Sonia, la del sur

sonia
sonia, mi compañera de trabajo

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La relación con Sonia vino del trabajo, una mera relación formal ceñida a una distante aproximación en lo personal a causa de mi agobiante y absorbente carga laboral. Confluíamos a la hora del almuerzo con frecuencia en compañía de otros colegas en el trabajo. Los temas de la mesa rondaban siempre los asuntos de colegas y algunas bromas formales y distantes. Dentro del trabajo las oportunidades de compartir estaban bien limitadas a pocos encuentros de gerencia en los que participaban muchas otras personas.

Alguna noche, avanzada la noche, cuando las oficinas se hallaban desocupadas y las luces en general apagadas nos encontramos al salir de manera casual, después de las sorpresas de rutina verificamos que las rutas para nuestras casas convergían al norte de la ciudad, así de manera amable entre colegas ofrecí llevar a Sonia hasta su casa. En esos casos, agotados muy rápidos los temas generales de la carga laboral y los asuntos de la institución vinieron las preguntas obligadas del tipo personal, sobre la conformación de la familia; Sonia parecía una mujer feliz en su matrimonio ensalzado con adjetivos poco frecuentes y la existencia de sus dos hijos, una parejita con no mucha diferencia de edad. Por semanas o algunos meses los encuentros esporádicos y el compartir la mesa dejaron hacer más fluida y amigables los temas de conversación. Siempre llamó mi atención el lenguaje de exaltación sobre el matrimonio y su marido empleado por Sonia ante nosotros en forma laudatoria.

Un viernes al terminar temprano una reunión externa a la oficina invité a Sonia para tomarnos unos vinos antes de regresar a casa, para aprovechar el resto de la tarde sin volver a la oficina. Como es natural los comentarios detallados sobre la reunión, sobre nuestra oficina e inevitables acotaciones sobre su maravilloso matrimonio que pasaba por los diez años. Unas copas de vino en un ambiente amable invitan a las confidencias y más para alguien curioso como yo, así la conversación tomó rumbos hacia la historia de ese maravilloso estado conyugal. En verdad me sorprendía cada alusión a su feliz estado bajo el matrimonio.

Sonia es una mujer de contextura delgada, no muy alta, con un pelo castaño manejado al estilo de las mujeres ejecutivas relativamente corto y siempre peinado con cuidado. Ante todo llamaban la atención sus senos protuberantes; sin duda, ella consciente del atractivo para los hombres, de mirar e imaginar sus grandes tetas, sabía manejarlas con coquetería espontánea gracias a un largo entrenamiento en el dejar sentir sus atractivos físicos. Pero debo agregar que se sumaba también su cuello largo resaltado por sus hombros no muy anchos y la forma de llevar el cabello.

Pasada las horas de esa conversación que entraba por los laberintos de las intimidades matrimoniales en las cuales se explayaba con fascinación me enteré que al terminar sus estudios en la universidad regresó a su ciudad, conoció a su marido también profesional y de una encumbrada familia local. Semanas muy pocas después, contrajeron matrimonio en la mayor intimidad, pues, según me relató Sonia, para ella, educada en la más absoluta tradición local, la virginidad constituía una prenda para llevar a la alcoba nupcial el día de bodas.

No sé cuanto tenga de verdad su relato, personalmente sospeché siempre que algo allí no me resultaba enteramente cierto. No solo se casó virgen, además sin ningún tipo de experiencia íntima con un hombre, pero movida si por una tremenda curiosidad y tentación por los placeres de la carne bajo el arrobo del amor.

Fue su marido el maestro en el arte del sexo y del buen sexo frecuente rodeado siempre de innovaciones y fantasías deliciosas. Tengo necesidad de explicar, casi con vergüenza, mi ingenuidad al creer todos aquellos discursos laudatorios sobre el estado matrimonial.

En un momento determinado de la conversación, en un empuje de erotismo y atracción tomé a Sonia por su talle, la acerqué a mí y la besé con pasión y sin consideración a su fabulosa estabilidad matrimonial. En un primer momento, en una fracción de segundo, sentí la resistencia leve al acercamiento y a los besos, pero la verdad pasada esa fracción de segundo inicial, fui correspondido con toda la fuerza.

De la cercanía inicial y del primer beso vino un abrazo sin ningún tipo de restricción y entonces sus enormes tetas se pegaron a mi torso y con la habilidad de una experta se hicieron sentir sobre mi pecho. A los besos continuos y los abrazos siguieron las caricias y las miradas suplicantes de una sesión de sexo desmedido por ella y por mí.

Tuvo buen profesor Sonia. Una experta en el sexo oral sin parangón. Su lengua y sus dedos no ahorraron caricia desde mis testículos hasta la punta, en una ceremonia de una cortesana experimentada en suministrar placer sin ningún tipo de premura. Aquella mujer desempeñaba las dotes de la felación con artilugios de experta sensual.

Los labios de su vagina, más gruesos que los labios de su boca, no podrían ser imaginados como sus tetas al verla vestida; pero en verdad estaban abultados y sedientos de besos y caricias capaces de removerla hasta el fondo de su cuerpo. Gemía de placer insaciable Sonia que a su vez la estimulaba en su larga sesión de sexo oral. Solo recordar aquí para escribirles este relato, me excita con gusto, casi al revivir su delicada manera de jugar con mi verga y mis bolas una a una en su boca acariciadas por su lengua y ambas en una alternación metódica y exquisita de artes mayores sin lugar a dudas.

Finalmente encima de ella pasó sus piernas delgadas y bien torneadas por mis hombros y empecé una desesperada penetración y retiro y regreso con fuerza hasta las entrañas mismas de Sonia mientras sentía sus pezones rosados crecer entre mis labios aprisionándolos. Gemía Sonia como un alma en pena mortal, pedía más verga dentro y más fuerza al apretar sus pezones que me alternaba como ella se había alternado con mis testículos. En medio de aquella posición tan apretada Sonia siguió de uno a otro orgasmo expresados en un gemido de placer incontenido.

Durante esa noche empezó una relación signada por los encuentros del sexo y la fantasía. El tan alabado marido se había marchado un año antes para trabajar en otro país y de ahí deduje entonces que su maravilloso matrimonio era una fachada empleada por Sonia para mantener alejados a los hombres de su entorno laboral. Nuestros encuentros se multiplicaron y los placeres de la cama nos fueron prodigados con generosidad frecuente.

Tomamos el buen juego de tomar vodka puro y pasárnoslo por el cuerpo para bañarnos en el ardiente licor y recogerlo luego con nuestras lenguas. Chupar unos labios ardientes impregnados de vodka y recibir el vodka pasado por su boca para llevarlo hasta su cueva para tratar de metérselo y luego recuperarlo es un grato juego de la cama.

Pero sin duda. Chuparle sus pezones completamente lavados en vodka producía una doble embriaguez. Para Sonia el mayor placer era entonces meter mi verga en un vaso de vodka y chuparlo desde ella y yo juntaba sus dos enormes tetas para verter un trago allí y chupar aunque terminaba desperdigado por su vientre y todo lo recogía con mi succión lingual. Sonia se volvió una adicta al vodka y terminaba por tomarlo con mi leche, un remedio ideal para el placer infinito.

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Escrito por Marqueze

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