Sonrisa catalizadora de mi fantasía

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Esa noche me metí en su cama y lo dejé que me penetrara. Entregué mi cuerpo. Estaba terminando la regla, tenía apenas un flujillo café, se puso encima de mí y me dijo que abriera las piernas yo estaba muerta de pánico, pero me abrí. Ferney decía que no creía en mi virginidad y ese día lo demostró, eyaculó en mi vientre, él me mostró su miembro envuelto en sangre oscura y semen.

Hay hermosos momentos en la vida. Uno de los más recientes son los microsegundos de parálisis general, por culpa de una sonrisa. El dueño de esa sonrisa se llama Víctor, tiene 50 años, divorciado, dos hijos. Yo me llamo Liz, tengo 27, soltera, sin hijos.

Esa sonrisa preciosa, abierta, amable, sencilla, pícara, sobre todo limpia, me ha sacudido de manera tal que ahora pienso en él con todos los sentidos y con la imaginación que me dicta deliciosos encuentros románticos, pasionales, pasio-románticos… Y todo este rollo me ha puesto en contacto con las fantasías inconclusas que tengo, deseos que se han quedado pendientes en los revolcones con mis amantes inconclusos. Y para evitar ponerle cuernos a mi novio, por las ganas que le tengo a Víctor, el dueño de la sonrisa preciosa, para desviar la cabeza hacia otra cosa, me he dedicado a mirar hacia atrás, a mi corta, pero intensa historia sexual. Y me parece sumamente morboso y excitante publicar mis historias más privadas aquí. Con la cara de inocente que tengo, ¿quién que me conozca y lea esto me podría identificar? Esto va a ser divertido.

Historias verídicas. Empecemos por el capítulo cero. Despidiendo la inocencia. Yo 19 años, él, 24. Estudiantes de teatro. Él estaba casado, un hijo pequeñito. Con el matrimonio según él, marchando forzadamente (aún no sabía yo que los hombres casados siempre dicen que van mal en su matrimonio cuando quieren ensartarla a una). Todavía tenía yo la inocencia de la que no sabe cómo es la vida, no conoce un pene, ni siquiera cómo es un beso apasionado, ni la mordida de las ganas entre las piernas y hasta cree en que el pecado aguarda en el sexo. Sin embargo, ya sabía yo todo en teoría, pero nada de práctica.

Robin me gustaba muchísimo y aunque yo sabía que estaba casado, empecé a coquetearle. Yo tenía un cuerpo joven, virgen y bonito, bajita 1.57 cm. y de rostro simple, sabía que mi cinturita y mi buen trasero hacía que las miradas masculinas siempre resbalaran por mis curvas. Además usaba vestiditos cortos y zapatos altos, cabello largo y poco maquillaje. El era flaco, alto, carita de niño y labios provocativos. Vamos al grano. Había una fogata de una ceremonia de esos teatreros locos en una noche de luna llena. Al final de la madrugada se sentó junto a mí, un poco por el trago, un poco por tanta libido reprimida nos besamos. Nunca había dado yo un beso tan húmedo. (Después me di cuenta de que el tipo era un “baboso” y que había otros que usaban menos saliva para los besos).

Todo era nuevo, los besitos resbalando por el cuello, descubrí que cuando uno está excitado, cada caricia en cualquier parte del cuerpo produce un estremecimiento en el clítoris, me abrazaba fuerte sin dejar de besarme y nos pusimos de pie y me fue llevando hacia uno de los salones de práctica, dejé de besarlo y le sonreí: “no me voy a acostar contigo” le dije. Me dijo que no estaba pensando en eso y siguió besándome aún más apasionadamente. Me fue recostando encima de una de las espumas que se usan para hacer ejercicios en el suelo y se acostó encima de mí. Yo nunca había sentido el peso de alguien encima de mí, pero lo sentía muy agradable, y esa presión de su pene excitado sobre mi vientre se sentía increíble.

Como les dije, yo sabía teoría y sabía que estaba en tiempos de ovulación y ya tenía demasiadas amigas y familiares como madres solteras, así que aunque estaba en la luna con aquellas caricias y besos tuve el valor de decirle que no otra vez, entonces él me dijo: “tranquila, no te voy a hacer el amor, pero déjame conocerte”. Tan poético como siempre, me convenció. Yo tenía un vestido blanco, largo, sin mangas y con agujeritos en la parte superior, que fue subiendo mientras me acariciaba y me besaba donde nadie lo había hecho, piernas, rodillas, detrás de las rodillas, otra vez el cuello y la barbilla para volver a los brazos, los hombros… yo apenas podía suspirar y saborear todas aquellas sensaciones nuevas y juntas.

No supe a qué horas desprendió mi bra, pero me sobresalté cuando cogió mis senos, uno en cada mano y empezó a acariciarlos con dulzura, después para mi gran sorpresa los empezó a besar y chupar. A pesar de ser una sensación tan maravillosa, no pude evitar mirarlo y recuerdo bien esa sensación de maternidad, él me miró y me preguntó: “no te gusta” yo titubeé, “sí, me gusta, es que nunca me lo habían hecho, pareces un bebé”. Ahí estaba yo, desnuda y él completamente vestido, despeinado y con la camisa apenas abierta de dos botones. Se sonrió y continuó torturándome con su lengua.

Ahora siguió recorriendo mi ombligo, mi vientre, el interior de los muslos y aaahhhh casi me ahogo en un suspiro profundo cuando su lengua tocó directamente mi rajita… jamás me hubiera imaginado que alguien podía meterse mi cosita en su boca. Me avergoncé tanto que empecé a halarlo del pelo para que saliera de ahí, pero él aumentaba la intensidad de sus lengüetazos porque creyó que era de frenesí que yo le halaba. Entre la disputa me llegó el orgasmo, después de unas sacudidas y la sensación de hundirse sin remedio en la nada, me quedé paralizada, con su cabeza entre las manos y la respiración agitada.

Yo conocía esa sensación porque me masturbaba desde jovencita, pero no sabía que eso era el famoso orgasmo. Yo estaba avergonzada y Robin se dio cuenta. Me abrazó y no sé cómo se aguantó la calentura tan tenaz que tenía, me arrulló y mimó hasta que me dormí ahí, en el suelo de un salón de teatro, en la madrugada en que dejé la inocencia, aunque no la virginidad.

Seguimos con los mismos juegos durante varios meses y él se aguantaba el calentón porque yo tenía muchísimo miedo del embarazo y nunca hablamos de condones. Tampoco me enseñó sobre los hombres, ni me mostró su miembro, que se advertía grande a través de los pantalones que nunca me dejó quitarle. La historia quedó inconclusa, supuestamente se separó, estaba sin dinero, pidió prestado a todo el mundo, incluyéndome, se robó una plata en su trabajo y luego desapareció. A las tres semanas me llamó y me dijo que iba a cambiar de vida, que iba a cambiar todo, yo le pregunté si a mí también me iba a cambiar y me repitió: “voy a cambiar todo”. Lo que yo nunca le dije a él era que estaba un poco decepcionada no con sus artes sensuales sino con el orgasmo, porque yo creía que el orgasmo era algo más descomunal, increíble, inimaginable, pero no, era lo que conseguía con mis frotadas de siempre y la diferencia era que duraba un poco más.

Ahora vuelvo al presente y me pregunto si teniendo a Víctor lograría un orgasmo sin precedentes, una sensación que me hiciera gritar como las mujeres de los relatos eróticos y las películas, esa ahora es una de mis fantasías. Pero no debo pensar en Víctor, ni en su sonrisa ni en su cuerpo bien cuidado a pesar de los años, ni en su amabilidad ni en lo musical que suena mi nombre cuando él lo pronuncia. Mejor sigo pensando en el pasado. Mi próxima narración será sobre el primer tipo que me penetró. Ya verán que uno fue el que me dejó sin inocencia, otro sin virginidad y después de mucho tiempo alguien en realidad me hizo el amor.

Adiós a la virginidad.

Ferney. 16 años mayor que yo. Había sido mi jefe en la primera empresa en la que trabajé y su novia trabajaba allí mismo, aunque ella tenía un cargo bajo, siempre se las ingenió para ser odiosa conmigo. Él se había convertido en mi amigo, en tutor de muchas verdades simples de la vida, como que quejarse de la vida es un acto de mala educación con uno mismo y con los demás; que la universidad es algo importante y que sexo no es pecado.

Yo tenía 21 años y acababa de salirme de un grupo de oración, incluso estuve a punto de entrar a un convento, pero allí me dijeron que tenía que conocer más el mundo: Hice caso. De todas maneras ya vestía diferente: largos y cubiertos vestidos, nada de maquillaje y una cruz colgada en el cuello. Cuando Ferney me contó que había terminado con su novia odiosa, por primera vez salimos en un plan diferente al de buenos amigos o al de tutor con su alumna. Yo uso lentes para ver de lejos y me dijo que estaban sucios, entonces me los quitó y yo dejé los ojos cerrados para evitar el salto de visión; me dio un besito corto. Yo me sorprendí, pero ya me lo esperaba.

Después de eso nos sentamos junto a una fuente de agua en un parque de la ciudad y nos seguimos besando. Empezamos a salir con frecuencia y él cada vez avanzaba un poco más en caricias. Con Ferney siempre tuve todo un desarrollo “demasiado normal”, por no decir rutinario. De todas maneras, yo sabía que con él no podía pasar invicta como con Robin, pero ya tenía ganas, mis amigas me hacían bromas por ser virgen a esa edad. Una vez en su apartamento, Ferney hizo sonar un CD de Ana Belén y Víctor Manuel y cuando escuchó la canción “Lía” empezamos a bailar y bajó las manos por mis caderas, yo temblaba y él siguió acariciándome por encima de la ropa. Ese día todo quedó ahí y después nos fuimos a comer. Esos tres años que estuve con él conocí restaurantes, sitios de rumba y de diversión que no imaginaba que existían.

Una vez en su oficina, un sábado en la tarde que no había nadie, estábamos de pie y yo medio sentada en su escritorio, mientras él empezó a jugar con los botones de mi blusa, ya lo había hecho antes, pero empezó a soltarlos y yo dije que no, entonces me preguntó. “por qué” y yo no tenía respuesta y lo dejé hacer.

Me abrió la blusa y luego abrió correctamente mi bra. (La experiencia de un hombre se nota en lo que hace con el bra de una mujer), se quedó mirando mis manzanas y yo tenía vergüenza de que me mirara así, de frente y debajo de una inmisericorde luz blanca de oficina. Luego me miró a la cara y después de un momento me dijo: “y yo qué”, me reí, porque yo nunca había intentado desnudar a nadie, pero empecé a soltar sus botones y fue cuando me di cuenta que la ropa de hombre tiene los botones del lado contrario ¡qué dificultad! Así me abrazó y recuerdo la calidez de ese primer abrazo de un hombre con el torso desnudo sobre mi torso desnudo. Llevó mi mano hasta su entrepierna y yo debí poner tal cara de horror que lo dejamos ahí.

Después de tres meses y de seguir con estos juegos cada vez más avanzados, incluso ya le había masturbado y él a mí (con Ferney jamás tuve un orgasmo), él ya estaba aburrido conmigo y me dijo que él me quería en serio, pero yo no mostraba mayor interés entonces que lo dejáramos en buenos amigos.

Esa noche me metí en su cama y lo dejé que me penetrara… ¡vaya sicología femenina! Entregué mi cuerpo. Estaba terminando la regla, tenía apenas un flujillo café. Después de las caricias que ya me sabía de memoria (besos suaves – besos apasionados – caricias en el pecho – restregada con ropa – quitada de ropa – besos en el pecho – besos en el ombligo – besos en la entrepierna, siempre en rutina y orden perfecto), se puso encima de mí y me dijo que abriera las piernas yo estaba muerta de pánico, pero me abrí.

Ferney decía que no creía en mi virginidad y ese día lo demostró porque empezó con una empujadera rítmica y fuerte, yo volteé el rostro y me agarré de la almohada, sentía que me ardía mucho, me maltrataba y él seguía empujando y empujando. En cierto momento salió de mí y eyaculó en mi vientre. Me besó y se tendió a mi lado. Yo sentía el ardor y no pensé que hubiera podido pasar de la entrada de mi rajita entonces le pregunté: “se pudo o no se pudo” y él me mostró su miembro envuelto en sangre oscura y semen, “mire cómo me dejó”. Esa fue la absurda forma en que dejé mi virginidad, ni por amor, ni por deseo. Simplemente por despedida y por curiosidad.

Seguimos saliendo y cogiendo por tres años. Conocí técnicas y posiciones, a usar métodos anticonceptivos no químicos, a usar la lengua y las manos, pero no mucho de pasión y entrega. Después se casó con su ex novia, que quizás había seguido siendo su novia por todo ese tiempo y yo no lo supe. Esa vez conocí el dolor del engaño. Sé cuanto duele una mentira y por eso ahora me cuido de causar ese dolor.

Pero sigo pensando y fantaseando con Víctor. Me gustaría estar a solas con él y mirarlo hasta cansarme de mirarlo, entonces cerrar los ojos y empezar sólo a escucharlo… luego olerlo, después saborearlo lenta y tranquilamente y por último, sólo al final, tocarlo. Eso lo leí en un libro de Coelho, que antes de tocarse en pareja, deben haberse despertado y estimulado todos los sentidos. Ninguno de los tipos con que he estado ha tenido la paciencia suficiente para acompañarme hasta este punto. Los hombres que conozco son simples, juegan con caricias el tiempo suficiente para tener una erección potente y luego la penetración, no aceptan juegos de estimulación más prolongados y a mi juicio mejores.

¿Sería Víctor la excepción? Mejor dejo de pensar en Víctor y su mirada que parece sensata. Les voy a contar la primera y única vez que he puesto un anzuelo para seducir a un hombre.

Hoy vi a Víctor. Tengo que respirar un poco más hondo de lo normal para que no se me note mucho la emoción que siento y los sueños húmedos que he tenido con él durante las últimas noches. Hoy ante su sonrisa perfecta me surgió una duda: ¿será verdadera esa dentadura o será postiza, de esos dientes que se quitan y se ponen? Es que es demasiado linda. En caso de que así fuera, creo que lo más importante de la sonrisa no son los dientes sino la actitud del rostro y los labios.

Aprendiendo el arte de la seducción.

Transcurría el segundo año en el que vivía fuera de mi casa. Tenía 25 años. Ferney se había casado y yo tenía todo mi cuerpo y mi sensualidad para mí sola, bueno con algunas excepciones que luego les contaré. Además que tenía aún muchos deseos por satisfacer. De tanto masturbarme ya tenía pereza, porque no quería más mis dedos ni imaginarme el calor, quería sentir a un hombre.

Luis Emilio llegó a mi vida de una forma casual, mientras yo era secretaria de una persona relativamente famosa y él ofreció sus servicios como técnico de computadoras; también era filósofo y trabajaba como profesor en una universidad. Durante todo el tiempo que trabajé en aquella oficina me conformé apenas con verlo ir y venir con su maleta llena de quimeras informáticas. Siempre andaba bien vestido, con traje de paño y corbata. Yo lo veía como un ser hermoso, con un caminado perfecto, modales perfectos y cuerpo bien hecho, aunque no trabajado en gimnasio, sino natural, excepto por una pequeña barriguita de ejecutivo. No sé porqué la panza en los hombres se ve sensual.

Un sábado atardeciendo, mientras yo divagaba por internet, encontré a Luis Emilio en un programa de mensajería instantánea. Estaba terminando su clase y se iba para la casa, pero los planes cambiaron. Yo le dije que mi computadora tenía problemas y que necesitaba su ayuda. Qué emoción siento al tener que recordar lúcidamente esto para poder escribirlo. Las letras en la pantalla diciendo “sí, voy a tu casa” se veían eróticas, lo aseguro. Puse un poco de orden en mi habitación a toda velocidad, perfume en la almohada, una florecita en el escritorio y me cambié la ropa interior a unos pantis más chicos y un wonderbra y fui a esperarlo en el sitio convenido. Cuando nos encontramos no éramos el arregla-cacharros y su cliente sino que parecía que fuéramos amigos de toda la vida. Compramos comida para llevar y una botella de ron.

Llegamos a mi casa y yo me quedé mirándolo un momento, entre mis piernas mi vagina ronroneó como un gatito alegre, pero no le dije nada y él tampoco. Fuimos muy buenos fingiendo naturalidad. Cenamos y después con dos vasitos con hielo para el ron llegamos a mi habitación. El se sentó frente a la pantalla y empezó a revisar y se dio cuenta de que todo estaba bien. Yo estaba sentada en mi cama, cerca de su silla. Seguimos tomando y hablando trivialidades, él abrió el reproductor de música y empezó a mirar las canciones que tenía en la computadora, y mientras sonaba puso las figuritas de colores que giran y giran… Yo apagué la luz para verlas mejor y la conversación disminuía. A este punto ya Luis Emilio se había dado cuenta de que todo había sido un truco para traerlo hasta mi casa, pero no se movía de su sitio. Yo empecé a ir al baño, salía y regresaba. Pero lo hacía porque mis intenciones eran al volver hacia mi puesto abrazarlo por detrás, pero no me atrevía.

En una de esas por fin lo hice, me quedé de pie detrás de él y lo abracé por los hombros mientras él seguía sentado. Luis Emilio siguió mirando a la pantalla como si nada y yo continué la conversación sobre cualquier cosa. Cuando fui a sentarme me dijo: “no me sueltes” y yo obedecí entonces puso sus brazos sobre los míos y seguimos mirando las luces que giraban en la pantalla como hipnotizados. Sólo nos movíamos para un sorbito de ron.

Tengo borroso el momento en que empecé a depositar besitos en su oreja y en su cuello, lentamente, sólo con los labios y un pequeño chasquido, mientras él seguía acariciando mis brazos… (Hay hombres que van directo a los senos cuando quieren seducir, pero olvidan cuán erótica puede ser una caricia bien hecha en un codo o en una muñeca). Me cansé de pie y me senté. La conversación cambió de tono y empezamos a hablar de nosotros mismos, de cómo nos conocimos, qué pensamos de cada uno y yo le dije que siempre me pareció un tipo apuesto, pero que lo veía inalcanzable. Cada vez hablábamos más de cerca. Me preguntó: “por qué inalcanzable” y yo le volví a decir: “me pareces inalcanzable” y ¡por fin! Se acercó y nos besamos.

Qué boca tan deliciosa tiene ese hombre y qué emoción la de dar un beso tan esperado, de sólo escribirlo ya me está palpitando el clítoris… Primero sólo con los labios, de esos besos románticos en los que uno estira un poco los labios de la pareja con los suyos propios para luego volverlos a juntar y poco a poco aparecieron las lenguas. Todo iba despacio, delicioso, como yo lo había soñado. Al rato me puse de pie y volví a abrazarlo por detrás mientras seguía sentado, entonces él ya no llevó sus manos a mis brazos sino a mis caderas y piernas. Entre mis piernas parecía haber un pequeño corazón que palpitaba también, pum-pum.

Salimos a la calle a comprar otra botella de ron y volvimos pronto. Cuando llegamos, Luis Emilio volvió a sentarse en la computadora, puso las figuritas a pantalla completa para girarse hacia mí y nos seguimos besando. Me dejó a mí el control de las caricias y repetía en mí lo que yo hacía en él, fui pasando un dedo por su cuello hasta encontrar una cadenita de oro que fui siguiendo con el dedo por su pecho mientras él con su dedo seguía el mismo recorrido en el mío, las caricias aumentaron a dos dedos, tres dedos, una mano, le acariciaba el rostro, el cabello, el torso, las piernas… y él hacía eco fenomenal de todo lo que yo hacía.

Le solté los botones de la camisa y estaba emocionada de hacerlo como un niño con un juguete nuevo. Yo misma me fui acelerando al soltar su cinturón y abrir el pantalón. La timidez me subió de golpe y me senté en el suelo, mirándolo con los ojos asustados, mientras él estaba sentado en la cama, mirándome un poco burlón. Me dijo: “quítate la camiseta”. Yo le dije: “quítamela tú” y estiré los brazos hacia él. Y de ahí no hubo vuelta atrás, es delicioso tener sexo con alguien que nos gusta tanto, que nos parece una persona atractiva e interesante, así se sentía maravilloso esa camiseta resbalándose por mi espalda, por mis brazos hacia fuera, me puse de pie y lo abracé y siguieron los besos en la boca, muchísimos besos y sus manos acariciando mi espalda, mis nalgas, mi cintura, parecía tocándome con brasas ardiendo, se fue recostando en la cama y yo quedé sobre él, ahí se me quitó la timidez y empecé a jugar con mis muslos sobre su palo, a frotarnos con desespero, saqué el preservativo de debajo de la almohada (¡chicas, siempre hay que tener un preservativo debajo de la almohada!), y esperé a que se lo pusiera, me encanta la posición del misionero así que me acosté y lo atraje hacia mí.

Sentir su penetración fue genial, de golpe, aunque me dolió un poco por el látex y el tiempo que llevaba sin hacerlo… el placer de sentirlo dentro se me empezó a regar por todo el torso… ahí pasó algo increíble: ¡Tengo borrado el recuerdo! Quizás porque estábamos muy borrachos, no recuerdo nada desde que me penetró hasta que lo vi quitarse el condón. Pienso que quizás por el alcohol y la excitación me subí a un estado de inconsciencia que escapa a mi memoria. Supongo que mi rajita estaba feliz sintiendo como la acariciaba por dentro, tanto por ser Luis Emilio como por tener tanto tiempo sin disfrutar de un varón. No había más preservativos. Fue una lástima. Yo no sé si tuve orgasmo, pero lo disfruté muchísimo.

Después de vestirse, él tomó un taxi y se fue a su casa, donde su esposa lo estaría esperando. Al otro día cuando me desperté, empecé a reírme como una loca, feliz y traviesa por lo que había pasado. Yo sabía que él no iba con intenciones de cogerme, pero todo fue por mi culpa y yo estaba feliz por eso por haberlo seducido.

Luis Emilio todavía me escribe o me pone mensajes al celular, me dice que piensa en mí y que me desea, pero yo sé que eso es solamente cuando está de pelea con su esposa. Me gustaría tener un orgasmo mientras me penetran, hasta ahora sólo lo he logrado de manera digital y hecho por mí misma.

Hasta el próximo, gracias por sus comentarios.

Autora: Liz

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Escrito por Marqueze

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