SIN LÍMITES (X) CLARITA

Filial, Orgía. Esperando la visita de la radiante y bella prima de su esposa.

Escuché el relato de Carmen completamente absorto, a veces imaginando como sería follar con Lucía, gozar de ese culito que se me presentaba en la mente como un manjar exquisito, de verla hacer el amor con mi esposa y con su hermana, de tenerlas a todas desnudas frente a mí, sin olvidar a las adorables Mirtha y Yanet, entregadas a la más desenfrenada orgía, listas para saciar mis deseos.

Paola estaba a punto de correrse con las caricias de Carmen, que durante todo el tiempo que duró su relato estuvo jugando delicadamente con su clítoris. Yolanda y yo comprendimos que ese era su momento y nos apartamos para mirarlas. Carmen, en cuanto vio que nos sentábamos en una esquina de la cama, supo que les dábamos vía libre para satisfacerse una a la otra. Hizo que Paola se acostase en la cama y se situó frente a ella, admirando su fenomenal clítoris, sin dejar de acariciarlo, hasta que no pudo aguantarse mas y la emprendió a chupetones con aquello que la embelesaba. Paola, sintiendo los labios de mi asistente que la chupaban con delirio, se apretaba los senos con ambas manos, y de vez en cuando estiraba sus pezones, provocando erizamientos de placer que recorrían toda su piel en oleadas. Mientras, Carmen tenía dos dedos clavados en el orificio trasero de nuestra sirvienta, que ante tanto ataque había comenzado a correrse. Sus jugos empapaban toda la cara de Carmen, que no cesaba de chupar aquella especie de pequeño pene que tenía Paola entre sus labios vaginales.

Miré a Yolanda y le hice un guiño. Enseguida comprendió lo que yo quería y tomando el vibrador, comenzó a penetrar el culito de Carmen que, tomada desprevenida profería maldiciones, pero sin soltar la pucha de Paola.

¡Dios mío, despacio, despacio! – gritaba entre dientes.

Pero Yolanda no le hacía caso, y no paró hasta tener todo el vibrador bien clavado. Sólo entonces comenzó a moverlo hacia adentro y hacia fuera, con ligeras rotaciones de la muñeca hacia un lado y hacia otro. El dolor había desaparecido, o simplemente había sido sustituido por el placer. Lo cierto es que Carmen había abandonado la pucha de Paola, que ahora observaba como la follaban, y empinando su culo, gozaba con lo que Yolanda le estaba haciendo. Hasta que no pudo más y se corrió, gritando su orgasmo de forma desaforada.

Cuando todo se hubo calmado, le indiqué a Paola que nos subiese algo de comer. La linda Paola, con sus muslos mojados por sus jugos y el culito dilatado, salió de la habitación, no sin antes besar mi verga y las puchas de Carmen y Yolanda. Así, saboreándose, nos dejó solos.

Carmen, ha sido fascinante lo que me has contado – le dije mientras nos acostábamos en la cama, yo en centro – No sé cuánto podré esperar para tener en mis manos a Lucía.

Me imaginé que estabas loco por follarla – dijo Yolanda, tomando mi verga y apretándola, como para regañarme, pero sonriendo – De seguro que sueñas con su culo.

Ni lo pienses – le respondí y me reí de la cara de asombro que pusieron ambas – Sueño con toda ella, no sólo con su culo.

Y reímos los tres. Carmen me besó con ternura los labios mientras acariciaba mis bolas.

¿Y no te gustaría ser el primero que penetre la puchita de mi hermana Pamela? – me preguntó, pero mirando a Yolanda, buscando su aprobación.

Es cierto – dijo mi esposa – Supongo que semejante propuesta te halague.

Yo no podía ni hablar. La idea de desvirgar a Pam, , me había encendido nuevamente los motores y mi verga, entre las manos de Yolanda y Carmen, crecía por segundos.

Creo que no hace falta que respondas – me dijo Yolanda sonriendo mientras Carmen no dejaba de acariciarme – Tu verga, como siempre, habla por sí sola.

Nos reímos de la ocurrencia y en ese momento entró Paola con una bandeja de emparedados y gaseosas.

¿Me perdí algo? – preguntó al ver nuestra risa.

No, todavía – respondió Carmen y saltó sobre la bandeja – Es que Ernesto no puede contenerse. De sólo pensar que va a follarse a Pam, está a punto de correrse.

Paola también rió, pero no quitaba

la vista de mi verga. Yolanda se dio cuenta y le dijo:

Déjalo, Paola, que debe guardar fuerzas. Presiento que Pam le dará mucho quehacer.

Un momento, – interrumpió Carmen después de tomar un poco de gaseosa para poder tragar el enorme pedazo de emparedado que tenía en la boca – Yo soy la primera que desea que sea precisamente Ernesto el encargado de desvirgar a Pam, sencillamente porque tiene una magnífica verga, sin mencionar sus trucos y fortaleza. Pero creo que es mejor que yo prepare a mi hermanita poco a poco. Un proyectil de ese tamaño no se clava así como así. Además, ella tal vez haya hecho sus cositas, pero nada serio, y puede asustarse ante algo semejante.

Todos estuvimos de acuerdo en que Carmen y Paola fuesen las maestras de Pam por unos días, ya que al día siguiente vendría a visitarnos Clarita, la prima de mi esposa.

El resto de la tarde nos entretuvimos conversando y jugando cartas. Paola, a instancias de mi esposa, subió unas botellas de vino de la despensa y pasamos un rato maravilloso. Antes de la cena nos fuimos todos al baño de la planta superior, que es espacioso y cómodo, y nos bañamos juntos, disfrutando sin prejuicios, lavándonos unos a los otros, ocasión que aproveché para observar el formidable trío que formaban Yolanda, Carmen y Paola, que en este caso era el centro de las atenciones de mi esposa y mi asistente. La hicieron correrse un par de veces y después mi esposa se sentó sobre mi erecta verga, clavándose completamente en el culo, abriendo su pucha con las manos y ofreciéndosela a Paola y Carmen, para que la mamasen mientras yo la follaba. Nos corrimos al unísono, inundando sus intestinos con mi semen. Yolanda se levantó y, volviéndose, abrió sus nalgas para que Paola, verdadera adicta a mi leche, chupase su ano, sacando todo lo que yo habían depositado allí.

Más tarde cenamos y cerca de las 12 de la noche Carmen se marchó, ofreciéndose para llevar a Paola a su casa. Supongo que hallan tenido una noche de sexo salvaje, como a ellas les gusta.

Yolanda y yo, agotados, nos fuimos a la cama, donde conversamos un rato sobre lo sucedido durante el día y sobre el cambio que habíamos dado a nuestras vidas, abriéndonos más a los placeres, sin inhibiciones, dispuestos a disfrutar del sexo en toda su extensión.

También hablamos sobre la visita de Clarita al día siguiente. Yolanda no me lo había comentado con anterioridad, pero me dijo que fue un olvido involuntario debido a lo vertiginoso de los últimos acontecimientos.

Rendidos, no dormimos al fin. Recuerdo vagamente que soñé con una fantástica orgía donde yo penetraba a Pam mientras Yolanda, sentada sobre su carita, se corría en un interminable orgasmo, al tiempo que trataba de meter en el culo de Paola un bate de béisbol embarrado en grasa. Carmen, con la cabeza entre mis piernas, pasaba la lengua por mis bolas, mientras Mirtha y su mamá, Yanet, se disputaban el placer de chupar su pucha. De pronto entraba en la habitación Clarita, la prima de mi esposa, y parándose en el centro se vaciaba sobre el cuerpo desnudo una botella de champagne. Todas las mujeres corrían a lamer su cuerpo y me dejaban solo, con la tiesa verga soltando chorros de semen que se quedaban flotando en el aire, como si no existiese la gravedad. Un timbre anunciaba el fin de la fiesta y todas se marchaban, desnudas y abrazadas, riéndose de mí, que trataba de golpearlas con el bate de béisbol, que de repente se transformaba en una serpiente que se enroscaba en mi brazo y me zarandeaba con todas sus fuerzas.

Me desperté con las sacudidas de Yolanda. Ella era la serpiente y supongo que el timbre que escuché en el sueño, en realidad correspondía a Clarita, llamando a la puerta.

Despierta Ernesto – me decía mi esposa – que ya llegó Clarita.

Pues que llegue – le dije tratando de volver a dormir.

Despierta, anda – insistía ella – Paola ya la hizo pasar y seguro que viene subiendo las escaleras y tú estas desnudo y con la verga tiesa.

Sus palabras acabaron por despertarme. En realidad no era una mala idea que Clarita se topase con mi herramienta lista para la pelea, sobre todo ahora que yo sabía lo puta y salida que era. Pero bueno, los formalismos son los formalismos. La prima venía acompañada de un amigo y no era conveniente que me viese en semejante facha.

Ok, sal y dile que enseguida bajo – le dije a Yolanda mientras me levantaba y entraba al baño para asearme.

Cuando entré al baño lo hice pensando que la posibilidad de formar un trío con Yolanda y Clarita se había esfumado ante la presencia del novio de ésta última, aunque no del todo. En realidad debía tantear el terreno. Si hasta ese momento Yolanda no había puesto reparos en compartirme con otras mujeres, tal vez sería estupendo follarla entre dos hombres. Es cierto que ella también había disfrutado de esas mujeres, incluso mucho antes de que yo lo hiciese, pero la idea de llenarle sus agujeros con sendas barras de carne caliente era realmente seductora. Todo esto sin contar lo excitante que sería verla junto a su prima y gozar de ambas.

Con estos pensamientos mi verga volvió a adquirir la dureza del acero, así que me duché con el agua bien fría, para calmarla un poco. Al menos debía estar presentable cuando los encontrase en la planta baja.

Yolanda hacía un rato que se había duchado y al estar vestida, había bajado, adelantándoseme. Cuando bajé, los busqué en la sala, pero no estaban allí. Escuché voces provenientes del comedor y hacia allí me dirigí. Al entrar recibí una grata sorpresa.

Pero Pablo, ¿qué haces tú en mi casa? – exclamé cuando reconocí en el hombre que estaba con mi esposa y su prima, a un viejo amigo de los años escolares, en unión del cual pasamos gratos momentos, fiestando y gozando de la libertad de la juventud.

¿Eres tú, Ernesto? – me dijo mientras se levantaba para estrecharnos en un fraternal abrazo.

Yolanda y Clarita nos miraban intrigadas, por lo que le expliqué lo que pasaba.

Así que ustedes se conocen – dijo Clarita con picardía.

Estaba radiante y tan bella como siempre. Su cuerpo seguía tan escultural como siempre y ahora, con el pelo de su color natural, estab simplemente arrebatadora. Vestía un jean ajustado, con la cintura muy baja, tanto que sobrepasaba el pubis en sólo unos centímetros. Su pecho estaba apenas cubierto por una pequeñísima prenda de punto, muy ajustada. Era evidente que no usaba sujetadores, que por demás, no necesitaba. Sus senos, perfectos y firmes, desafiaban la gravedad, y estaban coronados por unos magníficos pezones que se marcaban en toda su plenitud. Tal parecía que de un momento a otro rompería la delgada tela. Todo su abdomen quedaba al descubierto, incluyendo su precioso ombligo. Su cintura estrecha hacía más notable aún sus nalgas paradas y rotundas, de una firmeza cultivada con continuos ejercicios, que se adivinaba a través del ajustado jean.

Pablo, por su parte, vestía con ropa holgada, blanca, que no impedía observar que también era asiduo a los ejercicios. Ya desde la universidad se había aficionado a las pesas y, evidentemente, mantenía su aficción.

Si yo no quitaba los ojos de Clarita, con la boca hecha agua y las pelotas latiendo de ganas, Yolanda no dejaba de mirar a Pablo con ojos lascivos. Ya me imaginaba las cosas que pasaban por su mente. Más tarde, en cuanto tuviésemos una oportunidad, conversaría al respecto con ella.

Sí, siempre fuimos muy amigos, – le expliqué, pensando en como se vería su linda boquita con mi verga adentro – pero la vida nos llevó por caminos diferentes y nos distanciamos.

Pero la vida da muchas vueltas – continuó Pablo – A sido una muy feliz coincidencia encontrarnos nuevamente. Espero que la pasemos tan bien como cuando éramos más jóvenes.

Claro que sí – dijo mi esposa, incorporándose a la conversación – estoy segura que la pasaremos muy bien, ¿no es cierto, mi amor?

Me miraba directamente a los ojos, y estaba claro por qué recalcó el "muy bien". Ella pensaba precisamente en lo que había estado rondando mi cabeza. Sin embargo, inmediatamente cambió la vista y miró a Clarita, que le sonrió con complicidad.

Entonces me di cuenta que ya Clarita sabía que yo estaba al tanto de todo. "que bien, pensé, si Clarita ya lo sabe, pues no dudo que se preste para divertirnos los cuatro. Pablo siempre fue muy liberal y estoy seguro que también estará de acuerdo. Después veré como prepararlo todo".

Me senté a la mesa

y llamé a Paola. Enseguida me trajo el desayuno. Caminaba moviendo lindo culito y su saya estaba más corta que antes. Además, cuando me sirvió el café, se inclinó más de lo normal y todos pudimos ver que no tenía sostenedores. Sus pequeñas y duras teticas casi pedían a gritos que las chupasen. Yolanda y Clarita se miraron sonriendo, y a Pablo casi se les salen los ojos. Yo aproveché que la mesa me cubría para, con disimulo, meter una mano entre sus muslos y rozar su pucha. Comprobé que tampoco usaba bragas y que estaba sumamente húmeda.

Cuando terminó de servir se retiró, pidiendo permiso. Nosotros continuamos desayunando y conversando. Al final decidimos que lo primero sería bañarnos en la piscina y tomarnos unas cervezas.

Pablo tomó sus bolsos y lo acompañé a la habitación de huéspedes, mientras Yolanda subía con su prima y se metían en nuestra habitación.

Ni te imaginas lo tranquilo que estoy ahora – me dijo de pronto Pablo, cuando estuvimos a solas.

¿Por qué lo dices? – le pregunté intrigado.

Nada, que todo el tiempo imaginé que la prima de Clarita tal vez era una pesada y su marido un estúpido barrigudo – me respondió – Pero al verte comprendí que tu esposa no podía ser así. Además, cuando nos recibió se mostró muy jovial y familiar, así que cuando apareciste supe que todo sería de maravillas.

Ahora sí que no sé que rayos hablas – lo referente a la "prima pesada y al marido barrigudo" lo podía entender, pero las supuestas "maravillas" me dejaron en blanco.

No te hagas el bobo, Ernesto – me dijo mientras se quitaba la ropa y se ponía un bañador – Clarita es muy liberal y con ella he pasado momentos magníficos. No pone reparos a la hora del sexo, incluso hemos llegado a compartir con otras parejas, el sexo en grupo ¿comprendes?, como hacíamos en la universidad.

Ya caigo – comprendí al fin – Pensaste que tendrías un fin de semana bien aburrido.

Eso mismo – continuó Pablo – No creas que no me di cuenta de que mirabas a Clarita de una forma que no dejaba lugar a dudas, la desvestías con los ojos.

Disculpa, Pablo – me excusé apenado – Es que ella está muy buena. Supongo que todos los hombres la miren igual. Te felicito, de veras. Tienes una novia que está para comérsela.

Pablo estaba terminando de acomodar las cosas y yo aproveché para quitarme la bata. Los fines de semana, cuando estamos en casa, lo primero que hacemos es desayunar y después salir a tomar el sol en la piscina. Hoy, instintivamente, me puse el bañador y encima la bata, así que no tenía que pasar por la habitación para cambiarme.

No tienes que disculparte, Ernesto – me dijo Pablo cuando terminó lo que estaba haciendo – Además, Yolanda también está muy buena. Sería estupendo poder cambiarnos las mujeres por un rato, ¿no crees?

Y se echó a reír. Yo no sabía si lo había dicho en broma o en serio, pero debía arriesgarme.

¿Estás jugando? – le pregunté a bocajarro.

Vamos, Ernesto, ¿no te habrás vuelto un mojigato? – preguntó Pablo, aún sonriente – No me vayas a decir que no tienes ganas de follarte a Clarita.

Claro que sí, hombre – respondí aliviado – Y por lo que veo, tú estás loco por hacerlo con Yolanda. El problema está en convencerlas.

No te preocupes – me dijo – A Clarita no hay que decírselo dos veces. Y si su prima es igual a ella, estoy seguro que accederá.

De Yolanda respondo yo – aquello colmaba mis expectativas – Ahora bajemos, que ellas ya deben estar abajo.

Salimos de la habitación y cuando pasamos por mi alcoba, toqué suavemente a la puerta.

Entra, Ernesto – me respondió Yolanda.

Abrí la puerta y las vi aún vestidas, sentadas en la cama, conversando.

Nosotros ya vamos para la piscina – les dije – no se demoren.

Ambas me lanzaron un beso, pero Clarita, mientras lo hacía, mirándome a los ojos, se acariciaba uno de los pezones, que estaban muy erectos. Era seguro que mi esposa estaba contándole los detalles de lo sucedido el día anterior. Si eso era cierto, seguro que ambas estarían de acuerdo con lo que Pablo y yo teníamos pensado.

Cerré

la puerta y alcancé a Pablo que ya había bajado.

Vamos a buscar unas cervezas – le dije – Ellas vienen después.

Entramos en la cocina y nos encontramos con Paola que, inclinada, recogía algo del piso. Debido a la posición y lo corto de su nueva saya, se le veía todo el trasero y la pucha. Pablo se detuvo en seco y quedó extasiado mirando lo que se nos ofrecía ante nuestros ojos. Paola, sintiéndonos, se enderezó y se dio vuelta.

¿Desea algo el señor? – me preguntó con el más profesional de los tonos, pero con los ojos brillando.

Sólo unas cervezas, Paola – le respondí con seriedad – Pero antes acércate, quiero presentarte a mi amigo Pablo – Paola se acercó hasta quedar frente a nosotros, muy cerca – Realmente es como si fuese mi hermano, así que complácelo en todo.

¿En todo, señor? – Paola me miraba interrogante.

En todo, Paola – le respondí – Absolutamente en todo. Por ejemplo, cuando entramos estabas en una posición muy excitante, y Pablo se quedó con las ganas de ver más, ¿lo complacerías?

Con mucho gusto, señor – dijo Paola mientras se daba vuelta coquetamente.

Al quedar de espaldas a nosotros volvió a inclinarse, sólo que esta vez alzó su saya aún más, lo que nos permitió admirarla por completo.

Pablo se acercó y pasó su mano por las nalgas de Paola, acariciándolas. Poco a poco fue introduciendo sus dedos en la raja, hasta tocar su orificio trasero, frotándolo con fuerza. Después la mano siguió su camino hasta llegar a la pucha, donde introdujo dos dedos, comprobando lo húmeda que estaba.

Tienes una pucha exquisita, Paola – le dijo Pablo – Será un verdadero placer disfrutar de ella en algún momento.

Estoy a su disposición, señor Pablo – Paola volvió la cabeza y nos miraba sonriente.

Pablo seguía metiendo y sacando los dedos de la pucha de Paola. El olor que subía era excitante y ya nuestras vergas estaban que querían salirse del bañador.

Un momento, Pablo – le dije interrumpiéndolo – No creo que podamos salir en estas condiciones.

Es cierto, si nos ven será un escándalo.

Siempre hay una solución – le dije y mirando a Paola le ordené – Ven, chúpanos la verga, para calmarnos un poco.

Paola, diligente y complacida, se arrodilló ante nosotros y liberó nuestras vergas, que saltaron como potros encabritados. Le indiqué que empezase con la visita, por cortesía, y rápidamente tomo el miembro de Pablo y lo introdujo en su boca, casi por completo, al tiempo que me masturbaba lentamente.

Fue alternando la masturbación y las vergas en su boca, haciéndonos delirar de placer. Cuando nos sintió próximos al orgasmo, se desabotonó la blusa, dejando sus turgentes senos ante nuestra vista y tomando una verga en cada mano, las acercó mucho, casi hasta tocarse, pasándonos la lengua a una y después a la otra, sin dejar de masturbarnos. Nos corrimos al mismo tiempo y los chorros de semen golpearon su cara y su pecho. Abrió la boca todo loque pudo y acercándose aún más capturó muchos de ellos, tragándose todo lo que podía, aunque el semen corría por su cara y su cuello, llegando a las tetas. Cuando terminamos, nos limpió con la lengua, tragando los restos, pasándose as manos por la cara y pecho, regando por su piel el contenido de nuestros cojones.

Gracias, Paola – le dijo Pablo – Ha sido algo magnífico.

Es cierto, linda – dije yo – No te preocupes, ya nos encargaremos de que tengas la suficiente atención este fin de semana.

Y tomando una nevera portátil, echamos en ella algunas cervezas y salimos hacia la piscina.

Yolanda y Clarita aún no habían bajado, por suerte. No sé que habría sucedido si nos hubiesen sorprendido en la cocina. Yolanda no me preocupaba, pero la situación no dejaría de ser un poco tensa.

Alrededor de la piscina tenemos algunas mesitas, de esas que tienen sombrillas, como en la playa, para aquellos que no desean solearse. También colocamos unas esteras de esponja, muy suaves, donde nos tendemos a tomar el sol.

Pues bien, colocamos la nevera bajo una de las sombrillas y hasta allí arrastramos las esteras, para estar cerca de la bebida. Nos sentamos a la sombra y comenzamos a beber pa

ra refrescarnos del calor reinante.

Ernesto, ¿de dónde sacaste a la belleza que tienes por sirvienta? – me preguntó Pablo, ya repuesto de la mamada que nos dio Paola.

El mérito no es mío – le respondí – Yolanda es quien se ocupa de esas cosas.

Pues está muy buena – dijo Pablo mientras tomaba un sorbo de cerveza – No tiene nada que envidiarle a Clarita y Yolanda. Por lo que acabo de ver, debes gozar mucho teniendo mujeres como ellas dos.

No sólo a ellas, Pablo, no sólo a ellas – le respondí riendo.

¡¿Cómo?! – casi gritó – ¡¿Acaso hay más?!

Por supuesto – y reí de su cara de asombro -Pero no aquí. Son empleadas mías y algunas otras que espero poder presentarte.

Pues no sé si podré aguantarme – dijo Pablo volviendo a beber de la lata – Si están tan buenas como éstas, pues apúrate, hombre.

No te preocupes, que para todo hay tiempo – y mirando hacia la casa le dije – Espera un momento, voy a ver que pasa.

Entré en la casa y cuando iba a subir las escaleras sentí un murmullo, proveniente de la cocina. Con mucho cuidado me acerqué y abrí me puse a mirar por una rendija de la puerta entreabierta.

Paola estaba recostada a la mesa, con la blusa desabotonada y la saya subida hasta la cintura. Pero eso no era lo importante. Yolanda y Clarita, cada una con un minúsculo traje de baño de dos piezas que apenas cubrían sus puchas y sus tetas, le lamían la cara, los senos, le chupaban los pezones, la mordían con dulzura, todo ello mientras le hacían la paja entre las dos. Paola se estremecía y estaba a punto de correrse. Clarita rápidamente se agachó frente a ella y comenzó a chuparle el clítoris, lo que desencadenó el orgasmo. Mientras tanto, Yolanda no soltaba sus tetas, prendida a uno de los pezones. De pronto alzó la vista y me vió. Sin dejar de chupar, me guiñó un ojo, a lo que respondí con igual seña.

Silenciosamente me aparté. Instantes después mi esposa, salía de la cocina.

Silencio – me dijo con voz baja – Vayamos al recibidor.

Cuando llegamos al recibidor, se asomó para ver si nos habían seguido. Cuando comprobó que estábamos solos, me dijo:

¿Qué te pareció?

Estupendo – respondí – Veo que no pierden el tiempo.

Ni ustedes – y pasándose la lengua por los labios continuó – ¿Crees que no nos dimos cuenta que Paola tenía la cara y las tetas llenas de leche?. Buena mamada que les dio a ustedes dos.

Es cierto, Pablo casi se vuelve loco cuando le vio el culo y la pucha – le dije mientras le tocaba su entrepierna, húmeda y caliente – Pero ustedes se encargaron de limpiarla.

Sí, y bien que lo hicimos – y suspiró – Aunque hubiese preferido ser yo a la que le embarrasen la piel de semen.

¿Te gustaría? – le pregunté, aunque imaginaba la respuesta.

¿Y qué tú pensabas? – me preguntó a su vez, pegándose a mí y tocando mi verga – ¿No crees que yo también tengo derecho a ser complacida?

Por supuesto – respondí besándola en los labios – Ahora que no tenemos ningún secreto, creo que son muy justos tus deseos. Sólo falta que Clarita no se oponga.

Por lo que veo, Pablo está de acuerdo – y sonriendo continuó – Por mi prima no te preocupes, esa es más puta que yo. Mientras estábamos en la alcoba le conté lo que pasó ayer y la muy salida se hizo una paja casi pidiendo a gritos que se la metieses. Menos mal que ustedes bajaron, porque de seguro la hubiesen escuchado. Después, cuando bajamos nosotras, pasamos por la cocina y vimos a Paola masturbándose. Clarita me miró y enseguida se lanzó sobre ella. Yo no pude contenerme y me uní. Ella también se dio cuenta del semen en el cuerpo de Paola, pero lo único que hizo fue lamerlo, saboreándose de gusto.

Pues Pablo no sólo está de acuerdo, – le dije – sino que está loco por follar contigo, pero es casi seguro que no encuentre la forma de lanzarse.

Déjame eso a mí – y me besó con los ojos brillando de alegría – Pero eso sí, no puedes dejarme sin probar las dos pollas al mismo tiempo. No quiero que te enredes con Clarita y después no me atiendas.

Claro que te complaceré en todo, mi amor, ten

lo por seguro.

Y fuimos hacia la piscina y mientras lo hacíamos, Yolanda se desposo de la parte superior del traje de baño, dejando sus magníficas tetas a la vista. Allá estaba Pablo exactamente donde lo dejé, conversando con Clarita que se había acostado en una de las esteras y estaba tomando el sol.

¿Cómo están ustedes por acá? – les preguntó Yolanda, para llamar la atención.

Pablo quedó boquiabierto ante los rotundos senos de mi esposa, al tiempo que Clarita no quitaba los ojos de mi bañador, donde se marcaba el bulto de mi verga, algo excitada por las caricias que me dio Yolanda mientras conversábamos y la visión de ambas mujeres haciendo gozar a Paola.

Y si Clarita no dejaba de mirar mi verga, yo estaba desesperado por probar las delicias que prometía su cuerpo, delicias que casi saltaban a la vista, como aquellas hermosas tetas que pugnaban por salirse del traje de baño, cuyos erectos pezones me volvían loco.

Los esperábamos – respondió Pablo cuando al fin recuperó el habla – A punto estaba de salir a buscarlos.

¿Tanto deseabas que estuviésemos junto a ustedes? – preguntó Yolanda con picardía.

Más de lo que te supones – no pudo controlarse Clarita y respondió.

Pues no se diga más – dije yo interrumpiendo una conversación que sólo podría terminar en un desmadre inmediato – Ya estamos aquí y estoy seguro que será un buen rato.

Me senté junto a Pablo, muy cerca de Clarita, tomé una cerveza de la nevera y le ofrecí a Yolanda y a su prima. Clarita enseguida la tomó, pero Yolanda se excusó, diciendo que primero quería tomar un poco de sol.

Pablo, a Ernesto le molestan las cremas y los bronceadores – dijo mi esposa volviéndose hacia mi amigo – ¿Por qué no me untas el bronceador?

Será un placer – respondió Pablo sin dilación.

Y tomando el pote, que Clarita había traído y que estaba sobre la mesa, se sentó en el piso, junto a Yolanda.

¿Por dónde quieres que empiece? – le preguntó a mi esposa, que yacía sobre su espalda.

Por el frente – le respondió – No quiero que se me quemen mucho las tetas.

Pablo captó la idea y embarrándose las manos, comenzó a regar el bronceador por su pecho, saboreando con sus dedos las preciosas tetas de Yolanda, que cerró los ojos, entregándose a las caricias. Sus pezones crecían a cada segundo, poniéndose duros como roca, invitando a acariciarlos con más confianza. Y precisamente esto fue lo que hizo Pablo, aún cuando ya tenían suficiente bronceador.

Con sus dedos atrapó los pezones, sobándolos con delicadeza, rodeando la aureola, que se endurecía al contacto de los dedos y que, evidentemente, causaba mucho placer a mi esposa. En su cara se dibujaba una sonrisa de satisfacción que presagiaba emociones mucho más fuertes por llegar.

Mientras tanto, Clarita y yo observábamos en silencio lo que sucedía. Yo tomaba lentamente mi cerveza, pero la prima de mi mujer no podría contenerse por mucho tiempo. Se había vuelto hacia ellos y, apoyada su cabeza en uno de sus brazos, no se perdía ni un detalle. Noté como poco a poco su respiración se hacía más agitada y pronto su mano comenzó a rozar disimuladamente sus pezones que, al igual que los de Yolanda, crecían ante mis ojos, con la diferencia de que todavía tenía puesto los sujetadores del traje de baño.

Volví a mirar hacia los que hacían mi mujer y Pablo. Las caricias de mi amigo habían surtido efecto. Yolanda continuaba con los ojos cerrados, pero su boca entreabierta dejaba escapar el sonido de su respiración acelerada. Pablo se ocupaba ahora de untar la loción por su vientre, muy cerca del pubis. Para poder hacerlo con soltura se había acomodado mejor. Su endurecida verga, prisionera aún del bañador, quedó muy cerca de la mano de Yolanda que reposaba a su costado.

Cuando Pablo comenzó a acariciar los muslos de Yolanda, ésta no pudo contenerse y los separó lo suficiente como para que pudiese llegar con sus dedos a la cara interior de los mismos, dejando ver de paso, a través de la tanga, su hinchada bulba. Entre sus piernas se notaba una mancha oscura, producto de los jugos que fluían de su exc

itada pucha. A Pablo se le querían salir los ojos, sus manos corrieron por los muslos, de arriba abajo, por fuera y por dentro, tan cerca de la vagina de mi esposa que en varias ocasiones la rozaron. Yolanda estaba muy excitada, era evidente, su mano fue palpando hasta atraparte el pene de Pablo y comenzó a acariciarlo, apretándolo y soltándolo alternamente, aún por encima del bañador.

Ya Clarita estaba super caliente. Se había liberado del sujetador y acariciaba sus pezones descaradamente. Se había sentado para ver mejor e, introduciendo una de sus manos por el borde de la tanga, se masturbaba con frenesí. Su vista iba de Pablo y mi mujer a mi verga, que formaba un bulto enorme entre mis piernas. Estaba seguro que con tan sólo sacarla afuera, Clarita se lanzaría a chupármela con ganas, pero quería que se excitase aún más.

Pablo, al sentir la mano de mi esposa sobando su verga, comprendió que poco faltaba por decir, así que empezó a sobar la pucha de Yolanda, corriendo la tanga hacia un lado con una mano y acariciando el clítoris con otra. Yolanda se las ingenió para liberar su verga, la que masturbaba con ternura, regando con sus dedos el líquido preseminal que fluía por el orificio del glande. De seguir así, ambos se hubieran corrido en breve, pero mi esposa fue más sabia. Soltando la verga de Pablo, se volvió hacia nosotros y dijo:

El calor es tremendo, ¿verdad? – miró a Clarita y le guiñó un ojo – ¿No creen que es mejor que nos quedemos desnudos?, en un final, todos somos bien adultos, ¿no?

Como tú digas, amor – fue mi respuesta

Pablo no respondió, ocupado como estaba en tratar que no se notase su erecta verga y Clarita sólo emitió un gruñido de aprobación, mientras se despojaba apresuradamente de su tanga, empapada por sus líquidos vaginales.

No te esfuerces, Pablo – Yolanda se acercó y le comenzó a bajar el bañador, dejando nuevamente al descubierto su verga tiesa como un palo – Es normal que la tengas dura, pero ya pronto se te bajará.

Y se acostó bocabajo, diciéndole que continuase regando el bronceador, pero que para que pudiese hacerlo bien, era mejor que se arrodillase entre sus piernas, y abriendo las piernas se acomodó para lo que seguramente pasaría dentro de poco.

Clarita se masturbaba mirándome fijamente, con tres dedos clavados profundamente en la pucha y con la otra mano frotando fuertemente su clítoris. De entre sus dedos se escurrían los jugos y como tenía las piernas muy abiertas y levantadas, corrían hasta su ano, lubricándolo.

Pablo regaba el bronceador por la espalda de Yolanda y la punta de su verga subía y bajaba por raja de sus nalgas. Poco a poco fue llegando a la cintura. Yolanda subió un poco su culo, de forma tal que la verga rozaba ahora la pucha, justo entre los labios vaginales, pero todavía de forma superficial. Al sentir el contacto de la verga echó las manos atrás y tomando sus nalgas, las abrió todo lo que pudo, mientras decía:

Úntame por todos lados, no tengas pena.

Pablo enseguida le hizo caso, pasando sus manos por toda la raja, apretando las nalgas, acariciando su ojete, mientras continuaba la mutua masturbación con la verga, que ahora tenía mucho mejor contacto.

La prima de mi mujer estaba a punto de correrse. Ya no se acariciaba el clítoris porque ahora tenía clavados dos dedos en el culo, que movía a la misma frenética velocidad con que movía los que tenía en la vagina.

Saqué mi enorme, dura e hinchada verga y acercándome a Clarita se la metí en la boca, para que me mamase mientras se corría. Sin dejar de masturbarse, comenzó a chupar mi verga con desenfreno, tragándola casi hasta las pelotas, metiéndosela hasta lo más profundo de su garganta, mientras su cuerpo se estremecía y arqueaba en pleno orgasmo.

El aire estaba lleno con los gemidos y jadeos de placer que emitíamos, el olor a sexo lo inundaba todo, era algo delirante. Aunque aún Pablo no había penetrado a Yolanda, el rozamiento pronto los haría correrse, así que supuse que Yolanda se voltearía para recibir la descarga en la boca, pero Pablo no se pudo contener.

Asiendo a Yolanda fuertemente por la cintura, la clavó de un golpe, hasta los cojones. La pucha de mi muje

r recibió la embestida, acostumbrada como estaba a cosas mayores, pero no pudo evitar que se le escapara un grito:

¡Aaaggh! – y apoyando las manos en la estera gritó – ¡Muévete, cabrón, fóllame con ganas, dame tu leche!

Pablo bombeaba con todas sus fuerzas y su pelvis chocaba con furia contra las nalgas de Yolanda. Hasta que en medio de gemidos, comenzó a correrse.

¡Métela en mi culo, maricón! – dijo Yolanda y se echó para delante – ¡Quiero tu leche en mi culo, ahora, que me estoy corriendo!

Pablo tomó la chorreante verga entre las manos y se la empujó bien duro, sin dejar de soltar semen. Clarita miraba excitada, sin soltar mi verga, que chupaba con todas sus fuerzas, tratando de que yo también me corriese, pero mi idea era otra.

Cuando Pablo terminó de correrse, Yolanda dijo:

Ahora me toca correrme a mí.

Y empujando a Clarita se sentó sobre mi verga, de frente a mí, clavándosela hasta las pelotas. Al sentirla bien adentro, comenzó a subir y a bajar, retorciéndose por lo bestial de la cogida. Su prima no perdió la oportunidad de chupar su orificio trasero, de donde escurría la leche que instantes antes Pablo había depositado allí. Con la cara metida entre las nalgas de Yolanda, que la ayudaba abriéndoselas con las manos, le limpiaba todo el culo, saboreando el semen, metiendo la punta de la lengua, mientras se masturbaba a lo loco, gimiendo y jadeando, pero sin dejar de mamar.

Pablo miraba extasiado el perfecto trío que formábamos mientras se recuperaba. Mi esposa, de vez en cuando, lo miraba, para saber cuando estuviese listo nuevamente. Pero no pudo aguantar los embates de mi verga en su pucha y de la lengua de Clarita en su culo. Se corrió estrepitosamente, gritando y pidiendo más, y su prima, para complacerla le metió cuatro dedos en el culo, palpando con ellos las paredes del intestino, allí donde más finas son, sintiendo mi verga taladrar la vagina de Yolanda.

A mí todavía me faltaba para correrme y no quería apresurarme, pero la pobre Clarita bien se merecía mi atención. Levanté a Yolanda de mi verga y colocándome detrás de Clarita la obligué a inclinarse. Mi esposa aprovechó para ofrecerle la pucha mientras llamaba a Pablo para mamarle la polla y ponérsela nuevamente en forma.

Clarita se prendió a mamar la pucha de su prima tal y como antes le hizo a su culo. Ese fue el momento que aproveché para irle metiendo lentamente la verga entre sus preciosas nalgas, taladrando su ojete, poniéndoselo al rojo vivo, dilatándolo a fuerza de empujar y meterle mi estaca, hasta lo más profundo, bombeando con fuerza, aguantando sus caderas para poder clavarla bien, hasta las pelotas, aumentando la velocidad para sacarle todos sus jugos, mientras ella iba llevando a Yolanda hasta el orgasmo con la lengua recorriendo su pucha de arriba abajo, una y otra vez.

Si se demoran un poco más, tanto Pablo como yo, nos hubiésemos corrido también, pero logramos aguantar y mantenernos listos para follarlas nuevamente.

Retiré mi verga del maltratado orificio trasero de Clarita, la cual rápidamente trepó por el cuerpo de su prima para fundirse ambas en un apasionado beso.

Mientras, Pablo y yo tomamos una cerveza cada uno y nos dispusimos a disfrutar del hermoso espectáculo lésbico que nos ofrecían.

Después de besarse y acariciarse por un rato, fue Yolanda la que hizo que Clarita se voltease, de forma tal que quedaron enlazadas en un magnífico y erotizante 69. Las lenguas iban y venían por las vaginas, enredándose en los pelos, en los labios, sorbiendo los jugos y dando pequeños tirones a los clítoris, arrancándoles gemidos de placer, provocando se enterrasen las uñas el las nalgas de la otra, hasta que sus caras estuvieron completamente mojadas y brillantes por los fluidos vaginales. Era algo paradisíaco ver a aquellas dos bellas mujeres amarse con tanta pasión y desenfreno.

Clarita se fue separando poco a poco, a pesar de la fuerza que hacía mi esposa para mantenerla entre sus piernas. Al fin pudo zafarse de los tentáculos de Yolanda y parándose con los pies a ambos lados de la cara de su prima, fue agachándose hasta que su pucha estuvo justo sobre la boca, de la cual salió disparada la lengua, dura y larga como un pequeño pene que quisie

se penetrar aquella caliente cueva.

Pero cuando Yolanda pensó que tendría nuevamente a su alcance la pucha deseada, Clarita se volvió a parar. El gesto de desencanto se dibujó inmediatamente en el rostro de mi esposa, pero no duró mucho.

Su prima se sentó entre sus piernas y abriendo las suyas, las enlazó en forma de tijera, acercando las puchas hasta que se tocaron en un húmedo y sensual beso. Yolanda la miró complacida y rápidamente tomó una de sus piernas, tirando de ella para que el contacto fuese más intenso, mientras Clarita hacía lo mismo. Pronto las caderas comenzaron a moverse, provocando frotaciones inauditas, haciéndolas sentir sensaciones únicas. Gemían y jadeaban, acariciaban todo lo que podían, se revolcaban por el suelo sin soltarse, hasta que comenzaron a correrse, haciendo más intensos y fuertes los movimientos de la pelvis, gritando como locas, pidiendo a gritos más y más, hasta que cayeron agotadas pero sonrientes.

Pablo se masturbaba rápidamente, excitado al máximo por lo que acaba de presenciar, y se acercó a Yolanda para que se la chupase y le sacase la leche. Pero mi esposa se negó:

No, ahora no – le dijo mientras con una mano apretaba sus pelotas, haciéndole soltar un grito – Quiero que la tengas bien dura para cuando me follen los dos al mismo tiempo.

El apretón evitó que Pablo se corriese, mientras yo me pasaba la fría cerveza por la verga, para aplacar un poco mis ardores.

Clarita se puso de pie y dijo que necesitaba orinar, pero Yolanda la detuvo:

Ven, hazlo en mi boca, estoy loca por saborear todos tus sabores.

Y su prima le hizo caso al pie de la letra. Agachándose sobre su boca comenzó a soltar sus orines que en un potente chorro pronto llenaron la boca de mi esposa, que se esforzaba por tragar. Ver aquello me provocó ganas de orinar a mi también y acercándome a Clarita le empecé a orinar el rostro y poco después en la boca que abrió gustosa. Pablo no podía creer lo que estaba viendo, sus ojos parecían querer salirse de las órbitas, pero no dijo nada, sólo atinó a sujetar su verga que brincaba desbocada.

Ahora si pueden follarme y darme toda la leche que tengan – nos dijo Yolanda cuando Clarita hubo terminado – Ven Pablo, quiero que te acuestes para sentarme en tu verga

Pablo, desesperado como estaba por correrse se acostó de inmediato y Yolanda fue acomodándose hasta que tuvo la punta de la verga a la entrada de su pucha. De pronto se dejó caer, clavándosela hasta los cojones, gritando por lo brutal del golpe, pero con cara de satisfacción. Comenzó a moverse arriba y abajo lentamente, lubricando con sus jugos el palo de Pablo y excitándose aún más de esa manera.

Ven Clarita – la llamé – Chúpale el culo, que se la voy a meter completa, para que goce de veras.

Para Clarita aquello era un placer, así que mojando en sus propios jugos dos dedos, comenzó a meterlos en el culo de su prima. A cada rato los sacaba y volvía a mojar, no sin antes escupir sobre el ojete y pasarle la lengua para lubricarlo mejor.

Ya puedes meterla – me dijo – y espero que yo también pueda disfrutar algo así, ¿no crees?

No te preocupes – le respondí mientras la besaba – Tendrás más de lo que te imaginas.

Y poniendo mi glande a la entrada del ano, empecé a empujar, metiendo mi verga poco a poco, venciendo la resistencia del esfínter. Normalmente mi verga, que es bien gruesa, entra perfectamente en el culo de mi mujer, pero ahora tenía la pucha llena con la verga de Pablo. Aún así, se la metí por completo, aprovechando que ambos se habían quedado quietos, para facilitarme las cosas.

Nos comenzamos a mover lentamente, acompasando nuestras embestidas. La frotación de ambas vergas enloquecía a Yolanda, que por momentos quería que lo hiciéramos más rápido. Pero logré contenerla y la tortura duró un buen rato. Clarita no podía estarse quieta mirando lo que hacíamos y colocándose ante Yolanda le ofreció la pucha, separando los labios todo lo que podía para que la lengua de su prima llegase bien adentro.

Pablo y yo realmente necesitábamos corrernos, así que comenzamos a movernos más rápido. En poco tiempo el ritmo era enloquecedor y los gemidos de

Yolanda se unían a los gritos de Clarita cuando su prima le mordía levemente el clítoris, buscando más intensidad en la mamada. Estábamos a punto de corrernos y no nos detuvimos, empezamos a hacerlo al unísono, gritando todos la explosión del orgasmo. Saqué bruscamente mi verga y regué semen por toda la espalda y las nalgas de Yolanda, mientras ella se levantaba y se sacaba la verga de Pablo, para atrapar los chorros de semen con la boca, mientras Clarita se lanzaba sobre mi estaca para hacer lo mismo. Enseguida se puso a lamer el semen que brillaba sobre la piel de su prima, para instantes después intercambiar el semen con ella.

De pronto sentí unos jadeos callados. Miré y me di cuenta que Paola nos estaba filmando, supongo que por órdenes de Yolanda, pero no había podido aguantarse y se masturbaba como loca, gimiendo su orgasmo. Tomé la cámara de sus manos y comencé a filmarla mientras ella abría su destilante pucha, clamando a gritos por alguien que la ayudase.

Yolanda y Clarita no se hicieron de rogar y acercándose hasta ella, le fueron chupando todos los rincones de su cuerpo, extrayéndole las entrañas con sus besos, llevándola de un orgasmo a otro, haciéndola caer desfallecida.

Después nos bañamos todos en la piscina, desnudos, con lo cual relajamos un poco el cuerpo, bastante agotado por la intensa sesión de sexo que habíamos compartido. Estuvimos conversando y bebiendo algunas cervezas, Paola trajo una bandeja de entremés y algunas frutas, entre ellas plátanos. Cuando llegó con la bandeja se dirigió hacia Yolanda:

Señora, ya el almuerzo está listo y en el horno – y bajando la vista continuó – ¿Puedo quedarme con ustedes?

Por supuesto, Paola – respondió mi esposa mientras tomaba un plátano – ¿Por qué no me lo ofreces como siempre hacemos?

Clarita las miró intrigada, pero optó por no decir nada, a la espera de lo que vendría.

Claro que sí, señora – dijo Paola sumamente contenta – Para mí será un placer.

Y para mí – Yolanda se acercó con el plátano en la mano – Pero antes quiero que te masturbes para nosotros, así tu pucha estará bien mojada para después.

Como usted diga, señora.

Y acostándose sobre una de las esteras comenzó a acariciar su cuerpo, empezando por los pezones. Con sus dedos los apretaba suavemente, buscando que adquiriesen la dureza de la roca, los estiraba, presionando con el pulgar y el índice, para después tomar toda la aureola y hacer lo mismo, hasta que sus senos comenzaron a hincharse y sus pezones parecía pequeños mástiles en su cima.

Mientras con una mano continuaba sobando sus tetas, con la otra empezó una serie de frotaciones en la pelvis, enredando sus dedos en los pelos, tirando de ellos hasta el dolor, buscando nuevas sensaciones, buscando que toda la zona cercana a su sexo se tornase muy sensible.

Poco a poco sus dedos fueron recorriendo sus labios vaginales, para ese entonces hinchados por la excitación. Abrió las piernas y nos ofreció una visión arrebatadora, entre sus abultados labios se observaban algunas gotas de sus jugos que brillaban al sol. Ya su pucha requería de más contactos, por lo que empezó a acariciarse con ambas manos. Con una se abrió los labios y enseguida quedó al descubierto su bien desarrollado clítoris, como un pequeño pene que emergía de su pucha. Mojó dos de sus dedos en el flujo que se acumulaba a la entrada de la vagina y que estaba a punto de desbordarse, y lo llevó a su boca entreabierta, saboreándolo con gusto.

Con disimulo miré a Clarita y noté que, aunque no se perdía un detalle, también se estaba acariciando la entrepierna, mientras Yolanda se relamía los labios al tiempo que le acariciaba las tetas.

Paola seguía masturbándose lentamente, pero ahora lo hacía de forma diferente. Mirando a Yolanda directamente a los ojos, desafiante, había tomado su clítoris con el índice y el pulgar y los movía como si estuviese meneando una verga. El masaje parecía surtir tremendo esfuerzo, por que eran evidentes los esfuerzos que hacía para contenerse. Los jugos fluían abundantes de su ardiente cueva, que tenía una dilatación considerable, y sin dejar de masturbar

se, continuaba mojando de vez en cuando los dedos y chupándolos En ocasiones los llevaba hasta su culito y los introducía un poco, estremeciéndose de gusto.

Ahora, señora – dijo de pronto – Métame el plátano, que no aguanto más.

Yolanda la complació. Tomó la fruta y quitándole la cáscara, y con sumo cuidado, la fue metiendo en la empapada y abierta vagina, hasta que se perdió por completo en su interior. Después se colocó entre sus piernas y acercando la boca a la pucha de Paola, comenzó a mamar, chupando con fuerza, sacando de esta forma la fruta, la cual iba mordiendo a pedacitos.

Paola gritaba de placer, pedía que no parase, que le metiese los dedos en el culo, se abría todo lo posible la pucha, para que mi esposa pudiese chupar con más facilidad.

Clarita estaba próxima al orgasmo, pero no quería correrse sola, así que se acercó a Yolanda y tomando otro plátano, comenzó a follarla por el culo, sin quitarle la cáscara para que no se rompiese. Mi mujer agradeció el gesto empinando el culo, pero sin soltar a Paola, que a esas alturas se estremecía en medio del orgasmo, con sus jugos y el plátano hechos un delicioso dulce entre sus piernas.

Pocos minutos después se corrían Yolanda y Clarita, ésta última con cuatro dedos encajados en la pucha y moviendo aceleradamente el plátano en el culo de mi esposa, que gozaba como loca de ello.

Después de un rato que tomamos para descansar, nos volvimos a meter todos a la piscina, para refrescar nuestros hinchados órganos genitales, porque si bien mi verga y la de Pablo estaban un poco adoloridas, las puchas de las mujeres estaban sumamente abultadas, abiertas y llenas de semen y jugos vaginales, sin contar que los orificios los tenían enrojecidos al máximo, especialmente Paola, cuyo clítoris, aún hinchado y de un subido color rojo, debía dolerle un mundo.

Más tarde almorzamos y decidimos acostarnos para dormir la siesta y reponer fuerzas. Yolanda me dijo que deseaba dormir con Paola y me pidió que acompañase a su prima y a mi amigo. Me pareció buena la idea, ya que para lo que tenía en mente, me venía como anillo al dedo. Nos fuimos todos a dormir y realmente lo hice a pierna suelta, como un angelito. Clarita se acostó entre Pablo y yo, y antes de quedarnos dormidos nos besó la verga con mucho amor y ternura.

Es una felicidad dormir escoltada por tales instrumentos – nos dijo sosteniendo nuestros falos en las manos, cerca de la boca – Yolanda debe haber gozado lo indecible con estas vergas dentro de ella, al mismo tiempo.

Ahora descansaremos un rato – le dije acariciando su cabello – Pero cuando despertemos te haremos gozar a ti, incluso más de lo que ha gozado tu prima.

Nos volvió a besar los calientes hierros y se acomodó entre nosotros, de espaldas a mí, lo que aproveché para meterle un dedo en el culo, mientras Pablo lo hacía en su vagina, y así nos dormimos.

Dormimos cerca de 2 horas. Cuando desperté, Clarita no estaba entre nosotros y Pablo roncaba a pierna suelta. Me levanté con cuidado para no despertarlo y me dirigí a mi habitación, donde sospechaba se encontraba a prima de mi esposa.

Cuando entré comprobé que mis sospechas tenían muy buen fundamento. Entre Paola y mi esposa se estaban follando a Clarita con los vibradores. Yolanda, que conocía de mis intenciones para más tarde, le había encajado en la pucha el enorme consolador que últimamente acostumbraba a colocarse en la cintura, mientras Paola taladraba el culo de Clarita con el vibrador que usábamos anteriormente. Ambas no dejaban de mover los instrumentos con saña, a pesar de los gemidos de Clarita, que sentía invadidas por completo todas sus cavidades. Sin embargo, era evidente que estaba disfrutando mucho, ya que, a pesar de lo grueso del consolador que tenía clavado en la vagina, por los bordes se escapaba un líquido blanquecido, que Yolanda se encargaba de limpiar de vez en cuando con la lengua, saboreándolo como si fuese un manjar.

Deseos no me faltaban de incorporarme y disfrutar con ellas, sobre todo en el momento en que Paola se fijó en mi erecta verga y empinó su culito, invitándome a que la penetrase. Pero quería tener mi estaca bien dura para lo que tenía ideado, así que me limité a meterle los d

edos y a follarla con ellos, y tan bien lo hice que se corrió estrepitosamente, casi en el momento preciso en que lo hizo Clarita. Yolanda, experta en prolongar orgasmos, se prendió de su clítoris y los chupó con fuerza, provocándole oleadas de nuevas contracciones, las cuales, unidas al movimiento del otro vibrador en su culo, la hacían estremecerse de pies a cabeza. Pero el clímax llegó cuando mi esposa retiró el consolador y lo sustituyó sin previo aviso por su mano, la cual enterró sin contemplaciones en la dilatada y chorreante vagina de su prima. El grito que profirió debe haberse escuchado en la calle, pero lejos de evitar la violenta penetración, abrió aún más sus piernas, empujando con la pelvis, logrando que la mano de Yolanda penetrase limpiamente hasta la muñeca. Apenas mi querida esposa comenzó a mover su mano, le sobrevinieron nuevas contracciones de la vagina y se corrió como no lo había hecho en todo el día, con sus jugos saliendo a chorros y corriendo hasta su culo, mojando toda la sábana.

Cuando Yolanda lo creyó oportuno, retiró la mano con mucho cuidado, para no lastimarla y, en un delicado gesto, se la ofreció para que se deleitase con su propio sabor. Clarita le pidió a Paola que se le uniese y entre ambas le limpiaron la mano a mi esposa, la cual me miraba con ojos de satisfacción, mostrándome la tremenda dilatación de la pucha de su prima.

Ahora estás lista para gozar con dos vergas – Clarita me miró con ojos de lujuria y provocación – Pero tienes que hacerme caso en todo lo que diga, porque esta va a ser la cogida más grande que te hayan dado en toda tu puta vida.

¿Y tú crees que después de lo que me acaban de hacer, dos vergas sean una gran cosa? – me respondió riendo y abriendo su vagina con dos dedos de cada mano, para demostrarme lo dilatada que estaba.

De una cosa puedes estar segura, mi prima – dijo Yolanda – Si Ernesto te promete algo grandioso, no dudes que así será.

Pues para luego es tarde – y les dije que me siguieran a la habitación donde dormía Pablo.

Cuando entramos se despertó y al vernos a todos desnudos echó a reírse diciendo:

¿Y ustedes dónde estaban? – sin acabar la frase ya se había levantado de la cama y se acercaba a nosotros, sosteniendo su verga aún flácida entre sus dedos – Por lo que veo ya han vuelto a follar, y no me avisaron.

Sí – Yolanda se le acercó y tomando la verga en su mano continuó – Pero ya estamos aquí para que tú también disfrutes – y dirigiéndose a Paola le dijo – Ven, chúpale la polla hasta que la tenga bien dura, pero cuida de que no se corra.

Nuestra complaciente sirvienta se agachó ante Pablo y tomando cuidadosamente la verga entre sus manos comenzó a besarla, pasándole a cada rato la legua de arriba abajo, mojándola con su saliva. Cuando la polla estuvo erecta, abrió su boquita y comenzó a chupar el glande, lubricándolo bien hasta dejarlo brillante. Poco a poco fue introduciendo más y más la verga en su boca, hasta que desapareció casi por completo. Podía notarse el bulto que formaba en su garganta, tocando en lo más profundo.

Mientras tanto, mi esposa se sentó en la cama y separando las piernas llamó a su prima para que se mamase la pucha completamente húmeda. Clarita se colocó entre sus piernas y sacando la lengua lo más que pudo inició una mamada tremenda. Su lengua se perdía en la vagina, mientras su cara resplandecía con los jugos de Yolanda, que se había tumbado y se acariciaba los pezones. A ratos Clarita chupaba con fuerza el clítoris de su prima, provocando en ésta estremecimientos de placer.

Yo estaba atento a lo que hacía, pero mi verga estaba al explotar por la excitación. Así que aproveché que mi amada y puta esposa estaba acostada y me coloqué de forma tal que mi verga quedó insertada en su boca. Yolanda no perdió ni un instante y se puso a chupar como loca, mientras gozaba con la lengua de su prima, que estaba a punto de hacerla correrse.

Sin dejar de follarme a Yolanda por la boca, miré a Pablo. Su cara de satisfacción lo decía todo. Paola se la estaba chupando en condiciones, había alcanzado una maestría tal en el arte de mamar, que mi amigo no t

ardaría mucho en correrse, al igual que yo, que disfrutaba de la boca de mi esposa cada vez con mayor deleite. Sin embargo, si llegábamos a corrernos, la fiesta que le había prometido a Clarita tendría que posponerse, al menos por un rato, y eso no era lo que yo tenía en mente.

Me levanté de la cama justo cuando Yolanda comenzaba a correrse. Clarita chupaba como loca la vagina de su prima. Restregaba su boca por la pucha de Yolanda de arriba abajo, tratando de revolver con su lengua las entrañas de mi esposa, que prácticamente saltaba en la cama, subiendo y bajando su pelvis al ritmo de las contracciones del orgasmo.

Sin perder de vista semejante show le dije a Pablo:

No te apures, amigo, que Clarita desea dos vergas, pero que estén bien en forma.

Pablo siguió mi consejo. Se apartó de Paola, que se quedó con la boca abierta y la mano entre sus piernas, acariciando fuertemente su ya famoso clítoris, buscando llegar al clímax.

Le hice una seña a Pablo y nos acercamos a Clarita, que a estas alturas estaba limpiando con su lengua la entrepierna de su prima.

Ahora te toca a ti, Clarita – le dije tomándola por los hombros para que se levantase – Te prometí una buena cogida, y la vas a tener.

Clarita quedó de pie entre Pablo y yo, que con las vergas como mástiles de un velero, empezamos a acariciarla. Nuestras manos volaban por su piel, llegando a todos sus rincones, explorando cada una de sus cavidades, mientras ella se estremecía a cada contacto, dejándose llevar por la tremenda sensación de ser acariciada por completo, sintiendo en cada centímetro de su ser, la ansiedad que a duras penas conteníamos.

Mientras tanto Paola, sin dejar de masajear su clítoris, se trepó en la cama, colocándose arrodillada sobre la cabeza de Yolanda. Mi esposa, en esos instantes, volvía en sí del grandioso orgasmo que su prima le había hecho sentir, y se encontró ante sus ojos con una concha totalmente abierta y empapada, con un clítoris maravilloso que se acercaba amenazante a su boca, deseoso de ser chupado, mordido, estrujado por unos labios amorosos y tibios, completamente excitado y duro como una pequeña verga. Era algo que no se podía dejar de tener en cuenta y Yolanda, como buena mamadora, se prendió a él mientras con sus manos acariciaba las nalgas redondas de nuestra sirvienta.

Para ese entonces, Clarita estaba próxima a estallar con nuestras caricias.

Por favor, por favor – gemía con voz entrecortada por su agitada respiración – fóllenme, muérdame, golpéenme, pero quiero…, necesito correrme.

Miré a Pablo con una sonrisa en los labios, ya la tenía donde deseaba, al borde del orgasmo, pero sin llegar a él, con el cuerpo ardiendo, temblando como una hoja entre nosotros, buscando desesperada con sus manos nuestras vergas, tratando de que se las clavásemos hasta lo más profundo de su ser.

Pablo – le dije a mi amigo – Acuéstate en la cama, que tu Clarita está loca por follar.

Mi amigo, aún sin comprender muy bien lo que yo pretendía hacer con su pareja, se acostó inmediatamente, ya que él también estaba ansioso por meter su verga donde el calor y el movimiento lo hiciesen estallar.

Clarita no necesitaba lubricación extra, por sus muslos escurrían sus viscosos jugos, su pucha era un verdadero mar de deliciosos líquidos que también llegaban hasta su culo, mojándolo por completo, lo cual se avenía perfectamente con mis planes.

Pablo aún no se había acomodado por completo cuando Clarita literalmente saltó sobre él y sentándose sobre su verga se la clavó en la concha de un solo y supremo empuje. De sus abiertos labios se escapó un grito, mezcla de triunfo y dolor. No había medido el impulso y la verga se enterró en lo más profundo de su vagina, llegando al cuello del útero y oprimiéndolo con violencia. Sin embargo, el dolor no fue una barrera, rápidamente comenzó a cabalgar como si estuviese poseída por el demonio, agitándose y chillando como loca. Al ver lo desenfrenado de sus movimientos supe que era el momento preciso y, acercándome a ellos, acomodé mi verga a la entrada de su culo que, abierto y lubricado, se ofrecía como una flor. No tuve contemplaciones y se la fui metiendo sin detenerme, sin hacer caso a sus g

emidos de dolor.

¡Para Ernesto, que me destrozas! – gritaba, pero sin dejar de moverse – ¡Métela más despacio…, me estás rompiendo el culo, degenerado!

Los gritos y exclamaciones de Clarita excitaron aún más, si eso era posible, a Paola, que comenzó a correrse entre estertores en la boca de Yolanda, la cual bebía sin parar los jugos mezclados con orine de la sirvienta. Cuando noté que la furia del orgasmo disminuía, les dije:

Vengan y hagan gozar ustedes también a esta puta.

Las dos se nos acercaron como gatas en celo y se prendieron de las tetas de Clarita, chupando y mordiendo sus pezones, acelerando el orgasmo que ya se encontraba próximo. En ese momento saqué mi verga del sabroso culo donde estaba, a pesar de las protestas de Clarita, que ya comenzaba a sentir el placer de tener cubiertos sus agujeros por vergas de dura, caliente y palpitante carne.

¡No la saques a ahora, coño, que me voy a correr! – me gritaba agresiva, saltando como un muelle sobre la verga de Pablo.

¿Quieres verga, putita? – le pregunté con voz baja, acercándome a su cuello, haciendo que sintiese mi aliento caliente.

¡Sí, carajo, métela de nuevo para correrme de una puta vez!

Esta bien – le respondí – Tú lo has pedido.

Y colocando mi verga junto a la de Pablo, a la entrada de su pucha, comencé a hacer presión, hasta que entró el glande.

¡¿Qué haces?! – me gritó aterrada

Pero la tenía bien sujeta, además, Yolanda y Paola, pegadas a sus pezones, no la dejaban moverse. Poco a poco, entre gemidos, gritos, jadeos y forcejeos, fui metiendo mi verga en su coño, junto a la de mi amigo. Su pucha, lejos de rebelarse ante la intrusión de dos vergas al unísono, se fue dilatando para darles cabida y, por tanto, lo que en un principio fue un dolor casi insoportable, se convertía rápidamente en placer.

Clarita había detenido sus movimientos y su cuerpo se había relajado, comenzaba a disfrutar de la situación. También es cierto que mi esposa y mi sirvienta estaban haciendo una trabajo de maravillas, sus bocas no se separaban de las tetas, las cuales estaban completamente cubiertas de saliva. Tanto era así, que húmedos hilos colgaban y llegaban hasta el pecho de Pablo. Al mismo tiempo, acariciaban las nalgas de Clarita en aquellos instantes en que mi cuerpo pegado al suyo lo permitía.

Eramos Pablo y yo los que marcábamos el ritmo. Nuestras embestidas en aquella exuberante concha eran tremendas. La sensación de sentir otra verga junto a la propia moverse dentro de una concha empapada era algo inenarrable. Pero todo llega a su fin. Nuestro mete y saca provocó en Clarita un cataclismo. Los orgasmos le llegaron cataratas, su cuerpo se estremecía entre los nuestros, mientras sus ojos en blanco y las palabras ininteligibles que decía, hablaban a las claras de lo maravilloso de las sensaciones que estaba experimentando.

Y en medio de este terremoto de placer, nuestras vergas comenzaron a lanzar chorros de semen en su tremendamente abierta vagina. Las descargas se sucedían una tras otra, mientras nos aferrábamos a su cuerpo con tanta fuerza que pudimos hacerle daño sin querer.

¡Sí, así, mis machos…! – gritaba Clarita completamente fuera de sí – ¡Denme la leche, toda, hasta la última gota!

Y empujando se enterraba aún más nuestros candentes hierros.

¡Llénenme de leche este túnel que me han abierto!

Poco a poco nos fuimos calmando. Con cuidado la fui empujando hasta que nuestras vergas salieron de su pucha y, sosteniéndola, la acosté en la cama. Su cuerpo quedó desmadejado a nuestro lado. Rápidamente tomé una cámara fotográfica que habían traído y que estaba sobre una de las mesas al lado de la cama.

Yolanda, Paola – les dije – ábranle las piernas, quiero que esto le quede de recuerdo.

Y comencé a tomar fotos de su pucha. El agujero estaba muy dilatado y la leche le escurría, llegando hasta el culo que, irritado e igualmente abierto, se iba llenando, para después verter su contenido sobre la sábana.

-¡Dios mío, Ernesto! – me dijo Pablo – Creo que esto ha sido demasiado. Nunca he gozado tanto en mi vida y estoy seguro que Clarita tampoco.

Cuando terminé de sacar las fotos le dije a Paola que me limpi

ase la verga. Ella se agachó ante mí y comenzó su labor, lamiendo y tomando con su lengua la leche que me embarraba el tronco y los huevos. Yolanda, por su parte, se inclinó sobre la de Pablo, la introdujo en su boca, y se la fue chupando hasta dejarla limpia por completo.

En ese momento Clarita se incorporó un poco y nos miró sonriendo.

¡Carajo Ernesto, si llego a saber que esto era lo que me habías prometido salgo corriendo! – me dijo riendo – Pero la verdad es que nunca he sentido algo tan fabuloso. Vengas nenas, que mi pucha necesita refrescarse.

Yolanda fue la primera en comenzar a pasarle la lengua, pero Paola no se demoró, y entre las dos se bebieron la mezcla de leche y jugos que aún salía de la concha de Clarita.

Después nos levantamos todos y fuimos a refrescarnos a la piscina. Allí conversamos un poco y tomamos algunas cervezas, aunque Clarita no salía del agua, diciendo que no se podría sentar por lo menos en una semana.

Creo que me cabe una botella de champagne en el coño – dijo mientras de sus labios brotaba esa risa saltarina que la hacía más bella aún – Ahora podría follarme hasta un caballo.

Sería un espectáculo digno de verse – le dijo Yolanda – ¿Qué tú crees, Ernesto?

Sí, claro que sí – respondí – Pero esta vez pondré una cámara de video, de algo así debe quedar constancia.

Todos reímos. Poco después entramos en la casa, nos dimos una ducha y nos arreglamos para cenar.

Paola, solamente ataviada con un delantal, sirvió una cena exquisita. Mientras comíamos comentábamos lo bien que lo estábamos pasando, las cosas que podríamos hacer, nos mirábamos con deseo unos a otros, como presagio de futuros placeres.

Pero la noche fue dedicada al descanso. Los varones estábamos agotados y, al menos a mí, me ardía la verga de tanto follar. Supongo que a Pablo le pasase otro tanto. Clarita clamaba por algo para refrescar su adolorida vagina y mi querida Yolanda dijo que prefería recuperar fuerzas.

Así que todos nos acostamos y dormimos plácidamente. Paola me pidió permiso para dormir conmigo y con mi esposa. Como comprenderán, no se lo podía negar y, después de desnudarse, se acostó entre nosotros, que nos dormimos abrazados a ella.

El día siguiente prometía ser igual o más excitante y seductor que el que estaba terminando, así que acomodé mi mano en la concha de Paola y me dormí como un bendito.

(continuará…)

Nota: Hola, soy Raúl. Si tienes algún comentario o sugerencia, escríbeme a raul (arroba) laisla.get.tur.cu, lo agradeceré.

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Escrito por Marqueze

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