SIN LÍMITES (VI) EL COMPLOT

Lésbico. Con la excusa de que les ayudara con los preparativos de la fiesta, Ernesto apoyado por la señora le pidieron a Paola que se quedara en casa aquella noche.

Llegué a casa como si nada hubiese pasado. La verdad es que tendría que posponer para el día siguiente la planeada conversación con Yolanda. Había tenido tanto sexo que estaba seco, además, las emociones habían sido muy intensas. Ya encontraría un pretexto para eludir mi "deber marital" con mi esposa. De todas formas, tenía el convencimiento que, una vez que me creyese dormido, ella correría al cuarto de Paola. Tal vez, si no me dormía de veras, fuese a echar un vistazo. Me estaba convirtiendo en un perfecto voyeur.

Yolanda estaba viendo no sé cuál novela. Me recibió como siempre, con un ardiente beso y un apretón en la verga, para saber si aún estaba ahí, según ella jocosamente me decía.

Aún no había cenado esperando por mí, por eso Paola no se había marchado. Le dije que me iba a bañar (de nuevo, dije para mis adentros) y que luego cenaríamos.

Subí a la habitación y tomé un baño, esta vez en la tina, con agua caliente, tratando de relajar mi cuerpo aún más.

Antes de cenar le entregué a mi esposa su regalo, el otro lo había dejado en el coche para entregarlo al día siguiente, antes de marcharme. A Yolanda le encantó el vestido y me lo agradeció prometiendo una noche por todo lo alto, como había dicho por la mañana. Pero tuve que escudarme tras un terrible dolor de cabeza para eludir sus ataques sexuales.

Mientras cenábamos le propuse a Paola que se quedase esa noche en casa, ya que era muy tarde para marcharse. Además, al día siguiente sería Viernes, y el Sábado queríamos hacer una fiesta para los más allegados, así que habían muchas cosas que preparar.

Yolanda me apoyó enseguida. Durante la cena pude captar de soslayo alguna que otra mirada entre ambas, miradas cargadas de deseo.

Después de cenar estuve un rato charlando con Yolanda hasta que le dije que me acostaría. Ella me respondió que se quedaría un rato mirando la tele, que después iría, prometiendo antes que me dejaría descansar, que posponía los planes para la siguiente noche.

Así que subí las escaleras y me acosté. Estaba verdaderamente exhausto, no que es que no pudiese intentar algo, pero necesita asimilar todas las experiencias del día. Me quedé dormido rápidamente, pero como soy de sueño ligero, al rato sentí como Yolanda abría la puerta con cuidado, para cerciorarse que estaba dormido. Simulé estarlo, seguro que era la comprobación necesaria para ir donde Paola.

Esperé unos minutos y bajé en silencio las escaleras. La habitación que ocupaba nuestra sirvienta estaba en la planta baja. Era pequeña pero cómoda, y las ventanas, como las demás, daban hacia la piscina. Como la noche era calurosa, seguramente estarían abiertas.

Salí a la terraza y me acerqué al cuarto de Paola, pegado a la pared, con suma cautela, para no ser descubierto. Paola y mi esposa estaban sentadas en la cama, conversando. Me acomodé lo mejor que pude para no perder detalle de lo que allí seguramente sucedería. En cualquier caso, yo llegaría antes que Yolanda a la planta alta, y ella no podría verme.

A partir de ahora será mi propia esposa quien relate lo sucedido aquella noche.

Hola, soy Yolanda. Mi esposo me pidió que fuese yo quien le cuente lo que pasó aquella noche y no puedo negarme, lo adoro.

Cuando Ernesto subió a dormir estuve un rato viendo la tele, mientras Paola recogía la mesa y fregaba la loza, pero los programas estaban bastante aburridos, así que me dirigí a la cocina, para conversar un rato.

¿No has terminado aún? – le pregunté a Paola.

Ya casi termino, señora – ella, aún de nuestra intimidad, continúa diciéndome señora cuando no estamos en la cama.

¿Por qué crees que Ernesto esté tan cansado?

Debe ser que hoy ha tenido mucho trabajo – me respondió – El señor trabaja mucho, la señorita Carmen me lo ha dicho las veces que ha estado aquí.

¿Tú crees? – continué – El siem

pre ha trabajado así y nunca ha rehusado hacer el amor conmigo. Pero bien, dejemos esto a un lado, creo que tendremos toda la noche para nosotras.

Cuando Paola terminó en la cocina le dije que revisara la casa, para que todo estuviese cerrado, que después fuese a su cuarto y se bañase, y me esperase allí.

Subí las escaleras y sin hacer ruido abrí la puerta de nuestra habitación. Ernesto dormía profundamente, estaba segura que no despertaría en toda la noche, así que tendríamos tiempo de sobra.

Bajé y me dirigí hacia el cuarto de Paola. Allí estaba ella, sentada en la cama, con una bata de baño que yo le había regalado, secando su pelo. Me acerqué despacio, abriendo los primeros broches de mi bata. Me paré junto a ella y comencé a secarle el pelo, con su cabeza contra mi vientre. La abertura de la bata permitía que su cara estuviese directamente contra mi piel, y mientras la secaba ella me besaba tiernamente.

Cuando hube terminado lancé la toalla a un rincón y me senté junto a ella, pasando una mano por su espalda, acariciando su nuca.

Dime, ¿pudiste hablar con Ernesto hoy, tal y como habíamos previsto? – le pregunté

Sí, él hizo todo exactamente como pensamos – me miró y sonrió con picardía – Subió hasta la planta alta y observó todo desde el balcón. Después bajó y conversó conmigo. Llevó la conversación a donde yo quería y me lo contó. Hablamos un rato y le confesé las cosas que hacíamos. Estaba eufórico, no sé aún como no le comentó nada, pero estoy seguro que se muere por ser parte de nuestras "fiestas".

Paola, no debes mentirme – le dije bajando la mano hasta sus nalgas – Recuerda que yo lo puedo llegar a saber todo. ¿No hicieron nada ustedes?. Yo conozco a mi esposo, de seguro que la tenía como un burro cuando bajó a verte.

Sí – me respondió después de un momento, tímidamente – Es un verdadero semental, me cogió como ningún hombre lo había hecho, todavía me duele el culo.

Así que al fin probaste su verga, pícara – y la besé en las mejillas – No te temas, así es mejor, le dará confianza. ¿Y dices que te la metió por atrás?

Por atrás, por delante, se la mamé y me tragué su semen – podía verse la satisfacción en su rostro – Me corrí como nunca. Muchas veces me he masturbado mirándolos, tú lo sabes, así que ahora me desquité. Tiene una verga grande y gorda que es una delicia. Se lo digo en serio, todavía me duele el culo.

Era la segunda vez que me lo decía, así que no esperé una tercera. La acosté en la cama y le acabé de quitar la bata. Ella se dejaba hacer, el contarme lo sucedido con Ernesto la había excitado, y a mí también.

Empecé a besar sus pies. Me metía los dedos en la boca y los chupaba, besaba sus tobillos, le pasaba la lengua, sintiendo el sabor de su piel. Fui subiendo lentamente, repartiendo besos por sus piernas y muslos. Mientras la besaba, ella se pasaba las manos por las tetas y el vientre, rozando el pubis, pero sin tocarse la raja, pues yo se lo tenía prohibido, hasta que yo se lo ordenase, ella no debía hacer absolutamente nada.

Cuando mis besos llegaron a su entrepierna, Paola instintivamente abrió las piernas, pensando que le mamaría la pucha, pero no lo hice. Quería prolongar la tortura, ya que, a pesar de mis palabras, me había chocado que hiciese el amor con mi marido sin contar conmigo. En nuestros planes estaba el ponerlo al tanto de nuestros juegos, pero nunca hablamos de que lo haría con él antes de estar los tres juntos. En realidad aquello era una ventaja, así cuando al fin compartiéramos la cama, él estaría más relajado, pero mi orgullo de mujer estaba un poquito herido. Así que quería torturarla, pero no mucho, sólo lo suficiente para satisfacer mi amor propio y, además, excitarla al máximo. Esta noche tenía preparada una sorpresa para ella. Lucía me había traído un juguete que pensaba estrenar con Paola, por eso por la tarde, mientras ella cocinaba, lo había guardado en una de las gavetas de armario del cuarto que ella solía utilizar cuando se quedaba en casa. Se trataba de un enorme pene de goma acoplado a unas bragas. Al ponerme las bragas, el pene quedaba entre mis pie

rnas, duro y erecto, con él le haría el amor, tal y como se lo había hecho Ernesto.

Continué con mis besos por su vientre hasta llegar a sus senos. Pasé mi lengua por aquellas tetas que tanto me gustaban. La excitación las había hinchado y eran un manjar. Las fui mojando con mi saliva, tanto que brillaban. Sus pezones eran rocas de lo duro que estaban. Sin dejar de mamar sus tetas me fui quitando la ropa. Paola deliraba con mis caricias y su piel ardía. Tracé círculos con mi lengua alrededor de sus aureolas. Increíblemente, sus pezones se pusieron aún mas duros. Era evidente que mi sirvienta estaba gozando al máximo, aunque la excitación contenida podía provocar una erupción. Mis manos acariciaban su cintura y yo continuaba prendida como posesa a aquellos pezones tan ricos, los chupaba, los mordía y estiraba con mis dientes, mientras Paola gemía de placer.

Después seguí pasando mi lengua por su pecho, hasta llegar a su axila. La besé y acaricié con la punta de mi lengua. Mi "amante" se contenía a duras penas, movía sus caderas como si estuviese follando, elevando la pelvis, abriendo y cerrando las piernas, con las manos detrás de la cabeza. Seguí besando y lamiendo sus brazos, su cuello, introduje mi lengua en sus orejas, haciendo que emitiese pequeños chillidos, besé sus labios, pasando mi lengua por su boca, pero sin llegar a meterla, a pesar de que la tenía abierta y con su lengua buscaba la mía.

Hasta ese momento ni siquiera había rozado su vagina, pero sabía que sus jugos debían estar mojando la cama, y su maravilloso clítoris debía estar muy hinchado, asomando fuera de su capucha los 4 centímetros que medía. La segunda vez que hicimos el amor me tomé el trabajo de medirlo, era algo que me fascinaba, en aquel entonces todavía no llegaba a 4, pero las mamadas y sus pajas lo habían desarrollado aún más. Por supuesto, el mérito no era sólo mío, otras también disfrutaban de aquella delicia. Una de las cosas que más le gustaba a Lucía era unir su pucha con la de Paola, sentir aquel pequeño pene entre sus labios vaginales, mientras metía la lengua en mi ano, después de dilatarlo al máximo con el vibrador y sus dedos. Tanto me lo dilataba que en una ocasión me metió casi la mano por completo. El orgasmo que tuve fue fenomenal. Ese fue el día en que por primera vez me oriné mientras me corría, y para mi asombro Lucía se lo bebió todo.

Pues bien, ya era hora de gozar de aquel lago que Paola tenía entre sus piernas. Mi mano fue bajando hasta llegar a su raja, la empecé a besar entonces, metiendo mi lengua en su boca. Enseguida ella atrapó mi lengua y comenzó a chuparla, a enredarla con la suya. Apenas rocé sus labios comenzó a orgasmear. Su cuerpo saltaba en la cama, mientras me decía:

¡Dios mío, me corro, carajo! – entre palabra y palabra volvía a besarme, el haberla tocado en la pucha había sido la señal, y sus manos me apretaban contra ella – ¡Cógeme, cógeme, que soy tu mujer!

Aquello me enloquecía, me excitaba, me volvía loca. Quise hacerla sentir aún más y le metí tres dedos en su túnel. Pensé que no estaría preparada, pero me quedó claro que me había excedido en las caricias, mis dedos se perdieron entre aquellas perfectamente lubricadas. Los metía y los sacaba, prologando el orgasmo de mi amante, mientras con el dedo pulgar acariciaba su clítoris. Paola no cesaba de estremecerse, de mover las caderas, de retorcerse en la cama, bien pegada a mí.

Retiré la mano de su vagina y salió completamente empapada en sus jugos. Me la pasé por la boca, por las mejillas, y ella comenzó a lamerme como si fuese una perra en celo.

Yo también estaba a punto de correrme. Paola acariciaba mis nalgas con una mano y me metía un dedo en el culo. Mi pucha parecía un manantial. Ya casi me estaba corriendo, pero no quería hacerlo así.

Me levanté y trepé en la cama, hasta sentarme sobre la boca de mi amada, que enseguida comenzó a chuparme, a pasarme la lengua, volviendo a meterme un dedo en el ano, que pronto fueron dos y luego tres. Los metía y sacaba, moviéndolos en círculos, mientras la punta de su lengua se abría camino en mi vagina.

¡Chupame la pucha, mi putica! – le dije mientras me co

rría – ¡Chúpame bien, que me estoy corriendo en tu boca! ¡Aaahgg …! ¡Mámame bien, hasta dejarme seca!

Con mis manos me apretaba las tetas y me estiraba los pezones todo lo que daban. En otras circunstancias, aquello me habría dolido, pero ahora me causaba placer.

¡Sigue, sigue, que te voy a mear!

Y comencé a orinar en su cara, en su boca, rodando por su cuello hasta la cama. Paola seguían mamando, tragando mis jugos y mis orines, hasta que terminé y caí hacia delante, exhausta.

Todavía durante unos minutos ella continuó pasando la lengua entre mis hinchados labios, hasta que levantando una pierna me acosté a su lado.

Agarré su cara y la besé con fuerza.

Dime si gozaste así con Ernesto – le solté a quemarropa

Compréndeme, mi amor, tú y el señor me hacen sentir como nunca lo he hecho, cada uno a su forma – me respondió – A él lo deseaba, a ti te amo. Si ambos llegan a hacerme el amor al mismo tiempo, creo que enloqueceré de felicidad.

Esta bien – le dije conciliadora – Te creo. ¿Por qué no me traes algo de beber, mi vida?

Enseguida – me respondió levantándose de la cama.

Se puso la bata y salió del cuarto. Había sido algo fabuloso. Yo amo a Ernesto, pero también la quería mucho a ella, a pesar de que también hacía el amor con otras. Pero Paola era especial, mi amor por Ernesto y el cariño que sentía por ella no eran excluyentes. Siempre, desde que comenzamos a hacer el amor, quise que pudiésemos compartir los tres este amor, y ahora mi sueño parecía más cerca que nunca.

Había mandado a mi amante en busca de algo de beber por una única razón. Me levanté y cogí el juguetico. Me puse las bragas y con un hilo sujeté el pene a mi muslo. Me puse la bata y me senté en la cama, esperando por Paola.

Paola trajo un whisky para mí y otro para ella. Se sentó a mi lado y me dijo:

¿Te imaginas como la pasaremos cuando podamos estar juntos los tres?

Cada vez que pienso en eso me mojo toda – le dije después de beber un trago – Y espero que no terminemos ahí. Estoy segura que Ernesto está loco por coger con Lucía. Cuando miramos algún filme porno y aparecen jovencitas, la verga se le pone a millón. Después, cuando nos acostamos, me culea como si fuera un caballo.

Bueno, la tiene tan grande que podemos confundirlo – me dijo riendo.

Y ambas reímos por un rato con la ocurrencia.

¿Sabes? – le dije – Una vez pasaron una peli donde una chica cogía con un gran danés. Es impresionante la verga que tenía aquel animal, y la chica se la metía completa. Hasta se quedaba trabada igual que las perras – Paola me miraba con asombro – ¿Ves?, te asombraste. Así mismo estaba Ernesto, pero a mí la pucha se me empapó sólo de imaginarme que me clavasen algo así en el culo.

¿Y lo harías? – me preguntó Paola, más asombrada aún.

Bueno, si es un perro que yo haya criado y que esté bien limpio…, pues tal vez, para que después nadie me hiciese un cuento – volvía a tomar y Paola también lo hizo, tal vez para tragar el asombro – Tengo una amiga que lo hace a menudo con su dálmata, o al menos eso ella me ha contado.

¡Cielos! – soltó Paola abriendo los ojos – ¡Con la energía que tienen esos animales, le deben doler los huecos durante una semana!

Reí por lo cómico de la frase y ella también lo hizo. Ya habíamos terminado con la bebida, así que la acerqué a mí y le dije al oído:

¿No te gustaría tener una buena verga bien metida en tu culito?

Mucho…, y mientras más grande, mejor – me respondió mientras me besaba y me acariciaba los pezones por sobre la tela de la bata – Por eso me gustó tanto la de Ernesto, pero tú no te quedas atrás. No tendrás verga, pero eres una diosa haciendo el amor.

Nos besamos con ternura, largamente. La fui acostando mientras nos besábamos, abriendo su bata poco a poco. Continué con los besos y la caricias. Le puse la mano entre las piernas y comencé a acariciar su clítoris con la punta de los dedos. Así estuvimos un rato, Paola se iba excitando y trataba de quitarme la bata, pero se lo prohibí. Ella, obediente, se dejó hacer.

Abrí bien sus piernas y colocándome entre ellas comencé a comerle la

pucha. Le mamaba el clítoris como si fuese un pene, sacándolo y metiéndolo en mi boca, jugando con mis dedos en su orificio.

Cuando estuvo bien caliente y lubricada, con cuidado abrí mi bata y solté el hilo que sujetaba el pene de goma. Enseguida se irguió, medía casi 30 centímetros de largo y 5 de ancho, era algo descomunal, pero estaba segura que le cabría sin problemas. Paola gozaba de mi mamada y como yo estaba arrodillada ante ella, no notó nada. Saqué mi cabeza de su vagina y pegándome a ella fui subiendo mi cuerpo, cuidando de no tocarla con el consolador, hasta que estuvo en posición. Entonces lo tomé con una mano y puse su punta en el agujero de su vagina. Paola abrió los ojos sorprendida, pero no le di tiempo a reaccionar, comencé a meterlo.

¿Qué es esto, mi amor? – me preguntó gritando mientras yo se lo seguía metiendo – ¡Ay, Dios mío, que grande es!

Querías algo bien grande – le dije besándola – Ahora lo tienes.

Y se lo metí hasta el fondo. Gritó por lo ruda que fui, pero aquello era la culminación de mi venganza por haber gozado con Ernesto. Pronto se acostumbró al tamaño y comenzó a disfrutar. Entonces me erguí y me quité la bata. Sacaba aquel pene hasta la punta y volvía a meterlo bien adentro, golpeando su pelvis con la mía, sintiendo como gozaba cada embestida.

Ven, chúpalo – le dije sacándolo por completo.

Paola se acercó a mí, que estaba completamente de pie, y mamó el consolador como si se tratase de una verga de verdad. En realidad era igual que una verdadera, sólo que estaba hecha de goma. Mamaba como una loca, saboreando sus propios jugos, mientras corría el borde de las bragas y me metía los dedos en la pucha. Yo movía las caderas como si la estuviese follando, tal y como hacía Ernesto cuando yo se la mamaba sentada en la cama.

Verla chupando y sentir sus dedos en mi túnel me acabaron de excitar. Tenía ganas de clavarla, de que gozase hasta el desmayo.

Ponte de espaldas, quiero que la sientas en el culo – le ordené.

Mi amante se puso en cuatro patas sobre la cama, empinando el culo, listo para recibir mi regalo.

Pero no quería hacerle daño. Me agaché y le comencé a mamar su orificio negro, mojándolo bien, metiendo primero un dedo y después otro, y luego otro, sacándolos para mojarlos más y metiendo mi lengua en su ya dilatado orificio trasero. Tener ante mí aquellas nalgas preciosas, que ella misma abría para mí, la visión de la raja que terminaba en aquel huequito que yo iba haciendo más y más grande, me ponían muy cachonda. Mi vagina comenzó a chorrear, lo sabía, y además lo notaba porque las bragas de goma impedían que mis líquidos se perdiesen. El sabor de su culo me excitó aún más. Me paré y colocando el falo a la entrada de su ano, empecé a empujar, hasta vencer la resistencia del esfínter. A pesar de la dilatación, Paola no pudo evitar emitir un grito de dolor. Me detuve e inclinándome sobre ella, la besé en el cuello, diciéndole:

Relájate, mi amor, no te opongas, verás cuán pronto pasa el dolor.

Con una mano comencé a acariciar su erecto clítoris, realizando los mismos movimientos de masturbación que hacía en un pene, pero sólo con la punta de los dedos. Poco a poco Paola fue distendiendo los músculos, las caricias surtían efecto, sus jadeos se incrementaban y ella misma estaba empujando para que mi verga postiza entrase más.

La sujeté por la cintura y la fui penetrando hasta el final. Ella se restregaba furiosamente la raja y se movía como loca. Me sentía fascinada, veía como el falo de goma entraba y salía de su culo con facilidad. Nunca pensé que un culito tan lindo pudiese albergar algo tan grande. Me gustaba poder follarla, partirla en dos con mi verga de mentiritas, en ese momento hubiese dado cualquier cosa por tener una verdadera, tan grande como esa, para llenarle los intestino de semen y después chuparle el culo hasta sacarlo todo. Pero no podía ser así, además, a mí también me gustaba que me follasen.

Así que seguí moviéndome, clavándola más y más duro hasta que mi pelvis chocó con sus nalgas. El sonido que provocaban sus dedos en su pucha completamente mojada y los golpes contra sus nalgas

eran algo enloquecedor. Las dos gritábamos, nos decíamos groserías, gemíamos, gozábamos de aquello sin límites.

¡Sigue, sigue clavándome, carajo! – me gritaba Paola – ¡Párteme el culo, quiero que me duela para siempre!

¡Coge puta, mueve el culo bien rico, métete los dedos en la pucha y te vas a correr como la puta que eres! – le decía yo mientras se la metía más duro, sin piedad.

¡Más rápido, más rápido, que me estoy corriendo, coño!

Imprimí a mis caderas un movimiento más violento aún, con más velocidad, me venía a la mente la forma en que era follada la chica de la peli por el perro, e intentaba lograr un ritmo como aquel. Paola no soportó más y comenzó a correrse escandalosamente, echando para atrás el culo, como si temiese que le sacase la verga en esos momentos.

Sus gritos se prolongaron durante unos instantes, mientras el orgasmo la sacudía de pies a cabeza y de su vagina salía un río de flujos que, corriendo por sus muslos, iban formando en la sábana una mancha oscura que crecía por momentos.

Al fin cayo hacia delante, completamente vencida. Me recliné y la besé tiernamente.

¡Qué rico me has follado, amor! – me dijo con voz temblorosa – Ojalá hubiese estado Ernesto con nosotras, para que viese como su mujer me la clava en el culo, a lo mejor se embullaba y hacíamos mas cosas.

No te preocupes – le dije mientras la continuaba besando en el cuello – Estoy segura que pronto se nos unirá. Ya veo que estás satisfecha, pero yo necesito correrme, estoy que no aguanto.

Ven, acuéstate – dijo al tiempo que yo le sacaba del culo el consolador – Sácamela con cuidado, mira que me duele un mundo.

Cuando se la saqué por completo me quedé extasiada mirando su ojete. Parecía un túnel de lo dilatado que estaba. Me agaché antes de acostarme y se lo lamí, tratando de paliar un poco su dolor. Paola gruñó complacida, como si fuese una perra, mi perra.

Sin quitarme las bragas me acosté boca arriba, a su lado. Paola se arrodilló ante mí y comenzó a chupar el mástil que se erguía entre mis piernas, saboreándolo y limpiándolo por completo. Verla así, mamando entre mis piernas, acabó por excitarme.

¡Hazme correr! – le grité – ¡Goza mi chocha que te voy a dar todo lo que tengo!

Me fue quitando las bragas hasta que quedaron en el piso, entre sus piernas. Entonces colocó la base del pene de goma sobre el piso y se fue sentando sobre él, al tiempo que metía su cabeza entre mis piernas y comenzaba a mamar mi pucha. En realidad no necesitaba que me excitasen más, estaba ardiendo, si cerca hubiese estado un caballo, me hubiese metido su verga sin dudas.

No seas mala – le supliqué – Métemela a mí ahora.

No – me respondió – Te haré algo que sé que te hará correr como una yegua.

Y me fue metiendo los dedos, moviéndolos con dulzura, pero sin descanso. Primero me metió dos dedos , después adicionó otro, y al rato de estar moviéndolos en círculos dentro de mi raja, introdujo el cuarto. Sólo quedaba fuera el pulgar, y poco faltaba para que entrase. Ella tal vez no se imaginaba cuánto estaba disfrutando con aquello. Levanté mis piernas y con mis manos abrí aún más mi pucha, para que me metiese lo que viniese en ganas.

Instantes después a los dedos enterrados en mi vagina se unieron otros entrando en mi ano. Podía sentir la presión que hacían dentro de mí, como se tocaban solamente separados por una delgada pared. Aquel frote en mi interior acabó por hacerme perder el sentido de la realidad.

¡Méteme las manos, coño! – gritaba yo como loca, apretándome los pezones hasta casi hacerme daño, un daño que se convertía en placer – ¡Dale, métemelas ahora, hasta donde quieras!

Mis palabras sonaron como una orden para Paola. Escondiendo el pulgar en la palma de mano, me fue metiendo una mano en la vagina y otra en el culo. Era realmente demasiado, el dolor me hacía gritar, pero el placer me impedía huir de aquella tortura. Cuando tuvo las manos dentro, hasta las muñecas, las metió unos centímetros más y comenzó a meterlas y sacarlas, pero le resultaba difícil por la posición. Por eso fui girando mi cuerpo hasta quedar de costad

o. Levanté lo más que pude la pierna y sujetando sus brazos con mis manos, una delante y otra atrás, fui yo quien guió los movimientos. Me sentía copada por completo, llena hasta lo imposible, pero era algo fantástico. La gran cantidad de líquidos que había soltado, que rodaron hasta mi culo, permitía que las manos se moviesen con libertad. Incrementé el ritmo poco a poco, hasta que los salvajes movimientos me provocaron el orgasmo. Paola, mientras tanto, continuaba con el vibrador en su vagina y miraba con los ojos muy abiertos como yo me estaba corriendo.

Mientras me corría, los vaivenes de mi pelvis se sumaron a los de las manos y creo que me desmayé. Cuando abrí los ojos, ya Paola había sacado sus manos y las estaba lamiendo. Me incorporé y me uní a ella, hasta que nos fundimos en un beso.

Esto ha sido grandioso – le dije apretando sus nalgas – Nunca pensé que pudiese hacerlo, he gozado como nunca, me duele hasta la vida, pero es el dolor más rico del mundo.

Si el señor nos viera seguro que se caería para atrás – me dijo con picardía.

Lo más probable es que metiese su verga en mi boca para llenarla de leche o tal vez te hubiese estado cogiendo el culo – y la risa no invadió a ambas.

Reímos un rato comentando lo mucho que habíamos gozado y después nos bañamos juntas, como siempre hacíamos después de estar juntas.

Paola se acostó desnuda, la cubrí de besos y la arropé. Me despedí y subí a nuestra habitación. Ernesto dormía como antes, sólo que ahora tenía la verga completamente parada, tanto que la sábana formaba una carpa, ya que siempre dormía desnudo. Estuve tentada a mamarlo un poco, pero tuve miedo que quisiese follarme, en esos momentos no lo podría soportar, además que él se daría cuenta de la dilatación que aún mostraban mis agujeros. Así que me acosté a su lado con cuidado, para no despertarlo, y me dormí enseguida.

La sorpresa me la habría de llevar a la mañana siguiente, cuando Ernesto me despertó pasándome por los labios el pene de goma unido a las bragas. Pero será mejor que él continúe contándoles. Un beso y chao.

(continuará…)

Nota: Hola, soy Raúl. Si tienes algún comentario o sugerencia, escríbeme a raul (arroba) laisla.get.tur.cu, lo agradeceré.

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Escrito por Marqueze

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