SORPRESAS QUE DA LA VIDA

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Hetero, infidelidad, sodomización, lésbico. Él sacaba de apuros a una compañera que se merecía lo mejor, de un lío gordo con su novio.

El relato que podéis leer a continuación es un hecho verídico, que además está sucediendo en este momento, o al menos sus consecuencias. Aquí no leeréis nada sobre la producción de hectolitros de jugos vaginales, ni orgasmos interminables, sólo una relación inesperada y muy bonita, pero de final impredecible. Por supuesto hay sexo, pero diferente a la mayoría de lo que he podido leer en estas páginas a las que soy asiduo desde hace tiempo.

He cambiado los nombres, ya que en su momento recomendé esta página a muchos de mis compañeros de trabajo, se que la visitan con frecuencia y reconocerían fácilmente a los protagonistas, además de que ya están sospechando algo.

Tras este preámbulo, paso al relato.

Los protagonistas son una chica preciosa de veinte años y yo mismo, 46 años, casado y con aspecto de forzudo de circo antiguo. Mido 1″85, peso más de cien kilos, pero no se puede decir que esté obeso. Los hombros me miden casi 80 cm. de extremo a extremo, tengo unos brazos como jamones, un cuello anchísimo, que no se puede abarcar con mis dos manos, el abdomen algo prominente, sin ser barrigón, y muy duro. Este aspecto se complementa con el pelo casi blanco pero cortado siempre al cero y un tremendo bigotón negro, en contraste con el pelo de la cabeza, que me da una apariencia impresionante. En las fotos de cuando tenía 25 años menos daba muy bien, incluso provoqué alguna pelea entre dos niñas que salían conmigo al mismo tiempo, pero el tiempo no perdona. Debido a mi trabajo, soy camionero repartidor de muebles, físicamente estoy muy fuerte.

La parte agradable la protagoniza Pili (llamémosla así). Trabaja como administrativa en la misma empresa que yo. Como he dicho, tiene veinte años. Muy morena de pelo, de piel pálida, 1″55 de altura, unos 50 kilos, pechos más bien pequeños pero muy bien puestos, tiene un "feeling" inexplicable, nos lleva locos a todos, y eso que los días de mayor afluencia de camioneros en la agencia se viste siempre muy recatada para evitar que le digan alguna barbaridad. A todo esto une su simpatía, amabilidad en el trato y eficiencia en el trabajo, cualquier problema que nos surja, se lo pasamos a ella y nos lo resuelve rápidamente y siempre con una sonrisa.

Personalmente, siempre me he llevado muy bien con todos los compañeros de trabajo, pero con esta niña todavía mejor. Nunca le he insinuado nada, a pesar de lo que me atraía, sólo le decía algún piropo muy inocente y cariñoso cuando venía vestida con minifalda los días de poco tráfico, le alababa algún nuevo peinado o el perfume que se ponía. Lo cierto es que hago lo mismo con todas las mujeres con las que tengo alguna confianza, pues me gusta mucho que las mujeres se perfumen con discreción y cuiden su aspecto. Estos detalles y el hecho de no agobiarla con insinuaciones, hizo que tomara una confianza especial conmigo, y en ocasiones me hiciera partícipe de confidencias o me preguntara mi opinión sobre asuntos muy íntimos. Siempre procuré responderle lo más adecuado, sin intentar aprovecharme de la situación, aunque a veces era bastante difícil contenerme. Como anécdota, contaré que un día me preguntó si se había depilado bien las piernas. Como he dicho, era de pelo negro y piel pálida, y el vello que le salía se le notaba bastante. Estaba obsesionada con este asunto, y siempre procuraba depilarse a conciencia. Lo cierto es que le miré las piernas y le dije que las veía perfectamente depiladas, entonces se dio la vuelta, se levantó la falda hasta verle las braguitas y me preguntó si por detrás de los muslos también estaba depilada. Imaginaos cómo me puse. Sin embargo, guardé la compostura y le dije que estaba muy bien, pero que las braguitas que llevaba eran mejorables. Riéndose, me dijo si también entendía de lencería, como de perfumes y de peinados.

– Bueno, no es que esté a la última de esas cosas, pero sé lo que me gusta

ver en una mujer.

– Pu

es cuéntamelo.

Así que le estuve explicando el tipo de lencería que me resulta más atractivo verlo puesto en una chica, mientras ella me miraba interesada.

Hasta aquí los antecedentes, solo falta decir que mi matrimonio es muy feliz, aunque algo monótono en la parte sexual, y que Pili tiene un novio exlegionario, pendenciero, vago y borracho. Pese a la fama de mujeriegos de los camioneros, yo he sido siempre fiel con una o dos excepciones en épocas en que he tenido que prescindir del sexo con mi esposa por motivos de salud, y claro, la naturaleza no perdona. De todas formas fueron cosas sin mayor importancia ni trascendencia con una amiga de la familia.

Hace un mes tuve una pequeña avería en el camión, que pude reparar yo mismo, pero me retrasó casi un día. Mi jefe no dejaba de llamarme al móvil dándome prisa, pues tenemos mucho trabajo, y cuando al fin llegué a la base era ya media tarde. Rápidamente me puso varios peones para cargar lo antes posible el camión y volver a salir, de modo que cerca de las 9 de la noche ya lo tenía listo, a falta de la documentación de la carga. Los peones se marcharon, y el jefe dijo que tenía cosas urgentes que hacer, que se quedara Pili a terminar la parte administrativa y luego cerrásemos las puertas y me marchara sin más demora. Mientras Pili hacía su trabajo, yo fui a ducharme, y al salir de la ducha, oí una voz, que reconocí como la del novio de la chica. Mientras me secaba y vestía, me pareció que él la estaba riñendo, así que me puse los pantalones y con la camisa sin abotonar me asomé con discreción para enterarme de lo que estaba pasando.

Efectivamente, él estaba muy furioso increpándola por haberse quedado a trabajar hasta tan tarde. Al parecer habían quedado una hora antes, y claro, Pili no había acudido. Ante las disculpas de ella, el muy bellaco se enfadaba más y más, seguramente venía algo "colocado", y en un momento levantó la mano para pegarle, mientras la insultaba con palabras muy feas.

Ahí se me terminó la paciencia y la discreción. Salí como un toro hacia ellos, y lo cogí con mi mano izquierda del cuello, levantándolo más de un palmo del suelo y apretándolo contra la pared, con ánimo de estrangularlo. El sujeto debe pesar unos 80 kilos, pero la furia que yo llevaba me hacía levantarlo como una pluma. Mientras el aprendiz de macarra hacía esfuerzos por respirar, emitiendo extraños ruidos y pataleando en el aire, tiré atrás mi puño derecho pensando dónde le daba el golpe, si en mitad de su odiosa cara, destrozándole la nariz y los morros, para que se llevara los dientes a casa en el bolsillo, o le hundía el esternón. En ese instante se me colgó del brazo Pili, rogándome que no le pegara, cosa que probablemente me libró de algún lío posterior con la justicia, pues estoy seguro que de haberle soltado el puñetazo le habría causado lesiones muy serias.

Solté al sujeto, que buscó precipitadamente la puerta, salió corriendo, casi cayéndose y se perdió en la oscuridad de los descampados que rodean el polígono industrial donde trabajamos, tosiendo y mascullando amenazas.

Me volví hacia Pili, que estaba lívida y temblorosa. La acerqué hacia mí rodeándole los hombros con un brazo mientras con la otra mano entre su pelo le acariciaba la cabeza, intentando tranquilizarla, aunque la verdad es que yo también estaba muy alterado. Dándole un beso en la frente, la abracé más estrechamente, pensando que tal vez tuviera frío, pues no cesaba de tiritar. Ella se apretó contra mi pecho, muy velludo por cierto, mientras noté que lloraba en silencio. Como dije, llevaba la camisa sin abotonar, y sentí sus manos en mi espalda, por debajo de la ropa. Con la descarga de adrenalina del suceso anterior circulando todavía por mi cuerpo, aprecié un cambio en mis sentimientos, pasando de la furia a un principio de deseo sexual, con esta niña abrazada a mí.

– Pero criatura, ¿cómo puedes soportar a un rufián como ése?. Tú te mereces un hombre excepcional.

– Soy muy desgraciada. Los hombres que me hacen caso ya ves cómo son, y quien de verdad me gusta no puedo conseguirlo.

– Vamos, eso no puedes decirlo en ser

io. Cualquier hombre se consideraría muy feliz de tener tu amor.

En ese instante, subió sus manos pasándolas por detrás de mi cuello y poniéndose de puntillas, juntó sus labios con los míos en un beso tan dulce que yo no recordaba otro igual.

– Pili, no sé lo que tú quieres de mí, pero sí sé lo que yo deseo, y me da miedo. Mira, yo no soy de piedra, y tú me atraes tanto que me es muy difícil contenerme. No me gustaría perder nuestra amistad o comportarme contigo como un aprovechado.

– Te quiero. Te quiero desde hace mucho tiempo. Envidio a tu esposa que te tiene siempre, a tu hija que es la dueña de tu atención, estoy celosa de todas las mujeres a las que dices esas cosas tan bonitas, como a mí, estoy celosa de tu mujer por las atenciones que tienes con ella, nunca olvidas un aniversario, siempre le dices palabras cariñosas cuando la llamas por teléfono … No, no me digas que puedo ser tu hija, porque no lo soy. Soy una mujer, y cuando una mujer le dice a un hombre que lo quiere, sin que él le haya pedido nada, es porque lo quiere de verdad. Ahora ya lo sabes.

Volvió a besarme, esta vez casi con fiereza, colgada de mi cuello mientras yo la sostenía por la cintura … ¡ y qué cintura!.

– Pili, por favor, estoy muy confuso -pude decirle en un momento que separó sus labios de los míos-. Mira, has sufrido una mala experiencia, estás asustada y te agarras a mí como a un salvavidas. No voy a decirte que puedes ser mi hija, pero date cuenta de la realidad. Mírame. Soy casi un anciano decrépito a tu lado, tampoco soy un atleta sexual ni mis medidas son como las de los modelos de las fotos que a veces te he traído. Tampoco podría ofrecerte nada de lo que te mereces: estabilidad, seguridad, amor, …

– Déjame contestarte -me interrumpió Pili-. Yo no te pido nada, no te obligo a nada, y en cuanto a amor, tienes capacidad de amar más que de sobra, vas repartiendo amor por donde pasas. No soy la única que se ha fijado en ti en esta empresa, las mujeres apreciamos mucho las atenciones y que un hombre se de cuenta de los pequeños detalles. Y tus medidas son más que suficientes.

Ante mi expresión de sorpresa, sonriendo y enrojeciendo levemente, me dijo que me había espiado algunas veces en el vestuario y las duchas.

La situación se ponía complicada, porque aunque yo había soñado muchas veces que hacía el amor con esta preciosidad, eran tan solo fantasías. Ahora era la realidad que me estaba superando. Por una parte, la naturaleza reclamaba sus derechos. Por otra, la razón me decía que era una locura. En décimas de segundo los pensamientos contradictorios se sucedían unos a otros alocadamente.

Entre tanto, Pili se frotaba contra mí, besándome los pectorales con una dulzura que no soy capaz de describir. Pensé al fin que si en ese momento, tras su declaración, la rechazaba, el amor podía volverse en odio y una mujer desairada es temible. Por otra parte, yo ardía en deseos de poseer una mujer así, estaba tremendamente excitado, su proximidad, su actitud y el calor que al fin desprendía su cuerpo me tenían cautivo.

Cogí su cara entre mis manos con toda la suavidad del mundo, la levanté hacia mí y besé sus labios entreabiertos. Su respuesta fue abrazarse a mí fuertemente, y mientras la besaba por las comisuras de los labios, el cuello, los lóbulos de sus orejitas, los ojos y otra vez su boca, no paraba de susurrarme "te quiero, te quiero"…

Decidimos irnos al despacho del jefe, donde tiene un sofá/cama, climatizador, un mueble bar bien surtido y posibilidad de regular la iluminación, así como un pequeño cuarto de baño. Cerramos todas las puertas de la agencia y apagamos las luces, como si nos hubiéramos marchado a casa, y de camino a nuestro improvisado nido de amor, miraba el fabuloso culito de Pili, que caminaba contoneándose, un poco adelantada y tirando de mí con una mano, como la madre que lleva al niño reticente al colegio.

Estaba tan excitado que temí tener una eyaculación precoz y estropear el asunto, así que con este temor, se me "aflojó" un poco el miembro. Cuando llegamos al despacho del jefe, Pili hizo que me sentara en el sofá, y preparó unas copas.

– Para ti cuba libre de ron negro Negrita Intenso 50º

con Pepsi.

No podía creérmelo. No sólo conocía mis gustos más íntimos, ya que nunca bebo en el trabajo, sino que además lo había comprado para el bar del jefe, ya que ella se encargaba de reponer lo que se iba consumiendo. Pero no terminarían ahí mis sorpresas. Ella se sirvió un chupito de Chartreuse verde en un vasito helado. Fue al equipo musical y seleccionó unos CD”s. También conocía mis gustos musicales: Dire Straits, Aretha Franklin, The Cure, Barbra Streisand, … yo alucinaba.

Se sentó a mi lado, después de bajar la iluminación, y me miraba de una manera increíble, acariciándome con los ojos. La cogí recostándola sobre mis piernas, y comencé a besarla de nuevo. Ella respondía a mis caricias con suspiros y susurros de amor.

Mientras nos besábamos, me quitó la camisa y me acariciaba la espalda y el pecho, haciendo que sus finos dedos se enredaran en mi abundante pelambrera corporal. Yo procedí a quitarle el pequeño top que llevaba con toda la suavidad de que fui capaz, besándole el cuello y mordisqueando levemente su barbilla y sus lóbulos de las orejas. Llevaba un increíble sujetador color burdeos, una prenda de absoluta fantasía.

– ¿He mejorado en la elección de mi ropa interior?- me preguntó sonriendo al ver mi cara de asombro y deseo al mismo tiempo.

Como respuesta, empecé a besar sus hombros, aprovechando para bajarle los tirantes del sujetador, y luego los cogía con los dientes y se los volvía a poner en su sitio. Le besaba justo en donde terminaban las copas, en los primeros milímetros de piel descubierta, y ella se excitaba más y más con este juego, especialmente cuando llegaba a la parte lateral de sus pechos. Notaba sus pezones duros a través del finísimo encaje, pero aunque me moría de ganas de chupárselos, quería hacer durar el momento.

Lo cierto es que yo no estaba muy seguro de mis facultades, y una ocasión como ésta seguramente no la iba a disfrutar nunca más, así que me dispuse a utilizar la "artillería pesada", una mujer como Pili se merecía lo mejor, y también, por qué no decirlo, quería "quedar bien" por mi propio orgullo de macho. Eché mano de mi experiencia y me dispuse a "morir con las botas puestas".

En un momento, Pili se desabrochó el sujetador que se vino abajo dejando al descubierto los dos pechitos más perfectos que he visto nunca. Perfectas semicircunferencias, con sus pezones totalmente erectos en toda la cima, sonrosados y con la aureola un poco más oscura. Seguí besando los pechos por la base, dando pequeños lametones y luego secando la saliva con besos, acercándome poco a poco a la cumbre de esas dos redondas colinas. Cuando llegué a los pezones, mientras lamía y besaba uno de ellos acariciaba el otro con la parte interior de mis muñecas, donde la piel es mucho más fina. La excitación de Pili iba en aumento, y la mía no digamos. El "hermanito" no sólo había "resucitado", sino que luchaba por salir de su tumba. Al mismo tiempo, con la mano que tuviera libre en cada momento le hacía una especie de masaje en su espalda, pasándole dos dedos desde la nuca al principio de su culito, procurando que pasara un dedo a cada lado de la columna vertebral y presionando discretamente.

A todo esto, Pili se había puesto a horcajadas sobre mis piernas y se frotaba con fuerza contra mi cuerpo. Ese día llevaba unos pantalones vaqueros con los botones por fuera, así que en alguna ocasión recibí roces más fuertes de lo deseado. Debió notarlo y en un momento se los quitó, sin dejar de besarme. Las braguitas eran a juego con el sujetador, y tan fascinantes como él. Noté el tremendo calor que desprendía aquél joven cuerpo, especialmente por su entrepierna. Continué con mis caricias por su abdomen, mordiendo suavemente sus costados donde forman la curva de la cintura a la cadera, lamiendo y besando su ombligo y alrededores, mientras Pili respiraba agitadamente y no cesaba de susurrar frases de amor hacia mí.

Cuando llegué al límite que marcaban las braguitas, repetí la misma estrategia que con el sujetador: besaba la piel justo en los primeros milímetros libres, pero aquí empecé a bajarle las braguitas co

n los dientes, solo dos o tres centímetros, continué con los besos y además intentaba introducir la lengua entre la cinturilla de la braguita y la piel. La sensación que le dio a Pili debió ser muy agradable, pues presa de tremenda excitación me dijo una frase bastante fuerte, ya que nunca la había oído hablar así.

– ¡Qué gustazo me estás dando, cabronazo!.

Inmediatamente me pidió perdón, llamándome su amorcito y cosas por el estilo. Le dije que no se preocupara y que disfrutara al máximo, y que me llamara como le apeteciera en cada momento. Volvió a entregarse y yo seguí con mi actividad, esta vez por los camales de la braguita, empezando por los lados y dirigiéndome después hacia atrás o hacia delante, variando cada vez. Pude darme cuenta que también se había depilado cuidadosamente toda la zona del monte de Venus, dejando un pequeño triángulo de vello negrísimo y muy apretado.

Tenía previsto continuar con unos masajes eróticos en los pies y besos y caricias por las piernas, para relajar un poco la tensión y hacer durar el momento, pero Pili, con el cuerpo arqueado y ofreciéndose totalmente me pidió que la penetrara YA. A estas alturas yo continuaba con los pantalones puestos, ya que ocupado en dar placer a mi joven amante, no me había dado cuenta de mi estado. Para que no se "enfriara", terminé de bajarle las braguitas con los dientes y comencé a lamer su vulva, primero los labios mayores, luego los menores y por fin dedicando toda la atención a su clítoris, muy abultado. Lamí alrededor de él y luego intenté descubrirlo, apartando la piel que lo cubre con la lengua y con toda la delicadeza de que fui capaz. Pili bufaba y bramaba como un animal salvaje, su cuerpo se arqueaba y clavaba sus uñas en mi cabeza.

Cuando pude despojarme del pantalón y los calzones, todavía con mi cabeza entre sus piernas, toqué el mecanismo apropiado y el sofá se convirtió en cama, Pili me permitió salir de mi prisión y me hizo ponerme sobre ella. Temiendo aplastarla con mi peso, yo soportaba mi cuerpo con los brazos tensos, como si estuviera haciendo flexiones, mientras ella se colocó bajo mí y prácticamente se empaló, apretándose y rodeándome con sus piernas. Fue un movimiento ondulante, como una serpiente, hasta que la punta de mi pene sintió el calor de su vagina, perfectamente lubricada, ya que al parecer Pili había tenido un primer orgasmo con mis maniobras anteriores. La penetración fue suave y profunda, al llegar al fondo Pili exhaló un suspiro y comenzó a moverse, no sólo en el típico "mete y saca", sino haciendo círculos con sus caderas acompasando sus movimientos a mis empujones.

Me pidió que me dejara caer sobre ella, para que mis brazos no estuvieran en tensión, y así lo hice, pero apoyándome en los codos. Al aumentar el contacto, el placer se multiplicaba. El cuerpo de Pili se retorcía debajo de mi enorme anatomía, y yo veía próximo mi orgasmo. Ella pareció adivinarlo, y se apretaba más a mí, rodeándome con brazos y piernas, clavando sus uñas en mi espalda y gimiendo dulcemente. Yo alternaba penetraciones lentas y profundas con otras más rápidas, de abajo hacia arriba, procurando frotar con mi pene su clítoris al salir. Ella seguía con sus movimientos ondulantes y circulares, perfectamente compenetrados con los míos, como si hubiéramos estado toda la vida practicando esta coreografía.

Yo había echado mano de todos los métodos que conocía para retrasar mi eyaculación, pero aquello no podía durar mucho más, estaba a punto de reventar de placer, y Pili parecía también estar gozando a tope, así es que sobrevino lo previsto, tuve un orgasmo indescriptible, y cuando avisé a mi chica, ella me presionó con sus dedos cerca del ano, mientras sentía unas contracciones de su vagina sobre mi pene que me dieron el máximo placer que yo había tenido nunca. En pleno orgasmo, Pili hizo que nos diéramos la vuelta, poniéndose sobre mí. No sé cómo pudo hacerlo, teniendo en cuenta la diferencia física entre ambos, pero lo cierto es que se puso sobre mí y dio un tremendo empujón de caderas que hizo que mi pene la p

enetrara hasta profundides increíbles, se arqueó y emitió un largo gemido. En el equipo de música sonaba I don”t want to miss a thing, de Aerosmith, y yo me encontraba flotando en el espacio, sin importarme si iba hacia Armagedon o hacia el fin del Universo.

Unos besos me devolvieron a la realidad. Allí estábamos los dos, abrazados, ella sobre mí acariciando mi pecho, donde se veían las huellas de sus uñas, supongo que lo mismo sucedería en mi espalda. No sabía qué decir, y prefería no pensar, así que estaba callado y con la mirada perdida en el infinito, tan solo besaba sus cabellos y la acariciaba con ternura, pasados los primeros ímpetus sexuales.

– Eres un fenómeno, no me explico que con lo bestia parda que aparentas ser, tengas la ternura y la suavidad de una mujer. Nunca me habían hecho disfrutar tanto del sexo – me decía Pili al oído.

– Espero que lo digas como un halago, nunca me habían comparado a una mujer haciendo el amor. Además, ¿qué sabes tú de cómo hacen el amor las mujeres? – le pregunté con morbo.

Ella pareció que me leía el pensamiento, y dándome un beso, me contestó:

– Pillín, que te veo venir. Tú quieres saber si he tenido relaciones con mujeres, ¿a que sí?. Creo que a todos los hombres les excita ese tema.

– Bueno, pues la verdad es que sí me excita. De todos modos, tampoco quiero obligarte a hablar de cosas que tú no quieras.

– A ti no puedo negarte nada, y además, la cosa tampoco tuvo mayor importancia. Deja que vaya un momento al servicio y al volver te lo cuento.

Aproveché también para ir al baño, y cuando volvíamos enlazado por la cintura y desnudos, vió mis calzones tirados por allí de cualquier manera. Eran unos boxer de algodón azul ferroviario, los que llevo normalmente para trabajar, y le dio un ataque de risa. Cuando se calmó un poco me dijo:

– Vaya morro que tienes. ¿Cómo te atreves a dar consejos sobre lencería cuando tú llevas esos horribles calzones de camionero?

Esto hizo que por unos momentos nos riéramos a gusto haciendo bromas sobre todo, hasta que nos volvimos a abrazar, besándonos y nos acostamos de nuevo en la improvisada cama.

Ella comenzó su relato.

Hace unos años, estaba pasando el verano en casa de unos tíos míos, en un pueblo del interior. Tenía una prima mayor que yo, de 18 años y muy desarrollada. Le gustaba exhibirse ante los chicos y tenía mucho éxito, mientras que yo, prácticamente plana y feúcha, no ligaba nada, es más, los chicos muchas veces me miraban mal para que me fuera y los dejara solos con mi prima. Un día, al levantarnos por la mañana, mi prima me dijo que teníamos que arreglarnos rápidamente, porque hacían un desfile por el pueblo y nos habían invitado a montar en una carroza. Para ganar tiempo, me dijo que nos ducháramos juntas. Desnudas en la ducha, yo no podía quitar los ojos de sus tetas, muy bonitas y desarrolladas. Ella se dio cuenta, y riéndose, me dijo que si me gustaban. Yo le dije que mucho, eran preciosas y no como las mías, que casi ni existían. Me dijo que no me preocupara, que en uno o dos años me crecerían, y que tampoco estaban mal, que habían chicos que les gustaban pequeñitas. Me hizo una caricia en mis pechitos, y los pezones se me pusieron durísimos, y al darse cuenta me dijo que tenía unos pezones encantadores, dándome un besito en cada uno. Ahí terminó la cosa, pero yo me quedé tan desconcertada que no sabía qué hacer. Sentía una gran excitación, de tal modo que nada más volver del desfile, me encerré en el cuarto de baño y me masturbé. (Eso creo que también os excita, ver a una mujer masturbándose, ¿verdad, amorcito? – interrumpió Pili su relato para preguntarme -. Pues sí, yo me masturbo cuando me apetece.). El caso es que por ser las fiestas del pueblo, habían venido otros familiares que se hospedarían en casa de mis tíos, de modo que al reajustar el alojamiento, mi prima y yo tuvimos que irnos a dormir a una buhardilla, en una tremenda cama de matrimonio las dos juntas. Cuando nos acostamos esa noche, yo tenía todavía la excitación de la mañana. Estuvimos hablando un rato, hasta que m

i prima se quedó dormida. Yo no podía conciliar el sueño, cuando cerraba los ojos recordaba los tocamientos de mi prima y me tocaba yo misma, de manera que a los pocos minutos tenía un calentón de mucho cuidado.

Mi prima parecía haberse dormido. Llevaba una camisa bastante amplia como pijama, y las braguitas. Nada más. Me giré hacia ella y pude ver que la camisa se le había abierto y tenía un pecho al descubierto. Entraba la luz de la luna por una ventana e iluminaba lateralmente su cuerpo. Con mucho cuidado le descubrí el otro pecho. Hubiera hecho las delicias de cualquier fotógrafo, no me extrañaba que tuviera tanto éxito con los chicos. Sus dos pechos iluminados por la luna me tenían hipnotizada, y no pude evitar besarlos. (Conociendo cómo besa Pili, un estremecimiento de placer recorrió mi cuerpo, mientras mi pene, que estaba en "pausa", volvía a dar muestras de actividad). Lo cierto es que continué besando el cuerpo de mi prima, mientras ella dormía o se hacía la dormida. Le abrí totalmente la camisa y fui bajando lentamente hasta su ombligo. Comencé a acariciarla por encima de las braguitas, y ella abrió levemente sus piernas. Este movimiento me asustó en un primer momento, pero viendo que continuaba "dormida", seguí con mis caricias introduciendo suavemente la mano por debajo de las braguitas, hasta acariciar directamente el exterior de su vulva. Fue en ese momento cuando Desi, que es el nombre de mi prima, abrió los ojos y me miró sonriendo.

– Parece que mi Pili está caliente esta noche.

Toda avergonzada, yo no sabía qué hacer. Saqué la mano rápidamente y me quedé mirándola.

– ¿Por qué quitas la mano?. Sigue, que me gusta mucho.

Me había cortado el rollo, y ella se dio cuenta. Se volvió hacia mí, y con mucho cariño me dijo que eso no era malo, que todos tenemos deseos y si no violentamos al compañero o compañera, que es muy bueno satisfacerlos. Se acercó más a mí, me abrazó y me besó en la boca, primero sólo en los labios, después, poco a poco, unimos nuestras lenguas y nos abrazamos más estrechamente, enlazando nuestras piernas. A partir de ahí, dejo a tu imaginación el resto. Seguro que habrás leído historias de este tipo en esa página de Marqueze a la que eres tan aficionado.

Esta relación con mi prima duró la semana que estuve alojada en su casa. Aunque se habían ido los demás parientes, nosotras preferimos seguir durmiendo en la buhardilla, para estar más independientes.

Me enseñó muchas cosas del sexo. Por ejemplo, seguro que antes notarías unas contracciones en tu "ciruelo" mientras me penetrabas. Pues eso me lo enseñó ella. Se trata de educar un músculo, creo que se llama perineal, para moverlo a voluntad. Es muy útil y divertido, porque incluso he llegado a conseguir orgasmos mientras estoy trabajando, sentada en mi silla y sin que nadie note nada. Basta con aprender a contraerlo y relajarlo. También me enseñó que en una relación hay que entregarse a tope para disfrutarla, dejando a un lado los tabúes y prejuicios, y que hay que saber con quién puedes o no entregarte totalmente.

No he tenido más relaciones con mujeres, ni siquiera con mi prima. Es cierto que en alguna ocasión, recordando aquellos días, me he excitado, pero también es verdad que hasta haber estado contigo, ningún hombre me había tratado tan a mi gusto.

Hasta aquí la "confesión" de Pili. A estas alturas, tenía reconstituido el miembro, que con el relato de mi chica había despertado. Ella se había acurrucado contra mi cuerpo mientras hablaba, dándome la espalda y moviendo levemente su maravilloso culito rozando mi pene, por lo tanto notaba perfectamente los progresos que hacía. Se volvió para besarme, y me dijo:

– Antes me has hecho muy feliz, como nunca nadie hasta hoy. Sin embargo, yo no te he dado nada a ti.

– No digas eso. Yo disfruto viendo como gozas de mis caricias. Ofrecerme tu belleza y juventud es más que suficiente. Por uno sólo de tus besos haría locuras.

– Por eso te quiero. Eres el hombre más generoso con tu amor de todo el universo. Pero quiero darte más.

Comenzó a besarme por la boca y cuello, acaric

iándome al mismo tiempo, y bajaba lentamente, muy despacito, besando cada centímetro de mi cuerpo. Yo tenía una erección como en mis mejores tiempos, con la ventaja de que tras la primera eyaculación, ya no temía precipitarme, así que me pude relajar y disfrutar de las caricias de Pili mucho más que antes. Cuando llegó a mi pene, me hizo una felación que podríamos calificar como de artística. Evidentemente, esta criatura sabía mucho de sexo, y además parecía que adivinaba mis reacciones, pues cada vez que estaba a punto de correrme, cambiaba de caricia y de sitio, prolongando el acto hasta extremos que yo nunca hubiera imaginado. Al fin, se puso a horcajadas sobre mí, introduciéndose todo el miembro, que había alcanzado un tamaño y dureza que yo desconocía. Comenzó con sus movimientos un tanto heterodoxos, pero extremadamente placenteros, y al mismo tiempo se introdujo un dedo, de forma que acariciaba al mismo tiempo mi pene y su clítoris. Nunca había disfrutado yo tanto. Acariciaba sus pechos, sus nalgas, su cintura, que además descubrí que la ponía a tope cuando la cogía con las dos manos mientras la penetraba.

Cuando estábamos ya un buen rato en esta actividad, se echó sobre mí, sin dejar de mover sus caderas, y entre besos, me dijo si me apetecía follarla por detrás.

– Pili, tu trasero es lo que más deseo en el mundo, pero si a ti no te gusta, no quiero probarlo.

– Pues sí que lo vas a probar. Además, ya me preocupaba yo de moverlo cuando pasaba delante de ti, para que te fijaras. Pero tú eres tan inocente que nunca me has dicho nada. Por eso te quiero más.

Alcanzó de su bolso un frasco de leche hidratante.

– Tendremos que usar esto como lubricante, ya que no tengo el adecuado en este momento, y soy virgen por detrás.

Todo esto lo hacía sin separarse de mí y sin dejar de moverse. Yo tenía el pene a punto de estallar, y temía hacerle daño.

Cuando se hubo lubricado bien, se separó muy poco a poco de mí, sin dejar de besarme, y así se aflojó un poco mi pene, para facilitar esa primera penetración. No me había dado tiempo a intentar relajarle el esfínter metiéndole primero un dedo poco a poco, pero ella me dijo que lo intentara directamente con el pene, eso sí, muy despacito y bien untado del improvisado lubricante.

Así lo hicimos. Pili puso muy buena voluntad, y se abrió cuanto pudo, mientras la oía hacer la respiración muy profunda, como los ejercicios de preparación al parto que hacen las embarazadas. Pensé que le haría mucho daño, y esta idea casi hizo que se me viniera abajo la erección, ya un poquito floja desde que iniciamos el ataque por retaguardia, pero la visión de aquel maravilloso culito que sujetaba entre mis manos, una a cada lado, el calor que notaba en el glande, ya un poco encajado en la entrada, y la probabilidad de que ya no tuviera otra oportunidad en toda mi vida de hacer realidad esa fantasía, consiguieron hacerme olvidar cualquier temor.

Mientras yo mantenía un ligero empuje, Pili se movía intentando clavarse mi pene, hasta que en un movimiento un poco más intenso consiguió que pasara el glande, lo que la obligó a exhalar un profundo suspiro con un gemido. Paró un instante, pero enseguida comenzó de nuevo con su característico movimiento circular, lo que conocemos como "hacer mayonesa", y ya le entró con más facilidad todo el miembro hasta la base. Cuando comprobé que lo peor había pasado, empecé a disfrutar plenamente, bombeando con movimientos lentos y profundos, mientras ella se acompasaba a mis empujones. Yo estaba sorprendido del excelente comportamiento de mi "maquinaria", pues ya no recordaba cuándo fue la última vez que tuve una noche entera de sexo.

Estábamos en ello, como ya dije la tenía sujeta por las caderas, ella arrodillada con la frente apoyada en la cama, como los árabes cuando rezan, y yo también arrodillado detrás de ella, gozando una barbaridad mientras la penetraba. En eso, me cogió una mano y se la acercó a su vagina, haciendo que le acariciara por la parte exterior de la misma. Esto me excitó mucho, y más todavía cuando tomando mi dedo corazón (el multiusos) se lo introdujo y empezó a acariciarse e

l clítoris con mi dedo JUNTO AL SUYO. A mí me excita muchísimo ver a una mujer masturbándose. De hecho, solo lo he visto en videos o fotos, excepto una vez, cuando tenía 12 ó 13 años, en que espié a la hermana mayor de un amigo, y que me hice tantas pajas seguidas que casi se me quema el "palo". Así pues, podéis imaginaros como me puse. Pili gemía cada vez más intensamente y se apretaba más y más, hasta que alcanzó el orgasmo.

– ¡Me corro, me corro, cariño, aprieta más, no pares, no pares … no saques aún el dedo, sigue, ya, ya, YA . ….. !!!

Yo no necesitaba que me animara para empujarla, así que en un apretón más fuerte que los anteriores alcancé también un orgasmo indescriptible, aunque la eyaculación ya fue más testimonial que otra cosa. Pili se derrumbó boca abajo en la cama y yo me dejé caer sobre ella, con cuidado de no aplastarla y sin sacar el pene, esperando que se aflojara.

– ¿Te ha gustado, amor mío?. No sabes como deseaba que llegara este momento.- Me preguntaba Pili pasados unos minutos, ya más calmados.

Salí de ella, me puse boca arriba en la cama y le di la vuelta, quedando con su cabeza sobre mi brazo, abrazada a mi cuerpo, sonrojada y sonriente, con los ojos muy brillantes.

– Pili, ha sido maravilloso. Has hecho realidad mis fantasías más íntimas, más incluso de lo que yo había soñado nunca.

– Sí, pero no me has dicho ni una sola vez que me quieres- cierto velo de tristeza oscureció su cara y apagó el brillo de sus ojos-. Me hubiera gustado oírtelo, aunque fuera mentira. El caso es que me has tratado con más cariño que nadie en toda mi vida, y me has hecho infinitamente feliz, pero …

– Pili, no quiero mentirte en ningún momento, ni que puedas hacerte falsas ilusiones. Sí que te quiero, y te quería antes de que hiciéramos el amor, pero no es lo que tú mereces ni necesitas. No puedes contar conmigo para crear una familia, ni una pareja estable. Yo estoy casado, tengo una hija casi de tu edad, y no tengo ningún motivo para abandonar mi familia, por mucho que me gustes. Te agradezco infinitamente tu cariño, me has rejuvenecido un montón de años, me siento muy orgulloso de haber merecido tu atención, pero lo nuestro no puede ser más que un encuentro ocasional, y debemos seguir cada uno su camino.

– Mira, no te pido nada, no te obligo a nada ni nunca te exigiré nada, pero por favor, no me dejes tirada. No te enfades conmigo. Solo quiero que ante los demás sigamos siendo compañeros de trabajo, pero que de vez en cuando me dediques un día, una noche, lo que tú quieras … Por favor, no me rechaces, yo te quiero de verdad, aunque no me des ninguna esperanza.

Lloraba en silencio, mirándome con sus ojos que pedían amor a gritos.

– Por favor, no llores. Hagamos como tú dices durante un tiempo a ver como se desarrollan los acontecimientos. Ahora estamos excitados, cansados y no podemos pensar con frialdad.

Eran más de las 4 de la madrugada. Nos abrazamos para dormir al menos una hora. Teníamos que salir de allí antes que viniera el personal por la mañana. Fuera de la nave estaba el coche de Pili y mi camión. Incluso era posible que alguien los hubiera visto durante la noche. Yo casi no pude cerrar los ojos, superado por los acontecimientos, y sobre las 5 o poco más, me levanté para ducharme. Pili seguramente también estaba despierta, porque inmediatamente se metió en la ducha conmigo. Nos enjabonamos uno al otro entre besos y caricias, pero sin más, porque ya cabía la posibilidad de que nos pillaran allí.

Eran las 6 cuando íbamos a salir de la nave, y en eso que se abre la puerta y aparece nuestro jefe. Pedro es un buen tipo, un par de años mayor que yo, y un vividor. Le gusta la buena vida y trata muy bien a sus operarios si demuestran que trabajan bien.

– Buenos días. Parece que el trabajo se ha prolongado bastante.

Su semblante era serio, pero le notaba cierto regocijo en sus ojos.

– Verás, Pedro, … -empecé a decirle, pero me interrumpió con un gesto de su mano.

– Mira, no quiero saber nada de lo que haya pasado aquí. Sólo te recuerdo el antiguo refrán: "Donde tengas la olla no metas la polla". Lo único que no quiero es perder a dos de mis mej

ores colaboradores, es decir, que sea lo que sea que haya entre vosotros, que no afecte para nada en el trabajo. Yo por mi parte soy ciego, sordo y mudo.

Pili estaba sonrojada y no sabía que decir. Pedro le dio la mañana libre, y le dijo:

– Oficialmente, estás en una gestión fuera de la ciudad. Cuando hayas descansado, te vienes y no digas nada a nadie.

Al salir, Pili le dio un beso en la mejilla, mientras Pedro se quedaba mirándola, moviendo la cabeza.

– Y tú, coge el camión y vete rápidamente hasta la primera área de servicio que encuentres y te echas a dormir. Pero no quiero más retrasos. Ah, y no se te ocurra darme un beso al salir …

Mientras recogía la documentación de la carga y ponía el camión en marcha, Pedro me miraba fijamente.

– ¿Pasa algo, jefe?

– Es que por más que te miro, y pongo la mejor voluntad, no sé qué ha podido ver esa chiquilla en ti, mostrenco.

– Eso es porque no me miras con ojos de mujer.- Le respondí.

Pasaron unos días, y todo iba casi normal. Pili no me decía nada fuera de lo habitual en el trabajo, tan solo sus miradas eran abrasadoras, hasta que hace poco, estando yo en el almacén de repuestos para reparar una pequeña avería, apareció por allí.

– Hace dos semanas que no estamos juntos,- me dijo muy insinuante y sonriendo – y yo te necesito.

– Bueno, Pili, ya sabes como estoy de ocupado, no tengo ni un minuto libre.

Me dio un beso y se marchó. Poco después, cuando fui a las oficinas a recoger los papeles de la carga, estaba ella sola, y me dijo:

– He pensado que cuando quiera ser madre, mi hijo tiene que ser tuyo.

Sus ojos brillaban, y no dudé ni un instante en que lo decía en serio.

– Pili, eres un encanto, ya hablaremos de eso.- Cogí los papeles y salí de estampida.

Cuando me marchaba, me detuvo el jefe.

– Oye, semental, deberías darle una de esas inyecciones de "pollastrol" a la otra administrativa, para ver si espabila un poco. Pili, desde que recibe tu "medicación", funciona mejor todavía que antes.- Y se reía.

– Pedro, eres un pedazo de cabrón … – le obsequié con el epíteto.

Lo cierto es que estoy preocupado por esta relación. Pili parece totalmente colgada de mí, y yo no estoy dispuesto a seguirle en esa locura. He decidido ir contemporizando, estar con ella de vez en cuando, porque la verdad es que la niña está inmensa, pero cada vez alargar más nuestros encuentros, para ver si se cansa y busca un buen chico de su edad. Además, me pasa algo muy curioso. Parece como si estuviera celoso cuando algún compañero la mira más de la cuenta o hace algún comentario soez. Por otra parte, la actividad sexual con mi esposa se ha revitalizado mucho, y ella está más alegre y dispuesta que antes.

Pues hasta aquí mi historia. Si sucede algo que valga la pena, ya os lo contaré.

¡Valoralo! ¿Qué te ha parecido?

Escrito por Marqueze

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