantalón y de camisa, y se encerró conmigo en el probador. Me desabrochó mi camisa blanca botón a botón, muy despacito, de forma muy sensual. Mientras él iba descubriendo mi cuello y mi pecho según desabrochaba los botones yo no quitaba el ojo a sus ojos y labios. Tenía unas ganas inmensas de probar esos labios tan carnosos.

Cuando terminó de desabrocharme mi camisa empezó a desabrocharme el cinturón sin quitarme la camisa. Al ver cómo mi polla pedía gritos salir del slip negro que llevaba, su boca se lanzó a la mía, y nos empezamos a besar de forma vehemente. Allí estaba yo con una indumentaria un poco ridícula: una camisa desabrochada, un slip con la polla tiesa, unos calcetines ejecutivos negros y mis pantalones por el suelo. Mientras él seguía besándome con un traje a medida perfecto. Decidí que aquélla situación había que igualarla, y empecé a desabrocharle la corbata, la camisa y el pantalón, pero yo de forma impaciente. Quería ver ese maravilloso cuerpo que tenía. Cuando logré bajarle el pantalón me encontré con otra polla tan grande y tan tiesa como la mía dentro de un slip azul marino transparente. Pero fue él quien pasó a la acción agachándose, bajándome mi slip, y dándome el gusto que mi polla estaba buscando desde que entró a la tienda.

Mi polla era todo un mástil. Parecía un bate de beisball. Me tiró el prepucio para atrás y me empezó a dar pequeñas chupaditas en el glande. Pero poco a poco empezó a meterse mi polla en su boca cada vez más. Yo daba pequeñas embestidas contra su cara, hasta que hubo un momento en que llegué a tocar su garganta. Mientras mis manos acariciaban su cabeza, tocando su pelo que era de lo más sedoso. Sus manos también estaban ocupadas, ya que mientras con una de ellas se estaba haciendo una paja, con la otra me estaba metiendo sus dedos en mi ano para alcanzar mi punto G. Mis gritos de placer eran cada vez mayores. El panorama era de lo más internacional: un sueco con un español haciendo un francés!! Yo le decía: chúpamela toda, no pares cabrón, quiero toda mi polla dentro de ti!! La situación me estaba poniendo a mil. Los lametones que estaba dando con su lengua blandita y caliente a mi polla también caliente pero dura eran una auténtica maravilla. Llegó el momento en que mi polla ya no podía más, y mi ano estaba muy escocido. Sus dedos eran como varias pollas dentro de mí. Y al cabo de un rato empecé a echar toda mi lefa sobre él. Saqué la polla y le puse toda la cara llena de leche. En ese mismo momento también él empezó a echar su leche sobre mis piernas. Me agaché al suelo con él y empecé a darle chupetones por todo el cuello y su cara para limpiársela. En ese mismo momento entró otro cliente a la tienda. Nos vestimos corriendo. Él empezó a atenderle, mientras yo llevaba mi camisa, mi pantalón y mi tanga a la caja. No llegué a probarme aquella ropa, pero tampoco me hacía ninguna falta, puesto que el sueco ya había tomado medidas ex

actas de todo mi cuerpo, y seguro que había acertado con la talla. Se acercó para cobrarme y guardarme toda mi ropa en una bolsa, y le di las gracias por todo. Él se limitó a decirme un hasta pronto con aquella sonrisa tan erótica que le caracterizaba mientras el otro cliente seguía viendo la colección por la tienda.

Al salir de la tienda saqué la cartera para guardarme el ticket, y me di cuenta de que detrás del ticket había escrito: “ya sabes donde me tienes”. Fue un comentario innecesario, ya que a partir de ese día ya tenía tienda en la que comprarme toda la ropa.

CONTINUARÁ

Autor: Vulcano

javipelayo ( arroba ) yahoo.es

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Escrito por Marqueze

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