SIN LÍMITES (IX) LUCÍA

Filial, lésbico, orgía. Carmen les pone a él y a su esposa al corriente de todo.

Antes de que mi querida esposa Yolanda continúe con su relato debo aclarar algunas cosas. Su prima Clarita era actualmente una bella mujer, al igual que sus tías, que aún se mantenían en excelente forma. Pero nunca me había imaginado que fuesen tan salidas. Es que soy, por naturaleza, bastante despistado, y nunca me llamaron la atención las excesivas muestras de cariño entre ellas. Lo achacaba a que habían crecido muy juntas y a una bella hermosa tradición familiar. Ahora comprendía lo que entre ellas sucedía, ahora sabía el por qué muchas veces, cuando Clarita se quedaba en casa, mi esposa y ella se bañaban juntas. Siempre me decían que lo hacían para recordar cuando eran niñas. ¡Carajo, lo que hacían era follar estando yo en casa, y yo, de imbécil, ni siquiera lo imaginaba!

Este despiste mío también se extendía a otras esferas de las relaciones personales y sociales. Por ejemplo, sabía que Carmen, mi asistente, tenía dos hermanas, pero ni siquiera conocía sus nombres. Más adelante se darán cuánta de la importancia de esto.

Y ahora Yolanda tomará nuevamente el hilo de la narración. Espero sigan disfrutando tanto como yo, que mientras ella me contaba había vuelto a ponerme al palo, y Paola, que había vuelto a unirse a nosotros y no perdía ni una oportunidad, me la chupaba lentamente, sin dejar de atender la todo lo que decía mi esposa.

Después de esta aclaración de Ernesto, ya estoy nuevamente con ustedes. Pero antes debo decirles que cuando iba a continuar sentimos el timbre de la puerta. Paola se vistió y bajó a ver quién era. A los pocos minutos entro a la habitación.

Es la señorita Carmen, señor – dijo con picardía en los ojos.

Dile que suba – se apuró a indicarle mi esposa

¿Estás loca? – me asombré – ¿Quieres que suba y nos encuentre así?

Yolanda me miró y soltó una carcajada, después me dijo:

¿Crees que no sé que ayer te la follaste en la oficina mientras hablabas conmigo?. Pues sabrás que Carmen no tiene secretos para mí. En cuanto saliste, ella me llamó y me lo contó todo, y ahora que está aquí, ¿por qué no invitarla a unírsenos y a que ella también te cuente algunas cositas? Te aseguro que te gustará.

Bueno, si es así y ya lo sabes todo, pues que suba, pero con una condición – y dirigiéndome a Paola le dije – Dile que suba pero sin ropas, nosotros estamos desnudos, así que ella también debe estar así – y agregué – Ah…, y sube con ella, por supuesto, también sin ropa, me gusta que me chupes la verga mientras escucho.

Paola salió de la habitación ya completamente desnuda. Estaba claro que ya conocía a Carmen lo suficiente como para no sentir ningún pudor. Hasta donde la conocía, lo sabría dentro de poco.

Carmen entró con sus espléndidas carnes al descubierto, seguida de Paola que acariciaba sus nalgas.

Buenas tardes, señor – me dijo sonriente – Veo que ha aprovechado muy bien el día de descanso que se tomó.

Sí, es cierto – le respondí mientras la invitaba a sentarse a mi lado – Y espero que el resto del día sea tan agradable como la mañana.

Carmen se acercó a nosotros, con Paola pegada a su culo, me besó en la boca y cuando pensé que se sentaría a mi lado, se inclinó sobre mi esposa y tomando su cara entre sus manos, la besó largamente, con uno de esos ardientes besos que levantan a un muerto. Cuando terminaron de besarse Yolanda le dijo:

Siéntate junto a Ernesto – y llevando una mano a su entrepierna le acarició toda la raja, llevándose después el dedo a la boca y saboreándolo con lujuria – El quiere que le cuente sobre Lucía, pero yo creo que eres tú la más indicada.

¿Así que alcanzaste ayer a ver a tu esposa haciéndolo con mi hermana Lucía? – aquello me dejó sin habla, Lucía era la hermanita de Carmen, pero ella adivinó mis pensamientos – No, Luc

ía no es de la que hablé ayer. Yo soy la mayor, después viene Lucía, y le sigue Pam,- y volviéndose hacia Carmen le dijo – Sí, estoy de acuerdo contigo, es mejor que sea yo quien lo ponga al corriente – y se preparó para comenzar a relatar mientras Paola volvía a acomodarse entre mis piernas, metiéndose mi verga en la boca.

Carmen, sentada entre Yolanda y yo, recostó su espalda sobre el pecho de mi esposa abriendo las piernas para que yo disfrutase de su preciosa concha. Yolanda, inmediatamente, comenzó a acariciar con ternura uno de sus pezones, mientras Carmen empezaba su relato:

Como ya te dije, tengo 2 hermanas menores que yo. Pero antes de hablarte de una de ellas, Lucía, es mejor que te cuente cómo llegó a conocer a Yolanda. Desde que comencé a trabajar contigo (y creo que te puedo tutear, al menos en privado, después de la culeada de ayer) me he sentido muy a gusto. Eres un buen profesional y un excelente jefe, además de tener una magnífica verga que al fin he conocido. Como te decía, me he sentido tan a gusto, que no he vacilado en acompañarte para terminar algún trabajo aquí, en tu casa. La primera vez que vine me quedé sorprendida con lo bien que mantiene su cuerpo Yolanda, teniendo en cuenta que usted me había comentado sobre el tiempo que llevan casados. A duras penas lograba separar mis ojos de ella. Cuando comíamos nos sentamos una frente a la otra y de vez en cuando ella me miraba de una forma que me dejaba confundida. Pero eran sólo breves instantes, lo que, lejos de desviar mis pensamientos de ella, provocaban una mayor curiosidad y un mayor interés en todo lo que decía y hacía.

Esa vez terminamos cerca de las 10 de la noche y, a pesar de que tú insististe en que me quedase, yo me negué alegando no sé cuál excusa. Cuando nos despedíamos Yolanda me dio en la mejilla un beso que creí más prolongado que lo normal, sin contar que mientras lo hacía me pasaba la mano por el brazo, suavemente. Me separé y le miré a los ojos, pero ya ella te abrazaba y te decía que debías invitarme más a casa, que así la cena era más agradable.

Pensé entonces que todo se reducía a que simplemente le había caído bien y que tal vez había disipado posibles dudas sobre nuestras relaciones, que hasta ayer fueron real y solamente profesionales. Así que me marché sin dudas respecto a su comportamiento hacía mí.

Sé que te preguntarás por qué la presencia de Yolanda me inquietaba. Te diré que cuando estudiaba en la Universidad realicé algún que otro juego lésbico con algunas amigas íntimas, nada más allá de besos y toqueteos, con excepción de Magalys, una amiga con la que una vez me calenté tanto que le hice la paja mientras ella me chupaba las tetas. Lo que pasó fue que ambas compartíamos la habitación y teníamos mucha confianza una en la otra. Una vez llegamos de una fiesta ella, mi novio Armand y yo, todos un poco pasados de copas. Magui, como yo le decía, se acostó y se durmió enseguida, pero Armand y yo comenzamos a magrearnos y terminamos follando en mi cama, casi al lado de la durmiente Magui. Cuando Armand se marchó Magui me preguntó si había disfrutado. Me sorprendí porque pensaba que ella dormía y así se lo dije, pidiéndole disculpas. Ella se echó a reír diciéndome que para algo éramos amigas y que además, cuando una pucha pide verga hay que complacerla, al menos así ella pensaba. Yo también reí con su ocurrencia y la invité a sentarse en mi cama para contarle la parte que se había perdida, ya que se despertó con mis gritos cuando me corría.

Se levantó de su cama y se desvistió, quedando sólo en bragas y se sentó a mi lado. Yo, por mi parte, estaba desnuda y con la leche de Armand escurriéndose de mi pucha. Le conté todo lo que hicimos, desde el principio. Le referí con lujo de detalles cómo le había mamado la verga y cómo me había llenado la boca de semen, la forma en que me la metió en la vagina y la tremenda corrida que tuve. Mientras le contaba no me di cuenta que Magui se estaba acariciando su pucha por encima de las bragas, para ese entonces completamente empapada con sus jugos, hasta q

ue me dijo que yo era muy mala, que ahora yo estaba satisfecha pero que ella estaba que ardía. Para demostrármelo llevó sus dedos a mi cara, para sintiese lo húmedos que estaban. Tomé su mano entre las mías y chupé sus dedos, sintiendo el sabor de sus jugos. Aquello me excitó y sin pensar le propuse que, si ella quería, yo podía ayudarla a correrse. No era la primera vez que hablábamos de eso, pero nunca lo habíamos llevado a cabo. Esa noche estábamos decidas, calientes y locas de deseo. No me respondió, pero se quitó las bragas y me besó en la boca, después abrió sus piernas y me dijo que la hiciera gozar. La recosté en la cama y comencé a acariciar, primero sus hinchados labios vaginales y después su abultado clítoris. Magui se retorcía de placer y para completar su goce acerqué a su boca uno de mis senos, al que enseguida se prendió chupando como si en ello le fuera la vida. Según ella, aquella fue la mejor paja que le habían hecho en toda su vida. Cuando terminó de correrse entre ambas lamimos mis dedos, totalmente mojados con sus sabrosos fluidos, pero no fuimos más allá. En realidad, las dos no teníamos ninguna experiencia y decidimos dejarlo para más adelante.

Ahora comprendes que aquella vez me quedé con las ganas de saber que se sentía con una mujer, pero llevando las cosas hasta el final. Cuando conocí a Yolanda me di cuenta que si existía una mujer con la que deseaba hacer el amor, esa era ella. Pero los resultados de esa noche habían sido desastrosos para mí. Nada, que pensé que todo eran alucinaciones mías, que debía olvidar mis deseos.

Quince días después, cuando estuvimos en aquella recepción con los empresarios alemanes, tú bebiste más de la cuenta y, como tú me habías llevado en tu auto, yo te traje hasta aquí, porque no podías conducir en el estado en que te encontrabas. Nuevamente Yolanda me recibió con evidentes muestras de alegría, sólo que esta vez yo estuve más apática, pensando en la decepción de la vez anterior. Recuerda que enseguida te despediste de mí y subiste a tu habitación, no sin antes decirme que era muy tarde para llamar un taxi, que mejor me quedaba a dormir en la habitación de huéspedes, que al día siguiente era Domingo y podíamos pasarlo juntos. En fin, que subiste a dormir la borrachera y nosotras nos quedamos solas. Yolanda me invitó a sentarnos en la habitación que usan para descansar y ver tv. Me acomodé en el diván y ella me dijo que no tuviese pena, que me quitase los zapatos, insistiendo de paso en la idea de que me quedase a dormir. No sin cierta resistencia accedí. Entonces Yolanda me propuso tomarnos un trago juntas y conversar un poco. Sin esperar mi respuesta, trajo unos vasos y una botella de vino, sirvió los tragos y se sentó en el otro extremo del diván, con las piernas recogidas. Vestía un kimono rojo, de tela muy fina, que acentuaba su belleza, por el contraste que hacía con su piel. Cuando se sentó pude darme cuenta que no usaba ropa interior, y aquello me excitó mucho. Enseguida sacudí con disimulo la cabeza, tratando de apartar esos pensamientos de mi mente, aunque ya estaba segura de que esa noche tendría que masturbarme para tranquilizar a mi pucha, que ya palpitaba de deseos.

Conversamos unos minutos de cosas banales, de mi trabajo, de la recepción, en fin, tonterías. De pronto, Yolanda me dijo que esperase un minuto, que enseguida volvía. Se levantó y subió las escaleras. Pensé que iba a ver si dormías bien y cuando vi que ya había subido me acaricié la raja, chupando mis dedos después. Estaba completamente mojada, con la tanga metida entre los labios vaginales y el clítoris hinchado y palpitante.

Cual sería mi sorpresa cuando Yolanda regresó con una bata parecida a la que vestía y me dijo que me cambiase para que estuviese más cómoda. Me la entregó y se sentó a mi lado, pero esta vez abrió las piernas más de lo normal. Lo que vi me convenció que debajo de la bata estaba desnuda. Mi pulso se aceleró y mi respiración se hizo más agitada. Ya no sabía como podría contenerme para no lanzarme hacia ella, abrir sus piernas y hundir mi lengua en su raj

a. Había pensado en preguntarle donde cambiarme, pero Yolanda se me adelantó diciéndome:

No hace falta que subas a cambiarte, puedes hacerlo aquí mismo – y acomodándose mejor continuó – De todas formas somos mujeres y Ernesto duerme como un bendito, ni una bomba nuclear podría despertarlo ahora.

Aquello era demasiado para mí, pero le tomé la palabra. Si quería verme desnuda, pues me iba a ver. Yo tenía puesto un vestido blanco, largo, y un juego de rompa interior también blanco, que hacía juego con el vestido. Me levanté y lentamente empecé a quitarme el vestido, mirándola fijamente. Los ojos de Yolanda no se apartaban de los míos y con su lengua remojaba sus labios. Ese gesto me inspiró confianza y decidí lanzarme más a fondo. Cuando me hube quitado el vestido lo tiré sobre una de las butacas, dándome vuelta al hacerlo, para que no se diera cuenta muy pronto de la forma en que tenía las bragas, además de hacerlo para que admirase mis redondas y paradas nalgas. Después de tirar el vestido le pedí ayuda para quitarme el brassiere. Yolanda se levantó, se acercó a mí mientras yo la miraba por encima del hombro. Con mucha delicadeza me desabotonó el brassiere, rozando la piel de mi espalda más de lo necesario, excesivamente pegada a mis nalgas. Para mí no pasó desapercibido aquel gesto. Ya estaba segura de que me deseaba tanto como yo a ella. Comencé a darme vuelta con la esperanza de que al encontrarme frente a ella, me abrazase, pero Yolanda se volvió a sentar. Sólo que esta vez no se acomodó la bata que, semiabierta, dejaba al descubierto uno de sus senos y el muslo casi hasta la vagina. Podían entreverse, incluso, algunos de los negros pelos que tanto me excitaron cuando los había visto sólo unos minutos antes.

Cuando quedé totalmente frente a ella, a un escaso metro de distancia, su mirada se clavó en mi entrepierna, donde mi pucha se mostraba casi por completo y de forma muy provocativa. Como dije anteriormente, las bragas estaban completamente encajadas entre mis labios, mojadas de mis jugos, dejando al descubierto mis pelos. Me acerqué hasta el diván y me paré frente a ella, con las piernas ligeramente abiertas, lo que le permitía una mejor visión de mi sexo. Lentamente Yolanda se inclinó hacia mí y comenzó a acariciar con sus dedos mis labios vaginales, halándolos suavemente, lo cual me producía un placer inmenso. No habíamos dicho ni una palabra, ni hacía falta, nuestros ojos y nuestros cuerpos se comunicaban perfectamente. Sin dejar de acariciarme empezó a bajar la única pieza de ropa que me quedaba en el cuerpo, la última barrera que restaba para mostrarme ante sus ojos como una mujer loca de deseo. Mientras mis bragas resbalaban por mis piernas no pude evitar que mis dedos comenzasen a jugar con mis pezones, provocando en ellos una erección más violenta aún. Estaban duros como roca y las caricias que me estaba propinando me producían corrientazos por todo el cuerpo.

Cuando estuve completamente desnuda Yolanda se levantó, despojándose de su bata. Pegó su cuerpo al mío y acercó su cara a la mía. Su aliento caliente me quemaba, tal y como me quemaba el contacto de sus tetas apretadas a las mías. Nuestras manos iniciaron una lenta ascensión por nuestra piel, tal parecía que exploraban un nuevo universo, impregnándose de nuevas sensaciones. La cercanía de sus labios entreabiertos me provocaba, me incitaba al beso, pero quería que fuese ella la que iniciase todo en nuestra relación, sería Yolanda la que determinase cómo, cuando y qué hacer primero, que fuese ella la que dominase mi cuerpo y mis deseos.

Yolanda comprendió de inmediato que estaba a su entera disposición, que podía hacer de mí lo que quisiese, que me subyugaban su mirada y su olor, que por sus caricias yo era capaz de hacer cualquier cosa. Sus manos recorrían mi espalda, subían y bajaban, se perdían entre mi pelo para instantes después hundirse entre mis nalgas. Mientras me acariciaba me besaba lentamente el cuello y los labios, rozaba mis pezones con los suyos, entrelazaba nuestras piernas y frotaba su pelvis con la mía. Su lengua comenzó a pasarse por los lugares donde antes estuvieron sus labios, dejando húmedos caminos como

huellas para después regresar, encendiendo aún más mi pasión. Cuando al fin su lengua se abrió paso entre mis labios y se encontró con la mía fue como si perdiese el piso bajo mis pies. La vista se me nubló y tuve que sujetarme de sus hombros. Había alcanzado el orgasmo más maravilloso de toda mi vida. Entre mis muslos se escurría mi néctar, que no cesaba de manar mientras mi cuerpo se estremecía de placer. Sin dejar de besarme, Yolanda introdujo una mano entre mis piernas y me acarició toda la raja, empapando sus dedos con mis jugos. Llevó su mano hasta nuestras bocas y juntas nos deleitamos con el sabor y el aroma de mi sexo.

Cuando dejé de estremecerme, Yolanda se separó de mí sonriendo. Se sentó en el diván, con las piernas separadas. Con sus manos abrió sus labios vaginales y me mostró toda su entraña.

Ven – me dijo – Es hora de que aprendas a darme placer con tu lengua.

Me arrodillé ante sus abiertas piernas y su olor me embriagó. Mi lengua fue directa a su clítoris y pude comprobar que había tocado donde más placer podía provocarle. Sus dedos se adentraron un poco más entre sus labios y abrieron su pucha aún más, dándome acceso al paraíso.

Hundí mi lengua cual si fuese un estilete en su vagina, tratando de llegar lo más profundo posible, sorbiendo sus jugos, sintiendo su pelambre en la piel de mi cara, llenando mis pulmones con su olor, saciando la ansiedad y los deseos contenidos durante tanto tiempo. Mordí, chupé, acaricié, tragué, y con mi mamada la llevé al orgasmo tal y como ella lo había hecho con su beso. Y explotó en mi boca un manantial de leche, jugos, fluidos, o como quiera se llamase, pero cuyo sabor me gustaba más que nada en el mundo. Bebí aquel néctar hasta dejarla seca, hasta que sus manos dejaron de acariciar sus tetas, lo que habían estado haciendo desde que me arrodillé ante ella.

Me erguí y Yolanda me besó con locura, lamiendo mi cara para sentir su sabor y disfrutar de él como lo había hecho yo. Abrazadas rodamos por el piso, frotando nuestros cuerpos de mujeres calientes, palpando, pellizcando, apretando todo lo que encontrábamos. Poco a poco Yolanda fue separándose del abrazo y me fue guiando hasta que quedé recostada al diván, de espaldas a ella.

Entonces me abrió las nalgas con sus manos y me comenzó a mamar el culo, presionando con su lengua contra mi orificio. Jamás me habían hecho algo así, pero era como sentirse cerca del cielo, Su lengua no dejaba de frotar mi ojete y sus manos, sin soltar mis nalgas, las acariciaban delicadamente. Sus caricias me fueron relajando más y más, y por fin mi esfínter se distendió. La gran cantidad de saliva que Yolanda me había depositado, unida a mis jugos que hasta allí rodaron cuando me corrí, permitieron que pudiese meterme la punta de su lengua. Aquello bastó para provocarme el orgasmo. Me corrí entre gritos y jadeos. Yolanda no dejaba de mamar mi ano y yo no dejaba de correrme. Llevé una de mis manos a la pucha y me froté el clítoris con furia y desespero, haciendo que la corrida fuese interminable.

Caí desfallecida entre sus brazos. Me besaba con ternura mientras acariciaba tiernamente mis pezones.

Es hora de que nos acostemos – me dijo al fin – Ven que te enseñaré tu alcoba.

Recogimos las ropas y subimos las escaleras. Cuando entré en la habitación, pensé que Yolanda no me seguiría, avancé unos pasos y me volví, para verla por última vez hasta que llegase la mañana, aunque sabía que dormiría soñando con ella. Sin embargo, mis temores de quedarme sola de pronto eran infundados. Me miró desde la puerta y sonrió, se acercó despacio, mirándome de arriba abajo, disfrutando de mis cuerpo.

Vamos, pasemos al baño – me dijo al oído – Quiero lavarte.

Me tomó de la mano y pasamos al baño. Comenzó a acariciar suavemente mis nalgas mientras me besaba. Después me hizo sentar en el WC y me separó las piernas, de forma tal que mi vagina quedaba completamente a su disposición. Abrió el grifo del agua y comenzó a lavarme, con delicadeza, pasándome los dedos por todo la raja, mirándome a los o

jos. La combinación de sus caricias con el chorro de agua me excitaba mucho. Sus dedos recorrían cada uno de los pliegues de mi pucha, que volvía a palpitar al ritmo de sus frotes. Acercó lentamente su boca a uno de mis pezones y comenzó a chuparlo, sujetándolo con los labios y estirándolo, mordiendo suavemente, introduciendo en su boca todo lo que podía de mi seno, rodeando la aureola de pezón con su lengua.

Sus dedos ya no sólo tocaban mi vagina, su recorrido se había extendido hasta mi ano, el cual era penetrado de vez en cuando por uno de ellos, pero solamente lo suficiente para excitarme aún más. No oponía la menor resistencia a su amor, a sus caricias, a sus juegos. No lo pude hacer desde el principio y no lo podía hacer ahora, estaba sometida totalmente. Me entregué por completo, me abandoné a sus manos, a sus labios, a su lengua ardiente y resbaladiza, me olvidé de todo. Sólo trataba de contener un poco más de tiempo el orgasmo, pero me fue imposible.

Mi cuerpo estalló en un río de jugos fluyendo de mi cueva, en oleadas de contracciones sucesivas de mi vagina, en un grito ahogado en mi garganta, en un chorro de orine que no pude aguantar y que empapó sus manos. Y con sus manos mojadas por mi orine, acaricio todo mi cuerpo haciendo arder mi piel de pasión.

Me perdí en un maravillo éxtasis de nuevas sensaciones. Su lengua saltaba de uno de mis senos al otro, sus manos continuaban acariciando mi cuerpo y el suyo, llevando mis líquidos a nuestra piel. Su ardiente aliento quemaba mis pezones, provocando estremecimientos en todo mi cuerpo.

Poco a poco fue disminuyendo la intensidad de sus caricias. Sus delicados dedos sólo rozaban mi cuerpo.

Bañémonos juntas – fue lo único que salió de su boca.

Y como en todo lo anterior, la obedecí sin decir nada. La noche había satisfecho todos mis deseos, y ahora bañarme con ella era como hacer realidad el más querido de mis sueños.

Nos enjabonamos mutuamente, dejando nuestra piel limpia, olorosa y brillante. Pensé que pronto terminaríamos y la vería partir a su habitación. De pronto me miró fijamente y tomando mis manos me preguntó:

¿Te has sentido a gusto?

¿No te das cuenta que tiemblo de la emoción? – le pregunté a su vez – ¿No comprendes que soñaba contigo desde el primer día, que por primera vez una mujer se ha posesionado de mí en cuerpo y alma?

Claro que lo sé – respondió sonriendo – Pero quería escucharlo de ti. Tus orgasmos me han hecho sentir amada. Quiero que me hagas correr por última vez, quiero que goces mi culo como yo gocé el tuyo.

Me atreví a besarla en los labios y mi atrevimiento fue recibido con dulzura. Se dio vuelta y apoyando sus manos, inclinó su cuerpo para ofrecerme su precioso trasero. Me arrodillé tras ella y separando las nalgas con mis manos, comencé a chupar su negro orificio, tal y como ella quería. Enseguida me di cuenta que le gustaba gozar por atrás, ya que sus tejidos se relajaban con facilidad, pero sin perder su elasticidad natural. No tenía experiencia, pero lo que más deseaba era hacerla disfrutar, por eso empecé a empujar su esfínter con mi lengua, hasta que cedió y pude sentir su sabor en mi boca. Sus jadeos no se hicieron espera, y me alegré mucho porque significaba que lo estaba logrando.

Méteme los dedos, por favor – me dijo en un susurro.

Ya su ano estaba muy lubricado por mi saliva y con la dilatación adecuada debido a las penetraciones de la punta de mi lengua, así que introduje despacio dos dedos, pero me di cuenta que no serían suficientes, así que los retiré. Fueron entonces tres los dedos que le metí en su culito a mi adorada Yolanda, que se retorcía de placer. Jadeaba inclinando el culo, pidiendo más. Introduje un dedo más y empecé a empujar, hasta tener los cuatro dedos bien adentro.

¡Muévelos, muévelos, hazme correr, sácamelo todo! – me decía mientras se apoyaba con una sola mano, ya que la otra estaba ocupada en su pucha.

Metí y saque mis dedos en una penetración violenta e increíble, sintiendo las contracciones de su esfínter y en ocasiones palpando sus dedos encajados bien adentro en su vagina.

Cuando llegó al orgasmo sus rodillas

flaquearon, pero se repuso, dándome la oportunidad de meter casi toda la mano, quedando fuera sólo el pulgar. La corrida fue estruendosa. Aún hoy me pregunto cómo es posible que no te hayas despertado con sus gritos de placer.

Al terminar sujetó mi mano dentro de ella unos instantes más, al tiempo de que de su vagina se escurrían los restos de la corrida. Al fin pude retirar mi mano, lo que hice con cuidado para no lastimarla, aunque era evidente que tenía una capacidad fantástica.

Ha sido grandioso – me dijo simplemente, y me besó en la boca.

Volvimos a bañarnos, aunque permanecimos todo el tiempo bajo la regadera. Después me acompañó hasta la cama, me arropó y pasando su mano por mi pubis, me besó en los labios y se marchó.

Me quedé dormida de inmediato, totalmente satisfecha y feliz.

Como conoces, en repetidas ocasiones me he quedado a dormir aquí cada vez que veníamos a terminar un trabajo. Siempre, invariablemente, en algún momento de la noche, hemos hecho el amor. Yolanda me contó sobre su relación con Paola y, viendo lo buena que está, le propuse hacerlo juntas las tres, pero nunca ha accedido. Ahora la tengo desnuda ante mí y no sé como me controlo para no saltarle encima y chuparle ese enorme clítoris que ya conozco por referencias.

(En ese momento, la mamada que Paola me estaba propinando aumento de intensidad y sentí que me corría:

¡Sigue Paola, sigue chupando que me voy a correr en tu boca! – le dije empujando su cabeza para que la verga le llegase a la garganta.

Pero Paola tenía otra cosa en mente. Soportó el empuje y recibió toda la descarga en su boca, sin llegar a tragarla. Cuando salieron los últimos chorros de semen, sacó el pene de su boquita linda y se acercó a Carmen y Yolanda, las que comprendieron enseguida lo que pretendía hacer.

Las tres se unieron en un beso desenfrenado, durante el cual Paola soltó en sus bocas mi semen, para que todas lo saboreasen al mismo tiempo. Estuvieron besándose y acariciándose un rato, en el cual Carmen aprovechó para palpar el clítoris de Paola. Sus ojos brillaron de lujuria y si Yolanda no la aguanta, no me hubiera enterado del resto de la historia. Por eso les dije:

Bueno, bueno, ya es suficiente magreo, ahora continúa Carmen, que todavía no sé como llegó tu hermana aquí.

Y Carmen, sin dejar de acariciarle entre las piernas tiernamente a Paola, continuó.)

Antes de continuar debo aclararte que, como comprenderás, el hacer el amor con una mujer no me ha quitado el gusto por las buenas vergas. Ya tienes la prueba. Estuve mucho tiempo deseando que me follases y ayer, al fin, pude gozar de ese enorme hierro que tienes. Además, desde el mismo principio en que Yolanda y yo comenzamos a hacer el amor, ella ha hablado conmigo mucho sobre su matrimonio, sobre la felicidad de tenerte, sobre la necesidad que tenemos las mujeres de gozar con un hombre, a pesar de que podamos hacerlo con mujeres también. En fin, que todas somos bisexuales, y disfrutamos mucho de ello. No te digo esto por gusto, ahora sabrás por qué lo hago.

Desde que era una chiquilla, Lucía ha sido muy curiosa para las cuestiones del sexo. Digo curiosa para utilizar el término que le daba a sus inclinaciones en aquel entonces, cuando tampoco yo tenía experiencia. Por ejemplo, le gustaba bañarse conmigo. Esto puede parecer normal entre hermanas, pero es que ella iba un poco más allá. Pero esto lo descubrí sólo tiempo después, en aquellos días solamente me extrañaba las cosas que le gustaba hacer. Ya mi cuerpo era el de una mujer, pero cuando lo comparaba con el de Lucía, me daba cuenta que ella sería un monumento de mujer. A pesar de su corta edad, ya le asomaba entre las piernas una suave pelusa, y sus pezoncitos comenzaban a despuntar, presagiando que tendría unas bellas tetas. Cuando nos metíamos a la regadera, le gustaba que la bañase yo, si alguna vez me rehusaba, me lo pedía casi hasta llegar al llanto. No es que me disgustase, pero ya estábamos bastante creciditas y yo no comprendía que significaban los estremecimientos que sentía cuando mis dedos tocaban su puchita. Pues bien, le llenaba el cuerpo de jabón y comenzaba a restregarle la piel suavemente, empezando por su espalda. Poco a poco mis manos iban llegando a sus para

das nalguitas. La muy putita se inclinaba y con sus manos las abría, para que mis dedos pudiesen recorrer toda la raja entre ellas, hasta llegar a su agujerito, el que acariciaba con la punta de mis dedos. Después le daba vuelta y hacia la misma operación, empezando desde el pecho. Sobaba sus nacientes senos y pezones. Mis manos seguían hasta su vientre, pero nunca le lavaba la puchita. Ella se enjabonaba las piernas y a continuación me bañaba yo, con sus ojos clavados en mi cuerpo. Un día, mientras mis manos estaban lavando su ombligo, me pidió que siguiese. Le pregunté que quería y me respondió que quería que yo le lavase entre las piernas. Aquello me llamó la atención, pero la verdad es que desde hacía tiempo que yo quería hacerlo y no me atrevía a decírselo. Nada, que enjaboné su pelusita y comencé a pasar mis dedos por su rajita. Sus labios estaban hinchados y pude darme cuenta de lo duro que tenía el clítoris. Ya yo me había masturbado en otras ocasiones y comprendía que mi hermanita estaba caliente y aquello comenzó a excitarme.

Mis dedos no respondía a mi voluntad, se movían solos. Su puchita estaba muy mojada, no sé si de sus jugos o del agua y el jabón. De pronto me di cuenta de lo que estaba haciendo y me levanté, ya que estaba arrodillada ante ella. Le miré la cara y comprendí que la muy puta estaba gozando.

A ver, termine de bañarse – le dije – Mientras yo voy a enjabonarme.

Déjame hacerlo a mí – me pidió suplicando.

No sé que me pasó, pero no pude negarme. Ella casi me saltó encima. Sus manos, llenas de jabón recorrían mi cuerpo, ávidas de conocer cada centímetro de mi piel. No pudo contenerse y pronto sus manos acariciaban mi culo, se metían en mi raja y tocaban mi ano, introduciendo incluso la puntita de uno de sus dedos. La situación se me iba de las manos y debía hacer algo para recuperar el control ante aquella chiquilla lujuriosa. Me di vuelta y el resultado fue peor. Mis pezones quedaron justo ante sus ojos y no tardó ni un segundo en comenzar a acariciarlos. Sus masajes y la excitación me los habían puesto sumamente erectos y duros, y lógicamente, aquello era algo nuevo para Lucía. Sus ojos no se apartaban de mi tetas y si no me hubiese separado un poco, seguro que me las hubiese chupado, con jabón y todo. Pero al separarme una de sus manos fue directa a mi entrepierna, enredando sus dedos en mis pelos, bajando rápidamente para meterse entre mis labios, palpando el clítoris, pellizcándolo, buscando la entrada de la vagina y comenzando una delicada penetración.

No podía permitir que las cosas fueran más allá. Tomé su mano y la retiré.

Ya está bueno de juegos – hacía mil esfuerzos para que mi cara estuviese seria y no se notase mi calentura -Sal ya, que mamá se va a preocupar.

Bajando la cabeza con tristeza, Lucía tomó la toalla y salió del baño, lo que aproveché para terminar lo que mi hermanita había comenzado. Me acosté en la bañera y me masturbé, pensando en sus dedos en mi pucha y en lo rico que había sido acariciar la suya.

A partir de ese día no nos bañamos juntas, a pesar de lo mucho que me lo pedía, pero sabía que si lo hacíamos, terminaríamos follando, y ella era mi hermana, sin pensar de que era una niña.

Por aquellos días mamá tuvo que pasarse varias noches en casa de una pariente que estaba enferma, cuidándola. Yo tenía un novio y estaba loca por estar a solas con él, así que aproveché la oportunidad y lo invité a casa.

Estuvimos viendo una película hasta muy tarde, esperando que mis hermanas se acostaran, lo que hicieron cerca de las 12 de la noche, rendidas por el sueño. Nos quedamos en la sala y comenzamos a besarnos. Nunca había estado a solas con un chico y sentía un poco de miedo, pero era mayor la curiosidad. Poco a poco, nos fuimos desvistiendo, sin dejar de besarnos y tocarnos todo el cuerpo. Mi pucha era un mar de jugos y su joven verga estaba hirviendo. Recordando algunas películas porno, que mamá guardaba y que yo había visto a escondidas, me arrodillé ante él y comencé a chuparle la verga. Mientras chupaba le miré a los ojos y me di cuenta

que él también era primerizo, así que perdí el miedo y la pena que tenía. Chupe con desespero y sin mañas, y reo que fue precisamente eso lo que le provocó el orgasmo con tanta prontitud. Ni siquiera tuvo tiempo de advertirme y sus chorros de semen llenaron mi boca, provocándome arqueadas, pero mantuve la calma y tragué todo lo que pude. Entonces él me sentó abriéndome las piernas y su lengua salió disparada hacia mi vagina, recorriéndola de arriba abajo, tratando de meterla, sorbiendo los jugos que manaban sin parar. Era evidente que jamás lo había hecho, así que comencé a acariciar mi clítoris, para completar las caricias que me estaba dando con su lengua. El efecto fue inmediato, comencé a correrme como nunca lo había hecho en mis noches de pajas solitarias. Cuando casi terminaba de correrme, abrí los ojos, que hasta ese entonces mantenía cerrados. El shock fue instantáneo, desde la entrada del corredor, mi hermana Lucía nos estaba mirando, con la mano entre sus piernas, haciéndose la paja mientras nos observaba sin perder detalle.

Aquello apagó mi entusiasmo. Con un gesto le indiqué que se fuese, me miró a los ojos sonriendo y dándose vuelta comenzó a caminar, pero antes de hacerlo se alzó la bata de dormir y me enseño su culito, acariciando una de sus nalgas con la mano, de forma muy lasciva. Cuando se perdió en el corredor, levanté a mi novio de entre mis piernas y le dije que se marchase, que parar ser la primera vez ya estaba bueno. Se asombró y me respondió que me fijase como la tenía nuevamente, dura y brillante. Es cierto que mis ojos no se apartaban de su verga, pero de mi mente no se escapaba la imagen de Lucía masturbándose a escasos metros de nosotros. Me preguntaba donde rayos había aprendido a hacerlo. Después de decirle que mamá podía llegar de un momento a otro, lo cual yo sabía que no sucedería, nos vestimos y él se marchó, no sin antes quedar en vernos por la mañana temprano, en el cole. Cerré la puerta y me dirigí hacia el cuarto de mis hermanas, para ver si Lucía ya dormía. Pero ella no dormía, estaba acostada en su cama, desnuda, frotándose con locura la pucha, masturbándose como toda una mujer, terminando lo que interrumpió cuando la ví en el corredor. No se había dado cuenta de que la observaba, o al menos eso pensé, y continuaba con sus caricias. La excitación que ya yo tenía, más la visión de mi hermanita haciéndose la paja, terminaron con mi resistencia, y allí mismo, en la entrada de la habitación, con la puerta entreabierta, me hice la paja yo también. Cuando nos corrimos, cada una por su cuenta, me retiré en silencio hacia mi alcoba. Me acosté pero no pude dormir hasta volver a masturbarme, con dos dedos clavados profundamente en el culo.

Con el tiempo las cosas se fueron calmando. Yo ingresé en la Universidad y era más el tiempo que estaba lejos de casa. Sólo iba por allá en vacaciones y fiestas. Lucía creció rápidamente y se convirtió en una hermosa mujer. Cuando salíamos juntas los hombres no cesaban de decirle cosas y hacerle proposiciones groseras. Es que su forma de caminar y sus gestos eran claramente lascivos. No podía evitar mirarla y recordar cuando nos bañábamos juntas, pero jamás hice insinuación alguna y ella no mencionaba aquello para nada.

Cuando finalizó el primer año, ya yo tenía suficiente experiencia en el sexo. Follaba como loca con mi novio y ya había tenido aquel encuentro de que te hablé con mi amiga. Una noche, en la vacaciones, me excité mirando una película algo subida de tono. Lucía estaba a mi lado y pude darme cuenta de que ella también se había calentado bastante. Cuando terminó la peli, le dije que me iba a dormir y nos despedimos. Cada una fue a su habitación, pero al poco rato de estar acostada comprendí que no podría dormir sin tener al menos un orgasmo. Me levanté, fui a la cocina y tomé una enorme salchicha, la embarré de aceite y volvía a la cama. Necesitaba algo bien grande dentro de mí y aquello era algo magnífico. Comencé a acariciarme lentamente, apretando mis tetas y pellizcando mis pezones hasta ponerlos bien duros

. Después mis manos fueron hasta mi pucha y empecé a acariciarme, presionando sobre el clítoris, tomando los labios vaginales con mis dedos y separándolos, chupando mis dedos y metiéndolos en mi pucha anegada en mis jugos. Cuando estuve bien lubricada, tomé la salchicha y me la fui metiendo poco a poco, soportando el dolor de algo tan grueso, pero gozando a tope. En ningún momento sospeché que Lucía me estaba mirando por la ventana, masturbándose al mismo tiempo que yo. Cuando tuve toda la salchicha dentro, comencé a moverla con fuerza, penetrándome hasta el fondo, con las piernas bien abiertas y la pucha al aire. Ya próxima al clímax, sentí que la ventana se abría, miré y vi como Lucia, desnuda, con la ropa en la mano, entraba y se dirigía hacia mí. No pude detenerme, su cuerpo desnudo y sus lujuriosos ojos mirándome, indujeron mi orgasmo. Mi cuerpo se arqueaba y mi mano movía furiosa lo que tenía bien clavado en mis entrañas. Mi hermana se acercó y tomando la salchicha entre sus manos, comenzó a moverla, como si me follase. Aquello fue suficiente para correrme. Mis dedos no soltaban mi clítoris, al que estiraba y presionaba alternativamente, hasta provocarme dolor, pero el placer era superior. No dejaba de mirar a Lucía, que se relamía los labios mientras me follaba. De pronto, cuando casi estaba terminando, mi hermana retiró la salchicha dejándome en vilo, con las caderas elevadas, buscando lo que hasta hacía unos instantes me llenaba por completo. Pero Lucía metió la cabeza entre mis piernas y comenzó a mamarme la pucha, mordiendo mi clítoris, metiendo la lengua en mi vagina, chupando mis jugos, prolongando mi orgasmo más allá de cualquier límite.

Estremecimientos sin igual recorrían mi cuerpo. Su lengua aún se paseaba entre mis labios verticales, depositando ardientes besos, limpiándome los jugos de la corrida. Mis manos acariciaban su cabeza, manteniéndola allí donde tanto placer provocaba. Al fin se irguió, su cara brillaba, mis jugos estaban en sus mejillas, en sus labios, en todas partes. Me sonreía con una mezcla de complicidad y deseo.

Ahora sí conozco el paraíso – me dijo con ternura.

Eres un ángel – fue lo único que pude decirle.

Incorporándose, reptó sobre mi cuerpo, pegándose a mí, sintiendo mi calor y trasmitiéndome el suyo, hasta llegar a mi boca. Sin decirnos ni una palabra nos besamos con timidez al principio, con lujuria después, entrelazando nuestras lenguas, chupando nuestros labios, mientras nos acariciábamos en cada lugar que podíamos. Besándonos y tocándonos fuimos rodando hasta que Lucía quedó debajo de mí.

Ahora me toca a mí comer de tu pucha – le dije luego de besar sus pezones erectos, calientes y duros como piedra – Quiero sentir tu sabor en mi boca.

Y le abrí las piernas para deleitarme con la visión de aquellos labios virginales, de aquel lindo clítoris que emergía desafiante entre ellos, de aquel agujerito del que salía un hilo de fluidos cuyo aroma me enloquecía. Le abrí la pucha todo lo que pude, sus labios vaginales, tan parecidos a los míos, estaban hinchados por lo mucho que habían sido frotados hacía apenas un rato. Mi lengua sabía lo que debía hacer y se tomó el trabajo de hacerlo con esmero, tanto que Lucía se corrió 3 veces seguidas, mientras yo sorbía sus jugos, y mis dedos taladrando su culito.

Mételos en mi pucha – suspiraba mientras se corría – Quiero sentir tanto como tú.

No lo pensé dos veces. Su vagina estaba sumamente lubricada y dilatada. Despacio, con dulzura fui metiendo un dedo, hasta que sentí la resistencia del himen, pero no me detuve. Comencé a meter y sacar el dedo, y cuando estuvo lista, le introduje otro. Lucía jamás había sentido algo dentro de ella y se retorcía de placer, fuertemente aferrada a las sábanas.

¡Sigue, sigue, hazme mujer! – casi gritaba, excitándome aún más.

Con un poco más de esfuerzo, logré vencer la delgada membrana de su virginidad. Su boca dejó escapar un leve grito de dolor, pero ya mi boca chupaba su clítoris, desviando su atención, dando tiempo a que su vagina se acostumbrase, a que el dolor se convirtiese

en placer. Mis caricias lograron lo que buscaban, sus músculos se relajaron y pude meter otro dedo. Fui aumentando la velocidad, hasta que mis movimientos se convirtieron en un torbellino. Lucía movía las caderas buscando más y más, y la complací. Retiré la mano y tomando la salchicha, se la metí de un golpe. Mi hermana ahogaba sus gritos, mezcla de dolor y placer, mordiendo la almohada, pero sus piernas se abrían más y más, para facilitar la penetración. La follé con violencia, me olvidé de su edad, sólo veía ante mí a una mujer deseosa de gozar, loca de deseos, entregada a mí por completo.

Se corrió por cuarta vez aquella noche, pero esta vez de su pucha sus jugos salían mezclados con la sangre. Los chupé con deleite, comprendiendo que mi hermana, en un gesto de amor sin límites, me había entregado con placer su virginidad, que la había guardado para mí, para que fuese yo quien la hiciese mujer.

Nos besamos largo rato, acariciando con suavidad nuestros cuerpos. Lucía se levantó y sin decir palabra se introdujo los dedos en la vagina, los chupó y me los ofreció para que yo también los chupase. Esa fue nuestra despedida hasta el día siguiente.

Durante el resto de las vacaciones follamos cada vez que podíamos. Igual que rompí su puchita, rompí su culo. Hicimos prácticamente todo lo que pueden hacer dos mujeres.

Cuando comenzaron las clases y volví a la Universidad, lo hice con tristeza. Siempre pensaba en ella, e inevitablemente terminaba masturbándome. Después supe que durante todo el tiempo que estuvimos separadas a partir de aquel verano, Lucía no dejó de hacer el amor, con hombres y con mujeres, pero siempre pensó en mí.

Cuando conocí a Yolanda y cuando, posteriormente, nos hicimos amantes, siempre acaricié la idea de presentársela, hasta un día en que Yolanda vió una foto de Lucía que siempre guardo en mi bolso y me preguntó quien era. Le hice la historia y me pidió que la trajese, que quería conocerla.

Al igual que me sucedió a mí, cuando Lucía vio a Yolanda, quedó prendada de su belleza y de sus encantos. Ese día decidimos bañarnos en la piscina, ya que el calor era insoportable, pero Lucía no tenía traje de baño. Yolanda aprovechó la ocasión y nos propuso que nos bañásemos desnudas. Nos quitamos la ropa en un santiamén y nos metimos al agua. Después de nadar un rato, nos unimos en el borde la piscina, aún dentro del agua, y nos pusimos a conversar. Lucía salió del agua y se sentó en el borde, abriendo intencionalmente las piernas, para pudiésemos verle toda la pucha. Mientras conversábamos, Yolanda acariciaba disimuladamente mi culo, metiéndome un dedo y Lucía, sin saber nada, me pasaba el pie por la pucha, frotando mi clítoris con sus dedos. Aquella doble caricia acabó con la resistencia que trataba de oponer y comencé a correrme escandalosamente. Ambas se miraron y comprendieron que ya todo estaba dicho. Lucía se metió al agua y sustituyó su pie con la mano, provocándome otro orgasmo, mientras Yolanda acariciaba sus senos.

Ahora le toca a ustedes – les dije cuando terminé de correrme.

Yolanda se acercó a mi hermana y tomándola por la cintura, la hizo sentarse nuevamente en el borde de la piscina, abrió sus piernas y comenzó a explorar su pucha con los dedos de una mano, mientras con la otra sostenía el seno que mamaba con delirio.

Lucía se echó hacia atrás, sosteniendo su cuerpo con los brazos y abriendo aún más sus piernas. Yolanda no pudo contenerse y, viendo lo mojada que estaba mi hermana, se inclinó metiendo la cabeza entre sus piernas y comenzando a darle una de esas mamadas colosales que ella sabe dar.

La visión de su culo empinado me excitó, era como una invitación. Así que me coloqué detrás de ella y comencé a meterle los dedos, poco a poco, uno a uno, tal y como ella lo hacía en el de mi hermana, hasta llegar a cuatro dedos que se movían con desenfreno. Las tres jadeábamos y gemíamos, porque mientras ellas gozaban, una con el culo lleno por mis dedos y la otra igualmente llena, pero con el placer agregado de una lengua en su clítoris,

yo comencé a masturbarme, pellizcando deliberadamente el clítoris con fuerza. Así llegamos las tres al orgasmo juntas, sólo que Yolanda tenía metida toda la mano en el culito de Lucía, la cual se había acostado para facilitarle las cosas y para gozar mejor. Tan violento fue su orgasmo que los chorros de orine comenzaron a salir con fuerza de su pucha, golpeando el rostro de Yolanda, que continuaba mamando como una posesa, hasta agotar las fuerzas de mi hermana y las suyas propias.

A partir de aquel día Lucía ha acudido con regularidad y, en ocasiones, nos hemos encontrado las tres, formando verdaderas orgías. Ahora ya lo sabes todo. Lucía se ha convertido en una diosa del sexo, su capacidad vaginal, ya de por sí grande, se ha desarrollado aún más, al igual que sus mañas para provocar y sentir placer. Espero que algún día puedas disfrutar de ella como lo hemos hecho nosotras.

(continuará…)

Nota: Hola, soy Raúl. Si tienes algún comentario o sugerencia, escríbeme a raul (arroba) laisla.get.tur.cu, lo agradeceré.

¡Valoralo! ¿Qué te ha parecido?

0 votos
Votaciones Votación negativa

Escrito por Marqueze

¿Te gustan nuestros relatos? No olvides compartir y seguir disfrutando :P

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *