La diferencia

Hetero, Polvazo. Esta historia que les voy a contar es de abril de 2006. Soy una de las tantas chicas que vienen del interior del país a la capital por estudios y con todo lo que ello implica, gente diferente, vivienda inestable, etc.

Ese año me mudé a un humilde edificio de dos apartamentos por piso, uno pequeño, en el que yo vivía con mi hermano y otro más grande. En el de al lado vivía un hombre de 32 años llamado Marcelo con una hijita de 5, Romina. Su esposa había muerto dos años atrás de una grave enfermedad. Como yo siento fascinación por los niños siempre jugaba con mi vecinita y si no la veía le preguntaba al padre por ella.

Unas semanas después noté que mi vecino me generaba una ternura especial, sobre todo cuando se hacía cargo de su hija. Nuestro diálogo fue aumentando y un día me preguntó si me gustaría salir a tomar un café con él, algo informal, en plena tarde. Acepté y salimos, hablamos cerca de tres horas y el tipo me pareció fascinante. Cuando nos despedimos cada uno a su casa me dijo que le gustaría invitarme a cenar y yo le pregunté ¿estamos hablando de una cita? y me respondió que podía considerarlo así.

Así empieza la historia y hago un alto para hablar algo de mí. Soy una chica bastante bohemia, no demasiado cuidada para arreglarme. Jeans, calzas y remeras o buzos eran mi vestimenta más frecuente para toda ocasión. Tuve un sólo novio en mi vida, desde los 15 a los 18. Después salí con tres chicos más, pero más informalmente, todos eran casi de mi edad. Yo sabía que con este hombre iba a ser algo diferente, que tenía que mostrarme más mujer, o sea no histeriquear ni fastidiarlo con matices adolescentes. Necesitaba una transformación.

Unas horas antes de la cita fui al baño, me paré frente al espejo y me desnudé. Aclaro que mido 1.67 y peso 68 kilos. Tengo tetas abundantes aunque algo blandas y también cola grande que necesita forma. Yo sabía que esa noche iba a tener sexo con Marcelo, era un hombre grande y seguramente acostumbrado a que en una cita madura se termina en la cama. Me metí en la ducha y teniendo en cuenta la ocasión me lavé bien la cola y la vagina.

El primer retoque al salir de la ducha fue tomar una tijera y recortarme el pelo de la entrepierna. Me quedó bien prolijita. Me puse un conjuntito negro de ropa interior que nunca había usado y que era bastante discreto y sexy a la vez. Nunca fui de usar esas cosas, compraba bombachas baratas ya que siempre fui de la idea de que lo importante era lo que estaba debajo de ellas. Elegí un lindo vestido, que tampoco usaba demasiado. Me hice brushing en el pelo, me perfumé y me maquillé. Me vi realmente linda en el espejo.

Salimos a un restaurante muy lindo y fino, con luces bajas, yo intenté mostrar mi lado más educado y maduro y él fue increíblemente cortés. Después de comer me invitó a tomar algo a su casa, ya que su hijita se había quedado esa noche en lo de los abuelos. Yo estaba nerviosa, una cosa era ir a comer y otra adoptar una actitud de hombre y mujer.

Ya en su casa nos sentamos en un cómodo sillón que tenía en frente una mesita. Yo tomé una copita de licor y él un whisky. Estábamos cerca, minutos después él había apoyado su brazo sobre mi hombro. Cuando nuestras bebidas estaban agotadas nos quedamos un instante en silencio. Nos miramos, sonreímos y nos acercamos para besarnos. Nos dimos un lindo beso, con esa buena comunicación que un primer beso que debe tener. Luego vino otro y nuestras manos empezaron a extenderse el uno sobre el otro. Siempre con delicadeza, él descubría el contorno de mis brazos, mi cintura y mi espalda. Al poco tiempo apoyó una de sus manos sobre mi teta izquierda, era evidente la cosa iba para más.

El vestía una camisa blanca, le abrí uno de los botones y metí mi mano, en su pecho peludo. Sintió claramente ese contacto y desde allí la pasión de los besos y caricias aumentó. ¿Vamos al dormitorio?, me dijo, yo asentí y allí fuimos. La cama estaba hecha impecable, sentados en ella le seguí desprendiendo la camisa y al poco de quitársela, demostró su buena experiencia al despojarme del vestido con gran habilidad. Ahora me tocaba un punto interesante, sacarle el pantalón. Observó como lo hacía y levantó su colita para que saliera más rápido. No me resistí y le acaricié el pene por encima del calzoncillo. Sentirle la temperatura me excitó mucho. Cuando ya estábamos ambos en ropa interior me dio un abrazo fuerte.

Hasta ese punto mis relaciones habían sido parecidas. Mucho beso y toqueteo, y luego a solas sacarse la ropa totalmente y encontrarme con un chico lleno de vitalidad y el pene totalmente parado. Aquí era distinto, lo abrazaba lentamente y él me transmitía todo lo contrario, mucha paz, seguridad. Me abrí el soutien y le llevé una mano suya sobre mi teta, fue un contacto lindísimo. Llevé mis manos a su calzoncillo y se lo bajé. No tenía un pene totalmente erecto, tampoco nada enorme y se lo toqué. Él inmediatamente me bajó la bombacha y miró mi sexo. Nos tiramos en la cama y nos volvimos a besar y nos acariciábamos todo el cuerpo. Yo llevé mis manos de su pecho suavemente hasta el pene. ¿Te gustarían unos mimos? le pregunté, no me respondió y sonrió. Y yo procedí a acariciarle el pene que dé a poquito tomaba forma.

Le toqué en toda su extensión con la mano y al poquito ya estaba bastante grande. Le corrí la piel hacia atrás y acerqué mi boca. Empecé por darle besitos, luego lengua y cuando se lo vi totalmente parado se lo empecé a chupar. Me salió una mamadita muy tierna, no con mucha velocidad, pero bastante fricción, la disfruté, al poquito salieron sus primeras gotitas de líquido seminal y le sentí gusto propio. Sin embargo a los pocos minutos aflojé, ya que no quería que acabara. Me imagino que tenés un preservativo, le dije y sacó uno de su mesita de luz. Lo abrí y se lo coloqué con la boca, como es mi especialidad. Tenía ganas de acercarle la concha a la cara para que probara su sabor, pero tenía el pene tan paradito que me volqué a su costado y abrí las piernas dándole a entender que era lo que quería.

Normalmente prefiero ir arriba en la relación sexual, pero en este caso quería verlo a él desenvolverse, tomarme, hacerme suya. Así fue, vino sobre mí y yo le tomé el pene y me lo fui colocando en la vagina. Qué lindo que era sentirlo adentro calentito, era como el calor que su persona me transmitía. No lo hicimos rápido, pero me abrazaba mucho, me la dejaba adentro, me besaba. Sentía la calidez de su piel. Esa situación me provocó un orgasmo bastante rápido. Yo me movía y me empujaba contra él. Adivinó que yo quería ir arriba y me lo propuso. Me coloqué arriba y empecé mi cabalgata con profundidad, tratando de sentir en el clítoris la base de su pene.

Poco después vi su cara de tensión y me di cuenta que estaba acabando.

Ahh, fue como un milagro, no me parecía real, me dijo. Me levanté de sobre él y vi su pene ya más fláccido con el condón lleno de semen, como pocas veces había visto. Se lo tomó con la mano y le dijo sonriendo, Esto es un milagro, haciendo clara referencia a su producción seminal. Se lo saqué, le hice el nudito para comprobar que no existiera pinchadura y busqué un pañuelito de papel para limpiarle el pene. Eso pasa en las primeras citas, luego tengo otra manera de limpiarlos con recursos propios. Nos abrazamos y así nos quedamos, no hubo otro polvo esa noche. Todo había sido transmitido tan perfectamente, me sentía tan llena.

No hay cantidad que pueda con esa calidad.

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Escrito por Marqueze

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