Salvamento excitante.

Esta historia me ocurrió el verano pasado, y ciertamente supuso un cambio radical en mi vida.

Me presentaré: me llamo Eduardo, vivo en una ciudad de mediano tamaño del sur de España y soy estudiante. Tengo 19 años, y el verano pasado estuve veraneando en una playa cercana a mi ciudad. Siempre me ha gustado mucho andar por la playa, y uno de aquellos días me propuse ir andando hasta otro pueblecito que está a unos quince kilómetros por la playa. Buena parte de esa zona está salvaje, pero me apetecía ir por esas dunas de arena que, suponía, prácticamente estarían desiertas. Comencé a andar y pronto dejé atrás los últimos bañistas. Cada vez eran más escasos, y pronto los que quedaban estaban distanciados por varias decenas e incluso centenas de metros. La playa es muy ancha, y en la parte de arena seca, más adentro hacia la tierra, había unas zonas con grandes dunas y arbolado.

Pronto me di cuenta de que por allí seguía habiendo gente, pero que ésta se dedicaba al nudismo salvaje. Vi a una pareja de chico y chica, como a veinte metros, tomando el sol totalmente en pelotas, y debo reconocer que me excitó verlos. Seguí andando y pronto vi que las parejas escaseaban y eran sustituidas por hombres, casi siempre jóvenes, muy distanciados unos de otros, pero siempre desnudos. Algunos incluso no estaban al resguardo de las dunas, sino que tenían montado su pequeño campamento prácticamente a la orilla del mar.

De hecho, en un momento dado tuve que pasar como a tres metros escasos de un chico que estaba tumbado sobre una toalla tomando el sol, ataviado exclusivamente con unas gafas de sol de marca. No pude evitar fijarme en lo que tenía entre las piernas, y me quedé petrificado. Aquella verga en estado de reposo medía no menos de quince centímetros, estaba morcillona, como en una semi erección mínima, quizá producida por el agradable calor del sol; tragué saliva y, como yo mismo llevaba gafas de sol, ralenticé la marcha para poder ver mejor aquel prodigio de la naturaleza, sin que se me notara mucho. Era un instrumento bien hecho, de piel blanca y se adivinaba que suave, con un prepucio ligeramente descapullado y rosáceo, y me pareció incluso que en la puntita tenía una gota de líquido pre-seminal, como si aquel chico estuviera teniendo un sueño erótico. El nabo estaba recostado hacia uno de los lados, indolente y poderoso, permitiendo contemplar un par de grandes huevos, prácticamente sin vello, que descansaban majestuosos sobre el muslo. Tuve tiempo incluso, en aquellos breves segundos que, para mí, fueron como si viera una película a cámara lenta, para admirar el cuerpo bronceado del chico, delgado y fibroso, pero sin excesos, con músculos marcados pero sin hipertrofias, casi sin vello, salvo una suave pelusa en las piernas, con un torso sin pelo alguno y pectorales hermosamente marcados. Tenía el pelo negro bastante largo, añadiendo un toque erótico al conjunto ya indescriptiblemente hermoso del cuerpo.

Sentí como se me ponía tieso el rabo dentro del bañador; menos mal que no era del tipo ajustado, porque se me habría notado muchísimo; como era del tipo “calzonas”, creo que disimulé bien. En ese momento mi cabeza era un rebullir de ideas, y recuerdo que me revelaba contra aquella atracción que sentía dentro de mí, y que hacía que deseara abalanzarme sobre aquel cuerpo. Yo no había tenido nunca relaciones con otros hombres, ni siquiera lo había imaginado; mis relaciones habían sido con chicas, y generalmente satisfactorias. Así que, entonces, ¿por qué me encontraba tan excitado contemplando un hermoso ejemplar de macho? No lo sabía, pero estaba muy confuso. Aunque mi caminar, al paso cerca del bellísimo chico, se había ralentizado hasta casi suponer un paso de tortuga, lo cierto es que llegó el momento en que tuve que pasar de su lado, y, poco a poco, y mal que me pesara, tuve que seguir la marcha. Iba acongojado por lo que acababa de ver pero, sobre todo, por lo que acababa de sentir y, de alguna forma, descubrir, que podía excitarme viendo el cuerpo desnudo y hermoso de un efebo. Seguí caminando despacio, y de vez en cuando giraba la cabeza como al desgaire, como por casualidad, y allí seguía aquel príncipe de piel tersa y atributos de rey. Pero una de las veces que me volví, a los tres o cuatro minutos de pasar por su lado, observé que el chico se había levantado de su lugar de reposo y se dirigía al mar. Estaba claro que tenía calor de tanto tomar el sol y se iba a refrescar. Entró en el agua con fuerza, saltando sobre las olas, y el bamboleo de su aparato al hacerlo, a pesar de la distancia que nos separaba (unos cincuenta metros, calculaba yo) me hizo tragar saliva y casi desmayarme de la excitación; dentro de mi bañador sentí que mi polla, que se había calmado un poco, saltaba como un resorte y se ponía a tope. El chico saltaba sobre las olas y aquel nabo y aquellas bolas danzaban como si tuvieran vida propia, una danza sensual e involuntariamente morbosa que me resultaba extremadamente excitante. No podía apartar la vista de aquellas alegres cabriolas. Finalmente, el chico se lanzó de cabeza al agua y, en aquel momento prodigioso, vi como el miembro se bamboleaba, apenas un segundo, prometiendo oscuros placeres… En aquel momento deseé, inconscientemente, tener aquel prodigio de la naturaleza dentro de mi boca, henchido y pleno; nunca había sentido un deseo así, pero me di cuenta de que era algo que me superaba, que excedía de lleno mis velados prejuicios homófobos, que me hacían anhelar placeres ocultos que nunca imaginé me podían atraer.

El chico se zambulló en el agua, nadó con fuerza y se adentró bastante adentro en el mar. Yo seguía mirando y admirando, protegido por la distancia y por la ausencia de nadie en los alrededores. De pronto, observé que el joven empezaba a realizar gestos con los brazos de forma desacompasada, como si le pasara algo. Un punto de inquietud me recorrió la espalda. El chico movía los brazos con desesperación, y vi que, en efecto, se hundía por momentos. Llegué a escuchar, traída con el viento, una súplica de socorro, y entonces ya no me lo pensé más. Con nerviosismo y miedo en el cuerpo, pero también con decisión, me introduje a grandes zancadas en el agua y comencé a nadar vigorosamente hacia el chico. Estaba bastante alejado de mí, así que me costó trabajo y cierto tiempo llegar hasta él. El año pasado había dado unos cursos de socorrismo muy buenos, y la verdad es que sabía cómo enfrentarme a un caso de ahogamiento.

Cuando llegué a su altura, el chico se había hundido ya varias veces, y su rostro estaba descompuesto por el agua tragada; tenía la mirada vidriosa y, como me esperaba cuando llegué a su lado, me echó los brazos encima de forma compulsiva y violenta, por el miedo al ahogamiento que estaba sufriendo, así que tuve que usar el expeditivo medio que en estos casos se aconseja, para evitar que no sólo se hundiera él, sino que además me ahogara a mí. Como se hace en estos casos, le propiné un fuerte puñetazo en el mentón, y el chico quedó groggy y a mi merced, para que pudiera rescatarlo sin que él mismo lo entorpeciera. Así las cosas, me lo coloqué boca arriba sobre mi torso, agarrándolo con un brazo por debajo de uno de los suyos y nadando con el otro y con las piernas. Aunque es una forma de natación donde no se avanza mucho, sí es segura y permite, si el mar no está muy picado, un salvamento fiable. El caso es que un par de minutos después llegaba a la orilla. Allí lo cargué sobre mis brazos y lo saqué hasta la arena. Lo deposité en ella y, durante un momento, no pude evitar extasiarme ante aquel cuerpo desnudo y bellísimo, ante las curvas serena de su torso, la suavidad del bajo vientre, la pilosidad aterciopelada de su pubis, la aerodinámica hermosura de su verga, ahora contraída a su estado natural, aún así una herramienta en la que se adivinaba una gran capacidad para dar placer.

Pronto me di cuenta de que tenía que completar la tarea. Me coloqué sobre el chico, que seguía inconsciente por el golpe, y me dediqué a hacerle el boca a boca; debo reconocer que, aunque la tarea fue eminentemente altruista, pues de lo que se trataba era de que recuperara el ritmo respiratorio, el poner mis labios sobre los suyos me produjo una fuerte erección que intenté aplacar: estaba a lo que estaba, reanimar a aquel chico, no a otra cosa. Por fin el chico tosió y vomitó dos o tres grandes chorros de agua, que había ingerido en aquella fatídica sesión de baño, probablemente por un corte de digestión. Pero siguió inconsciente, y es que el puñetazo que le pegué fue bastante fuerte. Bien, ya estaba a salvo, y ahora sí qu

e no tenía impedimento ético en poder disfrutar de aquel cuerpo de Adonis. Tenía todavía las manos sobre su torso, para ayudar en el bombeo de la respiración, y las dejé allí; acaricié el cabello, ahora sensualmente húmedo, y con la otra mano no pude resistir la tentación de bajar por su cuerpo rozando apenas la piel, suave y limpia, extraordinariamente erótica, un lienzo de seda humana. Me detuve, dubitativo, ante los bellos vellos púbicos, sopesando si era moral que tocara allí a un chico desprevenido, pensando hasta qué punto no era aquello un abuso sexual. Mientras miraba con la boca abierta aquel aparato indefenso y sensual que se ofrecía como un bocado, inerte pero tan expresivamente placentero, no me percaté de que el chico había despertado. Por eso, cuando su mano tomó la mía y la llevó hasta su nabo, me sobresalté; lo miré y vi en el una sonrisa agradecida y, al tiempo, un punto maliciosa.

–Gracias –acertó a articular. –¿Por qué no me terminas de curar…? Y me hizo una seña hacia su verga, que, por momentos, crecía entre mis dedos. Sentir aquella masa de carne cómo crecía en mi mano fue una de las experiencias más desasosegantes del día, y éste lo fue en grandísima medida. Aún dudé un momento, corroído por mi inhibición y mis prejuicios (¡yo no era un maricón, sino un tío macho…!) e incluso un punto de pudor (¿no estaría agradeciéndome el favor de aquella forma?), pero una mirada a aquel chico y a su sonrisa absolutamente desarmante me liberó de todo prejuicio, de toda vergüenza. Volví a mirar el nabo prodigioso, que se estiraba y estiraba entre mis manos, y ya no pude aguantar más. Me incliné, como si fuera a hacerle de nuevo el boca a boca, aunque ahora fuera el boca a polla, miré muy de cerca aquel glande hermoso y desplegado, aquellos 22 ó 23 centímetros de carne fresca y vibrante, cerré los ojos, abrí la boca y me introduje la punta entre los labios. Aquel primer contacto fue como si se descorriera una cortina en mi vida: no quería, a partir de entonces, otra cosa que no fuera sentir en mi cuerpo algo tan indescriptiblemente sabroso, sensual, placentero, orgásmico, como era una verga como aquella. Sabía a macho, a sal del mar, pero sobre todo había un sabor que identifiqué con el líquido preseminal que el ojete del prepucio estaba largando sin parar. Comencé a chupar con glotonería, abandonándome en cada uno de aquellos mamazos, sintiendo como, entre mis piernas, mi propio nabo estaba totalmente a tope. Menos mal que el chico, que debió darse cuenta, había metido su mano por dentro de mi bañador y me lo estaba masajeando.

Me metí el nabo hasta la mitad, y me di cuenta entonces de que no me cabía más. Pero no podía ser, yo necesitaba saber si era capaz de dar alojo dentro de mi cavidad bucal, o gutural, aquel prodigio, quería comérmelo entero. No sabía cómo hacerlo, pero está claro que, cuando se quiere algo, se hace. Ahuequé la garganta, como supuse se debía hacer (también ayudó las muchas películas porno que había visto, en las que chicas se tragaban hasta el fondo grandes rabos masculinos), y, tras un par de intentos, conseguí que la punta del glande traspasara la campanilla. A partir de ahí todo fue más fácil; sentí aquel vergajo ocupar no sólo toda mi boca, sino también mi garganta, y me dediqué a un metisaca riquísimo que, aunque con algún problema de vez en cuando al sacar el aparato y volverlo a meter, me parecía estar en el paraíso.

El chico empezó a gemir muy fuerte, y por un momento pensé que le estaba haciendo daño. Saqué el nabo de mi boca y me quedé mirándolo muy cerca, para ver si le había hecho sangre con los dientes o algo así. En eso estaba cuando del ojete salió, como un géiser, un tremendo trallazo de semen, que fue a alojarse dentro de mi boca, que tenía abierta y expectante por ver qué le pasaba. Así que lo que le ocurría era que se estaba corriendo; la leche en mi boca sabía bien, incluso muy bien, y, casi maquinalmente, me introduje el glande entre los labios, donde el chico siguió corriéndose una, dos, tres, cuatro, hasta cinco veces más, una gran cantidad de leche que yo fui degustando como el manjar exquisito que era, porque a cada churretazo me gustaba más. Cuando ya me di cuenta de que no había más, caí exhausto a un lado, tanto por el esfuerzo que había hecho para rescatar al efebo como por la sensual sesión erótica que había tenido con él. El chico, entonces, actuó: se levantó y me bajó el bañador; tenía el nabo a tope, y el joven se lo metió en la boca, chupándolo con delectación, con gusto, con auténtica glotonería. No tardé en correrme en su boca, y la sensación de aquella lengua chupándome el ojete mientras mi leche salía no se me olvidará nunca. Cuando terminó de mamármela, el chico se incorporó y me miró con ojos enamorados.

–Oye, no he tenido tiempo de darte las gracias, has sido muy valiente, no sé lo que me ha pasado, pero ha sido una auténtica suerte que estuvieras por aquí.

–Sí, ya ves –acerté a decir–, por aquí andaba… –la verdad es que no sabía muy bien qué decir. En los últimos quince minutos había descubierto que era maricón y había salvado de morir ahogado a un chico, y ambas cuestiones me abrumaban.

–Bueno, yo tengo una casita alquilada en el pueblo, y me gustaría que me acompañaras para agradecerte allí –y su mirada hacia mi culo no fue nada inocente…—lo que has hecho por mí…

Yo tragué saliva. Imaginaba qué otros placeres ocultos me esperaban, y ciertamente se me había pasado la calentura tras la mamada que me había proporcionado aquel chico, pero la invitación era demasiado tentadora.

Nos pasamos todo el mes juntos, y gozamos como jamás pensé que podría hacerlo con un hombre. Supe lo que era que te dieran por el culo, y dar yo, y supe lo que era chupar el ojete del culo de otro chico, y que te lo chuparan. Pero sobre todo supe lo que era tragar litros de leche; no me cansaba de comerme aquel nabo prodigioso. Desde entonces procuramos vernos cuando podemos, porque vivimos en ciudades distintas.

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Escrito por Marqueze

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